Hambre

Posted in Magic Story on 5 de Octubre de 2020

By Brandon O'Brien

Brandon O'Brien is a writer, performance poet, and game designer from Trinidad and Tobago whose work can be found in Uncanny Magazine, Fireside Magazine, and New Worlds, Old Ways: Speculative Tales from the Caribbean. He is also the former Poetry editor of FIYAH: A Magazine of Black Speculative Fiction.

Casi en las afueras de la Ciudad Libre de Nimana, un hombre vestido de gris oscuro caminaba en plena noche hacia los campamentos. Se sujetaba el cuello del abrigo para protegerse de la brisa y estaba atento a toda la gente con la que se cruzaba en la calle del mercado. Los lugareños reconocían que era un forastero sin necesidad de ver el rostro que se ocultaba debajo de la capucha, puesto que caminaba con cuidado, como si conociese los peores rumores acerca de la ciudad. Los ojos de los ladrones se entornaban al advertir los detalles menos evidentes: el peso de los saquitos con monedas que llevaba en varios bolsillos, el pergamino que aferraba en el interior del abrigo y la forma de andar, que daba a entender que el hombre trabajaba para alguien que le pagaba bien... y de quien sentía un miedo atroz.

Cerca de un extremo del mercado se encontraban las tiendas de campaña donde los aventureros mercenarios hacían sus negocios. Allí, la reconstrucción progresaba más despacio que en ninguna otra parte y aún había viviendas enteras en ruinas, aunque al menos se habían despejado los escombros para hacer sitio a las actividades habituales de la ciudad. El encapuchado vio a varios tritones que discutían a gritos con los carniceros por el precio de la carne de monstruos que habían cazado. Tampoco faltaban los charlatanes que componían relatos exagerados acerca de las baratijas que intentaban vender. Más adelante se hallaban los grupos expedicionarios, que intercambiaban historias y revisaban sus herramientas a la luz tenue de las antorchas y la luna, aguardando a que alguien les ofreciese trabajo.

Sabía a quién buscaba. Su cliente le había mandado encontrar a un espadachín que solía beber en el mercado. Aquel hombre pertenecía a uno de los grupos más brutales y eficientes de Guul Draz, una banda anónima de viajeros a la que poco le importaban las aventuras o los hallazgos: a ellos solo les interesaba el oro. Aquello resultaba conveniente para el encapuchado y para quien lo había contratado, porque no querían gente que se distrajese con otros asuntos ni se fuese de la lengua. Solo querían que les despejaran el camino.

No tardó en dar con la persona que buscaba. Estaba de pie en un rincón en el que dos curtidores ancianos vendían pieles de bestias exóticas. El mercenario tenía un hombro apoyado en la pared mientras limpiaba una espada corta con su camisa de lino. Cuando notó la mirada del encapuchado, levantó la vista hacia él.

―¿Buscas algo, amigo?

―¿Eres Tarsa, por casualidad?

El espadachín soltó un bufido y asintió.

―Acompáñeme ―le dijo al desconocido.


Anowon, the Ruin Thief
Anowon, el Ladrón de las Ruinas | Ilustración de Magali Villeneuve

Ninguno de los dos notó que el vampiro los seguía. Había acechado al emisario desde antes de que entrase en el mercado, cubriéndose con la capucha de su capa de color rojo sangre para ocultar su palidez. En tiempos recientes, aquel vampiro había aprendido bien a ocultarse y a no llamar la atención. Era un hombre odiado en muchos sitios, un asesino y un ladrón de mayor infamia que renombre, un objetivo de insultos por parte de algunos y de palizas por parte del resto. Los grupos expedicionarios que le permitían viajar con ellos lo hacían con recelo y mantenían sus cuchillos al alcance de la mano mientras dormían.

Sospechaba que seguir a aquel enviado sería el primer paso para ponerle fin a esa fama. En efecto, Anowon creía que aquel hombre sería su camino a la redención.

Cuando Tarsa llegó a las tiendas de campaña, hizo un gesto a dos aventureros que se irguieron y se acercaron a ellos con aire de profesionales. Se trataba de un elfo y su camarada kor, de figura esbelta y cabello plateado, que le ofreció al emisario una copa de latón con un líquido transparente y de olor fuerte antes de preguntar:

―¿Adónde planea enviar a los mejores exploradores de Nimana, señor?

El emisario de ropas grises rechazó la bebida con un gesto de la mano.

―Ahorrémonos las gentilezas. Yo no soy nadie importante, solo la voz viajera de alguien que desea contrataros.

Anowon se mantuvo alejado y escuchó a escondidas desde un callejón cercano. Le hubiera gustado encontrarse con el emisario a solas, proponer una expedición y buscar luego a su propio grupo, pero ya era demasiado tarde. Tal vez aquella banda fuera suficiente. En Nimana se contaban grandes historias acerca del equipo de Tarsa, de su conducta imperturbable y su sentido agudo para los viajes. Anowon también había oído algo que el emisario probablemente desconocía...

―Parece que un miembro del equipo no está aquí ―dijo retirándose la capucha para rascarse el pelo azabache mientras miraba alrededor―. Tenía entendido que erais cuatro, pero...

Tarsa intervino enseguida, con el ceño fruncido con frustración:

―Hemos... perdido a un compañero en un trayecto a Ondu. ―Echó un vistazo a su camarada kor, que había apretado los puños al oír la pregunta, pero se destensó cuando percibió la mirada de su capitán―. Pero no tema que no vayamos a cumplir nuestro trabajo por ello, señor.

“Ondu”. Anowon se acercó un paso al oír aquello. Aunque no consiguiera el encargo, encontrar a aquel grupo en particular seguía siendo un pequeño golpe de suerte.

