El monstruo

Posted in ES_Archives on 20 de Agosto de 2014

By Ken Troop

Ken Troop is a designer and writer at Wizards of the Coast. He has written the short story "Five Brothers" for the Shadowmoor anthology and has written "Talrand, Sky Summoner" and "The Consequences of Attraction" for Uncharted Realms.

Garruk Portavoz Salvaje no es el mismo de antaño. La maldición de Liliana Vess y el siniestro poder del Velo de Cadenas hicieron que sus instintos salvajes lo llevaran a cazar a las presas más peligrosas de todas: otros Planeswalkers. Si lo hubiesen ignorado, habría seguido matando a lo largo y ancho del Multiverso.

Sin embargo, (SPOILERS) tras los acontecimientos de Magic 2015—Duels of the Planeswalkers, la situación de Garruk ha cambiado. Cuando le implantaron un edro de Zendikar, se percató de que el dominio de la maldición se había reducido, pero sin desaparecer totalmente. Ahora, Garruk Portavoz Salvaje se plantea una pregunta que podría cambiar su destino: ¿se considera a sí mismo un monstruo?

Además, él no es el único que quiere averiguarlo...


Prefería ser el cazador. Moverse, perseguir, anticiparse, ver cómo el miedo de la presa la reduce a seguir los rituales instintivos de la vida que intenta escapar de la muerte. Hay muchas formas de vida distintas, todas con diferentes armas, defensas, estilos y conocimientos. Sin embargo, ante la presencia de un cazador, todas actúan de la misma forma: la respiración entrecortada y los giros instintivos, los ojos desorbitados y el último arrebato de velocidad, las etapas finales de las presas. Ser cazado supone morir. Cazar supone vivir.

Odiaba esperar. Había permanecido quieto entre la maleza durante muchas horas. La pierna derecha le había dado calambres intermitentes durante veinte minutos. No había gritado. El dolor era intenso, pero soportable en comparación con el otro dolor reciente que había sufrido su cuerpo. Incluso una puñalada en la garganta habría parecido más tolerable que aquella agonía que había experimentado. Aunque no podía verlo, notaba el edro alojado en su carne, latente como si se tratase de un segundo corazón.

Era su oportunidad de tener una especie de segunda vida. El edro era frío, ajeno. Años atrás, se habría vuelto loco por haber experimentado aquella intrusión de magia y artificio en su cuerpo. No podía huir de su presencia, de su pulso. El edro emitía una vibración, aunque con una melodía y un tempo que solo él podía percibir. No obstante, conviviría con él. Su cuerpo y su mente volvían a pertenecerle. Aquella libertad no tenía precio.

Tras los pasos de Garruk | Ilustración de Chase Stone

Había aguardado mucho tiempo a su presa. Llevaba tres días en Shandalar, esperando dar con un atisbo de ella. La última vez que se había marchado del plano, creyó que jamás regresaría. Pero allí estaba, apenas unas semanas después. Una nueva cacería, una nueva presa.

―Garruk ―se oyó una especie de susurro en la brisa. Era una voz suave, baja, femenina. Una voz que había llegado a perseguir.

―Garruk ―el susurro procedía de la retaguardia. El cazador se incorporó lentamente. Ya no tenía por qué apresurarse, pues lo habían encontrado. Se dio la vuelta y vio una pequeña esfera de luz blanca danzando en el claro del bosque que tenía ante él, trazando la forma de un ocho. Cuando Garruk se acercó, la luz se alejó hacia el interior de la espesura.

Más allá del claro, había densos bancos de niebla entre las arboledas. La fuente de luz se desvaneció en la neblina. Garruk no lograba percibir ningún detalle tras la opaca cortina centelleante. La mayoría de sus sentidos se habían alterado a causa de la maldición, casi todos para peor. El edro que detenía la maldición impedía que siguiesen deteriorándose, pero no los había restablecido. Más insultos y heridas.

