Nissa Revane se encontraba envuelta en una corriente infinita de luz viviente.

Le habría gustado permanecer para siempre allí, ya que le ofrecía cobijo y afecto. La corriente la abrazaba y sostenía su cuerpo, dándole una sensación de ingravidez.

Sin embargo, tras un tiempo indeterminable, comenzó a desprenderse. Qué poco le gustaba verla separándose.

La corriente flotaba ante ella y Nissa se fijó en que estaba compuesta de cientos de miles de diminutos filamentos. Parecía un reluciente río de piedras preciosas. Estaba tan cerca que podía extender la mano y tocarlo. Lo acarició con los dedos y, cuando los filamentos los rozaron, Nissa sintió sus esencias individuales, todas ellas únicas. El vínculo con el mundo le hizo sentir una profunda alegría. Anhelaba quedarse así para siempre, unida a la corriente.

―¡Au!

Algo golpeó a Nissa en la nuca. La frotó con una mano.

―¡Ah!

Otra vez, pero ahora en la espalda, y con fuerza.

Se giró.

La corriente se había quedado enganchada a ella por culpa de un nudo grande y oscuro que no fluía a través de Nissa y retenía la corriente.

Chocó contra su brazo una vez, y dos, y tres. Le hacía daño.

Intentó empujarlo y alterar su curso, pero se negaba a desviarse.

El nudo emitía sonidos extraños, como si se retorciese y rechinase, sonidos horribles que oía muy de cerca. Estaba volviéndose más oscuro y grande. Pronto sería mayor que ella.

Nissa trató de huir y alejarse nadando en la corriente.

Buscó la luz, pero lo único que quedaba era la oscuridad.

La consumía.

La asfixiaba.

La iba a devorar.

Ilustración de Chase Stone

Nissa despertó alarmada, gritando y resollando.

Necesitó algunos segundos para darse cuenta de dónde estaba. "Mi hogar... Estoy en casa".

Su respiración se calmó al ver el techo de madera y el familiar patrón de las lianas que lo mantenían unido. Conocía bien aquel patrón, porque no era la primera vez que despertaba en su cama tras una visión interrumpida por la oscuridad.

A medida que volvía a esa realidad, sus otros sentidos también regresaron. Olió el aroma del guiso de su madre. Debía de estar templándose al fuego. ¿Habría vuelto a perderse la cena?

Notaba la humedad en el aire nocturno; estaba lloviendo y oía el leve golpeteo del agua en el techo. El sonido de la lluvia era suave y tranquilizador, pero captó otro sonido agorero en medio de él: eran dos voces tensas que hablaban casi en susurros. Se incorporó y pegó una larga oreja élfica a la pared.

―Acaba de volver a gritar, ¿o acaso no? ―Aquella era la voz de Numa, el líder de los Joraga―. Ha vuelto a vociferar sobre una oscuridad maléfica.

¡Estaba hablando de su visión! De modo que la había oído... Nissa se maldijo por haber gritado tan alto; sabía que aquello iba a causar problemas.

―¿Qué haremos cuando venga a por ella? ¿A por todos nosotros? ―preguntó Numa.

―No está persiguiéndola. ―Esta vez habló su madre, Meroe―. Nunca ha perseguido nada en concreto; solo destruye sin hacer distinción.

―¿Sin hacer distinción? Vuestro pueblo enojó a Zendikar y pagó las consecuencias. Por eso ella es la última animista.

Nissa sintió un escalofrío y la humedad de su piel se tornó fría.

―Zendikar no es vengativo ―replicó su madre.

―Si eso es lo que crees, estás ciega. Tu hija y tú sois un peligro para todos nosotros. No puedo permitirlo.

Nissa se envolvió con la manta. Su madre y Numa habían discutido otras veces por culpa de sus visiones, pero Numa nunca había sido tan duro.

―Entenderás que debo anteponer a la tribu ―continuó―. Tengo que proteger a mi pueblo.

―Nos... ¿Nos estás exiliando? ―preguntó su madre con incredulidad.

―No tengo alternativa, Meroe. No puedo arriesgarme a que todos sufran el castigo de Zendikar. Lo siento. De verdad que lo siento. ―Tras las palabras de Numa se oyó el sonido de sus pasos alejándose, seguidos de las pisadas apresuradas de su madre.

Nissa aferró el borde de la manta y frotó el suave tejido con los dedos sin parar. Estaba muy alterada. Numa iba a expulsarlas del campamento de los Joraga. ¿A dónde podrían ir? ¿Qué podrían hacer? Es más, ¿cómo podía hacerle eso a su madre después de todo lo que había sufrido? Nissa se encogió de pena al pensar en todo lo que había soportado su madre.

Quería odiar a Numa, pero él pretendía proteger a su pueblo y no podía culparle por ello. Tenía razón. Ella era un peligro: era la última animista, la única que seguía teniendo visiones.

Su madre le decía que eran un don, que eran la forma de Zendikar de comunicarse con ella. Pero su madre no lo comprendía. Ella nunca había visto la oscuridad ni había oído las retorsiones y el rechinar; nunca había sentido la presión asfixiante, así que no sabía de qué hablaba.

Durante muchas lunas, Nissa había creído que Zendikar la perseguía, y las palabras de Numa confirmaron sus temores. Sus visiones no eran un don, sino una advertencia. Zendikar le hablaba y su mensaje estaba claro: iba a completar su castigo. Iba a terminar lo que había empezado con los animistas. El nudo tenebroso perseguía a Nissa y eso significaba que todo aquel que estuviese próximo a ella se encontraba en peligro.


Nissa se marchó de casa antes de que su madre regresase.

La oscuridad era total y las estrellas estaban ocultas tras las nubes, que seguían descargando su llovizna sobre la tierra. Apenas llevaba equipaje: su bastón-espada, arco, flechas, saco de dormir y algunas provisiones. Tendría que buscar comida por el camino. Solo tenía consigo otra cosa más: sus limitados conocimientos de magia natural, que parecían aún menos impresionantes ahora que se escabullía en solitario hacia la oscuridad.

Cuando sus pies le pidieron que regresase, se recordó por qué estaba marchándose; no quería atraer al horror hasta sus seres queridos. Cuando diese con ella, la encontraría solo a ella.

Nissa no se detuvo ni aflojó el paso hasta que la luz del amanecer asomó entre los árboles. Había avanzado a tal ritmo que llevaría al menos medio día de ventaja a los exploradores joraga, y eso si es que conseguían dar con su rastro. Pero no lo harían, porque había utilizado su magia natural para borrarlo, devolviendo a su sitio hasta la última hoja que había rozado. Miró hacia atrás para asegurarse. Su hechizo había funcionado a la perfección y no quedaba ningún indicio de que hubiese pasado por allí. Ni siquiera el más hábil de los rastreadores sería capaz de seguirla.