―Imagino que es una lástima ―comentó el emisario―. Me refiero a que es irónico que venga a ofreceros un encargo en Ondu; un encargo realmente peligroso, según quien me paga.

“Una auténtica suerte”, pensó Anowon.

―¿Cómo de peligroso?

El emisario miró a quien le había ofrecido la bebida.

―Eres Nadino, ¿verdad? ―No esperó a que le respondiese―. ¿Has tenido ocasión de ver la aerorruina de la Isla Jwar?

Nadino se puso en tensión otra vez, pero Tarsa volvió a dirigirle una mirada tranquilizadora y tomó la palabra.

―Hemos estado allí ―respondió con calma.

―Vaya... ―Se hizo un silencio hasta que el emisario continuó―. Puede que no sea el mejor...

―No se preocupe ―dijo Nadino entre dientes―. Son los gajes del oficio. Escucharemos la propuesta.

―Además, al menos yo quiero la revancha contra aquel maldito monstruo ―añadió Tarsa con una mueca de rabia.

―Faucesiniestras, según lo llaman ―dijo el emisario―. De hecho, sería vuestro objetivo. Está siendo un estorbo para las rutas de viaje verticales de la zona, lo que afecta al negocio de las expediciones. Mi cliente pagará el precio que pidáis si conseguís ganar el segundo asalto.

—Je... ―rio Nadino por lo bajo―. Por supuesto. Decapitarlo será un incentivo.

―¿Un incentivo? ―El emisario mostró una sonrisa―. Mi cliente ofrecería un pago por cada cabeza.

―¿Y quién es su... cliente?

―Eso no os incumbe; os basta con saber que el encargo está bien pagado.

El emisario extrajo de un bolsillo un saquito de terciopelo azul real y lo lanzó en arco hacia delante. Tarsa lo atrapó al vuelo instintivamente; por el peso, probablemente contenía unas ciento cincuenta monedas.

―Eso es para los gastos ―aclaró el desconocido―. Por supuesto, también podréis quedaros con lo que encontréis, pero recordad que pagamos por liquidar un problema, no por peinar las ruinas.

Anowon se llevó una mano a un bolsillo de su capa y aferró un documento mientras escuchaba. Aquella aerorruina también tenía algo que ofrecerle a él, si se presentaba la ocasión de exponer su propuesta...

Sus notas cayeron revueltas al suelo cuando un elfo lo inmovilizó por la espalda y le estrujó el cuello rodeándolo con un brazo.

―¡Jefe! ―llamó el bribón―. ¡Creo que he pescado un espía!

―¡Suéltame, pedazo de...!

Todas palabras con las que Anowon hubiera terminado la frase eran amargas. Sin embargo, ahora estaba poniendo todo su empeño en dejar atrás los resentimientos. Sabía que le aguardaban muchas situaciones como aquella. Ese era el motivo por el que se molestaba en ocultarse, lo que, en retrospectiva, había sido una pésima idea por esa misma razón. Por eso tampoco opuso resistencia, por muy fácil que hubiera sido imponerse a todos los presentes. No quería que las hostilidades empeoraran, sobre todo porque aún tenía el rostro oculto...

―¡Veamos la cara de ese cotilla! ―dijo en voz alta el emisario, con la falsa valentía de alguien que nunca ha estado en una pelea ni dado una orden.

El elfo levantó la capucha de Anowon. Con solo ver su semblante pálido y pintado, Tarsa desenvainó su espada.

―¡Espera! ―protestó Anowon extendiendo las manos a la defensiva y señalando los papeles esparcidos por el suelo―. ¡No vengo a haceros mal alguno! Si me dejáis explicarlo...

Nadino se arrodilló para recoger el documento más cercano y le echó un vistazo antes de pasárselo a Tarsa.

―Son notas sobre las aerorruinas... ―explicó Nadino―. Parece que el sabio más popular de Zendikar está ansioso por visitarlas.

Tarsa le hizo un gesto al elfo para que lo soltase y Anowon se arrodilló para recoger los documentos.

―¿Qué hacías, entonces? ―preguntó el jefe del grupo―. ¿Seguías a este hombre para robarnos el encargo?

El vampiro negó con la cabeza.

―Lo que quiero es... ver las ruinas.

―¿Y eso qué nos importa? ―dijo Nadino cruzándose de brazos.

Anowon guardó silencio y observó las expresiones tensas y enojadas de todos antes de enfrentarse a la mirada gélida de Tarsa.

―Penséis lo que penséis de mí, solo pido una oportunidad de estudiar las ruinas. Por lo que he oído, no os vendría mal otro miembro en el grupo. Permitidme ocupar ese hueco. ―Entonces se dirigió a Tarsa―. Ofrezco mis servicios a tu grupo a cambio de una fracción de las ganancias.

―¿Y qué es lo que esperas sacar de todo esto? ―le preguntó Tarsa.

Anowon se detuvo un segundo para buscar la palabra adecuada antes de responder:

―Conocimiento.


El grupo de Tarsa odiaba el trato, pero el emisario se había mostrado satisfecho, así que lo aceptaron. Anowon apenas se llevaría el cinco por ciento de las ganancias, pero tendría derecho a quedarse con cualquier documento que encontraran. Las reliquias eran una cuestión distinta: el vampiro había accedido a dejar las decisiones en manos de Tarsa, pero insistía en que no le interesaban el oro ni las armas. Cuando le preguntaron qué otros premios esperaba encontrar, respondió que buscaba “cosas mucho más valiosas”.

Aquel tono arrogante solo había servido para que Eret, el clérigo elfo del grupo, hurgase en los bártulos del sabio cada vez que el grupo dormía, en busca de indicios de algún motivo más siniestro.

