Victoria

Posted in Magic Story on 26 de Noviembre de 2014

By Tom LaPille

Tom LaPille makes things. Some of the things he makes are card sets, like Dark Ascension and Born of the Gods. Sometimes he makes stories, too. Sometimes he makes unexpected things, like 16th-century Japanese clothing. He's probably making something right now.

Zurgo, el kan de los Mardu, sabe cómo guardar rencor, y no hay nadie a quien odie tanto como a Sarkhan Vol, un antiguo Mardu que calcinó a sus propios camaradas con fuego de dragón cuando su chispa de Planeswalker se encendió.

¿Hasta dónde estará dispuesto a llegar Zurgo con tal de vengarse?


Zurgo Aplastacráneos estaba en lo alto de un peñasco junto a una meseta escarpada, observando a la multitud de Mardu que se había reunido bajo él en la llanura. Entre la muchedumbre había numerosos cadáveres de guerreros. Algunos eran Mardu, pero la mayoría habían sido Temur. A un lado del ejército, se extendía un interminable brezal azotado por el viento: era el territorio natal de su pueblo. Al otro lado de las tropas estaba el camino hacia las estribaciones temur, de donde procedía la avanzadilla que acababan de derrotar.

Mientras Zurgo examinaba a sus guerreros, ellos también lo observaban a él. Lo miraban con aire de triunfo, agotamiento y expectativas.

―¡Somos Mardu! ―gritó.

Supremacía mardu | Ilustración de Jason Chan

―¡¡MARDU!! ―respondieron los guerreros, y lo corearon al unísono durante varios segundos. Zurgo se nutrió de su exaltación unificada hasta que el clamor cesó.

―Surrak ha puesto a prueba nuestras fronteras y le hemos demostrado que somos fuertes. Tal vez pensase que íbamos a quedarnos en Tronoalado, ¡pero se equivoca! ¡Somos Mardu y nosotros mandamos en estas llanuras! ―Zurgo dio un pisotón estruendoso y la multitud volvió a aclamarlo.

Mientras lo vitoreaban, el kan mardu oyó un crujido a sus pies. Cuando miró hacia abajo, vio que la roca se había agrietado y notó que el crujido no cesaba. Zurgo retrocedió unos pasos y el borde del peñasco se quebró y cayó al suelo con un gran estruendo.

Cuando el griterío se calmó, Zurgo oyó una voz chillona que procedía de la llanura que había debajo. Los guerreros que había alrededor del lugar de donde salía la voz se giraron hacia allí con rostros de preocupación y duda. Zurgo miró hacia Varuk, un orco anciano y astuto que le servía como consejero de confianza, y le preguntó qué era aquella voz.

―Parece un trasgo, mi kan ―respondió Varuk mientras giraba la cabeza para escuchar mejor―. Está enfadado.

―Tráemelo ―ordenó Zurgo.

―Como desee, mi kan. ―Varuk le dirigió una mirada nerviosa durante unos instantes. Luego volvió la cabeza hacia una guarda humana y chasqueó los dedos para que se pusiese en marcha. Cuando ella regresó junto a Zurgo con el trasgo, volvió a hacerse el silencio en la llanura y el ejército contempló a su kan mientras él bajaba la vista hacia la diminuta bola de pelo.

Ficha de Trasgo | Ilustración de Kev Walker

―¡Mi hermana murió para tomar esta roca, y la has roto! ―dijo el trasgo antes de dejar hablar a Zurgo. Su voz chillona se oyó por la llanura en silencio y muchos de los presentes pusieron cara de desagrado.

―Hemos derrotado a los Temur porque hemos luchado como una mente, un cuerpo y un clan unificado ―declaró Zurgo mostrando todo el orgullo que podía―. ¡Morir en la batalla es un acto glorioso si el clan triunfa! ¡El valiente sacrificio de tu hermana ha salvado muchas vidas mardu!

Varuk alzó su arma y vitoreó a Zurgo. En respuesta, las tropas imitaron el gesto y el clamor. Sus voces al unísono se extendieron por la meseta y luego se disiparon.

―¡Y ahora has roto la roca! ―El trasgo miró hacia abajo, a donde había caído el saliente que se había desprendido, y luego le devolvió una mirada insolente a Zurgo―. ¡Era una buena roca! ―El patético trasgo miraba al kan y su voz chirriante se oyó en los alrededores. Los guerreros más próximos a Zurgo estaban acercándose a él; murmuraban entre ellos y tenían rostros fríos y enojados.

