Regreso a Dominaria: episodio 8

Posted in Magic Story on 2 de Mayo de 2018

By Martha Wells

Martha Wells has written fantasy novels, short stories, media tie-ins, and non-fiction. Her most recent works are The Harbors of the Sun, part of her Books of the Raksura series, and a science fiction novella from Tor.com, The Murderbot Diaries: All Systems Red.

Chandra caminó entre los planos hasta llegar a Regatha. Se materializó entre una tormenta de fuego y reapareció en un terreno rocoso, a los pies de la escalinata que conducía a la Fortaleza Keral. El sol se ponía tras las montañas y el humo del volcán más cercano otorgaba al cielo un brillo rojo con matices naranjas. El calor del día le templó los huesos; fue una sensación agradable tras el frío húmedo de la ciénaga de Dominaria. Tomó una bocanada de aire templado y cargado con una energía crepitante, como la secuela de una descarga de rayos, y sintió que sus tensos músculos se relajaban.

Mountain
Montaña | Ilustración de Sam Burley

Soltó un suspiro y se frotó la cara con una mano. "Sé que no lo parecía, Gideon, pero tengo un plan". No estaba huyendo.

Nissa tampoco lo había hecho. "No tenías que marcharte así; tampoco tenías que abandonarme", pensó Chandra, que sintió una contracción en el pecho al recordar la expresión furiosa de Nissa. Ni siquiera le había dado la oportunidad de acompañarla. Comprendía cuánto peligro representaba Nicol Bolas para Zendikar y sabía que Nissa quería estar allí para ayudar a reparar el daño. "Pero se ha comportado como si no quisiera volver a verme nunca", pensó Chandra, consciente de que parecía una niña enfadada y celosa. Bueno, aquello era una parte del problema, ¿verdad? "No eres lo bastante fuerte para esto y tienes que corregirlo", se dijo a sí misma.

Desde el interior del monasterio llegaba el eco del cántico vespertino. Había llegado en el momento justo: los monjes no tardarían en terminar la ceremonia y sentarse a cenar. Era la oportunidad perfecta.

Subió la escalinata en silencio, se coló en el vestíbulo en penumbra y salió por el primer pasillo. Llegó al claustro y tuvo que agacharse tras un banco de piedra mientras dos muchachos con hábito pasaban de largo, apresurados. Eran novicios que debían de haberse distraído estudiando y llegaban tarde; Chandra había tenido que amonestar a más de uno durante su breve etapa como abadesa. Esperó a que el sonido de los pasos se alejara y cruzó el claustro a toda prisa.

En realidad no ocurriría nada si la descubrieran, pero Chandra prefería no discutir acerca de sus planes. Además, los monjes notarían que estaba alterada, se darían cuenta de que había ocurrido algo y ella tendría que dar explicaciones... Pero Chandra no quería pensar en lo que había ocurrido en Amonkhet, y menos aún explicarlo.

Necesitaba más potencia de fuego, concentración y precisión para hacer daño de verdad a Nicol Bolas. Para conseguir todo eso, tenía que formar un vínculo más estrecho con su verdadero yo, o aquello era lo que enseñaban en la Fortaleza Keral. El problema era que Chandra nunca había tenido mucha suerte cuando lo había intentado. Sin embargo, por una vez, se había topado con la oportunidad perfecta. Justo después de que Nissa desapareciera, Chandra había notado un rastro fresco de la estela de éter que algún poderoso piromante había dejado en Dominaria.

Probablemente fuese la estela de éter de Jaya Ballard.

Aquella Planeswalker y maga del fuego llevaba desaparecida más tiempo del que Chandra había vivido. En la Fortaleza Keral, todo el mundo pensaba que había muerto. Sin embargo, Jaya quizá se encontrase actualmente en Dominaria. Si había alguien capaz de enseñarle a Chandra cómo conocerse rápidamente a sí misma y aumentar su poder, tenía que ser Jaya.

