Reencuentro

Posted in Magic Story on 22 de Julio de 2015

By Kelly Digges

Kelly Digges has had many roles at Wizards over the years, including creative text writer, R&D editor, website copyeditor, lead website editor, Serious Fun column author, and design/development team member on multiple sets.

Historia anterior: Gideon Jura – Límites

El mago mental Jace Beleren representa muchas cosas para distinta gente. Entre ellas destaca su actual responsabilidad como Pacto viviente, el árbitro mágicamente capacitado para resolver los conflictos entre los gremios del plano-ciudad de Rávnica. Sin embargo, Jace ha hecho muchas promesas y ha aceptado solucionar muchos problemas, y todas esas cuestiones sin resolver tiran de su mente.

Aunque algunas quizá lo hagan más que otras.


Jace sonreía con diplomacia mientras la delegación golgari se marchaba arrastrando los pies. Murmuró un breve hechizo para disipar el hedor a moho y podredumbre de los estimados embajadores y sus asistentes zombie.

En cuanto la puerta se cerró, Jace dejó de sonreír y se sentó en el amplio escritorio que por fin había tenido tiempo de encargar. La madera crujió y Jace enarcó una ceja. Lo que necesitaba ahora era una butaca bien cómoda sobre la que dejarse caer. De piel. Una costosa y de calidad.

―Dime que hemos terminado por hoy ―rogó.

―Le informo de que yo jamás mentiría, ni siquiera por orden suya ―respondió la alguacil Lavinia con un tono que a él le pareció un tanto socarrón.

Jace, telépata desenfrenado | Ilustración de Jaime Jones

Jace refunfuñó. No porque el trabajo fuese desafiante, sino por lo contrario: le resultaba muy sencillo, pero tenía mucho que hacer.

―Sin embargo ―continuó Lavinia―, esta vez puedo confirmar que esa ha sido la última consulta del día. Aunque los solicitantes de mañana ya están haciendo cola, por supuesto.

La luz del sol ya no iluminaba la Cámara del Pacto entre Gremios. ¿Cuánto tiempo llevaba sin comer?

―Que esperen. Tal vez consiga resolver sus peticiones, pero no puedo hacerlo todo en un día.

Miró a Lavinia; parecía tan firme como siempre. Jace frunció el ceño.

―¿De verdad que no estás cansada? La gente debe de pensar que mi alguacil es una ilusión. ¿Cómo es posible que alguien pase doce horas de pie con armadura ceremonial completa y sin agotarse?

Lavinia giró la cabeza hacia él y lo miró de arriba abajo.

―Usted también aguantaría si hiciese algo de ejercicio ―dijo con una sonrisa, pero eso no significaba que no hablase en serio.

―Tomo nota.

Se preparó para marcharse.

―Pacto viviente ―lo llamó Lavinia. Se volvió hacia ella―. Procure descansar.

Lavinia del Décimo | Ilustración de Willian Murai

―Café ―respondió Jace―, el Pacto viviente decreta que el café es un sustituto aceptable para el descanso, según lo especificado en la subsección... la que sea.

Lavinia era demasiado disciplinada como para levantar la mirada y suspirar, pero sí que negó con la cabeza mientras él se marchaba.

Tras recorrer una serie de pasillos laberínticos, Jace se escabulló por una entrada secreta que conducía a su apartamento privado. Nadie más había oído hablar de aquella entrada excepto Lavinia, y ni siquiera ella sabía cómo abrirla. Jace conocía historias de planos en los que algunos gobernantes ordenaban construir tumbas y castillos para ellos mismos y luego mataban o cortaban la lengua a los arquitectos y súbditos que habían participado en la construcción. Él había preferido borrar algunos recuerdos específicos de los obreros; se decía a sí mismo que aquello era mucho más compasivo, aunque no siempre le daba esa sensación.

El apartamento estaba hecho un desastre y se encontraba plagado de diagramas, proyectos empezados y restos de comida sin terminar. Había una ilusión de un edro de Zendikar flotando en el aire y sus runas todavía sin descifrar parecían mofarse de él. Había globos y mapas de diversos planos con marcas que señalaban lugares importantes. El cuerno de un ogro onakke hacía de pisapapeles sobre un borrador de una tediosa propuesta de ley azoria.

