El diario del lunarca

Posted in Magic Story on 13 de Agosto de 2014

By Colin Kawakami

Colin Kawakami has worked in the game industry for nearly twenty years. A complex and dangerous man, Colin is held in dark regard because of his haunted, mysterious past.

En el plano de Innistrad, el ángel Avacyn ha vuelto para guiar a sus fieles adoradores y repeler la oscuridad que dominó el plano mientras ella estuvo encerrada. Los monstruos retroceden, la iglesia resurge y la humanidad vuelve a ver la luz en todas partes.

Sin embargo, no todo es prosperidad en este mundo. Incluso bajo el esplendor, algunos secretos deberían permanecer ocultos, sobre todo si tratan sobre la propia Avacyn…


Han pasado años desde la última vez que sostuve una pluma, pero me siento obligado a dejar constancia del terrible secreto que he descubierto y sobre cómo ha llegado a mis manos. Me condenarían por esta herejía y, dado que no temo a la muerte, quizá fuese un destino preferible, pues esto que ahora siento, con toda seguridad, es la locura, un vacío de verdad en el que me hallo atrapado.

Soy Dovid, antiguo cátaro de la Pálida, herido gravemente en la batalla de la Muralla del Hijo y actual comitente de los ángeles de la Tribuna. Mis recuerdos de la contienda son apenas fragmentos: la hoja quebrada de mi alfanje tras retorcerlo en un cadáver viviente, el sabor de mi propia sangre cuando caí, el silencio en el que pensé que me llegaría la muerte y la luz cegadora que lo bañó todo cuando, finalmente, Avacyn regresó.

Avacyn, ángel de la esperanza | Ilustración de Jason Chan

Mi brazo derecho estaba destrozado y fui trasladado prioritariamente al patio de la catedral, donde yací febril en una tienda de lona y me atendió un clérigo que cada mañana se mostraba más optimista, al ver que yo aún respiraba. Al principio, no podía moverme; ni siquiera fui capaz de reunir la voluntad para hacerlo cuando los gritos de victoria resonaron en las paredes de piedra. Me habría quedado allí para siempre, si ella no hubiese venido a por mí.

Los gemidos de los heridos se convirtieron en algo parecido a los arrullos de las madres para acunar a sus hijos. Yo había permanecido insensible durante toda mi convalecencia, pero incluso antes de oír la voz de ella, noté que algo se agitaba en mi interior y levanté la vista hacia el cielo.

Allí estaba Avacyn, junto a un ángel menor de la Legión de las Garzas.

―Nos has prestado un gran servicio y has sufrido más que la mayoría, pero volvemos a necesitarte. Incorpórate, Dovid de la Pálida ―su voz no mostraba ternura, pero rebosaba amor, y me levanté como si mi cuerpo careciese de peso.

―La Tribuna de la Catedral de Thraben ha estado abandonada durante largo tiempo, pero pronto regresaremos. Tú, y solo tú, debes acondicionar ese recinto hasta ahora prohibido. ¿Deseas rechazar esta tarea?

Negué despacio con la cabeza y recobré la compostura:

―Jamás lo haría. Soy vuestro siervo y vuestra voluntad es la mía.

Sus ojos eran cuales perlas demasiado hermosas como para contemplarlas.

―Que así sea. Te presento a Bryta. ―El ángel que estaba a su lado se adelantó. Era una cabeza más baja que Avacyn, pero aun así, tenía que levantar la vista para mirarla a la cara―. Ella te mostrará el acceso y transmitirá nuestras instrucciones de ahora en adelante.

Y sin más ceremonia ni dilación, Avacyn alzó el vuelo en silencio, como una lechuza. Bryta me contemplo con la curiosidad que uno mostraría al observar una fruta con una deformidad peculiar.

―Muy bien, cátaro, ¿conoces el lugar en lo alto de la muralla donde debería haber una ventana? ―Apuntó hacia allí con un ala y enseguida lo vi: un arco sencillo, tapiado―. Reúnete allí conmigo y te enseñaré cómo entrar a la Tribuna. ―Entonces, levantó una ráfaga de aire al batir las alas y ella también echó a volar, muy por encima de mí.

Serafín del alba | Ilustración de Todd Lockwood

Así es como me convertí en el Comitente Dovid.


