Episodio 1: En el corazón de la aerorruina

Posted in Magic Story on 2 de Septiembre de 2020

By A. T. Greenblatt

A.T. Greenblatt is a mechanical engineer by day and a writer by night. She is the author of over two dozen science fiction and fantasy short stories and her piece "Give the Family My Love" won the 2019 Nebula Award for Best Short Story.

Nahiri estudió la aerorruina que se elevaba ante ella: una enorme, imponente y destrozada construcción flotante. No se parecía a la que recordaba, cuando la fortaleza aún era hermosa.

La observaba desde uno de los precipicios imposibles de Akoum, un saliente de roca similar a un largo dedo que desafiaba la gravedad. Desde las alturas podía contemplar el campo de lava que se extendía ante ella y notaba el aire caliente, cargado del olor a metal fundido. Los bastiones kor de la antigüedad, como aquel, habían empezado a surgir por todo Zendikar tras el fin de la guerra contra los Eldrazi. Sin que nadie supiera por qué, aquellas inmensas estructuras medio desmoronadas habían vuelto a emerger después de llevar siglos en el olvido... y con ellas también habían regresado los secretos que contenían.

Mountain
Montaña | Ilustración de Chase Stone

Nahiri sonrió. Aquellos secretos iban a servirle para cambiar el mundo.

―Me acuerdo de vosotras ―le dijo a la aerorruina que flotaba ante ella― y de todo vuestro poder.

Ahora tan solo tenía que llegar hasta las ruinas. Nahiri levantó los brazos, deseosa de empezar a moldear la piedra e iniciar el ascenso.

Sin embargo, estaba demasiado centrada en mirar hacia arriba, al frente, y no se dio cuenta de lo que ocurría debajo. Necia de ella, pensaba que la derrota de los Eldrazi habría aplacado el caos de Zendikar.

Eso le impidió advertir el inicio de la Turbulencia.

Comenzó con un burbujeo en el campo de lava. Como un monstruo que despierta, al principio fue silenciosa y enseguida se volvió imposible de ignorar. El murmullo inicial se convirtió en un rugido ensordecedor a medida que la Turbulencia sacudía la tierra y se propagaba hacia arriba por los acantilados rocosos, impregnando el aire con un calor intenso y una nube de ceniza tan densa que Nahiri tuvo que contener la respiración. De repente, con un estampido que agrietó la tierra, el saliente en el que estaba se derrumbó.

Y Nahiri se precipitó por el acantilado.

―No... ―masculló mientras caía―. ―¡No! ―Era la maestra de la litomancia, la guardiana de aquel plano, y no iba a permitir que un simple terremoto acabase con ella. Con un movimiento ágil, Nahiri se retorció en el aire y estiró los brazos hacia la piedra, que percibía como una extensión de sí misma.

Y la piedra respondió. Su caída libre se detuvo poco a poco hasta que se quedó flotando. Nahiri se apropió del caótico remolino de magma y rocas que había bajo ella y doblegó los elementos a su voluntad. A la suya, no a la de la Turbulencia. Reunió aquel poder, aquella energía que la rodeaba, y la utilizó para crear. Empleó la litomancia para hacer girar torrentes de lava, rocas sueltas y edros retorcidos, moviéndose como si realizara una danza. Con varios giros bruscos de ambas muñecas, formó una columna que empezó a ascender en espiral. Nahiri flotó sobre ella y se elevó hacia el cielo mientras la columna crecía y crecía hasta que la Turbulencia se detuvo de golpe.

Finalmente, Nahiri se posó en su creación, ahora más cerca de la aerorruina. Bajó la vista hacia el terreno traicionero y sonrió con superioridad.

―La victoria es mía ―dijo mientras intentaba sentirse satisfecha por haberse impuesto. Sin embargo, aquel triunfo le resultó amargo: la Turbulencia era un síntoma de una grave enfermedad que afectaba a Zendikar. Una enfermedad que Nahiri, sin darse cuenta, había contribuido a propagar.

Últimamente, la sensación de culpa por sus fracasos la reconcomía.

La piedra siempre la avisaba cuando había otros planeswalkers cerca, pero Nahiri no se giró cuando sintió una vibración de advertencia. Había alguien detrás, en aquella columna en el cielo.

―Akoum sigue siendo tan hermoso... e impredecible como siempre ―afirmó Nissa, que se acercó hasta situarse junto a Nahiri. Bastón en mano, se asomó al borde y contempló el campo de lava.

―No es nada con lo que no pueda lidiar ―respondió Nahiri. No estaba segura de que fuese cierto, pero no tenía intención de admitirlo.

―No me refería a eso. Quería decir que... Que este lugar... ―balbució Nissa. Nahiri arqueó una ceja mientras la elfa se esforzaba por encontrar las palabras adecuadas. Nissa respiró hondo y continuó―. Me refería a que yo crecí con la Turbulencia. No es un fenómeno que se pueda dominar.

―Está claro que no me conoces ―contestó Nahiri con una pizca de enfado.

―No pretendía ofenderte ―dijo Nissa levantando una mano conciliadora―. Te observé durante la batalla contra Nicol Bolas. Vi cómo controlabas la piedra y me pareció increíble.

―¿Estabas allí? ―le preguntó a la elfa―. Ah, es verdad: el árbol, lo recuerdo. ―Nissa se puso roja de la vergüenza. Aquel encuentro no había terminado bien para el árbol anciano de Rávnica.

Nahiri volvió a levantar la vista hacia la aerorruina.

―Hay algunas batallas que prefiero no tener que volver a librar nunca.