Santuario de Jace | Ilustración de Adam Paquette

Jace no tenía servicio doméstico, ya que suponía demasiados riesgos y le resultaba incómodo, pero a veces invocaba una ilusión para que limpiase el lugar si esperaba alguna visita. Lo cierto era que a veces invitaba a gente, a pesar de que intentaba mantener en secreto la ubicación de su apartamento. De hecho, la entrada era un teleportal de fabricación ízzet y Jace cambiaba de sitio el punto de acceso cada poco tiempo. Todo esto le permitía entrar y salir cuando quisiese e incluso recibir visitas, pero el misterio del Pacto viviente no hacía más que ir en aumento.

Cerró los ojos por unos segundos, medio dormido. ¿Qué iba a hacer?

"Ah, sí. Un café".

Alguien llamó a la puerta.

Bueno, no exactamente: alguien llamó a una puerta en algún lugar del Séptimo y el portal llevó el sonido hasta él. Aquello resultaba igual de extraño.

Se cubrió con la capucha, acumuló maná y se acercó despacio a la puerta, con un hechizo preparado para disipar el portal si fuese necesario. Luego lanzó un conjuro que le permitiría ver lo que había al otro lado.

Aquellos preparativos casi paranoicos seguramente no fuesen necesarios. Lo más probable era que algún ciudadano del Séptimo hubiese llamado a la puerta equivocada. En el peor de los casos, quizá fuese...

Liliana, nigromante orgullosa | Ilustración de Karla Ortiz

―¿Liliana?

Se quedó de piedra.

Jace no había visto a Liliana Vess desde el día en que se dio cuenta de que había estado jugando con él y no fue al encuentro que habían acordado... después de haber estado en peligro mortal, de haber llorado la muerte de sus amigos y de haber sufrido una tortura, literalmente. Y ella había tenido al menos parte de la culpa de todo. Liliana era una nigromante inmoral y egoísta que había acudido a él por orden del Planeswalker dragón, Nicol Bolas. También había sido su primera amante de verdad y, desde entonces, Jace había tratado de no añorarla. Sabía que no le convenía.

La nigromante se encontraba ante una puerta a kilómetros de distancia y parecía estar sola. Se erguía en actitud arrogante, pero lanzaba miradas alrededor de vez en cuando, como si estuviese nerviosa. O preocupada.

O como si fuese a traicionarlo. Otra vez.

¿Podría ser una ilusión? Resultaba difícil distinguirlo a través del portal. De ser así, parecía muy convincente, porque incluso imitaba su taconeo de impaciencia con el pie izquierdo.

Lo mejor sería no abrir la puerta. Tanto si resultaba ser ella como si no, lo más seguro era que se tratase de una trampa. E incluso aunque no planease traicionarlo (otra vez), Liliana tenía un don para arruinar vidas ajenas rápidamente. Sabía que no le convenía.

Jace suspiró, se volvió invisible y convocó un doble ilusorio, que abrió la puerta obedeciendo las órdenes telequinéticas de Jace.

―¿Liliana? ―dijo la ilusión fingiendo sorpresa―. ¿Qué haces...?

Liliana pasó al interior sin más ceremonias, atravesando al Jace ilusorio.

―¿Puedo entrar? ―dijo mirando por encima del hombro.

Jace frunció el ceño, cerró la puerta de un empujón y disipó la invisibilidad, al doble ilusorio y el teleportal, por si acaso. Se apresuró a ir detrás de Liliana.

―¿Y si hubiese dicho que no?

―Pero no lo has hecho ―replicó Liliana.

Jace la adelantó y le cerró el paso. Liliana se estiró para ver lo que había detrás y echó un vistazo al apartamento.

―Qué sitio tan acogedor. Lástima que no lo tengas bien cuidado.

Liliana seguía exactamente igual. Pero claro, así tenía que ser. Había hecho ni más ni menos que cuatro pactos demoníacos para asegurarse de ello; los llevaba grabados con runas maléficas en su piel perfecta. Jace siempre había odiado aquellas marcas y había procurado no... no tocarlas.

Liliana por fin lo miró a los ojos.

―Hola, Jace.

No estaba acostumbrado a fijarse en los ojos de la gente. No le hacía falta para leer sus intenciones y, aunque había aprendido a mirar a los ojos para hablar con alguien, en realidad no estaba acostumbrado a prestarles atención. Sin embargo, recordaba bien los ojos de Liliana: eran ancianos, de color gris violeta y rebosantes de peligro. Intentó sostener la mirada, pero notó que no sería capaz de evitar los recuerdos que evocaba. Decidió mirarla a la nariz, el único punto de su rostro que no le perturbaba.

―No me saludes como si nada, porque no voy a confiar en ti después de lo que me hiciste.