La misteriosa persona que había enviado al emisario ya había contratado un transporte marítimo desde Nimana hasta Jwar, tripulado por un marinero que solo se responsabilizaba de volver con la embarcación. La tensión de viajar por mar con un vampiro a bordo hizo mella en los tres aventureros casi de inmediato. Nadino expresaba su desconfianza a la cara de Anowon sin reparo alguno y lo amenazaba cada dos por tres si el vampiro se acercaba demasiado o hablaba sin que le consultasen. Eret era más callado y receloso; nunca se atrevía a dormir si podía tener un ojo atento a una posible puñalada o mordisco. Tarsa prefería delegarle tareas complicadas argumentando en tono jocoso que la fuerza y la resistencia del vampiro eran más aptas para tareas como encargarse de las velas cuando se enfrentaban a los vendavales de las Fauces de la Serpiente, aunque las cuerdas le apretaron tanto los brazos que Anowon temió perderlos durante las tormentas.

Sin embargo, soportó la actitud de todos con estoicismo. Sus palabras más enojadas surgieron la tercera vez que Nadino amenazó con dar de comer trozos del vampiro a su compañero gnárlido, Chispa, si Anowon se pasaba de la raya.

―Te aseguro que no os deseo mal alguno ―había insistido―. Cuando aniquilemos a esa criatura, nuestros caminos nunca volverán a cruzarse.

Llegaron a las costas de la Isla Jwar pocas horas antes del ocaso. Anowon torció el gesto: el anochecer era el peor momento para escalar, pero Tarsa ya había insistido en que acamparían lo más cerca de la aerorruina que pudiesen. Anowon fue el primero en bajar del barco y recoger las mochilas del equipo, soportando el peso casi con solemnidad mientras los otros tres aventureros y su mascota con cuernos desembarcaban.

A sus espaldas, oyó una voz siniestra y cavernosa que mascullaba en un idioma desconocido para él. Sonaba como una amenaza, como una lectura de su alma que prometía un sufrimiento venidero. Anowon se giró y vio dos cabezas de piedra que sobresalían entre la arena y la hierba, orientadas hacia el grupo. Sus bocas abiertas revelaban un palidísimo brillo azulado que parecía titilar lentamente, como la luz de una luciérnaga.

Anowon se quedó absorto. Cuanto más escuchaba, más juraría distinguir algún tipo de significado; parecía estar a punto de entenderlo con claridad, pero un instante después, las voces volvían a convertirse en ruido. Aquello fue angustioso por partida doble: por un lado, sentía una punzada de dolor en la mente; por otro, el anhelo de comprender.

―¿Oís... eso? ―preguntó a los demás.

Eret le dio una fuerte palmada en la nuca que lo despertó de su trance.

―Fijaos en la cara del pobre... No me digas que el valiente sabio de las ruinas tiene miedo de los faduun.

Anowon se volvió hacia el elfo, dispuesto a abalanzarse sobre él. Sus miradas se cruzaron y la mano libre de Eret buscó inmediatamente la empuñadura de la espada que llevaba a la cadera. Por un momento, en los pensamientos de Anowon se formaron la imagen del elfo palideciendo mientras bebía la última gota de su vida y el sonido de su estertor pidiendo ayuda antes de apagarse...

―¿Hay algún problema? ―preguntó Tarsa. Por el rabillo del ojo, Anowon vio que el guerrero acercaba una mano a su espada.

―En absoluto ―respondió Anowon.

Ya era noche cerrada cuando llegaron a la ruta más segura para subir a la aerorruina. Tarsa envió a Anowon en cabeza mientras el resto del equipo recogía sus mochilas y escalaba por los acantilados rocosos. El vampiro confió en su sentido de la vista superior para orientarse en la oscuridad y asegurar las cuerdas, apenas ayudado por un leve brillo azul del Hilo, el fenómeno lumínico que ocurría algunas noches en el centro de la isla. El resto del grupo siguió a Anowon con cautela. Eret hizo un ademán de preguntar algo a su líder, pero Tarsa le hizo callar con una mirada gélida.

El peso de los tres cuerpos atados a Anowon, combinado con la fuerza de la gravedad, hizo que aquello le pareciese una prueba. “Ten paciencia”, pensó. Cuando completara el encargo, dejaría atrás sus estupideces del pasado. Si tenía razón respecto a las aerorruinas, obtendría el poder y el conocimiento que había buscado durante tanto tiempo. Y si usaba ese poder con responsabilidad, si seguía siendo humilde como lo había sido cuando llevaba una vida sencilla y se dedicaba a estudiar documentos en Portal Marino, quizá podría conservarlo.

El gnárlido de Nadino ya había encontrado su propia forma de subir por el acantilado y, cuando el trío de aventureros culminó el ascenso, los recibió con lametones en las mejillas. Nadino señaló hacia arriba en dirección noreste sin separarse de los afectos de su mascota.

―Las rocas de ese acantilado son las más compactas y aún tienen cuerdas instaladas, así que será la mejor forma de subir. Ya no hay mucha luz; o lo hacemos rápido o esperamos a que amanezca.

Anowon apenas le prestó atención y saltó desde el borde de la plataforma más cercana, deteniéndose al aterrizar para compensar el peso de su mochila.

―Acampad si queréis. Yo tengo que ver las ruinas.

―¿Pero a ti qué te pasa, listillo? ―le gritó Nadino―. Te recuerdo que venimos a cargarnos a la hidra que vive allí.

―Prometo que tendré cuidado...

―¡O puede que mueras!

―¡Entonces moriré con cuidado! ―Se mordió la lengua y respiró hondo, expulsando el aire con un siseo―. Lo siento. No pretendo sabotear el trabajo, pero mi investigación...