―Sí ―dijo Nissa―, y otras que aún deben librarse. ―Parecía contemplar con calma la inmensidad tumultuosa de Akoum, pero su voz estaba cargada de emociones―. ¿Por qué me has pedido que venga?

―Cuando era joven, esta tierra era pacífica. No había nada de esto ―afirmó Nahiri mientras señalaba la superficie y arrugaba la nariz con aversión. Muy por debajo, las burbujas que volvían a formarse en la lava anunciaban un nuevo terremoto provocado por la Turbulencia―. Los Eldrazi causaron un daño terrible al plano.

La culpa volvió a crecer en el interior de Nahiri. Nunca tendría que haber escuchado a Ugin y Sorin. Milenios atrás, debería haber buscado un plano distinto en el que encerrar a los Eldrazi.

―Cierto ―comentó Nissa―. Percibo el dolor de Zendikar. Es algo que me atormenta. ―Tenía la mirada perdida en la lejanía, pero en su rostro afloraba la pena.

―Entonces, escúchame ―dijo Nahiri levantando la vista hacia la aerorruina―. Puede que haya una solución, un remedio para curar a Zendikar.

―¿De verdad? ―preguntó la elfa sin pensar, sorprendida, y entonces añadió torpemente―. Perdón, es que no tienes fama de sanadora. Después de lo que hiciste en Innistrad...

―Dice la persona que liberó a los Eldrazi ―replicó Nahiri con una ceja enarcada.

―Yo no...

Nissa balbució, pero Nahiri la interrumpió levantando una mano.

―Las dos hemos hecho cosas que causaron mucho daño, pero podemos intentar enmendar una parte.

Nissa se puso colorada y asintió.

―¿Por qué ahora? Es decir, has vivido lo suficiente para...

“Para recordar cuándo se construyó este bastión”, pensó Nahiri, que guardó silencio unos instantes.

―Por muy lejos que haya viajado o mucho tiempo que haya vivido, este sitio siempre me parecía... me ha parecido...

―Tu hogar ―terminó Nissa en voz baja.

―Exacto ―dijo Nahiri esbozando una sonrisa. Luego señaló la aerorruina que tenían ante ellas―. Las respuestas están ahí arriba. ―Esta vez sonrió con aire travieso―. ¿Echamos una carrera hasta la cima? Que gane la mejor zendikari.

Nissa no dijo nada. Simplemente dibujó una sonrisa pícara, alzó las manos e hizo brotar unas largas y gruesas enredaderas. La vegetación se elevó hacia las ruinas a una velocidad casi difícil de seguir con la vista.

Pero Nahiri fue aún más veloz.

Con un movimiento raudo, usó la litomancia para crear una escalinata y echó a correr casi tan rápido como la construía, sin dejar de sonreír con entusiasmo. Echó un vistazo atrás y rio al ver que a Nissa le costaba seguir el ritmo y se quedaba atrás poco a poco. Las plantas no eran un rival digno en aquel lugar de piedra.

Nahiri no cometía muchos errores y rara vez volvía a caer en ellos; era una ventaja de tener milenios de experiencia. Pero la Turbulencia, la maldita Turbulencia...

El suelo empezó a temblar de nuevo y las vibraciones se volvieron cada vez más intensas, hasta que la escalera de Nahiri se resquebrajó bajo sus pies. Aceleró el ritmo, pero no fue lo bastante rápida. El suelo cedió y, de repente, Nahiri volvió a caer.

Buscó la esencia de la piedra y se preparó para aplacar la Turbulencia una vez más, pero entonces algo la sujetó por el torso y detuvo la caída.

―Te tengo ―dijo Nissa. La elfa estiraba una mano hacia ella y con la otra aferraba el bastón. Nahiri miró hacia abajo y vio que la había salvado con una enredadera.

Sin decir nada, rabió por dentro mientras la vegetación de Nissa la levantaba y la depositaba con cuidado en una escalera de ramas improvisada.

―Gracias ―le dijo sin mirarla a los ojos.

―¿Volvemos a empezar? ―preguntó Nissa con nervios y fijándose en sus manos―. ¿Que gane la mejor zendikari?

―No, vamos y ya está ―contestó Nahiri, que dejó notar su enfado en la voz.

Subieron en silencio y Nahiri se tragó su culpa creciente a cada paso.

Había abandonado su hogar durante demasiado tiempo.

Nissa of Shadowed Boughs
Nissa de las Ramas Sombrías | Ilustración de Yongjae Choi

Lo primero que pensó Nissa cuando al fin llegaron a la aerorruina fue que no se esperaba aquello. Incluso destrozada, abandonada y oculta durante siglos, la fortaleza flotante aún poseía una belleza asombrosa. Mirase adonde mirase, por todas partes veía columnas y arcos de gran altura, restos de techos con grabados intrincados y suelos de baldosas que formaban mosaicos. Por supuesto, también había rocas flotantes, mampostería agrietada y estructuras desmoronadas, pero estaba claro que aquel sitio había sido un núcleo de civilización.

Lo segundo que pensó fue que iban a tardar años en encontrar lo que buscaban allí. Ahora que habían entrado en la aerorruina, por fin se daba cuenta de lo enorme que era. Estaban en una especie de patio antiguo y Nissa veía una decena de pasillos abovedados y entradas que conducían al interior de la fortaleza.

―Aquí debían de vivir miles de personas ―comentó.

―Decenas de miles ―corrigió Nahiri, que caminaba a su lado.

Nissa dudó si plantear la pregunta que quería hacer. No quería molestar a Nahiri. Temía que eso pudiera estropear su oportunidad de conocer mejor a aquella kor antigua y segura de sí misma. De todas formas, a Nissa tampoco se le daba muy bien formar lazos. Parecía que, cuanto más se esforzaba por conectar con alguien, mayor era el desastre que causaba. Hubiera deseado parecerse más a Gideon y tener su confianza tranquila y su encanto mesurado.

