Episodio 3: El peligroso ascenso, la larga caída

Posted in Magic Story on 21 de Septiembre de 2020

By A. T. Greenblatt

A.T. Greenblatt is a mechanical engineer by day and a writer by night. She is the author of over two dozen science fiction and fantasy short stories and her piece "Give the Family My Love" won the 2019 Nebula Award for Best Short Story.
Sea of Clouds
Mar de nubes | Ilustración de Sam Burley

Nahiri ascendía con una sonrisa en los labios. La aerorruina de Murasa se extendía sobre ella y se acercaba con cada paso. Muy pronto sería capaz de curar todos los dolores del plano. Con el núcleo litoforme, podría eliminar la Turbulencia y lograr que Zendikar fuese tan hermoso y tranquilo como lo había sido milenios atrás.

Como ella lo recordaba.

Oía los resuellos de Akiri, Záreth, Orah y Kaza detrás de ella, pero Nahiri no reducía su ritmo vertiginoso. No cuando estaba tan cerca de su meta.

En vez de ello, forjaba más y más escalones de piedra, que encajaban unos con otros y se deslizaban en su sitio a medida que los subía de dos en dos.

Dejaron atrás la arboleda de harabaces y los acantilados de la Bahía Desgarradora y llegaron a una altitud donde el aire era limpio y frío. Subieron hasta donde las cataratas de las ruinas rociaban con gotitas de agua sus ropas empapadas de sudor y humedecían los escalones, volviéndolos peligrosos. Ascendieron hasta que Nahiri casi pudo tocar los elegantes grabados de las secciones inferiores de la aerorruina.

Fue en ese momento cuando necesitó a sus compañeros: los ojos atentos de Záreth, la constancia tranquila de Orah, la mente ágil de Kaza y la maestría como lanzacuerdas de Akiri. Porque en los alrededores, la aerorruina flotaba dividida en partes y trozos. Algunos eran lo bastante grandes como para formar cascadas o albergar árboles y plataformas, pero otros no tenían un diámetro mayor que Nahiri. Además, había edros aislados en los huecos entre las ruinas que relucían a la luz del sol.

Nahiri frunció el ceño.

Ella había creado aquellos edros hacía siglos, cuando creía que atrapar a los Eldrazi en Zendikar era lo mejor que podían hacer. Cuando Sorin y Ugin estaban a su lado susurrándole garantías de que acudirían a ayudarla siempre que lo necesitara.

Ahora, los edros estaban dispersos e inclinados en ángulos antinaturales y Zendikar conservaba las profundas heridas que había causado la ira de los Eldrazi.

“Muy pronto lo rectificaré todo”, pensó Nahiri apretando los dientes. Siguió adelante.

Cuando más ascendían, más traicionero se volvía el paisaje. La luz del sol refulgía en momentos inesperados, las ruinas temblaban y chirriaban bajo sus pies y los puntos de apoyo eran resbaladizos por culpa del agua y las algas. Llegaron a un punto en el que ni siquiera Nahiri podía distinguir qué piedras podrían soportarlos y cuáles se portarían como aliados temperamentales, que parecían firmes y fiables hasta que se les aplicaba un poco de presión. Más de una vez, algún miembro del grupo tropezó y Akiri lo atrapó con sus cuerdas o Nahiri lo rescató usando la litomancia. Necesitaron reflejos instantáneos para progresar y, cuando llegaron a la mayor sección de las ruinas, todos tenían los nervios crispados.

―¿Por dónde seguimos? ―preguntó Akiri.

Ante ellos, la aerorruina de Murasa era un laberinto de imponentes canales de piedra caliza tallada, donde el musgo crecía entre las grietas y multitud de puentes estrechos y peligrosos cruzaban abismos sin fondo.

En ese punto, Nahiri comprendió que aquella fortaleza era una trampa mortífera.

―Averigüémoslo ―dijo con una sonrisa. Los antiguos kor habían construido un desafío letal y ella lo aceptó con gusto.

Nahiri extrajo la llave del bolsillo y esta resplandeció y vibró ligeramente en su mano. La sostuvo en alto en dirección a las ruinas antiguas.

