Promesas que mantener

Posted in Magic Story on 2 de Diciembre de 2015

By Doug Beyer

Senior creative designer on Magic's creative team and lover of writing and worldbuilding. Doug blogs about Magic flavor and story at http://dougbeyermtg.tumblr.com/

Historia anterior: A cualquier precio

Semanas atrás, Chandra Nalaar decidió no involucrarse en el conflicto de Zendikar. Su paradero actual es el plano de Regatha, donde ha aceptado el cargo de abadesa de un monasterio de piromantes. Sus pensamientos divagan con frecuencia a la batalla que tiene lugar en Zendikar, al dolor que podrían estar sufriendo sus amigos en ese plano... y a la ayuda que podría prestarles. Sin embargo, ha prometido cumplir su deber en Regatha, y una promesa es una promesa.


El sueño seguía sin acudir, aunque tampoco podía rendirse a él.

Una pila de páginas de pergamino cubría el suelo de los aposentos de Chandra. Aunque tenía la espalda apoyada en la pared del rincón más lejano, aún podía leer las líneas que había escrito en la página superior:

MI ORACIÓN INSPIRADORA

ABADESA NALAAR

Eso era todo.

La pluma seguía justo donde la había dejado: incrustada en la pared de mampostería. Chandra se sentía como si su cerebro se retorciera para intentar salir del cráneo.

Al día siguiente iba a dar el tradicional Discurso del monte Keralia. Iba a deslumbrar a la madre Luti y a todos los discípulos con una letanía bien preparada de proezas pirománticas que transmitirían confianza, algunas palabras inspiradoras que evocarían a la venerable Jaya y puede que alguna que otra metáfora basada en el fuego. Iba a demostrar que era digna de ser la abadesa de la Fortaleza Keral, al igual que habían hecho todos los abades desde el origen de los tiempos, probablemente.

Se dejó caer en la cama sin quitarse el hábito de abadesa y se quedó mirando al techo del dormitorio.

"Es la vida que has elegido", se recordó a sí misma.

Había hecho una promesa. Daba igual lo que estuviese ocurriendo en Zendikar, o que pudieran necesitar su ayuda, o que participar en la batalla quizá tuviese un efecto liberador. Ahora tenía un cargo que desempeñar.

Montaña | Ilustración de Sam Burley

Se fijó en la pluma clavada en la pared y desvió la mirada lentamente hacia la puerta. Se levantó y caminó hacia ella. Asomó la cabeza y echó un vistazo a los pasillos de la Fortaleza. Las sombras danzaban a la luz de los braseros titilantes. La Fortaleza continuaría en silencio durante horas.

"Esto es lo que se siente al cumplir una promesa", se dijo. "Ya no eres una cría. Ahora tienes que asumir una...". Se apoyó con el antebrazo en el marco de la puerta y se obligó a pensar la próxima palabra: "responsabilidad".

Se mordió el labio, siguió de pie en la puerta y volvió a mirar hacia los pasillos. Entonces cerró la puerta con firmeza.

Le dio una ojeada al discurso en blanco y al frasco de tinta casi intacto.

Plantó los pies en el suelo, se abrochó el cinturón del hábito de abadesa y miró hacia la pared que tenía enfrente.

"Solo un vistazo", pensó.

Su voluntad hizo presión contra el espacio que la rodeaba, obligándolo a cambiar. "Zendikar".

Los aposentos se disolvieron. Las paredes se convirtieron en un húmedo aire nocturno. El suelo de piedra se transformó en una pendiente de guijarros. El techo dio paso a un cielo oscuro, cubierto de masas de tierra flotantes y rocas romboides e inclinadas.

Se agachó por instinto. Habían pasado cientos de días, o tal vez un millar, desde la última vez que la mugre de Zendikar le manchó el rostro. Aún podía notar el olor de la tierra fértil, la pureza sin límites del mundo y la sensación de peligro que había en el ambiente. Sin embargo, había algo nuevo: un olor a polvo seco. Un olor árido.

Se puso nerviosa. Se limpió las manos con el hábito ceremonial. De pronto le pareció que no estaba preparada, que no tenía lo necesario para enfrentarse a los grandes peligros de Zendikar. Empezó a respirar entrecortadamente.

