Episodio 5: Las dos guardianas

Posted in Magic Story on 9 de Octubre de 2020

By A. T. Greenblatt

A.T. Greenblatt is a mechanical engineer by day and a writer by night. She is the author of over two dozen science fiction and fantasy short stories and her piece "Give the Family My Love" won the 2019 Nebula Award for Best Short Story.

Mientras Nissa se disponía a luchar contra quienes había considerado sus aliados, se preguntó si abandonar Zendikar en el pasado habría sido un grave error.

Jace y Nahiri estaban ante ella y todavía resoplaban por haber cruzado corriendo la Ciudad del Canto. Detrás de sí estaban los elementales del bosque de Kazandu; decenas y decenas de ellos.

Si Nissa nunca se hubiera convertido en planeswalker, en aquel instante no sentiría en el pecho el dolor y la culpa por los errores del pasado y las amistades perdidas. Tampoco lamentaría la muerte de Gideon. Ni la pérdida del amor de Chandra.

―¿Cómo... has llegado... tan rápido? ―preguntó Nahiri. Tenía cortes y magulladuras en los hombros, mientras que su rostro reflejaba una ira absoluta y brutal.

En la cadera llevaba el zurrón que contenía el núcleo litoforme. El artefacto vibraba en silencio a través del cuero.

Nissa apretó los puños.

Por otro lado, si nunca hubiese abandonado Zendikar, si nunca hubiera fracasado y perseverado en sus esfuerzos, en aquel instante no estaría allí, en la salida de la Ciudad del Canto, para defender su hogar en un momento en el que no había nadie más para hacerlo.

―Mi sitio está en Zendikar. Es el corazón de mi poder y mi fuerza ―respondió Nissa―. Conozco todos los caminos y el modo de usarlos. Pero vosotros dos... —Recordó al elemental de helechos que Nahiri había asesinado sin pensar en la aerorruina de Akoum, y sintió que el ejército de elementales de Kazandu se encolerizaba aún más― nunca lo entenderéis. Marchaos de mi hogar.

Jace intentó razonar con ella, pero Nissa le ignoró. Tenía toda su atención centrada en Nahiri, que gritó:

―¡Este es mi hogar, moradora de los árboles!

Instintivamente, los elementales se pusieron en tensión y se aproximaron a Nissa, dispuestos a defenderla con sus vidas.

Por un momento, la sensación que imperó en ella fue la gratitud para con las encarnaciones de Zendikar, que la habían encontrado durante su exilio y la habían amparado cuando estaba sola.

Jace guardó silencio y levantó una protección mágica.

Los elementales, aquellos fragmentos del corazón y el alma de Zendikar, seguían apoyándola a pesar de sus errores y del daño que había causado accidentalmente.

Nahiri levantó ambas manos y las rocas de la Ciudad del Canto empezaron a temblar.

Los elementales no solo le habían enseñado cómo deben ser las familias, sino también lo que significa ser parte de una, y ahora acudían en su ayuda sin que ella lo pidiese. A ayudarla a ella, no a Nahiri.

“¿Qué haría Gideon?”, pensó Nissa.

“Te diría que es el momento de que tomes tus propias decisiones”.

―Defendamos Zendikar ―les dijo a los elementales con una voz más baja que un susurro. Aun así, ellos la escucharon. La comprendieron.

Y como una ola que rompe en la orilla, se lanzaron a la carga.


Nahiri siempre había confiado en el poder de la piedra; en su fortaleza, en que al final siempre sobreviviría a todo lo demás. Sin embargo, por primera vez desde hacía siglos, ante aquella oleada de decenas y decenas de elementales, empezó a dudar del poder de la litomancia.

Al igual que Nissa, aquellas criaturas se movían a una velocidad imposible.

Nahiri alzó una columna de roca una fracción de segundo antes de que un elemental con forma de bestia se abalanzara sobre ella. La criatura rugió y, con un golpe de las hojas que formaban sus zarpas, rompió el obstáculo en mil pedazos. La bestia bramó y Nahiri le respondió con un grito. Trazó un arco con los brazos y convocó las piedras justo cuando aquella cosa se abalanzó sobre ella. Un puño de granito salió disparado del suelo y derribó a la criatura.

