Episodio 2: El terrible peso de las cortesías y las bromas

Posted in Magic Story on 8 de Noviembre de 2021

By K. Arsenault Rivera

K. Arsenault Rivera is the author of the Ascendant trilogy, as well as a writer on Batman: The Blind Cut and The Shadow Files of Morgan Knox. She's a lifelong Brooklynite who has never met a hobby she didn't like. To celebrate the release of her debut novel, she got a Magic: The Gathering tattoo.

―¿Todavía no la has visto?

―No, ¿y tú?

―Tampoco. Qué descortesía hacernos esperar tanto tiempo solo por hacer su entrada triunfal. Se pensará que es la soberana de Innistrad, pero...

―Relio, baja la voz...

―¡Pero es que no lo es! No me lo creeré hasta que lo vea con mis propios ojos.

Voldaren Estate
Finca de los Voldaren | Ilustración de Richard Wright

Relio bebe de su cáliz. Un hilo de sangre le cae por la barbilla y mancha su prístina gorguera blanca, tal como le había advertido Cordelia. Nunca la escucha. No te comas a los siervos holgazanes, le dijo hace un rato, pero allá fue él; no ofendas a los Nusfar aunque parezcan niños, le dijo también, pero luego lo vio sujetando golosinas ensangrentadas medio metro por encima de una “niña” que lo quintuplicaba en edad. De todos los vampiros que Cordelia conoce, Relio es el que parece más empeñado en decir adiós a la inmortalidad.

La verdad es que está harta. Hay muchas más cosas que ver. Los encuentros de los sectarios Stromkirk tienen su encanto, desde luego, pero no pueden compararse en lo más mínimo a este boato. Cordelia disfruta de un buen sermón profético tanto como cualquiera, pero a veces vale la pena ver cómo se vive en el otro lado.

Prácticamente todo el mundo ha acudido a la finca de los Voldaren para la boda. Olivia se ha superado con la decoración, lo que a ella le parecía imposible, pero no hay más que mirar alrededor para comprobarlo. La hacienda entera es un remolino de rojo: la alfombra que pisan es roja, bordada con hilo de oro; rojos son también los vestidos y trajes de los asistentes, según pedía la etiqueta, y de un hermoso rojo oscuro son las fuentes de sangre escalonadas que hay cada pocos pasos. Pero lo más impresionante de todo son las espirales de pétalos rojos que danzan en el aire. Hace siglos, Cordelia gustaba de cuidar jardines, y admirar los pétalos que flotan en el aire le hace recordar aquellos días de antaño.

Además, es mucho mejor que escuchar la perorata de Relio.

Él sigue hablando, pero apenas le presta atención. Dice que cómo se le ocurre a Olivia invitar a los Domnathi, o algo así. Cordelia tiene ganas de preguntarle qué hay de malo en eso. Es verdad que tratan con demonios, pero aquí no hay ninguno, al menos a la vista. Además, los Domnathi han tenido la decencia de acudir vestidos tal como se pedía. Relio va de blanco y azul; hay que tener poca vergüenza... Las mangas ya se le están tiñendo de púrpura a medida que la sangre de los pétalos vuelve a su estado líquido al tocar la tela.

Un humano pasa por allí, lo que brinda otra agradecida ocasión de distraerse de la cháchara interminable de su acompañante. Olivia está haciendo gala de su buen gusto esta noche, porque los siervos son de buena constitución, atléticos, hermosos y apuestos, pero en ningún caso aburridos. Este sostiene una bandeja con cálices de cristal llenos de sangre fresca, pero Cordelia sopesa durante un largo instante si la amonestarían por beber directamente del grifo. La silueta corpulenta de este hombre no tiene ninguna marca; no vale la pena arriesgarse a que sea la mascota especial de alguien. Además, ya se están librando cinco duelos en el vestíbulo, en uno de los cuales probablemente haya un muerto destripado. Sería muy indecoroso destripar a alguien en una boda.