Liliana levantó la mirada y bufó. Jace notó su perfume de lilas y canela, que disimulaba totalmente el olor a podredumbre e inquietud.

―Fuiste tú el que me dejó plantada.

―¡Sí, después de que me traicionases!

―Eso es agua pasada ―contestó mientras echaba mano al cuerno onakke y jugueteaba con él―. Ya no trabajo para Nicol Bolas y, además, nunca quise hacerte daño.

―¿Quieres que lo compruebe? ―dijo quitándole el cuerno y colocándolo donde estaba―. ¿O todavía tienes tus defensas mentales?

Jace había intentado leerle la mente cuando se conocieron, pero Liliana había anulado sus habilidades telepáticas de algún modo. Él tenía sus sospechas; la principal era que Liliana estaba trabajando en secreto para un archimago dragón con milenios de edad.

Ella no dijo nada, sino que levantó una mano muy lentamente hacia el rostro de Jace. Parte de él quería apartarse y evitar el contacto. Otra parte quería hacer todo lo contrario. Decidió quedarse quieto. Sin embargo, no le tocó, sino que sujetó el borde de la capucha entre el índice y el pulgar y la retiró. Liliana examinó su rostro durante unos segundos.

Jace, arquitecto del pensamiento | Ilustración de Jaime Jones

―Pareces más viejo ―dijo ella.

―No sé cómo tomarme el comentario.

―Para alguien de tu edad es un halago, querido, no lo dudes. ―Ladeó la cabeza―. ¿Has empezado a peinarte?

Jace se arregló el pelo medio inconscientemente, pero bajó la mano de inmediato. Era verdad que ahora cuidaba más su imagen... Pero eso no era asunto de ella y frunció el ceño cuando se dio cuenta.

―Supongo que no te has tomado la considerable molestia de encontrarme solo para hablar de mi aspecto. Iré al grano. ¿Cómo me has encontrado y quién más lo sabe?

Liliana suspiró con mucha exageración.

―Tuve que contratar a un espía muy bueno por una suma desorbitada ―dijo con cierta molestia―. Y nadie más lo sabe, porque su cadáver está arrastrándose por el Séptimo, buscando a su señora.

―¡Serás...! ―le espetó―. ¡Era un ciudadano de Rávnica!

―Tranquilo, querido. Por ti, me tomé la molestia de buscar a alguien que se lo hubiese ganado. Tenía un expediente en Nueva Prahv con toda clase de méritos: asesinato, incendio premeditado, latrocinio, extorsión... y muchas más atrocidades que los azorios no conocían. En realidad he hecho un favor a tus amigos del Senado.

―Una orden judicial tiene que terminar con un juicio, ¡no con una ejecución inmediata! ―estalló―. Ahora soy responsable de estas cosas. Yo soy la ley. Literalmente, yo soy la Ley. Tengo que... Maldita sea, ¿por qué te hace gracia?

―Lazlo Lipko.

Jace resopló con fuerza e hizo memoria.

―Sí, ya caigo. Es un auténtico malnacido.

―Lo era ―corrigió Liliana con una sonrisa burlona.

Jace suspiró.

―Está bien... Tampoco sería la primera vez que actúo al margen de la ley, incluso como Pacto entre Gremios.

Seguían de pie en la desorganizada antesala, bastante cerca el uno de la otra.

―¿Y bien? ―preguntó Liliana―. ¿Has terminado de interrogarme?

―Todavía no. ¿Qué le hiciste a Garruk Portavoz Salvaje?

Tras los pasos de Garruk | Ilustración de Chase Stone

―Oh. Eso.

―Sí, eso.

―¿Qué tal si antes me ofreces asiento?

Jace se encogió de hombros y le señaló una de las sillas con respaldo que había junto a la mesa, pero Liliana pasó de largo y se apoltronó en el sofá. A Jace le incomodaba mirarla desde arriba, pero tampoco quería sentarse junto a ella, así que acercó una de las sillas de la mesa y la colocó delante. Liliana se quedó mirando sin decir nada.

―Garruk ―insistió él.

―Garruk... ―Liliana parecía reticente―. No hay mucho que contar.

―Pues cuéntamelo.

―Me atacó y yo gané. Supongo que me guarda rencor.

―No me refiero a eso.

Liliana pestañeó un par de veces con aquellos ojos antiguos y violetas.

―Entonces, ¿a qué?

―Háblame del Velo de Cadenas ―le pidió Jace.