―¡¿Crees que mis órdenes no buscan lo mejor para los Mardu?! ―gritó Zurgo cada vez más enfurecido.

―¡Mi hermana murió para nada! ―chilló el trasgo.

Zurgo alzó un pie todo lo que pudo y luego asestó un pisotón al trasgo, descargando todo su peso sobre él. El trasgo acabó aplastado, acompañado de un crujido agradable al oído.

―¡No necesito esta roca ni ninguna otra! ―gritó Zurgo a la muchedumbre―. ¡Vamos de un lugar a otro, conquistamos y comemos! ¡Somos Mardu y hemos demostrado nuestro poderío a Surrak! ―El ejército volvió a aclamarlo, pero esta vez no lo hizo con tanto entusiasmo.

―Creo que no ha sido sensato matar al trasgo ―oyó decir Zurgo mientras daba la espalda a la multitud, que ya había comenzado a conversar. El comentario era de Varuk, quien se había acercado con la cabeza ligeramente baja y señalaba el cadáver del trasgo.

Aullador bélico mardu | Ilustración de Yefim Kligerman

―Ha cuestionado mi autoridad. Si no permanecemos unidos, no somos nadie.

―Mi kan, ¿le preocupa más esto que su cargo? ―preguntó Varuk con mirada de curiosidad―. La familia del trasgo le guardará rencor.

Una guerrera que portaba un estandarte de mensajera se abrió paso entre la muchedumbre para llegar hasta Zurgo y se detuvo ante él, tratando de recuperar el aliento. ―Ya sé por qué... nos atacaron ―dijo con dificultad―. Un explorador temur vio... a uno de nosotros... en los bosques, más allá de nuestro territorio.

Aspirante a nombre bélico | Ilustración de David Gaillet

―¡¿Cómo?! ―le espetó Zurgo.

―Los Temur lo rodearon... ―explicó la guerrera―. Se hacía llamar Sarkhan... Los Temur lo interpretaron... como un acto de invasión... y exigieron que se rindiese... ―explicó antes de callar para recuperar el aliento.

―¿Y qué sucedió? ―bufó Zurgo.

―Dicen... Dicen que Sarkhan se convirtió en dragón, que abrasó a los Temur con su aliento y que se adentró volando en el territorio enemigo.

Vol. Solo podía ser Vol. Zurgo entrecerró los ojos.

―Debieron de suponer que él era el kan de los Mardu y nos atacaron mientras nuestro "líder" estaba en otra parte, pero se equivocaron de persona. No saben que usted no puede convertirse en dragón, mi kan ―terminó de explicar la guerrera antes de bajar la vista un momento y volver a observar a Zurgo con una mirada de curiosidad―, ¿verdad?

―Puedes irte ―bramó Zurgo.

―No deberíamos ir detrás de él ―aconsejó Varuk en voz baja y con actitud humilde cuando la guerrera se marchó.

―Ya ha sido una amenaza para nuestro clan demasiadas veces ―lo contradijo Zurgo―. Debe morir.

―Olvidas que llevo mucho tiempo a tu lado ―respondió Varuk con más osadía, ladeando la cabeza―. Recuerdo la época en la que solo liderabas uno de nuestros flancos. Yo estaba presente cuando Vol desertó y luego regresó, contando con que lo recibirían con los brazos abiertos. Vi cómo lo mandabas a luchar contra los Sultai. Estaba allí cuando se convirtió en una gran bestia voladora y abrasó al enemigo y a tu ejército con su aliento. Sé qué es capaz de hacer y que es demasiado poderoso para ti.

―Dijo que se llama Sarkhan, por eso nos atacó Surrak. ¿Crees que la siguiente kan que oiga ese nombre se echará a reír sin más cuando lo escuche? No, esta no será la última vez que nos ataquen por culpa de ese traidor.

―Después de semejante derrota, Surrak nos dejará en paz durante un tiempo. Nuestros caballos no se desenvuelven bien en las montañas y Vol está cada vez más lejos de nosotros.

―Ese traidor es una amenaza para el clan. Quiero su cadáver.

―¿Y cómo los convencerás a ellos? ―dijo Varuk volviéndose hacia el ejército, que ya estaba acabando de montar el campamento―. No comparten el rencor que sientes por él.