Es extraño que el cargo me distanciase de los cátaros y otros dirigentes de la iglesia. Me envidian tanto como me honran y desconfían de mí tanto como me respetan. Porto la primera espada forjada a partir de los restos del Helvault y recorro las estancias superiores de Thraben como si fuese un fantasma. En ocasiones, paso días sin pronunciar ni una sola palabra.

Los ángeles son seres magníficos y poderosos; sin embargo, ante su presencia, me siento más solo que nunca. En la Tribuna, cantan sin articular palabra; sus voces son como campanadas. Cada legión tiene sus propios mantras, recitados con sonidos que a menudo confundo con el de la lluvia, imposibles de entonar para los humanos.

Nos resulta fácil adorarlos y su poder y belleza garantizan que lo hagamos, pero no se parecen a nosotros más que en la forma. Por mucho que los veneremos, son más ajenos a los humanos de lo que nosotros lo somos respecto a una nutria o a un reyezuelo. Puede que la causa sea nuestra adulación.

Bryta es la única que me dirige la palabra y, aunque su discurso es impecable, creo que necesita realizar un gran esfuerzo para dialogar. Sería un iluso si pensase que cuento con su favor, pero incluso hoy, parte de mí cree que es cierto.

Volviendo a aquel primer día, tardé horas en encontrar las escaleras que me llevarían hacia la elevada muralla donde me esperaba Bryta. La altura era de vértigo y no había barandilla; mientras me obligaba a mirar hacia ella, el temor debía de ser evidente en mi rostro.

―No vas a caer, Dovid ―sus ojos eran de un tono castaño oscuro y parecían totalmente humanos―. En caso de que lo hicieses, te rescataría. Pon las manos sobre estas piedras, aquí y aquí.

Hice lo que me pidió y ella murmuró algo en lengua angelical, que sonaba como un eco, o como una moneda girando en el interior de una botella. La ventana tapiada cedió en silencio y aquello me pareció tan natural como abrir una puerta.

Santuario de serafines | Ilustración de David Palumbo

―Hay muchas entradas a la Tribuna en el interior de la catedral. A partir de ahora, todas te reconocerán. ―Contaba con que el aire estaría viciado, pero resultó ser fresco y dulce―. Empieza por limpiar el depósito de agua. Cuando termines, sabré que lo has hecho.

Me giré para decir que lo había entendido y puede que balbuciese un agradecimiento, pero ella ya estaba descendiendo hacia el suelo, para luego remontar el vuelo por encima del techo y desaparecer.


Los fragmentos del Helvault se recogieron después de que se desmoronase, y el mineral puro de plata se distribuyó entre los más distinguidos artesanos lunares. Se forjó una familia de espadas a partir de aquel metal, y Bryta me dictó una lista de nombres que había recibido de Avacyn; se trataba de individuos que serían honrados en un festejo presidido por las legiones. Cuando terminamos, Bryta me dijo, como si se le acabase de ocurrir, que añadiese mi propio nombre al principio de la lista.

Mi arma es una espada mortuoria con la guarda esculpida como el símbolo de las alas de Avacyn, que se extienden hasta el filo. Entre las alas se encuentra tallado el nombre de mi espada: Eost. Solo la he desenvainado una vez, durante la ceremonia en la que me la entregaron, cuando Avacyn tocó la punta. Es liviana como el aire y lo bastante afilada como para partir en dos una piedra de río, pero dudo que llegue a blandirla jamás. Mi brazo está casi inerte y yo me encuentro aquí enclaustrado.

Cátaro anciano | Ilustración de Chris Rahn

Eost reposa en una vitrina por encima de mi escritorio, pero percibo que mi vista se desvía de nuevo hacia el origen de mi tormento. Debajo de mi espada, junto al diario en el que estoy escribiendo, hay otro muy similar, escrito con una caligrafía precisa y casi se diría que femenina. El frontispicio es una ilustración exquisita del collar de Avacyn y en la primera página se puede leer el siguiente nombre: Mikaeus Cecani, lunarca.


La Tribuna estaba en buenas condiciones y los espíritus que la moraron durante la ausencia de los ángeles huyeron en cuanto entré. El depósito de agua era enorme. Cuando Bryta me ordenó que lo limpiase, me imaginé que la fuente estaría atascada. En cambio, me lo encontré lleno de agua limpia e iluminado desde el interior, brillando como la cara de la luna.

