Historias y finales

Posted in Magic Story on 11 de Mayo de 2016

By Nik Davidson

Nik Davidson makes games, writes stories, solves problems, and plays Magic. He's almost certainly doing one of those things right now.

Historia anterior: La Inquisición lunarca

Jace Beleren se ha pasado todo el tiempo en Innistrad tratando de resolver un misterio que le ha conducido desde el hogar de Liliana hasta la mansión Markov, el templo del cementerio marino, de nuevo al hogar de Liliana y, finalmente, a la Catedral de Thraben. Su guía en este viaje ha sido un diario, un cuaderno de notas de investigación que halló en la mansión Markov.

Por supuesto, la autora del diario, la Planeswalker pueblo-lunar Tamiyo, va muchos pasos por delante...


Aunque sus pies jamás tocaban el suelo de piedra, Tamiyo pensó en caminar de puntillas mientras se deslizaba lentamente por la capilla de la Catedral de Thraben. En decenas de planos había encontrado referencias a seres bípedos que andaban de ese modo, a menudo de manera exagerada e incluso teatral, con el fin de moverse sigilosamente. Sin embargo, ponerse de puntillas concentra el peso corporal en un área menor; por tanto, caminar de tal modo sobre un suelo de madera (un tipo de superficie habitual en numerosos de los planos que había visitado) incrementaría la probabilidad de provocar que las tablas crujiesen, que es con diferencia el ruido involuntario más propenso a revelar la presencia del intruso. Semejante falta de lógica era una cualidad que ella atribuía sobre todo a los humanos, y documentarla era una fuente constante de diversión. Pero lo que ocurría en Innistrad no era divertido. Los indicios demostraban a simple vista que estaba teniendo lugar un fenómeno mucho más profundo y peligroso que ilógico. Ya había permanecido en el plano más tiempo del que pretendía. Había corrido demasiados riesgos. Pero Innistrad había perdido completamente el eje y necesitaba saber por qué.

Muchas líneas de investigación lógicas la habían llevado a caminos sin salida. Algunas habían sido prometedoras, mas no concluyentes. Sus pesquisas astronómicas eran casi definitivas, pero la causa, la causa original, aún la eludía. Se enfrentaba a un rompecabezas de mil paneles, a un acertijo de diez mil mentiras. Nunca había resuelto un misterio más desafiante que aquel.

Pero nunca se había rendido sin terminar su trabajo.

Su línea de investigación más reciente la había conducido a la catedral, donde los humanos de Innistrad preservaban sus relatos más antiguos sobre Avacyn. Las historias individuales que había recopilado hasta entonces eran inconexas y confusas, pero conocía su música. Sabía de qué hilos tirar, cuáles seguir, cómo aproximarse (paso flotante a paso flotante) a un jirón de la verdad. No esperaba descubrir fácilmente lo que necesitaba, escrito sin más en algún antiguo tomo. Había descubierto muchas historias como aquella, pero jamás había vivido una. Aun así, las historias antiguas eran las que menos oportunidades tenían de haber sido tergiversadas; las que habían pasado por menos manos capaces de manipular las palabras según sus propios intereses. Avacyn... El mundo había perdido el eje, y ella era el centro de Innistrad. La metáfora era bastante acertada.

Susurró una breve plegaria a los kami. Sabía que no estaban presentes en aquel mundo, por supuesto: los espíritus se manifestaban de formas muy distintas de un plano a otro y los geists de Innistrad no se parecían a los pequeños dioses de su hogar. Ninguno de sus experimentos había dado a entender que los kami pudieran escuchar sus oraciones allende los límites de los planos. En cualquier caso, el mero hecho de que no estuvieran presentes no era excusa para mostrarse irrespetuosa.

Había cátaros armados patrullando los pasillos, estoicos y vigilantes, atentos a los posibles intrusos como ella. Ya había establecido más contacto con la población local del que le resultaba cómodo, y ahora estaba forzando los límites de su talento natural para el silencio y el sigilo. Para penetrar en las bibliotecas necesitaría una historia, una historia que contar al mundo que la rodeaba.

Un pergamino antiguo, uno de sus primeros y favoritos, flotó junto a ella y se desplegó. Era una historia de su hogar, precisamente la que necesitaba en ese momento.