Tarsa se fijó en las miradas molestas de sus camaradas y masculló una maldición antes de indicar que lo siguieran. Anowon cambió de tema en un intento nervioso de quitar hierro al asunto.

―Es una suerte que estas cuerdas sigan aquí. No hay muchos aventureros dispuestos a dejar el camino marcado a otros.

Nadino soltó un bufido.

―Son las cuerdas de Orien...

―¿Orien? ―Anowon hizo una pausa―. ¿Era vuestro...?

Tarsa carraspeó con fuerza.

―En marcha, vampiro.

Anowon asintió e inició el ascenso.

Las vistas que tenía ante sí ya habían cautivado la faceta egoísta del sabio. Una estructura semicircular de piedra flotaba por encima de ellos, todavía marcada con surcos de obsidiana roja y estrías pálidas, todo ello causado por la tierra en la que se había estrellado. La aerorruina tenía que estar repleta de historias anteriores al día en que Zendikar retumbó y despertó para defenderse.

Anowon, the Ruin Thief
Columnata de aerorruina | Ilustración de Johannes Voss

Estaba convencido de que solamente las aerorruinas podrían aportarle conocimientos tan innegables como ellas mismas. Anowon pensaba que gran parte de la historia de Zendikar se había construido basándose en un error. Incluso él mismo, en una ocasión, había puesto nombre a la civilización que había moldeado aquella tierra basándose en las criaturas que la habían deformado y habían estado a punto de destruirla. Las mismas criaturas que habían corrompido las mentes de los vampiros de la Casa Ghet para volverlos contra sus congéneres. Durante la guerra, Anowon se había escondido para observar el conflicto desde las sombras, negándose a involucrarse. Sin embargo, el resurgir de las aerorruinas había corregido la historia al desvelar un pasado perdido en el mismo pasado de Zendikar. Anowon esperaba que entre los tesoros que albergaban hubiese una revelación acerca del nacimiento de los clanes y sus jefes de sangre, que los Eldrazi habían tratado de corromper y controlar. Resolver aquella cuestión tal vez le otorgase un nuevo estatus. Como mínimo, el hallazgo podría absolver su antigua cobardía.

En cuanto se detuvo ante las puertas de las ruinas, extrajo un cuaderno de su mochila. Estaba muy desvencijado y sus hojas apenas se mantenían unidas entre las tapas. Aun así, Anowon lo sostenía como si fuese un tomo antiguo y pasaba las páginas con ansia, en busca de una serie de líneas y patrones conectados.

Eret se acercó a él y observó al vampiro mientras inspeccionaba las paredes de la aerorruina y consultaba sus notas para compararlas. Antes de que el elfo le preguntase al respecto, Anowon había decidido que mostrarse generoso le granjearía un poco de buena voluntad.

―Llevo un tiempo estudiando los teselados anotados por otros aventureros que visitaron las demás ruinas y he advertido una diferencia sutil en los patrones. Sospecho que esto es un texto... ―dijo señalando la pared con una esquina del cuaderno― y creo que los antiguos kor escribieron en estas paredes. Por ello, son útiles para analizar el propósito de este sitio.

―Entonces, ¿has venido a esto? ―bufó Nadino, que se apoyó en la puerta para descansar―. ¿A estudiar?

―Yo... fui mejor persona cuando era estudiante ―murmuró, pero inmediatamente después pensó que no era cierto.

En su búsqueda de conocimiento, había hecho muchas cosas que lo amargaban y lo habían convertido en poco más que un saqueador. Aun así, en el pasado había sido mejor persona: cuando solo sentía interés por saber, cuando vivía en Portal Marino y cuando Tenihas de la Casa Ghet lo acogió y le enseñó a apreciar la historia. Había sido mejor persona antes de perder todo aquello por culpa de la sed de sangre. O peor aún: por la sed de poder.

―Así que solo por eso, según dices. ―Eret echó un vistazo con curiosidad a las paredes de las ruinas―. Si hay algo que los escaladores sabemos de nosotros mismos, es que solo merece la pena conocer el tacto de una cuerda firme y el resplandor de una buena baratija. ¿Vas a fiarte de nosotros para que te ayudemos a traducir kor antiguo? ―preguntó señalando las paredes.

―Ningún aventurero ha llegado a traducirlo, solo se han tomado notas: patrones, curvas, profundidades... Una intención, en conjunto. Vosotros mismos podéis verla. ―Anowon señaló las profundidades de las ruinas, donde la noche proyectaba una sombra demasiado oscura para continuar―. Si seguimos la pared de la izquierda, más adelante debería haber laboratorios, según las notas.

Tarsa enroscó una cuerda cuidadosamente alrededor del brazo mientras se acercaba a la puerta y observaba los grabados.

―Es decir, que estas marcas indican... ¿direcciones?

―En cierto modo, sí. ―Anowon siguió con el dedo el borde de una línea central en el teselado de la pared, observando cómo se entrelazaba con las adyacentes hasta que giraba en ángulo hacia la izquierda y doblaba una esquina―. Una virtud de este idioma es que no consiste solo en texto. También es un mapa.

Nadino dejó escapar un suspiro.

―Una lástima que no nos ayude a encontrar...

Un rugido surgió de la oscuridad que había más adelante. Tarsa solo tuvo que chasquear los dedos para que sus camaradas se pusieran en posición detrás de las paredes talladas. Nadino creó una esfera de fuego del tamaño de una cabeza y la hizo volar sobre la cabeza de Anowon, cruzando la entrada y adentrándose en el pasillo. Con su luz, el grupo vio tres cabezas de un color verde amarillento pálido y tres hileras de dientes agudos como estacas.