Cascada del horizonte | Ilustración de Philip Straub

Estaba rodeada de árboles con troncos torcidos y peñascos dentados. Corrió hacia terreno elevado para inspeccionar los alrededores. La tierra descendió ante ella, en dirección a un mar reluciente. Más allá del mar se alzaba una ciudad de torres blancas de piedra: era Portal Marino. Había conseguido viajar entre los planos y aparecer cerca del lugar que buscaba, el lugar donde Gideon le había dicho que podría encontrarle. Las torres blancas se elevaban sobre un gran dique y por encima del mar flotaba una formación circular de edros, con sus runas brillando en la noche y reflejadas en la superficie del agua.

En la lejanía, Chandra divisó una extraña e inmensa silueta que no reconoció. Probablemente fuese una de las cordilleras o masas continentales flotantes de Zendikar, que aparentaba tener un tamaño colosal bajo la escasa luz nocturna.

Justo debajo de ella, en la base de un acantilado, había gente. Conocía a algunas de aquellas personas. Gideon gritaba órdenes, mostrándose tan natural liderando como llevando su armadura.

―Con cuidado... Bien, muy bien. Perfecto. ―dijo―. ¡En posición! ¡Tirad!

Chandra siguió la mirada de Gideon. Uno de los edros de mayor tamaño que flotaban sobre el agua empezó a desplazarse. Entonces vio a varios equipos de zendikari guiándolo, atrayéndolo con cuerdas de gran grosor y empujándolo con hechizos. Había numerosos kor en el dique tirando de sus cuerdas guía para dirigir el edro poco a poco hasta el lugar donde querían situarlo.

―¡Alto! ―indicó Gideon.

Un segundo equipo tiró en sentido opuesto. El edro frenó su avance hasta detenerse y ocupar su sitio en el círculo.

―Bravo ―valoró Gideon―. Primer equipo, preparad las cuerdas para el último.

"Van a conseguirlo", pensó Chandra. "Mis amigos van a conseguirlo. Han venido a ayudar. Van a salvar este mundo".

Involuntariamente, Chandra levantó los puños con orgullo... y el vértigo la hizo trastabillar al borde del acantilado. Logró conservar el equilibrio, pero varias piedras rodaron ladera abajo por detrás de ella, hacia unos matorrales.

―¡Atentos! ¡Atentos! ―gritó una mujer desde lo alto.

Chandra se agazapó entre dos árboles curvos y miró hacia arriba entre las ramas. Por encima de ella volaba una exploradora, una elfa que cabalgaba sobre una ancha bestia manta. El animal descendió rápidamente y la vigía inspeccionó la zona donde se escondía Chandra.

Elfa jinete celeste | Ilustración de Dan Scott

―¡Hay movimiento entre los árboles, en aquella dirección! ―gritó la elfa.

―Haz otra batida ―respondió Gideon desde abajo―. Tenemos que saber cuántos son y de qué tamaño.

La exploradora comenzó a regresar describiendo un amplio arco hacia la posición de Chandra. Solo tenía unos segundos para esconderse de la mirada de la vigía; no había ido a Zendikar para quedarse. "Solo un vistazo".

Bajó corriendo por el sendero que había subido antes, medio deslizándose por la pendiente. Trastabilló en unas rocas sueltas, pero consiguió apoyarse en un saliente en arco... solo para toparse con un problema totalmente distinto.

Cuando se detuvo, se encontró cara a máscara con un trío de seres con cabezas de hueso y costillas cubiertas de carne. Daba la impresión repugnante de que llevaban las entrañas por fuera.

Vigilante sin ojos | Ilustración de Yohann Schepacz

Eldrazi. Esas criaturas eran Eldrazi, los monstruos que habían devastado el mundo y que Gideon y Jace querían combatir con su ayuda.

El mayor de ellos emitió un siseo silbante y los demás lo secundaron, moviéndose hacia Chandra.

―No, no, no ―susurró ella. Echó un vistazo al cielo. La elfa viraba hacia allí, pero aún no había completado el giro. Volvió a centrar su atención en los oponentes justo a tiempo para ver que uno se preparaba para lanzarle un zarpazo.

Logró esquivarlo, pero otro de los Eldrazi se abalanzó sobre ella y le presionó un hombro contra una roca. Se liberó de un tirón, pero el tercer monstruo le saltó encima, extendiendo unas pinzas viscosas hacia su cabeza.