“¿Qué haría Gideon?”, pensó. “Empieza a seguir su ejemplo si quieres ser más como...”.

“Como era él”. De pronto, el dolor de su muerte la invadió de nuevo.

“Gideon no dudaría”. Por tanto, respiró hondo y preguntó:

―¿Cómo vamos a encontrar lo que buscamos? Este sitio es enorme.

―Empezando a buscar ―contestó Nahiri con una sonrisa torcida. Se adelantó a ella brincando sobre los desperfectos del suelo y los agujeros que daban a cielo abierto.

―¿Y qué buscamos? ―insistió Nissa mientras se apresuraba a seguirla.

―Lo sabré cuando lo vea.

A Nissa se le cayó el alma a los pies.

―¿No sabes lo que buscas?

Nahiri abrió la boca para responder, pero la Turbulencia no cesaba.

Las ondas de agitación sacudieron la aerorruina una vez más. Nissa se detuvo al instante cuando la estructura antigua empezó a temblar y resquebrajarse. Alzó el bastón y se preparó para crear una red de seguridad con plantas.

Pero Nahiri fue más rápida.

Estiró los brazos a ambos lados y mantuvo la fortaleza unida con lo que parecía pura fuerza de voluntad, aunque Nissa comprendía que la litomancia ayudaba.

Cuando el temblor se calmó, Nahiri frunció el ceño como si la Turbulencia la hubiera atacado personalmente.

―No sé qué es lo que buscamos exactamente ―dijo mientras echaba a andar a zancadas, con rabia en la voz―. Los textos de los antiguos kor no eran muy detallados. ―Se detuvo en medio de un gran mosaico en el centro del patio. Entonces se puso en cuclillas y apoyó una mano en el suelo―. Pero las piedras lo sabrán mejor. ―Nahiri cerró los ojos y Nissa esperó sin saber qué hacer. Desde donde estaba, no distinguía lo que representaba el mural.

“Jace lo hubiera sabido”, pensó, pero enseguida descartó aquella idea. No quería pensar en Jace, ni en la batalla contra Nicol Bolas y todo lo que le había costado a Rávnica, ni en el estado lamentable de los Guardianes, ni en la muerte de Gideon... ni en Chandra.

Sobre todo, no quería pensar en ella.

Al cabo de un minuto, Nahiri abrió los ojos y se levantó:

―Las mejores cosas se ocultan en el corazón ―dijo con una sonrisita. Se giró y señaló un corredor especialmente oscuro y amenazador―. Ese parece un buen sitio para empezar. Vamos.

―¿Cómo sabremos si es el camino correcto? ―Ahora que Nahiri se había apartado del corazón del mosaico, Nissa vio que representaba un sol con rayos que se proyectaban desde el centro. O algo parecido a un sol.

―Cuando algo intente impedirnos el paso ―respondió Nahiri, que ya se había alejado bastante.

Nissa se detuvo y el corazón se le aceleró con un pánico inesperado. De repente, aquella expedición le pareció una pésima idea. ¿Y si ofrecerse a ayudar a Nahiri solo empeoraba las cosas en Zendikar otra vez? Igual que muchos de sus errores del pasado. Una vez más, estaba siguiendo las intenciones de otros. ¿Cuándo iba a cambiar aquel comportamiento?

“¿Qué haría Gideon?”.

―Ayudaría en lo que pudiese ―susurró para sí misma―, pero no la seguiría ciegamente.

Zendikar también era el hogar de Nissa. No Rávnica ni ningún otro plano: su lugar estaba ahí y ella era la voz del alma de Zendikar. Tenía la responsabilidad de cuidar el mundo y a todos sus seres vivos.

Finalmente, Nissa tomó aliento para calmarse, aferró su bastón y fue en pos de Nahiri.


Desde el exterior, la aerorruina parecía tener una estructura plana y horizontal, como un archipiélago de piedra flotando en el aire. En cambio, desde dentro parecía vertical y sin fondo. Nahiri mantenía una mano en contacto con la pared mientras recorría los pasillos que ascendían y descendían, a veces dando paso a escaleras y otras revelando pasadizos que conducían a misterios por desvelar.

Sin embargo, Nahiri no mordió el anzuelo de la aerorruina. Las piedras que palpaba le susurraban acerca de un gran poder que aguardaba en el fondo y estaba decidida a hacerse con él. Siguiendo sus pasos, Nissa avanzaba casi en silencio, como era propio de una hija del bosque. De vez en cuando se la oía tentar algunas rocas con el bastón o susurrar expresiones de asombro cuando un fugaz rayo de luz penetraba por una grieta e iluminaba el entorno.

Continuaron descendiendo hasta llegar a las salas comunes principales de los antiguos kor, donde miles de ellos se reunían para presumir de sus riquezas y dotes artísticas. Las paredes lo reflejaban, en el sentido literal: cuando los azulejos captaban la luz solar que se colaba en el interior, relucían como gemas preciosas. Los techos tenían una altura sobrecogedora y las tallas de las columnas eran complejas y detalladas.

Sí, Nahiri admitía que era un espectáculo, pero también un recordatorio doloroso de todo lo que el plano había perdido. Además, la Turbulencia seguía haciendo temblar la antigua fortaleza mientras recorrían el interior. Aquello era otro recordatorio constante y molesto de que ella, la guardiana de Zendikar, no había logrado proteger su hogar.

Por ello, Nahiri no se detenía demasiado a observar los grandes salones ni las hermosas esculturas. Tan solo seguía avanzando, siempre con la mirada al frente.