Una vez que dejó atrás el claustro, llegó a la zona menos visitada del monasterio y le resultó fácil recorrer los pasillos desiertos hasta llegar a las escaleras que conducían abajo. Entró en el vestíbulo oscuro del fondo y liberó una pequeña bola de fuego desde su mano abierta. El orbe se elevó hasta flotar cerca del techo abovedado e iluminó la estancia.

Las reliquias sagradas del monasterio se guardaban en aquel lugar, pero a Chandra solo le interesaba una. Cruzó la sala y se dirigió hacia el pedestal en el que descansaban las lentes de Jaya. El metal, de un tono dorado apagado, solo estaba un poco descolorido, pero la cinta de cuero y las sujeciones se veían desgastadas. "Querrá recuperarlas", pensó Chandra, "y demostrarán que vengo de la Fortaleza Keral". El obsequio haría que Jaya la escuchara el tiempo suficiente como para explicarle lo importante que era la lucha contra Nicol Bolas. Además, llevarse algo sin permiso para devolvérselo a su dueña no se consideraba robar.

Justo cuando acercó una mano a las lentes, oyó una voz detrás de ella:

—¿Se puede saber qué haces, Chandra?

Sobresaltada, atrapó las lentes y las estrechó contra el pecho al darse la vuelta. Allí estaba la madre Luti, que la observaba desde la entrada.

—¡No es lo que parece! —chilló Chandra. De toda la gente que hubiera podido atraparla con las manos en la masa, Luti era la peor de todas. Aunque no tenía un cargo oficial en el monasterio, era anciana y había vivido allí por temporadas desde siempre. Todo el mundo la respetaba y ella siempre intentaba que Chandra aprendiese cosas para las que no tenía tiempo.

Luti se acercó unos pasos, más desconcertada que otra cosa.

—No sabría decir qué parece —comentó ella—. ¿Qué haces aquí? ¿Para qué quieres las lentes?

—He encontrado a Jaya Ballard —explicó Chandra.

Luti se quedó paralizada por un instante, con los ojos abiertos de par en par. Las sombras creadas por la esfera ígnea de Chandra acentuaron las arrugas en torno a su boca y sus ojos y oscurecieron su melena plateada.

—Has...

—¡Creo que está en Dominaria! —la interrumpió Chandra—. Hemos ido allí después de Amonkhet. Ha sido horrible. Fracasamos y Nicol Bolas estuvo a punto de matarnos a todos... —Chandra levantó las lentes—. Pero si encuentro a Jaya, le devolveré esto y le pediré que me enseñe los secretos y trucos que necesito saber. Tengo que hacer esto, madre Luti. Necesito más poder para luchar contra Bolas. Si no, vamos a perder. El dragón matará a mis amigos y a mí, y luego... —Al mover la mano de un lado a otro para explicarse, el orbe de fuego revoloteó de aquí para allá, reflejando de su intranquilidad—. Luego no quedará nadie para detenerlo.

Luti dejó escapar un suspiro.

—Chandra, no necesitas a Jaya. Deberías centrarte en ayudar a tus amigos, si están en un peligro tan grave.

—¡Tú no sabes lo que necesito! —le espetó Chandra, en cuyo interior bullían la frustración y el miedo por la batalla desesperanzada contra Bolas, por Gideon poniéndose de parte de Liliana y por la repentina marcha de Nissa—. ¡No estabas allí, así que deja de darme consejos que no necesito ni quiero!

—¡Chandra! —Exasperada, Luti intentaba hacerse escuchar.

Pero Chandra ya le había dado la espalda y un fuego fantasmal se encendió en torno a ella mientras abandonaba el plano. Esta vez, sabía exactamente lo que tenía que hacer.


Chandra siguió el rastro menguante de la estela de éter de Jaya, o eso esperaba, y regresó a Dominaria. Un aire frío la invadió. Apareció en un callejón, rodeada de edificios de piedra con ventanas cerradas y almenas. Salió de las sombras y se encontró con una plaza soleada donde la gente caminaba a paso rápido, vestida con cuero basto y de colores apagados. El sol templaba el pavimento y Chandra solo sentía frío porque acababa de regresar de la Fortaleza Keral, cálida como un horno. Aquel lugar era Argivia, la capital de Nueva Argivia, una nación al oeste de Benalia y Aerona.