El Que Atemoriza al Sol

Esta es la historia del mundo ensombrecido y de El Que Atemoriza al Sol. Su sombra traía la noche a aquellos que iban en pos de él, y su hambre era insaciable. Los akki sabían lo que el oni ocultaba tras una vida de saqueo y expolio. Mas ninguno osaba provocar la ira del oni, excepto una que no sentía miedo.

Dicha akki halló por casualidad una piedra plana y alargada y la sostuvo por encima de la cabeza. Desde lo alto, cuando el oni bajase la mirada, la akki no parecería más que aquella simple piedra. Y así disfrazada, la akki se dirigió a la cueva del oni, segura de que estaría a salvo.

Sin embargo, el oni sintió curiosidad.

―¡Cuán extraños son tus movimientos, pequeña piedra! ¿Has venido a robar mis riquezas?

―Jamás he oído hablar, gran señor, de una piedra ladrona, ¿o acaso vos sí? ―replicó la piedra―. Os prometo que, si veo a algún ladrón, os lo haré saber.

El oni oyó la verdad en las palabras de la akki y decidió que todo estaba en orden. Cuando se adormeció, la akki procedió a llevarse todo aquello con lo que pudiera cargar: oro, piedras preciosas y una fuente brillante que reflejaba su imagen risueña.

Al día siguiente, la akki regresó y el oni detuvo a la piedra.

―¡Pequeña piedra, pequeña piedra, alguien ha robado mis tesoros! ¿Has visto al ladrón?

―¡Sí, la he visto! ―respondió la akki recordando su promesa―. ¡Ha sido una pequeña y astuta akki! ¡Quizá deberíais partir en su busca y castigarla por sus fechorías!

El oni aceptó la verdad, se marchó en busca de la bribona y, en su ausencia, la akki volvió a marcharse cargada de tesoros.

¡Qué bien habría hecho en conformarse con eso!

Sin embargo, la pequeña akki regresó a la cueva del oni por tercera vez, con la piedra en lo alto y codicia en su corazón. El corazón del oni solo albergaba furia.

―¡Pequeña piedra, ha vuelto a ocurrir! No he conseguido hallar a la ladrona, ¡pero mis tesoros han vuelto a mermar! No sé qué hacer. ¡La única solución que contemplo es ir a la madriguera akki del oeste y devorarlos a todos para asegurarme de atrapar a la culpable!

―¡Gran señor ―respondió la akki temiendo por su hogar y sus amigos―, los akki son duros y amargos, en absoluto deliciosos! ¡Sería mejor que los dejéis en paz y continuéis vuestra búsqueda de la ladrona!

Aunque el oni no distinguía lo que había debajo de la piedra, distinguió muy bien la mentira. Entonces levantó del suelo a la pequeña akki, junto con la piedra, y la devoró de un bocado.

Los akki cuentan esta historia para recordar que la verdad es un mejor engaño que cualquier mentira jamás contada.

Tras evocar la historia, su magia se volvió real y Tamiyo se desvaneció. A los ojos de cualquiera que la observase, ahora parecería algo o alguien que tuviera sentido que estuviese allí, como un cátaro o un jarrón decorativo, aunque solo hasta el momento en que contara una mentira o ya no quisiera engañar a nadie. Era una historia muy útil, pero susurró una disculpa por haberla usado de aquella manera, como hacía siempre. Las historias eran sagradas y emplearlas como herramientas le parecía un poquito blasfemo.

Ese día llevaba consigo veintinueve pergaminos, sin contar los tres con presilla de hierro: los que jamás debían ser utilizados.

Caminó con decisión (esta vez pisando el suelo, bastante frío) y se cruzó con dos cátaros que le dirigieron un breve saludo. Les devolvió el gesto con menos eficiencia y todos vieron lo que necesitaban ver. La biblioteca principal estaba un poco más adelante. Empezó a catalogar mentalmente las historias que había traído y trató de decidir cuál sería la mejor manera de ocuparse de los cerrojos que seguramente dificultarían la entrada, pero entonces vio algo inesperado. La puerta ya estaba entreabierta y la luz de las velas titilaba en el interior.

Hizo un gesto con la mano y una leve brisa abrió la pesada puerta unos grados más. Se agachó ligeramente, distribuyó su peso pisando con toda la planta de los pies (aunque se planteó caminar de puntillas, por alguna razón inexplicable) y se acercó en silencio a la puerta, preparada tanto para huir como para abalanzarse sobre alguien.

