La venganza de Ajani

Posted in ES_Archives on 23 de Julio de 2014

By Tom LaPille

Tom LaPille makes things. Some of the things he makes are card sets, like Dark Ascension and Born of the Gods. Sometimes he makes stories, too. Sometimes he makes unexpected things, like 16th-century Japanese clothing. He's probably making something right now.

Ajani Melena Dorada es un leonino, una raza de seres felinos, y un Planeswalker con una sabiduría poco habitual para alguien de su edad. Podéis descubrir más detalles de su historia aquí .

Hace poco, Ajani se trasladó al plano de Theros en busca de su amiga Elspeth Tirel. Ambos viajaron hacia el reino divino de Nyx con la misión de matar al recién ascendido dios sátiro, Xenagos. Lograron su cometido... pero lo pagaron caro. Heliod, el dios del sol, abatió a Elspeth con su propia arma una vez que ya no tuvo necesidad ni deseo de que existiese una asesina de dioses. Podéis leer más detalles acerca de la historia de Elspeth aquí.

Ajani había presenciado la muerte de Elspeth a manos de Heliod. El leonino llevó el cuerpo de su amiga de vuelta al mundo mortal para que su alma pudiese viajar al Inframundo.

Ella ya no está. Él vive. Una vez más, ha de enfrentarse a la difícil y delicada pregunta que se plantea todo aquel que acaba de perder a un ser querido.

¿Qué hacer ahora?


Ajani se despertó con todo el cuerpo entumecido y dolorido. Su vista nublada percibió unas sombras inquietas, iluminadas a la luz de una lámpara sobre un techo blanco inclinado. Se encontraba en una tienda de campaña y la lona se mecía suavemente con la brisa.

Entrecerró el ojo y olisqueó. El aroma de un mejunje de hierbas se le había adherido al pelaje, seguro que como cortesía de un sanador que lo había cuidado mientras dormía. Se palpó un tobillo, una pierna, una muñeca, un codo y una garra. Parecía que todo estaba bien.

Levantó la cabeza y echó un vistazo alrededor de la tienda. Se encontraba en un catre situado en el centro. La capa de Elspeth se encontraba sobre una mesa de madera, bien doblada junto a una vasija de arcilla. Volvía a ser de un blanco puro; habían limpiado la sangre, como si no hubiese sucedido nada. Al lado, sentado en un taburete, se encontraba un humano anciano de pelo canoso, con el cuello y la parte inferior del rostro cubiertos de cicatrices curvas de quemaduras.

Lanathos ―gruñó Ajani.

El viejo encorvado sonrió. ―Saludos, visitante.

La expresión de Ajani no se perturbó.

La sonrisa del hombre se desvaneció. ―Solo has regresado tú.

El leonino bajó la cabeza.

Lanathos se inclinó hacia adelante. ―¿Tan duro ha sido el viaje? El sanador dijo que estarías bien con una noche de descanso.

Ajani se incorporó y se sentó en el catre, imponente en comparación con el diminuto anciano. La cabeza le palpitaba. ―No estoy así por mí ―gruñó.

Lanathos arqueó una ceja. ―¿Ah, no?

―La historia de Elspeth ha terminado ―dijo Ajani―. ¿No quieres saber el final?

El anciano se rascó el mentón. ―Así es, pero puede que no ahora.

Ajani se pasó una trenza entre los dedos. ―¿Por qué no en este momento?

―Tengo una memoria excelente ―dijo el humano―. Recordaré todo lo que digas hasta el fin de mis días. ¿Estás seguro de que sabes qué recuerdo he de guardar de ella?

El leonino dejó caer los hombros. ―No lo había pensado.

Su interlocutor observó la capa doblada y luego a Ajani. ―Si quieres contarme una historia, quizá deberías empezar por la tuya.

Ajani se puso en pie, colocó un taburete cerca del pequeño humano y se sentó, mirándolo desde arriba. ―¿Por qué habría de hacerlo?

