―Estos bosques nos pertenecen ―le dijo él. La gente afirmaba que no era muy hablador, pero a ella le dirigía la palabra, quizá por ser la primera vez que cazaba.

Estaba hecha un desastre, cubierta de polvo, sangre y tierra. Absorta, pensó que debería empezar a trenzarse el pelo si aquello iba a seguir ocurriendo.

―Pero ¿y la gente de Kessig? ―se sintió obligada a preguntar.

Tovolar gruñó.

La miraba a los ojos y ella no apartaba la vista. La pregunta tenía sentido. Se apretó las piernas contra el pecho.

―Es que... Creo que podríamos compartirlos con ellos.

Tovolar, Dire Overlord
Tovolar, el Señor Nefasto | Ilustración de Chris Rahn

Qué extraña debía de parecer, cubierta de sangre mientras miraba hacia la aldea a la que tanto miedo le daba volver. La aldea que ahora defendía. Tovolar se había quedado a su lado desde que volvió a transformarse en humana. Agradecía la compañía; la idea de estar sola en ese momento era peor que la de ver a su familia. De algún modo, por mal que estuviera, le resultaba más fácil sobrellevarlo sabiendo que no estaba sola.

Tovolar era el hombre del saco particular de Kessig. Llevaba cuatro o cinco años oyendo hablar de él, de lo que hacía y de muchas cosas que no hizo. De rebaños enteros masacrados. De casas allanadas y destrozadas. Decían que mataba vampiros, que coqueteaba con la magia oscura, que era todo tipo de cosas.

Pero por la mañana, cuando ella despertó como lo hizo, vio que la había tapado con una manta y estaba sentado en silencio a su lado. Aquel hombre era puro músculo y colmillos, pero se había acurrucado para no asustarla. A su manera taciturna, le había explicado lo sucedido. Lo primero que le había preguntado era si ella había matado a alguien.

―Esta noche, no. ―Y así había empezado la conversación, si es que podía calificarse de tal. Ese había sido el primer silencio realmente incómodo.

En un momento dado, Tovolar se levantó. No tuvo que pedirle que lo siguiera.

Ella simplemente lo hizo.


Se transforma sin darse cuenta de lo que hace y se lanza hacia la espesura cerca de la bruja, dejando atrás la ropa de cualquier manera. Los lobos no la esperan. Flecha vuela al frente del grupo, pero echa un vistazo atrás y ella le asiente.

El aullido atraviesa el silencio del bosque, el silencio que no es silencio, el silencio de las miles de vidas que lo habitan. Ella lo reconoce. Sabe que es él.

Y él, por supuesto, sabe que ella está allí.

Ignora por qué pensaba que las cosas serían distintas.

No sabe lo que ocurrirá cuando llegue hasta él.


―Cazar es nuestra naturaleza ―le dijo él.

Aquello no le gustaba. Algo iba mal, había una especie de magia oscura en el ambiente. A primera hora de la mañana, podrían toparse con cualquiera. ¿Acaso no habría cazadores en el bosque? ¿Acaso no habría gente? ¿Incluso gente de la aldea, que podría verla junto a él y saber lo que le había ocurrido?

―Si solo fuese cazar, la gente no tendría miedo ―argumentó ella―. No tenemos por qué matar personas.

Ella había visto la razón, como todos los habitantes de Kessig. La gente sacaba cuerpos de los bosques todas las mañanas. Había que hacerlo, sobre todo después de las noches de luna llena. Ya tenían suficiente con lidiar con los licántropos, nadie quería que los geists se sumaran a la larga lista de problemas en Kessig. Los cazadores solían visitar a su padre en la herrería para pedirle armas nuevas. A veces hablaban de lo que habían visto: bestias mayores que dos hombres juntos y que desgarraban la carne con la misma facilidad con la que el anciano Kord cortaba el papel. Sus armas decoraban la casa, al igual que los numerosos símbolos sagrados que no se vendían.

Su padre decía que la protegerían. Lo mismo afirmaban todos los demás.