Un poco más adelante, el corredor terminaba ante unas inmensas puertas dobles que se habían desencajado por un derrumbe.

―Parece un camino sin salida ―dijo Nissa cuando se acercó a ellas y empujó con una mano.

―Tal vez para ti ―contestó Nahiri, que se plantó delante con los pies separados―. Apártate.

Con un gesto enérgico, Nahiri unió las manos dando una sonora palmada y las gigantescas puertas se abrieron de par en par, estampándose contra las paredes de piedra a ambos lados.

―Sigamos ―dijo al atravesar el umbral con paso decidido. Una sensación de intranquilidad la molestaba y unos susurros alarmados la siguieron desde la piedra. Al otro lado había una oscuridad que albergaba lo desconocido.

Sin embargo, Nahiri no se detendría. Ahora no.

―¡Espera! ―gritó Nissa desde atrás―. ¡Hay un fe...!

Una mole rápida y contundente embistió a Nahiri y la estrelló contra la pared. Soltó un gemido de dolor, pero inmediatamente después ordenó a la pared de piedra que devolviera el golpe.

Y así lo hizo. Una columna puntiaguda surgió de la pared y se estampó contra lo que inmovilizaba a Nahiri, haciendo que soltase un sonoro gruñido y la liberase. Nahiri rodó hacia un lado y se puso en pie con agilidad. Apretó los puños con fuerza y mostró los dientes; ahora estaba furiosa de verdad.

Con solo pensarlo, conjuró siete espadas que irradiaban calor y desprendían un brillo rojizo, como si acabaran de salir de la fragua. Las armas flotaron en torno a Nahiri, otorgándole un aura impía... y proyectando algo de luz sobre su atacante.

Ante ella, resollando con rabia, se encontraba el felidar más grande que había visto nunca.

Su cuerpo sin pelaje estaba cubierto de protuberancias afiladas y tenía unos enormes cuernos orientados hacia atrás, casi pegados al cuerpo. Sus zarpas chasquearon en el suelo al acercarse y la saliva corría por sus pronunciados colmillos, ansioso de clavarlos en carne fresca.

―Y un cuerno ―gruñó Nahiri, que envió las siete espadas directamente al corazón de la bestia. El felidar recibió el impacto, pero entre sus zarpazos y las prominencias sólidas, pareció resistir la mayoría del ataque.

La criatura rugió y se abalanzó sobre Nahiri con una velocidad inesperada y abriendo las fauces.

Sin embargo, antes de alcanzarla, el felidar quedó inmovilizado en pleno salto. Nahiri tardó un instante en darse cuenta de que Nissa se había interpuesto entre la bestia y ella. La elfa estaba reteniéndola con una fuerza mayor de lo que parecía posible.

―Ni hablar ―masculló Nissa mientras unas zarzas empezaban a envolver al felidar. Sin embargo, la bestia se agitó y se encabritó para lanzar varios zarpazos. Uno de ellos alcanzó a Nissa en el hombro y la arrojó hacia atrás con un grito y un fuerte golpe al caer.

La intervención de Nissa le había dado a Nahiri el tiempo justo para crear unas cadenas de piedra con las que atrapó a la criatura, ahora enfurecida y distraída. Con un grito, Nahiri dio un tirón hacia atrás con un brazo y las cadenas se tensaron para derribar al monstruo.

―Trágate esto ―gruñó Nahiri agachándose y separando los dedos de las manos. Detrás de ella, las siete espadas radiantes surgieron de nuevo. Con una sonrisa de superioridad y un latigazo de los dedos, clavó todas las cuchillas en el felidar, esta vez asegurándose de alcanzar sus puntos vulnerables.

La criatura emitió un grito largo y espeluznante hasta que, tras unos segundos, yació inerte.

Nahiri se acercó a Nissa, que estaba levantándose, y le tendió una mano para ayudarla a incorporarse.

―Parecía que nos estuviese aguardando ―comentó Nissa mientras se masajeaba el hombro herido.

―Es probable ―dijo Nahiri, que fabricó otra espada para tener algo de luz―. Eso es porque estaba protegiendo algo. ―Sonrió abiertamente y envió la espada delante de ellas por el pasillo oscuro―. Averigüemos el qué.


Por algún motivo, Nissa no dejó de preocuparse por estar recorriendo el camino equivocado mientras se adentraban en la aerorruina. A pesar de las afirmaciones de Nahiri, ella seguía sin tenerlo claro. Además, notaba que la fuerza vital del plano le murmuraba: también parecía inquieta, ¿o quizá fuese únicamente ella?

Como mínimo, no se habían topado con más felidares hambrientos.

El pasillo oscuro descendía y descendía, mientras que la Turbulencia se avivaba ocasionalmente como si estuviera siguiendo sus pasos...

Hasta que dejó de hacerlo.

El pasillo las llevó hasta una cámara similar a una caverna. En ella había arcos largos y estrechos con baldosas doradas que podían servir como pasarelas, las cuales se cruzaban y unían como si fuese una especie de telaraña. No se veía el fondo del abismo bajo ellas, aunque aquí y allí había haces de luz dispersos que penetraban oblicuamente en la sala. El aire estaba viciado y olía a humedad, pero para alivio de Nissa, en algunos rincones crecían musgo y helechos.

Sonrió al acercarse a una mata de ellos que crecía en un inesperado terrón de un lateral. Aquel era el Zendikar que conocía y adoraba, capaz de vivir incluso en aquel bastión kor tan extraño y muerto.