―Oh ―respondió ella apartando la mirada―. Eso.

Jace esperó.

―Será más fácil si me dices qué es lo que sabes ya ―dijo Liliana.

―Será más provechoso si no lo hago.

La verdad era que ya sabía muchas cosas acerca del Velo, sus propiedades y los conflictos entre Liliana y Garruk. Lo que le interesaba saber era cuánto estaba ella dispuesta a contarle. Además, para ser realmente sincero consigo, le gustaba ver a Liliana en un dilema.

―Está bien ―accedió ella―. Es un artefacto muy poderoso y antiguo.

―Además de maléfico ―añadió Jace.

―Sí, gracias por recordármelo ―dijo ella con exasperación―. Uno de mis acreedores demoníacos me envió en su busca, como parte de mi pacto. Cuando lo encontré, decidí utilizarlo para ganarme mi libertad. Por las malas.

Kothophed, acaparador de almas | Ilustración de Jakub Kasper

―¿De verdad crees que puedes enfrentarte a cuatro demonios y...?

―Dos ―lo interrumpió Liliana.

―¿Cómo?

―Dos menos ―aclaró levantando dos dedos y sonriendo―. Quedan dos.

―Oh... ―se sorprendió él―. Eso... cambia las cosas.

―¿Verdad que sí?

Tiempo atrás, Jace había tenido intención de ayudar a Liliana a librarse de sus pactos y descubrir quién era realmente, debajo de la desesperación y las mentiras. Sin embargo, Liliana ya había resuelto la mitad de ellos sin su ayuda... y se había metido en algo que podría ser peor.

―¿Qué le hiciste a Garruk?

―El Velo está maldito. Se creó con el fin de convertir a alguien en un heraldo para resucitar a una raza extinta hace mucho tiempo. Pero es un poder demasiado inmenso para una sola alma. El Velo mata a quienes lo utilizan si no son lo bastante poderosos, creo.

―¿Crees?

―¿Qué puedo decir? He estado tan ocupada matando demonios que no he tenido mucho tiempo para ir de biblioteca en biblioteca.

―De acuerdo... ―aceptó Jace―. Al menos no pareces muerta.

―Claro que no. ―Sus ojos brillaron―. Soy muy poderosa.

―Sabes en qué convierte a quienes no mata, ¿verdad?

El rostro de Liliana reveló su preocupación; puede que fuese la única emoción sincera que había mostrado desde que llegó.

―Lo sé. En demonios...

El poder del Velo era desmedido e incluso sus portadores más poderosos acababan transformándose en monstruos.

―En eso se está convirtiendo Garruk. Puede que ya haya sucedido. Pero a ti no te afecta.

―No, a mí no ―confirmó Liliana―. No sé si es gracias a mis pactos o a mi magia nigromántica. O puede que lograse transferir la maldición a Garruk justo después de conseguir el Velo. Sea cual sea el motivo, el que se está convirtiendo en un monstruo es él, no yo. Bueno, no me estoy volviendo más monstruosa de lo que ya era.

―Entiendo. Sigues viva, sigues siendo humana y has acabado con dos demonios. Entonces, ¿qué problema tienes?

Liliana enarcó una ceja.

―¿Quién ha dicho que tenga un problema?

―Lili, ¿para qué has venido?

Liliana puso cara de chica buena.

―¿No puedo venir solo para ver a un viejo amigo?

―No me vengas con esas ―le espetó Jace―. Hemos sido muchas cosas, pero nunca amigos.

Se hizo el silencio. La mirada de Liliana se endureció.

―Lo sie...

―Calla ―lo interrumpió ella.

Jace cerró la boca.

―Tienes razón ―continuó Liliana―. Por si sirve de algo, lo siento. Siento lo que tuviste que soportar. También lamento lo que le está ocurriendo a Garruk, si eso hace que te sientas mejor.

Se tumbó en el sofá, apoyó la cabeza en un cojín y suspiró.

―No sé, Jace... Esperaba que pudiésemos... volver a empezar.

Levantó la cabeza y lo miró a los ojos.

―Volver a empezar es lo primero que aprendí a hacer ―dijo él con una sonrisa forzada. Levantó una mano e hizo que brillase, como cuando utilizaba su magia mental. Como cuando borraba recuerdos―. Solo tienes que pedirlo...

autocard]Jace, el Pacto viviente[/autocard] | Ilustración de Chase Stone

―No ―dijo ella―. Así no.