Nahiri sonrió.

Pero su satisfacción se desvaneció en cuando vio a Nissa. La elfa estaba en el aire, de pie sobre un amasijo de ramas; tenía los brazos estirados y la envolvía un remolino de energía verde. Y detrás de ella...

Detrás de ella había un elemental distinto de todos los demás. Era inmenso, con cuerpo en forma de águila, pero formado por raíces de jaddi que se retorcían y entrelazaban. El ser avistó a Nahiri y, raudo como la furia, se lanzó a por ella con el pico abierto y las garras extendidas.

Nahiri convocó a las piedras para defenderse, pero las uñas de la criatura se clavaron en sus hombros. Sorprendida por el ataque, Nahiri gritó de dolor. Entonces, el águila batió las alas y empezó a levantarla del suelo.

“Y un cuerno”, pensó Nahiri, e hizo un giro con las muñecas hacia la bestia. En un instante, una treintena de espadas refulgentes atravesaron al águila de jaddi. La bestia lanzó un chillido y dejó caer a Nahiri. Al aterrizar, rodó para apartarse de la criatura y ponerse en pie, pero entonces se topó cara a cara con un gran elemental de agua, en cuyo interior flotaban algas e incluso nadaban peces.

―Tiene que ser una broma ―siseó Nahiri, y saltó a un lado cuando el ser trató de propinarle una patada acuosa en la cabeza.

El elemental continuó el ataque y no le dio oportunidad de responder.

Entre evasión y evasión, Nahiri vio que Jace maldecía y creaba ilusiones de llamas y engendros eldrazi, haciendo que los elementales retrocedieran por instinto. Estaba impresionada: el mago empleaba los miedos de Zendikar como arma y escudo al mismo tiempo, y sus trucos ilusorios le permitían esquivar el asedio de picos, fauces, zarpas y espinas.

Sin embargo, Nahiri sabía que apenas estaban logrando resistir el asalto implacable.

“¿Cómo es posible que la elfa haga todo esto?”, pensó.

Por un horrible segundo, Nahiri se preguntó si Nissa tenía razón. Si los elementales eran las encarnaciones del plano, Zendikar le había otorgado un ejército con el que luchar. En cambio, ella no tenía nada.

No, eso no era cierto. Nahiri tenía fuerza y determinación. Había dominado la piedra. Había sobrevivido durante milenios. Era la guardiana del auténtico Zendikar, el mundo del pasado. Era la protectora de los cimientos y las piedras angulares del plano.

E iba a poner fin a aquella locura.

Con un movimiento fluido, Nahiri creó una mano de piedra y repelió de un empujón al elemental de lluvia y hojas otoñales. Entonces enderezó los hombros, se plantó en el suelo con los pies separados y preparó el contraataque.

Clavó los ojos en Nissa y dio una sonora palmada.

De pronto, medio centenar de espadas al rojo surgieron de los alrededores y volaron hacia la elfa.

Los ojos de Nissa reflejaron su estupefacción, pero antes de que las armas la alcanzaran, la gigantesca águila de raíces apareció de nuevo, sin que Nahiri viese de dónde, y las abatió con un barrido de sus alas.

“Maldita sea...”, pensó Nahiri, y volvió a convocar las piedras. Trató de arrojar rocas enormes contra Nissa, de hacer que el suelo la atrapase, de lanzar más espadas contra ella. Pero los elementales defendieron a la elfa con ferocidad, como si fueran más que simples herramientas inconscientes. Como si supieran que luchaban por sus vidas.

“¿Cómo puede alguien tener una buena vida si su mundo está roto y en declive?”, pensó Nahiri con el ceño fruncido. Atacó otra vez, y otra, y otra...

Cuando un grifo gigantesco, formado por los edros rotos y el musgo de la Ciudad del Canto, devoró una decena de lanzas de piedra y pareció mirarla con una sonrisa macabra, Nahiri entendió que debía cambiar de táctica.

Y echó a correr.

Durante la huida, esquivó, bloqueó y evitó los zarpazos, las dentelladas y los golpetazos de los elementales. No se detuvo hasta cruzar las grandes puertas de mármol de la Ciudad del Canto.