Pero Arlinn nunca había hallado mucha tranquilidad en la actitud arisca de la aldea. Allí siempre le decían lo que no podía hacer: tenía prohibido ir al bosque, tocar la flauta muy fuerte, hablar con desconocidos o hacerse amiga de los viajeros que pasasen por allí. La gente pensaba que la cautela y el ángel mantenían a todos a salvo, pero aquello también hacía que el mundo de Arlinn fuese pequeño y aburrido.

“No nos fiamos de ti. Lárgate”, le decía su aldea a los demás. ¿Era esa la única forma de vivir?

Al escuchar el aullido, había comprendido que sí había otras maneras. Sonaba tan feliz, tan reconfortante, tan...tan similar a un viejo amigo.

Una vida sin murallas, sin símbolos sagrados. Una vida sin miedo y llena de otras cosas.

Y así, al amparo de la noche, se había marchado.

―¿Eso crees? ―dijo Tovolar mirándola de reojo.

―Sí ―respondió ella de todo corazón.

Él negó con la cabeza y siguió caminando. Ella lo siguió.


Observar el entorno jamás volvió a ser lo mismo después de cazar por primera vez. Nunca se había dado cuenta de las limitaciones del ojo humano hasta que vio con los de la loba. Tampoco sabía que los elementos visuales solo son una pequeña parte del mundo. Con ojos de humana no puede ver las larvas que se mueven por la maleza; con nariz de humana no puede oler la sangre en el aire a kilómetros de distancia; con lengua de humana no puede sentir el sabor intenso de la noche.

En cambio, como loba puede hacer todas esas cosas. Y sabe que él está un poco más adelante. Percibe su olor mucho antes de llegar a verle. También capta el olor de quienes lo acompañan; algunos son familiares, pero otros no los reconoce en absoluto.

“¿En qué te has metido?”, se pregunta.

Cuando los árboles por fin se separan lo suficiente como para verlo, Arlinn se detiene. Allí está él, con sus ojos tan penetrantes como siempre en plena noche, rodeado de lobos enormes. Ella no es ni mucho menos la más pequeña de la camada, pero esos recién llegados tienen brazos igual de gruesos que los árboles de los alrededores. Uno incluso lleva una cadena de barco a modo de bandolera. ¿La noche no es aún demasiado joven como para que hayan cambiado?

Tovolar, acompañado de los miembros de la manada, tiene el tamaño aproximado de un humano, pero no lo es. Resulta evidente cuando Arlinn camina hacia él y su semblante hosco intenta sonreír para ella.

―Así que vuelves a casa.

―Estoy aquí para investigar ―dice Arlinn. Cuando observa a los desconocidos, tiene que contener un gruñido instintivo―. ¿Quiénes son estos?

Tovolar camina hasta Dienterrojo. A Arlinn se le eriza el pelo del pescuezo.

Él la mira a los ojos y echa a andar.

No tiene que decirle que lo siga.


El estómago de Arlinn amenazaba con echarlo todo. Una miasma dulzona y acre se abría paso por su garganta. Sabía exactamente lo que había más adelante y quería que Tovolar se detuviera. Quería dejar de seguirlo.

Pero ¿adónde iría si lo hiciese? Ahora era una loba, compartía la naturaleza de él. Probablemente acabara perdiendo el control en caso de irse por su cuenta.

No podía marcharse sin más.

Por ello, siguió a Tovolar, y cuando él por fin le señaló los cadáveres, hizo lo posible por no vomitar. Pero lo posible no era gran cosa. Tres cazadores despedazados como simples animales, con las costillas abiertas y los rostros paralizados en un rictus de terror a la luz de la mañana. Había ballestas y virotes de plata dispersos por el suelo como si fueran agujas de pino. En las manos aferraban símbolos de Avacyn cubiertos de sangre. Mirara adonde mirase, había cosas peores que ver y su estómago amenazaba con echarlo todo, hasta que finalmente lo hizo y expulsó la carne de venado que había comido.