Ilustración de Wesley Burt

Cuando se percató de lo que eso implicaba, vaciló unos instantes. Respiró hondo, aplacó la sensación de temor y se giró para seguir adelante.

―¿Pero qué...? ―Nissa vio algo extraño en el suelo. ¿Sería un efecto de la luz?

Se cubrió los ojos con la mano para bloquear el resplandor del alba, pero seguía allí: una corriente de luz se extendía ante ella. Nissa se quedó de piedra. Era idéntica a la corriente de luz de su visión.

―No... ―Se asustó. Ya estaba sucediendo: la corriente iba a guiar al nudo tenebroso hasta ella.

Retrocedió un paso.

Y la corriente se movió hacia ella.

―¡Apártate de mí! ―le gritó antes de dar media vuelta y salir corriendo.

Pero allí estaba otra vez, delante de ella.

Saltó hacia un lado y corrió en otra dirección.

Dos pasos después, la corriente volvió a ponerse en su camino.

Giró una tercera vez y saltó por encima de un tronco.

Allí apareció de nuevo, incluso antes de que Nissa aterrizase.

En cuanto la suela de su bota tocó el suelo, la corriente se arremolinó hacia ella. Antes de que pudiese huir otra vez, la luz la envolvió como una crisálida.

Sucedió tan rápido que la resistencia de Nissa fue inútil. Quiso echar mano de su espada, pero estaba cubierta por un zarcillo reluciente y flotaba como si no tuviese peso, al igual que su propio cuerpo.

Intentó revolverse para escapar e incluso se dejó llevar por el pánico, pero nada funcionó. El abrazo era tan reconfortante y sosegador que no pudo evitar entregarse a él. Le decía que no iba a hacerle daño, que no era malvado. Pero lo era, estaba segura de ello... ¿O quizá no?

La duda se convirtió en asombro cuando la corriente la envolvió por completo.

En ese momento, en el corazón del bosque de los Joraga, Nissa Revane estableció un vínculo con Zendikar.

Entonces lo comprendió. La corriente de luz y vida era el alma de la tierra. Era el fenómeno más hermoso y maravilloso que jamás había presenciado.

La ayudó a tener una visión y encauzó suavemente sus pensamientos, sus recuerdos y sus esperanzas.

Ilustración de Chris Rahn

La corriente se arremolinaba a su alrededor con sus filamentos relucientes, pero Nissa por fin entendió que no eran meros hilos de luz: cada punto brillante representaba a un ser vivo. Todas las bestias, plantas y especies de Zendikar formaban parte de la corriente infinita.

Además, la corriente de luz no era solo eso. Era la tierra. Era sus montañas y depresiones. Era todas las briznas de hierba, todas las motas de tierra y todos los granos de arena. Era el todo, y todo estaba conectado.

Los seres brillantes danzaban alrededor de ella y cobraban nitidez ante sus ojos. Vio al báloth rugiente, al jurworrel con sus ramas y hojas meciéndose al viento, a la alargada y esbelta serpiente del néctar que se deslizaba por el suelo y al barutis que volaba entre las nubes. Y entonces vio a una persona, alguien que le resultaba muy familiar.

Era una versión cristalina y perfecta de ella misma.

La Nissa brillante caminaba por la corriente terrestre. Cada paso que daba hacía resplandecer el alma de Zendikar. Surcaba el bosque de la corriente acelerando el paso y corriendo cada vez más rápido, saltando y luego volando. Cruzó un desierto, una ciénaga, una cordillera y un centenar de lugares que pasaron a tal velocidad que Nissa no los reconoció.

La corriente frenó su avance y la Nissa brillante se detuvo. Se encontraba en un saliente rocoso y observaba la cima de una montaña.

En el interior de la tierra, Nissa percibía las terribles retorsiones y el rechinar: era el nudo tenebroso. Empezó a sentir miedo y retrocedió. ¿Había sido todo una artimaña?

Sin embargo, la Nissa brillante no parecía asustada. Resistía con firmeza. Entonces levantó las manos y dirigió las palmas hacia la oscuridad. Movió los labios, pero Nissa no pudo oír lo que dijo.

De pronto, una luz resplandeciente inundó la visión y lo envolvió todo: la montaña, el nudo y a la Nissa brillante.

Cuando Nissa despertó, la crisálida había desaparecido. Se encontraba en el suelo y, al abrir los ojos, su mirada se cruzó con la de otra persona.

―¿Nissa?

Luego vio una boca.

―¿Nissa? ―volvió a llamarla.

―¿Mazik? ―Nissa reconoció la voz tras unos instantes. Le costó incorporarse.

―¿Estás bien?

―Sí, sí, estoy... Un momento. ―Levantó la vista hacia su amigo―. ¿Qué haces aquí? ¿Me has seguido? ―Se levantó y aguzó el oído por si alguien más estuviese cerca.

―Tranquila, he venido solo.

―¿Se lo has dicho a alguien?

―Solo a tu madre. Te vi marchándote y tuve que contárselo.

―¡Mazik!

―No te preocupes. Se alegró de que te adentrases en el bosque. Dijo que tus visiones serían más claras aquí.

―¿De verdad?

―Sí, y quiere que te guíes por ellas. Mi padre y yo estamos de acuerdo. Los dos creemos en las tradiciones de los animistas y pensamos que tus visiones son importantes. Acabas de tener otra, ¿verdad?

―¿Me estabas observando? ―Nissa se sonrojó―. ¿Has visto la luz?

―Sí. ―Mazik vio que Nissa iba a replicar y siguió hablando antes de que lo hiciese―. Pero no te preocupes, no tengo miedo. Me ha parecido increíble. ―La mirada de Mazik era tan esperanzadora que Nissa se tranquilizó un poco―. ¿Qué te ha mostrado la visión?

―Mazik... ―Nissa observó aquel rostro conocido que creía que nunca volvería a ver y decidió confiar en su amigo―. Estaba equivocada. Zendikar no me persigue. No persigue a ninguno de nosotros. No es maligno ni vengativo. Es magnífico... pero sufre. Algo terrible está dañándolo. ―Se estremeció al pensar en el nudo tenebroso―. Y creo... creo... Olvídalo, no sé qué creer.

―Crees que Zendikar te está pidiendo ayuda.