Tenía que proteger el núcleo y estaba segura de que la piedra de la ciudad antigua le prestaría ayuda.


Jace nunca había visto tantos elementales con tantas formas distintas. De no ser porque estaban atacándole, se habría sentido fascinado.

Pero estaban atacándole y tenía que emplear toda su habilidad y su astucia para evitar los golpes sin devolverlos. Era consciente de que, si quería recuperar a Nissa como amiga y aliada, no podía hacerle daño a Zendikar.

Además, tenía que conseguir el núcleo litoforme. Para ello, debía encontrar una manera de negociar la paz entre las dos guardianas de Zendikar.

En ese momento, vio por el rabillo del ojo que Nahiri había emprendido la huida hacia la Ciudad del Canto. Planeara lo que planease, sabía que no ayudaría a acordar la paz entre Nissa y ella.

Jace trazó dos arcos ascendentes con las manos y levantó una ilusión. Una nube de niebla de una densidad sobrenatural le permitió desaparecer y confundir al elemental de hiedra y liquen que se cernía sobre él. La estratagema le permitió ganar algo de tiempo.

Oculto en la niebla ilusoria, Jace corrió en pos de Nahiri.

Logró colarse en la Ciudad del Canto unos segundos antes de que un estruendo ensordecedor retumbara detrás de él. Cuando se giró para ver el motivo, descubrió que un gran muro de piedra había aplastado las puertas de mármol y bloqueado la salida de la ciudad.

Jace quedó atrapado dentro, donde empezó a oír de nuevo un canto espeluznante.


Nahiri oyó a los elementales del exterior, que aporreaban las murallas de la Ciudad del Canto con sus puños de fango y sus alas de musgo, inútiles contra la superficie de piedra. Aquel ruido la complacía.

Nissa no podía destruir su fortaleza improvisada mientras ella estuviese dentro para mantenerla en pie.

Aun así, pensar que todos aquellos monstruos de la naturaleza estaban atacándola le producía escalofríos. Además, estar rodeada de paredes y oír el canto perturbador de las voces invisibles le revolvía el estómago, ya que le recordaba demasiado a los siglos que había pasado atrapada en el Helvault.

Alzó los brazos y convocó el lecho de roca y la arenisca. Como una danza, hizo que se elevaran, se entrelazaran y se hicieran más fuertes, más resistentes que las murallas originales de la Ciudad del Canto, erigiendo una enorme fortaleza indestructible sobre las ruinas.

El cuerpo le dolía por el esfuerzo, pero se negaba a permitir que aquella necia elfa consiguiera el núcleo. Nahiri estaba demasiado cerca de sanar Zendikar y volver a convertirlo en el mundo estable y equilibrado que había conocido.

En el interior de la fortaleza, el estruendo de los elementales se amortiguó y el canto de la ciudad se convirtió en una melodía casi imperceptible. Dejó escapar un suspiro. Por fin tenía un momento de soledad.

―Nahiri...

“Maldita sea”, pensó. No tuvo que darse la vuelta para saber quién la había llamado: reconocía el patrón de las pisadas de Jace en la piedra, aunque no las había sentido hasta aquel momento.

Se giró y vio al mago caminar hacia ella.

―Si intentas llevarte el núcleo ―amenazó Nahiri con calma―, te añadiré a mi colección de trofeos.

Eso hizo que Jace se detuviese.

―No quiero luchar contra ti ―dijo él con las manos levantadas en un gesto conciliador―, pero... vayamos a Rávnica, por favor. Creo que Nissa estará más dispuesta a escucharnos allí.

―Ya lo creo que escuchará ―contestó Nahiri, cada vez más enfadada―. Escuchará, escuchará... y cuando llegue el momento de elegir, preferirá que este mundo siga hecho pedazos, en ruinas.

Nahiri apretó los puños y empezó a deshacer el techo de la fortaleza para ver el cielo abierto. Levantó la mirada hacia los edros que había construido hacía una eternidad. Localizó todos los que vagaban en los alrededores de la Ciudad del Canto. Había decenas de ellos.

―No, Jace, el núcleo no funcionará en otro plano. Se quedará aquí.