Las bisagras bien engrasadas se abrieron un poco más y oyó un sonido inconfundible un segundo antes de que sus ojos pudieran confirmarlo: un cuerpo acababa de desplomarse en el suelo, como si se hubiera dormido de repente. Era un bibliotecario anciano, sin armas ni armadura. Y de pie a su lado vio... a un Planeswalker.

Dedujo toda la información que pudo en los instantes previos a decidir si le convenía luchar o escapar. En su oficio era preferible evitar a los Planeswalkers, casi a toda costa. Eran individuos presuntuosos e impredecibles y podían albergar prejuicios o mentalidades de cualquier mundo desconocido; en resumen, eran un estorbo para los buscadores de la verdad. Este parecía ser un humano joven, pero las centellas de maná que lo rodeaban olían a engaño. Llevaba vestimenta autóctona, pero la había decorado con sellos claramente ajenos a Innistrad; un disfraz curiosamente torpe. Sus ojos brillaban, reflejaban pánico y locura, posiblemente una aflicción (una idea que no había considerado: si un Planeswalker contraía la locura de aquel plano, ¿podría propagarla por otros mundos?), y en las manos portaba... sus notas de campo. Otra complicación. Esperó dos latidos más y decidió permitir que él hiciera la primera jugada, aunque un pergamino ya flotaba a su lado y había empezado a desenrollarse.

La mirada de él parecía confusa. Luego furiosa, aterrada, curiosa, hasta que finalmente transmitió algo parecido a comprensión y alivio.

―¡Eres tú! ¡Eres tú! Me has traído aquí. No, no tú: esto, este diario. ¡Tu diario! ¿Me has guiado para encontrarnos? No, ¿cómo podrías haberlo...? ―Dejó la frase en el aire mientras sus ojos bajaban hacia el suelo, pero entonces volvieron a clavarse en ella, acusatorios―. ¿Me observabas? ¡Lo sabías! ―De pronto volvieron a ablandarse; ahora eran tristes, suplicantes―. Ayúdame. ¿Puedes? Creo... ¿Puedes ayudarme? Ayúdame. ―La última palabra no fue en absoluto un ruego, sino una orden opresivamente poderosa que chocó contra su mente como el viento contra unos postigos. Sin embargo, su mente se retiró a un castillo lejano y los vientos no pudieron alcanzarla. Pensó durante cuatro latidos más y entonces sonrió lo más pacíficamente que pudo. Con un pensamiento, envolvió al Planeswalker en su hechizo de velo y extrajo otro pergamino del zurrón. Entró en la biblioteca y cerró la puerta silenciosamente a sus espaldas. Nunca había utilizado aquella historia como pretendía hacer, pero un Planeswalker telépata enloquecido representaba un peligro que jamás había contemplado. El relato era uno que había registrado hacía muchos muchos años, en un mundo con cinco lunas y metal resplandeciente hasta donde abarcaba la vista.

Original

Tras la desaparición de su creador, los seres conocidos como los myr se encontraban perdidos.

Algunos continuaron realizando sus últimas instrucciones, repitiendo sus tareas sin dirección ni propósito, mientras que otros simplemente se apagaron con intención de aguardar unas órdenes que jamás llegarían. La pérdida de Memnarch no acabó con ellos, pero sin una auténtica consciencia en su interior, sus vidas continuas apenas parecían vidas.

Algunos myr habían recibido instrucciones de supervisar la población y crear nuevos myr para reemplazar a los que resultaban dañados o destruidos. Uno de ellos había pasado meses en estado de hibernación, hasta que sus instrucciones le exigieron actuar: los myr de su tipo eran demasiado escasos y tenía que crear otro.

No obstante, sin su creador para guiarlo, el myr no tenía unas directrices claras. Hizo lo que sabía hacer: reunió los materiales adecuados, los llevó a la cámara del génesis, una pequeña sala esférica, y ensambló un myr completamente idéntico a sí mismo.

Aquel era el momento del proceso en el que el Maestro debía otorgar vida y una mente al nuevo myr. Pero el Maestro ya no estaba. Aun así, las instrucciones persistieron. El myr decidió utilizar su propia mente como patrón y se copió a sí mismo en el nuevo myr. El resultado fue un ser completamente idéntico en todos los sentidos. Tras haber cumplido sus instrucciones, el myr se dispuso a salir de la cámara... pero chocó con su duplicado.