Y las ruinas respondieron.

Las piedras que pisaban empezaron a brillar y vibrar en sintonía con la llave y varias rocas de los alrededores se iluminaron. Entonces, las piedras brillantes se extendieron para formar una línea que se adentraba en las ruinas.

―Es asombroso ―oyó decir a Orah detrás de ella.

―Un camino marcado... ―susurró Akiri con admiración.

―Así es ―respondió Nahiri―, pero tened cuidado. Las ruinas son antiguas y no les gustan las visitas.

Vio a Záreth estrechar el hombro de Akiri y esta puso una mano sobre la de él. Orah intercambió una mirada con Kaza.

―Entendido ―dijo la hechicera con entusiasmo.

Nahiri sonrió. Eran aventureros de tomo y lomo.

Siguieron en silencio el camino de piedras iluminadas. Su instinto les decía que una magia antigua y poderosa los estaba guiando. Záreth, el más veloz y silencioso del grupo, solía adelantarse para explorar y detectó varias trampas venenosas y estructuras diseñadas para derrumbarse, pero guio al grupo para evitarlas.

Estas trampas solo eran una fracción de los peligros de la aerorruina, deteriorada con el tiempo.

A lo lejos no dejaban de oírse ruidos de piedras que se desprendían cuando los edros de los alrededores chocaban contra las paredes. Además, en las sombras de las columnas y las grietas se oían arañazos de garras ocultas, pero cada vez que las sombras se acercaban demasiado, Nahiri hacía que algún edro crepitase con una energía azulada y las sombras se retiraban.

Salvo por aquella excepción, el grupo de aventureros y ella avanzaron sin percances.

“Es como si el núcleo quisiera que lo encuentren”.

La idea hizo sonreír a Nahiri.

El camino terminaba ante un muro inmenso. La superficie estaba cubierta de azulejos que formaban un patrón de líneas y formas geométricas que producían vértigo. En la base del muro, el camino brillante volvió a refulgir y luego se apagó. No había otras entradas o caminos a la vista.

―¿Y ahora qué hacemos? ―preguntó Záreth cruzándose de brazos.

―Podríamos volarlo por los aires ―propuso Kaza sin disimular su entusiasmo.

―No hará falta ―dijo Nahiri.

Sacó la llave del bolsillo y la apretó contra el pecho con una mano mientras apoyaba la palma de la otra en la pared. Cerró los ojos y percibió unas vibraciones minúsculas con los dedos.

―¿Cómo puedo pasar? ―preguntó en el bello y silencioso idioma de la piedra.

La respuesta del muro llegó en forma de vibraciones que descendían hacia el punto de encuentro de la pared y el suelo. Siguió el movimiento invisible de la piedra hasta un espacio hueco y sin azulejo.

Un espacio del tamaño exacto de la llave que sostenía.

Nahiri sonrió al introducir la placa en el hueco.

Una vez en él, la llave vibró y brilló con intensidad, iluminando los azulejos con una reacción en cadena hasta que la pared entera se encendió. Detrás de ella, los aventureros dejaron escapar expresiones de asombro.

―Ábrete ―ordenó Nahiri en kor antiguo.

Y la entrada obedeció. La piedra se plegó de abajo arriba como una catarata a la inversa y reverberó como la lluvia en las ruinas vacías.

Unos instantes más tarde, el grupo se encontraba ante una gran caverna.

―¿Eso es todo? ―preguntó Kaza, que no parecía muy impresionada―. Podría haberlo hecho cualquiera.

―Muy pocos saben leer las runas o hablar el idioma olvidado ―contestó Nahiri.

―Además, nadie está tan loco como nosotros para subir aquí ―añadió Akiri. En ese momento sonreía y Nahiri se dio cuenta de que nunca la había visto hacerlo. Entonces se adentró en la caverna―. Vamos, hay que encontrar ese tesoro.


Lithoform Engine
Motor litoforme | Ilustración de Colin Boyer

Akiri les pidió a Orah y Kaza que montaran guardia en la salida de la caverna. Habían tenido muchísima suerte hasta el momento, pero Akiri era una escaladora y aventurera demasiado curtida como para esperar que la suerte durase.