―¿Cómo lo sabes?

Mazik bajó la vista a los pies de Nissa. La corriente de luz había vuelto. Estaba danzando alrededor de ella como un animal impaciente por echar a correr.

―Hola, Zendikar. ―El corazón no le cabía en el pecho.

La corriente tintineó y ascendió arremolinándose entre Mazik y ella. Les meció el pelo y les transmitió una sensación de embeleso. Antes de que sus cabellos volviesen a su sitio, la luz empezó a tirar de sus muñecas como para pedirles que la siguieran.

Ilustración de Howard Lyon

Nissa miró a Mazik.

La corriente volvió a tirar.

―Vale, vale, ya vamos ―rio Mazik.

Siguieron la corriente de luz hacia las profundidades del bosque.

Sin decir nada, estuvieron de acuerdo en viajar juntos. Además, parecía que la corriente quería que fuese así. Mazik también podía verla mientras Nissa estuviese cerca. Cuando se alejaba para cazar o buscar comida, Mazik era incapaz de verla, pero en cuanto volvía junto a Nissa, el camino volvía a iluminarse.

Como si fuese una niña llena de entusiasmo, la corriente les enseñó todos los secretos y la belleza del bosque: los rincones ocultos, los árboles tan altos que sus copas desaparecían entre las nubes, las lianas que danzaban en las alturas y los tranquilos riachuelos que les arrullaban. Era como si estuviesen en un mundo nuevo y repleto de maravillas.

Nissa también se sentía renovada. El vínculo que había establecido con el alma de Zendikar se fortalecía a cada paso que daba, al igual que su magia. Cuando lanzaba incluso hechizos sencillos, su efecto crecía exponencialmente. Las nueces de jaddi que encantaba para iluminar el camino de noche parecían estrellas que adoptasen la forma de animales para guiarles. Si se encontraban con algún animal agazapado entre los árboles, Nissa solo tenía que hacer un gesto para que les dejase tranquilos. Ahora era capaz de mover las hojas de los árboles para protegerse de la lluvia y podía extraer el dulce néctar de las flores para que les diese vigor cuando se encontraban exhaustos.

No obstante, incluso entre todas aquellas maravillas, Nissa no podía olvidar completamente la sensación de inquietud que notaba en su interior. Cada paso que daba la acercaba más a la oscuridad. Una vez que llegase a la montaña, tendría que enfrentarse al nudo, puesto que aquello era lo que había hecho la Nissa brillante. Pero ¿cómo lo haría?


Después de dos días recorriendo aquel santuario forestal, Nissa y Mazik llegaron a la linde del bosque. Más allá, el mundo cambiaba totalmente y se convertía en un cañón de roca rojiza, árboles secos y mesetas áridas. Cuando se adentraron en aquel territorio, Nissa se sintió como si estuviese abandonando su hogar otra vez. Sin embargo, la corriente de luz les guiaba hacia allí; aquel era el lugar al que tenía que dirigirse.

Los elfos no estaban acostumbrados al calor del sol. Su delicada piel estaba habituada a la protección del follaje del bosque y se tornó roja y cálida en cuestión de horas. Antes de que cayese la primera noche, ya habían bebido casi toda el agua que llevaban y los pies les dolían de caminar por terreno duro.

El segundo día, Nissa empezó a preocuparse. Creía que el alma de Zendikar no pretendía conducirlos a la muerte, pero si no consiguiesen agua fresca pronto, estarían perdidos―. ¿A dónde nos llevas? ―preguntó a la corriente―. Tenemos sed.

La única respuesta fue un breve destello que los guiaba a través del cañón.

El cuarto día, Nissa tenía tanto calor y sed que, cuando coronaron una colina y vieron que al pie de ella se extendía una vasta marisma, gritó de pura alegría.

Los elfos bajaron a toda prisa y se arrodillaron junto a un pantano salobre. Nissa utilizó su magia para extraer agua pura y fresca. Bebieron hasta llenarse el vientre, se alimentaron de las setas que crecían en la orilla y luego bebieron un poco más.

Nissa se sintió encantada hasta que Mazik se dio cuenta de algo.

―¿Y ahora tenemos que cruzar eso? ―dijo señalando hacia delante. Era una pregunta retórica, porque él también podía ver que la corriente de luz se adentraba directamente en la ciénaga.

―Al menos hay agua... ―lo consoló Nissa. Intentó sonar optimista, pero se notaba la fatiga en su voz―. ¿No podemos rodear el pantano? ―preguntó a la corriente de luz.

La corriente trinó, resplandeció y tiró de ella como si fuese totalmente inconsciente de la situación de los elfos. "Y puede que lo sea", pensó Nissa. Al fin y al cabo, se trataba del alma del mundo entero, no solo de una fracción de él. La ciénaga formaba parte de Zendikar tanto como el bosque. Esa idea despertó en ella una sensación de empatía y Nissa lo vio todo desde una nueva perspectiva.

Mientras se adentraban en las marismas, forjó un vínculo con ellas. Comenzó a apreciar la belleza de los árboles musgosos, percibió la magia de las neblinas que cubrían las aguas salobres y meció la cabeza al son de los enjambres de moscas león que volaban en los alrededores. Nunca habría pensado que un pantano tenía tanto que ofrecer.

Ilustración de Tianhua X

―Es mejor que nos vayamos ―dijo Mazik detrás de ella.

―No pasa nada, Mazik ―contestó Nissa, que acariciaba los helechos del camino al andar, embelesada por su afecto recién descubierto―. Abre tu mente y verás que...

―No, Nissa, tenemos que irnos... ¡YA!

Nissa se giró rápidamente al oír el grito de Mazik. En cuanto lo hizo, sintió un olor penetrante en el aire: aceites, ungüentos, muerte...

Vampiros.

Mazik la sujetó por un brazo, tiró de ella y los dos echaron a correr lo más rápido que pudieron, ralentizados por el fango.

―¿Dónde están? ―Nissa miraba los alrededores, alarmada.

―¡No lo sé! ―Mazik olisqueó―. ¡En todas partes!

Un siseo a sus espaldas hizo que ambos se girasen.

Cinco horrores vampíricos corrían a zancadas hacia ellos. El más grande iba en cabeza; era un hombre con el torso desnudo y cubierto de sangre.

―¡Tenemos que salir del pantano! ¡Ayúdanos! ―gritó Nissa sin parar de correr.

El alma de Zendikar respondió a su ruego. La corriente de luz abrió un nuevo camino por el pantano y Nissa supo que los conduciría a un lugar seguro.