Los transeúntes parecían nerviosos y mucha gente cargaba con cestas de comida, sacos, barriles y vasijas de cerámica, llevándolo todo al interior de la ciudad. El gentío hablaba en voz alta y preocupada. Chandra se apartó del camino de un rebaño de cabras y chocó con una mujer que portaba una cesta. La señora tropezó y la cesta se le inclinó, haciendo que varias manzanas cayeran al suelo.

—¡Ah, lo siento! —se disculpó Chandra, que se agachó enseguida a recogerlas.

—No te preocupes. —La mujer se arrodilló y devolvió la fruta a la cesta. Soltó una risita, aunque un poco sin aliento—. Si esto es lo peor que ocurre hoy, tendremos suerte, ¿no?

Por fortuna, la gente no se alarmó y simplemente pasó junto a Chandra y la señora como si fuesen rocas en un medio de una corriente.

—¿Qué sucede aquí? ―preguntó Chandra. Estaba claro que la ciudad se preparaba para algo, pero la gente mantenía el orden casi con disciplina, como si todos estuvieran acostumbrados.

—¿No te has enterado? —La mujer colocó la última manzana en la cesta y Chandra la ayudó a levantarse.

—No, estoy de viaje y acabo de llegar. —No era la mejor de las explicaciones, pero, por suerte, la señora estaba demasiado apresurada como para hacer más preguntas.

—Son otra vez los kóbolds de la Cordillera Kher y ese horrible dragón al que adoran como si fuese una deidad, Prossh. Pretenden atacar la ciudad, pero el custodio Baird ha partido con una tropa de soldados y una poderosa piromante para encargarse de ellos. Esperemos que esta vez sea para siempre.

—¿Una piromante poderosa? —Aquello sonaba prometedor—. ¿Sabes quién es?

—No, no he llegado a escuchar su nombre. —La mujer se apoyó la cesta en la cadera—. Si quieres seguir con tu viaje, deberías marcharte pronto. No tardarán en cerrar las puertas hasta que las tropas regresen.

Si el custodio no iba a volver hasta acabar con la amenaza de los kóbolds, no había forma de saber cuánto tiempo tardaría. Chandra tenía que irse ya.

—¡Gracias! —le dijo a la señora antes de echar a correr en sentido opuesto a la multitud.


Las puertas seguían abiertas y había bastantes viajeros y mercaderes saliendo de la ciudad para no arriesgarse a quedar encerrados en ella. Algunos comerciantes de espíritu emprendedor se habían instalado allí y Chandra pudo comprar provisiones y un mapa antes de partir. Todos los viajeros a caballo, en carro o a pie se marchaban por la carretera del norte, mientras que Chandra era la única que se dirigía hacia la cordillera del sur.

Por el camino, vio señales de que un ejército de caballería había pasado por allí recientemente. Con suerte, tal vez lograse alcanzar a las tropas del custodio antes de la batalla. Si era cierto que Jaya los acompañaba, Chandra también se ofrecería a ayudar; eso sería una mejor manera de presentarse que aparecer de la nada y darle las lentes. "Es un plan genial ¡y cada vez se pone mejor!", se dijo Chandra a sí misma.


A los pocos días, empezó a tener ciertas dudas. Estaba anocheciendo y dejaba atrás la campiña a medida que el camino ascendía hacia las colinas boscosas. Ahora caminaba a través de la foresta y el camino era mucho más accidentado que en los alrededores de Argivia. Al menos el clima era lo bastante bueno como para no necesitar la tienda de campaña, pero a Chandra le preocupaba qué ocurriría si se quedara sin comida.

Aún veía señales del paso de las tropas argivianas y se encontraba con algunos de los sitios donde habían acampado, pero estaba claro que avanzaban mucho más rápido que ella. Cada vez tenía más la sensación de que probablemente se hubiera perdido la batalla. Se dijo a sí misma que no importaba: con tal de que lograse encontrar a Jaya, todo saldría según lo planeado.