Eso no parece preocupar a los Nusfar, como tantas otras cosas. Mientras Cordelia toma otro cáliz, un niño con aspecto de diez años clava una mano en el pecho de un hombre. Cordelia chasquea la lengua en señal de desaprobación. La víctima es Kristoff Laurent, un Markov conocido por meterse en duelos a la mínima provocación, pero ni toda la destreza marcial del mundo podría salvarte contra los instintos depredadores de los Nusfar. Aun así, le gustaba Kristoff, tan apasionado en el campo de batalla como en otros lugares.

Mientras lo ve desangrarse, solo siente una mínima pizca de tristeza. En fin, el amor es efímero como una flor incluso para los inmortales.

―Y mira a quiénes invitó también. Monstruos... De verdad, ser un vampiro ya no significa lo mismo que antes ―parlotea Relio―. Es más, que nos inclinemos ante esta loca dice mucho de nosotros.

―Relio, eres un Voldaren ―responde ella con voz monótona.

―¡Lo que quiere decir que la conozco mejor que la mayoría! Hace doscientos años jamás habríamos tratado con esos Domnathi y sus...

El siguiente sinsentido de Relio muere al mismo tiempo que él, ahogado con la sangre que mana de su boca como una cascada y se vierte sobre su pecho. Levanta una mano hacia Cordelia, pero esta se aparta un paso y evita su gesto moribundo. Tres segundos después, el cadáver se desploma con un ruido sordo en el suelo de mármol lustrado.

De pie detrás de él se encuentra Henrika Domnathi, la célebre simpatizante de los demonios. Unas volutas escarlata se arremolinan entre sus dedos y en una mano sostiene un cáliz lleno de sangre arterial oscura. Cuando su mirada de acero se clava en Cordelia, esta necesita hacer un esfuerzo de voluntad para no echar a correr.

―Qué hombre tan sumamente aburrido ―dice Henrika―. ¿Era amigo tuyo?

―No, para nada, lady Domnathi, en absoluto ―le responde.

La antigua amante de Griselbrand (según se rumorea) le muestra una sonrisa.

―Bien. ¿Y tú eres...?

―Cordelia...

―Ah, sí, una Stromkirk, ¿cierto? ―La forma en que analiza el vestido de Cordelia le recuerda inquietantemente al modo en que una gata observaría a una ratoncita―. Llevo un tiempo deseando hacer unas preguntas a los tuyos, pero parece que nadie quiere responderme. Qué lástima, ¿verdad?

La gente habla en susurros acerca de lo que les hace Henrika Domnathi a quienes no responden a sus preguntas. Susurros cautos, porque todos tienen miedo de que los oigan. La estirpe Domnathi es famosa por relacionarse con demonios, aunque no está claro hasta qué extremo. Peor aún, se dice que están dispuestos a hacerles... favores a cambio de poderes con los que otros vampiros solo podrían soñar. En cuanto a lo que se dice de Henrika... Bueno...

Sin decir palabra, un siervo humano se agacha para llevarse a rastras el cuerpo de Relio. Esto hace que Cordelia se distraiga por un segundo, y entonces la invade un miedo instintivo. Puede que sea una vampira, pero Relio también lo era y no quiere terminar como él. Si Henrika lo desease, podría matarla allí mismo y...

Ting, ting, ting.

El silencio se extiende por el gran vestíbulo como una marea escarlata mientras todas las miradas se giran hacia el estrado.

Olivia Voldaren por fin hace su entrada.

Olivia, Crimson Bride
Olivia, novia escarlata | Ilustración de Anna Steinbauer

¡Y menudo espectáculo! Vestida de novia, desciende levitando sobre los escalones mientras varios murciélagos sostienen la cola embrujada y ondulante de color sangre. Todas las luces arcanas aumentan de intensidad e iluminan algún detalle nuevo: los reflejos de sus joyas doradas, el brillo de sus dientes, el glamur del vestido hecho con los espíritus de sus víctimas más antiguas. En sus varios siglos de vida, Cordelia nunca había visto semejante obra de sastrería. El cuello del vestido debe de tener la altura de un niño.

Incluso Henrika está impresionada y se le escapa un leve suspiro de admiración. La Domnathi se acerca y estrecha a Cordelia de un brazo.

―Qué lástima, habrá que empezar la fiesta.

―S-sí, qué lástima ―repite Cordelia.

Olivia la salva de tener que continuar la conversación.