Tovolar gruñó, apoyó una mano en su hombro y la hizo girarse de nuevo hacia los cuerpos.

―Por favor... ―balbució―. No quiero mirar.

Pero él no levantó la mano.

―Tienes que comprenderlo.

―¿Por qué? ―Resolló con fuerza―. ¿Por qué hay que...?

Entonces la soltó y dio una zancada hacia los cadáveres. Lo que a ella le habría llevado tres pasos, él lo recorrió en uno. Se arrodilló junto a los cuerpos y volvió a levantar la vista hacia ella.

―¿Cómo te sentiste anoche?

Tragó saliva.

―Como si fuese libre. Pero no merece la pena si...

―Ser libre merece cualquier precio que paguemos por ello ―dijo él. Se puso de pie y pateó uno de los cuerpos con la punta de una bota―. Yo estoy harto de esconderme.

Fue extraño, pero esconderse era lo único que quería hacer Arlinn.


Los huele antes siquiera de verlos.

Más lobos, un grupo numeroso. Ahora llevan formas humanas, pero eso no cambia lo que son, igual que no cambia el hambre que tienen ni lo que parecerían a ojos de unos aldeanos. Son lobos... y ella también es una.

Los observa mientras comparan armaduras de cátaros robadas, mientras se pintan la piel con patrones que se verán igual de bien sobre el pelaje y mientras pelean como cachorros recién nacidos. Hay tantos rostros y olores nuevos que se siente mareada y vuelve a su forma humana mientras empieza a asimilar el horror.

Porque sus ojos, por supuesto, no le están diciendo toda la verdad.

Esos lobos no huelen como los Mondronen. No forman parte de la manada de Tovolar. Entonces, ¿por qué están allí? Y los otros, los que destacan muy por encima de los demás y parecen tener el rostro transformado a medias, igual que los guardas de Tovolar... ¿Quiénes son?

Esto es más que una simple cacería.

Ilustración de Ryan Pancoast

Los aullidos que escucha le revelan la mayor parte. De niña, se tapaba los oídos para intentar no oírlos, pero ahora no hay modo de hacerlo. Decenas de lobos, puede que incluso un centenar, se llaman unos a otros en la noche y proclaman: “Estoy contigo. Me uniré a la caza”.

Y esa voz también está deseando surgir de la garganta de Arlinn a medida que se acerca la salida de la luna. Algunos de los lobos más ansiosos, como los guardas de Tovolar, ya empiezan a transformarse. Los crujidos y chasquidos de los huesos acompañan a los aullidos lejanos con una percusión asíncrona.

Tovolar se gira hacia ella. Hay una sonrisa en su cara y orgullo en sus ojos mientras hace gestos enérgicos a los otros lobos. A su paso entre ellos, lo reciben con un clamor tan agudo que Arlinn lo nota en la piel... y reconoce el antiguo saludo de la jauría aullante Mondronen.

―¿Quiénes son todos estos? ―pregunta.

―La familia ―responde él―. Nuestra nueva manada.

―A mí no me parece una reunión familiar ―dice Arlinn con el ceño fruncido―. Más bien, diría que estás preparándote para algo.

Tovolar alza los hombros y suelta una risa que no consigue articular del todo. El sonido reverbera. Ella conoce ese gesto, sabe que la respuesta no le va a gustar.

Pero se queda para escucharla.

―Sí, para reclamar lo que nos pertenece. ―Detrás de él, dos de los nuevos lobos, ya transformados, derriban árboles para usarlos como garrotes―. Antes eran solamente los bosques. Ahora, también las noches.

Flecha lo acaricia con el hocico y Tovolar se detiene para agacharse y acariciarlo. Roca golpea con la cabeza el hombro de Arlinn como si le pidiera permiso para ir. Ella traga saliva.

―Tovolar ―lo llama con voz grave―, ¿a qué pretendes darle caza?