Mientras seguía caminando dificultosamente e intentaba sacar la última pieza de fruta de su mochila, se fijó en algo que había junto al camino. Al principio pensó que eran más rastros de los argivianos, como un saco de dormir olvidado junto a las raíces de los árboles, pero entonces se acercó unos pasos, vio un brazo extendido y comprendió que allí había un cadáver.

Chandra se detuvo, alarmada. En los alrededores no se oía el canto de los pájaros. El camino giraba un poco más adelante para seguir la falda de una colina y no se podía ver lo que había más allá. Chandra se acercó al cadáver. Era un hombre vestido con la armadura ligera de un explorador y un tabardo con el símbolo del custodio de Argivia, el mismo que había visto en la ciudad. A juzgar por los cortes de hacha que tenía en el cuello y el hombro, no cabía duda de que estaba muerto, pero, cuando le tocó un brazo, la carne apenas se había enfriado. "Esto ocurrió hace no mucho", dedujo Chandra. Quizá no se hubiera perdido la batalla, después de todo, aunque era extraño que no se oyese...

Un estruendo sonó en el bosque, no muy lejos de la carretera.

—Vamos allá —dijo Chandra para sí.

Abandonó el camino y se internó en la marga entre los árboles. Mientras seguía el origen del ruido, encontró el cadáver de un segundo explorador argiviano, aquel asesinado con virotes de ballesta clavados en la espalda. Continuó avanzando y siguiendo los sonidos de arañazos y martilleos. Cuando llegó a la cima de una elevación, percibió un movimiento por el rabillo del ojo. Chandra se detuvo y entrecerró los ojos para tratar de localizarlo. Entonces vio un nuevo movimiento.

—Je, ahí estás... —murmuró para sí.

Alguien o algo acababa de empujar el tronco de un árbol caído para cortar la carretera donde esta giraba en lo alto de la colina. "Tiene toda la pinta de ser una emboscada", pensó Chandra.

No había mucha maleza entre los enormes árboles, pero aún no era capaz de distinguir quién o quiénes aguardaban allí arriba. Decidió buscar un sitio desde donde pudiera ver mejor y subió entre los árboles de una pequeña colina cercana. Una vez allí, al fin vio a los kóbolds.

Kobolds of Kher Keep Token
Ficha de Kóbolds de la Fortaleza Kher | Ilustración de Paolo Parente

Había al menos una docena de ellos trabajando a cada lado del camino. Eran seres pequeños y flacos, equipados con una mezcolanza de armaduras y cascos de cuero y metal, y bien armados con hachas, lanzas y espadas. Estaban construyendo una barricada, probablemente para detener a las tropas argivianas y preparar una ocasión de atacar. Chandra supuso que el líder era un kóbold que se había subido a una roca, desde donde enarbolaba una espada y exhortaba a los demás:

—¡Mataremos a los argivianos por la gloria de Prossh!

—Prossh nos ama —respondieron los demás mientras arrastraban otro árbol caído hacia el camino—. Honramos a Prossh.

Mientras el líder kóbold seguía proclamando la grandeza de Prossh, Chandra se rio bufando por la nariz. Dado que Prossh era un dragón, seguro que lo único que le importaba de los kóbolds era su sabor. En cualquier caso, los kóbolds habían pillado por sorpresa a los exploradores; sabían que las tropas del custodio pretendían regresar por allí e iban a llegar en cualquier momento. Todo aquello era realmente molesto. Si no fuese por los kóbolds, Chandra tal vez estaría conociendo a Jaya en aquel mismo momento.

Entonces, dos kóbolds bajaron a toda prisa entre los árboles del sur. Se acercaron corriendo al líder y le dijeron algo, pero en voz demasiado baja como para oírlo. El líder bajó de un salto y comenzó a chillarles a los demás:

—¡Los argivianos se acercan! ¡Preparaos!