―Tu pelaje tiene un tono que jamás he visto entre estos leoninos. Tu acento también es distinto. Me dijiste que venías allende las montañas, y más allá. Estoy seguro de que tienes una buena historia, pero dejaste de contármela. ―Levantó la vista hacia Ajani y lo miró a la cara con actitud insolente. Entre dos leoninos, aquello sería un desafío de lo más obvio, y seguro que el anciano ya lo sabía―. Viniste a verme en busca de tu amiga. La acompañaste en su misión de matar a un dios. Supongo que ha fallecido en el intento y por eso has regresado solo tú. Su historia ha terminado. ¿Cuándo empezará la tuya?

Ajani se quedó boquiabierto. ―¡Necesitaba mi ayuda!

El hombre volvió a mirar la capa lavada hacía poco. ―¿Y la ayudaste?

Ajani se puso en tensión y sacó las uñas. Los contornos de la vista se le nublaron. ―Puede que Brimaz te tolere, cuentacuentos, pero no le agradaría saber que has molestado a uno de sus invitados.

El humano se puso en pie. ―Entonces, dejaré que descanses ―comentó―, pero no sin antes hacerte llegar un mensaje de su Majestad ―casi escupió el título, ya que Brimaz no era célebre por las formalidades―. Los setessanos están aquí, celebrando la victoria conjunta de humanos y leoninos. Anthousa no sabe que has regresado e intuirá qué ha sucedido si descubre que solo has vuelto tú. Esto apagaría los ánimos de la celebración y su Majestad no aceptaría tal cosa. Deberás pasar la noche en esta tienda. ―Levantó una mano y señaló hacia la mesa―. La vasija contiene un brebaje para facilitarte el sueño y anestesiar el dolor. Su Majestad desea reunirse contigo en el gimnasio después del desayuno.

Había sido un error apelar a la autoridad de Brimaz. Ajani bajó las orejas, retrajo las uñas y recogió la vasija de la mesa. ―¿Ahora eres su mensajero?

―Brimaz confía en mí, y tú tendrás que hacer lo mismo si quieres que el mundo recuerde a tu amiga ―dijo sonriendo, pero debido las marcas de su rostro, Ajani no distinguió si era una sonrisa humana sincera o no―. Que descanses bien, visitante ―le deseó el hombre antes de darse la vuelta y retirarse.

Ajani olisqueó el contenido de la vasija. Desprendía un aroma a tierra que apenas resultaba desagradable. Bebió la pócima, se acostó en el catre y cerró el ojo.

Despertó cuando sintió los rayos de sol que se filtraban por el techo de la tienda y el olor a carne asada y pan. El aroma procedía de una bandeja que alguien había dejado en la mesa, junto a la capa doblada. Ajani se levantó y acercó un taburete a la mesa; le rugía el estómago. La carne estaba bien especiada y el pan seguía cálido, aunque no era tan denso como a él le gustaba.

En cuanto acabó de comer, una leonina joven con pelaje gris entró en la tienda. Se trataba de Seza, quien lo había encontrado en el bosque la primera vez que llegó.

―Buenos días ―lo saludó con alegría.

Garraveloz de Oreskos | Ilustración de James Ryman

―Lo mismo digo ―respondió Ajani, sonriendo. Bajó la vista hacia la bandeja ya vacía―. Gracias por el desayuno.

Ella asintió y sonrió en respuesta, pero su expresión se tornó seria de inmediato. ―Brimaz reclama que lo acompañes en sus ejercicios matutinos. Te llevaré ante él.

―Lanathos y tú estáis muy serios ―comentó Ajani enarcando la ceja.

Seza miró alrededor con cautela y volvió a hablar, pero mucho más bajo: ―Brimaz te considera un gran amigo, pero tu situación aquí ha empeorado. Hemos derrotado al ejército de Nyx junto a los setessanos, pero hemos perdido a muchos soldados y no todos estaban de acuerdo con la decisión del rey para luchar del lado de los humanos. Antes, la facción separatista de Pyxathor era pequeña, pero ha estado muy activo desde que regresó a Tetmos y su influencia ha aumentado. Esta será tu primera reunión con Brimaz desde la batalla y los hombres de Pyxathor estarán observándoos.