Voló como una flecha junto a la corriente, más rápido de lo que nunca había corrido. El vínculo que había formado con el pantano le permitió moverse por él como si fuese el bosque, saltando de piedra en piedra y columpiándose de una liana para salvar un pequeño foso.

Sintió que había dejado atrás a los vampiros incluso antes de atravesar unos árboles y salir a un claro.

―Qué poco... ha faltado... ―dijo recuperando el aliento y apoyándose en las rodillas. La corriente de luz seguía a sus pies, que volvían a estar en terreno sólido―. Eh, Mazik, ¿has visto qué colmillos tenía el grandullón?

Al no obtener respuesta, Nissa levantó la vista―. ¿Mazik?

Tenía el corazón en un puño―. ¡Mazik! ―Su llamada no obtuvo respuesta.

Se volvió hacia la corriente de luz―. ¿Dónde está?

Entonces oyó un grito agudo y desesperado que procedía de los árboles.

―¡No! ―Nissa se adentró a toda prisa en el pantano. Lo hizo sin pensar y, pocos pasos después, su mente reaccionó y se percató de que estaba corriendo hacia su muerte. Unos dedos fríos trataron de tirar de ella para detenerla, pero se libró de ellos. Se negaba a seguir adelante sin su amigo.

Ahora había diez vampiros. Aquellos seres apestosos y chillones rodeaban uno de los árboles más altos. Nissa levantó la vista. Mazik se aferraba precariamente a una rama doblada. Tenía un brazo ensangrentado.

Dos de los vampiros sisearon, saltaron hacia él y consiguieron colgarse de las ramas más bajas.

―¡Dejadle en paz!

Ilustración de Igor Kieryluk

Nissa había gritado inconscientemente y su advertencia también sorprendió a los vampiros. Se giraron hacia ella y, nada más verla, sus ojos hambrientos no distinguieron más que aquella nueva presa.

Nissa solo tuvo un instante para reaccionar. Se dejó guiar por el instinto. Recurrió a la tierra, a Zendikar, y canalizó su poder. Pretendía levantar algunas raíces para formar una barricada y conseguir un poco de tiempo para huir. Sin embargo, más que raíces, lo que levantó parecía un árbol entero. Cuando emergió, se dio cuenta de que en realidad no era un árbol, sino la propia tierra.

Se alzó formando una ola de barro y luego cobró forma. El ser era alto como un báloth y cargó contra los vampiros lanzando dentelladas y agitando las patas.

Acabó con los dos primeros embistiendo contra ellos. Hasta que sintió el impacto en los dedos, Nissa no se dio cuenta de que podía controlar al elemental. Lo dirigió contra otros tres vampiros que permanecían juntos. Los barrió de un zarpazo y los derribó con una explosión de luz verde.

Ya solo quedaban cinco. Nissa envió al elemental contra ellos.

Uno intentó escapar; era el grande, el líder.

―Ni se te ocurra. ―Nissa tomó el control de las lianas del pantano, que cobraron vida y se volvieron rígidas como lanzas antes de perforar el corazón del vampiro.

―¿Nissa? ¡Nissa! ―Mazik se descolgó del árbol y corrió hacia ella con los brazos abiertos.

Nissa dejó que la abrazase. Permanecieron así largo rato, con los corazones latiendo contra el pecho del otro.

―Me has salvado la vida ―dijo Mazik por fin. Se apartó lo justo para mirarla a los ojos―. Gracias.

―No ha sido nada. ―Nissa intentó reírse, pero sonó más bien como un ataque de hipo.

―Así que has... ―dijo él señalando a los vampiros―. Y también has... ―comentó mirando a la tierra.

―Sí, pero... ¿Qué ha sido eso? ―se preguntó Nissa.

―Eso es lo que salvará Zendikar ―le aseguró Mazik.


Salieron del pantano justo antes del amanecer. Nissa lo extrañó más de lo que pensaba. Ahora también sentía apego por el fango, los árboles retorcidos y el musgo que lo cubría todo. Su siguiente destino eran las estribaciones de Akoum, una nueva región que aún debía descubrir.

Mazik la animó a poner en práctica sus nuevos poderes. Ella se mostró de acuerdo, ya que parecía una idea sensata. Para mejorar sus habilidades, probó a reunir los escombros esparcidos por el suelo y a levantarlos para formar un toldo con el que descansar a la sombra, lo que también ahuyentó a los mineros de las grietas y a los gigantes de las zanjas. Movió los grandes peñascos que les bloqueaban el paso y labró escalinatas y puentes en la tierra para cruzar los profundos cañones.

Ilustración de David Gaillet

Mazik estaba convencido de que la magia de Nissa era la clave para acabar con la oscuridad. Repitió lo que ella le había contado sobre su visión más reciente, donde la Nissa brillante había alzado las manos y pronunciado lo que parecía ser un conjuro.

Nissa quería creerle; quería confiar en que estaría preparada cuando llegase a la montaña y que sería lo bastante fuerte y poderosa como para enfrentarse al nudo tenebroso. Quería estar segura de que podría derrotarlo, porque tenía que hacerlo. Zendikar contaba con ella, lo notaba en su propia alma.


El suceso ocurrió en las profundidades de las montañas boscosas de Akoum, apenas momentos después de que Nissa calmase un arrebato de furia de un hurda salvaje. Lo había conseguido por poco.

―¿Qué sucede? ―preguntó Mazik.

Nissa no respondió. Miró hacia los árboles que tenía enfrente, pero había desaparecido. La corriente de luz ya no estaba allí.

―¿Nissa? ―insistió Mazik.

―No lo sé dónde... No veo la corriente. ¿Y tú?

―Estaba aquí hace un momento. ―Mazik bajó la vista hacia el suelo para ayudar a Nissa a encontrarla.

Nissa se arrodilló para tantear en busca de su vínculo con el alma brillante, pero no había ni rastro.

―¿Volvemos atrás? ―preguntó Mazik―. A lo mejor nos hemos equivocado de camino.

―No lo creo, tal vez... ―Un temblor de tierra interrumpió las palabras de Nissa. Al principio fue leve, pero de repente se convirtió en una sacudida que produjo una sensación de vértigo acompañada de una extraña impresión de incoherencia.

―¡La Turbulencia! ―gritó Mazik justo cuando Nissa se dio cuenta de lo que ocurría―. ¡Tenemos que refugiarnos! ―Corrió a resguardarse bajo una formación rocosa que estaba protegida junto a un árbol y Nissa fue tras él.