Mientras los kóbolds se escondían, Chandra decidió alejarse en silencio del claro. Iba a arruinar aquella emboscada.

Retrocedió a gatas, se levantó para darse la vuelta... y se topó con dos kóbolds que se acercaban sigilosamente colina arriba.

—¡Te mataremos por Prossh! —gritó uno, y los dos se lanzaron a por ella con las hachas en alto.

"Maldita sea", pensó Chandra. Adiós a la oportunidad de ser lo bastante sigilosa y astuta como para impresionar a Jaya, que ya estaría cerca. Tendría que hacerlo al estilo estruendoso y directo.

Chandra lanzó una bola de fuego al torso del kóbold más cercano y este cayó rodando entre aullidos por la ladera. El otro saltó en el momento equivocado y la segunda bola de fuego alcanzó su hacha, en vez de a él. El kóbold se preparó para atacar, pero la empuñadura del arma quedó reducida a cenizas. Chandra aprovechó la oportunidad para saltar hacia él y patearlo en la cara. El kóbold salió volando colina abajo, en la misma dirección que su amigo.

"Ni se te ocurra quemar el bosque", se dijo a sí misma cuando echó a correr entre los árboles y se dirigió al lugar donde los kóbolds habían preparado su emboscada. Las tropas del custodio llegarían en cualquier momento.

Varios virotes se clavaron en el suelo a su lado. Chandra se giró y vio a tres kóbolds corriendo hacia ella desde los árboles. Incineró las siguientes saetas en pleno vuelo y prendió las ballestas por si acaso, para luego correr hacia el camino, justo encima del punto donde los troncos bloqueaban la carretera.

Chandra acumuló su poder y extendió las manos hacia la barricada improvisada. Bastaría con una llamarada en el centro, concentrada y controlada. "Tal como te dice la madre Luti cuando nunca la escuchas", pensó con ironía.

Envió la ráfaga de fuego hacia los troncos, alcanzándolos de lleno y abriendo un boquete en los tres. A través del humo y los restos en llamas, Chandra vislumbró el camino al otro lado de la barricada, pero no vio a nadie acercándose. Necesitaba ensanchar la brecha para asegurarse de que los argivianos no quedaran atrapados. Lanzó otra llamarada, pero entonces oyó a un montón de kóbolds chillando y cargando hacia ella.

Repelió a la primera oleada con una descarga de fuego y contuvo el impulso de incinerarlos a todos. Lo último que quería era provocar un incendio y poner en peligro a los argivianos que se aproximaban y a los habitantes del bosque. Sin embargo, su temperamento empeoró cuando los kóbolds volvieron a arremeter. Un virote le atravesó una manga de la camisa y no le dio por muy poco. La ráfaga controlada se convirtió en una llamarada salvaje que fulminó a la media docena de kóbolds que pilló por delante.

Por suerte, Chandra estaba de cara al norte, en dirección contraria a la tropa argiviana que cargó a través de la barricada en ese mismo instante.

Los kóbolds intentaron reagruparse para plantarles cara, pero enseguida se vieron superados. Chandra permaneció a un lado de la carretera y pasó varios minutos diciéndose que había mantenido por completo el control y que había tenido intención de lanzar aquella llamarada y que sabía que estaba apuntando en la dirección correcta. Pero entonces se rindió y tan solo esperó que Jaya no la hubiera visto.

Buscó con la mirada entre los argivianos, pero no vio a nadie que pudiera ser Jaya. Debía de estar llegando con la retaguardia, cabalgando junto al custodio.

Finalmente, los pocos kóbolds supervivientes huyeron y Chandra se acercó a los restos de la barricada, donde esperaban los carros de abastecimiento argivianos. Algunos soldados habían empezado a retirar lo que quedaba de la barrera mientras otros tapaban las ascuas paleando tierra sobre ellas. Entonces, una joven se acercó a paso rápido.

—El custodio Baird quiere darte las gracias.

—Ah, claro. —Chandra la siguió y el corazón se le aceleró un poco al pensar que por fin iba a conocer a Jaya.