―¡Esos modales! ―masculló al atrapar un trozo de esternón para arrojar lejos a la criatura.

El mayor de los tres cayó sobre Chandra y añadió su peso al del hábito que llevaba sobre los hombros. Notó que las afiladas extremidades delanteras del Eldrazi trataban de inmovilizarla... o de aplastarla.

Se dobló bajo el peso del monstruo y luchó por conservar el equilibrio. Sintió dolor en la columna bajo aquella presión y cayó de rodillas. Agarró las patas de la criatura y las empujó hacia arriba, pero sus púas se le clavaron en las manos. El Eldrazi siguió presionando hacia abajo y la mueca de esfuerzo de Chandra se convirtió en un gruñido. Hizo acopio de todas sus fuerzas, afianzó los pies y empujó al ser.

―Rah... ¡AGH!

El Eldrazi salió rodando y Chandra volvió a moverse libremente por el momento.

La bestia voladora pasó de largo por encima. ¿La habrían visto? La exploradora elfa silbó y su montura volvió a virar, descendiendo mientras giraba de nuevo en dirección a Chandra.

No podía perder más tiempo. Miró a los Eldrazi y sintió el calor hormigueando en su piel. Se agachó y giró sobre sí misma, y el giro se convirtió en furia, y la furia se convirtió en fuego.

Llamas de la instigadora | Ilustración de Steve Argyle

Una esfera de llamas estalló a su alrededor. Por un momento, lo único que vio fue el destello de su propio fogonazo, pero luego volvió a ver el cielo nocturno y a las criaturas yaciendo boca arriba en el suelo, aunque seguían vivas. Sus cuerpos y patas chamuscadas se agitaban para tratar de enderezarse.

"Rápido, rápido, rápido".

Los Eldrazi se dieron la vuelta y sisearon y chirriaron. Chandra cruzó los antebrazos, acumuló el maná de la montaña que pisaba y separó bruscamente los brazos a ambos lados, arrojando tres cuchillas de fuego sobre los Eldrazi.

Los monstruos se desplomaron y sus cuerpos empezaron a echar humo en silencio, cada uno en su propio cráter-tumba.

Chandra apretó los puños, triunfal, y estuvo a punto de gritar, pero logró contenerse y se tapó la boca con la mano. Volvió a mirar hacia arriba y corrió a esconderse entre los árboles. La exploradora sobrevoló la zona y no apartó la mirada de los cadáveres humeantes.

Chandra se estremecía, alternando entre una sensación de pánico y otra de euforia. Apretó la espalda contra un árbol y cubrió el cristal reflectante de sus lentes con la manga del hábito para mantenerse lo más oculta posible.

"Ya está. No he venido a nada más. Solo quería saber que están bien. Solo quería asegurarme... de que no me necesitan".

Se preparó para viajar entre los planos, de vuelta a Regatha. El paisaje de Zendikar comenzó a fundirse alrededor de ella. Se permitió echar un último vistazo en dirección a Gideon y los demás. Y entonces volvió a ver la silueta en el horizonte, la cosa que le había parecido una masa continental flotante o una montaña con una forma peculiar.

A la luz de los primeros rayos del alba, notó que la silueta gigantesca se movía. Sus extremidades ondulaban lentamente, lo que significaba que tenía extremidades. Sus dos protuberancias en la mandíbula reflejaron un brillo pálido en el ambiente nocturno.

La silueta no solo se movía. Se acercaba. Se dirigía hacia Portal Marino, hacia Gideon y los demás, dejando un rastro de muerte en el mundo. Amenazaba con destruir toda la vida a su paso.

Las criaturas que acababa de derrotar eran... insignificantes en comparación con aquella monstruosidad. Aquella cosa, Ulamog, era el auténtico enemigo. Aquello era la causa del olor a muerte y polvo que antes no había en el mundo, lo que sus compañeros habían venido a combatir a costa de arriesgar sus vidas.

Ulamog, el Hambre Que No Cesa | Ilustración de Michael Komarck

Aquello era lo que ella había ayudado a liberar.

Pero entonces la silueta de Ulamog se disolvió y de ella solo quedó una sombra en las retinas de Chandra. Ya se marchaba de Zendikar, viajando entre los planos. Regatha cobró forma en torno a ella, sustituyendo la extensión de terreno que la separaba de los edros, de sus amigos y del titán eldrazi. Su dormitorio se iluminó mientras acababa de cobrar forma, bañada por la luz matutina que entraba por las ventanas.

