Episodio 3: La caída de la Casa Betzold

Posted in Magic Story on 16 de Septiembre de 2021

By K. Arsenault Rivera

K. Arsenault Rivera is the author of the Ascendant trilogy, as well as a writer on Batman: The Blind Cut and The Shadow Files of Morgan Knox. She's a lifelong Brooklynite who has never met a hobby she didn't like. To celebrate the release of her debut novel, she got a Magic: The Gathering tattoo.

―¿No se supone que la llave está en un lugar seguro, si es que está en Thraben?

Los gemidos de los muertos impíos responden a Chandra antes que sus compañeros. Kaya se pellizca la nariz. Teferi ya se la está tapando y respira por la boca, aunque eso tampoco ayuda mucho. Es mediodía y el sol brilla, pero las nubes se acumulan para proyectar su sombra sobre los restos de la catedral. Incluso el cielo se avergüenza de la estampa del lugar.

Ver la catedral en ese estado hace que Arlinn sienta un nudo en el estómago. Allí está la torre en la que pasaba horas leyendo al sol, ahora desmoronada en el suelo; allá, la vidriera que tanto le gustaba, hecha añicos. Fijarse en la aglomeración de muertos vivientes le sienta como una traición más. No quiere pensar en las probabilidades de ver a alguien que conocía en el pasado.

Traga saliva. Igual que hormigas en las cercanías de su hormiguero, los zombies deambulan en torno a la catedral. No será fácil abrirse paso a través de ellos.

Light Up the Night
Iluminar la noche | Ilustración de Wei Wei

―Puede que sí esté aquí ―dice Adeline―, pero no lo sabremos hasta terminar de investigar.

Y ya habían investigado bastante; mejor dicho, Kaya había investigado. Habían tardado más de media semana en viajar hasta Thraben, tiempo suficiente para hacer algunas pesquisas. A Kaya no le bastaba con una corazonada. En cuanto llegaron a la ciudad, se separó del grupo para explorar por su cuenta. Fuera adonde fuese, no tardaba en regresar con un libro polvoriento en la mano.

―Página setenta y siete ―anunció una vez.

La página en cuestión tenía una hoja ilustrada y un grabado en madera elaborado con gran detalle: una familia recibía una caja de manos de una bruja que se parecía a Katilda. La inscripción decía que eran los Betzold de Gavony.

Arlinn conoció a un hombre llamado Worrin Betzold durante su época en la catedral, un obispo anciano y muy estricto. Le duelen los nudillos al pensar en él, pero también el corazón, porque está segura de que, si se encuentra en alguna parte..., será allí, entre la horda. Y quién sabe cuántos más de sus antiguos amigos.

―Creo que lo veo. ―La voz de Adeline saca a Arlinn de su ensimismamiento y la cátara señala hacia la maltrecha nave de la catedral con su espada envainada.

Una silueta vestida con hábitos sagrados está de pie frente al púlpito. Para horror de Arlinn, da la impresión de que está predicando para una multitud. Los bancos están llenos de zombies sentados con las manos unidas y la cabeza inclinada como si estuvieran rezando.

Lo que le hicieron las Penurias a ese lugar fue verdaderamente impío. Tiempo atrás, Liliana había reanimado a todos aquellos zombies para luchar contra los Eldrazi. Ya había sido bastante duro tener que unir fuerzas con los muertos vivientes, pero lo peor fue lidiar con ellos después. Oyó decir que alguien le había preguntado a Liliana qué hacer con todos los zombies que quedaban. Según la historia, su respuesta fue: “Son útiles para muchas cosas, solo hace falta algo de creatividad”.

Pensar en ello la agobia. Este lugar es una afrenta para todo lo que aprecia, porque sabe cómo era en el pasado.

También reconoce el hábito de aquel orador y asiente sin mucha energía. Es él.

―No queda más remedio ―dice Kaya―. Alguien va a tener que abrir un camino.

Adeline se sube a su caballo, un semental blanco que probablemente tenga un nombre heroico, como Relámpago, Escudo de León o algo parecido. Al verla a horcajadas sobre él, resulta difícil no sentir algo de esperanza.