Una silueta emergió de la neblina y entró en el claro. Una melena de color negro azabache rodeaba un rostro hermoso. Tanto la cara como los brazos estaban surcados por delgadas líneas rúnicas, invisibles bajo la luz tenue del bosque, pero Garruk sabía que estaban allí. Los ojos de la mujer, normalmente de un violeta claro, tenían un ligero brillo púrpura oscuro. La mayoría habría dicho que su sonrisa era encantadora, pero Garruk conocía la fría crueldad que encerraba. El vestido y las botas que vestía eran exactamente iguales que los que había llevado en su último encuentro, durante el que Garruk se esforzó al máximo para intentar matarla.

Aquella vez, había fracasado. Soltó la funda del hacha que llevaba a la espalda y la desenvainó. La sostuvo por el mango, con calma. Aquella arma había sido una valiosa amiga cuando Garruk puso fin a las vidas de muchos Planeswalkers, bajo la influencia irreprimible de la maldición. Simplemente, no logró acabar con la persona que lo había maldito. Al menos por el momento.

―Liliana Vess ―la ronca voz de Garruk retumbó por todo el claro. La sonrisa de ella denotó sus aires de superioridad.

Liliana del Velo | Ilustración de Steve Argyle

―Hola, Garruk. Tienes mucho mejor aspecto que la última vez que nos encontramos. Siempre he opinado que matar es un buen método para mantenerse sano, así que debes de estar de maravilla.

Su voz era como un melodioso látigo de raso. Llevaba los hombros descubiertos y los mecía mientras hablaba. Garruk se preguntó quién de los dos habría arrebatado más vidas y admitió a regañadientes que quizá no la superaría en aquel aspecto. Siguió de pie al borde del claro, con el hacha dispuesta.

―¿No vas a rugir como un salvaje? ¿No vas a intentar partirme la cabeza con esa hacha? Vaya, Garruk, hasta no me importaría llevarte de acompañante a una cena si no fuese por algunos detalles. Si te libras de ese hedor y del edro que sobresale de ti, quizá estés lo bastante presentable como para escoltarme.

Garruk permaneció en silencio. Poco después, volvió a enfundar el hacha y caminó lentamente hacia Liliana. La Planeswalker alzó los brazos y el mismo brillo púrpura de sus ojos le surgió de las manos. La última vez que Garruk había visto aquello, el dolor se había apoderado de él. El cazador siguió caminando despacio hacia ella.

―¿Qué te faltó para matarme en la ocasión anterior? Me habías agarrado por el cuello, estabas asfixiándome y tu apestoso aliento podría haber sido lo último que percibiese. Por debajo de tu ira, notaba tus ansias y tus deseos de matar. ¿Acaso no es glorioso ver que la vida abandona a aquellos que te han hecho daño y te han perjudicado? ¿Cómo iba la gente a saber que existen las consecuencias, si no fuese por otros como tú y como yo?

Liliana seguía hablando y el brillo púrpura de sus manos alzadas se intensificaba, pero no surgía magia alguna. Ningún zarcillo tenebroso se aferraba a Garruk, ni los necrófagos se levantaban para cortarle el paso.

El cazador se planteó continuar con aquella farsa, pero tenía que retomar la persecución de su presa.

―El aspecto es perfecto y la voz es casi idéntica, pero no has acertado ni uno de los olores, Beleren.

Garruk se detuvo a pocos metros de Liliana. La silueta titiló y se disipó, sustituida por otra muy distinta y menos atractiva.

Aquella persona apenas le llegaba a Garruk a la mitad del torso; era un hombre menudo y delgado, vestido con capa e indumentarias azules. Llevaba puesta la capucha para cubrirse el rostro, pero Garruk sabía qué encontraría debajo. La última vez que había visto a Jace Beleren, sus manos habían estrujado el cuello del diminuto Planeswalker, tratando de matarlo. El cazador se percató del paralelismo y sonrió. Puede que Liliana hubiese sido una ilusión, pero había acertado: le gustaba matar.

