La revelación de Sorin

Posted in Magic Story on 24 de Septiembre de 2014

By Adam Lee

Adam Lee had a long freelance career as a writer and artist in the greeting card industry before coming to Magic's creative team. He grew up in the commune-laden wilds of Northern California in the 70s and his Guild Quiz result was Selesnya. "Be groovy, people."

Aunque ninguno de los dos lo sabe, Sorin Markov y Sarkhan Vol han llegado a Tarkir con el mismo propósito: encontrar al dragón espíritu Ugin.

Sarkhan Vol no es el único que ha llegado a Tarkir en busca de alguien. El Planeswalker vampiro Sorin Markov también ha viajado hasta el plano por motivos propios. Aunque ninguno de los dos lo sabe, ambos quieren encontrar al mismo ser: el dragón espíritu Ugin.

Hace mucho tiempo, Sorin ayudó a Ugin y a otra Planeswalker, la Litomante, a sellar a los monstruosos eldrazi en Zendikar. Estas abominaciones escaparon de su cautiverio recientemente y Sorin cree que Ugin es uno de los pocos que puede detenerlas.

Sorin ha viajado a Tarkir, el mundo natal de Ugin, para buscar a su antiguo aliado. Aún alberga esperanzas, pero hace mucho tiempo que no ha visto al dragón y sabe que quizá llegue tarde, demasiado tarde.

 


 

 

Tarkir.

 

Sorin se dobló de dolor bajo la mirada fulgurante del sol, como si alguien lo hubiese apuñalado. Se encontraba en una extensa estepa. Los hierbajos de los matorrales emitían sonidos secos mientras flotaban en la brisa cálida que soplaba y erosionaba rocas y colinas.

Llanura | Ilustración de Noah Bradley

Sorin aborreció de inmediato el calor asfixiante de Tarkir y notó que su carne se quemaba. Se cubrió la cabeza con la capucha para proteger su piel pálida y se dirigió hacia la sombra más cercana, bajo una elevada e irregular meseta que se alzaba en plena estepa. Sus botas hacían crujir la fina corteza de tierra seca. Un buitre solitario lo rondaba desde las alturas y su sombra trazaba círculos silenciosamente en el suelo mientras Sorin iba en busca de refugio.

Bajo la escasa sombra de la meseta, el vampiro se giró hacia los distantes picos nevados que surcaban el horizonte septentrional y examinó las escarpadas montañas. Una en concreto destacaba entre todas: era una cabeza de dragón que miraba hacia el este. Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Sorin. Cerca de allí se encontraba el lugar que buscaba.

―Así que la oráculo tenía razón ―dijo―. Espero que el resto de sus visiones también sean ciertas, dragón. No tengo mucho tiempo.

 


 

 

Sorin esperó a que llegase el suave frío de la noche antes de aventurarse en los parajes iluminados por la luna, rumbo al norte. La confusa amalgama de imágenes de la oráculo oscura seguía grabada a fuego en su mente. Tenían algo de sentido: una gran batalla de dragones, un desfiladero de hielo, la silueta de Ugin arremolinándose... Sin embargo, las imágenes eran confusas, difusas y caóticas. Tendría que reflexionar sobre los detalles en el camino; al menos, sabía adónde tenía que dirigirse. Mientras se encaminaba hacia las montañas, Sorin estuvo atento a lo que percibían sus sentidos, pero no para prever el peligro, sino para encontrar sangre. El viaje había sido largo y el hambre empezaba a hacer mella en él.

 

Sorin, visitante solemne | Ilustración de Cynthia Sheppard

Poco después, Sorin divisó el brillo tenue de una hoguera desde un punto elevado en un risco. El fuego se había consumido y convertido en cenizas bastante antes de que oscureciese, pero el vampiro podía percibir su calor y a los cinco guerreros que acampaban cerca. Parecían exploradores, ya que llevaban armaduras ligeras para desplazarse con velocidad, y sus pequeños caballos estaban atados a unos matorrales duros del desierto. Dos guerreros montaban guardia a una distancia considerable del campamento y del otro vigilante. Ellos serían los primeros en caer.

