Topical Blend 4: Un chico y su boina

Posted in Beyond the Basics on 15 de Diciembre de 2016

By Gavin Verhey

When Gavin Verhey was eleven, he dreamt of a job making Magic cards—and now as a Magic designer, he's living his dream! Gavin has been writing about Magic since 2005.

Esta es mi boina.

Lectores, mi boina. Boina, mis lectores.

Algunos no la habréis visto nunca. A otros quizá os suene. Puede que incluso unos pocos la hayáis llevado puesta.

Mi boina y yo somos tan inseparables como Superman y su capa, como Banjo y Kazooie, como Kibler y Shiro.

Y hoy vais a descubrir por qué.


Todo empezó en diciembre de 2012.

Me disponía a viajar a Europa al día siguiente de Navidad, así que mi padre decidió regalarme ropa típica de un armario europeo. Hacía años que no me ponía gorros, pero mi padre pensó que una boina elegante sería un buen complemento para el conjunto.

Esta boina es un tanto misteriosa. Cuatro años después, mi padre aún no consigue recordar dónde la compró. He intentado buscar la marca y el modelo en internet, pero no los encuentro por ningún lado (si alguien tiene pistas, le agradecería que me lo dijese). Lo que sí recordaré siempre fue el momento en que me puse la boina y mi padre dijo: "Vaya, mira tú. Te queda perfecta".

Al día siguiente me marché a Europa y, bueno... La boina se pegó a mí. Creo que nunca se ha separado de mi cabeza.

Así comenzó nuestro idilio.

Todo empezó en abril de 2002.

Tenía doce años y, finalmente, dejé de resistir. Finalmente lo hice. Me rendí a la presión social.

Finalmente probé... el "netdecking".

Hasta entonces, siempre había construido mis propias estrategias. Me sentía orgulloso de arañar victorias con mis tácticas singulares. Sin embargo, aquella tarde sostenía entre mis pequeñas manos algo diferente.

Mis deditos apenas podían abarcar las sesenta cartas del mazo Blue-Green Madness. Nunca había probado a jugar con una baraja diseñada por otra persona; aquella era mi primera incursión en ese arte. Siempre me había ceñido vehementemente a mis propias ideas... hasta aquella tarde.

Utilizar los mazos de otra gente me parecía de lo más desagradable, como si copiara las respuestas de un compañero de clase. ¿Merecía la pena sentir aquel malestar?

Entonces fui al FNM y quedé 4-0 por primera vez en mi vida.

El sabor de la victoria fue delicioso. No me desagradaría volver a probarlo.

Siempre había considerado que los gorros eran accesorios útiles: te ayudaban a conservar la cabeza caliente y, si vivías en sitios como Seattle y Phoenix, también te protegían de los elementos. Sin embargo, nunca había pensado en ellos como en complementos estéticos.

Al regresar de Europa, empecé a llevar la boina cuando me ponía el chaquetón. La gente me comentaba en público que me quedaba muy bien. Incluso tuve citas con chicas que empezaron a hablar conmigo sacando el tema de la boina. Eso me animó a llevarla más a menudo, lo que, a su vez, me animó a experimentar. ¿Con qué otra ropa sería razonable llevar boina? La verdad era que nunca me había planteado ponerme algo así habitualmente.

¿En qué contextos era adecuado llevar la boina? Al poco tiempo, la respuesta fue "en todos".

¿Tenía que dar una charla? ¡Me ponía la boina!

¿Iba a posar como modelo? ¡Me ponía la boina!

¿Visitaba Disneyland? ¡Me ponía la boina!

¿Iba al trabajo? ¡Me ponía la boina!

¿Hacía una ruta de montaña? ¡Me ponía la boina!

¿Me vestía para un espectáculo? ¡Me ponía la boina!

¿Jugaba a Magic? ¡Me ponía la boina!

Probablemente pasara cientos de días (sin exagerar) llevando la boina puesta la mayoría del tiempo. La gente empezó a reconocerme gracias a ella. En el GP Las Vegas de 2013, muchos jugadores vinieron a saludarme y dijeron que me habían visto gracias a la boina.