―Yo me encargo de eso ―afirma―. Mis cátaros y yo llevamos años luchando contra los muertos vivientes. Dejaré a Worrin en manos de los cuatro.

Chandra le lanza un vistazo a la horda y vuelve a mirar a Adeline.

―¿Crees que vas a ocuparte tú de toda la batalla? De eso ni hablar. Te cubriré las espaldas y que los otros tres vayan a por Worrin. ―El aire ondula alrededor de ella con un calor que refleja el entusiasmo de su sonrisa. No hay nada que discutir: Chandra va a desfogarse.

―De acuerdo ―dice Adeline con una sonrisa―. Yo despejaré el camino y tú te encargarás de la retaguardia, Chandra Nalaar.

La piromante responde con una parodia de un saludo militar. El gesto quizá le hubiera arrancado una sonrisa a Arlinn si la situación no fuese tan grave. Ahora mismo siente una ligera alegría por ver que el grupo se lleva bien, pero esta se desvanece en cuanto mira hacia la nave en ruinas.

No es momento de demorarse.

Adeline y los cátaros encabezan la carga y descienden como un martillo sagrado sobre el yunque de los muertos vivientes. Las órdenes de Adeline son rápidas y certeras, al igual que el filo de su acero. Las cabezas caen de los cuerpos como la fruta de los árboles. Un zombie se abalanza sobre ella, pero se ralentiza en pleno salto: unas estelas azules surgen del bastón de Teferi mientras retrasa el avance del muerto por la columna central. No dura mucho, solamente lo frena un momento, pero es suficiente para que Adeline lo repela con un golpetazo de su escudo y le hunda la espada en la garganta.

La brecha no durará mucho más.

El grupo corre por el camino seguro que los cátaros luchan por abrir, Kaya desvaneciéndose y reapareciendo, Arlinn transformándose parcialmente. Los brazos hostigadores de los muertos le producen un sabor nauseabundo en la boca; los evita todo lo posible y acuchilla rostros, mandíbulas y pies con las garras que le ha dado la naturaleza. Aun así, las babas de los muertos le empapan el pelaje, los gruñidos le perforan los oídos y el hedor le invade la garganta.

Arlinn no siente la más mínima seguridad hasta que Chandra se hace cargo de la retaguardia. Dos grandes llamaradas vuelan de sus manos y sustituyen las barreras mágicas de Teferi por algo mucho más tangible. Incluso los muertos temen el fuego, como les había demostrado Thalia, y la horda chilla al unísono mientras retrocede ante el calor abrasador, lo que permite a los héroes poner algo de distancia entre los zombies y ellos. Sin embargo, eso no le basta a la piromante: mientras los demás continúan abriéndose paso, Chandra se gira hacia la multitud y conjura un fuego que semeja el aliento de la vida misma. Donde antes había zombies, ahora solo quedan cenizas al viento.

Adeline echa un vistazo atrás mientras Chandra envuelve a los muertos en una luz anaranjada y observa a la piromante cuando está en su elemento, rodeada de destrucción salvadora.

Arlinn no sabe qué está pensando Adeline, pero tiene claras sus propias ideas: jamás y bajo ningún concepto debería enfurecer a Chandra Nalaar.

No resulta sencillo entrar en la catedral, pero el fuego y las espadas facilitan la tarea. Las paredes se elevan alrededor del grupo, pero están desmoronadas en las alturas, destruidas durante las Penurias y retorcidas para formar algo nuevo. Los gemidos incomprensibles de Worrin están cada vez más cerca. El fuego lame las paredes antaño sagradas y, aunque le duele, Arlinn espera que sirva como una especie de purificación.

―¿Alguien ve dónde está? ―grita Chandra. Es difícil oírla entre el rugido de las llamas, pero Arlinn lo hace y se adelanta a los demás.

Adeline tiene a Worrin acorralado contra una pared, donde masculla las plegarias que le enseñó a Arlinn hace tiempo, indiferente a todo. Cuando ella vuelve a adoptar su forma humana, los ojos legañosos del zombie vuelven a centrarse. Su boca se mueve para articular el nombre de Arlinn y la señala con una mano, o quizá a su carne suculenta. Arlinn quiere pensar que es lo primero.