El myr intentó dejar que su copia saliese primero, pero esta tuvo la misma idea al mismo tiempo. Esperaron un período idéntico para tratar de salir de nuevo, pero chocaron una vez más contra su otro yo. El myr y su duplicado intentaron romper aquella simetría imposible por todos los medios, pero nada funcionó. Al final, de pura frustración, los dos se destruyeron mutuamente.

Un tercer myr llegó un tiempo después con la tarea de reparar, y restauró a uno de los myr. El myr reconstruido impidió que el myr de reparación restaurase al duplicado y el problema se repitiese. En lugar de eso, decidió probar una solución distinta: volvió a copiar su mente, pero esta vez la dejó incompleta.

El myr nuevamente despertado fue capaz de crear a otros de la misma manera. A su vez, esos nuevos myr, con mentes en parte no formadas, pudieron multiplicarse y modificarse a sí mismos, actuar de manera autónoma y, en definitiva, adoptar la miríada de formas que tienen hoy en día.

Los myr celebran esta historia como el mito de su creación, pero el motivo por el que la celebran es curioso. Existen tres posturas respecto a cuál de los myr de este relato fue el primero de su tipo. ¿Fue el primer myr, el que creó a otro sin instrucciones específicas de su creador? ¿Restauró primero el myr de reparación al myr más reciente y fue por tanto el segundo myr el que dio el salto crítico que marcó la creación de su raza? ¿O fue el primero de los myr con una estampa incompleta el auténtico primer ejemplar de su tipo? Los myr discrepan en esta cuestión y celebran el propio desacuerdo: el hecho de que puedan discrepar en cuestiones de una naturaleza tan fundamental, mas existiendo en armonía, es parte de la esencia de lo que significa ser myr.

El joven cerró los ojos y respiró hondo repetidamente. Cuando volvió a abrirlos, estaban en calma.

―Gracias. Vaya, he... Oh. Oh, cielos. Liliana... ―Se masajeó la cabeza como si le hubieran dado un golpe y entonces levantó la vista con vergüenza―. Me llamo Jace. Eres Tamiyo, ¿verdad? Tu diario...

Se lo ofreció sujetándolo con ambas manos, pero ella levantó una palma esbelta como gesto amable de rechazo.

―Me ha guiado hasta aquí. Tus cálculos, tus estudios, la luna... Todo tenía sentido, o al menos lo parecía. Me afectó, pero tú... lo has arreglado. De algún modo. Ya estoy divagando otra vez. Seguro que sueno casi tan loco como antes, solo que... En fin, gracias.

―Sobre mis notas de campo... ―dijo Tamiyo con una sonrisa serena―. Se las entregué a alguien de confianza, pero ahora están en tus manos. ¿Hiciste daño a Jenrik, Jace?

―No, pero, ocurriera lo que ocurriese en la mansión Markov, Jenrik no sobrevivió. ―Al recibir la noticia, Tamiyo guardó un momento de luto en memoria de Jenrik, pero no dejó que la tristeza asomara en su rostro.

―Debes marcharte, Jace. Este lugar es peligroso, pero mucho más para alguien como tú. Tus poderes telepáticos conllevan responsabilidades. Si enloquecieses, el daño que podrías provocar a través de los planos sería inmenso, y permitirlo sería una irresponsabilidad por mi parte.

―Lo entiendo, pero... ―Jace calló de súbito. Había tardado unos instantes en darse cuenta de que acababa de recibir una amenaza. Levantó las manos a la altura de los hombros y retrocedió un paso.

»Tamiyo, solo quiero ayudar. Podemos salvar este mundo. Mis amigos y yo podemos ayudarte a resolver lo que ocurre aquí, a arreglarlo. Ya lo hemos hecho una vez... Más o menos.

Tamiyo enarcó una ceja blanca y no dijo nada.

―Escucha, los dos sabemos que Avacyn está en el fondo de lo que sucede en el plano. Tiene una mente, como cualquier otro ser, y puedo averiguar qué la aflige. Puedo detenerla, si fuera necesario. Y luego podremos dar el siguiente paso para enmendar todo esto.

La sonrisa de Tamiyo desapareció.