Los árboles se desploman. Los lobos aúllan. Un hombre camina cargando un obelisco al hombro. El ambiente está impregnado con el olor del hambre... y de la sangre. Ya hay una víctima, se oyen fauces desgarrando carne no muy lejos de allí.

La luna se eleva cada vez más.

Tovolar le toca la nariz a Flecha y le pasa las manos por las orejas. Flecha nunca se comporta así de bien con ella; está totalmente quieto, no mueve ni la cola. Tovolar acerca la frente a la de Flecha, luego señala... y el lobo echa a correr, hambriento como la noche.

A Arlinn se le encoge el estómago. Flecha solo tiene hambre, volverá. Pero ella no quiere desperdiciar más el tiempo. Tovolar vuelve a levantarse, más imponente que ella, como siempre, y echa un vistazo a la concurrencia antes de volver a bajar la vista hacia Arlinn.

―A todo lo que se nos antoje. Chupasangres, cuando los encontremos. Los Nefastos se divierten mucho haciéndoles suplicar.

―¿Los Nefastos? ―Se queda mirándolo, pero ya sabe a quiénes se refiere: los lobos que lo acompañan, los colosales―. Cazar vampiros es una cosa, pero no puedes...

Un gruñido tajante la interrumpe, o quizá sean los antiguos reflejos que despierta. Las cejas de Tovolar se estrechan, sus labios se contraen y, cuando la luz le alcanza el rostro, sus dientes se alargan.

―Podemos hacer lo que nos plazca ―dice él―. Intenté enseñártelo.

Más aullidos, ahora más cercanos. El corazón de Arlinn martillea en el pecho. Quiere cazar. Quiere huir.

Planta los talones en el suelo.

―No, te equivocas. La gente vive en este bosque desde hace generaciones, lucha por labrarse un porvenir. Lo único que quiere es una vida sin miedo, igual que nosotros.

Tovolar se acerca a ella con los ojos ardiendo.

―Hay demasiado de la iglesia en ti ―gruñe―, pero muy poco de la loba.

Cuando la mira desde arriba, siente que vuelve a estar en el bosque con él, viendo de nuevo los cadáveres de los cátaros, asustada una vez más.


Cuando regresó aquella mañana, su madre la esperaba en la sala de estar. Los años pesaban sobre ella, pero esa noche había sido más dura que la mayoría. Tenía los hombros encorvados y grandes bolsas en los ojos. Cuando estrechó a Arlinn entre sus brazos, los notó pequeños y débiles.

―¿Dónde estabas? ―graznó―. Arlinn, han encontrado a cuatro de los muchachos en el bosque, destrozados como...

En ese momento, habría podido decírselo. Tuvo la ocasión de ser sincera.

Pero sus ojos vagaron hacia uno de los símbolos del ángel, moldeado por las manos de su padre, y supo que sería incapaz de decir la verdad.


Arlinn ya no es una cachorrilla. Ya no tiene miedo.

La luz de la luna facilita la transformación. Sus huesos crujen y se reorganizan para forjar algo nuevo y viejo a la vez. Delante de ella, Tovolar relaja su postura.

Está sonriendo.

Odia que sonría.


En la primera caza, corrió junto a Tovolar. En la segunda, junto a él y otros tres. En la tercera, con la manada.

Al cruzar el bosque a toda velocidad, entregada a la emoción de la caza, lo único que quería era clavar los dientes en la carne jugosa de un ciervo. También pensaba, ingenuamente, que tal vez podría conservar el juicio el tiempo suficiente para llevar el animal hasta la aldea. A la herrería de su padre, quizá, y decirle que se lo había dado uno de los muchachos que estaban en los caminos.

Cuando los ratones te invaden el granero, adoptas un gato. Cuando los licántropos te invaden el bosque, envías a tus mejores cazadores. Es lo natural.