―Has asesinado a muchas personas, Garruk ―dijo Jace levantando la vista, sin retirar la capucha―. Tengo que asegurarme de que no volverá a suceder.

Jace, el Pacto viviente | Ilustración de Chase Stone

―No las habría matado si no las hubieses enviado a por mí. Deja de incordiarme y no morirá nadie más. ―Garruk notaba el peso del hacha a la espalda y sabía cuánto tiempo necesitaría para desenvainarla y blandirla. Sin embargo, a aquella distancia no la necesitaría.

―Podemos ayudarte. El edro nos ha permitido ganar tiempo. Acompáñame a Rávnica. Ya he reunido a algunos de nuestros mejores sanadores...

―¿Cómo que nuestros? ¿Dónde os metisteis cuando mi cuerpo se retorcía de dolor, mientras mis bestias se pudrían ante mis ojos y las voces pretendían arrebatarme la cordura? ―la acusación terminó a gritos. Apretó los puños y los relajó antes de volver a tensarlos.

―Garruk, tienes que venir conmigo. Debemos asegurarnos de que te has curado y no volverás a matar ―la voz de Jace sonaba calma, impasible, confiada, como si estuviese perfectamente pensada para enfurecer al cazador.

―¿Y qué pasaría si quisiese volver a matar? Como ahora mismo, ¿por ejemplo?

―Te detendría. Garruk, no eres el de siempre. El edro mantiene a raya la maldición, pero no te ha curado. Acompáñame ―dijo Jace tendiéndole la mano. Garruk la asió.

―No vas a llevarme a ninguna parte ―aseguró justo antes de tirar de Jace y propinarle un cabezazo. La silueta estalló en mil pedazos de cristal y Garruk sintió que la sangre le brotaba de las partes del rostro donde se había cortado. Las ilusiones podían matar.

Pues bien, él también sabía hacerlo. Rugió en medio del claro mientras desenvainaba su hacha. Varias imágenes de Jace aparecieron a su alrededor; todas ellas eran copias perfectas y tenían las manos levantadas, a la defensiva.

―No quiero hacerte daño.

―Mira qué bien, porque yo a ti, sí.

―Garruk, este combate no es justo. Has sufrido demasiado. Haz el favor de acompañarme.

Tomando impulso, Garruk asestó un hachazo a varias ilusiones y todas estallaron en pedacitos de cristal. El aire a su alrededor se solidificó formando una masa gélida; sus movimientos se ralentizaron y le costaba respirar.

Fantasma vaporoso | Ilustración de Jon Foster

―¡Estas ilusiones son buenas, Beleren! Pero para crearlas ―dio un manotazo hacia un lado y alcanzó a un cuerpo invisible―... tienes que acercarte mucho.

Garruk agarró a su rival por la garganta. Por primera vez, vio una expresión de sorpresa en el rostro de Jace Beleren.

―¡¿Pero cómo...?! ¡Garruk...!

No suplicaba. Garruk respetaba aquello.

―Primero: pasas demasiado tiempo husmeando en las mentes. Presta más atención al mundo real, Jace. Segundo...

Un brillo surgió delante de Garruk y una imagen fantasmal de Jace se superpuso al auténtico. El espejismo se agrandó poco a poco y la mano de Garruk se abría mientras lo sujetaba. Al final, Jace tenía margen suficiente para empezar a liberarse de la presa de Garruk. El cazador no lo permitió y lo aferró con más fuerza.

―¿Cómo... eres capaz de...? ―Jace dejó de hablar y se esforzó por respirar.

―Segundo: dependes demasiado de las ilusiones. ¡Aprende a luchar, canijo!

La cara de Jace se volvió púrpura y Garruk aflojó un poco la presión. Jace tomó una bocanada de aire y emitió una única palabra: "Monstruo". La primera vez que Garruk escuchó aquello durante su primer encuentro con Jace, le había sentado como un golpe.

―¡Ja, ja, ja! ¡Tienes razón, soy un monstruo! Tercero, y esto es importante: como vuelvas a perseguirme o a enviar a alguien a por mí, morirás. ¿Alguna pregunta?