Sin apenas darme cuenta, se había convertido en una nueva imagen representativa de mí.


¿Para qué ser original si tienes a tu disposición los mejores mazos del mundo?

El netdecking era increíble.

Lo que había empezado como una tentación de usar el mazo Blue-Green Madness se convirtió enseguida en un deseo insaciable de probar todos los mazos que encontraba. Cada vez que había un Pro Tour de Construido, aguardaba con expectación a que publicaran las listas de mazos del top 8, entusiasmado con la idea de fabricar los inventos con los que los profesionales habían llegado a lo más alto. Daba igual cuáles fueran.

¿Astral Slide? ¡Manos a la obra!

¿Affinity? ¡Lo quiero!

¿Beacon of Creation? ¡Qué pasada!

¿Ravnica Rock? ¡Que no se me escape!

¿Life from the Loam de Extendido? ¡Me apunto!

Con el tiempo, la cantidad de mazos que construía por mí mismo decrecía y decrecía. En vez de pensar en ganar con mis propias creaciones, me centraba en aprender a pilotar los mejores mazos y ganar con ellos. Mis adversarios en los FNM seguían sucumbiendo y pronto pasé de ser uno de los jugadores fáciles de derrotar a convertirme en uno de los rivales a batir.

Como decía mi amigo Dan Hanson: "No te dan puntos extra solo por ser más ingenioso que el oponente".

Me sentía seguro. Estaba preparado para llevar aquellos mazos a una competición de mayor nivel. Había llegado el momento de intentar clasificarme para el Pro Tour con ellos.

¿Para qué ser original si tienes a tu disposición la mejor boina del mundo?

Habían pasado más de dos años desde aquella trascendental Navidad de mercería en la que mi padre me regaló la boina que seguía formando parte de mi indumentaria cotidiana.

Había visto mundo conmigo. Había estado en las bulliciosas calles de Nueva York y en los extensos prados de Irlanda; en el Coliseo romano y en la torre Eiffel; en cataratas estruendosas e incluso volcanes tropicales.

Me había acompañado durante grandes cambios en mi vida. Durante rupturas dolorosas que me hicieron dudar si volvería a sonreír. Durante el florecimiento de amistades que me hicieron dudar si volvería a angustiarme. Durante el traslado a un nuevo hogar y el descubrimiento de una nueva afición. En definitiva, me había acompañado en todo momento.

Había estado en las cabezas de otra gente. En muchas cabezas. Si esa cifra fuera inferior a cien, me llevaría una sorpresa tremenda. A veces, en las fiestas, la gente me quitaba la boina y se la ponía sin más. Una vez, mientras bailaba con mis amigos, un grupo de gente me pidió que se la prestase para sacarse fotos con ella. No sé. Cosas que pasan.

Un año, durante la GavinCon (mis cumpleaños temáticos), un artista local incluso dibujó un retrato original de ella para el Callejón del Artista (y ahora está en el escritorio del ilustrador interno de Magic Yoni Skolnik). La popularidad de esa obra hizo que pronto consiguiera su propia chapita en la GavinCon, con la que podrías demostrar tu devoción por la boina.

A medida que nacían nuevas historias y que los recuerdos crecían, mi boina se convirtió en una amiga íntima. Cuando hacía viento, en vez de centrarme en conservar el equilibrio, sujetaba la boina para que no se cayera. Cuando estuve en los famosos acantilados de Moher, en Irlanda, la metí en mi mochila y la apreté bien para evitar el riesgo de que saliera volando al mar. El mayor miedo que pasé en la Torre del Terror de Disneyland fue cuando mi boina salió volando en pleno viaje y pensé que la había perdido para siempre en la Dimensión Desconocida.

Todo eso condujo a un fatídico día en el Caribe.

Estaba en el crucero de Magic anual de Steve Port y unos amigos y yo hicimos una excursión en San Martín para visitar Maho, una playa donde los aviones aterrizan a pocos metros por encima.