Ilustración de Sam Burley

Nissa había oído historias sobre la Turbulencia, la fuerza de Zendikar que lo consumía todo a su paso. Aquellas historias no parecían una exageración. El fenómeno provocó una lluvia de piedras y la tierra temblaba y ondulaba como las olas del océano.

Los elfos perdieron el equilibrio y rodaron por el suelo. Nissa tendió la mano a Mazik y volvieron a arrastrarse bajo la estructura de rocas. El mundo estaba sufriendo un cataclismo. Los árboles se partían y se hacían añicos, arrancados del suelo en ángulos extraños. Había peñascos volando por los aires y estampándose unos contra otros, rompiéndose en pedazos y cayendo a tierra como si fuesen largos dientes escarpados. Una fuerza inmensa surcaba erráticamente la tierra como si fuese un demente ciego; las raíces, las rocas y el suelo se distorsionaban y se retorcían ante su voluntad.

―¡Nissa, tienes que hacer algo! ―Mazik la miraba como si conociese algún hechizo secreto, como si supiese qué hacer. Pero no era así. Su vínculo con Zendikar había desaparecido. Estaba tan asustada como él.

Una roca se estrelló a pocos pasos y algunos añicos salieron volando hacia ellos. Mazik se protegió los ojos―. ¡Por favor! ¡Haz que pare! ¡Haz lo que puedas!

Otra roca cayó estrepitosamente y luego otra más. Si no hiciese algo, acabarían sepultados.

―Sí, tengo que intentarlo. ―Nissa lo dijo más para sí misma que para Mazik. Posó las manos en la tierra―. Ven a mí ―susurró―. Te necesito. Por favor. ―Proyectó su propia alma para tratar de establecer un vínculo, pero allí no había nada. Ahondó en la tierra y se expandió todo lo que pudo―. Zendikar...

De repente consiguió lo que quería y una sensación la abrumó. Era fría y opresiva; era miedo. Nissa había establecido el vínculo, había encontrado a la tierra... Y la tierra estaba aterrorizada.

Entonces lo entendió todo. La Turbulencia no era una fuerza ajena: era la reacción de Zendikar ante el nudo tenebroso. La tierra se encabritaba como un caballo asustado. Tenía tanto miedo de la oscuridad que el pánico se apoderaba de ella.

Ilustración de Izzy

―Tranquila ―le susurró Nissa―. Intenta calmarte.

Pero la tierra no reaccionó, sino que incluso se estremeció más.

―¡Eso no sirve! ―gritó Mazik.

Un peñasco se estrelló contra la roca que los cubría y una lluvia de piedras cayó sobre ellos. El refugio no resistiría mucho más.

―¡Nissa, ¿qué hacemos?! ―El pánico dominaba a Mazik.

Nissa cerró los ojos. Recurrió a la única posibilidad que se le ocurría: tararear un cántico. Se trataba de una canción de los animistas, una melodía que su madre solía tararearle cuando era niña. Puso énfasis en todas las notas y les infundió paz, calma y consuelo.

Cuando terminó la canción, el mundo volvía a ser silencioso y tranquilo.

Nissa abrió los ojos. La tierra se había paralizado en plena agitación. Muchos árboles estaban inclinados, como si hubiesen crecido en esa dirección. Había grandes peñascos flotando en el aire, en plena trayectoria, y habían dejado cortinas de tierra similares a las estrellas en el cielo nocturno. Era como si el tiempo se hubiese detenido.

Y allí, ante ella, la corriente de luz brillaba de nuevo.

―Has vuelto ―susurró Nissa. Le tendió la mano.

La corriente vaciló, pero se alzó para entrar en contacto con ella.

El vínculo con Zendikar lo era todo para Nissa.

No se había percatado de lo vacía que se sentía sin la tierra hasta que volvieron a unirse. Ahora volvía a estar completa; volvía a estar en su hogar.

―Sé que estás sufriendo ―le dijo―. Te prometo que te ayudaré.

La corriente desprendió calor en señal de agradecimiento.

―Pero necesito que tú también me ayudes. Tienes que mostrarme a dónde ir.

La corriente se arremolinó alrededor de sus dedos y luego, con un movimiento súbito, se hundió en el suelo.

Nissa se preocupó por si la había asustado, pero un instante después, la tierra empezó a agitarse suavemente y a producir pequeños estallidos. Convocó en un punto todo tipo de restos y escombros: hojas, hierba, ramas, gravilla y piedra. Procedían de todas partes y acudían como si estuviesen apresurados por llegar.

Primero formaron una especie de cabeza con un largo hocico de roca, seguida de un cuello y dos patas robustas.

Nissa retrocedió un paso para permitir que el elemental terminase de surgir.

―¿Nissa?

Pestañeó al oír la voz de Mazik y, cuando lo hizo, el tiempo volvió a transcurrir. Sin embargo, el caos no se reanudó. La tierra se calmó, los árboles y las rocas regresaron a su sitio y el viento comenzó a soplar de nuevo.

El elemental se encontraba ante ellos. Su hocico brillaba y Nissa reconoció que se trataba de la corriente de luz. Zendikar había acudido a ella. Incluso allí, en aquella región tan cercana a las tinieblas y a pesar del miedo, había vuelto para guiarla.

―Gracias ―le dijo.


Nissa y Mazik siguieron al elemental como habían hecho hasta entonces con la corriente de luz. El ser los condujo montaña arriba y los guio por las cumbres escarpadas conocidas como los Dientes de Akoum. Nissa tenía la sensación de que ya había estado allí. Algunas formaciones rocosas le resultaban familiares y recordó fragmentos de sus últimas visiones. Ya estaban cerca.

Recorrieron la región montañosa durante días y solo se detuvieron para ocuparse de las necesidades: cazar, buscar comida y agua, alimentarse y, en rara ocasión, dormir. No pudieron descansar mucho; además, cuando lo hacían, ambos tenían pesadillas en las que eran perseguidos por una oscuridad que se retorcía y les producía dolor.

Nissa estaba preocupada por Mazik. A cada día que pasaba, caminaba más despacio y su respiración se volvía más entrecortada. Nissa estuvo pendiente de él, ya que el nudo tenebroso parecía afectarle más que a ella.

Una tarde, justo cuando el sol empezaba a ocultarse tras las cumbres más altas y las aves nocturnas despertaban en sus nidos, el elemental se detuvo. Luego pateó el suelo, inquieto, y levantó la cabeza para señalar una elevada columna de roca.

―¿Qué ocurre? ―preguntó Nissa acercándose al borde de la columna.

El elemental retrocedió. Nissa se asomó para ver qué había al otro lado de la columna y se quedó boquiabierta.