Ajani moderó su actitud. ―Entiendo.

―Algunos de mis amigos han empezado a escuchar sus palabras. He intentado que recapacitasen, pero tendré que tratarte con formalidad cuando salgamos de aquí, o sospecharán de tu influencia. ―Seza miró hacia el suelo―. Lo siento.

―Todos dejamos algo atrás por nuestras causas, ¿no es así? ―sonrió él.

La leonina asintió. ―¿Vamos?

Salieron juntos de la tienda y Seza llevó a Ajani a través de la concurrida ciudad durante unos minutos, hasta llegar a una pared de cortinas. Corrió una e invitó a Ajani a que pasase.

El gimnasio era un tanto menos ostentoso de lo que se esperaba. Los humanos de aquel plano solían construir enormes complejos de edificios independientes donde ejercitarse. En cambio, aquel gimnasio era poco más que una zona separada mediante cortinas donde había carretillas con pesas y panoplias de armas, pero seguía siendo más de lo que podría encontrarse en Naya. Brimaz estaba en el centro de la estancia, alto, fuerte, con el torso surcado de cicatrices bañado por la luz matutina. No llevaba su corona, pero su porte y el respeto que le guardaban los demás leoninos dejaban claro cuál era su estatus.

Brimaz, rey de Oreskos | Ilustración de Peter Mohrbacher

Seza entró y se quedó junto a la cortina. ―Brimaz te aguarda.

―Gracias ―dijo Ajani antes de entrar. Pyxathor estaba en uno de los laterales del gimnasio, cruzado de brazos. Había muchos otros leoninos presentes, muchos de la guardia personal de Brimaz, cuyas miradas pasaban continuamente de Pyxathor al rey.

Ajani se dirigió al centro y Brimaz lo saludó asintiendo. ―Me gustaría agradecer tu consejo ―afirmó―. Mi ejército luchó junto a los setessanos y juntos logramos repeler al ejército de Nyx. Anoche, humanos y leoninos celebramos la victoria juntos, compartiendo nuestras copas. Creo que hemos hecho progresos en nuestra meta de lograr una paz duradera. ―La voz del monarca había adquirido un tono imperioso, y estaba claro que el discurso no era para elogiar a Ajani.

El Planeswalker comprendió la situación y asintió: ―Excelente noticia.

Brimaz lo miró directamente. ―Siempre afirmas que procedes de un lugar lejano.

Ajani analizó la situación. Los demás leoninos estaban observándolos. Aquel no era el lugar para explicarlo, aunque pensase que podía hacerlo.

―Así es ―confirmó.

Ajani esperó a que se le formulase otra pregunta, pero no la hubo. Brimaz le dio la espalda y se dirigió a una panoplia cercana que albergaba un escudo y varias armas de madera. Ajustó el antebrazo en la sujeción de cuero del escudo, asió una espada y se giró hacia Ajani. ―Escoge las armas que prefieras.

La cola de Ajani se tensó. ―¿Vamos a luchar?

―Tu pelaje es blanco. Tu acento no es el nuestro. No conocías las historias de los Campeones. No eres uno de nosotros y has decidido no darme explicaciones. Lo que sí está claro es que eres un guerrero hábil y que necesito un compañero de entrenamiento. ―Brimaz seguía mirando a Ajani, desafiándolo.

―No quiero luchar contra nadie ―respondió el Planeswalker, apartando la mirada.

―¿Ni siquiera después de haberme tomado la molestia de encargar que se labrase esto? ―Brimaz extendió una garra hacia una panoplia con un hacha y una espada, ambas labradas en madera; eran casi idénticas a las armas que Ajani solía llevar consigo en Theros.

El nayano suspiró. Se dirigió a la panoplia, asió el hacha en la garra derecha y la espada, en la izquierda. Estaban bien hechas, tenían el peso y el equilibrio adecuados. Durante unos instantes, echó en falta su conocida hacha de doble filo. Aquella arma habría reforzado aún más su estatus de forastero, pero puede que no importase en aquel momento.