Nahiri, en cambio, tenía el ceño fruncido, ya que no estaba segura de por dónde tenían que seguir. “Porque ya no es un camino recto hacia delante”, se percató Nissa. Nahiri se agachó, apoyó una mano en el suelo y cerró los ojos. Permaneció así durante un minuto entero, hasta que su gesto se agravó:

―Las piedras no me indican adónde ir.

―¿Por qué no? ―preguntó Nissa. Creía que las piedras no podían rechazar a Nahiri, pero esta se encogió de hombros.

―Ya estamos cerca, así que podemos elegir un camino al azar.

Nissa dudó. Desde luego, no le parecía la solución correcta.

“¿Qué haría Gideon?”.

―Mejor no ―dijo en voz baja.

—¿Cómo? ―preguntó Nahiri al volverse hacia ella, con una expresión de sorpresa en el rostro.

―Aguarda un momento.

Nissa se agachó junto a un helecho. Tenía hojas del tamaño de ella, pero las flores eran diminutas, delicadas y azules.

―¿Cómo es posible que crezcan plantas aquí? ―preguntó Nahiri al acercarse.

―No te imaginas cuántos seres prosperan en lugares inesperados en este plano ―le contestó, risueña.

―¿Cómo...?

Nahiri siguió hablando, pero Nissa la ignoró. Apoyó una mano en la parte superior del helecho, como haría una madre en la cabeza de su hijo. Cerró los ojos y sintió la vida de la planta en las yemas de los dedos; palpó sus penurias y su orgullo por sobrevivir en un entorno tan inhóspito. Nissa sonrió al percibir su fuerza y su orgullo... y convocó aquella vida.

Oyó el sobresalto de Nahiri cuando el elemental cobró vida. Era una criatura el doble de alta que ella, de color verde intenso como su fuerza vital, con una cabeza formada por un amasijo de hojas y pequeñas cadenas de flores azules entrelazadas en sus brazos y cuello.

―¿Qué es eso? ―preguntó Nahiri, que retrocedió un paso.

―Un amigo ―respondió Nissa cuando el elemental se arrodilló para ponerse a su altura. No quería explicarle que aquellas criaturas habían sido las primeras en aceptarla tal como era, antes de convertirse en planeswalker y unirse a los Guardianes.

Estrechó la mano de seis dedos del elemental. En sus ojos percibió su amor por ella y, por primera vez en mucho tiempo, Nissa sintió que estaba en un lugar donde encajaba.

―Tenemos que encontrar el corazón de la aerorruina. ¿Puedes ayudarnos?

El elemental pestañeó despacio y luego, con un gemido, se incorporó y empezó a guiar a Nissa llevándola de la mano.

―Venga, vamos ―dijo al pasar junto a Nahiri. Cuando se giró y vio su expresión atónita, tuvo que contener una risita.

El elemental de helechos encabezó la marcha por el laberinto de pasarelas, pero se detuvo cuando la Turbulencia volvió a actuar y Nahiri tuvo que usar su poder para mantener intactos los arcos. Sin embargo, la criatura nunca se paraba mucho tiempo, como si algo tirase de ella desde el interior de la fortaleza vetusta.

Al cabo de un rato llegaron a un rellano, una pequeña plataforma con un puente estrecho que daba a una entrada oscura. Nissa se dispuso a cruzarlo, pero Nahiri la agarró de una manga.

―Quieta ―siseó antes de señalar hacia arriba―. Mira ahí.

Nissa se fijó en lo que señalaba: en el techo había un geópodo gigantesco suspendido en el aire por algún tipo de fuerza mágica. El insecto retorció su largo caparazón contra las ataduras invisibles, con lo que las planeswalkers pudieron ver sus cientos de patas en todo su esplendor. Nissa se estremeció: los geópodos le recordaban demasiado a las serpientes; serpientes con más serpientes por patitas.

―¿Sabes qué hará que se active la trampa?

―No ―contestó Nahiri―. Prueba a enviar primero a esa cosa.

―No lo llames así ―protestó Nissa. ¿Por qué no había nadie capaz de entender que los elementales son seres vivos y con sentimientos? ¿Que no son simples herramientas que convocar, usar y dejar morir por darles una orden? Nissa se negaba a enviarlo a una muerte segura, así que se volvió hacia el elemental―. ¿Puedes desactivarla? ―preguntó señalando la trampa de las alturas.

La criatura parecía dubitativa y sus grandes ojos castaños vagaban entre Nissa y la criatura que se retorcía.

―Entonces, no dejaré que te haga daño. ―Nissa levantó una mano e hizo brotar enredaderas para crear una red improvisada bajo el geópodo. Con cuidado, el elemental estiró sus enormes brazos de hojas y tocó el vientre del insecto, que siseó y se agitó.

Por un momento, la trampa invisible se mantuvo igual.

Pero de pronto se activó y la gran criatura se precipitó.

En cuanto cayó en la red de Nissa, esta apretó un puño y las enredaderas apresaron al monstruo. Con un tirón del brazo, las plantas hicieron lo mismo con el geópodo y lo estamparon contra el suelo. El monstruo chilló y se retorció, pero pronto dejó de moverse, sin vida.

“Hasta nunca, bicho-serpiente”, pensó con una sonrisa.

Con lo que no contaba era con que Nahiri lo golpease de nuevo con un puño de roca. Nissa y el elemental se sobresaltaron.

—¿Qué ocurre? ―les preguntó a ambos―. Esto es Zendikar. Todo lo que nace en este plano es difícil de matar.

Por un instante, Nissa estuvo a punto de discutir. No pudo evitar acordarse de su primer hogar en Bala Ged y de que la mayoría de su tribu y todo lo que conocía habían sucumbido fácilmente a los Eldrazi.