Jace negó con la cabeza. Seguía sin mostrar miedo. Al menos, el mago mental tenía agallas.

―No puedo ―su voz sonaba ronca y se esforzaba para recobrar el aliento―... No puedo dejar suelto a un asesino como tú. Tengo que...

Garruk suspiró.

―Adelante, léeme, Beleren. No soy tan complicado.

Garruk sintió la presencia ajena en su mente. A pesar de todo lo que había hecho para preparar el encuentro, había estado a punto de arrebatarle la vida a Jace. Habría matado a quien fuese con tal de seguir siendo libre.

Ingenio de Jace | Ilustración de Igor Kieryluk

Jace cesó el contacto. Su cara reflejaba la aversión que sentía, pero también un aire de sorpresa, y Garruk pensó que también percibía cierta aprobación.

―No hay... ni rastro. Entonces, ¿por qué?

―Porque soy como soy. Mataré si he de hacerlo. Puede que incluso ―y entonces Garruk mostró una amplia sonrisa―... disfrute con ello de vez en cuando. Pero si tus amigos y tú me dejáis en paz, no tendréis que preocuparos. Ese es el mejor trato que estoy dispuesto a ofrecer.

Jace se quedó pensativo. Garruk lo tenía sujeto por el cuello, podía acabar con él sin pestañear y había demostrado que era inmune a las ilusiones de Jace. El cazador volvió a reírse. Si contemplase la posibilidad de tener amigos, Jace quizá hubiese sido un buen compañero.

―Tú ganas ―concedió―. Te dejaremos tranquilo y no te buscaré. Pero por favor, si cambias de opinión, ven a vernos a Rávnica. Todavía hay algo que no está bien y podemos ayudarte.

Garruk lo soltó. Jace se frotó el cuello y el cazador observó las intensas marcas púrpuras que le había dejado. Seguía sonriendo.

―Un último consejo, Beleren: solo los mejores de los mejores pueden cazar solos. En cambio, tú necesitas amigos.

Jace se quedó observándolo y el panorama de una biblioteca de Rávnica se materializó tras él. Una multitud de imágenes de Jace empezaron a adentrarse en la estancia, una tras otra, hasta que solo los restos de una ilusión permanecieron en Shandalar. Luego, Jace y el paisaje de Rávnica desaparecieron.

Isla | Ilustración de Yeong-Hao Han

Garruk respiró hondo y se apoyó durante unos segundos en su hacha. Sentía dolor. Había tenido que proyectar fuerza hacia Jace, pero seguía débil. El edro continuaba latiendo, vibrando.

No estaba seguro de que su plan fuese a funcionar. Resultaba extraño que una caza terminase bien sin una muerte o un trofeo, pero así había sido la vida de Garruk últimamente: extraña. Decidió descansar un poco antes de marcharse de Shandalar para ir a su próximo destino.


Poco después, un hombre se acercó a Garruk desde el otro lado del claro, avanzando con paso firme. El ambiente se tornó frío y las pisadas del individuo crujían sonoramente contra el suelo congelado. Aunque los sentidos de Garruk se habían deteriorado, sabía que habría sido capaz de olerlo, pero aquella persona carecía de olor.

Era alto y delgado e iba vestido con vestimentas azules, decoradas de plata y negro. Tenía el rostro afilado y pálido, y su cabello blanco estaba repleto de escarcha y carámbanos que lo mantenían rígido, como si fuesen largos pinchos blancos. Sus ojos eran de un color azul oscuro y no tenían iris.

―Qué raro ―dijo Garruk, y recogió su hacha con ambas manos. Estaba casi seguro de que no eran alucinaciones; no sentía la corrupción en sus venas como cuando había estado en Innistrad, pero no lo tenía claro del todo―. ¿Y tú quién eres?

―Vengo para llevarte de vuelta a Innistrad. Ven conmigo, Garruk ―su voz sonaba entrecortada y severa, con un tono áspero.