Puso cara de preocupación y bajó la mirada como si estuviese apenada. Jace no creía que realmente se sintiese mal, pero la actuación resultaba convincente.

―¿Qué tal solo... esta conversación? ―pidió ella―. ¿Podemos volver a empezarla?

―Sería difícil, porque lo primero que has hecho ha sido entrar en mi casa sin permiso.

―Cierto. ¿Por dónde empezamos, entonces?

―¿Qué tal si te disculpas por haberte colado en mi casa?

Liliana cambió su actitud: se mostró recatada y arrepentida, posó las manos con elegancia en el regazo y su semblante se volvió comedido. Aun así, sus ojos seguían siendo juguetones.

―Lamento muchísimo haber entrado en tu casa de manera inapropiada ―dijo con un tono exageradamente correcto―. Tan solo pasaba por el plano y no pude resistirme a hacerte una visita. Me arrepiento de lo desagradable que fue nuestro último encuentro y espero que podamos empezar de cero.

Se lo estaba tomando como un juego. Todo era un juego para Liliana, y Jace estaba cansado de jugar. Sabía que no le convenía. Pero si no averiguaba qué pretendía, iba a meterlo en problemas de alguna otra forma. Además, ella no era la única que sabía cómo jugar.

―¡Qué agradable sorpresa! ―exclamó―. Es un placer volver a verte. No tiene nada de sospechoso ni desagradable, en absoluto. ¿Cómo sugieres que volvamos a empezar?

Liliana sonrió con un poco de malicia.

―¿Me invitas a cenar?

Jace bufó.

Liliana siguió sonriendo tranquilamente.

―¿En serio? ―dudó él.

La sonrisa de Liliana se hizo más grande.

―Yo siempre hablo en serio.

Más juegos. Más engaños.

Sabía que no le convenía.


La pareja paseaba cogida del brazo por el elegante distrito segundo de Rávnica. Hacía buena noche y había movimiento en las calles.

―Dime, ¿cómo es tu vida ahora? ―preguntó Liliana―. Ahora que eres el Pacto entre Gremios, quiero decir.

―Agotadora. Todo el mundo reclama mi atención. Es como si tirasen de mí en diez direcciones diferentes, y sin parar.

Ilustración de Dave Kendall

―Debe de ser horrible ―se compadeció Liliana―. Yo ya tenía bastante con cuatro. Qué demonios, ya es bastante malo que tiren de ti en cualquier dirección.

―Los gremios no son mis dueños ―aclaró Jace―. Más bien son... clientes. Ahora tengo más libertad que cuando formaba parte del Consorcio de Tezzeret, te lo aseguro.

―Pero no eres un monarca, ¿verdad? ―se interesó Liliana―. Tú no creas las leyes; tienes que respetarlas.

Jace se encogió de hombros.

―Tampoco querría serlo. Pero sí, mi situación puede resultar... limitada.

―¡Señor, señor! ―llamó su atención una mujer rechoncha que llevaba un cesto de rosas―. ¿Una flor para su novia?

―No es mi...

―¡Entiendo, señor! ―le interrumpió con un guiño―. Entonces, una flor para esta dama.

Tampoco es una...

Liliana le pegó un codazo en las costillas.

―Claro, deme una ―dijo Jace. Pagó con un zino y dijo a la mujer que se quedase el cambio. Luego ofreció la flor a Liliana con mucha galantería.

―¡Señor, señor! ―se alejó la florista hacia otra pareja―. ¿Una flor para su novio?

Liliana aceptó la rosa cortésmente y se quedó contemplándola. En pocos segundos, la flor se marchitó, se secó y cobró un tono rojo oscuro. Liliana se la colocó en su cabello negro azabache y sonrió a Jace.

―¿Nunca te cansas de poner las cosas difíciles? ―preguntó él.

Liliana le mostró una sonrisa cautivadora.

―Nunca.

Pronto llegaron al restaurante.

Casa Milena era uno de los establecimientos más distinguidos del Segundo y siempre había que reservar con antelación. Jace intercambió algunas palabras con el maître d'hôtel, un hombrecillo eficiente llamado Valko, y el Pacto viviente y su invitada fueron acompañados a una mesa con velas para dos en el patio exterior.

―Me alegro de ver que no tienes reparos en abusar de tu posición ―afirmó Liliana.

Jace le ofreció una silla y Liliana tomó asiento.

―Me paso diez horas al día resolviendo disputas territoriales y demandas por daños y perjuicios ―explicó Jace mientras se sentaba―. Conseguir mesa en un buen restaurante sin tener que reservar es lo mínimo que esta ciudad puede hacer para compensarlo.