Ante ella había unas enormes rocas romboides que flotaban en el aire totalmente quietas, formando un paisaje perturbador. Estaban separadas unas de otras con una perfección artificial y las fuerzas mágicas que las sostenían debían de ser inmensas. El sol se reflejaba en las extrañas marcas que presentaban en sus superficies. Las extrañas rocas describían un anillo alrededor de la cumbre más alta de Akoum.

―Hemos llegado ―afirmó Nissa. Era exactamente como la montaña que le había revelado su visión; allí se encontraba el nudo tenebroso.

―Nissa... ―La voz de Mazik era débil. Se giró hacia él y lo vio tambalearse y venirse abajo.

―¡Mazik! ―Fue corriendo en su ayuda.

―No me encuentro bien. No sé qué... ―Se llevó una mano a la frente justo cuando un hilo de sangre empezó a correr nariz abajo.

―Es el nudo tenebroso. ―Nissa ayudó a Mazik a apartarse de la columna―. Tenemos que volver y alejarte de aquí.

―No ―dijo Mazik levantando una mano temblorosa―. No, Nissa... Por fin has llegado. Sigue adelante. Tienes que ayudar...

Nissa miró a Mazik y luego al elemental, que también temblaba y parecía intranquilo. Estaba claro que ninguno de los dos podía dar un paso más. Hiciese lo que hiciese a continuación, debía afrontarlo sola. La tristeza la invadió al pensar que tendría que abandonar a los dos.

―No te preocupes, Nissa ―dijo Mazik con un tono que le transmitió compasión―. Quiero que continúes. Estaré bien... Los dos estaremos bien. ―Posó la mano en la pata rocosa del elemental y su temblor se calmó.

―Estaréis bien ―aceptó Nissa.

Ayudó a Mazik a subir a la grupa del elemental y posó las manos sobre sus dos amigos―. Poneos a salvo ―les dijo mientras les transmitía calma con su magia.

―Sé fuerte, Nissa Revane ―susurró Mazik.

El hocico del elemental brilló y el ser emprendió el camino de regreso lentamente. Para evitar el impulso de volver con ellos, Nissa se giró hacia la montaña y dio el primer paso hacia la oscuridad.

Después de aquello, no volvió a detenerse. No podía permitírselo, porque si lo hiciese, temía que no fuese capaz de reunir valor para continuar. Se encaminó hacia el anillo de piedras brillantes y pasó por debajo de ellas, atravesando sus sombras. Una vez en el interior del anillo, redujo el paso y miró hacia la imponente cima, la cumbre más alta de Akoum.

Al fin había llegado. El nudo tenebroso la aguardaba allí.

Percibió su agitación y sus retorsiones, que hacían ruidos que parecían arañarle el oído. Sintió aversión por él. Lo odiaba por lo que les había hecho a Zendikar, a los animistas y a Mazik.

Comenzó a subir la montaña y cada paso la llevaba más arriba. Tanteó el nudo y planeó cómo atacar, aunque no tenía mucho que planear. Días atrás, había decidido que haría exactamente lo mismo que la Nissa brillante de su visión. Y así fue.

Encontró el lugar y plantó los pies en él, en el mismo saliente donde se había situado la Nissa brillante.

―Te convoco a este lugar, Zendikar ―entonó―. He venido a librarte de esta oscuridad. ―Y ahondó en las profundidades de la tierra. Sabía que no sería fácil encontrar la corriente en aquel lugar, ya que evitaría acercarse al nudo que tanto temía, pero estaba segura de que acudiría a su llamada.

La tierra pareció comprender la importancia de aquel momento, porque Nissa dio con ella antes de lo que esperaba. Cuando estableció el vínculo con Zendikar, se nutrió de su poder. Extrajo todo el que podía albergar en ella... y un poco más. No se detuvo hasta que colmó su pecho de energía.

Entonces levantó los brazos sobrecargados de poder y liberó una explosión tan potente que llenó todo el cielo con la energía que había reunido. Gritó por el esfuerzo y trastabilló. Tuvo que esforzarse para mantener las manos alzadas mientras el poder fluía a través de ella.

Cuando liberó toda la magia acumulada, resolló para recuperar el aliento y miró hacia la montaña. Esperaba ver una cumbre resquebrajada o una grieta que supurase oscuridad; contaba con enfrentarse a su enemigo y estaba preparada para ello. Pero no hubo necesidad: la montaña seguía intacta y la oscuridad continuaba en su interior. Era como si su hechizo no hubiese conseguido nada.

―¿Por qué?

El nudo tenebroso se retorció y se deformó produciendo un sonido semejante a una risa siniestra. La carcajada chirriante provocó una oleada de locura que alcanzó a Nissa, atravesó sus ojos y abrasó su psique. Le mostró todo. Vio lo que había dentro de la montaña. Vio lo que quería. Vio lo que había hecho.

Vio al monstruo.

Nissa gritó de nuevo, esta vez de terror, y cayó de rodillas cuando una oleada de locura tras otra asaltaron su mente.

Justo cuando pensó que no sobreviviría a otro ataque, algo en su interior se quebró, como un cascarón que acabase de romperse, y una fuerza cálida y poderosa que lo impregnó todo emergió de la grieta. Recorrió su interior con una intensidad inigualable, superior incluso a la locura del monstruo; sería capaz de destrozarla por dentro y de hacer trizas la mismísima estructura de Zendikar.

Aquel era el fin. Estaba acabada. No había logrado destruir la oscuridad; había sucedido lo contrario.

Nissa dejó de resistir.


Lo que sucedió a continuación le resultó imposible de comprender. Sintió un dolor atroz y una fuerza la precipitó hacia el vacío. Vio luz y energía, remolinos y agujeros. No existía el arriba ni tampoco el abajo. No había ni tierra ni cielo. Todo alternó entre oscuridad y claridad. Estaba precipitándose, pero no había forma de detenerse; no había nada a lo que aferrarse. Si aquel iba a ser su fin, quería que terminase. No quería seguir sufriendo. Cerró los ojos con fuerza y se hizo un ovillo, apretando las piernas contra el pecho.

Y de repente se dio cuenta de que había tierra firme bajo ella. Había aparecido de la nada. ¿Estaba otra vez en la montaña?

Cuando su corazón se calmó un poco, se atrevió a entreabrir el ojo derecho.

Abrió el izquierdo poco después, ya que había demasiado que ver para un solo ojo. Los colores del entorno eran vívidos y nuevos para ella, con tonos que nunca había visto. Las formas de las plantas y los árboles también le resultaban desconocidas, al igual que sus hojas y la textura de sus cortezas. Y luego estaba el olor, más dulce e intenso que cualquiera que conociese.