―¡Saludos, mis queridísimos amigos y acérrimos enemigos! ―Es imposible que trame nada bueno cuando parece tan feliz―. Veo que ya hemos tenido unos cuantos asesinatos. ¡Una estupenda diversión! ¡No tengo palabras para describir cuánto me alegra que haya sacrificios de sangre en mi boda! Hablando de lo cual, ¿qué sería una boda sin un novio?

Olivia alza su copa para hacer una señal. Poco después, ya no es la única que ocupa el estrado. Un grupo de siervos con trajes impecables (la mayoría avacynos, por hacer la broma) aparece portando un exquisito ataúd de mármol con incrustaciones de oro, coronado con el blasón de la familia Markov.

Los siervos apoyan un extremo en el suelo y enderezan el ataúd.

En ese momento, la sala de baile enmudece como jamás volverá a hacerlo.


Chandra Nalaar camina directamente hacia el peligro.

Es su costumbre y, normalmente, funciona. Esta noche, cuando intenta pasar entre los guardias apostados fuera de la finca de los Voldaren, no sirve. Teferi la sujeta de los hombros justo antes de que un pájaro pase volando hacia la muralla y caiga fulminado al instante por la magia del recinto. Una nubecilla de ceniza con forma de pájaro se desmorona en el lugar de contacto.

―Pues vaya... Supongo que descartamos esa opción ―dice Chandra.

Adeline contiene una carcajada. Eso casi hace que el fracaso valga la pena, porque hace tiempo que no la oye reír. Con algo de rencor, Chandra lanza una mirada a los imponentes guardias que custodian las puertas. Ellos no tienen la culpa directamente, pero son parte del problema.

By Invitation Only
Solo con invitación | Ilustración de Micah Epstein

Dirigirse a la entrada principal fue idea de Arlinn. Al haber una boda en marcha y presentarse como un grupo pequeño, con Sorin entre ellos, pensaba que tal vez les dejarían entrar. Chandra opinó desde el principio que era una estupidez. ¿Quién dejaría entrar al enemigo en casa solo porque se presenta vestido de punta en blanco? Pero bueno, Sorin también creía que valía la pena intentarlo, y así les va ahora.

Si por ella fuese, la solución sería prenderle fuego a todo. Los guardias se dispersarían, o de lo contrario terminarían abrasados, y luego sería cuestión de luchar.

La situación en Innistrad es de vida o muerte. De camino a allí, el grupo había aceptado a todo el que quisiera unirse. Resulta que es mucho más fácil atraer partidarios cuando hay un plan, sobre todo si consiste en arruinar una fiesta de vampiros. Hay mucho odio acumulado entre la gente de los páramos, los brezales y las colinas; mucho fuego deseando encontrar algo que consumir.

Chandra entiende eso a la perfección.

Las filas de caballeros cátaros a la espera podrían lanzarse a la carga. Los sacerdotes sigardianos comenzarían sus cánticos y protegerían con sus plegarias brillantes a la multitud de aldeanos como si fueran alas de ángeles, y listo. No habría esperanza alguna para los vampiros, solo sería cuestión de recoger la llave de platalunar e irse.

Sin embargo, cuando ella ve las cosas tan sencillas, a los demás suelen parecerles más complicadas. Al mirar los rostros de sus compañeros (solamente los cinco; el resto están escondidos cerca), le da la sensación de que esta vez pasa lo mismo. El más preocupado es Sorin, que tiene cara de que le hayan echado vinagre en su ración de sangre; lo cual tiene mérito, porque ella creía que era imposible verlo aún más amargado. En fin, hay una primera vez para todo.

―No se puede entrar sin invitación ―dicen los guardias. Olivia Voldaren debió de elegir a dos vampiros con voces perfectamente en armonía solo para este trabajo, porque así es como hablan, y el resultado suena como la prohibición más retumbante de todo Innistrad.

―¿Qué ocurre si venimos todos con él? ―pregunta Arlinn levantando una mano hacia Sorin. Está guapa con su vestido para la boda, pero bueno, lo está con casi todo lo que se pone. Aun así, tiene un gusto excelente: chaleco rojo oscuro a medida, espigas de abedul bordadas en el cuello y mangas rojas con pliegues rematadas en puños blancos y recién planchados. En un hombro lleva una capa corta de piel que le da un toque forestal; conociéndola, seguro que cazó al oso ella misma. Es agradable verla así, como vestiría tu tía favorita en una fiesta―. Tiene una invitación.