Sorin se movió como la sombra de un gato hasta que llegó a ver el reflejo de la luna en los ojos de uno de los centinelas. Estiró el brazo en dirección hacia él y atrapó su mente como si fuese un pececito dócil.

El hombre se puso tenso y abrió los ojos de par en par. El Planeswalker se acercó a él y sonrió.

―Dile a tu amigo que te ocuparás de montar guardia tú solo ―le susurró.

El hombre asintió y fue junto a su compañero.

Mientras Sorin le observaba alejándose en la oscuridad, le invadió una habitual sensación de molestia. Tener que alimentarse... Aquello le hacía sentirse débil, necio, mortal. Era una tarea mundana y repetitiva que lo ataba a los seres inferiores. En una ocasión, había tratado de ignorarla, pero los resultados fueron peligrosos y horripilantes. El vampiro lamentaba que la nutrición ejerciese poder sobre él.

Sorin notó una ligera sensación de inquietud, como si en su interior hubiese una serpiente enroscada y lista para atacar. Nahiri había desaparecido y le preocupaba su ausencia, pero Ugin tendría que haber percibido el peligro. ¿Por qué no había ido a Zendikar? Los titanes eldrazi eran un fuego que no se podía extinguir y la ausencia de Ugin resultaba extraña. Sorin sabía que tendría que encontrar pronto al dragón y esperaba que los dos fuesen capaces de detener la catástrofe que se avecinaba.

El guerrero volvió arrastrando los pies y se detuvo junto a Sorin, quien lo aferró sin dudar, como una araña, y lo consumió hasta dejar una cáscara pálida. Levantó la vista hacia la luna y bajó el cuerpo del hombre casi hasta el suelo, lo soltó y el cadáver se desplomó a los pies del vampiro, vacío de sangre y boquiabierto.

Sorin observó al muerto durante unos segundos y luego se adentró en la oscuridad de la noche.

 


 

 

El Planeswalker siguió las huellas de un animal hacia las profundidades de las salvajes tierras montañosas. Las cumbres de granito, cubiertas de nieve y hielo, se elevaban muy por encima de él mientras recorría los riscos y pasos.

 

Tierras altas escabrosas | Ilustración de Eytan Zana

Hacía mucho que Sorin había dejado de experimentar el tiempo como un fenómeno. El largo viaje por Tarkir no era más que una sucesión de momentos. No sentía expectación, ni hastío ni apremio innecesario. Sabía qué tenía que hacer y su mente divagaba sobre las acciones necesarias en el presente. A lo largo de los milenios, sus debilidades y neurosis humanas habían crecido, florecido y desaparecido. Ahora, lo único que quedaba era una mente libre del yugo de la mortalidad.

Se acercó a las tierras nevadas, donde los altos pinos estaban cubiertos por un grueso manto blanco que brillaba bajo la luz. Oyó al grupo antes de que recorriese la curva del sendero: eran cinco guerreros y un chamán que cabalgaban sobre enormes bestias peludas. Los combatientes portaban lanzas pesadas y tenían collares con garras de oso. El chamán se cubría la cabeza con unas gruesas pieles y se cubría el rostro con una máscara de huesos e hilos anudados. El líder portaba un hacha fabricada con la mandíbula de alguna criatura colosal, llevaba un manto de piel de oso en sus anchos hombros y tenía un rostro curtido que parecía ser de cuero. No daba la impresión de que le tuviesen miedo.

"Bien", pensó Sorin. "Necesito un guía".

―¿Será este el "temible viajero" del que nos hablaron? ―preguntó en voz baja uno de los guerreros a los demás, ignorante de que Sorin podía escucharlo perfectamente a treinta pasos de distancia.