No se encontraba en la montaña. Estaba en un bosque, pero no en un bosque de Zendikar. Algo le dijo que se hallaba muy muy lejos de Zendikar.

Sintió alivio al darse cuenta de aquello, puesto que ya no se encontraba en el mismo lugar que el monstruo. Había conseguido huir de la locura tenebrosa y del dolor. Sin embargo, al alivio lo siguió una inmediata sensación de fracaso. No había cumplido su promesa con Zendikar. Se había enfrentado a la oscuridad, pero había perdido.

―¡Maldita sea! ―Golpeó con furia el suelo. Cuando lo hizo, la tierra reaccionó. Algo en su interior salió al encuentro de Nissa y tiró de ella.

Se adentró en aquella nueva tierra. Se llamaba Lorwyn y no se parecía en nada a Zendikar. Lo único que ambos mundos tenían en común era el hecho de que eran mundos. Más allá de eso, eran tan diferentes como dos copos de nieve: cada uno tenía sus propias características, sus propias existencias y sus propios habitantes. Mientras que Zendikar la acogía, aquella tierra era distante. Mientras que Zendikar era alegre, aquella tierra era sombría.

Aun así, ambos mundos sufrían.

"¿Cómo?", se preguntó Nissa. "¿Cómo puede haber tanto dolor, tanta oscuridad y tanta maldad?".

El mal de aquella tierra no se hallaba tan por debajo de la superficie. Estaba borboteando, listo para liberarse; un millar de arañas sombrías habían estado creciendo y ahora mordían los capullos de seda que las envolvían.

―La Gran Aurora trae la nocheLa Muerte trae el fríoLas sombras consumen la luz sin reprochedesatando el Páramo Sombrío.

Los seres arácnidos siseaban.

―Alejaos... ―dijo Nissa con un escalofrío. Intentó ahuyentar a las sombras a manotazos.

―No nos marcharemos. Este es nuestro momento. Pronto llegaremos. Y todo será nuestro.

Una oleada de oscuridad reptante envolvió a Nissa.

Despertó bajo un círculo de rostros ceñudos y se dio cuenta de que había estado gritando de nuevo. Los seres que la observaban parecían elfos, pero tenían cuernos en la cabeza y pezuñas en lugar de pies. Sus espadas y lanzas apuntaban hacia Nissa.

Ilustración de Lius Lasahido

El grupo murmuraba mientras observaba a Nissa con una mezcla de sospecha y curiosidad.

―¿No tiene cuernos?

―Ni pezuñas.

―¡Fijaos en sus ojos!

―Están brillando.

―Apartaos. ―Esta última voz era firme y autoritaria y pertenecía a una mujer alta y serena, que claramente era la líder. Blandió su espada y situó la punta a escasos centímetros de la nariz de Nissa.

Se sobresaltó y dejó escapar un leve chillido.

―Basta de gritos y ruidos ―dijo la mujer―. ¿Pretendes echar a perder nuestra caza?

―¿V-vuestra caza? ―preguntó Nissa, que no comprendió a qué se refería.

―La caza de desgracias. Esas horrendas criaturas huirán si sigues aullando como una banshee.

―¡Eso es! ―Nissa se levantó de un salto―. ¡Habéis visto a esos monstruos! Yo también. Han dicho que vendrían y que se harían con todo.

―¡Ja! ¿Eso han dicho? ¿De verdad creen que podrán hacernos frente?

―¿Podéis impedírselo?

―No eres de por aquí, ¿verdad, pequeña? Esta es nuestra tierra, mi tierra. No permitiremos que esos horrores envenenen su belleza. ¿Sabes cazar?

―S-sí, pero... No sé si...

―¡Desgracias visuales a nuestra derecha! ―gritó un elfo por detrás de la líder.

―Esta es tu oportunidad, desconocida y hermosa criatura de ojos verdes ―dijo la mujer a Nissa―. Blande tu espada y demuestra tu valía. ―Y entonces se internó en la arboleda que había a su derecha.

―Mi espada... ―Nissa desenvainó su arma―. De acuerdo. ―Sintió que aquello era lo correcto, que debía unirse a la caza. Aquello era lo que debía hacerse cuando la tierra estaba amenazada.

Corrió hacia los árboles tras los peculiares elfos de Lorwyn.

Uno no mucho mayor que Nissa se fijó en ella cuando se adentró en el bosque. Levantó una mano y le indicó que se situase en la linde. Nissa le hizo caso sin hacer ruido alguno.

Los dos se movieron sigilosamente por el borde de los matorrales. Nissa oyó gruñidos y chillidos parecidos a los de jabalíes o trasgos.

―Están cerca ―afirmó el elfo con una sonrisa de expectación―. Por cierto, me llamo Galed.

―Yo soy Nissa.

―Encantado. Parece que has agradado a Dwynen. No tiene por costumbre invitar a elfos desconocidos a cazar con ella. Pero ya veo por qué lo ha permitido. Eres una de las criaturas más hermosas que jamás he visto. ―Galed se inclinó sobre Nissa e inhaló su aroma.

Nissa sintió un escalofrío ante la proximidad del elfo. Había algo embriagador en aquella situación: los elfos, el lugar, la caza del mal... Por algún motivo, le pareció que su lugar estaba en aquel mundo.

―¡Ahí están! ―aulló Galed. Saltó inmediatamente de la maleza y levantó la lanza.

Nissa fue detrás de él justo a tiempo para ver cómo rajaba el cuello a un pequeño ser que chillaba de miedo.

―¡Hay más! ¡A por ellos! ―indicó Galed.

Nissa cayó sobre otra de criaturas con el arma en alto, lista para golpear. Sin embargo, algo la detuvo.

Aquellas no eran las maléficas criaturas arácnidas de su visión. Lo que tenía ante ella parecía una persona bajita, de piel verde grisácea y llena de granos y verrugas. Tenía dos ojos saltones que le daban aspecto de sapo y su amplia boca temblaba de miedo.

Nissa se quedó atónita y su instinto de cazadora se detuvo al mirar los ojos del ser.

―¡N-n-no matar! ―balbució―. ¡P-p-por favor!

―¡Galed! ―gritó Nissa. Se negaba a asesinar a aquel inocente. Se apartó de un salto y la pequeña criatura se escabulló―. ¿Qué estás haciendo? ¡Estos seres no son malvados!