―Worrin, soy yo ―dice ella―. Me reconoces, ¿verdad?

―¿Dennick? ―dice en respuesta.

Arlinn echa un vistazo atrás. Chandra vuelve a estar con el resto del grupo, mientras que Adeline y los cátaros forman un círculo alrededor de Worrin y ella.

―Worrin ―insiste Arlinn, que se obliga a hablarle con calma a esta aberración que conoció en vida―, estamos buscando la llave de platalunar. ¿Sabes dónde está?

Los ojos de él pestañean uno después del otro. Sus mandíbulas desdentadas no se despegan.

Silencio.

El ruido de la espada de Adeline contra los muertos, el estruendo del fuego, las miradas de Kaya y Teferi clavadas en ella...

―La llave, Worrin ―dice Arlinn. Que el ángel vele por ella: sujeta los hombros del zombie con las manos para que no pueda apartar la vista.

―Dennick ―responde él.

―¡Arlinn, no aguantaremos mucho! —grita Adeline.

―¡La llave! ―repite.

―D... Dennick...

―Maldita sea... ―murmura Arlinn―. ¡Creo que no podemos sonsacarle más!

―Genial ―dice Chandra―. ¡Addy, cúbreme tú las espaldas esta vez!

Y mientras el fuego estalla otra vez en la catedral, Arlinn le da a Worrin el único descanso que puede ofrecerle: un crujido, una oración y la esperanza de que llegue a un lugar mejor.


Cuando crees que conoces a una persona, a menudo solo es una parte de ella. En vida, Worrin fue uno de los instructores más estrictos que tuvo. Arlinn no recuerda ninguna conversación con él sobre algo que no fuese la teología. Aunque sus respuestas siempre estaban bien meditadas, ella imaginaba que era un hombre que había dedicado toda su vida a la iglesia. De vez en cuando mencionaba su juventud en Gavony, pero eso era todo.

Sin embargo, la gente no suele ser tan simple, y cuando el grupo llega al tranquilo municipio de Gavony, el hogar de los Betzold, empiezan a preguntar por ellos.

―¿Worrin y Dennick? ―dice una anciana ocupada en quitar la escarcha de las calabazas que lleva cultivando toda la estación. La edad no le impide atender los cultivos y se nota que mueve las manos con la precisión de una experta―. Bah, supongo que ya era hora de que alguien viniese a preguntar por él.

―¿Ah, sí? ―Arlinn se agacha a su lado―. Bueno, perdón por la tardanza; la nieve nos ha demorado.

―No hay tanta nieve como para eso, apenas es escarcha ―responde la mujer―. Eres lo bastante mayorcita como para saber que no te servirá de excusa.

Arlinn se permite mostrar una pequeña sonrisa. Por muchos mundos que visitase, no hay ningún sitio como el hogar.

―Tiene usted razón ―admite. La nieve es fina, se derrite con solo tocarla―. Pero quizá pueda contarme algo sobre él de todas formas.

La anciana clava la mirada en ella.

―Ya es demasiado tarde.

―¿Tarde para qué? ―se extraña Arlinn.

―Si Dennick no murió antes de las Penurias, ahora sí que habrá muerto ―explica la mujer―. Se encerró en la vieja mansión de la familia. Por seguridad, decía. No lo veo desde entonces, ese sitio tiene una maldición de las graves.

Arlinn gira la cabeza hacia un lado. El hogar de los Betzold está en lo alto de una colina, desde el campo se ven sus ventanas abiertas.

―¿Por qué fue allí si la casa está embrujada?

La anciana se sacude la escarcha de las manos.

―Porque Dennick es el hijo de Worrin.


Las Penurias lo destrozaron todo en Innistrad, pero algunas cosas se rehicieron. Unas manos firmes y desesperadas habían reparado los símbolos retorcidos de Avacyn en la carretera y les habían devuelto su antigua forma, arrancando la piedra y sustituyéndola por madera o hierro labrado toscamente. El grupo camina junto a viviendas hechas pedazos y otras construidas con trozos de casas cercanas, como si fuesen obra de un suturador. La gente parece la misma: algunas personas llevan las cicatrices por dentro, otras simplemente vigilan a sus hijos y algunas se agarran las extremidades protésicas mientras ven pasar a los forasteros por el municipio.