―Lo dudo ―contestó el capitán―. Me juego algo a que es un Sultai que se ha excedido con la magia de los ráksasa. ¿Qué percibes tú, Rushka?

―Ese ser carece de vida ―comentó el chamán―. Es peligroso.

―Veremos qué nos dice y luego lo mataremos.

Sorin se acercó. Podía sentir las vidas de los hombres latiendo ante él; cada corazón tenía su propio ritmo. Cuando se aproximó un poco más, comenzó a murmurar un hechizo, un sortilegio antiguo de una época olvidada... una melodía de muerte.

―Alto ahí, engendro sultai ―le espetó el capitán guerrero desde lo alto de su bestia―. Tu cabeza decorará una lanza a partir de hoy.

Sorin sonrió y cerró un pálido puño frente al rostro, sin lograr contener una risita malvada. Un humo oscuro surgió de entre sus dedos como si fuese tinta vertida en agua. De pronto, dos de los guerreros empezaron a resollar y luego a gritar, disecándose y convirtiéndose en cadáveres en cuestión de segundos. A sus monturas les entró el pánico y salieron al galope por el sendero montañoso. Los cuerpos marchitos de sus antiguos jinetes cayeron al suelo como carne seca antes de que los animales se adentrasen en los bosques.

Los otros tres guerreros se quedaron atónitos y tuvieron que esforzarse por controlar a sus atemorizadas bestias. Uno de ellos cayó al suelo y, moviéndose a la velocidad del rayo, Sorin lo dejó inconsciente de un taconazo preciso.

El chamán extendió una mano y un pilar de fuego verdoso emergió del suelo. Casi al instante, adoptó la forma de una mole que empezó a correr hacia Sorin. El vampiro imitó el gesto del chamán e hizo que los dos cadáveres marchitos resurgiesen de entre los muertos. Los antiguos guerreros se retorcieron en el suelo y, con un movimiento súbito, se pusieron a cuatro patas. La no-vida ardía en sus ojos y sus cuerpos tenían una necesidad demencial de sangre.

―Maestro... ―sisearon, con los rostros contraídos en un rictus repleto de agudos colmillos.

Sorin solo tuvo que mirar hacia su objetivo y los dos esclavos vampiros se lanzaron a por él con una velocidad impía. Saltaron desde las rocas para abalanzarse sobre la bestia cuando esta intentó cargar contra Sorin. Aunque las poderosas patas del ser estaban aplastándolos, los engendros siguieron desgarrando la carne de la criatura con una fuerza y una ferocidad terroríficas. La bestia trató de quitárselos de encima, pero fue en vano y cayó de rodillas mientras continuaban devorándola con ansia.

El chamán aulló y acometió contra Sorin, arrojándole tres cuchillas de fuego que volaron a toda velocidad. El hechizo destrozó el chaleco de cuero de Sorin; la piel de su brazo ennegreció y se desprendió del hueso.

Sorin siseó e impuso su voluntad sobre la mente del chamán. Los ojos del vampiro brillaron con maldad: "Mata a ese", dijo señalando al capitán, que estaba preparando a su bestia para embestir.

El chamán se dio la vuelta y lanzó una estocada con su lanza contra la cabeza del capitán, pero este reaccionó como un felino y le arrancó la cabeza de un tremendo impacto con su hacha de hueso. Cuando se giró para enfrentarse a Sorin, no vio que uno de los vampiros menores había salido a rastras de debajo del cadáver de la bestia y avanzaba arañando las rocas con una pierna rota. Cuando el capitán alzó su arma, el muerto viviente le saltó a la espalda y se aferró a él con una fuerza sobrehumana. El capitán trató de resistir, pero el vampiro le hundió los colmillos en el espinazo y le succionó la sangre.

Cuando todo terminó, Sorin desconvocó al vampiro cojo y este se quedó quieto, con los colmillos húmedos de sangre. El Planeswalker se dirigió al guerrero inconsciente y se arrodilló para sostenerle la cabeza.