Sin embargo, cuando la soldado la condujo hasta el custodio, no vio a nadie con aspecto de ser Jaya. Chandra logró contenerse y aceptó el agradecimiento formal de Baird sin transmitir demasiada impaciencia, pero explicó sus motivos en cuanto tuvo la oportunidad.

—Estoy buscando a la piromante que se supone que viaja con vosotros. ¿Se llama Jaya Ballard?

—Sí, era ella, pero se marchó cuando regresamos de la cordillera —respondió Baird.

—¿Se marchó? —Chandra apenas pudo reaccionar. Era un alivio haber tenido razón y saber que Jaya había estado allí, pero también era una gran decepción que no estuviera en aquel momento. "Por favor, que no haya abandonado ya el plano", pensó.

—Dijo que había venido a Argivia en busca de un amigo —explicó Baird—. Cuando se enteró de que el dragón al que íbamos a combatir estaba en camino, se ofreció a ayudar.

Aquello también era un alivio.

—Entonces, ¿ha seguido en dirección sur?

—Hacia el bosque de Yavimaya, creo. —Baird señaló la carretera—. Está más allá de la Cordillera Kher, no muy separado de la costa.

Chandra lo comprobó en el mapa. Aquel camino llegaba a los senderos entre las montañas y terminaba en la costa, frente a la que se encontraba la isla de Yavimaya.

—¡Gracias! —dijo ella—. Tengo que irme, quiero alcanzarla lo antes posible.

Baird asintió, comprensivo, e hizo un gesto hacia los carros de abastecimiento.

—Si vas a continuar viajando, te pido que aceptes algunas de nuestras provisiones. Es lo mínimo que podemos hacer a cambio de tu ayuda.

Chandra se encaminó hacia los carros, pero entonces se le ocurrió una última pregunta:

—Perdón, custodio Baird, pero ¿mencionó Jaya quién es ese amigo al que busca?

—No lo sé con certeza —respondió él con un gesto negativo—. Solo dijo que llevaba mucho tiempo desaparecido.


Chandra viajó durante cinco días, en los que llegó al final de la carretera al salir del bosque, subió las colinas rocosas y cruzó los montes secos de la cordillera. Aunque el intendente argiviano le había dicho que debería tener suficientes provisiones para llegar a la costa, racionó la comida y rellenó el odre cada vez que encontró un arroyo. La travesía le dio tiempo en abundancia para pensar y ensayar muchas veces lo que le diría a Jaya. También le dio tiempo en abundancia para preocuparse por Gideon y los demás y para echar de menos a Nissa, pero estaba segura de que hacía lo correcto.

Cuando llegó a la última cumbre, o eso le aseguraba el mapa, el camino se volvió más difícil de seguir y Chandra tuvo que trepar, más que caminar. Cuando por fin coronó la cima, hizo una pausa para recuperar el aliento. A muchos metros por debajo, el mar se extendía desde una playa situada al pie de las montañas; sus aguas se veían serenas bajo el cielo azul y las nubes blancas. Y justo enfrente de allí, a tan solo dos o tres kilómetros de distancia, había otra costa, pero esta estaba tan cubierta de árboles que el litoral parecía una muralla de un verde intenso. Aquello tenía que ser Yavimaya.

Forest
Bosque | Ilustración de Jonas De Ro

Una neblina flotaba entre lo que parecían ser colinas o pequeñas montañas, pero desde la cumbre en la que estaba Chandra no se veía indicio alguno de que allí viviese gente. No parecía haber caminos ni carreteras en la costa, ni el más mínimo rastro de civilización.

—Y ahora, ¿cómo voy a encontrar ahí a Jaya? —se preguntó en voz alta, con cierta frustración.

De repente, en una colina interior, un grupo entero de árboles se agitaron y temblaron, moviéndose de un lado a otro como si un vendaval repentino los sacudiera cuales juguetes infantiles. En el viento, Chandra oyó el lejano ruido de golpes metálicos y un rugido casi imperceptible.