Recordaba haber visto al ciervo. La observaba mientras bebía en un río, con el pelaje pálido como la luna y los ojos rojos como la sangre. Recordaba haberse abalanzado sobre él. Recordaba el dolor repentino e intenso que sintió después, la falta de aliento, el crujido de la espalda al caer en el suelo. Recordaba haber inclinado la cabeza y visto el virote clavado en el pecho. No recordaba mucho más, excepto que, por la mañana, despertó rodeada de los restos horripilantes de los chicos que solían robar los pasteles que su madre dejaba en la ventana. Ahora eran cazadores, sus ballestas estaban cerca.

Tenía la boca pegajosa con su sangre.

Entonces gritó. Eso fue todo.


Es el único momento en el que será más alta que él, transformada cuando él aún no lo está. Ahora es ella la que ruge. Los demás forman un círculo alrededor; algunos se agitan de emoción, otros solo anhelan el sabor de la sangre. Armas, zarpas y pies golpetean el suelo: bum, bum, bum.

Camina a su alrededor, pero él no se mueve.

―Quieres cazar ―dice.

Y es verdad. Le resulta vertiginoso estar entre sus congéneres. Estos lobos la conocen aunque ella no sepa quiénes son; entienden la lucha por existir en un mundo como este. Un mundo que quiere verlos muertos. ¿Acaso no es correcto vivir a pesar de eso? ¿Acaso no es correcto recuperar sus vidas por la fuerza si es necesario?

No, no lo es. Por muy tentador que parezca, no lo es.

Tiene que detenerlo. Si acaba con él ahora, la lucha por el control de la cacería tal vez demore el curso de los acontecimientos lo suficiente para conseguir ayuda.

Una garra desciende sobre él.

Pero antes de alcanzarlo, Roca reacciona y se interpone de un salto. Arlinn se detiene en el último instante y el corazón se le hunde en el estómago.

Solo tarda un momento en comprender lo que ocurre. Le basta con fijarse en el rostro amistoso de Roca, que refleja a la vez esperanza y hambre.

Flecha se une a él, igual que Dienterrojo. Solo Paciencia se mantiene en el bando de Arlinn, pero incluso ella la mira con expectación.

Quieren cazar.

―Tu manada lo entiende ―dice Tovolar con una sonrisa burlona.

Uno a uno, los lobos que los rodean se transforman. ¿Cuántos hay, ya convertidos? ¿Cuántos están sentados sobre las patas traseras, aguardando que vierta sangre?

Paciencia solía esperarla todos los días. Ahora es Arlinn la que se demora.

Ilustración de Sam Rowan

En el interior de la iglesia había símbolos por todas partes. Por la mañana, cuando la luz del alba empezaba a atravesar las vidrieras, las únicas sombras del lugar tenían siluetas sagradas. Arlinn apreciaba el amanecer por encima de todo. Cada alborada era una nueva victoria contra la bestia que llevaba dentro. Cada despertar con las manos limpias era una promesa para su yo futuro. La bestia había desaparecido.

Los oficios empezaban en cuanto el sol coronaba las colinas de Kessig. Al principio se había negado a celebrarlas ella misma, pero acudía a diario con un anhelo febril de seguridad, como si la simple imagen del ángel iluminado pudiese aportarle la salvación.

Tal vez fuera posible.

O quizá se tratase de la influencia de la gente.

Las mismas personas en cada oficio, reunidas en torno a los textos sagrados. Barnaby siempre se burlaba de ella por ser la primera en llegar a la catedral, aunque él siempre era el segundo. Luego estaba Luciana, con quien se sentía lo bastante segura de sí misma como para pasar noches haciendo pasteles; su amiga juraba tener recetas mejores, pero debería saber que no conviene apostar contra la hija de una pastelera. Y también estaba el padre Zakarias, que siempre le preguntaba amablemente si quería confesar algo más y la reconfortaba mientras ella le mentía a la cara.

Seguridad y simpatía. Buena gente. La luz matutina prometía todo aquello y más, y le bastó con eso durante años. Con el tiempo, dejó de preocuparse por lo que la había conducido allí.

Hasta que él apareció un día en el oficio matinal.