―Solo una persona por invitación ―entonan los guardias a la vez.

―Eso no tiene sentido ―dice Chandra―. ¿No incluye ni un acompañante?

―Seguro que en el castillo hay sitio de sobra ―añade Kaya haciendo un gesto hacia sus armaduras doradas―. Deberíamos caber sin problema.

―Además, si hay que asegurarse de que todo Innistrad se incline ante su nueva señora, debería acudir todo el mundo ―insiste Arlinn―. No está bien invitar solo a los vampiros.

―Es muy descortés ―la secunda Teferi.

―Una persona por invitación.

Chandra tiene ganas de gritar. La respuesta es sencillísima: entrar sin más, ¿no? Solo eso.

El problema es que hay salvaguardas por todas partes, unas protecciones que ni las brujas lograron romper ni los sacerdotes pudieron disipar. Además, el ejército de vampiros está vigilando desde las atalayas, atento a la más mínima señal de problemas. Quién sabe cuántos de ellos son magos y cómo de hambrientos están los soldados. Arlinn y Adeline consiguieron reunir un pequeño ejército de humanos, pero ¿están todos preparados para lanzarse al combate?

¿Aquí y ahora?

Por mucho que ella quiera luchar, no debe ignorar el precio que tendría un enfrentamiento directo. Sin la llave, o sin esperanzas de conseguirla de inmediato, la batalla terminaría como la Masacre de la Cosechalia.

Ese día quedó grabado en su mente y está segura de que la cicatriz durará años: los cuerpos inmóviles bajo la cálida luz del sol poniente, la sangre roja como el vino de arándanos, que calaba los disfraces que a la gente le llevó tanto tiempo hacer. Vestirse de licántropos y vampiros iba a ser un acto de rebeldía. Ver aquellos cuerpos destrozados... Los campos de batalla ya eran desagradables de por sí.

Pero aquella gente era inocente. Algunos apenas eran muchachos.

Cuando piensa en ellos... No, más vale no entrar por la fuerza.

Puede que Adeline sepa en qué está pensando. La mano de la cátara sienta como un peso tranquilizador en el hombro de Chandra, igual que el leve olor a cuero que siempre anuncia su presencia. La armadura de gala que lleva ahora, con símbolos avacynos grabados, ya la hace muy apuesta, pero Adeline encima huele muy bien, como siempre.

―La paciencia recompensa a los virtuosos ―dice ella―, pero... admito que a veces resulta difícil ser virtuosa.

―Dímelo a mí ―contesta Chandra. Más vale no darle vueltas―. Es una lástima. Aquí estamos las dos, vestidas de punta en blanco y sin ningún sitio al que ir. Me prometieron que habría una fiesta.

―¿Una fiesta? ¿Eso piensas de todo esto?

La voz grave de Sorin le sienta como un puñetazo en las costillas, pero Chandra no se inmuta. En cierto modo, le alegra que el vampiro al fin preste atención a los demás en vez de seguir compadeciéndose.

―A ver, no es solo una fiesta ―le responde―. Estoy intentando relajar el ambiente.

―Seguro que esto no es más que un juego para ti, Nalaar, pero te recuerdo que hay adultos presentes ―dice Sorin.

―Yo creo que a algunos adultos les vendría bien reírse un poco ―interviene Teferi―. Chandra ya demostró su valía muchas veces y se ganó el derecho a hacer alguna que otra broma. Además, este no es su plano natal. Podría haber ignorado la petición de ayuda o haberse ido después de la Cosechalia, pero sigue aquí.

Sorin baja la vista hacia la invitación que sostiene y arruga el ceño. Chandra cree que parece sacado de un retrato antiguo y deprimente, lo que tiene gracia, porque sabe que él odiaría oírlo. Por suerte, reacciona rápido y se muerde el labio para contener la risa. Por muy ridículo que sea Sorin como persona o lo mal que le caiga, le cuesta imaginar cómo se sentiría ella si estuviera en su lugar.