El día iba de maravilla. Estábamos tumbados en la playa, viendo los aviones pasar a una altura tan baja que parecía increíble. Y entonces fue cuando nos fijamos en un grupo que iba a ver un avión a punto de despegar.

Los despegues eran mucho menos frecuentes que los aterrizajes (o eso parecía), así que nos acercamos para verlo de cerca, pegados a la valla. Saqué el teléfono y lo sujeté con ambas manos para grabar un vídeo. Estábamos todos expectantes.

Y entonces... La ráfaga del avión al despegar.

Como intuiréis, los aviones tienen que encender los motores para despegar. Como también intuiréis, esos motores generan unas corrientes de aire fortísimas en un suspiro. Y como intuiréis, ninguno de nosotros intuyó ninguna de esas dos cosas.

La ráfaga empujó al grupo hacia atrás. Se levantó una polvareda. La gente tuvo que taparse los ojos mientras el avión despegaba.

Entonces eché mano de mi boina para taparme la cara... pero había desaparecido.

Mi mayor miedo se había hecho realidad.

Busqué por todas partes en un ataque de pánico. No la veía por ningún lado. Ni en el aeródromo. Ni medio enterrada en la arena. Ni enganchada en una valla.

Finalmente, la divisé: había salido volando hasta el mar. Era una diminuta boya gris. Un rayo de esperanza. Me metí en el agua para recuperarla.

Conseguí rescatarla... pero se había echado completamente a perder. La arena había destrozado hasta el último recoveco del cadáver de mi auténtico amor.

Se había acabado. Era el fin.

Suspiré y tendí la mano al oponente en otro PTQ. Se había acabado. Era el fin.

Había intentado clasificarme para los torneos. Quería competir en el Pro Tour. Sentía que estaba prácticamente a mi alcance... pero también fuera de él.

Había continuado descubriendo mazos en internet y aprendiendo a pilotarlos. Parecía un método excelente para arrasar en los Friday Night Magic, pero no para ganar un PTQ.

No era suficiente. Yo quería jugar en el Pro Tour.

Reflexioné largo y tendido cómo podría cambiar aquello. ¡Hacer netdecking me había llevado muy lejos! Me había ido muy bien con aquel método y el tiempo que habría pasado construyendo mazos podía dedicarlo a aprender a usarlos; además, así evitaba empeorarlos accidentalmente. Había pasado de ser el Cero de los FNM al Héroe de los FNM. Aquello me encantaba.

Por otro lado, me fijaba en los jugadores que triunfaban en los PTQ. Eran los jugadores locales a los que yo admiraba. Todos demostraban que sabían construir mazos. Aunque no siempre acudían con barajas nuevas, tenían tecnología innovadora en el banquillo, sustituían algunas cartas y hacían cosas que claramente habían requerido horas de preparación repasando hojas de cálculo, y todo para prepararse de cara a los torneos.

Eso hizo que tomara una decisión. Por primera vez desde hacía un tiempo, retomé un aspecto del juego que en realidad no conocía a fondo: la construcción de mazos.

Me senté delante de la pizarra convencido de que construiría auténticas abominaciones. Con la poca práctica que tenía de antes, estaba seguro de que seguiría siendo igual de malo componiendo barajas. Contaba con que tendría un largo camino por delante.

Pero entonces ocurrió algo interesante: empecé a construir variantes de los mazos más exitosos.

Algunos de ellos eran creaciones más originales. Otros solo eran versiones retocadas de los mazos que usaba otra gente. Y en ambos casos, aquellas barajas me ofrecían la pequeña ventaja que buscaba.

De repente, incluí el Devorador celeste simic en mi Urzatron y me clasifiqué para el Campeonato Nacional.

Poco después, hibridicé mi mazo Seismic Assault de Extendido retocando el banquillo para el Deseo ardiente y me clasifiqué para el Pro Tour.

Seguí avanzando un poco más por ese camino y, sin que me diera cuenta, un día antes de un torneo estaba a las ocho de la tarde construyendo barajas nuevas con el gurú Conley Woods... y ganando PTQ con ellas, con cartas como el Perseguidor abismal y el Ninja de las horas tardías.