No dijo nada. No le hizo falta. Fue suficiente con dejarse ver. Su ferocidad despertó la de ella: las marcas en la armadura prestada, las manchas herrumbrosas en contraste con el blanco y el amarillo oscuro, los olores a fuego, sangre y pino... Lo único que hizo fue sentarse a su lado. No dijo ni una palabra.

Pero ella, con un miedo sordo y pesado, sabía lo que iba a suceder.

Después, él se marchó. Sus nuevos amigos le preguntaron qué le ocurría y les dijo que prefería no hablar de ello, que quería irse. Necesitaba estar sola un tiempo, no le pasaría nada.

Arlinn se encerró en su habitación aquella noche. Cerró las cortinas, se ajustó bien las vestiduras y colocó símbolos sagrados en todos los rincones.

Pero resultaba difícil verlos en las tinieblas.

Tal vez ocurrió por esa razón.

Tal vez no bastó por esa razón.

Pero ahora nunca sabrá realmente por qué sucedió como sucedió o qué incomprensible acto de generosidad hizo que Luciana fuese a ver si se encontraba bien.

Recordaba la sangre. Recordaba la caza. Recordaba la sensación de querer estar en cualquier sitio menos allí.

Y entonces, de pronto, eso mismo ocurrió.


Revivir el pasado significa abrir una herida y esperar que sane de forma distinta.

Él quiere cazar. Los lobos de ella quieren cazar. La manada quiere cazar.

Ella, no. Y debe mantener a salvo a los suyos lo mejor que pueda.

Arlinn se agacha para acariciarle la cabeza a Paciencia. Le rasca en ese sitio entre las orejas y le da un último abrazo.

―Cuida de todos ―le dice. Las fauces le resultan extrañas en esta forma y las palabras no tienen sentido, pero espera que Paciencia entienda lo que le quiere decir. Una palmada en las patas traseras sirve de permiso final. Arlinn se levanta y Paciencia camina hacia él.

Los lobos reunidos vociferan y aúllan. Cada sonido es una daga en el corazón de Arlinn. Tovolar asiente:

―Cuando estés lista para el nuevo mundo, ven a buscarnos.

Empieza a transformarse, pero ella no se queda a verlo.


Poco después, encuentra el camino para regresar junto a la bruja. No le resulta difícil ahora que conoce su olor, aunque le lleva un tiempo, ya que se detiene cada vez que oye a uno de sus lobos entre la jauría aullante.

No se anda con gentilezas. No tiene ni tiempo ni fuerzas para hacerlo.

―Te conseguiré la llave ―le dice.

Si Katilda se da cuenta de que los lobos no la acompañan, no lo menciona. En vez de ello, invita a Arlinn a acercarse al calor del fuego.

Aquí no hay lobos.

Sin embargo, hay gente y algo parecido a la luz sagrada. Por esa noche, tendrá que bastar.

Dawnhart Wardens
Protectoras de Ciervas del Alba | Ilustración de Joshua Raphael

La luz de la mañana trae consigo nuevas amistades.

Para ser una bruja antigua, Katilda goza de popularidad. En cuanto amanece, sus brujas y ella se reúnen en el centro del campamento. La magia surge de ellas formando corrientes que se esparcen por el aire. Katilda le dice que es una llamada, una convocatoria para avisar a los campeones del aquelarre de que es la hora de reunirse.

Arlinn piensa hacer algo parecido, pero el aquelarre no debería verlo. Mientras las brujas realizan su llamada, ella se escabulle a Rávnica. Las cosas nunca son sencillas en ese lugar. Solo para entrar en la casa de Jace, la obligan a rellenar tres formularios y realizar dos juramentos. Y todo para que él ni siquiera esté allí. Aun así, con entrar le basta, porque hay otros amigos que conocer, incluyendo a una leyenda viva.

Arlinn ha oído hablar de Teferi, principalmente por un plan que está trazando con los demás, pero no se esperaba que fuese tan...amigable e incluso encantador. Él es el primero en saludarla al entrar por la puerta. Su sonrisa tranquila también la agrada mucho, al igual que hablar con alguien que aparenta una edad similar.