Innistrad se rompe, se reconstruye y sobrevive.

Es un pensamiento agradable, pero la mansión lo traiciona: el hogar de los Betzold está más deteriorado que ninguno y desprende maldad. “Maldad” es la palabra adecuada, opina Arlinn por la forma en que las ventanas se ciernen sobre ellos, por el modo en que las enredaderas surcan la fachada de piedra y por la puerta entreabierta como unas fauces.

No le gusta observar la mansión, pero lo hará.

De los cinco miembros del grupo, Kaya es la que parece menos preocupada. A medida que se acercan, no muestra indicio alguno de miedo. La puerta bostezante de la mansión no la inquieta en absoluto, simplemente la mira de arriba abajo con el ceño fruncido y luego se da un golpecito en la nariz con un pulgar:

―Entonces, ¿está ahí dentro?

Arlinn asiente.

―Y hay un puñado de espíritus malévolos, ¿verdad?

―Por el aspecto de la casa, seguro que sí ―dice Chandra.

―Tengo unos símbolos sagrados que... ―empieza a proponer Adeline, pero Kaya la interrumpe con un gesto.

―Tranquila, yo me ocupo. Dentro de cinco minutos ya se podrá entrar.

Thraben Exorcism
Exorcismo de Thraben | Ilustración de Matt Stewart

Como siempre, Kaya no espera a que le den permiso y entra en la mansión. Arlinn siente un hormigueo en la nariz cuando el fuerte olor de la magia de Kaya se propaga por el aire, seguido del zumbido grave que ya asocia con ella. Adeline se acerca a una de las ventanas rotas para echar un vistazo y Chandra la sigue. Por la reacción de ambas, hay mucho que ver.

A veces resulta difícil resistir las tentaciones. Con amargura, Arlinn piensa que Tovolar diría lo mismo. El autocontrol es una característica humana, no un rasgo salvaje. Hay que ceder a las pasiones y los instintos, porque siempre saben lo que es mejor. Eso le había enseñado.

La iglesia le había enseñado algo distinto.

Arlinn pega el rostro a la ventana. En el interior, una estela blanca y grisácea adopta la forma fantasmal de Kaya, pero no es la única presencia espectral que hay. La anciana tenía razón: la casa está atestada de espíritus, aunque no por mucho tiempo. Kaya los está eliminando a un ritmo increíble. Es difícil seguir su rastro mientras salta de un fantasma al siguiente, clavándole un puñal a uno y acuchillando a otro en la garganta. Arlinn no puede evitar preguntarse adónde van a parar los espíritus; ¿les aguarda el Sueño Bendito o se trata de algo diferente?

Quizá lo pregunte más tarde.

Ahora, lo importante es que ya no hay amenazas sobrenaturales en la planta baja. Chandra es la primera en entrar, seguida de Adeline y Arlinn. Esta vez es Teferi quien se ocupa de la retaguardia. Los fantasmas no parecen inquietarlo mucho y se mueve con la soltura de siempre.

Pero hay otro piso.

En vilo, suben por la escalera, que cruje con cada paso, y el zumbido se oye cada vez más al otro lado de una puerta de aspecto frágil. Chandra se acerca para abrirla, pero Adeline la detiene sujetándola de un hombro.

―Iré primero ―le dice―. Detrás de mí estarás más segura.

¿Esta mujer ha salido de un cuento o algo así? Es gallarda, desde luego, pero también demuestra ser capaz de reducir la puerta a astillas con una embestida. En el interior, Kaya está inclinada con calma sobre un fantasma y saluda al resto con una reverencia sarcástica al entrar.

―Este es el que buscamos. Un trabajo sencillo.

―Y en menos de cinco minutos ―dice Teferi en tono jocoso.

―Muy simpático, viniendo de ti ―responde Kaya―. ¿No te inventas el tiempo según te conviene?

―Ojalá fuese tan fácil ―comenta él. Teferi mira hacia un lado con una sonrisa amable y hace un gesto hacia el fantasma flotante, un hombre de unos treinta años junto a un esqueleto atrapado bajo unos escombros; probablemente sea el suyo, porque visten la misma ropa―. Adelante.