―¿Y puedes permitirte estos precios? ―preguntó Liliana mirando la carta con asombro.

―La casa suele invitar. ―Intentó sonar avergonzado, porque la verdad era que lo estaba. Sin embargo, ser el Pacto entre Gremios no resultaba sencillo ni seguro, así que no debería darle vergüenza aprovechar algunas de las ventajas del cargo. Bueno, no mucha vergüenza.

―Me parece apropiado ―afirmó ella―. Es lo mínimo que pueden hacer.

Fueron a tomarles nota y Liliana no se cortó ni un pelo, lo cual no sorprendió a Jace. Redondeó las cosas con una botella de un prohibitivo Kasarda tinto, cosecha del Decamilenio, y Jace lanzó un hechizo de silencio para tener algo de intimidad.

―Hay un mundo de diferencia entre esto y los antros en los que solíamos escondernos ―observó Liliana―. ¿Cómo se llamaba aquel horrible cuchitril? ¿El Amargo Final?

Jace alzó su copa.

―Por dejar el pasado... en el pasado.

Liliana bebió un sorbo y volvió a posar la copa.

―Me he enterado de lo que intentaste hacer. Trataste de detener a Garruk.

―Oh... ―dijo Jace―. Eso.

―Fue muy arriesgado ―continuó Liliana―. No creía que fueses capaz de hacer algo así por mí.

―No lo intenté por ti ―aclaró Jace―. Garruk está convirtiéndose en una amenaza para todos los Planeswalkers.

―Eres de lo que no hay ―dijo ella negando con la cabeza―. Jace Beleren, el defensor del Multiverso. No puedes de admitir que te preocupas por mí sin fingir que quieres proteger a todos, literalmente.

―¿Por qué debería preocuparme por ti?

La ira cubrió el rostro de Liliana. Se inclinó hacia delante y metió las manos en los pliegues de la falda. Jace se alarmó por un segundo y preparó un contrahechizo, hasta que vio lo que realmente estaba haciendo Liliana.

El Velo de Cadenas | Ilustración de Volkan Baga

El objeto que extrajo de su escondite solo podía ser el Velo de Cadenas. Una cacofonía de susurros ininteligibles llenó la cabeza de Jace por unos instantes, hasta que levantó una barrera mental; fuese lo que fuese aquello, era problema de Liliana, no de él. Los eslabones eran de oro bruñido y estaban hechos con gran esmero. Eran tan finos que parecían tener una textura sedosa. Aparentaba ser pesado y lucía un brillo antinatural bajo la iluminación tenue del restaurante. Era un objeto hermoso, tentador y peligroso.

Jace estiró una mano hacia el Velo casi instintivamente. Liliana lo apartó de un tirón y lo puso fuera de su alcance; había sido un gesto súbito y brusco, impropio de ella.

―¿Temes que te lo quite? ―preguntó él, confuso.

Liliana le miró a la cara y, por un breve instante, Jace vio dolor, miedo y súplica en aquellos ojos antiguos.

―Temo lo que podría hacerte ―respondió en voz baja―. Además, no puedes quitármelo, incluso aunque yo quisiera que lo hicieses. ¿Ahora lo entiendes? ¿Sabes lo que es?

¿No "podía" quitárselo? ¿Había formado una especie de vínculo con él? ¿O sería simplemente que el artefacto ejercía tal dominio sobre ella? Fuese el caso que fuese, ambos le resultaban creíbles.

―Empiezo a hacerlo.

El reflejo de las velas en el metal resultaba un tanto siniestro.

―Si no vas a dejarme verlo de cerca, guárdalo ―pidió Jace―. Me da escalofríos.

Liliana volvió a ocultarlo.

―A mí también ―susurró.

Las velas titilaron.

―Parece que no tienes las cosas tan bajo control ―valoró Jace.

Ahora comprendía por qué había acudido a él. Estaba jugando con sus emociones y su curiosidad. Se había presentado como una persona en apuros y un enigma por resolver: sabía que a Jace le sería difícil resistirse a ayudarla. Y tal vez tuviese razón.

Pero Jace estaba decidido a conseguir que ella le pidiese ayuda.

Los ojos de Liliana eran como pozos de oscuridad.

―Jace, tengo que...

De pronto oyeron una conmoción en el interior del restaurante, junto a la salida al patio. Jace se giró rápidamente y se preparó para lanzar una serie de hechizos protectores.