―Vas a servirme ―le susurró al oído.

Los ojos del humano se abrieron de par en par. Sorin se aseguró de no dominar en exceso la mente del guerrero, para no erradicar toda la voluntad de su nuevo siervo. Necesitaba a aquel hombre para encontrar a Ugin.

Ficha de Vampiro | Ilustración de Cynthia Sheppard

En cuanto mencionó al dragón, el guerrero pareció asustarse, pero cuando Sorin volvió a apuñalar su mente, empezó a hablar.

―Los dominios del dragón espíritu... Estamos cerca de ellos, pero el viaje es peligroso.

―Muéstrame el camino ―dijo Sorin trazando un arco con la mano.

El guerrero lideró la marcha, arrastrando los pies, y siguió un sendero antiguo que solo un rastreador experto podría discernir. Pasaron un día avanzando en las alturas junto a la cara de una montaña y acamparon al raso. Sorin observó al humano que dormía envuelto en pieles, junto al fuego menguante. Había olvidado lo que era la necesidad de calor y trató de recordar sus días como mortal, inmerso en preocupaciones mundanas junto a la gran chimenea de la mansión de los Markov. Aunque habían pasado milenios, Sorin continuaba sintiendo una persistente añoranza por Innistrad.

Mientras permanecía sentado en la oscuridad, continuó aferrándose al recuerdo de su mundo natal como si fuese una joya oculta en el terciopelo oscuro de su mente.

 


 

 

Al día siguiente, reanudaron la marcha por los estrechos senderos y los gélidos riscos en relativo silencio, pero la presencia de Ugin interesaba a Sorin.

 

―¿Desde hace cuánto tiempo conocéis el paradero del dragón espíritu? ―preguntó a su guía.

―Nuestro pueblo halló sus dominios hace mucho tiempo, antes del fin de Todos los Dragones.

―¿Aquí ya no existen los dragones? ―inquirió Sorin.

―Los mataron a todos ―explicó el humano sin detenerse―. Los cazaron hasta que se extinguieron. Se dice que los dragones nacían de grandes tormentas, pero que aquellas tempestades cesaron.

―¿Nacían de las tormentas? Qué interesante. Ugin jamás me habló de eso.

El guerrero se detuvo un momento y continuó descendiendo por un sendero.

―Los ancianos dicen que las tormentas de dragones eran motivo de celebración. Nuestro pueblo venera el recuerdo de los dragones. La ferocidad de su espíritu es lo que permite sobrevivir a los Temur, pero algunos dicen que los dragones se volvieron codiciosos y corruptos, así que el dragón espíritu nos confirió la magia para luchar contra ellos. Ahora que todos ellos han muerto, los humanos luchamos entre nosotros.

―He escuchado esa historia en innumerables ocasiones ―comentó Sorin―. Parece que las cosas nunca terminan bien, ¿no es así?

El guía temur no respondió.

Pasaron los días, hasta que coronaron un risco que daba paso a un precipicio escarpado. En lo más profundo había una planicie de rocas antiguas y desmenuzadas, cubiertas de hielo y nieve. Sorin podía ver que habían sido deformadas y moldeadas por una inmensa efusión de energía. Divisó una espiral de piedra que parecía haber sido derretida y labrada para que siguiese unas líneas de fuerza, y luego congelada al instante. Las extrañas rocas rodeaban un profundo cañón de granito ennegrecido que mancillaba el centro de la planicie.

―Ahí yace el dragón espíritu ―afirmó el guía temur, señalando el fondo del cañón.

Sorin lo observó.

Huesos...

El desfiladero tenía cientos de metros de longitud y, en las profundidades de aquella gran cicatriz terrestre, Sorin vio algunos lugares donde una colosal y esquelética caja torácica sobresalía del hielo como si fuesen las columnas desnudas de una catedral.