El rey lo condujo hasta un espacio amplio. ―¿Son de tu agrado? ―preguntó mientras adelantaba la rodilla izquierda y la cubría con su escudo redondo.

Ajani asintió.

Y así, el rey lo acometió. Ajani retrocedió, pero el leonino más alto era demasiado veloz. Ajani dio un tajo con la espada contra la diestra de Brimaz, pero el rey lo bloqueó con el escudo a la velocidad del relámpago. Ajani se apartó hacia la derecha y blandió el hacha, pero Brimaz estaba demasiado cerca y lo único que lo alcanzó en el hombro fue el mango. Inmediatamente, el monarca presionó con la punta de su espada la garganta de Ajani.

El Planeswalker se quedó helado. Su oponente asintió y retrocedió. ―Otra vez.

Brimaz volvió a tomar la iniciativa. Ajani bajó el brazo izquierdo para lanzar una estocada por debajo del escudo de Brimaz, quien lo esquivó en el último momento apartándose hacia la izquierda de Ajani: su lado ciego. El golpe de Ajani solo atravesó el aire; levantó el hacha de la diestra para bloquear un posible ataque por la izquierda, pero entonces notó el contacto de algo en el lateral del cuello.

El rostro de Ajani delataba su frustración mientras volvía al punto de inicio. ―¿No os enseñan el tajo al cuello en tu hogar? ―inquirió el rey―. ¿O quizá sea porque las armas no tienen doble filo?

Ajani gruñó y se puso en posición. El rostro de Brimaz seguía impasible.

El monarca cargó directamente por tercera vez, pero Ajani hizo lo mismo. Brimaz adelantó el escudo para anular el hacha de la diestra de Ajani, que oyó pero no vio el choque de sus espadas en el lado izquierdo. Brimaz empujó con el escudo el hacha hacia la derecha de Ajani y la apartó aún más. Luego, el monarca agarró con la mano del escudo una de las trenzas de Ajani y dio un tirón hacia abajo. El Planeswalker perdió el equilibrio y Brimaz lo embistió.

Ajani salió rodando por el suelo; para cuando se repuso, ya tenía la espada de Brimaz en la garganta.

El rey retrocedió y sujetó el arma entre el brazo y el torso. ―Tenías razón ―dijo a la vez que tendía la mano a Ajani para ayudarle a levantarse―. No quieres luchar, y ese es tu problema.

Ajani le estrechó la mano. ―¿Qué inconveniente hay con ello?

Brimaz tiró de Ajani y lo atrajo hacia sí, a una distancia más corta de la habitual para dialogar. ―Aquí, todo es una lucha, Ajani. Yo luché para que mis soldados combatiesen codo con codo con los humanos. Yo luché para mantener el orden cuando nuestro ejército combinado se enfrentó a la hueste de Nyx. Ahora que hemos regresado, tengo que luchar contra aquellos de los míos que quieren vivir al margen de todas las demás civilizaciones. Me alegro de tenerte aquí, pero necesito que luches por algo, o tu presencia solo hará que mis luchas sean más difíciles.

―¿Qué puedo hacer?

Brimaz se giró un poco y lanzó una mirada severa a los demás leoninos. Seguían observándolos y escuchándolos, pero entonces solo lo hicieron con disimulo. ―No confían en ti porque no saben quién eres ―susurró el rey―. Necesitarán respuestas para que realmente te consideremos como uno de nosotros. ―Volvió a dirigirse hacia Ajani―. Voy a estar ocupado durante un tiempo con los setessanos. La próxima vez que hablemos, te preguntaré cuál querrás que sea tu papel en mi ciudad.

Ajani asintió. ―Muy bien, Majestad.

Brimaz por fin sonrió, aunque apenas era perceptible. ―No soporto que mis amigos me vengan con títulos, y lo sabes.

―Entonces, ¿seguimos siendo amigos?

El atisbo de sonrisa se desvaneció y Brimaz miró hacia Pyxathor durante una fracción de segundo. ―En privado, siempre seremos amigos, pero mi vida tiene muy poco de privado hoy en día.

―Comprendo.

―Me alegro de verte.