Un hombre alto y ancho de hombros estaba discutiendo con Valko. Llevaba una armadura gastada pero bien mantenida y estaba cubierto de sangre, polvo y una sustancia que Jace no conocía. El recién llegado señaló hacia él. Estaba en el límite de su alcance telepático, pero leyó sus labios y sus pensamientos superficiales y supo lo que estaba diciendo: "Tengo que hablar con el Pacto viviente".

Enseñó una insignia boros, apartó al escandalizado maître d'hôtel y se dirigió hacia la mesa. Era bastante más alto que Jace y tenía la piel morena, pero sus ojos eran claros e intensos.

―Jace Beleren, necesito tu ayuda.

Aquel hombre encajaba con la descripción del Planeswalker del que Ral Zarek le había hablado, el que iba y venía de Rávnica con una puntualidad asombrosa.

Gideon, campeón de la justicia | Ilustración de David Rapoza

Valko fue corriendo tras él.

―Lo siento mucho, señor ―se disculpó Valko―. Afirma que es un asunto del gremio.

―No es cierto ―negó el hombre―. Solo te he mostrado mi placa.

―Ahora no estoy trabajando ―dijo Jace. Fuese o no un Planeswalker, no tenía por qué hacer una excepción con sus problemas―. Ven mañana a la Cámara del Pacto entre Gremios y registra tu solicitud. Dentro de algunos días...

―Se trata de un lugar llamado Zendikar.

Parecía que Liliana acabara de tragarse un clavo.

―Señor ―intervino Valko―, sea cual sea el asunto que deba tratar con el Pacto, su actitud es totalmente inaceptable. Debo insistir en que...

―Puede quedarse ―lo tranquilizó Jace―. Si te preocupa la imagen del establecimiento, puedo lanzar un hechizo de invisibilidad sobre nuestra mesa.

―Eso hará sumamente difícil traerles la cena, señor.

―Y tampoco disimulará el olor ―añadió Liliana.

―Tranquilo, os lo compensaré ―dijo Jace para que Valko se marchase.

―¿A mí también? ―preguntó Liliana.

―Me llamo Gideon ―la interrumpió el recién llegado, que miró a Liliana con recelo.

―Lo sabe ―indicó Jace―. Toma asiento.

―Prefiero quedarme de pie ―replicó Gideon.

Jace se levantó para hablar con él. Fue un error. Incluso de pie, tenía que levantar la cabeza para mirar a Gideon a los ojos, y ahora la diferencia de altura entre ambos era más que evidente. Odiaba sentirse pequeño. Detestaba aquella sensación.

―Ahora que has arruinado totalmente mi noche, ¿qué te parece si vamos al grano?

Gideon entrecerró los ojos.

―¿Has estado alguna vez en Zendikar?

―Sí ―respondió Jace―. No terminó bien.

―Portal Marino ha caído.

―¿Qué? ―se sorprendió Jace―. ¿Cuándo ha ocurrido? ¿Cómo es posible?

―Hace cuestión de horas, puede que menos. Me marché antes de que todo terminase, pero el asentamiento estaba condenado. En cuanto al cómo... ¿Qué sabes de los Eldrazi?

―La última vez que estuve en Zendikar, acababan de aparecer. Vi a uno poco antes de marcharme ―explicó Jace. "Vi a uno" era una forma de decirlo. "Los liberé por error de su prisión milenaria y permití que devastasen Zendikar" era otra. Se preguntó si Gideon lo sabía―. Conozco a algunos eruditos de Portal Marino. ¿Qué puedes decirme de su situación?

―Los archivos se han perdido. Por eso he venido en tu busca. Una mujer estaba a punto de lograr un hallazgo relacionado con los edros, algo que podía combatir a los Eldrazi. Y tú tienes fama de ser bueno resolviendo enigmas.

Talento del telépata | Ilustración de Peter Mohrbacher

Un breve vistazo a la mente de Gideon confirmó que decía la verdad.

―¿Te refieres a la red de edros? ―preguntó Jace―. ¿En qué consiste el hallazgo?

―No lo sé ―respondió Gideon―. Lo llamaba "el enigma de las líneas místicas" y creía que estaba relacionado con los Eldrazi. ¿Me acompañarás para ayudarme a resolverlo?

―Líneas místicas... ¡Ahora lo entiendo! ―se asombró Jace. Su primer instinto fue echar mano a sus notas, pero claro, las tenía en su apartamento―. Nunca se me había ocurrido asociar los edros con algo así. Eso... explicaría algunas cosas.