Había perdido a su primer grupo de aventureros hace años, durante la guerra contra los Eldrazi. Ahora se negaba a perder al segundo.

Debían estar preparados, pero también listos para correr. Eso era todo lo que podían hacer.

Záreth, Nahiri y ella cruzaron la caverna hasta el centro del lugar, hasta el objeto que captaba toda su atención.

El objeto que resultaba imposible ignorar.

En una plataforma había un monolito de granito oscuro y pulido que se estrechaba hasta terminar en punta, dividido en dos partes en el centro. Varios haces de luz penetraban en ángulo por el techo e iluminaban el monolito, en torno al que flotaban cuatro edros. Entre ellos y la estructura surgían relámpagos oscuros y efímeros, cuyo crepitar cortaba el silencio de la cámara.

Cuando se acercaron, la parte superior del monolito se separó de la base. Entre las dos mitades, brillante como un sol oscuro, se encontraba el núcleo litoforme.

A decir verdad, el artefacto no le pareció gran cosa a Akiri. Era pequeño, lo suficiente como para sostenerlo en una mano, pero no tanto como para envolverlo por completo con los dedos. Además, aunque brillaba como una pequeña estrella, no tenía adornos y parecía bastante sencillo.

Sin embargo, Akiri había aprendido hace tiempo que, a veces, los artefactos o los individuos más poderosos eran los de aspecto más modesto.

Se detuvo a varios pasos de la plataforma, tensa y preparada. Záreth estaba junto a ella y le estrechó la mano para tranquilizarse sintiendo su calor. En la aerorruina no había nada que pareciera estable.

Nahiri siguió avanzando.

Se acercó más y más, hasta que Akiri vio su rostro reflejado en el monolito. La expresión de Nahiri era de pura determinación.

―Aquí está ―susurró―. Esto cambiará Zendikar para siempre.

Al lado de Akiri, Záreth se estremeció. Todas sus preocupaciones y sus miedos acerca del núcleo se reflejaron en un movimiento involuntario.

Por un impulso, Akiri avanzó hacia la plataforma con intención de llevarse el orbe, a sabiendas de que probablemente hubiera una trampa. Záreth, preocupado, le puso una mano en el hombro, pero ella le asintió con seguridad y siguió adelante. Sospechaba que, si era lo bastante rápida y sutil, podría evitar activar cualquier trampa que les aguardase.

El núcleo emitió un resplandor brillante y nítido cuando se acercó, casi como una advertencia. Le pareció sentir que de él surgían unos susurros casi imperceptibles, como plegarias silenciosas. O amenazas.

“Por Zendikar”, pensó, y tragándose sus nervios, Akiri se dispuso a recogerlo.

―Cuidado. ―Nahiri la aferró por la muñeca al instante y Akiri se giró hacia ella. Los relámpagos que restallaban sobre ellas iluminaron el rostro de Nahiri. En sus ojos había un centelleo nuevo y peligroso, un rasgo que Akiri nunca había visto antes, ni siquiera cuando Nahiri contuvo a la bestia que los emboscó en la Bahía Desgarradora.

Los años de experiencia como lanzacuerdas le habían enseñado a Akiri cuándo tenía que mantenerse firme... y cuándo era mejor contenerse.

“Espera y observa”, pensó antes de bajar de la plataforma y regresar junto a Záreth. Lo agarró de una mano y la estrechó; él correspondió el gesto.

“Es mejor dejar que la anciana desconocida se ocupe del artefacto antiguo”, razonó. Una pequeña parte de Akiri sintió alivio por no ser ella la que estaba en la plataforma.

Con un nudo en la garganta, observó mientras Nahiri acercaba una mano con la palma hacia arriba, la levantaba para sujetar el núcleo litoforme entre sus dedos y lo atraía lentamente hacia ella.

Image from Trailer – Nahiri reaching for lithoform core

Por un instante, no hubo más que silencio. Duró lo justo para que Akiri soltase el aliento contenido. Lo justo para que sintiera esperanza.

Entonces, la caverna retumbó con un crujido ensordecedor y la cámara empezó a desmoronarse.