―No sabes nada, Jace. Sospechas. Teorizas. Tienes pruebas, pero distan de ser concluyentes. ¿Cuánto sabes realmente sobre Avacyn? ¿Sobre su propósito? Ignoras por completo lo que sucedería si Avacyn fuese destruida. Es la protectora de todo el plano; ¿alguna vez has oído hablar de un ser atado a un plano que interactúe de tal manera con el Multiverso? Te lo diré sin rodeos, Jace: sabes menos de lo que eres ignorante, y yo no estoy aquí para solucionar el problema de este mundo. Estoy aquí para comprenderlo. Para dejar constancia de ello. Para entender la verdad y registrarla para siempre. Este plano probablemente esté condenado y no tengo intención de impedirlo. Es triste, quizá, perder algo tan bello, pero, al igual que el florecimiento de un huerto en primavera, se trata de una belleza temporal. Es un único plano entre un sinnúmero de ellos. Los planos se pierden y se renuevan constantemente. Tus premisas presentan defectos.

―Pero sus habitantes... ―Jace se encogió, como si le hubieran herido―. ¡Aquí viven millones de personas! ¿Las abandonarías a su suerte? ¿A la locura o algo peor? Tenemos el poder, aquí, para marcar una diferencia. Tú tienes ese poder. ¿Me ayudarías?

―Te he ayudado, Jace. ―La expresión de Tamiyo no cambió, pero su voz fue un poco más gélida―. Mas te ofreceré una solución intermedia: compartiré contigo mi investigación y tus amigos y tú podréis utilizar esa información para evitar desastres similares en otros planos, si os place. No obstante, he registrado diez mil historias sobre héroes, y un héroe no es sino un desastre con un punto de vista.

―Sin conocimientos concluyentes sobre la propia Avacyn, tu investigación estará incompleta, inconclusa ―insistió el joven humano―. Con mi ayuda podrás completar la historia. Y si consigo detener a Avacyn, no perjudicaré tu labor y podría salvar un sinnúmero de vidas.

―Una comprensión definitiva sobre el estado actual de Avacyn sería ciertamente útil. ―Curiosidad. Solo una pizca―. Pero sospecho que, incluso si fueses capaz de adentrarte en una mente tan extraña...

―Puedo hacerlo.

―Si lo intentas, su demencia te consumirá, como ocurrió en una ocasión. ―La arrogancia del humano le resultaba encantadora y molesta a partes iguales―. Sin embargo... En teoría, puedo anclarte, atarte a tu cordura. Pero si decido que corremos demasiado peligro, interrumpirás el vínculo inmediatamente y nos retiraremos. El proceso requerirá que conectemos nuestras mentes a un nivel muy fundamental. Yo te entenderé y tú me entenderás. Y si no me agrada lo que llegue a entender, modificaré las condiciones de este acuerdo. En cuanto a ti, llegarás a saber exactamente cuáles son mis capacidades. ¿Te parece aceptable?

―Lo acepto.

Jace sintió en su mente algo similar al tintineo de una campanilla. Un tono claro, sereno y puro.

Era una invitación.


En un instante, ella lo conoció a él, mas no resultó sencillo conocer a aquel humano. Su mente era poderosa, pero se había quebrado. Se había roto en un millar de fragmentos, todos ellos un hombre distinto, muchos de los cuales trataban de colaborar, mientras que otros...

Había borrado sus propios recuerdos. Había destruido su propia verdad. Había invadido mentes inocentes, matado en momentos de ira, usado su poder con fines mezquinos y egoístas.

Sin embargo.

Era capaz de sacrificarse, de actuar con valor y de comprender. Estaba dispuesto a asumir responsabilidades. Demasiadas responsabilidades, tal vez, para alguien tan joven. Y más joven aún si se tenían en cuenta los años de su propia vida que había borrado tan bruscamente. Su deseo de averiguar la verdad era sincero y su promesa de ayudar a la gente de aquel plano era pura.

Y estaba seguro al setenta por ciento de que podía lograr lo que le había dicho a ella.


En un instante, él la conoció a ella, mas conocer no es entender. Jace siempre había tenido en gran estima a los soratami de Kamigawa, debido a sus mentes poderosas y disciplinadas. Vio la vida de Tamiyo y el contraste con la suya le produjo un malestar físico. Mientras que él no tenía ataduras, ella estaba firmemente anclada a la familia, las tradiciones y el hogar.