Antes de que Anowon pudiera incluso recordar el nombre del monstruo, Eret lo apartó de un empujón hacia una columna del exterior. Tarsa le silbó a Nadino, que salió corriendo hacia la derecha y atrajo la atención de la cabeza más próxima a ese lado conjurando ráfagas alternativas de fuego y hielo. Aquello bastó para distraerla y separar sus cabezas aprovechando una columna, pero sus fauces lanzaron dentelladas a pocos metros de ellos.

―Jefe, ¿tienes un plan? ―preguntó Eret.

―No. Esa cosa puede partir piedras con el cuello si está motivada, y nos ve como una motivación asadita al sol.

La mente de Anowon trabajó a toda prisa. El emisario les había dicho que la hidra probablemente había desarrollado la vista en las profundidades de la tierra antes de que la aerorruina resurgiese. Al parecer, sentía el calor y era capaz de seguir presas en movimiento incluso en pasillos oscuros. Entonces le gritó una idea a Tarsa.

―¡Tenéis que volveros más fríos!

―¿Más fríos? ―El capitán entendió la idea y le gritó a Nadino―. ¡Necesitamos hielo! ―Señaló hacia el pasillo, detrás de Faucesiniestras―. ¡Crea nieve junto a esa pared!

―¿Tan cerca de la criatura? ―preguntó Anowon al ver el punto que señalaba.

—Sí. —Tarsa se dio dos toques en la sien—. Nos pegaremos como lapas. Vamos a desaparecer delante de sus narices. ―Chasqueó de nuevo y sus camaradas observaron la siguiente señal. Tarsa contó hasta tres con los dedos antes de cortar el aire con el canto de la mano, y el grupo echó a correr hacia la pared del interior.

Anowon se deslizó aprovechando la inclinación del suelo. Por el rabillo del ojo, vio que Nadino hacía girar su bastón ganchudo por encima de la cabeza mientras corría, haciendo que se formasen cúmulos de aguanieve en lo alto del pasillo. Justo antes de que los aventureros llegasen a la pared, la bestia dio un zarpazo y acertó a Anowon en la frente, empujándolo hacia abajo con tanta fuerza que le estrelló la cabeza contra el suelo. El dolor fue tan intenso y ardiente que se preguntó hasta dónde se habían clavado las garras. Anowon oyó un gruñido a su derecha y, justo antes de girarse para ver qué había pasado, una gruesa capa de nieve cayó sobre él y notó que algo chocaba suavemente a su izquierda.

Trató de recomponerse en la cobertura oscura de la nieve y se llevó una mano a la frente. El monstruo rugió hacia el cielo y se detuvo, confundido. La hidra esperó varios minutos, que Anowon sintió como inviernos enteros en la piel. Los resuellos de la criatura parecían hacer temblar las paredes. Entonces, convencida de que los tres trozos de carne cálida y el vampiro parlanchín que los acompañaba habían desaparecido, la hidra se marchó en busca de otras presas.

Anowon permaneció inmóvil mientras notaba que algo se movía en la nieve. Entonces oyó la voz de Nadino:

―Muy ingenioso, capitán. Pero... ¿quién está tiñendo de rojo la nieve?


Anowon tardó un tiempo en volver en sí. Durante el descanso, le había parecido que la isla le hablaba de nuevo. ¿Le transmitía consuelo? ¿Dudas? ¿O acaso los misteriosos faduun se reían de él como niños? Una mezcla de ira y confusión hervía en el interior del vampiro y le hacía sentirse mareado y hueco.

Tarsa había retirado el cuerpo herido de Anowon del charco de nieve derretida y había empezado a tratarle las heridas cuando el vampiro buscó a tientas en su propia mochila. Extrajo dos viales de sangre y esperó unos segundos hasta poder sujetarlos sin que le temblasen las manos. Al ver los recipientes, Tarsa retrocedió unos centímetros.

―¿De quién era esa sangre?

―De gusanos y otras alimañas de las ruinas. Es fácil desangrarlas ―masculló Anowon―. Y yo necesito esto para vivir.

Quitó el tapón de un vial y se lo llevó a los labios con hambre. El simple contacto con la sangre bastó para cerrar sus heridas y hacer que recuperase del todo la consciencia. Anowon miró alrededor y vio que Eret y Nadino dormían acurrucándose espalda con espalda, con Chispa tumbado debajo de sus cabezas a modo de almohada roncante, mientras que Tarsa estaba de rodillas junto al grupo y trataba de vendarse un brazo.

―Te ayudaré ―se ofreció Anowon al ponerse de pie―. En mi casa, me enseñaron todo tipo de...

―Ni se te ocurra tratarme con magia de Malakir, vampiro ―siseó Tarsa. Con la indignación, apretó demasiado la venda e hizo una mueca de dolor.

―No usaré magia, pues. ―Anowon guardó el segundo vial y le mostró las palmas de las manos mientras se acercaba―. Solo ajustaré la venda.

Tarsa se puso tenso cuando el vampiro se acercó, pero al final consiguió calmarse. Anowon sujetó la venda y envolvió con cuidado el brazo del espadachín mientras observaba la herida. Si la hidra hubiese clavado las fauces unos centímetros más, habría podido arrancar el brazo fácilmente. El vampiro respiró hondo al ver la sangre y reprimió su sed instintiva.

―¿Demasiado apretada?

―No ―respondió Tarsa―. Y gracias.

―No se merecen. ―dijo Anowon con una sonrisa torpe―. Los aventureros tenemos que cuidarnos unos a otros.

Había algo en su mirada que llamó la atención del guerrero.

―¿Por qué has venido? ―le preguntó al vampiro.

―Sé que esto es incómodo. En cuanto amanezca, podremos buscar a la...