―Repito que no quiero luchar contra ti ―insistió él sin un ápice de agresividad en la voz.

Sin embargo, Nahiri percibió lo que no transmitieron sus palabras, la otra mitad de aquel mensaje: “Pero lo haré”.

―Por favor... ―dijo él.

Sin embargo, Nahiri estaba harta. Harta de aquellos planeswalkers incapaces de ver lo que tenían ante sí. Las manos le temblaron de exasperación y usó aquella energía para tirar de los edros que flotaban en el cielo y situarlos sobre Jace.

―Nahiri... ―dijo Jace, alarmado. Los edros lo rodearon y empezaron a girar, atrapándolo en un círculo―. ¡Escúchame, por favor!

Nahiri estaba harta de escuchar. Se elevó por encima de Jace, alimentada por la furia y el dolor. Con un giro de los dedos, una energía azul envolvió sus manos y la canalizó hacia los edros, atrapando a Jace en el peligroso anillo. Entonces, le ordenó al círculo que se cerrara.

Quería que su rostro fuera la última imagen que Jace vería jamás.

Pero justo entonces, percibió un movimiento por el rabillo del ojo. Reconoció aquella silueta, aquella postura, aquella amenaza fría y silenciosa.

Nahiri se giró y se encontró cara a cara con su antiguo mentor, su enemigo acérrimo: Sorin.

Estaba observando desde el muro de la fortaleza, a escasos metros de ella, a su misma altura. Su gabardina negra ondulaba detrás de él y el vampiro sonreía.

―¿Qué haces aquí? ―preguntó Nahiri entre dientes.

Sorin no respondió, tan solo levantó una mano con aquella actitud peligrosa que ella conocía tan bien. Con el leve movimiento que anunciaba un ataque devastador.

“Justo lo que me faltaba”, pensó Nahiri apretando la mandíbula. Entonces lanzó un grito e hizo que una estaca de piedra saliera disparada del suelo, directa hacia el pecho del vampiro.

Sorin desapareció entre la ráfaga de piedras y Nahiri soltó un bufido. Un instante después, su enemigo volvió a aparecer con la misma sonrisa, como si no hubiese ocurrido nada.

Nahiri pestañeó, confundida. Entonces prestó atención a las piedras que había bajo los pies de Sorin y descubrió que no estaban soportando el peso del vampiro.

“Es una ilusión, un truco de Jace”, comprendió.

Pero se dio cuenta demasiado tarde. Una niebla densa la envolvió y le impidió ver más allá. Luego oyó el repiqueteo de sus edros al caer al suelo.

De pronto, Nahiri no fue dueña de sus pensamientos.


“¡Ha funcionado!”, pensó Jace cuando los edros cayeron a su alrededor. Notaba que la mente de Nahiri se resistía a su control. Odiaba tener que recurrir a aquella táctica, pero sus opciones eran muy limitadas.

El zumbido de la Ciudad del Canto empezó a volverse más intenso.

“Tengo que darme prisa”. Dudaba si podría contener los pensamientos de Nahiri mientras se concentraba en el hechizo de silencio.

Nahiri se sentó lentamente y le ordenó que estuviera quieta. Con cautela, Jace se acercó a ella.

Abrió el zurrón que llevaba a la cadera.

Y sacó el núcleo litoforme.

El artefacto brilló como un faro en manos de Jace y vibró suavemente, con una promesa de poder.

La canción perturbadora de la ciudad cobró fuerza y Jace sintió un anhelo súbito e inexplicable.

Se vio a sí mismo empleando la energía del núcleo y resolviendo rencillas sin necesidad de debatir ni luchar contra otros. Sin tener que poner en peligro a sus amigos ni a sí mismo.

Con el núcleo, un pensamiento bastaría para cambiar el mundo fácilmente. Para cambiar todos los mundos.

“No, yo no soy así”, pensó Jace al rechazar aquella tentación.

En ese momento, sintió una punzada de dolor cuando la mente de Nahiri se agitó con energías renovadas. Había ira en su rostro, en todas las facetas de su cuerpo paralizado. Jace estuvo a punto de perder el control sobre ella, pero lo recuperó en el último segundo.