Su hogar. Una biblioteca infinita entre las nubes; el lugar que adoraba más que ningún otro. Las sonrisas y el tierno afecto de su familia. Niños. No podían entender plenamente los lugares que visitaba cuando se separaba de ellos, pero sus caras resplandecían cuando les traía historias, relatos imposibles contados con la voz de la verdad, procedentes de sitios que ellos jamás podrían ver.

Vio su carga. La terrible carga de saber, y la necesidad de proteger verdades demasiado peligrosas como para pronunciar en voz alta, pero demasiado importantes como para dejarlas caer en el olvido. Tres pergaminos con presilla de hierro, todos con un poder...

―Jace.

El vínculo cambió y los dos Planeswalkers trajeron sus consciencias de vuelta al mundo en el que se encontraban.

―Jace, mi hechizo de velo ha sido horadado. Una presencia poderosa se dirige hacia aquí.

El humano asintió y ambos recorrieron a toda prisa el pasillo que conducía a la capilla central de la catedral.

―Trataré de comunicarme con Avacyn. La distraeré. La distraeré con empatía si he de hacerlo. No tendrás mucho tiempo para detenerla antes de que nos mate.

Jace abrió la boca para responder, pero el mundo se convirtió en una sinfonía de vientos aullantes y vidrio estallando en pedazos.

El ángel descendía hacia ellos, con sus inmensas alas manchadas de sangre fresca. Su lanza fulguraba y escupía lenguas de fuego y su expresión revelaba un regocijo contenido. Tamiyo flotó para ir a su encuentro. Las alas del ángel levantaban un vendaval; el ascenso de la pueblo-lunar hizo que el aire apenas susurrase.

―Avacyn, soy una visitante en vuestro mundo y me he comportado con el mayor respeto posible. No deseo más que la paz y el bienestar a aquellos que protegéis. Como ángel que sois, podéis oír la verdad en mis palabras. ¿Cómo respondéis?

El rostro del ángel se retorció y compuso la más mediocre parodia de una sonrisa que había visto jamás, y de ella emanó una especie de risa chasqueante, sin que sus labios se moviesen. Su voz era un chirrido afligido que le hizo pensar en insectos y uñas.

―¿Cómo... respondo? Debo... proteger. De ti. Intrusa. Invasora. Putrefacta. ¡Impura! ¡IMPURA!

―Entiendo ―respondió Tamiyo. Un pergamino preparado se desenrolló―. Es una lástima.

No necesitó más que echar un vistazo a las palabras del texto. Era un lamento, una canción de un mundo antiguo donde el frío y el hielo eran tan peligrosos como cualquier bestia. Una canción de pérdida y pesar. Conocía sus versos de memoria.

El aullido del invierno

Un joven cruzó la puerta del monte,

breve salida para cuidar de granja y cerca,

entre frío y hielo bajo la nieve,

halló el joven su temprana y última meta.

Su mujer, belleza que tanto lo amaba,

vivió el día sin saber la horrible verdad,

que a escaso trecho de la puerta del monte,

su amor se había extinguido en la mocedad.

Cuando temió el sino de enviudar,

y con terror clamó desde la puerta del monte,

el frío absoluto había surgido desde el mar.

Y su aullido de angustia reverberó en el horizonte.

Avacyn arremetió con un potente batir de alas y Tamiyo se deslizó por el aire, apartándose a duras penas de la trayectoria de la lanza ardiente. Mientras el ángel viraba entre los arcos de la catedral, liberó contra ella unas precisas ráfagas de viento gélido; una pequeña parte de las plumas se congelaron y se hicieron añicos, cayendo como nieve blanca y roja sobre la capilla.

Avacyn cargó en picado, esta vez más rápido, y blandió su lanza en un amplio arco. Tamiyo planeó hacia adelante y le salió al encuentro, pero entonces descendió hacia la derecha y desvió la punta del arma con más ráfagas congelantes, dirigidas contra la mano diestra del ángel y la articulación del ala izquierda. Cuando le ganó la espalda, insistió, buscando el nacimiento del ala en el hombro. Avacyn era más veloz y un único impacto de su lanza probablemente acabaría con Tamiyo, pero el ángel luchaba con furia, mientras que la soratami se movía con una precisión calculada. El rostro de Avacyn no mostraba dolor ni frustración, pero su capacidad de maniobra empezó a sufrir. Ralentizó su acometida y, cuando lo hizo, la catedral se sacudió con aquella risa imposible: un trino seco, el chillido de un millar de ratas.