―No me refiero a eso. ―El guerrero se irguió―. ¿Por qué querías viajar con nosotros? ¿Para qué sigues embarcándote en búsquedas? Todas las grandes casas te odian y te temen, tanto las expedicionarias como las de los vampiros. Para empezar, la mayoría de la gente no soporta a los vampiros. ¿Por qué te importan tanto las ruinas?

Anowon trató de buscar las palabras adecuadas.

―Estas piedras son más antiguas que los nombres de algunas de vuestras ciudades. Cuando pensamos en Zendikar, lo que acude a nuestra mente son las cicatrices más profundas de la tierra... Pero los antiguos kor erigieron este sitio mucho antes de que existieran esas cicatrices. Es posible que las ruinas alberguen conocimientos que ni siquiera nos imaginamos. Puede que la sabiduría de los kor tenga la capacidad de cambiar Zendikar.

Aquello era una parte de la verdad. Había cosas que Anowon deseaba aprender y que, en secreto, esperaba que le devolviesen su reputación. Las aerorruinas quizá ocultaran secretos acerca de Zendikar comparables a las historias sobre los Eldrazi. Tal vez revelarían una magia antigua que estuviera detrás de la Turbulencia, o puede que incluso desvelasen accidentalmente el secreto para crear nuevos jefes de sangre. El resurgir de las ruinas quizá señalara el inicio de una nueva era de calamidades que Anowon intentaría prevenir como penitencia por fracasar con los Eldrazi. Y aunque se aferraba a la idea de que obtendría fama por ser el primero en aprender todo aquello..., también estaba cansado. Desearía sanar el mundo para no volver a verlo sufrir nunca más. Para poder estudiarlo sin que cada verdad revelase una herida en la tierra. Para estar en paz consigo mismo, con sus estudios y con la mismísima tierra de Zendikar.

―Mm... De acuerdo. ―Tarsa se irguió apoyándose en su espada y se sentó contra la pared del pasillo―. Entiendo que ahora mismo también querrías estar estudiando. Tus ojos te lo permiten. En fin, alguien tiene que montar guardia y mis camaradas detestarían que lo hicieras tú. ―Entonces señaló el pasillo―. Ve si quieres, pero, por tu propio bien, pide ayuda en cuanto veas a ese monstruo, antes de que él te vea a ti.

El vampiro asintió y sacó solamente lo imprescindible de la mochila. Envolvió sus cosas en una tela suelta que se ató al torso y se aventuró en la oscuridad siguiendo las líneas marcadas en la piedra.


Al amanecer, Anowon estaba embelesado. Estudiar los grabados directamente en las paredes de una aerorruina había supuesto un avance grandísimo. Ahora no solo identificaba nombres propios o preposiciones sueltas, sino que reconocía oraciones completas. La línea exterior izquierda de la aerorruina de Ondu era un tratado entero acerca de su creación, de la labor de los ancestros kor en la región. Todas las cámaras albergaban un tesoro en sus paredes. Por lo que entendía, el idioma empleaba una larga línea central marcada con breves surcos paralelos o cruzados para formar letras. Anowon distinguía los márgenes de los documentos, que mencionaban “compuestos químicos más recientes”, “variaciones de método” y “resultados accidentales”. Era una lástima que gran parte de los documentos que encontró estuvieran petrificados o empapados. Cuando su mente al fin asimiló todo lo que había leído, supo cuál debía ser el próximo paso.

El vampiro regresó al corredor de la entrada e hizo señas a Tarsa para que lo siguieran. El grupo entero estaba despierto y fue detrás de Anowon; por el camino, Eret siguió tratando las heridas del capitán.

―Estábamos a punto de ir a buscarte ―dijo el guerrero antes de echar un vistazo a su arma y ajustársela en la cadera―. Busquemos a esa hidra para no tener que pasar aquí otra noche.

―En ese caso, las paredes de las ruinas quizá sirvan de ayuda ―respondió Anowon, radiante por todo lo que había aprendido.

―No es momento de presumir de tus conocimientos de historia ―le dijo Nadino con el ceño fruncido―. Tenemos que centrarnos en la misión y...

―Estoy centrado en la misión ―respondió mientras miraba a Tarsa con seguridad en los ojos―. Confiad en mí.

Anowon dirigió al grupo hacia el interior del corredor y atravesaron las extrañas intersecciones perpendiculares que se dividían en salas de piedra con paredes más anchas que los propios pasillos. Algunas eran antiguos laboratorios de pociones en los que ahora solo quedaban restos de vidrio y enjambres de insectos. Otras eran grandes estancias repletas de manchas oscuras, causadas por sucesos anteriores al hundimiento de las ruinas. Mientras caminaban, Anowon siguió con la vista el camino de los grabados y los leyó en voz baja:

―... Las instalaciones del continente de Ondu, construidas para el desarrollo de armamento y herramientas de asedio para posibles conflictos con fuerzas externas...

―¿Qué fuerzas externas? ―preguntó Nadino con un susurro.

Anowon se imaginó una respuesta: ¿y si una fuerza enemiga emergiese de otro mundo, como él mismo había visto? Sin embargo, la historia de las ruinas era distinta.

―Este enclave se rebeló contra la antigua capital kor de Makindi. Cuando cayó y se llevó la capital por delante, enterró la civilización entera.

―Es decir, ¿que esto es un depósito de armas? ―Tarsa dio una palmada con entusiasmo―. Llevo tiempo deseando empuñar una espada kor antigua. Me parece que no te vas a llevar ninguna reliquia, Anowon.

El vampiro sacó un manojo de pergaminos cubiertos de piedra que llevaba envueltos en tela.

―Creo que ya he encontrado un buen botín en este sitio. Solo hay que terminar el encargo.