―Déjame salir de la fortaleza. Baja la pared que conduce a la entrada ―le ordenó.

La mente de Nahiri se opuso, pero se oyó un sonido de piedras que se desmoronaba a lo lejos, mientras que el ataque de los elementales se volvía más fuerte.

Jace frunció el ceño. Tendrían que estar colaborando entre todos para buscar una solución para Zendikar, en vez de luchar unos contra otros.

Hubiera podido llevar el núcleo a Rávnica en ese mismo instante. Debería haberlo hecho. Nahiri aseguraba que el núcleo solo funcionaba en Zendikar, pero Jace quería poner a prueba aquella teoría en un entorno seguro, lejos de aquel mundo ya maltrecho.

Sin embargo, sabía que, si desaparecía con el núcleo sin decírselo a Nissa, perdería su confianza para siempre. Quería conservar su amistad y necesitaba su ayuda para las batallas venideras.

Jace envolvió el núcleo en su capa y salió de la Ciudad del Canto lo más rápido que le permitió su cuerpo fatigado. La canción perturbadora era cada vez más fuerte y la notaba incluso en los huesos. Aceleró el paso hasta un ritmo que no se creía capaz de alcanzar. Tenía que llegar a la entrada antes de que Nahiri recuperase el control y la sellase de nuevo. Tenía que llegar hasta Nissa.

Cruzó los restos de las puertas de mármol justo antes de perder el control sobre la mente de Nahiri y de que las murallas de piedra cerraran el acceso a la ciudad antigua.

“Por muy poco”, pensó con una pizca de satisfacción.

Sin embargo, no vio venir el brazo gigantesco de raíces y brotes verdes hasta que lo tuvo encima. Hasta que el elemental lo inmovilizó con una de sus cuatro inmensas manos y se cernió sobre él, tapando la luz del sol. Jace se quedó atónito al toparse frente a frente con Ashaya.

―¡Tengo que hablar con Nissa! ―le gritó, pero Ashaya le estrujó con más fuerza el esternón.

Apretando un puño, Jace envolvió a ambos en unas llamas ilusorias que amenazaban con calcinarlos, con la esperanza de crear una distracción para huir.

Pero Ashaya no se dejó engañar.

Sin inmutarse, el elemental rebuscó en la capa de Jace con sus zarcillos y extrajo el núcleo litoforme.

―Espera... ―masculló Jace, pero fue en vano.

Ashaya examinó el artefacto unos segundos antes de lanzarlo hacia atrás por encima de un hombro...

Directamente hacia las manos de Nissa.


“Debería destruirlo”.

Esa fue la idea inicial de Nissa cuando sostuvo el núcleo litoforme por primera vez.

Escúchame, por favor.

Aquel pensamiento no fue suyo, pero la voz le resultó familiar. Su mirada vagó hacia Jace, que se resistía al agarre de Ashaya. Tenía una expresión suplicante.

Con cierta indecisión, permitió que Jace entrara en sus pensamientos.

Nissa, por favor, tenemos que poner fin a esto ―pensó Jace―. Diles a los elementales que se retiren.

Si lo hago, Nahiri aprovechará la tregua para intentar aplastarnos. Ya has visto lo despiadada que es.

De pronto se oyó un gran estruendo y Nissa vio que las murallas de la ciudad empezaban a rehacer su estructura. Nahiri surgió en lo alto del caos de piedra y los elementales se apresuraron a rodearla.

Por favor ―pensó Jace―. Vayamos a Rávnica. Allí podremos estudiar juntos el núcleo.

¿Qué garantías tienes de que no destruiremos Rávnica por accidente? ―contestó Nissa―. He visto el daño que puede causar el núcleo. Deberíamos destruirlo.

Nahiri me ha dicho que no funcionará fuera de Zendikar. Allí podremos examinarlo con seguridad.

A lo lejos, Nahiri empezó a encerrar a los elementales en prisiones de piedra con movimientos centrados, precisos y furiosos. Nissa se quedó perpleja cuando cuatro paredes impenetrables se alzaron para contener a un elemental fluvial.

No puedes fiarte de su palabra ―pensó para Jace.