Lo que encontré en el depósito fue el cuerpo medio hundido de un hombre vestido de negro, y supe que por eso me habían enviado. Lo habían ahogado y, aunque aún no había señales de putrefacción, había muerto hacía un tiempo, pero el agua de la Tribuna había conservado el cadáver.

Cuando tiré de él para sacarlo al frío suelo, el libro se le cayó de las vestimentas. Ignoraba cuál podía ser su contenido, quién lo había escrito o por qué lo tenía un muerto, lo cual me atemorizó. Allí se había interrumpido algo, se había frustrado algún plan maligno, y yo me había convertido en testigo.

Bóveda del arcángel | Ilustración de John Avon

Hice que sellasen el cuerpo en una cripta anónima de las catacumbas y volví a mis aposentos con el libro.


El diario estaba sellado con un hechizo que reconocí como propio de los Cátaros del Anochecer y tardé una luna en resolverlo. Al principio, me regocijé por haber encontrado aquel artefacto y me dije que haría público mi hallazgo una vez que me hubiese familiarizado con lo que contenía.

La primera revelación no me sorprendió: Avacyn había sido sellada en el Helvault junto con el demonio Griselbrand y nuestro poder había disminuido durante aquella época. Aquello solo lo sabían Mikaeus y los más importantes Elucubradores; se trataba de un secreto que evitaba que surgiese la inquietud entre los feligreses.

Helvault | Ilustración de Jaime Jones

Sin embargo, el pasaje que me condujo hacia la apostasía era mucho peor.

Hace incontables eones, E. Markov perpetró la blasfemia que creó a su profana raza de vampiros. Junto con el demonio Shilgengar, halló una fórmula para transformar a los vivos en esos monstruos que se alimentan de sus hermanos y hermanas. El ingrediente clave era la sangre de un ángel vivo...

Markov y sus hijos capturaron al ángel Marycz, la llevaron al laboratorio y la sangraron para elaborar la impía decocción que puso en marcha el ciclo de terror y depredación que sufrimos aún hoy.

La maldición vampírica contra la que nos entrenamos fue creada por los propios humanos. Nos consideraba nobles, la raza que portaba la luz contra el mal de nuestro mundo. ¿Merecíamos defendernos?

Noble Falkenrath | Ilustración de Slawomir Maniak

Aquello me atormentaba incluso mientras me sumergía en otros secretos de la iglesia revelados por Mikaeus. ¿Me habría detenido en caso de saber cuál era la magnitud del engaño que iba a descubrir?

Los humanos habíamos librado una guerra que no podíamos ganar. Los vampiros eran demasiado poderosos y, tras varias generaciones multiplicándose, casi nos superaban en número.

Por cada batalla que ganaban los vampiros y cada vida humana que segaban, ellos perdían sustento, mientras que nuestras propias victorias favorecían a ambos bandos. Aquello no se trataba de una guerra entre humanos y vampiros. En realidad, éramos aliados con un enemigo en común: el hambre de los vampiros.

Qué ironía tan cruel que nuestra salvación procediese de la familia Markov: se trataba de S. Markov, un ser antiguo tan poderoso que aún perdura. Al ver que nuestra destrucción acarrearía la suya, S. Markov creó a Avacyn, una fuerza que reuniría a nuestros últimos ángeles, una fuerza que lucharía junto a los humanos.

Sorin, Señor de Innistrad | Ilustración de Michael Komarck

Una fuerza constituida para mantener a raya a los mismísimos vampiros que la habían creado.

A raíz de aquello, se fundó la iglesia con el fin de darnos el poder para protegernos y multiplicarnos, pero no hasta el punto de que llegásemos a derrotar a aquellos que se alimentaban de nosotros...

Somos ganado. Participamos sin saberlo en nuestro propio proceso de cultivo.

La iglesia a la que he dedicado mi vida, el ser al que he amado desde que nací, los principios de mi mundo... Todo ello es una siniestra mentira.

Qué extraño es este mundo... y qué cruel.

Avacyn, ángel de la guarda | Ilustración de Winona Nelson

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