No ―dijo en voz alta.

El sonido de alguien llamando a la puerta con insistencia comenzó a llegar a los oídos de Chandra a medida que el mundo cambiaba. La puerta se abrió de golpe y tras ella apareció el rostro enojado de la madre Luti. Para Chandra, fue como ver una imagen persistente del propio Ulamog.

―¡Chandra! ―la regañó Luti―. ¿Estás lista? ¡Todo el monasterio ha acudido al Discurso! ¡Los cánticos han empezado!

Chandra se quedó boquiabierta.

―No vas a ignorar tus responsabilidades aquí, abadesa Nalaar ―continuó la madre Luti―. Ni tampoco vas a romper tu promesa. ―Dicho eso, Luti se marchó echando chispas por el pasillo.

Chandra cerró la boca lentamente. Aún llevaba puestas las vestimentas de abadesa... El hábito de Serenok. El hábito bordado tenía un pequeño desgarro en una manga, por donde la pinza dentada del Eldrazi le había apresado el brazo.

Como si estuviera vagando por una neblina irreal, se agachó para recoger el montón de páginas de pergamino: su discurso.

MI ORACIÓN INSPIRADORA, ponía en la primera página, garabateado de su propia mano. ABADESA NALAAR.

Miró hacia la puerta. Si la atravesaba, la conduciría al resto de la Fortaleza, a sus discípulos, a la madre Luti, a Regatha. Pero sus pies no sabían cómo moverse hacia ella.

De pronto, estrujó las páginas entre sus manos e hizo una bola con ellas. El papel de pergamino fue pasto de las llamas y se consumió en un abrir y cerrar de ojos. Las motas de ceniza se escurrieron entre los dedos de Chandra.

"Esto es lo que se siente al mantener una promesa", pensó.

Salió del dormitorio con la silueta de Ulamog aún grabada a fuego en su mente.


La abadesa saludó a sus discípulos inclinando la cabeza. Había muchísimas caras mirándola en el gran salón de la Fortaleza Keral. La madre Luti observaba la escena desde el fondo.

―Buenos... Mm, días ―dijo Chandra. Se aferró al obelisco que le servía como estrado y trató de recordar cómo se usaban las palabras. Tosió tapándose con la manga del hábito.

»El fuego es un símbolo... ―dijo con voz tensa y la frente arrugada, tratando de recordar algunas de las palabras del abad Serenok―. Un símbolo de... eso, del fuego. Del que hay en nuestros corazones.

Sospechaba que esas palabras habían sonado mejor en boca de Serenok.

Los monjes intercambiaron algunas miradas. Alguien carraspeó.

―Debemos... ―dejó en el aire mientras bajaba la vista hacia el estrado―. ¡Avivarlo! Ese fuego. Para que... Mm...

Levantó la mirada y vio el rostro de la madre Luti; craso error. Chandra se llevó los dedos a las sienes.

Entonces tosió y respiró hondo.

―A ver, escuchad. ―Decidió empezar de nuevo―. Cuando llegué aquí de niña, era un desastre. No tenía ni la más mínima idea de qué hacer con esto. ―Levantó una mano y la hizo estallar en llamas. Después la agitó y apagó el fuego―. La gente de este lugar me ayudó: el abad Serenok, la madre Luti y todos vosotros. No intentasteis controlarme ni hacerme cambiar. Me enseñasteis a expresar quién soy y a que lo hiciese a mi manera.

»Si hay algo que pueda hacer para devolveros el favor, es animaros a que hagáis lo mismo ―dijo mirando a la multitud de rostros que la observaban―. Cada uno de vosotros es un individuo, una persona única. No sois solo los monjes de fuego de la Fortaleza Keral. No sois los devotos de las enseñanzas de Jaya. No habéis venido para escucharme, ni a mí ni a ningún otro abad. Sois personas únicas con ideas muy distintas sobre lo que importa de verdad. Solo habéis venido porque este lugar os ayuda a descubrir quiénes sois.

"¿De verdad voy a hacerlo?", pensó Chandra. "¿Voy a decir lo que creo que voy a decir?". Buscó el rostro de la madre Luti, pero no logró encontrarla entre la multitud.