Ajani volvió a asentir. Brimaz volvió a depositar sus armas. Ajani colocó las suyas en una panoplia vacía y se marchó del gimnasio.

Recorrió las calles durante buena parte de la mañana, como un fantasma de pelaje blanco entre los leoninos más oscuros de Tetmos. Siempre podía marcharse, por supuesto. Había muchos planos, todos repletos de paisajes y sonidos propios, y en algunos incluso había leoninos que podrían acogerlo. Sin embargo, Brimaz tenía razón. No había querido luchar, incluso si en Theros había muchas cosas por las que hacerlo. Una de ellas era el derecho de Oreskos a existir en paz, aunque aquella era más bien la lucha de Brimaz. Elspeth deseaba castigar a Xenagos porque su ambición había perjudicado a muchos en aquel plano, pero aquella tampoco había sido realmente la lucha de Ajani. Quizá tuviese que encontrar una propia.

Entonces, el Planeswalker recordó la imagen de Heliod abatiendo a Elspeth, y su rostro compuso una sonrisa salvaje y exenta de alegría. Regresó a su tienda de campaña, recogió sus pertenencias, se abrochó la capa de Elspeth a los hombros y partió rumbo a Meletis.

Durante el viaje, reflexionó sobre la naturaleza de los dioses. Xenagos había demostrado que, en Theros, era posible convertirse en deidad si se convencía a suficientes seres pensantes para que creyesen. Estaba claro que Heliod no era estrictamente una fuerza del bien, e incluso así, hubo suficiente gente que decidió creer en él en un momento dado. ¿Qué sucedería si la gente necesaria decidiese dejar de hacerlo?

El viaje fue largo, por lo que fue un alivio contemplar en la lejanía las murallas y edificios brillantes de Meletis cuando cayó la noche. Se acercó a las puertas con las orejas gachas y ademán contrito, esperando parecer dócil. La actitud de los dos guardias pasó de la vigilancia a la alerta y luego a la curiosidad a medida que lo vieron acercarse, y Ajani sonrió para sí.

―Estoy buscando el templo de Heliod ―les dijo en tono sosegado a los guardias cuando llegó a la puerta. Uno de ellos parecía sospechar, pero el otro estuvo encantado de darle indicaciones, aunque se dirigiese a Ajani como si fuese un gato doméstico. Después de veinte minutos recorriendo las calles de Meletis y de ser el centro de atención ante los ojos de la población humana, el leonino llegó al pie de las escaleras exteriores del mayor tempo consagrado a Heliod en todo Theros.

Templo de la iluminación | Ilustración de Svetlin Velinov

Ajani subió y entró en el recinto. El interior era civilizado y perfecto, todos los ángulos entre los inmaculados muros de mármol estaban construidos exactamente igual, y una luz clara sin origen visible bañaba el ambiente. Ajani era el único leonino del lugar; todos los demás suplicantes, unos ochenta, eran humanos, y sus siluetas curvas y orgánicas parecían fuera de lugar entre la perfección angulosa del templo.

Muchos empezaron a observar al leonino; la mayoría se fijaba en su cuerpo, pero no pocos dirigían la vista hacia las armas que llevaba. Ajani miró a su izquierda y se percató de que había una panoplia dorada y brillante que albergaba un repertorio de espadas y dagas. El Planeswalker bajó las orejas y colocó su hacha y su espada en la parte inferior.

Buena parte de los curiosos dejaron de observarlo y una joven que vestía de encargada del templo se acercó a él. ―No solemos tener visitantes leoninos ―dijo en voz baja; su piel morena y sus cabellos oscuros titilaban bajo la luz sobrenatural.

Ajani la miró con seriedad e igualó el tono. ―Considero que solo Heliod puede responder a las preguntas que tengo.

El rostro de la chica se tornó más amable. ―No es habitual que los de su especie muestren devoción por los dioses.

―He tenido experiencias únicas con ellos ―respondió él, conservando la calma.

―¿A qué se refiere?