―Hoy celebraremos la victoria y mañana nos prepararemos ―dijo Zurgo con desdén―. Pasado mañana, castigaremos a Surrak por su insolencia. Díselo a los demás.

Varuk asintió y desapareció entre el ruidoso gentío.

La horda de Zurgo pasó una noche de festejos. El propio Zurgo se quedó en su tienda de campaña y permitió que los demás disfrutasen del triunfo: estaba furioso con Vol y cualquier guerrero que lo viese en aquel estado habría pensado por error que se había enojado con un Mardu. Solo unos pocos veteranos seguían deseando vengarse de Vol, por lo que debería prometer la cabeza de Surrak a su ejército para guiarlo hacia las montañas. Podría decir que estaba furioso por culpa de Surrak, pero aquello no funcionaría hasta que se desvaneciese el sabor de la victoria, así que permaneció solo.

Al día siguiente, los Mardu se prepararon para partir. Los guerreros de Zurgo registraron los cadáveres de los caídos en busca de víveres y luego los apilaron. Los chamanes abrieron grandes grietas bajo los cuerpos y las cerraron cuando las sepulturas estuvieron llenas. Los exploradores se adentraron en las estribaciones boscosas que había junto a las llanuras. Los tres oficiales superiores de la horda de Zurgo acudieron a los aposentos del kan.

―Mañana partiremos hacia las montañas ―les hizo saber―. Castigaremos a Surrak por su afrenta.

―Los Temur contarán con la ventaja en su territorio ―dijo Varuk―. Es una decisión peligrosa.

―Para eso tenemos a nuestros exploradores ―dijo Zurgo―. Estaremos preparados cuando los Temur ataquen.

―Pero no conocen el territorio temur ―objetó una oficial llamada Rufaz, cuya mirada reflejaba sus dudas―. Avanzaremos a ciegas, a diferencia de nuestros enemigos.

―Deberías confiar más en tus guerreros ―contestó Zurgo mirándola con dureza.

―Ya hemos castigado bastante a Surrak ―protestó un humano llamado Batar; sus cejas fruncidas y su sonrisa estaban cargadas de arrogancia―. Sería una estupidez correr tanto riesgo para seguir hostigándolo.

―Soy el kan de los Mardu y haréis lo que yo diga ―dijo Zurgo volviéndose hacia él.

Varuk asintió y Rufaz hizo lo mismo a continuación. Unos instantes después, Batar también asintió y los tres se marcharon. Cuando Zurgo regresó junto al ejército, sus tres oficiales ya habían empezado a preparar a la horda para el viaje del día siguiente.

En cuanto amaneció, las tropas de Zurgo levantaron el campamento, montaron en sus caballos y bestias de carga y emprendieron la marcha. Zurgo ordenó que los exploradores se adelantasen hacia el bosque por si había rastro de los Temur.

―Tengo entendido que podría haber un desertor mardu en los alrededores ―explicó a los batidores―. Si dais con él, no lo sigáis y venid a informarme. ―Sus tropas asintieron y se dispersaron hacia el bosque.

Estribaciones boscosas | Ilustración de Jonas De Ro

Zurgo cabalgaba en medio de la horda; su bestia de monta destacaba por encima de los caballos del ejército que lo rodeaba. Le costaba un poco avanzar por las colinas, pero no tanto como a los caballos.

La primera partida de exploradores regresó con noticias imprecisas pero inquietantes: estaba claro que los Temur andaban cerca, pero no habían logrado ver a ninguno. Los batidores solo habían encontrado ramas rotas, plantas partidas y pisadas recientes que los Mardu no podían haber dejado.

En cambio, Surrak seguro que tenía claro dónde estaban ellos.

Tres horas después, el ejército mardu se adentró en un valle sinuoso que se dirigía hacia lo alto de las montañas. El frío los invadió de repente y luego empezó a nevar. Aquella nieve no podía ser natural, ya que caía de forma torrencial e incesante y cubrió el suelo en cuestión de minutos; además, seguían muy por debajo de la altitud a la que sería normal encontrarse nieve. Los caballos, las bestias y los animales de carga de la horda avanzaron con dificultad por aquella capa de cellisca. Unos pocos exploradores regresaron de sus internadas en el bosque, pero volvían con pocas novedades, si es que tenían alguna. Una de ellos había vislumbrado a un chamán temur pronunciando una especie de conjuro climático, pero aquello no sorprendió a nadie.