Había elegido convertirme en una persona distinta.

Me sentía como una persona completamente distinta.

Mi boina había quedado hecha una ruina. Era como si hubieran abierto un gran boquete en mi personalidad. Sé que suena ridículo que le diese tanta importancia a una boina... pero era como si me faltase algo.

Era como perder los dientes de leche: de pronto, me había quedado sin una parte de mí que me parecía imprescindible para vivir.

¿Podría seguir adelante?

Por supuesto, la gente no trataba de manera distinta a aquella versión de mí sin boina (bueno, al margen de que muchos me preguntaban "¿y tu boina?"). Todos los cambios que había vivido a nivel personal seguían conmigo. Seguía siendo el Gavin de siempre, solo que podía demostrar que tenía pelo y que la boina no era un enrevesado ardid para disimular la calva.

En retrospectiva, la verdad es que me alegro de que ocurriese. Ese accidente me enseñó a replantear mis rutinas diarias, a no ponerme la boina solo porque fuese un día de la semana. Porque resulta que la boina no combina con todo. Además, cuando llevas la misma boina durante años, acumula cicatrices de batalla que hacen que no sea tan elegante en cualquier contexto.

A veces es correcto llevarla y a veces no es apropiado. En el fondo, es cuestión de saber cuándo ponérsela.

Por supuesto, aún lo hago; sobre todo si hace frío, como en esta época del año.

Efectivamente, esta historia tiene un final feliz. Resulta que, después de horas quitando arena con mucho cuidado y de un buen mes y medio dejándola secar en un maniquí, mi boina salió viva de la UCI para prendas... y con un carácter renovado.

Le prometí que nunca volvería a apostar alegremente aquello de "me como la boina".

Aún hoy en día, a veces noto granos de arena que se desprenden de ella. Es un auténtico recipiente de recuerdos. Imagino que algún día se la enseñaré a mis hijos y les contaré las historias que ha vivido, porque han sido muchas... y quién sabe cuántas le quedan.

Ahora solo tengo que mantenerla a salvo de los pingüinos...

A veces es correcto hacer netdecking y a veces no es apropiado. En el fondo, es cuestión de saber extraer lecciones de ese proceso.

Lo que yo descubrí con el tiempo era que todas aquellas horas pilotando mazos optimizados, pensando cómo banquillear y aprendiendo al dedillo los entresijos de los enfrentamientos me ofrecieron las herramientas necesarias para construir correctamente mis propios mazos. Esa experiencia fue un trampolín para convertirme en un mejor jugador.

He visto a gente que construye sus propios mazos y menosprecia a quienes copian los de otro sitio. He visto a gente que saca sus mazos de los top 8 del Pro Tour y se ríe de quienes no juegan con barajas consolidadas. Al final, las dos maneras de jugar son igual de válidas... y los dos tipos de críticas son igual de absurdas. He visto a gente cosechar éxitos de ambas formas. Ninguna de ellas es inferior. Lo importante es cómo las utilizáis... y qué aprendéis con la experiencia.

Yo siempre recomiendo empezar usando los mazos consolidados en el formato que queráis probar. Por ejemplo, si queréis jugar en Estándar hoy en día, elegid una baraja como la White-Blue Flash o la Black-Green Delirium. Aprended sus entresijos. Comprended por qué funciona como un reloj.

Entonces, una vez que lo entendáis, sabréis cuál es la mejor manera de llevarla puesta.

¡Espero que hayáis disfrutado con este Topical Blend! Después de recibir vuestros votos, las categorías ganadoras fueron "Mi boina" y "Construir tu propio mazo o hacer netdecking", aunque supongo que ya lo habríais intuido.

¿Tenéis algún comentario sobre el texto? ¡Pues me encantaría recibir vuestros mensajes! Enviadme tuits o hacedme consultas en Tumblr y allí os leeré.

Os deseo unas felices fiestas a todos. Espero que también os regalen vuestra propia boina, adopte la forma que adopte en vuestro caso.

Nos vemos pronto,

Gavin
@GavinVerhey
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