Apretando la mandíbula, Nissa extendió las manos en dirección a Nahiri y proyectó una onda de energía verde.

Escúchame ―insistió Jace.

Nahiri lanzó un grito de batalla y desvió la energía de Nissa con una pared de roca.

Los Guardianes podemos darle uso al núcleo ―pensó Jace mientras se debatía contra las raíces de Ashaya―. Hay algo que no sabes. Tengo... Tenemos otras batallas que librar, Nissa.

Los Guardianes fracasaron. Se supone que debíamos proteger aquello que amamos, pero ni siquiera pudimos protegernos unos a otros.

El corazón de Nissa se encogió al recordar el rostro de Gideon cuando sonreía y los momentos tiernos y de esperanza con Chandra. Al pensar que, al menos por un tiempo, entre los otros planeswalkers, había sentido que existía un lugar para ella.

Erais como una familia para mí.

A unos treinta metros, Nahiri luchaba para abrirse paso y se acercaba cada vez más a Nissa mientras un elemental tras otro caía ante los ataques implacables de la kor.

“No, no, no”. Nissa no podía perder aquella lucha. En sus manos, el núcleo se volvió más cálido.

Escúchame.

―¡Ya te escucho! ―le gritó a Jace―. ¡Tú eres el que no escucha!

A él no: a mí.

El núcleo brillaba con insistencia en su mano y Nissa comprendió por qué le resultaba tan familiar aquella voz. Había algo especial en su cadencia, como si el pulso, las vibraciones y el aliento de Zendikar, que ella conocía tan bien, hubiesen encontrado sus propias palabras.

¿Quién eres? ―preguntó ella.

Soy yo. Soy tú.

A quince metros, Nahiri sorprendió a un elemental de tierra y estampó un pie pétreo contra él, haciéndolo caer de rodillas.

Nissa lanzó una maraña de enredaderas contra los tobillos de Nahiri.

¿Por qué no me habías hablado hasta ahora? ―le preguntó al núcleo.

Nahiri esquivó las enredaderas con un giro y un salto ágiles y aterrizó sin dificultades.

Hubo una leve vibración en el ritmo de la tierra y el aire. Nissa comprendió que era la risa de Zendikar, simultánea a la que escuchó desde el núcleo en ese instante.

¿Cómo...?

Aquello era imposible. Nissa se sintió confusa y no tenía tiempo para resolver un nuevo misterio. Nahiri estaba cada vez más cerca.

Pero si era Zendikar... Si de verdad era Zendikar...

¡Nissa, por favor! ¡Deja que me lleve el núcleo! ―pensó Jace, pero ella le ignoró.

El objeto que sostienes es una parte muy antigua de mí. Está repleto de energía ―explicó el núcleo.

Nissa arrugó el ceño y apuntó a Nahiri con otro hechizo.

¿Cómo es posible? ¿Por qué crearon un artefacto así los antiguos kor?

Para enmendar los daños.

A diez metros, Nahiri levantó una barrera de arenisca para desviar la siguiente ráfaga de enredaderas. Avanzó varios pasos más y se detuvo ya muy cerca de Nissa.

―¡Dame el núcleo! ―gritó.

Jace, ¿me ayudarás? ―pensó Nissa. Él asintió, pero incluso desde lejos, saltaba a la vista que estaba planeando algo.

Un segundo después, Nissa notó unos zarcillos de energía que se deslizaban por su cabeza. Con horror, comprendió que Jace estaba intentando tomar el control de su mente.

Nissa cortó el vínculo mental entre ellos y, con un pensamiento, le pidió a Ashaya que se asegurase de inmovilizar a Jace. El elemental respondió aferrando al mago con sus cuatro extremidades y Jace soltó un gemido de dolor.

―¡Conocí este plano cuando estaba íntegro ―gritó Nahiri―, pero tú quieres aferrarte a los fragmentos rotos que quedan de él!

Nissa estudió a su adversaria sin saber qué decir. Nahiri estaba cubierta de mugre y sangraba, pero su furia y su determinación eran indomables. Entonces, Nissa comprendió lo sola que estaba la kor.

“¿Qué haría Gideon?”, pensó, pero luego recapacitó. “No: ¿qué creo yo que debo hacer?”.