―Mi kan, deberíamos regresar ―sugirió Batar, que cabalgaba con dificultad junto a Zurgo―. Esto es absurdo. Vamos directos hacia una trampa.

―En estas montañas se esconde una amenaza para la unidad del clan ―respondió Zurgo tras valorar la propuesta unos segundos―. ¿No querrías arrancar esa mala hierba?

―Lo que amenaza la unidad del clan es esta nieve ―se burló Batar.

―Una simple nevada no debería ser un impedimento para un guerrero mardu, Batar Rajagargantas ―le espetó Zurgo poniéndose de pie sobre los estribos y mirándolo lo más duramente posible.

Batar resolló con enfado y se alejó de Zurgo. Cuando se alejó apenas unos metros, el kan ya no pudo verlo.

―Los Temur andan cerca ―informó a Zurgo una exploradora que estaba cubierta por una fina capa de nieve―. Estaban reuniéndose en lo alto de una colina, por encima de nosotros. Eran alrededor de un centenar.

―Diles a los demás que se preparen para... ―empezó a decir Zurgo en medio de aquel frío innatural.

De pronto, el clamor de la batalla empezó a oírse en los alrededores. El acero chocaba contra el acero, se proferían gritos de triunfo y de muerte y las bestias de monta se desplomaban con estruendo en dos direcciones distintas, pero en las cercanías. Sin embargo, por culpa de la nieve, Zurgo no podía ver lo suficiente como para saber qué sucedía.

Desmontó y corrió hacia el frente. A unos sesenta metros, quince Temur vestidos con pieles permanecían en pie, rodeados por numerosos cadáveres mardu y un número aún superior de guerreros. Los Mardu se acercaron y todos murieron enseguida; luego se hizo el silencio y la nevada cesó.

―¿Qué ha sucedido? ―bramó Zurgo.

―Dos brechas ―oyó decir Zurgo detrás de él. Se dio la vuelta y vio a una exploradora que se acercaba corriendo y jadeando―. Una aquí y otra a unos ciento cincuenta metros por detrás. Una columna de cincuenta Temur ha atravesado nuestra línea y matado a cincuenta y seis de los nuestros y antes de desaparecer entre los bosques. No estábamos preparados para perseguirlos. Ellos solo han dejado atrás once cadáveres.

―¿Y qué ha sucedido aquí? ―preguntó Zurgo volviéndose hacia la escena que tenía delante.

―Lo mismo ―dijo una oficial que estaba cerca, con dos cortes rojos y brillantes en el rostro. Observó el claro repleto de cadáveres en el centro de la ruta de avance de los Mardu―. Diría que hemos perdido a unos cincuenta, y solo veo ocho cadáveres temur.

―Tú... y tú ―dijo señalándolas―, enseñadme por dónde han salido. Los demás, despejad esto.

La exploradora y la oficial lo llevaron hasta la ladera del valle, donde el sendero estaba próximo a una pendiente empinada. En ambos puntos, el terreno era demasiado inclinado como para que los caballos mardu ascendiesen, y solo había anchura suficiente para que los guerreros avanzasen en fila de a cinco. Los Temur habían atacado dos veces el núcleo de su ejército con unas fuerzas poco numerosas para avanzar por aquellos senderos, y luego regresaron a los bosques sin que pudieran detenerlos. Zurgo entrecerró los ojos y los cubrió con una mano, pero no logró divisar nada en ninguno de los caminos.

―¿Qué debemos hacer? ―preguntó un explorador cuando el kan regresó junto a las tropas.

―Reúne a todo el mundo ―ordenó―. Trae aquí a las tropas y me dirigiré a ellas.

El explorador se apresuró a cumplir la orden.

Cerca de Zurgo, tres jóvenes guerreros estaban sentados sobre la nieve, conversando.

―Han venido por el bosque, como surgidos de la nada ―dijo un joven―, y luego han desaparecido igual de rápido.

―¡A mi hermano le han clavado cuatro flechas delante de mí! ¡No he podido alcanzar a los asesinos! ―gritó otro joven.

―Podrían repetir la maniobra cinco veces más y volvería a funcionar ―dijo la joven que estaba junto a ellos―. No conocemos este terreno.

Zurgo se abrió camino entre la multitud y se acercó a ellos. Los jóvenes dejaron de hablar y se pusieron en pie.

―Decidme ―los interrumpió Zurgo―, ¿esta ha sido vuestra primera batalla?