Lo cual no significa que la tenga. Teferi es mucho mayor, de una edad casi inconcebible. Mientras el mago le sirve una taza de té, Arlinn procura no quedarse pensando en todo lo que eso implica.

―Entiendo que no estás aquí para hacerme compañía ―dice él―. La falta de sueño se te nota en la cara.

―¿Tanto salta a la vista? ―comenta ella. El té está bueno: es suave y con cuerpo, lo que la sorprende con el poco tiempo que estuvo en infusión. De todas formas, el de su madre es mejor. La echa de menos.

―Si vas a preguntarme si puedo prolongar la noche para que descanses, la respuesta es que no ―dice él con dulzura, aunque Arlinn no consigue contener una mueca. Teferi se inclina hacia delante―. Lo siento, veo que el comentario no ha sido muy acertado.

Arlinn no se va por las ramas:

―Las noches en Innistrad se están volviendo más largas, pero eso significa que nadie puede descansar. Por eso estoy aquí. Va a ocurrir algo, los lobos están...

No consigue terminar la frase. Ni siquiera sabe por dónde empezar, pero tampoco tiene que hacerlo, al menos durante unos minutos. Otra persona aparece estirándose como una gata por las escaleras y brinca de alegría al ver que hay una visita. Chandra salta por encima del pasamanos (y de los escalones) para llegar más rápido hasta ella.

―¡Arlinn! ―la saluda dejándose caer sobre una mesa cercana―. ¡Oye, ¿te acordaste de traerme la receta de...?!

Chandra no termina la pregunta. Puede que Arlinn sí parezca tan malhumorada como se siente.

―En otra ocasión será, me temo ―dice con un suspiro―. Iba a decirle a Teferi que...

Pero la puerta se abre de nuevo y otra cara desconocida levanta la vista hacia ella, además de una ceja.

―¿Eres tú quien ha escrito a lápiz en los formularios que deben ir a pluma?

La situación es cada vez más ridícula, pero en el sentido que le hacía falta.

Le recuerda un poco a las mañanas con Barnaby y Luciana.

Solo por esta vez, Arlinn se permite soltar una carcajada para recordar por qué está luchando.

Los humanos también viven en manadas.


La escuchan y ella lo agradece. La desconocida se llama Kaya, y la idea de que el día y la noche se estén desequilibrando la inquieta aunque no lo diga, pero está claro que provoca un cambio decidido en ella. La acompañarán y la ayudarán, pero antes quieren conocer al grupo de Katilda.

Cuando vuelven a aparecer juntos en el bosque, Arlinn encuentra el camino de inmediato. Sin lugar a duda, prefiere los inmensos robles de Kessig a los edificios angostos de Rávnica, donde se siente como si le faltara el aire.

Bajo la arboleda y los arcos del Celestus, emprenden la marcha para reunirse con el aquelarre. Chandra camina levantando la vista hacia el viejo artefacto con puro asombro y curiosidad en los ojos. Arlinn la envidia un poco, pero, la verdad sea dicha, todavía siente algo de esa fascinación.

Para cuando llegan, ya hay bastantes caras nuevas en el lugar. Cuánta gente en un solo día; va a ser difícil acordarse de todo el mundo, pero lo hará. Además, quiere hacerlo, porque sus tres acompañantes saben qué es ella y nadie la mira con miedo.

Tal vez suceda igual con los cátaros y los magos que hay ahora en el aquelarre. Nadie conoce a Arlinn en persona, pero ella entiende en cierto modo a todos los cátaros y sacerdotes. Cuando vistes las ropas de un colectivo el tiempo suficiente, te haces una idea sobre su carácter general. La congregación se reúne alrededor de la bruja: hay unos seis cátaros y un par de sacerdotes, el resto son gentes robustas de Kessig sin una índole en particular. Entre el grupo destaca una orgullosa mujer de piel oscura que lleva una armadura blanca, con las hombreras cubiertas por una fina capa de nieve. Si le pidieses a un niño que describa al cátaro más valiente que conoce, te hablaría de alguien como ella, con la armadura lustrada, los rasgos nobles, las espaldas anchas y los ojos amables. La mujer está escuchando las explicaciones de Katilda, hasta que ambas se giran hacia los recién llegados.