―De acuerdo, pero... ¿adónde nos llevas? ―preguntó Eret mientras ojeaba los teselados, como si esperara ser capaz de resolverlos.

―En estas ruinas hay una sala de demostraciones, una cámara donde probaban sus experimentos. Muchos de ellos no fueron con... sujetos inanimados.

―Así que en este sitio experimentaban con bestias... ―comentó Nadino con pesar―. Debían de conocer formas de alterar la fauna usando la magia de la tierra o métodos propios. Puede que la hidra no sea un ser natural, sino que la crearon en este sitio...

―Junto con muchas otras cosas. Usando la ciencia, los kor descubrieron cosas que los Eldrazi revelaron con brutalidad ―respondió Anowon casi sin pensar―. Descubrieron que el mundo está en carne viva, gritando. Que tiene voluntad propia y seguimos imponiendo la nuestra en vez de escucharlo.

Finalmente llegaron hasta unas puertas de piedra dobles tan altas como las ruinas, entreabiertas por unas enredaderas que se habían abierto paso por el centro y las habían separado lo justo para que pasase una persona esbelta. Nadino cortó las enredaderas con su daga y la vegetación se retorció de dolor. Cuando se coló entre las puertas, Tarsa y Eret empujaron para abrirse paso, levantando una polvareda y haciendo que el rechinar de la piedra reverberase por las paredes.

Cuando entraron, vieron que Nadino estaba observando una pila de harapos destrozados. La tela tenía los colores del grupo y había restos de una bufanda kor, pero de ella apenas quedaba un puñado de hilos. Nadino se giró hacia Tarsa luchando por contener las lágrimas.

―Esa maldita... cosa... lo arrastró hasta aquí... y lo hizo pedazos...

Tarsa le puso una mano firme en el hombro.

―Sé que esto duele, pero por eso hemos venido. Ahora nos toca desquitarnos. Cálmate y prepárate.

Anowon observó la escena por el rabillo del ojo mientras estudiaba la extensa pared. Había ocurrido allí. La sala era lo bastante amplia y alta como para que una hidra pudiera ensañarse con el ganado (o algún que otro elfo) que le llevasen, y las galerías superiores estaban a bastante altura como para que los investigadores observaran desde arriba. La hidra debía de haber sido mucho más pequeña en aquella época, porque la que ellos habían visto no tendría dificultades para devorar a quienes hubiera en las galerías. Puede que en el pasado también lo hubiera intentado con éxito.

―Nos prepararemos aquí ―dijo Anowon.

Tarsa chasqueó los dedos.

―Nadino, cuando llegue, gana altura y no dejes de moverte mientras atacas. Yo intentaré hacer lo mismo. Eret, tú céntrate en apoyar a Nadino y prepárate para ayudarnos a escapar. Y tú, Anowon...

El vampiro los ignoraba, absorto en registrar los armarios de los alrededores en busca de cualquier cosa que hubiera podido sobrevivir a la caída de la civilización kor. Y sí, en ellos encontró decenas de viales y documentos intactos y guardó todos los que pudo en su mochila.

―¡Maldito sabio! ―bramó Tarsa mientras se acercaba a zancadas―. Después de lo que nos has contado, sabes perfectamente que no dejaremos que te vayas con estos venenos.

―Hicimos un acuerdo, Tarsa ―dijo con voz tranquila, sin el escarnio de su antiguo ego―. Solo quiero investigar esto, te lo aseguro.

―Me importa un comino. Si una sola criatura del exterior pudiera hacer lo que hace este monstruo, arrasaría aldeas enteras... ¿Quieres que la gente aprenda eso? ¿A crear sus propios monstruos?

―Estos estudios pueden resultar útiles en las manos adecuadas. En Portal Marino o en...

―Cualquier mano que sepa cómo deformar Zendikar es una mano equivocada.

En ese momento se oyó un chillido desde lo alto. Tarsa chasqueó los dedos y sus camaradas se pusieron en posición y lanzaron sus ganchos a los bordes de la galería, disponiéndose a balancearse por encima del suelo.

―¡Anowon! ―gritó Tarsa―. Prepárate para subir.

El vampiro suspiró, asintió y se ajustó los ganchos de la ropa mientras tomaba nota mentalmente para arreglar las cuerdas más adelante.

―¿Y hasta entonces? ―le preguntó al capitán.

―Nosotros la atraeremos.

Grakmaw, Skyclave Ravager
Faucesiniestras, devastador de aerorruinas | Ilustración de Filip Burburan

Nadino lo interpretó como una señal para aullar hacia el interior de la cámara y Eret hizo lo mismo. La hidra respondió con un chillido retumbante y corrió por los pasillos superiores de las ruinas para luego precipitarse por el techo hacia el interior de la cámara. Mientras caía, el grupo llevó a cabo su plan: Nadino la golpeó en el vientre con púas de hielo y los filos de sus ganchos de escalada, mientras que Tarsa se impulsó hacia arriba por el otro flanco, lanzando cuchilladas al vuelo.

Anowon tuvo dificultad para seguir el ritmo. Nunca había tenido madera de cazador. Solo se enfureció cuando al fin sucumbió a la sed de sangre: la hidra podría proporcionarle un buen trago al matarla, o quizá lo disfrutara incluso más si bebía mientras siguiera con vida. El vampiro trató de asfixiar uno de los cuellos con la cuerda de escalada de repuesto, esperando que la gravedad y su propio peso hicieran la mayoría del trabajo. Su intento apenas estrujó la carne de la hidra, pero arrastró una cabeza hacia el suelo para facilitar un golpe.