Galed no oyó ni una palabra. Estaba ensimismado con el derramamiento de sangre, despachando una criatura tras otra.

―¡Galed, para! ―Nissa corrió hacia él cuando arrinconó a otra.

Ilustración de Igor Kieryluk

El diminuto ser chilló suplicando piedad.

―¡No le hagas daño! ―gritó Nissa.

Pero fue demasiado tarde: Galed lo atravesó con la lanza.

―¡No! ―Nissa se arrodilló junto al pequeño, que giró la cabeza hacia ella con los ojos llenos de lágrimas y la mirada perdida.

Nissa lo sostuvo con las manos temblorosas, sin saber qué hacer. No podía ayudar. Solo pudo acariciarle la frente―. Lo siento... ―dijo. Y entonces formó un vínculo con la extraña criatura. Percibió su lugar en la corriente de luz que era el alma de Lorwyn. Descubrió sus esperanzas, sus sueños y sus miedos y notó su dolor y su sufrimiento. Finalmente, sintió cómo moría.

―¿Por qué...? ―Nissa se puso en pie y se encaró con Galed. Estaba tan cerca que notó su aliento en las mejillas. La había observado de cerca. Muy bien―. ¿Por qué lo has matado?

―Porque los boggarts son una desgracia.

―No son una desgracia. Son seres vivos. Forman parte de esta tierra. ¡Eres un elfo! ¡Un elfo!

―Y tú estás loca. ―Galed bajó la vista hacia su propio pecho.

Nissa siguió su mirada y se dio cuenta de que le había puesto la punta de la espada justo sobre el corazón. A pesar de ello, no la retiró―. Hay demasiada maldad, demasiada oscuridad. Las he visto. Lo he visto todo. Es horrible. Es espantoso. ―Los ojos se le llenaron de lágrimas al recordar su adorado Zendikar―. ¿Por qué insistes en añadir aún más?

―¡Apártate de él! ―ordenó la voz de Dwynen desde la arboleda. Se acercó a Nissa con paso amenazador―. ¿Qué estás haciendo?

Ilustración de Steven Belledin

―¿Qué estáis haciendo vosotros? ―le espetó Nissa. Se apartó de Galed y se volvió hacia Dwynen―. No podéis matar a estos seres inocentes. No lo consentiré.

―Maldita cría... ―Dwynen tensó el arco―. ¿Cómo te atreves a venir a mi bosque y decirme lo que no puedo hacer? ―Señaló a Nissa con la barbilla y Galed saltó sobre ella.

Nissa saltó hacia atrás para esquivarlo y levantó el arma para desviar el siguiente ataque, pero el elfo se detuvo.

Galed y Dwynen se habían quedado de piedra y miraban boquiabiertos hacia el cielo.

Nissa se giró lentamente, temerosa de lo que iba a contemplar. Sus peores miedos se habían hecho realidad.

Un muro de noche perversa y retorcida avanzaba hacia ellos desolando la tierra a su paso.

―Páramo Sombrío ―siseaba la oscuridad.

―¡No! ―gritó Dwynen―. No a mi Lorwyn. ¡No a mi hermoso Lorwyn! ―Utilizó su magia y lanzó un hechizo contra la oscuridad que se avecinaba. Galed hizo lo mismo.

Nissa se situó junto a ellos y empezó a acumular maná.

―¿Qué crees que haces? ―Dwynen fulminó con la mirada a Nissa.

―¡Ayudaros!

―No estás ayudando. ¡Esto es culpa tuya! ¡Bruja! ―En un solo movimiento, Dwynen derribó a Nissa y cayó sobre ella plantándole una rodilla en el pecho.

―¡Yo no he hecho esto! ―le aseguró Nissa―. Déjame ayudar, por favor. Juntas quizá podamos...

―¡Has destruido mi mundo! ―Dwynen colocó una flecha en la cuerda del arco, apoyó la punta en la garganta de Nissa y tensó... Pero justo entonces, el muro de oscuridad la alcanzó.

Dwynen se quedó paralizada, atrapada en la Gran Aurora de Páramo Sombrío. Su aspecto cambió ante los ojos de Nissa: se volvió más oscura y su piel pareció endurecerse.

Justo antes de que la oscuridad la atrapase también a ella, Nissa se quitó a Dwynen de encima, se levantó de un salto y echó a correr.

―¿A dónde vas, jovencita? ―siseó la voz oscura en su mente.

Nissa no miró atrás. Siguió corriendo sin parar y pensó en Zendikar.

―Oh, así que quieres regresar a tu hogar, ¿verdad? ¿Y qué harás cuando llegues? No puedes hacer nada contra el mal que atormenta a Zendikar.

Nissa aflojó el paso por un instante, pero se obligó a seguir corriendo. Las sombras estaban peligrosamente cerca.

Ilustración de Sam Burley

―Zendikar, Zendikar, Zendikar ―entonó.

Sintió la chispa en su interior, la que había notado en Akoum antes de precipitarse al vacío. Se había encendido otra vez y estaba destrozándola por dentro.

―Si te marchas, lo lamentarás ―dijo la voz―. Fracasarás... otra vez.

No. Iba a encontrar una solución. Solo tenía que regresar. Nissa soportó el dolor y corrió hacia el lugar donde notaba que el mundo se abría para dejarle huir.

―Quédate aquí, pequeña caminante. Quédate y únete a mí. Te haré más poderosa. Te daré lo que necesitas para salvar a tu querido Zendikar.

El vacío se había abierto. Estaba justo delante y Nissa se detuvo en el borde. Podía ver la eternidad arremolinándose al otro lado. Solo tenía que cruzar el portal. Pero entonces dudó.

―Quédate, Nissa, quédate aquí para siempre.

Aquella era la trampa, ¿verdad? Si se quedase, nunca podría irse de nuevo. Tal vez se volviese poderosa, pero se perdería a sí misma y rompería su vínculo con su hogar. Si se quedase, perdería a Zendikar.

Al percatarse de aquello, un hilo se extendió ante ella. Era como la corriente de luz que tan bien conocía, pero brillaba con mucha más intensidad. El hilo fue a su encuentro.

Aquel era su camino. Era lo que había estado buscando toda su vida. Estiró un brazo hacia él y lo sujetó con fuerza. El hilo tiró de ella y la sumergió en el vacío para rescatarla de la oscuridad que se cernía sobre Lorwyn.

Mientras recorría el vasto espacio, Nissa vio su camino desenmarañándose en la eternidad. La llevaría a muchos lugares, pero de momento estaba guiándola a su hogar.

Ilustración de Wesley Burt