Se masajeó las sienes. Los Eldrazi eran responsabilidad suya, en cierto modo. Había pasado un tiempo desde entonces estudiándolos y analizando los edros. Pero tenía tantas otras responsabilidades...

―Si has estado en Zendikar y has visto a los Eldrazi, sabrás que son una grave amenaza ―argumentó Gideon―. Estoy seguro de que harás lo correcto.

Liliana apuró su copa, se levantó y pasó junto a Jace.

―Lili, espera.

Ella siguió alejándose.

―Dame un momento ―pidió a Gideon.

Corrió tras ella y luego caminó a su ritmo. Sabía que no le convenía intentar agarrarla por un brazo: si lo hiciese, tendrían que llevarle a ver a un sanador.

―¡Liliana!

Ella se detuvo y se encaró con Jace, con los ojos llenos de ira.

―He venido a verte después de tanto tiempo. Me he sincerado contigo. Y ahora, tras todo por lo que hemos pasado juntos, ¿estás dispuesto a largarte con un segundón de Casa Solar solo porque te lo ha pedido?

―Lo que está sucediendo en Zendikar... es culpa mía ―respondió Jace―. Más o menos. No fue intencionado y sospecho que me estaban manipulando, pero el hecho es que esos Eldrazi están sueltos porque me inmiscuí en algo que no comprendía.

―Y ahora vas a volver a inmiscuirte, ¿no? Venga, ¿a qué esperas entonces para irte?

―Podrías venir con nosotros ―propuso Jace.

―¿Disculpa?

―Acompáñanos ―le pidió él―. Utiliza tus habilidades para luchar contra monstruos de verdad. Este tal Gideon podría convertirse en un nuevo aliado.

―No ―se opuso Liliana―. Algunos no vamos en busca de problemas ajenos cuando ya tenemos más que suficiente con los nuestros.

―No me marcharé hasta mañana. Piénsatelo. Ven a la Cámara si cambias de opinión.

―No.

―Pues espérame en Rávnica ―dijo Jace―. Sea lo que sea esa investigación de la que habla, no me llevará mucho tiempo. Volveré. Podremos seguir nuestra conversación. Y si alguna vez te decides a contarme por qué has venido, podemos hablar sobre lo que venga después.

―Has perdido el juicio ―replicó ella―. Me marcho, tengo dos demonios que matar.

―Como quieras ―sentenció Jace―. Buena suerte con ello. Y una última cosa, Liliana.

Ella cayó y esperó.

―Él ha pedido ayuda.

Liliana se arrancó la rosa muerta del pelo y la arrojó a los pies de Jace antes de darle la espalda y marcharse.

Jace se inclinó para recoger la flor marchita y oyó las fuertes pisadas de Gideon acercándose.

―¿Habéis terminado? ―preguntó.

Jace se giró con intención de darle una mala contestación, pero el rostro de Gideon parecía tan sincero y agotado que Jace no pudo enojarse con él. Además, Liliana nunca se traía nada bueno. Sabía que no le convenía.

Ilustración de Michael Komarck

―Sí, hemos terminado. Ven conmigo. Conozco a un buen sanador que puede ocuparse de ti.

―No hay tiempo ―contestó Gideon―. Tenemos que irnos.

―No pienso abandonar el plano hasta mañana ―objetó Jace―. Tengo que hacer preparativos y recopilar mis notas de estudio. En cuanto a ti... No podrás ayudar a Zendikar si caes muerto de agotamiento. Necesitas descansar.

Gideon se quedó mirándolo desde arriba durante unos largos segundos.

―Está bien ―dijo por fin―. Llévame junto a ese sanador.

―Vamos, y cuéntame lo que sepas sobre los Eldrazi ―pidió Jace.

Se giró hacia la salida y dio un paso, pero Gideon lo frenó en seco plantándole una mano en el hombro. Jace se la quitó de encima y se encaró con él.

―¿Seguro que estás centrado en el problema? ―preguntó Gideon mirando la rosa marchita que Jace seguía sujetando entre los dedos.

―Por supuesto ―respondió Jace―. Dime todo lo que sepas.

Caminó junto a Gideon y dejó caer la flor sobre los adoquines.

Sabía que no le convenía.


Perfil de Planeswalker: Jace Beleren

Perfil de Planeswalker: Liliana Vess

Perfil de Planeswalker: Gideon Jura

Perfil de plano: Rávnica

Perfil de plano: Zendikar

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