“Se nos ha acabado la buena suerte”, pensó Akiri, que se volvió hacia la otra kor:

―Nahiri, tenemos que irnos... ¡ya!

Más adelante, Orah y Kaza ya habían echado a correr. Detrás de ella, Nahiri bajó de la plataforma a toda prisa y guardó el núcleo en el zurrón que llevaba a la cadera. A su lado, Záreth siguió el ritmo de sus zancadas.

Sin embargo, incluso en plena carrera, Akiri notó que el suelo temblaba y comprendió que aquello no era simplemente obra de la trampa.

La Turbulencia estaba sacudiendo la tierra y el cielo mientras la aerorruina de Murasa se hacía pedazos. Tal vez fuese una reacción a la magia desatada. Tal vez fuera simple mala suerte. Akiri no lo sabía.

Más adelante, el suelo que pisaban Orah y Kaza se agitó y onduló como una ola del mar.

―¡Cuidado! ―gritó, pero otro crujido estruendoso ahogó la advertencia.

El suelo de piedra se desplazó y se hizo pedazos, arrojando a Kaza y Orah hacia atrás. El terreno en el que cayeron se inclinó en un ángulo cada vez más agudo hasta que la hechicera y el clérigo lucharon por sujetarse con las manos.

De pronto, el suelo sufrió otra sacudida. Kaza y Orah soltaron un grito al perder el punto de apoyo que buscaban. Ambos cayeron y desaparecieron de la vista de Akiri.

―¡Nooo! ―Se detuvo patinando en el borde, pero había sido demasiado lenta para ayudarles.

Tras un momento agónico, muy por debajo de la plataforma, Kaza volvió a asomar en el cielo, de pie sobre su bastón flotante y con Orah sujeto a su cintura.

Akiri dejó escapar un suspiro de alivio.

―¡Hay que seguir! ―gritó Záreth, pero Akiri no supo decir si se lo gritaba a sus otros dos compañeros o a ella.

“A todos”, pensó, y reanudó la carrera.

El miedo retorcía el estómago de Akiri mientras corría y las estructuras de los alrededores se hacían añicos, revelando el cielo abierto. ¿Kaza y Orah lograrían sobrevivir? ¿Había conducido al grupo a una muerte segura?

No, eran buenos aventureros, con talento. Aquel grupo no terminaría como el primero de Akiri. Lograrían ponerse a salvo.

Debía confiar en que lo harían.

En ese momento, tenía que centrarse en conseguir que Záreth y Nahiri también se pusieran a salvo.

Porque lo único que podían hacer en ese momento era intentar salir con vida de la aerorruina.


Akiri, Fearless Voyager
Akiri, viajera valerosa | Ilustración de Ekaterina Burmak

Nahiri corrió mientras luchaba para usar la litomancia y mantener las ruinas unidas el tiempo justo para cruzar los peligrosos puentes de piedra. La tentación de viajar entre los planos a un lugar seguro pasó por su mente, pero no lo hizo: no pensaba abandonar Zendikar en un momento de necesidad. La aerorruina de Murasa le había planteado un desafío y ella demostraría estar a la altura.

Le pareció sentir los susurros del núcleo, que llevaba en el zurrón al costado, pero Nahiri no tenía tiempo para escuchar.

La fortaleza se desintegraba sin el núcleo y la Turbulencia, la maldita Turbulencia, estaba levantando un vendaval y haciendo que el peligro se volviera mil veces más caótico.

Nahiri no podía contener la Turbulencia y mantener unida la aerorruina al mismo tiempo.

Al menos, no todavía.

Por tanto, corrió detrás de Akiri y Záreth, furiosa por dentro.

Llegaron a un camino sin salida. Ante ellos, varios islotes ruinosos y cubiertos de árboles flotaban en el aire, pero lo único que había en medio eran el cielo abierto y algunos edros. Con un lanzamiento magistral, Akiri arrojó su cuerda y la enganchó en un saliente errante.

Image from Trailer – Akiri Zareth Nahiri dead end

―¡Rápido! ―dijo antes de balancearse hasta la gran plataforma inclinada que había a menor altura. Záreth lanzó otra cuerda y Nahiri preparó la suya, pero un enorme vórtice de vientos en la distancia captó su atención.