―Es imposible ―susurró Sorin, atónito junto al borde del acantilado. El Planeswalker extendió el brazo y percibió la ausencia de vida en la sima. Luego asestó un puñetazo tremendo contra la fría roca―. ¡Maldita oráculo! ¡Mentiras y calumnias! Ese no puede ser Ugin.

El guerrero observaba a Sorin.

―Llévame ahí abajo. Tengo que comprobarlo por mí mismo.

―Es muy peligroso ―dijo el guía, sin mostrar emoción alguna―. Todos los que han descendido han muerto.

―¡Me da igual! ―gritó Sorin en un arrebato de ira―. ¡Vamos, ahora mismo!

El guerrero hizo una mueca de dolor y comenzó a caminar por el borde del acantilado. Al cabo de un rato, encontró un camino peligroso que llevaba al fondo del cañón. Mientras descendían sujetándose a las rocas y el hielo, Sorin no lograba apartar la vista de los huesos. Incluso en medio del resplandor blanco de la nieve, brillaban y emitían una especie de neblina azulada. La magia que residía en ellos seguía siendo poderosa.

Un tiempo después, lograron llegar al fondo del abismo. Una sección de una cola esquelética sobresalía de la nieve y la neblina azulada surgía de ella. Cuanto más se acercaban a los huesos, mejor percibía Sorin las fuerzas presentes en el lugar: se trataba de una magia poderosa de otra era.

Aquellos eran los restos de Ugin.

El guía empezó a desfallecer mientras seguía avanzando pesadamente.

―Detente ―le dijo Sorin. El guerrero se detuvo y se tambaleó―. No hace falta que acabes hecho pedazos. Retrocede.

El humano dio media vuelta y se resguardó del viento junto a un peñasco, mientras Sorin seguía avanzando hacia el fantasmal arco de costillas que tenía ante él. Cuanto más se aproximaba a ellas, mejor percibía las oleadas de magia que tiraban de las mismísimas fibras de su existencia. El Planeswalker notaba que su chispa interior respondía y lo mantenía de una pieza mientras recorría las costillas del dragón espíritu, dirigiéndose hacia el cráneo.

Las neblinas azules de energía seguían arremolinándose alrededor de Sorin, que se arrodilló para retirar la nieve que cubría el hielo sobre el que estaba. Allí, en el interior de la oscuridad gélida, brillaba el inconfundible cráneo de Ugin, que observaba a Sorin desde las cuencas muertas de sus ojos. El vampiro apoyó una mano para tratar de percibir algún signo vital, el más mínimo resto del espíritu de Ugin, pero lo único palpable era el vacío.

Revelación amarga | Ilustración de Viktor Titov

―Hay más vida en mí que en ti, dragón ―dijo Sorin mientras observaba las cuencas negras de los ojos de Ugin.

El vampiro apoyó la frente contra el hielo y profirió una maldición contra la nieve cuando asimiló la realidad.

Mientras descendía por el desfiladero hacia el cañón, se había aferrado a la esperanza de que el espíritu de Ugin no hubiese sido destruido. Confiaba en que habría algún resto que pudiese resucitar, retazos de consciencia que pudiesen rescatarse del borde de la aniquilación. Sin embargo, la esperanza de Sorin se había extinguido como una débil llama.

Ugin había muerto, y con él había desaparecido el porvenir de incontables mundos.

Sorin atravesó la arquería de costillas y regresó junto al guerrero que lo estaba esperando. Zendikar acabaría destruido con toda seguridad. ¿Qué plano sería el siguiente? ¿Innistrad? Tanto si sucediese ahora como dentro de mil años, solo era cuestión de tiempo que su mundo fuese devorado. Comprender aquello hacía que Sorin se sintiese furioso e inútil al mismo tiempo.

―Estamos condenados... Todos lo estamos ―dijo al humano y a los vientos.

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