Pero entonces entendió a qué se refería Nahiri: a las dos planeswalkers de Zendikar.

Nissa sonrió. Tal vez lograrían sanar el plano. Juntas.

―Tienes razón. Busquemos el corazón de las ruinas.


Inscription of Insight
Inscripción de conocimiento | Ilustración de Zoltan Boros

El corazón de la aerorruina era resplandeciente. Todas las superficies estaban cubiertas de runas antiguas, hasta el último centímetro de las paredes, el suelo y el techo de piedra. Las runas emitían una luz dorada que latía con los pasos de las dos planeswalkers a medida que entraban en la cámara. Detrás de ellas iba el elemental de helechos de Nissa; o su monstruosidad de helechos, según la opinión de Nahiri.

Sin embargo, las ruinas no eran lo que le interesaba, sino la tarima que había en el centro de la sala; el corazón del corazón, en cuyo núcleo había una pequeña placa que refulgía como una estrella.

―¿Qué es eso? ―preguntó Nissa junto a ella.

Nahiri sonrió. Aquello era prometedor, muy prometedor, y le aportó más esperanza de la que había sentido en mucho tiempo.

―Una llave ―contestó.

―¿Una llave para qué?

―Para conseguir el auténtico poder que buscamos.

―Dijiste que aquí encontraríamos algo con lo que sanar Zendikar ―protestó Nissa con el ceño fruncido.

―Y también dije que los textos de los antiguos kor no siempre son claros ―le contestó con brusquedad―. En cualquier caso, el objeto que buscamos es poderoso y podría entrañar peligro. Es... un orbe. La traducción aproximada sería “núcleo litoforme”. Y es el último que existe.

El elemental se agitó con incomodidad y Nissa parecía tener dudas.

―¿Cómo lo sabes?

―Porque es lo que pone en este sitio ―respondió Nahiri mientras caminaba hacia la plataforma. Las runas brillaban con más intensidad a medida que se acercaba, como si la llamasen―. Eso dicen las escrituras que nos rodean.

―¿Sabes leer las runas? ―dudó Nissa mientras la seguía.

―Por supuesto. Yo también soy una kor antigua.

―Ah... Cierto. ―Nissa se puso colorada y se quedó atrás con su cosa de helechos mientras Nahiri se acercaba a la tarima. Oyó cómo la elfa le susurraba―: Quédate cerca de mí.

Al pie de la plataforma, las runas cercanas a Nahiri resplandecieron una vez y luego se atenuaron. Ante ella, la llave brillaba casi atrayéndola, pero aún no intentó alcanzarla. En vez de eso, colocó las manos en el mármol frío a ambos lados de la llave y escuchó a las piedras. Percibió su energía y buscó algún tipo de trampa.

Pero no detectó ninguna.

Lenta y cuidadosamente, Nahiri acercó las manos a la llave y la recogió.

En su mano, brillaba con más intensidad, como si saludase a una amiga que no veía desde hacía muchísimo tiempo.

―Ahora que tenemos la llave ―dijo Nissa―, tendremos que encontrar la cerradura.

―Así es ―confirmó Nahiri, que ladeó la cabeza, pensativa―. Las runas mencionan Murasa. Allí hay otra fortaleza.

―Estas cosas nunca son fáciles, ¿verdad? ―comentó Nissa con un suspiro―. ¿Las runas dicen algo más?

―Al parecer, la sala posee una minúscula parte del poder del núcleo; la llave también lo contiene ―dijo mostrándosela―. Con ella quizá pueda...

Interrumpió la explicación cuando volvió a sentir los lejanos temblores de la Turbulencia. Seguía prestándoles atención y continuaba percibiendo la tierra aunque estuviese a kilómetros por encima. Estaba aprendiendo a predecir los episodios impredecibles.

Nahiri apretó los dientes. La Turbulencia, la maldita Turbulencia. Por la expresión de Nissa, notó que ella también la percibía.

―¿Qué puedes hacer? Enséñamelo.

Entonces, Nahiri pronunció las palabras, el idioma antiguo que no utilizaba desde hacía milenios. Sintió que el poder se agitaba a sus pies, aumentando y respondiendo a su llamada. Cuando acumuló aquella energía recién extraída, la desató contra la tierra temblorosa y violenta.

Un destello cegador inundó la sala y Nahiri se cubrió los ojos. A kilómetros por debajo, sintió que la Turbulencia vacilaba, hasta que de pronto, como un monstruo al que le perforan el corazón, se estremeció y se detuvo por completo. Entonces oyó ruidos rechinantes en los alrededores y percibió que la aerorruina volvía a recomponerse, aunque no completamente. Las runas no contenían tanto poder, pero la antigua fortaleza destruida estaba reparándose a sí misma.

La felicidad afloró en Nahiri, que apretó la llave contra el pecho. La había encontrado: había hallado una forma de curar a Zendikar.

Pero entonces, detrás de ella, la cosa de helechos aulló.


―¡No! ―gritó Nissa. Sintió el dolor del elemental antes de entender lo que ocurría. Antes de ver cómo sus extremidades se retorcían y marchitaban, de oír cómo emitía un aullido desgarrador y de ver cómo sus ojos brillantes se apagaban y quedaban reducidos a cenizas.

Nissa se apresuró a usar su poder y lo sujetó para intentar impedir que el elemental muriese, pero fue en vano. Lo único que quedó en sus manos fueron puñados de ceniza.

―¡¿Qué has hecho?! ―le gritó a Nahiri.

—¿No lo has visto? ―preguntó Nahiri al darse la vuelta. Nissa vio que aferraba la llave contra el pecho y sonreía, como si acabase de ganar una batalla―. Con la llave puedo detener la Turbulencia.