―¿Te las arreglarás tú solo? ―pregunta Arlinn.

―Puedo intentar seguirte ―propone Kaya en voz baja.

Tendría gracia ver a un fantasmita de Kaya flotando alrededor del huraño Sorin, pero Chandra sabe que no funcionaría así. Kaya no es un fantasma de verdad; como mucho, lo seguiría a tamaño normal. Aun así, la imagen le parece de lo más natural. E igual de natural es el modo en que él suspira y niega con la cabeza.

―Hace siglos que estoy solo ―responde Sorin―. Esto no será diferente.

Chandra quiere preguntarle a qué se refiere, porque ahí dentro no estará solo. En la boda habrá unos cuantos parientes suyos; tiene que haber alguno que le caiga bien, ¿no?

Sin embargo, mientras el vampiro avanza a zancadas entre los guardias, da la impresión de ser un hombre al que no le gusta nadie.


Sorin camina en solitario.

A los guardias que lo flanquean no debe de parecerles bien. Después de asegurar la barrera, optaron por escoltarlo hasta el castillo y enviar murciélagos mensajeros para pedir refuerzos que los sustituyan en las puertas exteriores.

Cada uno de sus pasos va acompañado de los de ellos, mientras que el sonido de sus zapatos contra el suelo de mármol tiene como eco el ligero golpeteo de las armaduras. Si quisieran, podrían moverse igual de silenciosos que la luz de la luna en la oscuridad. En vez de eso, el ritmo constante de sus pisadas le hace compañía.

Poco después, lo mismo hacen sus rebuznos.

―No está respetando el código de vestimenta ―dice uno. Sorin no sabe su nombre ni le importa―. Los colores se especificaban en la invitación.

Varias torres flotan en lo alto de rocas a ambos lados de ellos. En cada una de ellas, numerosos Voldaren e invitados se sirven sangre mutuamente. El olor del desenfreno le llega incluso allí. Se pregunta si todos esos vampiros están respetando las normas de etiqueta. A lo lejos, el mar agitado continúa su vaivén, ignorando lo que sucede aquí.

Él no dice nada.

Los pétalos de sangre caen sobre su abrigo y tiñen la escarcha.

Atraviesa las puertas del castillo, decoradas con una filigrana que representa el símbolo de los Voldaren y la silueta de Olivia dentro de él. Qué osadía la de esa mujer. Si el ego bastase para conquistar, Olivia Voldaren habría construido su trono con los huesos de Innistrad hace mucho tiempo.

Eso pretende hacer esta noche.

La mujer que aguarda en la puerta lo mira de arriba abajo con evidente repugnancia, como si su traje fuese menos apropiado por ser negro y gris. Sorin no tiene paciencia para el politiqueo vampírico, pero sabe de sobra cómo vestir, a diferencia de muchos de estos críos.

―¿Su invitación?

La entrega de mal humor. Saben quién es; todo el mundo le conoce. Olivia debió de decirle a la muchacha que se comportara así. Una simple chiquilla en la puerta para recibir a todas las damas y caballeros... ¿La habría elegido por su forma de hacer pucheros? ¿Por el desinterés absoluto de su voz?

―Adelante.

Un Sorin más joven se habría enfurecido ante este recibimiento.

Pero ahora es más viejo y está cansado. Cuanto antes termine con esto, mejor.

Al cruzar las puertas, la música lo devora. Hay siervos tocando junto a las fuentes de sangre cercanas. La canción tiene al menos trescientos años, si no recuerda mal, y todo el mundo la conoce. De hecho, hay algunas personas bailando al son de la melodía incluso aquí, donde el festejo aún tiene que empezar. La luz verde que se filtra por las ventanas otorga un tono espeluznante a la escena, como si estuviese viendo un cuadro en lugar de gente.

Pero entonces ocurre, tan inevitable como la marea del litoral: uno de los invitados siente hambre, se acerca a un músico y le arranca la garganta.

En realidad, algunos de estos invitados no deberían contar como personas. Ceder a tus deseos y ser incapaz de contenerte para no arruinar la diversión significa ser menos que un humano.

Y todos los presentes son así. En efecto, llevan siéndolo desde hace miles de años.