Los tres levantaron la vista hacia él y asintieron.

―¿Y todos habéis matado a un enemigo?

Los tres volvieron a asentir e irguieron la cabeza; ahora, en sus rostros se veía que estaban expectantes.

―Tú ―bramó Zurgo, señalando a uno de ellos―, ¿cómo has acabado con tu adversario? ―Se hizo el silencio alrededor de ellos.

―Decapitándolo con un corte limpio ―respondió.

―Siegacabezas ―decretó Zurgo.

―¿Y tú? ―preguntó volviéndose a la siguiente, que temblaba de emoción y tenía los ojos abiertos de par en par.

―Clavándole tres flechas en el torso ―respondió la joven, irguiendo aún más la cabeza.

―Perforacorazones ―afirmó Zurgo antes de volverse hacia el tercero.

―Habíamos perdido nuestras armas y luchábamos mano a mano ―explicó―. Le aplasté la garganta con mis manos desnudas.

―¡Estrujacuellos! ―bramó Zurgo.

Los tres hicieron una reverencia, todos con el rostro iluminado. Para entonces, buena parte del ejército se había reunido alrededor de Zurgo y muchos guerreros se habían acercado a la zona que alcanzaba a ver.

―¡Por los guerreros de los Mardu y su victoria! ―clamó Zurgo alzando su espada hacia el cielo.

La horda gritó a su orden, pero no tan alto como él esperaba.

―¡No! ―se oyó exclamar cerca, y Batar surgió de entre la multitud. Tenía el rostro encendido, los músculos tensos y la mirada llena de furia―. Estos jóvenes guerreros tenían razón. Dices que nos has traído a este bosque para castigar a Surrak, pero ni siquiera sabes dónde está. Este terreno no nos es favorable. Esta nieve no es natural. Y aun así, quieres que sigamos adelante. Tiene que haber otros motivos para hacerlo y no nos has hablado de ellos. Además, muchos de los nuestros han muerto.

―Te desafío para ganarme el derecho a liderar el clan.

Todo el mundo se quedó inmóvil. Todas las miradas se dirigieron hacia ellos dos.

Zurgo evaluó la situación. Batar estaba enfadado y su furia le nublaba el juicio. Si hubiese pensado en el bien del clan, no habría hecho aquello. Zurgo no tenía más remedio que matarlo.

―Muy bien ―accedió Zurgo, encogiéndose de hombros y desenvainando su espada. El humano se mostraba insolente, con un escudo en cada mano; de ellos sobresalían tres grandes garras de hueso de dragón. Aquellas armas resultaban impresionantes a la vista, pero serían pesadas y lentas en manos de aquel pequeño hombre.

―Ven y demuéstranos lo gran guerrero que eres ―se burló Zurgo.

Campeón ensangrentado | Ilustración de Aaron Miller

Batar lo miró con desprecio. Con sus pesadas armas, seguramente habría contado con que fuese Zurgo el que arremetiese contra él. Sin embargo, el kan no lo hizo. Batar no podía esperar, porque aquello sería una muestra de debilidad.

El humano avanzó a zancadas y Zurgo lo esperó. Cuando se acercó, tiró una estocada con el escudo derecho, pero Zurgo lo esquivó moviéndose hacia la izquierda y se situó casi por detrás del hombre. Lanzó un tajo contra el cuello de Batar usando la mano izquierda, pero el humano levantó a una velocidad asombrosa el brazo con el que acababa de atacar. La espada de Zurgo impactó en la armadura del antebrazo y la abolló, pero no hizo un gran daño.

De pronto, el otro escudo salió disparado hacia Zurgo por debajo del brazo derecho de Batar; una de las garras iba dirigida contra el rostro del orco y la otra, contra la ingle. Zurgo giró para evitar el golpe y las garras solo lo alcanzaron en la armadura de la pierna y el hombro, arrancando algunas placas de ambas partes.

Zurgo siguió intentando ganarle la espalda a Batar, con lo que su escudo derecho quedó en una posición inadecuada. Mientras se movía, el orco preparó el brazo derecho para asestar un puñetazo. Batar giró sobre sí mismo para seguir encarándose a Zurgo y se protegió el rostro con el escudo derecho, pero en cuanto bajó la guardia, el puño de Zurgo lo alcanzó en el mentón.

Batar se desplomó en el suelo, gimiendo.