La distracción fue demasiado larga. Antes de que Záreth o ella saltasen, la aerorruina se estremeció y sufrió otra sacudida.

Nahiri luchó para no caer al mirar la plataforma en la que había aterrizado Akiri.

―¡Deprisa! ―dijo Záreth, que le tendió una mano. Nahiri comprendió que iban a tener que saltar juntos.

Se planteó rechazarlo. Aquel farsante, que no sentía aprecio alguno por ella, podría dejarla caer. Sin embargo, a pesar de sus engaños, sabía que Záreth era lo bastante honrado como para no asesinarla a sangre fría.

Nahiri agarró la cuerda, se situó junto a él y, mientras Záreth se preparaba para saltar, le susurró al oído:

―Sé que quieres el núcleo.

La sorpresa del tritón afloró en su cara, pero antes de que respondiese, Nahiri ordenó a la piedra que pisaban que les diera un empujón.

Durante unos instantes en los que desafiaron la gravedad y el corazón se le aceleró, Nahiri solo vio el cielo, extenso y despiadado.

Descendieron a la plataforma y Nahiri rodó con agilidad. El rostro de Záreth se convirtió en puro alivio cuando miró a Akiri, que le ayudó a levantarse y asintió brevemente hacia Nahiri.

Volvieron a correr.

El ruido era incesante, al igual que las violentas ráfagas de viento que les golpeaban la cara y azotaban sus ropas y la maltrecha fortaleza. Los frágiles puentes de piedra se deshacían y se venían abajo, mientras que los edros giraban sin control y pasaban a centímetros de ellos.

Aquello era Zendikar en su estado más ruinoso, peligroso y catastrófico, y Nahiri lo odiaba.

Aun así, continuó corriendo, esquivando y escapando.

Hasta que el vórtice los alcanzó.

Surgió sin avisar a través del suelo de las ruinas flotantes. Como un tornado, arrastraba todo y a todos los que estuvieran cerca. Unos segundos antes, Záreth se había descolgado con una cuerda hasta un rellano al fondo del abismo. Nahiri ya no lo veía. Akiri seguía allí, sujetándose a la cuerda mientras el torbellino de piedras y polvo se volvía más furioso.

―¡Vete! ―gritó Nahiri. La aventurera asintió y se deslizó por la cuerda.

Nahiri se giró y, plantando las piernas en el suelo y estirando los brazos, luchó para enfrentarse al vórtice.

Image from Trailer – Nahiri facing the vortex

“Te someteré a mi voluntad”, pensó. Igual que había hecho con la Turbulencia en Akoum, con Sorin y con tantos otros enemigos del pasado. Estiró los dedos y liberó su furia y su culpa a través de su magia.

Poco a poco, el vórtice perdió intensidad hasta detenerse y convertirse en un fenómeno paralizado e inofensivo.

Nahiri sonrió, victoriosa.

Pero su triunfo fue efímero. El vórtice despertó de nuevo. Como un dique a punto de estallar, contenía tanta ira y fuerza que empujó a Nahiri hasta que ya no pudo contenerlo.

Y entonces se despeñó por el borde de las ruinas.

Alrededor solo estaba el cielo azul y frío. Se retorció en el aire y vio la cuerda de Akiri a centímetros de distancia. Estiró la mano hacia ella.

Y falló.

Estaba en caída libre.

Con el corazón en la garganta, Nahiri reunió hasta la última pizca de poder que le quedaba para detener la caída. Hasta que algo la sujetó del brazo.

―¡Te tengo! ―dijo Akiri con voz entrecortada y sonriendo. La ayudó a bajar a la plataforma con la ayuda de Záreth.

Las mejillas de Nahiri ardían de vergüenza.

―Vamos ―dijo a los otros, y desplazó las ruinas flotantes de los alrededores para formar un puente. Echó a correr por él. Detrás de ellos, la avalancha de caos y destrucción se volvía más violenta y les ganaba terreno.

Nahiri apretó los dientes. Ahora estaba segura de que no lograría sanar a Zendikar solo con la litomancia.