Confía en tu fortaleza ―susurró la fuente de poder que sostenía.

―Que algo esté roto no significa que sea débil, Nahiri. Ni tampoco que no sea hermoso ni pueda redimirse.

―Lo dice la planeswalker rota que destruye todo cuanto toca ―contestó Nahiri.

Nissa apretó el núcleo con más fuerza. Las palabras le dolieron..., pero no tanto como hubieran dolido en el pasado, pues lo que Nissa vio tras la expresión cruel de Nahiri fue miedo.

Y en ese momento, Nissa supo exactamente lo que debía hacer.

Protegeré mi hogar y a mi familia. Lo intentaré una y otra vez hasta que lo consiga.

―Una vida rota también merece ser vivida ―respondió Nissa manteniéndose firme y mirando a los ojos a la litomante―. Tú eres lo que Zendikar fue en el pasado. Yo soy lo que es ahora.

Un atisbo de duda afloró en el rostro de Nahiri. Sin embargo, se desvaneció enseguida y la kor alzó las manos con un rugido.

Decenas y decenas de edros acudieron a ella flotando en el aire. Los artefactos empezaron a girar, a formar un patrón elaborado, e hicieron saltar chispas de energía entre ellos.

Todos los elementales del campo de batalla se encogieron y parte de ellos desaparecieron. Nissa entendió que Nahiri prefería destruirlos a todos antes que admitir que se equivocaba. Estaba dispuesta a mermar la esencia del espíritu de Zendikar solo para dominarlo. Si le permitía llevar a cabo sus planes, Nissa lamentaría la pérdida de otra parte del alma herida de Zendikar.

En su mano, el núcleo brilló como un faro.

Los edros giraron en torno a Nahiri cada vez más rápido, acumulando energía. Como una tormenta a punto de estallar.

¿Y si yo también provoco destrucción, como Nahiri? ―pensó Nissa.

Confía en tu fortaleza ―le susurró su hogar.

Nissa cerró los ojos, respiró hondo e imaginó un Zendikar mejor. Uno que no estuviese caracterizado y marcado por las heridas de los Eldrazi. Uno que no rezumara el veneno que habían dejado a su paso. Imaginó un mundo más sano, pero todavía fragmentado, peligroso y bello.

El núcleo se volvió más cálido y emitió un zumbido entre las palmas de sus manos. Nissa percibió que las líneas místicas de Zendikar se extendían ante ella. Y con una facilidad inesperada, la magia de Nissa se fusionó con la energía del núcleo.

Entonces la liberó.

Se produjo un destello. Estalló un rugido sordo. Una ráfaga de viento alcanzó a Nissa y la dejó sin aliento. Olía a ceniza y lluvia, a tierra y arroyos, a magia antigua y temible.

El poder del núcleo chocó contra los edros y provocó una lluvia de chispas y energía. El rugido sordo se convirtió en un clamor retumbante. La luz se volvió cegadora. El viento ganó intensidad.

Y entonces no hubo nada en absoluto.

Nissa abrió los ojos despacio, aterrada por el silencio y el repentino vacío que sentía en los alrededores. Incluso el núcleo se había apagado entre sus manos.

Lo que vio hizo que se le formase un nudo en la garganta y el pánico le oprimiera el pecho.

La Ciudad del Canto había desaparecido. De ella no quedaba más que polvo. Lo mismo había ocurrido con una gran extensión del bosque. Todo había sido reducido a cenizas.

Por todo el campo de batalla, los elementales yacían entre el polvo, inertes.

―No... ―susurró antes de correr hacia el más cercano.

Era la encarnación de un gran árbol, un jaddi de delicadas flores amarillas entrelazadas en sus extremidades. Nissa se arrodilló a su lado y posó una mano en su piel de corteza áspera.

―No...

“Otra vez no. Otra vez no...”.

El elemental se movió al notar el contacto de su mano.

Abrió los ojos y pestañeó perezosamente. A continuación se levantó, primero con un ligero temblor, pero luego ganando más fuerza y confianza a cada segundo. El elemental le estrechó la mano y Nissa vio que se estaba volviendo más alto, más fuerte.