Adeline, Resplendent Cathar
Adeline, cátara fulgurante | Ilustración de Bryan Sola

―Eres Arlinn Kord, ¿verdad? ―pregunta la cátara. Su voz es sonora y vibrante; está claro que sabe cómo proyectarla.

―La misma ―le confirma―. Estos son mis amigos: Kaya, Teferi y...

―Chandra Nalaar ―termina la piromante―. Chandra, me llamo Chandra. ¿Y tú eres...?

―Con Adeline está bien ―dice soltando una risita―. Es un placer, Arlinn, Kaya, Teferi y Chandra Nalaar. Katilda dice que todos vamos a ayudar con la Cosechalia.

Arlinn tiene la sensación de que Chandra ayudaría con cualquier cosa que Adeline le pidiese, pero no deberían apartar la vista de su objetivo:

―Nosotros vamos a ayudar a conseguir la llave ―explica―. Me temo que los festivales no son lo mío.

Detrás de Arlinn, Kaya se aclara la garganta:

―No nos dijiste nada de ese festival.

―Katilda cree que es necesario ―responde Arlinn.

―Y lo es ―interviene la bruja. De algún modo, su voz llega hasta el grupo aunque se encuentre un poco lejos. Mientras los héroes se unen a la multitud, la mirada de Katilda se mantiene fija en Arlinn―. El ritual es una ceremonia precisa y con escaso margen de error. Cuando lidias con magia antigua, no has de saltarte ningún paso.

―Es una cuestión de temperamento ―añade Teferi―. Cuanto más antigua es la magia, más inflexible se muestra en sus métodos.

―Él sí que lo entiende ―comenta Katilda.

Arlinn no tiene fuerzas para discutir, pero Teferi ya toma la palabra:

―Entonces, ¿qué quieres que hagamos? Arlinn nos ha hablado del ritual. ―Alza su bastón y señala los arcos del Celestus en las alturas―. Cuando tengamos la llave de platalunar, ¿qué habrá que hacer con ella?

―Debemos llevarla al centro del Celestus. Arlinn conoce el camino ―responde la bruja―. Yo aguardaré allí con el aquelarre. Una vez que la tengamos, la uniremos con la cerradura de orosolar y completaremos el ritual.

―¿Y sabes dónde encontrar la llave? ―pregunta Kaya―. ¿Tienes alguna pista o conoces su paradero?

―No... ―dice Katilda con un suspiro―. Hace siglos que se la arrebataron a las Ciervas del Alba.

―Claro... ―dice Kaya―. Entonces, más vale que empecemos a buscarla. Arlinn, ¿se te ocurre algo?

Nunca había oído hablar de esa llave hasta la noche anterior y lo único que conoce acerca del Celestus son leyendas antiguas, pero hay una cosa de la que está segura:

―Tiene que haber alguna pista en Thraben. Tal vez fue la iglesia la que se llevó la llave.

―Si es así, seguro que está a buen recaudo ―añade Adeline antes de asentirle a Arlinn―. Rumbo a Thraben, pues.

―Eh...¿Seguro que es buena idea ir a Thraben? ―interviene Chandra―. ¿De verdad tenemos que volver allí? Porque la última vez no nos fue muy bien y tampoco parecía un lugar muy seguro. ―Adeline la mira de soslayo y Chandra enseguida añade―: No lo digo porque tenga miedo.

Arlinn suspira.

―Te entiendo, pero las cámaras del tesoro aún deberían ser seguras.

Hace bastante tiempo desde la última vez que Arlinn visitó la catedral.

Espera que todo salga mejor que entonces.