Arlinn no se demora y se acerca al fantasma resistiendo el impulso de tenderle la mano.

―¿Eres Dennick? Me llamo Arlinn Kord, era una amiga de tu padre.

Qué extraño le resulta ver a un fantasma con cara de asombro.

―¿Mi padre? ¿Te envía a buscarme?

Dennick, Pious Apparition
Dennick, aparición piadosa | Ilustración de Chris Rallis

Siempre es mejor contar la verdad, por muy horrible que sea.

―Me temo que no. Tu padre murió. Yo misma le di descanso, pero has de saber que siguió diciendo tu nombre hasta el final.

―¿Le diste descanso? ―El fantasma se sujeta las manos con preocupación―. ¿Quieres decir que es un... muerto viviente?

―Lo era, pero no deberías afligirte por ello. Vengo a preguntarte por algo muy importante, un objeto que custodia tu familia.

―Vaya... ¿No es una visita de cortesía?

―No, no lo es ―responde Arlinn―. Quiero pedirte que nos digas lo que sepas acerca de la llave de platalunar. Innistrad la necesita; las noches son cada vez más largas y nos hace falta para realizar un ritual que corregirá el ciclo.

―Al venir tanta gente, pensaba que sería una visita social... ―responde Dennick, que no deja de darles vueltas a las manos―. La mayoría de la gente busca la llave, pero nunca llegué a verla. Mi padre decía que no era un auténtico Betzold.

―Entonces, estaba siendo un necio ―comenta Arlinn―. Estás aquí, en la mansión, igual que cualquier Betzold. Y si nos dijeses dónde está la llave, cumplirías el deber de tu familia mejor que ningún otro de sus miembros.

―Supongo que sí... ―De algún modo, el fantasma suspira―. De acuerdo. Bueno... También estuve buscándola aquí porque había oído hablar de ella y... resulta que no la tenemos. Mi bisabuelo se la entregó a un vampiro para que la pusiese a buen recaudo. ¿Qué tontería, verdad?

Kaya vuelve a pellizcarse la nariz. Chandra respira hondo y levanta un dedo:

―Perdón, pero ¿te importaría decirnos a qué vampiro se la dio?

Dennick suspira.

―¿Podré descansar si lo hago?

―Si eso es lo que quieres... ―dice Arlinn―. Pero te resultaría más fácil descansar si supieras que Innistrad no está en peligro, ¿no crees?

Dennick inclina la cabeza como si lo estuviera meditando, hasta que por fin...

―Se la entregó a un Markov. Su príncipe se la llevó. ¿Mi padre dijo que me echaba de menos?

―Justo lo que me temía... ―comenta Chandra, que ya se dirige hacia la puerta, pero Arlinn se queda atrás.

Dennick quiere hablar con alguien. Lo mínimo que puede hacer es escucharle, al menos un rato.


Innistrad se reconstruye.

Incluso los vampiros.

Por muchos estragos que causaran, por mucho que le ruja el estómago al olerlos y por mucho que los odie, Arlinn debe admitir que eso la reconforta. Las Penurias no hicieron distinción con ellos. Aunque los moradores de la oscuridad intentaran acabar con la humanidad, no hacía mucho tiempo que habían luchado en el mismo bando.

Arlinn espera que puedan volver a hacerlo.

Los demás caminan delante de ella. Chandra parece apagada, no le gusta la idea de meterse en el nido de la serpiente. A Kaya le ocurre lo mismo. En cambio, Arlinn comprende algo que ellas no: en el pasado, este era un lugar en el que la gente buscaba la esperanza. El resto del grupo lo sabe, pero no lo entiende; en el fondo, no. Cuando sientes semejante hambre por dentro, pero actúas contra tus instintos bestiales por el bien común... A ella tampoco le gusta Sorin Markov, pero lo respeta.

Igual que respeta el recuerdo del ángel que le daba esperanza cuando parecía tan inalcanzable como aquel ciervo blanco.

Por ello, mientras el resto del grupo sigue caminando, Arlinn se detiene ante las puertas. La vegetación ha reclamado las mitades rotas de un símbolo avacyno. Tras cortar los tallos con las uñas y retirarlos, endereza el símbolo y comienza una oración.