Ajani se incorporó un poco. ―Estuve presente ―comenzó a decir con voz lo bastante alta como para que se oyese en las inmediaciones― cuando el dios de este templo asesinó a una mujer que había sido su Campeona y mi amiga.

La supervisora se puso tensa. Los hombres y mujeres que había alrededor se detuvieron y empezaron a escuchar. ―¿Cómo sabe que fue Heliod quien lo hizo?

Ajani enarcó su única ceja y levantó un poco más la voz, pero conservando el tono suave. ―El halo dorado lo delataba.

La encargada abrió los ojos de par en par durante unos instantes, pero luego se tranquilizó. ―¿Y qué pregunta desea plantear a nuestro divino patrón?

―Aquella amiga mía ―respondió Ajani, que pasó por el lado de la sacerdotisa y alzó la voz lo suficiente para que todos lo oyesen― había accedido a convertirse en Campeona de Heliod. Tendría que cumplir su voluntad, llevar a cabo grandes hazañas en nombre de él y mantener a salvo a aquellos de nosotros que solo podemos encomendarnos a los dioses para que nos protejan. ―Quiso escupir la última parte, pero en vez de ello, conservó el tono y se mostró incrédulo―. Supuse que la recompensarían por aquel servicio. Creí que se lo agradecerían, que la alabarían, que le darían un premio adecuado al cargo que había aceptado. En cambio de ello, la asesinaron. ¿Qué he de pensar sobre un dios que trata a una sierva fiel con semejante ingratitud?

No todo el mundo lo observaba, pero sí lo escuchaban.

Un joven se acercó. No aparentaba tener más de unos catorce años y sus ojos azules se tornaron blancos mientras se aproximaba. ―¿Y qué ha de pensar un dios de una Campeona que podría superar a su benefactor? ―la voz tenía una profundidad sobrenatural y todos los hombres y mujeres de los alrededores se arrodillaron.

Ajani ni siquiera inclinó la cabeza.

―Has venido a sembrar la discordia en el templo de Heliod ―la voz resonante del chico agitó los huesos de Ajani.

―He venido a preguntarle una cosa a Heliod.

El oráculo entrecerró los ojos. ―Este lugar está destinado a aquellos que respetan el poder divino de Heliod. Si no eres uno de sus creyentes, habrás de marcharte.

Ajani hizo acopio de valor y avanzó unos pasos. ―Creo que Heliod es un dios. Creo que la gente de este templo lo venera por su poder divino. Creo que, hace no mucho, todos sus sacerdotes fueron expulsados de este mismo lugar, obligados a huir para salvar sus vidas. Y creo que asesinó a su Campeona a sangre fría.

―¡Ella había asesinado a otra deidad! ―el tono fue ensordecedor y Ajani giró las orejas para reducir el impacto―. Los mortales de "este lugar" deben ocupar su lugar, pero ella no consintió permanecer en él.

Una llama ardía en el interior de Ajani. ―He visto lo que les sucede a los mortales que permanecen en los lugares que les asignan los dioses. Cuando los sacerdotes de este templo huyeron despavoridos, conocí a uno de ellos durante mis viajes: Estelanos. Estaba hecho pedazos y se había quedado ciego. Incluso rechazó que enterrásemos a los muertos de los alrededores. "Serviremos como advertencia a otra gente", dijo. "Los dioses nos han abandonado". Luego consumió belladona para poner fin a su miseria.

El chico cruzó los brazos. ―Si continúas metiendo cizaña en el templo de Heliod, hallarás el mismo fin que Elspeth.

Ajani sonrió, pero no de alegría. ―En tal caso, no meteré cizaña aquí.

El chico frunció el entrecejo y señaló hacia la entrada del templo.

Ajani dio media vuelta, recuperó sus armas de la panoplia y salió hacia el ocaso. Los humanos lo siguieron con la vista, pero aquella vez, no todas las miradas eran hostiles.

Cuando llegó al confín del templo, se percató de que algunos de los suplicantes iban detrás de él. Una vez que salió, se giró para mirarlos cara a cara.

―¿Usted vio a Heliod matando a su propia Campeona? ―preguntó una joven. ―¿Y uno de sus sacerdotes falleció ciego y desesperado en un camino? ―quiso saber un anciano.