―Lo siento por aquellos a los que voy a decepcionar ―continuó―, pero la mejor manera que conozco de honrar la tradición del Discurso del monte Keralia es deciros que dejéis de escuchar este Discurso.

Los monjes se miraron unos a otros. Chandra desabrochó el cinturón de su hábito de abadesa, sacó los brazos de las mangas y se lo quitó; debajo llevaba su armadura de siempre. Plegó el hábito y lo sostuvo con ambas manos, con cuidado, de la forma en que uno sostiene un tesoro importante que corresponde a otra persona.

―Todos vosotros tenéis un don que solo vosotros podéis compartir con el mundo. Una forma de ayudar que los demás no conocen. Y mi consejo para que expreséis esos dones es el siguiente: confiad en vosotros mismos; confiad en vuestro don. No depositéis toda vuestra confianza en un discurso, ni en el mío ni en el de ningún otro.

Algunos de los monjes se levantaron despacio. Varias cabezas asintieron. Chandra vio unas pocas sonrisas relucientes.

―Hay propósitos aguardándoos ahí fuera que son más importantes que una tradición o un discurso ―prosiguió―. Crisis en las que deberíais participar ahora mismo, problemas que no se resolverán sin vosotros. Os animo a que vayáis. Idos y descubrid esas crisis. ―Bajó la cabeza y alzó el hábito de Serenok a modo de saludo―. Gracias.

Muchos monjes negaron con la cabeza y torcieron la boca en desacuerdo, pero otros alzaron los puños y vitorearon a Chandra. Notó que se sentían más vivos que antes y que sus ojos tenían un brillo que no había visto en las últimas semanas de rutinas y metáforas.

Chandra, llamarada rugiente | Ilustración de Eric Deschamps

―Gracias ―repitió mientas pestañeaba para enjugar las lágrimas, apretando el hábito entre los brazos―. Muchas gracias por todo lo que habéis hecho por mí. Gracias.

Chandra sonrió y se marchó del estrado. Se topó con el muro de Luti y su sonrisa se desvaneció.

―Lo siento, madre Luti, pero sabes que tengo que marcharme.

―¿Eso es lo que sientes? ―preguntó Luti sin inmutarse―. ¿Es lo que quieres?

―Voy a ir a Zendikar ―respondió Chandra―. Me necesitan.

La miró a los ojos y notó inmediatamente el dolor que provocaría su marcha. Se dio cuenta de que iba a abandonar el lugar que la había acogido, el lugar que había confiado en ella y la había ayudado a convertirse en sí misma.

―No estás segura ―comentó Luti. Su expresión era impenetrable―. ¿Es la verdad que te dicta el corazón?

El fantasma de Ulamog acudió a la mente de Chandra―. Sí, eso creo.

―No puedo aceptarlo ―le espetó Luti―. Te necesitamos aquí.

―Tengo que ir ―replicó Chandra―. Escucha, siento mucho tener que abandonaros. Sé que el monasterio perderá a su abadesa y os agradezco todo lo que habéis hecho, pero...

―Y yo siento tener que hacer esto ―la cortó Luti―, pero te recuerdo que has hecho una promesa. Te quedarás y seguirás siendo la abadesa de la Fortaleza.

―¿Cómo?

―Tienes un compromiso con este lugar. Pensaste en marcharte, pero decidiste permanecer aquí. Reúne otra vez a los discípulos. Vas a dar tu Discurso y a enseñarles a dominar la piromancia.

―¿Cómo dices? ―Chandra frunció el ceño.

―Te prohíbo que te marches ―respondió la madre Luti totalmente seria.

Chandra empezó a apretar los puños, pero se obligó a abrir las manos de nuevo. Negó con la cabeza y soltó una risita―. Mira, no tengo intención de...

―Chandra, ¿acaso tengo que recordártelo? Aunque eres la abadesa, mi cargo es superior al tuyo. Permanecerás aquí.

Ni hablar. ―Apretó los puños.

―Lo harás y aceptarás mi decisión.

―No me hagas esto.

―¡Tienes una responsabilidad!

―¡Tengo otra responsabilidad! ―gritó Chandra. Levantó un brazo bruscamente y señaló hacia el cielo, pero daba igual adónde―. Ahí fuera hay gente muriendo y yo puedo ser de ayuda. Puedo ayudar. No pienso quedarme para repetir ejercicios una y otra vez cuando sé que puedo marcharme y utilizar vuestras enseñanzas para prevenir una catástrofe.