―¿Sorin? ¿Ese de ahí es Sorin Markov?

Sigue caminando.

Los pasillos de la finca están diseñados para confundir. Es uno de los trucos más viejos de Olivia: emborrachar a los juerguistas de un modo u otro, decirles que no se alejen bajo ningún concepto y hacer desaparecer a ciertas personas cuando inevitablemente se alejan. Hay más geists en los Pasillos Murmurantes que páginas en toda la biblioteca de Olivia. Todos ellos son víctimas suyas y aún deambulan por estos extraños corredores, donde las puertas a veces conducen a precipicios súbitos y las escaleras suelen cambiar de sitio.

La clave de todo ello es que la finca de los Voldaren obedece a los caprichos de Olivia.

Y ella es tan predecible como repugnante.

En cierto modo, él sabía que esto iba a ocurrir, o al menos algo parecido. Durante el innoble cautiverio de Sorin, Olivia ya estuvo realizando estratagemas absurdas para hacerse con el poder. Era de esperar que a alguien con una ambición tan evidente se le ocurriera casarse por conveniencia. Y una vez que tuviera esa idea, vería que hay pocas personas en Innistrad capaces de brindarle más poder: Henrika adora más la venganza que el poder; los Falkenrath no tienen a nadie que ofrecer; Runo Stromkirk preferiría entregarse a los seres ignotos de los mares. Eso reducía las opciones a Sorin, inalcanzable para ella, o su abuelo.

Tendría que haberlo previsto.

Cuanto más se acerca a la sala de baile, más gente se cruza en el camino. Los siervos no se atreven a mirarle. Por contra, los chiquillos lo hacen sin tapujos, como si dirigir la vista hacia Sorin Markov fuese algo tan profano que podría cambiar el rumbo de su existencia imperecedera.

―Es él, el hombre de la roca ―dicen―. ¡Qué gracioso!

―¿No decían que tiene la boca de un engullidor? ―Conoce ese término, aunque lo oyó en contadas ocasiones: los Falkenrath se habían ganado otro sobrenombre.

―Es apuesto, para ser tan necio.

Se ríen tontamente al pasar cerca de él, con las bocas rojas por sus últimos aperitivos. Las copas entrechocan. Las armaduras de los guardias aún traquetean a sus espaldas; por encima, los pétalos de sangre flotan sobre nubes de música.

En silencio, Sorin piensa en todo lo que hizo para permitir esta vida que llevan.

Odia este lugar.

Continúa hasta llegar a la sala de baile, tan espaciosa que resulta difícil imaginar cómo es posible que quepa en la arquitectura del castillo. La luna no basta para iluminar la estancia, por lo que una magia espectral de color verde amarillento alumbra los huecos. Hay cientos de bailarines, duelistas, holgazanes y perezosos, y todos ellos se reflejan en el lustroso suelo de mármol. Numerosas fuentes de sangre ofrecen socorro y embriaguez, mientras que los siervos encadenados brindan una alternativa más fresca para los entendidos de la multitud.

Junto a la puerta, un hombre atlético hace sonar un cuerno.

―¡Se anuncia la llegada del más que bienvenido y respetado Sorin Markov!

Le entran ganas de asesinar, y no por primera vez desde que llegó.

Pero sabe lo que conseguiría con eso, rodeado de quienes desearían verle derrocado. Olivia solo tendría que dar la orden y todos se le echarían encima como cuervos a la carroña. De ser así, ni toda la sangromancia del mundo le ayudaría a sobrevivir más que unos instantes. Entretanto, la penosa coalición de Arlinn seguiría esperando en el exterior, sin enterarse de nada.

Por tanto, decide no matar al pregonero ni a ninguna de las personas que se giran para mirarle. ¿Cuántos ojos hay puestos sobre él? No sabría decirlo, pero siente todos y cada uno de ellos como la punta de un puñal rozando la piel.

Sin embargo, la estaca en el corazón la nota cuando alza la vista hacia el estrado.

Es imposible confundirlo: allí está el ataúd de su abuelo.

Y esa mujer, vestida con las almas turbulentas de sus víctimas, es Olivia Voldaren.

El silencio reina en la morada del desenfreno.