Tarsa aprovechó la ventaja y rajó la barbilla de la cabeza, para luego rodearla y terminar el corte en el resto de la cara. Sabía que la herida resultante solo sería momentánea, hasta que de ella surgiese una nueva hilera de dientes irregulares y afilados y otro par de ojos penetrantes. Nadino tuvo el mismo problema con la cabeza más alejada: una bola de fuego que acertó en la garganta apenas abrió camino a otras dos fauces retorcidas, una de las cuales lanzó una dentellada que estuvo a punto de alcanzar el bastón de Nadino. Por su parte, Chispa apenas podía roer las patas traseras de la bestia, pero seguía luchando.

Anowon se dio cuenta de que la estrategia no iba a funcionar. Si seguían actuando con imprudencia, acabarían siendo bocados de carne. El vampiro cortó su cuerda y se escondió tras una columna para buscar en su mochila un objeto que reconocería.

―¡Más te vale no dejarnos tirados, maldito...! ―Nadino no pudo dedicarle más atención para completar el insulto―. ¡¿Qué haces?!

―¡Buscar soluciones! ―gritó Anowon mientras revisaba a toda prisa los colores de los viales que había guardado: los líquidos rojo oscuro, azul polvo, verde intenso y de otros colores salpicaban el interior de los cristales. Había leído que los antiguos kor tuvieron éxito elaborando varios compuestos. Uno de ellos tendría que proporcionarles ventaja.

Al fin lo encontró: era una botella del tamaño de un dedo que contenía una especie de nube amarilla que cambiaba de estado, entre un gas tenue y una piedra sólida ambarina. Los documentos lo describían como una herramienta neutralizadora que podía inmovilizar a combatientes y bestias salvajes. Sin embargo, no había llegado a leer de qué forma lo hacía.

―¡Ganad altura! ―alertó al grupo.

Anowon sacó otra cuerda con gancho de su mochila y apuntó a la galería. La hidra no tardaría en fijarse en él y lo tendría más al alcance, más cerca de triturarlo entre sus dientes. Anowon trepó lo más rápido que pudo, procurando no romper la botella entre sus dedos.

El monstruo giró hacia él todas sus cabezas y mostró todas sus fauces. Le lanzó una dentellada a la cuerda y falló por poco. Un corte en el brazo estuvo a punto de hacer que el vampiro resbalara..., pero sí consiguió que se le escapase la botella. Anowon soltó una maldición y clavó la mirada en el recipiente mientras caía. Justo entonces, una daga danzó como un rayo y rompió el frasco contra el labio de una cabeza de la hidra. Con un giro, el metal afilado se clavó en la mejilla del monstruo. Anowon se volvió a tiempo de ver a Nadino retirar la mano.

Cuando la botella se rompió, una nube de polvo estalló en el rostro de la hidra y descendió lentamente por su cuello como la bruma por una colina. Todo lo que tocó se volvió gris y rocoso, como si la piel del monstruo se carbonizara y se petrificase al mismo tiempo, dejando la daga alojada en el lateral de la cabeza. En cuestión de segundos, todas las cabezas de la bestia se convirtieron en rocas puntiagudas que se quedaron apuntando hacia los miembros del grupo y mostrando sus múltiples fauces abiertas. El cuerpo del monstruo intentó escabullirse, como si esperara escapar del destino en el que estaba atrapado. Sin embargo, el peso de las cabezas lo hizo desplomarse y, con el impacto, todas ellas se separaron del cuerpo con crujidos que reverberaron en el techo abierto.

El estruendo hizo que Anowon cayera al suelo. Se levantó a toda velocidad para alejarse del contenido de la botella, pero la magia había concluido su efecto. Una única voluta de humo amarillo empezó a extenderse por un dedo índice y Anowon contuvo el aliento con temor. Entonces, el gas se disipó justo antes de llegar al nudillo y Anowon se dejó caer de rodillas, exhausto y aliviado.

―¡Ja, ja! ¿No decías que ibas a morir con cuidado, maldito vampiro? ―gritó Nadino desde sus cuerdas con una sonrisa.


Las cabezas seguían petrificadas.

―Te toca cargar con ellas ―dijo Tarsa mientras se disponía a atarlas a la mochila del vampiro.

Anowon suspiró con resignación.

―Entendido.

Entonces, Eret le dio un leve codazo.

―Te está tomando el pelo. Repartiremos el peso; además, así bajaremos más rápido.

Nadino y él aseguraron sus cuerdas en la entrada de la aerorruina y se descolgaron con el peso de una cabeza petrificada de hidra a la espalda.

De regreso a la playa, Tarsa le dio una palmada en el hombro al vampiro.

―Has aguantado de todo sin protestar. Nos hemos portado como unos canallas y, aun así, nos has salvado. ―Entonces señaló el hatillo que Nadino llevaba en la mochila, los restos de Orien, y añadió―: Contigo hemos podido vengar a nuestro compañero y presentar nuestros respetos. Te lo agradezco ―dijo con una sonrisa amable―. Podrás ser el cuarto gancho del grupo siempre que quieras.

Anowon asintió y sonrió para sí. Acababa de empezar a comprender qué era aquella sensación que había anhelado tanto tiempo. No era gloria ni prestigio, sino... integración. Saber que sus conocimientos tenían valor. Deseó que la sensación perdurase y esperó tener la oportunidad de desentrañar y compartir más misterios del pasado de Zendikar solo para seguir sintiéndose así.

Mientras él reflexionaba, Nadino se rio por lo bajo y le rascó la cabeza a Chispa, que debía de tener hambre y había atrapado un rollo de pergaminos de la mochila de Anowon entre sus fauces babosas. Cuando el vampiro se dio cuenta, se detuvo a pensar si podría perder tanto como ya había obtenido en aquel viaje.

Al llegar a una conclusión, sonrió y se dio la vuelta para rascar al gnárlido debajo de la barbilla.

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