Por fin estás segura ―dijo amablemente la madre Luti, con el rostro resplandeciente de orgullo disimulado―. Enhorabuena, Chandra.

―¿Cómo...? ―se sorprendió Chandra.

―Ahora entiendes la verdad en esa cabecita tuya.

―Eso... ¿Eso era lo que necesitabas oír?

―Eso es lo que necesitabas saber.

Chandra bajó los hombros y se enjugó una lágrima que se formó espontáneamente en el rabillo del ojo―. Gracias.

La madre Luti extendió las manos para recibir el hábito del abad, pero Chandra la abrazó por sorpresa. Luti dudó un momento, pero luego la estrechó entre sus brazos.

―Vete, Chandra Nalaar ―susurró Luti junto a los cabellos de Chandra―. Vete a salvar mundos.

―Lo prometo ―susurró Chandra en voz apenas audible.

Se separó de Luti para recoger el hábito de Serenok y lo dobló con cuidado. Luego lo extendió y lo dobló de otra manera, y después volvió a intentarlo y frunció el ceño al ver el tercer desastre asimétrico que había creado. Empezó a doblarlo una vez más, pero sonrió cuando la madre Luti se lo quitó amablemente de las manos.

―Trae, niña, trae ―la reprendió Luti―. No pasa nada.

Chandra se giró hacia la multitud y muchos discípulos le aplaudieron.

―Adiós ―dijo―. Hasta la próxima. Espero volver a veros algún día.


El aire de Zendikar olía a polvo, pero no perdió la esperanza: también olía a agua de mar, así que no estaba lejos. Había aparecido en algún bosque próximo a la costa, pero podía ver las torres de Portal Marino entre la arboleda.

También veía a Ulamog; había llegado a las afueras. Su monstruosa cabeza se elevaba por encima de las torres, mientras que su mandíbula ósea y sus brazos bifurcados amenazaban con destruir la ciudad. Esperaba no haber llegado demasiado tarde.

El dique estaba cerca y bajó corriendo por una pendiente repleta de árboles. Un pequeño grupo de engendros eldrazi descendieron de las ramas por delante de ella siseando y agitando sus extremidades con púas. Chandra giró sobre sí, describió un arco con el brazo y las criaturas quedaron incineradas bajo una ráfaga de magia ígnea. Chandra no se detuvo y reventó las pilas de cenizas embistiendo con el hombro.

Por fin llegó a Portal Marino. Subió corriendo por una calle principal de piedra blanca, la parte superior del inmenso dique. Había decenas o cientos de zendikari mirando hacia el mar, en dirección a Ulamog...

Y gritaban de júbilo.

Chandra corrió para asomar al exterior. Tardó unos segundos en asimilar lo que veía.

Ulamog estaba atrapado.


El titán se retorcía dentro de un anillo de edros, pero era incapaz de moverse más allá de él. Alrededor de Chandra, la multitud de elfos, kor y trasgos gritaba y se burlaba del titán encerrado. Acto seguido se alarmó al ver un monstruo marino emergiendo de las aguas, pero de pronto utilizó sus tentáculos para aplastar a diversos Eldrazi rezagados. ¡También ayudaba a los zendikari! Entonces le pareció distinguir a una tritón que dirigía al colosal cefalópodo utilizando una lanza con dos puntas.

Chandra se dejó llevar por el alborozo. Volvió a bajar corriendo por el dique, esquivando a los zendikari que se abrazaban y gritaban de alegría y mirando hacia el exterior. Estaba ansiosa por encontrar algún rostro conocido, pero no vio ni a Gideon ni a Jace.

Cuando divisó la sombra alada que sobrevolaba el mar, el tiempo pareció ralentizarse. Levantó la mirada hacia el demonio con venas infernales y sintió en el vientre una punzada de terror que se expandió por todo su cuerpo. El demonio se mantuvo en el aire batiendo sus poderosas alas y se situó encima de la prisión de Ulamog. Entonces estiró hacia abajo las garras, como tratando de atraer hacia sí un poder que yacía en las profundidades. Pronunció unas palabras ininteligibles y Chandra sintió que la tierra se estremecía.

Los gritos de júbilo se convirtieron en murmullos de preocupación.