—Supongo que eso responde a mi pregunta. —Chandra comenzó a descender por la cumbre lo más rápido que pudo. Ocurriera lo que ocurriera en aquella zona, era un buen lugar para empezar a buscar a Jaya.

En la costa, en una caleta en la falda de las montañas, encontró una pequeña aldea pesquera. Un atento aunque confundido pescador accedió a llevarla al otro lado del estrecho y Chandra desembarcó en la orilla para adentrarse en Yavimaya.


Si había considerado que el bosque cercano al litoral era denso, los árboles del interior eran inmensos, con pesadas raíces en espiral que formaban arcos por encima del suelo. Las frondosas enramadas convertían la luz solar en una sombra verde, pero había flores coloridas por todas partes. Por suerte, los helechos eran bajos y resultaba fácil correr a través de ellos. Chandra se acercó al estruendo hasta llegar a la linde de un pequeño valle que posiblemente fuese artificial. Era casi redondo y estaba dominado por un gran cráter de excavación reciente, rodeado de pilas de tierra movida. Además, los responsables de la obra seguían allí. Al principio, Chandra pensó que eran gigantes musculosos con armadura, pero entonces murmuró para sí misma:

—Ah, vale, ya lo pillo. —Llevaba demasiado tiempo viajando sola, porque resultaba obvio que aquellos seres eran autómatas.

Todos ellos medían unos seis metros de altura y tenían palas en lugar de manos y un bloque por cabeza. Mientras los observaba, los autómatas dejaron de cavar y salieron del cráter para enfrentarse a las sombras del bosque.

Chandra dudó si quedarse, pero vio que no iban a por ella, puesto que se giraron hacia el lado opuesto. Entonces vio que el bosque comenzaba a moverse en el otro extremo del cráter.

Las hojas y las ramas se agitaron como si las empujara un fuerte viento, y unas criaturas que parecían árboles animados salieron de entre las sombras. "Un momento... Sí que son árboles animados", pensó Chandra, impresionada.

Verdant Force
Fuerza verde | Ilustración de Viktor Titov

Los seres avanzaron arrastrándose y levantando montones de tierra con sus raíces. Algunos eran enormes, con troncos divididos casi como piernas, mientras que otros eran más pequeños y reptaban por la maleza moviendo las ramas inferiores de una manera que les hacía parecer muy similares a arañas gigantes, para incomodidad de Chandra.

No estaba segura de lo que iba a suceder, pero pronto comenzaría una batalla, una confrontación en punto muerto o una reunión. De pronto, un árbol se lanzó hacia delante a tal velocidad que a Chandra se le escapó un chillido. La criatura saltó sobre el autómata más cercano y lo hizo pedazos.

Chandra ahogó un grito de asombro al ver cómo las piezas salían volando y caían al suelo como una lluvia de metal. Los demás autómatas se lanzaron al ataque y los árboles enfurecidos arremetieron para enzarzarse en combate. Chandra corrió por instinto hacia la batalla, pero se detuvo cuando llegó al pie de la colina: no tenía ni idea de qué parte ponerse.

No quería acabar luchando accidentalmente contra los aliados de Jaya, porque eso resultaría desastroso. Entonces, un árbol se separó de la batalla y cargó contra ella agitando violentamente sus ramas. Chandra reaccionó por instinto y descargó un rayo de fuego contra el ser. El proyectil alcanzó de lleno al árbol y le prendió fuego. Sin embargo, incluso envuelto en llamas y con la corteza y las ramas desintegrándose, el árbol siguió arremetiendo contra ella, como si estuviera desesperado por matarla. Chandra liberó otra llamarada y, justo entonces, un autómata del tamaño de un humano se situó junto a ella.

—Ten cuidado —dijo el ser con una voz grave—. Atacarán a cualquier cosa que se mueva.

Más árboles descendieron por la colina y se lanzaron a por los autómatas, cuales plantas rodadoras gigantescas y furiosas. Tres de ellos viraron para ir a por Chandra y aceleraron el paso a medida que se acercaban.

—¿Qué son estas cosas? —preguntó ella.