Ajani caminó junto a ellos y les habló de lo que había visto en Nyx, del vengativo asesinato cometido por Heliod y de la auténtica naturaleza de los dioses.

―Son como una gran llama ―explicó, reuniendo a un pequeño grupo cuando se detuvo en una de las plazas públicas de Meletis―. Antes de que se encienda la chispa, no existe nada. Después, todo es luz, calor y destrucción. No obstante, sin aquellos que creen, el fuego no tiene combustible con el que arder. Y si Heliod trata a sus Campeones y oráculos como poco más que leña para su llama, ¿qué esperanza tenemos aquellos de nosotros que ni siquiera podemos oír su voz?

Una mujer de aspecto escéptico se acercó a él. ―No se puede acabar con un dios como si se tratase de apagar un fogón.

Ajani la observó con una amabilidad seria. ―Una llama sin combustible acabará por extinguirse, por muy grande que se haya vuelto.

La mujer se quedó pensativa y volvió a mezclarse en la multitud. Luego, el que se adelantó fue un anciano. ―Parece usted creer que nosotros hemos creado a los dioses. ¿Qué deberíamos crear si no?

―¡Algo para vosotros mismos! ―afirmó Ajani, casi rugiendo―. Una familia, un hogar, una vida. Amigos, compañeros, felicidad. Algo que sea vuestro, no algo que esté por encima y que pueda destruir por capricho todo lo que apreciáis.

Mucha gente asentía mientras la multitud empezó a dispersarse y bastantes personas se marcharon conversando entre ellas. Hablaban de sus metas, sus familias, las cosas que apreciaban y de cómo podían mejorar sus vidas por sí mismos. Uno de ellos dijo de qué forma lo habían ayudado los dioses: "Rara vez y no demasiado". La gente se mostró de acuerdo.

Una mujer permaneció junto a Ajani. ―Ha dicho usted varias cosas interesantes y querría que me contase más. ¿Tiene un lugar donde quedarse?

Ajani sonrió y negó con la cabeza. ―No, hasta ahora, no tenía.

Se quedó en la ciudad bastantes días, compartiendo su mensaje. Vivía solo de la gentileza y simpatía de aquellos que se inspiraron en sus palabras. Solía dormir en los hogares de aquellos que lo escuchaban. Dos de las noches las pasó en la calle, pero la capa de Elspeth le bastaba para mantenerse cálido. También hubo muchos que rechazaron sus ideas, pero cada día daba con otros que parecían simpatizar con él. Puede que aquellos pocos volviesen a sus vidas con nuevas ideas sobre las fuerzas divinas que vivían en los cielos de Theros.

Filósofa nómada | Ilustración de James Ryman

Durante su noveno día en la ciudad, mientras comía el desayuno que había comprado a un vendedor callejero con la limosna que le había dado su anfitrión de la noche anterior, escuchó a una humana que pregonaba en un rincón cercano. ―¡Los dioses nos han traicionado ―gritaba―, pero seguimos alimentándolos con nuestra fe! ―Había congregado a un pequeño público y, aunque no fuese tan elocuente ni amable como se había mostrado Ajani, estaba claro que el mensaje había empezado a difundirse. Había llegado el momento de regresar a casa.

El regreso desde Meletis hacia Oreskos fue largo, pero a Ajani no le importó. Necesitaba tiempo para labrar un recuerdo digno de Elspeth: una historia que llegase a todos los confines del mundo. Una historia sobre una mortal ilustre, de cuna humilde pero protagonista de grandes hazañas. Una historia que inspirase a los leoninos y a los humanos para que levantase la mirada hacia las estrellas y dijesen: "No, no prestaré mi valía a estos dioses caprichosos e ingratos". Una historia que llegaría a sacudir los mismísimos cimientos de Nyx.

Mientras contemplaba la puesta de sol sobre las puertas de Tetmos, Ajani pensaba que pronto ningún leonino volvería a ver la historia de los Campeones de la misma forma. La nueva versión tardaría en calar entre los humanos, pero las historias siempre acaban dándose a conocer.