Las puntas de los edros se desplazaron hacia el demonio. La prisión de edros acababa de convertirse en un mecanismo distinto, una especie de vórtice de poder dominado por la figura alada. De los edros surgieron haces de energía oscura que convergieron en el demonio. Su cuerpo se arqueó violentamente hacia atrás, absorbiendo el poder. Una siniestra risa de satisfacción surgió por encima del cráneo de Ulamog.

Ob Nixilis reavivado | Ilustración de Chris Rahn

"Un demonio riendo...", pensó. "Malas noticias".

Chandra escupió en las manos, las frotó y conjuró de la nada una cantidad de fuego desmedida. Tres hechizos simultáneos deberían bastar. Se contorsionó, giró sobre sí con un gruñido y el torrente de piromancia salió disparado hacia el demonio. Sin embargo, cuando los hechizos se aproximaron a las líneas místicas oscuras, quedaron atrapados y las llamas se dispersaron sin alcanzar a su objetivo.

El suelo tembló y los murmullos se convirtieron en gritos. Asomó por el borde del dique y vio que los edros de la prisión de Ulamog se inclinaban y se sacudían. El suelo retumbó con más violencia, sacudiendo el dique y provocando olas enormes. Los zendikari corrieron en estampida por el dique, dominados por el pánico.

Las olas rompieron por encima de la presa en el lado de Halimar. Una especialmente grande, de unos diez metros, cayó sobre los zendikari que huían despavoridos calle abajo. Chandra liberó un cono de calor contra ella y la evaporó antes de que barriese a los zendikari e inundara el dique. Corrió junto a ellos y repelió los torrentes de agua con ráfagas de aire piromántico.

Cuando llegó con la multitud a terreno bajo, volvió la vista atrás y vio que las partes superiores de las torres de Portal Marino se tambaleaban de un lado a otro. Uno de los chapiteles se agrietó y descargó sobre ellos una lluvia de polvo blanquecino y escombros.

Cuando el hechizo que potenció al demonio concluyó, la gravedad actuó sobre los edros de la superficie del agua. Las rocas cayeron una tras otra, partiendo las cuerdas que las unían entre sí y al muro de Portal Marino. El círculo se rompió. La estructura de la prisión de Ulamog se desmoronó.

Ahora que volvía a ser libre, Ulamog se desplegó como una flor apocalíptica. El titán lanzó sus tentáculos contra los zendikari cercanos que trataban de huir, quienes se convirtieron en polvo al instante.

Chandra gritó de furia. Arrojó proyectiles de fuego contra Ulamog, pero no parecían servir de nada. Seguía sin ver a Gideon ni Jace entre la multitud. No había sido capaz de detener al demonio ni de dañar al titán recién liberado.

"¿Qué más podría empeorar hoy?".

La península rocosa al otro extremo de Portal Marino se estremeció y el suelo se partió con un crujido. La roca y la tierra se hundieron y abrieron un socavón que se devoraba a sí mismo. El socavón se extendió de forma antinatural: los bordes del agujero se doblaron y se retrajeron hacia dentro, y el terreno formó unos extraños patrones en ángulo recto con un brillo iridiscente.

Algo descomunal se agitaba en las profundidades y se dirigía hacia la superficie.

"¡CLARO!", pensó Chandra. "¿POR QUÉ NO? ¿POR QUÉ NO IBA A EMPEORAR EL DÍA?".

Unos fragmentos angulosos de un material brillante parecido a la obsidiana perforaron el suelo desde abajo. Cuando el ser emergió, Chandra vio que los fragmentos flotaban en formación por encima de un gran orbe giratorio que parecía una cabeza, la cual estaba incrustada en un torso blindado con extremidades partidas, el cual se alzaba sobre un bosque de tentáculos ctónicos. Mientras se levantaba, se quitó de encima la tierra como si fuese un abrigo molesto, y los trozos de terreno se desprendieron de él y cayeron al mar.

Aquel no era un simple Eldrazi al que se le podía plantar cara. Lo que acababan de presenciar era el advenimiento de otro dios monstruoso, como Ulamog: una divinidad horripilante de la Eternidad Invisible.

Un segundo titán eldrazi se había unido a la batalla.

Ilustración de Lius Lasahido


Archivo de relatos de La batalla por Zendikar

Perfil de Planeswalker: Chandra Nalaar

Perfil de plano: Zendikar

Perfil de plano: Regatha

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