―Oh, ángel, vela por nosotros en la noche...

Para su sorpresa, otra voz se le une. Por el tono, parece la de Adeline.

Teferi hace lo mismo, repitiendo las palabras a medida que las escucha.

Chandra se une después, un poco acelerada y trabándose de vez en cuando, pero hace lo que puede.

Por último y con un leve suspiro, Kaya se acerca cuando ya están casi en el final.

Después de terminar, intercambian unas pequeñas sonrisas y se dirigen adentro.

Nadie pregunta por qué le reza a un ángel que ya no puede escucharla.


Quienes dicen que nunca vacilan antes de cruzar un puente no conocen la mansión Markov. El estrecho camino de roca que conduce al edificio ya intimidaría en tiempos normales, en los que cruzaba las fauces abiertas de una sima, pero las Penurias también habían afectado a aquel lugar. El puente flota en pedazos. Saltar de roca en otra es la única forma de llegar al ruinoso castillo. Además, los rostros agrietados de los antepasados Markov son horribles como puntos de apoyo.

El interior no se encuentra en mejor estado. Hay cálices cubiertos por una capa de polvo y hombreras de armaduras reducidas a desechos con los que tropezarse, mientras que los pocos retratos no rasgados que quedan están ennegrecidos. Pero lo peor es que no huele a muerte, a podredumbre ni a sangre, sino a nada en absoluto.

―¿Qué probabilidades hay de que no haya nadie en casa? ―pregunta Chandra.

―Muy pocas ―opina Kaya―. Esto es un desastre, pero no está abandonado. ―Entonces señala una lámpara de araña en el techo―. Alguien se molesta en cambiar las velas.

―Un siervo, probablemente ―dice Adeline―. Aun así, tienes razón, hay que estar alerta.

―Pero ¿y si no está aquí? Podríamos robar la llave sin tener que hablar con él.

―Esperemos que no esté ―comenta Arlinn―, pero es mejor suponer que sí. Además, seguro que se puede razonar con él.

Nada más decirlo, pasan junto a un saliente de roca que no es igual que los demás. Los otros tienen formas agudas y retorcidas, como dagas dirigidas contra enemigos invisibles, pero este parece una herida abierta en la mansión Markov. Sus colmillos de piedra son peores que en ningún otro, concentrados en dos largos surcos paralelos, y los bordes son igual de irregulares. Inquietantemente, parece como si los hubieran roto a mordiscos... y unas manchas de sangre seca hacen que la estructura resulte más espantosa.

―Esto no me gusta lo más mínimo ―comenta Adeline.

―Lo mismo digo ―añade Teferi.

―Hm... ―Kaya observa la piedra con los ojos entornados―. Fuera lo que fuera, seguro que se rompió los dientes.

―Sorin sabrá decirnos qué pasó. Puede que nosotros no seamos los únicos que buscan la llave ―dice Arlinn.

―Si es que está aquí ―duda Chandra.

Seguro que sí, tiene que estar. Si al final no consiguen dar con él... Arlinn aprieta los dientes. Está decidida a encontrar la llave de un modo u otro. Tovolar pretende arrancarle el corazón a Innistrad, pero ella no piensa permitírselo.

―Si está en algún lugar de la mansión, será en la sala del trono ―dice Arlinn.

―Y no debe de estar muy lejos ―avisa Kaya―. Un vestíbulo tan lleno de retratos tiene que dar a una sala del trono, estoy segura.

No le falta razón. No quedan muchos retratos, pero sí los suficientes para intuirlo. Además, al otro lado del vestíbulo hay unas grandes puertas con cabezas de murciélago grabadas en ellas, aunque parecen haberse salido de las bisagras. Cuando llegan hasta ellas, Arlinn tiene que adoptar su forma lupina para abrirlas. Adeline la observa mientras vuelve a transformarse y Arlinn le sonríe con amabilidad:

―Tranquila, estoy adiestrada. ―A veces, esa broma tranquiliza a la gente, aunque últimamente duda si es verdad o no. En los bosques había estado a punto de perder el control.