Incluso desde allí, en el otro extremo de la sala, Sorin ve que ella empieza a sonreír.

―Mi queridísimo Sorin ―lo llama―. ¡Magnífico! Llegas justo a tiempo.

Sorin arruga el ceño. Una carcajada contenida se propaga entre la multitud. Él se quita la capa y la lanza detrás de sí antes de recorrer el pasillo en dirección al ataúd de su abuelo.

―Un placer, Olivia, como siempre. Veo que no has reparado en gastos.

―¿Por qué habría de hacerlo? Esta feliz ocasión merece solamente lo mejor, ¿no crees? No quiero que tu abuelo se encuentre con algo que no sea exquisito cuando despierte.

Sorin aprieta los dientes con fuerza sin poder evitarlo.

Pero continúa. Un paso, otro. Caen los pétalos, tintinean las copas.

Olivia chasquea los dedos y un siervo le entrega un cuchillo adornado.

―Pregúntaselo tú mismo si quieres ―dice ella―. Solo tardará un momento.

―Estás cometiendo una locura.

―¿Una locura? Querido muchacho, esto es lo más acertado que he hecho nunca.

Entonces, el cuchillo se mueve y Olivia acapara la atención de los presentes. Con un pequeño ademán ostentoso, se pasa el filo por el brazo. Una sangre antigua, poderosa y oscura como la noche gotea sobre el ataúd de Edgar Markov.

Edgar Markov's Coffin
Ataúd de Edgar Markov | Ilustración de Lie Setiawan

La lámpara de araña roja en las alturas, las alfombras rojas en el suelo, la mujer del vestido de boda rojo, la sangre roja sobre el ataúd de mármol blanco...

Cada gota hace que se enoje más. Cada instante en el que la asquerosa sangre de esa mujer surca los símbolos históricos de su familia es un insulto. Su abuelo... ¡Su abuelo, que creó todo lo que esta gente tanto aprecia! Su abuelo, que los creó a ellos, está siendo utilizado como una simple herramienta política.

Sabe lo que va a ocurrir. Los surcos llegan hasta la estructura interior del ataúd. En cualquier instante, la sangre de esa mujer se verterá en los labios de su abuelo. La avalancha de sensaciones lo abrumará y, peor aún, las memorias y las emociones de Olivia se mezclarán con las de él.

Sorin siempre tenía mucho cuidado al despertar a su abuelo. Esperaba y esperaba hasta que su propia tormenta de emociones amainaba, ejercitaba la memoria para centrarse en los recuerdos agradables y hacía todo lo posible para que su abuelo tuviese un despertar cómodo. Porque despertar de un letargo es un momento aterrador, aunque nadie quiera admitirlo.

Ahora, su abuelo va a despertarse al probar la sangre de esa mujer, llena de ambición y rodeada de estos insectos...

En el fondo, es un pensamiento infantil. Tal vez sea el más infantil que jamás haya tenido, y desde luego que es el más infantil de tiempos recientes.

Pero está ahí, en el fondo de todo esto. Un único pensamiento que se repite y se repite.

No quiere perder a su abuelo.

No quiere que le hagan daño.

En ningún plano existe alguien que le conozca desde hace tanto tiempo. Nadie entiende tan bien la historia de su vida, desde su infancia hasta su ascensión, sus fracasos y sus triunfos.

Nadie más recuerda eso. Todos los otros están muertos.

Ese entendimiento es la llama; su furia, la pólvora. El instante en el que tiene ese pensamiento es el instante en el que todo cambia. La explosión incinera la cautela.

Sorin se lanza a la carga de un salto.

Los guardias están listos para salirle al paso. Hay cuatro, con las lanzas cruzadas. Unos ratones ante un gato tendrían más probabilidades de sobrevivir. Cuando Sorin alcanza al primero, le destroza la garganta antes siquiera de tocar el suelo. A dos de los otros los paraliza en el acto, inmovilizando la sangre de sus cuerpos. Se dispone a saltar de nuevo, hacia Olivia...

Pero, con las prisas, se olvida del último guardia.

Una cadena gruesa y pesada le rodea el cuello y asfixia su avance, dándole un tirón hacia atrás como si fuera un perro. Si consigue dar un paso más, podría detener a Olivia e interrumpir el ritual entero.