El núcleo susurró de nuevo en el zurrón, pero ella no lo escuchó. Estaba corriendo, planeando.


Cinderclasm
Hacer cenizas | Ilustración de Campbell White

Nahiri llegó a una plataforma amplia que aún seguía intacta, seguida de cerca por Záreth y Akiri. Era el primer sitio que encontraban que todavía no se estaba desmoronando ni se estremecía. Por ese motivo, Nahiri tardó un instante en comprender qué iba mal.

“¿Por qué hay lava aquí?”, pensó con perplejidad al fijarse en el suelo. Entonces se percató: la Turbulencia había alterado el terreno de la aerorruina, como había hecho en tantas otras regiones del plano. Nissa afirmaba que la Turbulencia había comenzado como una reacción a los Eldrazi; que era la herramienta de Zendikar para luchar contra la enfermedad de su interior. Y en ese momento, parecía que intentaba luchar contra ella.

“¿A esto llama una lucha?”. Nahiri mostró una pequeña sonrisa.

Delante de ella, el terreno estalló entre chorros de fuego y ceniza. La explosión derribó a Nahiri... y un elemental inmenso y furioso surgió del suelo, como si hubiera nacido de la mismísima lava. Su torso y sus puños irradiaban calor y el fuego crepitó cuando su ojo, refulgente como el carbón, se clavó en Nahiri. Su mirada estaba repleta de odio.

Nahiri apoyó una mano en el suelo detrás de ella y, un segundo después, una espada de piedra al rojo se formó en su mano. Si aquella cosa buscaba pelea, iba a dársela. Y con gusto.

Záreth fue más rápido. Con valor infatigable, cargó contra el elemental empuñando su tridente. Un arco de energía salió disparado del arma y envolvió a la criatura tras alcanzarla de lleno en el torso.

Sin embargo, el elemental ni siquiera trastabilló. Su mirada se clavó en Záreth y el coloso alzó sus puños ígneos para descargarlos sobre el tritón.

Akiri fue rauda como el relámpago y se plantó delante de Záreth con un brazo en alto. El guantelete que llevaba en la muñeca destelló y un disco de luz se interpuso como un escudo entre el monstruo y ella. El elemental estampó los puños contra el escudo mágico y Akiri dobló una rodilla con un gemido. La criatura gruñó de rabia y levantó los brazos de nuevo.

Nahiri vio a los aventureros preparándose para encajar otro golpe y supo que esa vez no sobrevivían.

Trazando un arco con una mano mientras empuñaba la espada en la otra, Nahiri levantó la tierra y se elevó en ella hacia el cielo. Apenas oyó los silbidos cuando sacó el núcleo del zurrón.

El movimiento hizo que el elemental se detuviera y apartase la vista de los dos adversarios derribados para fijarse en ella. O, más bien, en el núcleo que sostenía.

―¿Es esto lo que quieres? ―le gritó.

El monstruo gruñó y avanzó hacia Nahiri con los puños apretados, cerniéndose sobre ella.

Nahiri alzó la espada, pero sabía que no sería suficiente. Ella sola no podría enfrentarse a aquella abominación de la Turbulencia. Bajó el arma y miró el núcleo litoforme.

“¿Debería hacerlo?”, se preguntó.

El orbe seguía susurrándole, pero era incapaz de distinguir sus palabras.

Sin embargo, las palabras no eran importantes. Las acciones, sí.

Oyó a Akiri gritar a lo lejos y Nahiri desvió la mirada hacia allí. Záreth corría hacia el monstruo. No... Se dio cuenta de que iba a por ella con el tridente preparado; la energía de antes danzaba entre las puntas. El rostro de Záreth mostraba una determinación siniestra.

En ese mismo instante, el elemental gruñó y se lanzó a por Nahiri.

Image from Trailer – Nahiri facing the elemental

Y entonces tomó la decisión.

Alzó el núcleo y, con una facilidad inesperada, canalizó el poder en su mano.

El mundo crepitó con una energía oscura. Luego se tornó blanco. Los colores se desvanecieron en el resplandor, los sonidos se ahogaron en el estruendo y, por un instante, no existió nada. Nahiri no vio nada. No oyó nada.