Pero ahora es Arlinn y tiene intención de seguir siéndolo, incluso cuando entran en la polvorienta sala del trono y ven que el príncipe les aguarda.

Sorin Markov está sentado en el ruinoso trono de su hogar, con una pierna colgando por un lado y leyendo un libro viejo y sin marcas, como una especie de diario. Un agujero en el techo proyecta un único rayo de luna sobre su piel gris. En medio del esplendor vacío de la mansión abandonada, el vampiro presenta una imagen extraña.

Aunque no levanta la vista hacia los demás cuando entran, Arlinn puede oler la aversión que emana de él. Su voz suena enérgica y arrogante:

―Que alguien me diga ahora mismo el motivo de esta interrupción. Si no, fuera de aquí.

―Saludos, Sorin ―dice Teferi. Cómo no, es él quien da un paso al frente y no parece intimidado. La reverencia que le dedica al anfitrión sería digna de un aristócrata―. Es un placer volver a verte. Solo queremos tratar un asunto de poca importancia, será una visita breve.

El vampiro mira hacia él por encima del libro.

―No tengo mucha fe en lo que tú consideras breve. El motivo, ya.

Teferi se encoge de hombros como para decir que lo ha intentado.

―Estamos buscando la llave de platalunar. Las noches son cada vez más...

Sorin cierra el libro de golpe.

―No.

―¿Cómo que no? ―interviene Chandra―. Llevamos una eternidad buscándola, por lo menos escúchanos.

La mirada de Sorin se vuelve hacia ella y Chandra guarda silencio. Transmite la impresión de un depredador, pero también hay algo fascinante en él. Arlinn se topó con muchos chupasangres en su vida, pero ninguno como este. Es como la diferencia entre los perros y los lobos.

En efecto, percibe algo carnívoro en la forma en que se levanta, en el modo de arrojar el libro a un lado, en sus andares y en la postura que adopta, con la mano apoyada impecablemente en el pomo de la espada.

―Dudo que una persona tan impulsiva entienda cuánto he sacrificado por este plano. Si mi familia ―dice prácticamente gruñendo― tanto desea precipitarse al hedonismo inútil de la noche eterna, yo ya he luchado suficiente por impedirlo. Que tengan su festín, pues.

Teferi levanta las manos para calmarlo y se pone delante de Chandra.

―Si no vas a escucharla a ella, escúchame a mí. Este plano es tu familia, Sorin, lo entendemos. Hiciste más que suficiente por él. Te pedimos la llave para aportar nuestra ayuda. Arlinn, aquí presente, tampoco quiere que caiga la noche eterna.

―No me digas ―responde el vampiro―. ¿Te importaría explicarme qué has hecho por el plano? Adelante, te escucho. ―Ahora avanza y la espada se desliza fuera de la vaina. La bestia que Arlinn lleva en la sangre la urge a atacar.

Pero no lo hace, todavía no. En vez de ello, planta los talones en el suelo de piedra.

―Sé que no comparto tu historia, pero llevo años viajando por el plano y escuchando a la gente. Creía que tú entenderías mejor que nadie por qué los humanos deben vivir. Tú creaste a Ava...

La espada silba en el aire antes de que termine de decir el nombre. Los reflejos sobrenaturales de Arlinn son lo único que le permite esquivarla, y luego desvía el arma golpeando la parte plana. Aun así, el acero muerde la carne. Una mancha roja salpica el suelo y un humo negro le escuece en los ojos. Los dientes de Arlinn se prolongan. Los ojos dorados del vampiro arden en la oscuridad.

―No tienes permiso para hablar de ella ―gruñe Sorin.

―¿Ya no recuerdas por qué la creaste? ―contesta Arlinn. Chandra le hace un gesto a espaldas de Sorin, con las llamas preparadas. Bastaría una palabra para que el grupo se lanzase contra él, pero no es lo que ella busca. Todavía no―. Necesitamos a los ángeles, esperanza y fe. Necesitamos el día... y la llave.

―¡Fuera de aquí! ―grita él. Su voz resuena en los pasillos con un eco feroz―. Ya.

―No me iré sin la llave ―responde Arlinn con la misma firmeza―. Puede que tú lo olvidases, pero yo no.