Tamiyo envió un pensamiento apremiante a Jace, quien permanecía oculto por debajo de la contienda.

―Se está adaptando. No tenemos mucho tiempo.

Avacyn levantó su lanza y, por un momento, Tamiyo reconoció a la guardiana de las historias, la Avacyn que había sido un faro de esperanza para las gentes de Innistrad. Desprendió una luz cegadora que iluminó hasta el último rincón de la capilla, y Tamiyo retrocedió ante su poder. La luz siguió brillando, presionando a los dos Planeswalkers como si fuera una fuerza física. Tamiyo se vio empujada hasta el suelo y Jace cayó de rodillas. El ángel descendió lentamente y bajó el arma hacia el pecho de Tamiyo. Toda su furia anterior parecía haberse desvanecido; ahora era la personificación de la gracia mortífera.

―Ya casi está...

Y de pronto se quedó inmóvil. La luz persistía, pero los movimientos de Avacyn habían cesado: se cernía sobre Tamiyo, con la lanza extendida... Pero eso era todo. No respiraba, sus alas no batían; estaba completamente quieta. Sin embargo, la luz inmovilizadora seguía ejerciendo presión sobre ellos.

―Tamiyo, lo he conseguido. Está... Bueno, no está durmiendo, exactamente, pero es lo más parecido que podía hacer.

―Jace, quizá hayas pasado por alto que...

―Estoy en ello, pero escúchame. Avacyn es el origen de la locura de los ángeles. Están en sintonía con ella, de algún modo. Lo mismo les ocurre a sus fieles. Pero... ella no es el origen. Está bajo la influencia de otra cosa y... ¡tenías razón! Todavía lucha por mantener a raya esa cosa. No puedo verla, pero si profundizo un poco más...

―Jace, detente.

―Un momento... No. Es...

El aire se impregnó de un hedor a carne putrefacta. La luz de Avacyn no se atenuó, pero la sensación de gloria desapareció de ella: ahora era fría, repugnante, aceitosa y cruel. El ángel se volvió hacia Jace, como si de pronto se hubiera olvidado de Tamiyo, y caminó con determinación hasta su nuevo objetivo.

―Profanador ―susurró con una voz que sonaba como piel crepitando entre las llamas―. Ladrón. Pústula de corrupción. ―Se agachó y plantó una mano en el pecho de su víctima. Cualquier otra acusación que pudiera haber susurrado se ahogó entre los gritos de Jace.

Tamiyo se concentró en el vínculo entre sus mentes y trató de ofrecerle consuelo, de aliviar mínimamente su dolor antes del fin. Muchas capas de su consciencia ya habían sido desolladas, convertidas en sufrimiento bajo el tacto agónico del ángel. Sin embargo, la mente de Jace tenía defensas, estaba protegida, y el dolor aún no había penetrado hasta sus pensamientos más profundos.

―Tamiyo. El pergamino. El pergamino de hierro. Me lo has mostrado. Una historia antigua. Una historia poderosa. Los supervivientes de un lugar perdido... El reino de Serra. Ese cataclismo, ese poder... La historia encaja. Sabes que lo hace. Puedes detener esto.

Incluso cuando compartió su agonía, cuando sintió que Jace empezaba a morir y supo que ella sería la siguiente, su respuesta no vaciló en lo más mínimo.

―¿Y qué ocurrirá entonces? Avacyn continúa defendiendo este mundo, Jace, a pesar de su locura. ¿Alguna vez has hecho una promesa? Yo hice una, antaño. Y las promesas no han de cumplirse solo cuando es fácil cumplirlas. Hacemos promesas para momentos como este, en los que queremos romperlas desesperadamente. No, Jace, el pergamino permanecerá cerrado.

Incredulidad. Ira.

―Lo siento, Jace. A veces, nuestras historias tienen que tocar a su fin.


Archivo de relatos de Sombras sobre Innistrad

Perfil de Planeswalker: Jace Beleren

Perfil de Planeswalker: Tamiyo

Perfil de plano: Innistrad

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