El autómata se preparó para resistir la carga.

—Son árboles animados. Han sido creados y enviados por Multani.

"Entonces, no son personas", pensó Chandra, que concentró su poder y lo descargó contra los árboles, apuntando a sus troncos. Si no eran personas, no tendría que contenerse.

Entonces, el autómata se lanzó hacia delante. Chandra se giró y vio a un árbol aproximándose por un flanco y preparándose para golpearlos a ambos con sus ramas. El autómata le asestó un puñetazo en el tronco, seguido de un segundo y un tercero, y la madera se hizo astillas.

Más árboles se estrellaron contra la línea de autómatas mayores y Chandra corrió a situarse detrás de ellos. Dos árboles se separaron de los autómatas y se lanzaron a por ella, pero los quitó de en medio con una llamarada. Cuando al fin llegó a un montículo desde el que tenía un ángulo mejor, liberó un torrente de fuego contra la hilera de árboles. Estos no parecieron percatarse de que estaban en llamas y se empujaron ciegamente unos a otros para llegar hasta los autómatas, propagando el fuego.

Chandra fulminó a los últimos atacantes y bajó del montículo. Cuanto todo terminó, los autómatas supervivientes y ella estaban rodeados de árboles astillados y madera humeante. Chandra se frotó el hollín de la cara y sacudió el polvo de sus guantes. Echó un vistazo alrededor y encontró al autómata más pequeño que la había salvado, el cual estaba empujando un árbol caído para alejarlo del borde de la excavación. Chandra se acercó a paso ligero.

El autómata se irguió y la miró desde arriba. En ese momento, Chandra comprendió que no podía ser un simple autómata: parecía más ágil y su cabeza y su rostro eran mucho más semejantes a los de un humano.

—Agradezco tu ayuda —dijo él.

—No hay de qué. Yo también agradezco que te cargaras al que se me acercó. —Chandra pensó que probablemente tardaría un poco en acostumbrarse a las facciones metálicas del ser. Notaba sus cambios de expresión, pero le resultaba difícil entenderlas—. ¿Has dicho que un tal Multani ha enviado a esos árboles a por ti? —En ese momento, Chandra se dio cuenta de que Multani tal vez fuera el amigo al que Jaya había ido a buscar; en ese caso, acababa de echar por tierra su propio plan.

—Multani es un elemental y se encuentra en un estado semiinconsciente mientras se recupera de unas heridas horribles —explicó la persona de metal—. Animar estos árboles y enviarlos contra nosotros ha sido un instinto defensivo.

Aquello era un alivio. No parecía probable que Jaya hubiera ido en busca de un ser casi inconsciente.

—Me llamo Chandra. Estoy buscando a Jaya Ballard y el custodio de Argivia me dijo que había venido a Yavimaya en busca de un amigo que llevaba mucho tiempo desaparecido. No sabrás quién puede ser, ¿verdad?

La persona de metal ladeó la cabeza. El gesto resultaba difícil de interpretar, pero Chandra pensó que tal vez se tratara de una muestra de ironía.

—Me llamo Karn y soy alguien que llevaba mucho tiempo desaparecido.

—Entonces, ¿Jaya está...? —empezó a preguntar ella, pero alguien la interrumpió.

—Vaya, qué coincidencia que nos encontremos aquí —dijo una voz detrás de ella.

Chandra giró sobre sí y se topó con la madre Luti, que vestía un jubón de cuero y metal por encima de su túnica roja. "¿Qué hace ella en Dominaria?", fue lo primero que pensó la confundida Chandra, y entonces... "Un momento. ¿Cómo ha llegado a Dominaria? No es una Planeswalker. Jamás se me ocurrió que pudiera ser una Planeswalker".

—No me digas que... ¿Cómo has...?

La madre Luti enarcó una ceja y señaló las lentes que colgaban del cinturón de Chandra.

—Creo que tienes algo que me pertenece.

Jaya Ballard
Jaya Ballard | Ilustración de Magali Villeneuve

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Perfil de Planeswalker: Karn
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