Pero el guardia lo arrastra un paso hacia atrás y le hace tropezar con los cuerpos de los otros.

Sorin gruñe. Sus ojos se clavan en la escena que tiene ante sí: el ataúd, la sangre, el rostro sonriente de Olivia.

Un... paso... más...

Otro guardia se une al primero y otra cadena de plata bendita le aferra el torso.

Lucha por seguir adelante.

Un tercer guardia, un cuarto. No dejan de unírseles otros, más rápido de lo que su magia es capaz de afectarles y detenerlos.

Lo único que puede hacer es intentar alcanzar el estrado... y observar.

Observar cómo el ataúd se abre y su abuelo se levanta. Edgar Markov no se fija en la multitud ni en su nieto apresado: solo tiene ojos para Olivia Voldaren...

Y le sonríe.

Sorin lucha por recordar cuándo vio a su abuelo mostrar una sonrisa como esa. Es beatífica, pura... y eso la hace aún más horripilante. Está sonriendo como un niño.

―Damas, caballeros y Sorin ―anuncia Olivia―, les presento a mi apuesto y perfecto prometido: lord Edgar Markov.

Él la toma de la mano. Durante unos momentos largos y horribles, bebe la sangre de su muñeca. Solo entonces sale finalmente del ataúd.

Edgar's Awakening
Despertar de Edgar | Ilustración de Joshua Raphael

Al terminar de alimentarse, saca un pañuelo y se limpia el rostro. Entonces se gira hacia la multitud y contempla la escena.

―¡Abuelo! ―grita Sorin―. ¡Abuelo, te está controlando!

En ese momento, Edgar por fin mira hacia él, pero lo hace como un hombre miraría a una mascota revoltosa. La sonrisa de hace un momento se convierte en piedad.

―Sorin, por favor... Estás echando a perder la celebración.

―¿La celebración? ―repite Sorin. No sabe qué más decir. Albergaba una pequeña esperanza en un rincón de su interior, una esperanza que aún no había reconocido: la de que los sortilegios de Olivia fuesen incapaces de hechizar a su abuelo. ¿De verdad le había resultado tan fácil?

Su abuelo no da señales de cambiar de actitud. Olivia chasquea los dedos y una hueste de siervos se pone manos a la obra. Cuales arañas tejiendo una red, se arremolinan en torno a Edgar y, prenda a prenda, lo visten con su traje nupcial.

A Sorin se le encoge el estómago. Estupefacto, se da cuenta de que los guardias ya no lo retienen. Puede volver a moverse si quiere.

Pero no logra reunir fuerzas para hacerlo.

No mientras Olivia toma del brazo a su abuelo y los invitados le sonríen.

―¿A qué viene esa mala cara? ―dice Olivia―. Tranquilo, no serás el único invitado por parte del novio.

Está demasiado exhausto como para dignarse a responder.

Pero Olivia cumple su palabra: no será el único.

Hay más ataúdes. Sorin tiene muchos parientes, demasiados como para tenerlos a todos en la mansión Markov. Muchos dormían en sus propias residencias.

Y no se habían librado de las maquinaciones de Olivia.

La vampira revolotea de un ataúd a otro como una abeja desenfrenada. Unas pocas gotas le bastan para iniciar el proceso de despertar a los antiguos. Por alguna razón, aunque Edgar es su prometido, no le quita los ojos de encima a Sorin en ningún momento.

Se pregunta cuánto sabe ella, si habrá elegido a conciencia a los ancestros que más detesta Sorin. Sospecha que sí. Además, no resultaría difícil, porque él no se lleva bien con el resto de su familia, salvo algunas excepciones.

El momento llega, aunque no sabría decir cuándo. Quizá en el instante en que su tía tercera despierta de su letargo y le observa con desdén.

Sorin Markov aparta la mirada.

Uno a uno, sus parientes pasan junto a él. Uno a uno, lo besan en las mejillas y le exigen que corresponda el gesto. No dicen nada en ningún momento, pues no hay nada que decir.

Al fin y al cabo, se está celebrando una boda, y hablar con Sorin siempre amargaba el ambiente en la mansión Markov.

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