La espada se alza y otra cuchillada desciende cuando el vampiro se deja dominar por la ira. Arlinn vuelve a levantar el brazo.

Pero no hay necesidad. Una pluma dorada y brillante cae entre ambos, seguida un instante después por una guadaña con cabeza de garza. La espada choca contra el arma angelical y Sorin retrocede con furia para levantar la vista hacia la intrusa.

En plena noche, en tiempos fríos y oscuros e incluso aunque tal vez sea el principio del fin para Innistrad, la luz dorada que inunda la sala del trono trae consigo una oleada de esperanza que recorre a Arlinn por dentro, al igual que el fervor sagrado del ángel que se alza ante ella.

Puede que Avacyn ya no escuche las plegarias.

Pero Sigarda sí lo hace.

Sigarda, Champion of Light
Sigarda, campeona de la luz | Ilustración de Howard Lyon

―Sorin Markov ―dice ella con una voz resonante y un ligero eco que denota su naturaleza sobrehumana―, cuán bajo has caído. Luchaste por salir de la piedra solo para languidecer.

¿Aquella especie de nicho... era suyo? Qué extraño resulta sentir lástima por un príncipe vampírico milenario. Y más extraño todavía cuando ese mismo hombre amenaza a un ángel con la punta de su espada.

―¿Qué querrías que hiciese? Está claro que tienes todas las respuestas. Adelante, explícamelo. Hazlo o únete a los demás y lárgate de aquí.

Los ojos dorados de Sigarda se entrecierran. El ángel sostiene la mirada de Sorin, pero cuando habla, parece que se encuentra al lado de Arlinn:

―Arlinn Kord, tu fe me ha invocado a este lugar. La causa de tu corazón es justa. Encontrarás la llave de platalunar en los aposentos de Sorin, en la segunda planta. Márchate, yo he de hablar con él acerca de su antigua creación.

Chandra y Kaya no se lo piensan dos veces y se lanzan a toda prisa hacia las escaleras.

―¡Gracias! ―dice Chandra mientras corre por las lujosas alfombras. Teferi se demora lo justo para hacer una reverencia cortés y no tarda en seguirlas.

En cambio, Arlinn y Adeline se quedan y observan a Sigarda mientras descarga su guadaña contra él y los rasgos del vampiro se vuelven más salvajes ante el peligro. Un temor divino las paraliza. ¿Acaso los fieles no deben ayudar a sus ídolos? Las dos intercambian una mirada y Adeline alza su escudo.

―¡Yo lo retendré! ―grita el ángel mientras la espada de Sorin araña su armadura―. ¡Este es el momento de tener fe en mí!

Arlinn traga saliva. Quiere ayudar, pero Adeline la agarra del brazo.

―Nosotras solo la estorbaríamos ―masculla con el mismo desaliento que nota Arlinn.

Adeline quizá tenga razón.

Pero eso no le ofrece alivio alguno.

Arlinn echa a correr escaleras arriba siguiendo los pasos de Adeline, tratando de ignorar los gritos de dolor y de no contar cuántos son del ángel y cuántos corresponden al vampiro. Eso es, en sí mismo, un acto de fe.

Chandra es la que encuentra los aposentos, llenos de estanterías con libros y armas antiguas, y Teferi es quien da con la llave de platalunar. El artefacto reposa en la mano alzada de una estatua. Sorin debió de decapitarla, pero la armadura y las alas no dejan lugar a dudas sobre su identidad. La Avacyn sin cabeza está situada bajo el retrato de un Sorin joven acompañado de su abuelo, ambos vistiendo sus mejores galas.

Moonsilver Key
Llave de platalunar | Ilustración de Joseph Meehan

Arlinn toma la llave.

Por segunda vez en el día, murmura una plegaria.

En esta ocasión, reza para que Sigarda esté a salvo y el grupo consiga regresar a tiempo para la Cosechalia.

Sin embargo, es extraño rezarle a un ángel por su propia seguridad, y más aún para que altere el tiempo.

En Innistrad no hay garantías de nada, pero tratarán de sobrevivir, de resistir y de volver a contemplar la luz sagrada del día.

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