Dos leoninos armados vigilaban las puertas. Uno de ellos se adelantó cuando Ajani se acercó. ―Eres Ajani, ¿cierto?

Ajani asintió.

―Brimaz desea hablar contigo. Te llevaré ante él.

El guardia lo guió por la ciudad en penumbra hasta la estancia del rey. Una gran hoguera ardía en el centro, rodeada por muchos leoninos y un anciano humano encorvado. Cuando Ajani entró en la sala, Brimaz se puso en pie. Todas las miradas se centraron en Ajani y la conversación cesó. Solo se oía el crepitar del fuego.

Brimaz tomó la palabra. ―Me alegro de volver a verte.

Ajani avanzó un paso. ―Estoy listo para contar mi historia.

Ajani tenaz | Ilustración de Chris Rahn

Brimaz sonrió y se sentó. El corro se expandió para hacerle sitio a Ajani.

El Planeswalker se quedó de pie junto al hueco. ―Muchos de vosotros os habéis preguntado de dónde procedo ―dijo, y su voz resonó en la estancia―. He viajado mucho para llegar aquí y es probable que ninguno hayáis oído hablar de mi hogar. Era joven cuando me marché y he recorrido muchos lugares desde entonces. Lo más correcto es afirmar que no soy de ninguna parte.

Pyxathor, que estaba sentado a su lado, resopló, mientras que algunos de los demás se mostraban suspicaces. Lanathos se acariciaba las cicatrices de su mentón, reflexionando.

―Conocí a la dama Elspeth hace muchos años, durante mi periplo, y fue por seguir su rastro que llegué aquí. Era una gran guerrera. Aceptó el manto de Heliod y se convirtió en su Campeona. Xenagos, que se había convertido en deidad, cometió una grave afrenta contra ella, que decidió castigarlo por su arrogancia. Yo elegí acompañarla. Nos guió hacia Nyx, la tierra de los dioses. Superó una ordalía de Erebos, quien nos permitió acceder a los dominios de Xenagos. Elspeth acabó con él usando una lanza bendecida con el poder de Heliod. Este, enfurecido a causa de la muerte de un dios, incluso la de uno que había alterado el orden natural para alcanzar la divinidad, asesinó a sangre fría a la mujer que había sido su Campeona, todo ello ante mí.

Muchos de los leoninos del corro murmuraban entre sí.

―Muchos de nosotros no damos importancia a los dioses, pero son muy reales. Sin embargo, son nuestras propias creaciones. Surgieron cuando los primeros creyentes afirmaron que existían, y desde entonces no han hecho más que acrecentar su poder. ―Ajani recorrió con la mirada el grupo de leoninos, que estaba cautivado―. Tassa vive en las profundidades, inconsciente de que sus mascotas destrozan navíos, vidas y familias. Erebos vigila con celo a quienes llegan a su territorio, y solo permite que unas parodias lamentables de ellos escapen de sus dominios. Heliod es un ser inmaduro y mezquino, e incluso así, es lo que hemos elegido que dirija el panteón de nuestras propias creaciones. Podemos crear algo mejor.

―He pasado numerosos días difundiendo el siguiente mensaje en Meletis: que los dioses son creaciones nuestras, una llama surgida de una chispa de creencia; que su poder para consumir solo perdura debido a nuestras creencias; y que una llama, si se priva de leña, ha de extinguirse.

Ajani sonrió levemente. ―Como habéis entendido, en realidad no pertenezco a este sitio, pero comparto vuestra frustración respecto a los dioses, y lucharé contra ellos a mi manera. Si no deseáis que me quede, me iré, pero seguiré difundiendo mi mensaje en las demás polis.

De nuevo, lo único que se oyó en la estancia fue el crepitar del fuego. La capa de Elspeth se mecía a espaldas de Ajani gracias a una ligera brisa.

―Bienvenido a casa ―declaró Brimaz. Lanathos sonrió. Muchos de los leoninos asintieron, incluido Pyxathor.

Ajani ocupó su lugar en el círculo y se sentó.