―Pero ¿no os había matado a todos ya?

―Vronos me pagó una buena suma. Vas a venir conmigo. Puedes hacerlo por las buenas, o atrapado en un bloque de hielo.

Aquella situación irritaba a Garruk por muchos motivos: uno, quería descansar; dos, estaba harto de que la gente lo buscase; tres, no le gustaba el frío; y cuatro, aquel tipo había ignorado su pregunta. A Garruk le pareció oportuno ponerle algún apodo. Se decidió por Granizado.

Ya ves cómo acabó Vronos ―comentó Garruk señalando la máscara que llevaba al cinto.

―En efecto, lo vi. Vi cómo acabaron todos ellos. Necesitaba más tiempo para prepararme. Ahora que lo estoy, he venido a por ti. Entonces, te vi hablando con Jace Beleren ―había un aire de inseguridad en la áspera voz.

―Claro, Jace Beleren, el que organizó esta cacería, para empezar. Mucha gente ha muerto por su culpa. ¿Te presentas voluntario para unirte a ellos?

―Me pagaron...

―Claro, un montón de dinero. Dices que ya lo cobraste, ¿no? Habrás visto que permití que Jace se marchase porque me dejó en paz. Beleren no va a reclamar la recompensa. Y te aseguro que Vronos tampoco lo hará. Lárgate y podrás disfrutar de lo que hayas ganado.

Garruk notaba que Granizado dudaba y hacía cálculos mentales.

―De acuerdo, pero... quiero hacerte una pregunta. Jace Beleren tiene una gran fama como mago mental de primera categoría. Sin embargo, descubriste dónde se ocultaba. ¿Cómo lo hiciste?

―Es por mi dieta. Todo muy natural y sano. Me ayuda a resistir la alteración mental.

―¿Te burlas de mí? No deberías hacerlo. Podría tener consecuencias desagradables para ti. ―El frío se intensificó y el hielo del ambiente crujió.

―¿Crees que un poco de frío puede detenerme? ―Garruk sonrió.

Los orbes azules pestañearon por un momento. El aire entre ambos Planeswalkers se espesó y adoptó una apariencia gélida. ―Como te acerques un paso más, animal, congelaré el aire de tu cerebro y lo partiré. Entonces veríamos lo bien que resistes la alteración.

―Debe de ser desagradable ―admitió Garruk gruñendo―. Vale, era una broma. No sé por qué no funcionaron las ilusiones de Jace. Quizá no sea tan hábil con ellas ―se mofó encogiendo los hombros.

Granizado dio un paso atrás y el aire se congeló sólidamente a su alrededor, mientras unos glóbulos de hielo flotantes se formaban a sus espaldas. Mostraban un lugar distinto al sitio en el que estaban; era un paisaje blanco y helado, cubierto de nieve que flotaba de un lado para otro. Los glóbulos de hielo crecieron y dieron vueltas alrededor de Granizado.

―Una pregunta ―dijo Garruk alzando una mano―: ¿vas a tardar mucho en caminar por los planos?

Los ojos de Granizado se desorbitaron y el Planeswalker abrió la boca mientras levantaba las manos. Garruk asió fuertemente su hacha, pivotó sobre la pierna adelantada y le cortó la cabeza a Granizado unos momentos antes de que los glóbulos comenzasen a formar un único portal gélido. Sin embargo, al final se resquebrajaron y se fundieron a los pies de Garruk. El cuerpo de Granizado se desplomó en el suelo y la cabeza rodó junto a él; los orbes azules se tornaron grises y se apagaron.

―Parece que sí.

Garruk volvió a reírse. Ya no necesitaba matar. Tampoco tenía motivos para arrebatarle la vida a Granizado. Sin embargo, aquel hombre se había sentenciado cuando amenazó al cazador. Si hubiese sobrevivido, habría aprendido una valiosa lección: no conviene amenazar a los monstruos.

Garruk caminó por los planos hacia su próximo destino.