Las lágrimas brotaron en los ojos de Nissa cuando los elementales resurgieron por todo el campo de batalla, sacudiéndose el polvo y volviéndose más íntegros y vivaces. Notó que el núcleo se deslizaba entre sus manos y caía en el suelo ceniciento, pero no importaba. El artefacto antiguo ahora estaba en silencio. Su luz se había apagado.

“Ha cumplido su propósito”, comprendió ella con una sonrisa. El núcleo había enmendado el daño. Nissa cerró los ojos y escuchó.

Oyó a Nahiri levantarse del suelo dolorosamente. A varios metros de ella, Jace hacía lo mismo. Un poco más lejos, los tiernos brotes de jaddi estaban surgiendo entre las ruinas del bosque. Más lejos de allí, una tierra fértil e íntegra estaba reemplazando los yermos contaminados que había dejado la batalla contra Emrakul. Y más lejos todavía, los bosques de Bala Ged volvían a florecer y crecían a un ritmo que solo la magia podía lograr.

Zendikar estaba curándose, convirtiéndose en un mundo más sano y fuerte de lo que había sido antes del conflicto contra los Eldrazi. Aunque las cicatrices seguían allí, ahora serían recuerdos, no sus rasgos característicos.

Por primera vez en mucho tiempo, Nissa rio con auténtica alegría y oyó a Zendikar reír junto a ella.

“Confía en tu fortaleza”, pensó para sí.

Nissa convocó a la vegetación y sonrió cuando las ramas crecieron y se arremolinaron bajo ella, elevándola en el aire. Se giró hacia el este y, rauda como el viento, siguió las líneas místicas de la tierra volando a través del bosque hacia Bala Ged, viajando como solo ella sabía hacer. Recorrió el mundo a toda velocidad mientras Zendikar vibraba felizmente en sus oídos.

Por fin estaba en su hogar.


Jace recogió el núcleo inerte y observó a Nissa mientras desaparecía a lo lejos. Se planteó llamarla, pero entendió que no serviría de nada. Aquel día, en Zendikar se habían cometido errores y muchos los había causado él. Ahora entendía cómo se había sentido Nissa después de la guerra en Rávnica.

En los alrededores, los elementales se erguían repletos de salud y vigor. Entonces, uno a uno, volvieron a unirse con la tierra o desaparecieron en el interior de los jaddi.

Algo le rozó una bota. Jace se sobresaltó, retrocedió un paso y bajó la vista.

Entre el polvo y los escombros de la zona, las plantas estaban volviendo a brotar, creciendo y prosperando a un ritmo asombroso.

“Como un brote de vida después de la Turbulencia”, pensó. Había leído acerca de ellos, pero nunca había visto aquel fenómeno.

―¿La energía se ha agotado? ―preguntó Nahiri, que se acercó a él apartando una rama de una patada.

Jace tardó un momento en comprender que se refería al núcleo apagado que sostenía entre sus manos.

―No lo sé.

―No tendría que haberla usado ella ―dijo Nahiri con indignación.

―Yo creo que era exactamente la persona que debía usarla ―opinó él.

Nahiri frunció el ceño.

―Tenemos que pedirle disculpas ―añadió Jace―. Estábamos equivocados.

―¿Crees que podrás arreglar todo esto? ―le soltó Nahiri―. ¿Con una disculpa? Hoy has vuelto a crearte enemigos, Jace, pero eres así por naturaleza, ¿verdad? Cada vez que intentas hacer algo bien, solo empeoras las cosas.

Jace no respondió. No intentó replicar mientras la kor anciana le daba la espalda y abandonaba el plano. Estaba empezando a entender que había batallas que no merecía la pena librar.

Pero otras, sí.

“Nissa... Lo siento mucho. Tendría que haberte escuchado mejor”.

Había causado mucho daño tanto a su amiga como al hogar que ella amaba. También entendía que el gran pesar que sentía en ese momento no disminuiría con el tiempo.

Y así, mientras Jace permanecía de pie entre el polvo de Zendikar, con el núcleo muerto en sus manos y la vida floreciente enroscándose alrededor de sus botas, deseó que las palabras de Nissa fueran ciertas.

Que las cosas rotas pudieran redimirse.

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