―¡Has asesinado al elemental!

―¿A esa planta?

“A mi familia”, se calló Nissa. “A una parte de Zendikar”. Porque los elementales eran Zendikar. Si aplacar la Turbulencia usando el núcleo significaba su muerte, el plano se hallaba en peligro mortal. Nissa se quedó mirando las cenizas que se escurrían entre sus dedos y sintió cómo la invadían el dolor y la rabia por haber cometido aquel error.

Por todos los errores que había cometido.

“¿Qué haría Gideon?”.

―Él no permitiría que esto continuase ―susurró para sí mientras enderezaba la espalda y se ponía firme.

—¿Qué has dicho? ―preguntó Nahiri, confusa.

―¿Tu solución es esta? ―le preguntó. Esta vez no alzó la voz, pero en ella había una furia controlada que hizo que Nahiri tardara unos segundos en responder.

―Mira a nuestro alrededor: la fortaleza se está reparando, la Turbulencia ha cesado y la tierra está en calma. ¡La gente podrá volver a establecerse aquí! ―exclamó Nahiri señalando las superficies reparadas del bastión.

―A costa de la vida de Zendikar ―contestó Nissa. Proyectó su percepción hacia las plantas y el musgo que habían crecido en los rincones y grietas de la fortaleza, pero no obtuvo respuesta. En ese momento, Nissa comprendió que todos los demás seres vivos de la aerorruina habían muerto.

―No tienes idea de cómo era Zendikar en el pasado ―le dijo Nahiri con la voz cargada de ira―. No sabes lo admirables y prósperas que eran sus gentes y ciudades.

―Y tú no sabes cómo es Zendikar ahora. Sigue siendo hermoso, Nahiri. ―Levantó una mano en dirección a ella―. Dame la llave.

Nahiri no respondió. En vez de ello, tensó la mandíbula, separó los pies y estiró los brazos hacia ambos lados.

Nissa reaccionó sin siquiera pensar y esquivó las columnas que emergieron con violencia del suelo, evitándolas por cuestión de centímetros. Tampoco pensó cuando conjuró una masa de enredaderas para desviar las espadas de piedra que volaron hacia ella. Ni siquiera pensó cuando ordenó a las plantas que sujetasen a Nahiri de los tobillos y la tirasen al suelo.

Nahiri soltó un gruñido y una maldición al caer. Sin embargo, antes de que Nissa pudiera atacar de nuevo, la planeswalker anciana erigió un muro de piedra entre ambas que Nissa no pudo penetrar, ni siquiera aporreándolo con ramas recién creadas y gruesas como troncos de árbol. Los golpes repetidos contra la piedra parecían inútiles.

Después de pocos minutos, el muro que las separaba se convirtió en vidrio. Al otro lado, Nahiri estaba magullada y furiosa.

―¡No me quedaré mirando cómo este plano se destruye a sí mismo! ―gritó Nahiri―. ¡Soy la guardiana de Zendikar!

Nissa la observó y comprendió lo ilusa que había sido al pensar que aquella planeswalker antigua e insensible podría ayudarla a sanar su hogar.

―Y yo también.

“¿Qué haría Gideon?”.

No dudaría en buscar ayuda.

Y así, Nissa abandonó el plano.


Jace, Mirror Mage
Jace, mago reflejado| Ilustración de Tyler Jacobson

Rávnica, el plano de las ciudades. Más bien, el plano ocupado por una única ciudad que abarcaba el mundo entero. Nissa había aprendido a apreciar su belleza: las hermosas torres flotantes, las calles pavimentadas con mármol, los árboles otoñales que contrastaban con los cielos grises... Admiraba su encanto, pero todavía recordaba las calles devastadas por la guerra.

Aún recordaba la caída del espíritu de Vitu-Ghazi.

Pensó que no le convenía que la reconociesen, por lo que no se detuvo mucho tiempo recorriendo las calles antes de acudir al hogar de Jace.

El guardia de la puerta la condujo hasta el santuario de su antiguo compañero sin dedicarle más que un saludo cortés y una mirada de desprecio. Supuso que merecía la ira de los ciudadanos de Rávnica, aunque doliese.

Puede que Chandra tuviese razón. Tal vez sí fuera un desastre andante.

Nissa no quería pensar en ella, sobre todo ahora que necesitaba la ayuda de Jace y los demás.

Una vez en el santuario, lo encontró a rebosar de libros, pergaminos y objetos mágicos cuyo nombre desconocía, todos ellos diseminados por la gran estancia. La luz entraba por los ventanales en arco, pero seguía habiendo rincones a oscuras. Nissa tardó un momento en dar con Jace, que se encontraba sentado en lo alto de una escalerilla en la pared del extremo opuesto, donde leía un libro de la estantería superior.

―Dame un momento, enseguida te atiendo ―dijo sin separar la vista de su lectura.

Sabía que los “momentos” de Jace podían durar desde unos segundos hasta una hora, pero estaba demasiado nerviosa como para interrumpirlo y decidió esperar.

—¡Nissa! —exclamó él de pronto, cuando al fin reparó en quién le visitaba—. ¿Por qué no me...? Bueno, creía que ya no... O sea, ¿por qué...? —Cuando dejó de balbucir, bajó deslizándose por la escalerilla y se acercó a Nissa—. En fin, me alegra ver que estás bien. —Hizo un ademán de estrecharla, pero justo antes recordó que a ella no le entusiasmaba que la tocasen, por lo que bajó el brazo y simplemente le sonrió con ternura.

Aquello sorprendió a Nissa. Creía que estaría enojado con ella, como el resto de Rávnica. Sintió alivio al ver que no, que estaba contento de verla y seguía sonriendo mientras la llevaba hacia una mesa.