Zurgo lo agarró por el cuello y lo levantó del suelo. Batar trató de resistir y se agitó como un muñeco mientras intentaba coger aire. Zurgo atravesó el pecho de Batar con su espada, arrojó al suelo el cuerpo sin vida y dio un pisotón a la cabeza del hombre. La masa roja y brillante de los sesos manchó la nieve blanca.

―¡Ved lo que les sucede a quienes desafían al kan de los Mardu! ―gritó girando alrededor y mirando a todos los que lo rodeaban.

―Esto no volverá a suceder ―dijo Varuk mientras se adentraba a caballo en el claro.

―¡No, porque mataré a todo el que se atreva! ―rugió Zurgo, alzando su arma bañada en sangre.

―Te equivocas ―lo corrigió Varuk mientras desmontaba―. No se repetirá porque ya no hay motivo para desafiarte. ―La mirada de Varuk era dura y fría, y se mostraba más altivo que nunca. Era una actitud de insolencia, no de sumisión.

―Aquí me tienes ―lo desafió Zurgo entrecerrando los ojos.

Varuk trazó un arco con el brazo y señaló a lo que quedaba de la horda.

―Míralos, Zurgo ―la voz de Varuk resonó por el valle―. Antes te seguían, pero ahora solo te temen. Eso significa que no eres su auténtico kan.

―¡Estás desafiando mi autoridad! ―bramó Zurgo.

―Ya no hay motivo para desafiarte ―repitió Varuk, que luego se volvió hacia la horda.

―¡Los Mardu no tenemos motivo para ir a por Surrak! ¡Volved conmigo a nuestro hogar en Tronoalado ―exclamó Varuk― y no volveremos a arriesgar nuestras vidas por el insensato deseo de venganza de este orco!

La horda gritó con aprobación. Zurgo observó al clan con los ojos desorbitados y la boca abierta.

Varuk se giró hacia Zurgo para observarlo una vez más. Durante unos instantes, dio la sensación de que sentía remordimientos, pero luego se desvanecieron. Varuk volvió a subir a su montura y cabalgó por el valle hacia el centro del ejército. Zurgo se puso en pie y vio cómo sus tropas le daban la espalda y se ponían en marcha lentamente, siguiendo a Varuk. Luego, lo único que vio eran los estandartes en la lejanía.

Destacamento nómada | Ilustración de Noah Bradley

El clan se había marchado y Varuk tenía razón: en realidad, ya nadie seguía a Zurgo. Solo podía hacer una última cosa por los Mardu: decapitar a Vol y dejar que su cabeza yaciese inerte en la nieve.

Zurgo volvió a mirar su espada, que seguía empapada con la sangre brillante de Batar. Avanzó a zancadas hacia un cadáver que tenía la ropa seca y arrancó un trozo de tela... pero se detuvo antes de limpiar el filo.

Aquella sangre era lo único que le quedaba; no la limpiaría hasta que la mezclase con la de Vol.

Cerca de él había una mujer vestida con pieles que tenía tres flechas clavadas, pero aún se movía y gemía. Zurgo se aproximó y situó su espada ensangrentada sobre la garganta de la humana.

―Responde ―dijo―. La última vez que tu gente vio al kan de los Mardu, ¿hacia dónde se dirigía?

La mujer tenía la mirada perdida y levantó un dedo tembloroso hacia lo alto de las montañas: "La tumba... del dragón... espíritu", graznó entre arcadas.

Zurgo hundió su espada en la garganta de la mujer y esta dejó de moverse. El orco volvió junto a su montura, subió a la silla y se encaminó hacia el desfiladero.

Sabía dónde estaba la tumba del dragón, según los rumores, pero el trayecto sería peligroso. Sin embargo, si Vol podía convertirse en dragón, tenía sentido que pretendiese ir a aquel lugar.

El terreno se volvía cada vez más traicionero a medida que se acercaba al desfiladero donde supuestamente yacía el cadáver del dragón. Cabalgó por numerosas colinas escarpadas hasta que comenzó a anochecer. Poco después del crepúsculo, su montura se tambaleó y empezó a jadear y a gemir antes de detenerse, y Zurgo estuvo a punto de caer.

Bajó del animal. La bestia había pisado mal y tenía una pata delantera rota, doblada de forma antinatural. Unos grandes fragmentos de hueso sobresalían por la piel y se movían cuando la montura aullaba de dolor.

Zurgo la abandonó a su suerte y continuó en solitario.


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