No sintió nada.

Su mundo era inmaculado.

Cuando la luz del núcleo se atenuó, todo lo que rodeaba a Nahiri se había vuelto de color gris ceniza. No había nada excepto silencio y el elemental había desaparecido por completo.

Nahiri sonrió, victoriosa. Había ganado.

La voz agonizante de Akiri rompió el silencio:

―¡Záreth!


Wasteland
Erial | Ilustración de Adam Paquette

Akiri estaba de rodillas, sosteniendo el cuerpo rígido de la persona que amaba. Pestañeó una, dos veces, deseando que aquello fuera un error, un engaño cruel. Tenía que serlo.

La mano de Záreth estaba encorvada como una garra, como si intentase alcanzar algo. La boca estaba abierta, congelada en un grito silencioso. Pero lo que atormentaría los sueños de Akiri en los meses venideros eran sus ojos.

Los ojos de Záreth, siempre enérgicos y cargados de emoción, habían perdido toda su luz.

―Záreth... ―sollozó Akiri estrechando el cuerpo de su amigo, su amor. No podía ser. No podía...

Sintió la sombra de Nahiri acercándose. La miró de soslayo y vio que el núcleo litoforme yacía en el suelo a pocos pies de ella, arrodillada entre las cenizas.

Nahiri se acercó a recogerlo, pero ella fue más rápida. Inmediatamente, Akiri se levantó y se alejó varios pasos de la extraña kor de la antigüedad.

―¿Qué es esta...cosa, Nahiri? ―exigió saber. El núcleo era cálido y brillaba débilmente en su mano, como un cielo despejado en un día perfecto para viajar.

―Se acabaron las tormentas y los desastres ―respondió Nahiri, que sonaba muy calmada y conciliadora. Se acercó un paso más―. Se acabaron los monstruos horribles. Es nuestra oportunidad.

Akiri contempló la devastación de los alrededores y el cadáver del suelo.

―¿Nuestra oportunidad?

Nahiri no respondió. Tan solo avanzó otro paso. Y otro.

Akiri retrocedió con cuidado, consciente de que había un precipicio detrás de ella, bajo el que solo estaba el cielo.

―¡¿La oportunidad de Záreth?! ―gritó señalando el cadáver―. No. Esto termina aquí. ―No podía permitir que Nahiri la alcanzase. No permitiría que se hiciese con el núcleo.

Záreth había juzgado correctamente a Nahiri. Había tenido razón.

Nahiri siguió avanzando. El miedo se apoderó del corazón roto de Akiri y, cuando sus pies llegaron casi al borde, se detuvo.

―No ―afirmó de nuevo, y sostuvo el núcleo hacia atrás, dispuesta a dejarlo caer, a librarse de aquel tesoro mortífero y temible.

Pero la mirada de Nahiri vagó hacia algo que había detrás de ella. Akiri se giró y vio ascender un edro, justo al alcance de su cuerda. Solo tenía que lanzarla y...

Entonces, el edro centelleó. Una energía oscura surgió de él y recorrió el cuerpo de Akiri, que se volvió incapaz de moverse. Paralizada, observó a Nahiri acercarse.

Cada vez más.

Image from Trailer – Akiri Frozen

Con serenidad, Nahiri le quitó el núcleo litoforme de los dedos insensibilizados.

Entonces levantó la otra mano y rozó la mejilla de Akiri, que hasta entonces no se había percatado de que tenía la cara empapada de lágrimas.

―Lo siento mucho, Akiri. De verdad. ―Su voz sonó sinceramente arrepentida, pero lo único que vio Akiri en su rostro eran determinación y falta de piedad.

Quiso gritar, pero su voz se había perdido. Quiso utilizar sus cuerdas, pero sus músculos no respondían. No pudo hacer nada cuando Nahiri le puso una mano en el hombro... y empujó.

Akiri se inclinó hacia atrás.

Y cayó.

Lo último que vio fue a Nahiri, observando con una mirada fría y calculadora en los ojos y con el núcleo flotando sobre su mano abierta.

Y entonces solo existió el cielo. Infinito y cruel.

Image from Trailer – Nahiri looking down at Akiri

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