—Ven, siéntate —ofreció Jace—. ¿Qué te trae por aquí?

Nissa no tenía claro por dónde empezar, así que fue directa al grano.

—Zendikar está en peligro.

—¡¿Los Eldrazi han vuelto?! —se alarmó Jace.

—No, no, por suerte no —se apresuró a aclarar Nissa—. El motivo es Nahiri.

—¿Nahiri? —dudó Jace con el ceño arrugado—. ¿La otra guardiana de Zendikar?

—La misma —confirmó Nissa, que de pronto se sintió agotada. No sabía cómo explicarle lo sucedido a Jace, que nunca había sentido una conexión a una fuerza vital—. Decía que estaba intentando sanar el plano.

—Cierto, mencionaste que quería hablar contigo de eso. Pero no entiendo el problema. Tú también quieres lograr lo mismo, ¿verdad?

—Sí, pero hemos encontrado un orbe antiguo que...

—¿Élfico o kor?

—Kor, pero...

—Creo que tengo un pergamino sobre... —la interrumpió Jace, que ya estaba a punto de levantarse.

—¡Jace! Escúchame... —lo llamó con más brusquedad de la que pretendía—. Por favor.

Jace se detuvo con una expresión de sorpresa en el rostro, pero volvió a sentarse y asintió. Nissa notó una pizca de orgullo con aquella pequeña victoria, porque Jace no solía hacerle caso. Puede que imitar a Gideon realmente diera resultado.

Le contó lo sucedido en la aerorruina de Akoum, lo que había dicho Nahiri acerca del núcleo litoforme y lo que le ocurrió al elemental. Jace escuchó en silencio y atentamente. Ella tuvo que parar y respirar para calmarse antes de describir la muerte de la criatura.

—Entiendo que no tienes un vínculo con los elementales, pero para mí son importantes. No es que los Guardianes no lo sean... —Fue incapaz de mirar a Jace a los ojos al decirlo.

—Es verdad que no comprendo a los elementales —respondió él—, pero sí entiendo que te importen. ¿Podemos ayudarte de algún modo?

Nissa suspiró con alivio. Sintió gratitud al pensar que, aunque solía ser un desastre formando posibles amistades y relaciones, aún podía contar con Jace y los demás cuando les necesitase.

—Quiero convencer a Nahiri para que destruya ese tal núcleo litoforme cuando lo encuentre, pero no sé cómo hacerlo. —Nissa encorvó un poco los hombros sin darse cuenta—. Echo de menos a Gideon. Él sí que hubiera sabido razonar con una litomante anciana e irascible.

—Yo también lo echo de menos... —El rostro de Jace se convirtió en una compleja galería de emociones.

—¿Qué crees que debería hacer? No me veo capaz de enfrentarme a Nahiri yo sola si tengo que hacerlo.

Jace unió las manos por las yemas de los dedos.

—Si traemos aquí el núcleo...

―¡Ni hablar! —le espetó Nissa, que estuvo a punto de levantarse de la silla. Su compañero se quedó mirándola con incredulidad y ella misma se sorprendió del ímpetu de su voz—. Jace, no has visto el daño que puede causar.

—Tienes razón, pero si se presenta la oportunidad de estudiarlo... —dijo él mientras se levantaba y volvía a las estanterías.

—¿Y quiénes serán tus cobayas? —preguntó Nissa cada vez más alarmada. Jace empezaba a ignorarla.

—Intuyo que el núcleo se sirve de la energía de Zendikar y...

—¡Jace!

—... por lo que su poder podría ser maleable...

—No es tan sencillo.

—... ¿quizá dependa de quién lo use? —Jace extrajo un pergamino de una estantería—. A lo mejor con...

—¡Préstame atención! —gritó Nissa a la vez que hacía brotar una rama para quitarle el pergamino con un golpe seco, lo que sobresaltó a Jace.

Nissa notó que estaba colorada de rabia y tenía el corazón acelerado. Las cosas no hacían más que empeorar. Había perdido a los Guardianes y ahora iba a perder a los elementales de Zendikar. Sus dos familias.

“¿Qué haría Gideon?”.

—Nissa, ¿qué estás cavilando? —preguntó Jace, que se puso delante de ella e intentaba que le mirase a los ojos.

“¿Qué haría Gideon?”.

Gideon no dudaría en actuar.

—No pienso perder a mis dos familias. —Su expresión se tornó en algo más que determinación—. Voy a proteger mi hogar con o sin la ayuda de los Guardianes.

―Espe... —empezó a decir Jace.

Pero Nissa no esperó. Estaba harta de esperar. Con una inspiración, un gesto y un pensamiento, Nissa volvió a viajar entre los planos, rumbo a Zendikar.

El único lugar donde podría encajar.


Jace estaba de pie en el santuario, otra vez solo y planeando.

Debería haber escuchado mejor a Nissa y haberla convencido para que se quedase y se uniese de nuevo a los Guardianes. La culpa lo corroía por los secretos que guardaba acerca de Nicol Bolas. Era el único que sabía la verdad.

El temible dragón anciano seguía con vida.

Cada día que guardaba el secreto, para él era una mentira por omisión.

Sin embargo, podía compensárselo a todos. Y eso haría.

Reflexionó sobre lo que había dicho Nissa acerca del núcleo y se preguntó si guardaría alguna relación con la Turbulencia. De ser así, ¿qué sería capaz de hacer Nahiri con semejante poder? ¿Qué serían capaces de hacer los Guardianes?

“Muchísimo”, concluyó.

Por tanto, siguió trazando planes, consciente de que pronto se encontraría en Zendikar.

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