Historia anterior: Resistencia

Los Guardianes, encolerizados por la creciente destrucción de Amonkhet, se enfrentan a Nicol Bolas para castigarlo por todas sus atrocidades a lo largo del Multiverso. Sin embargo, el dragón tiene sus propios planes.


Damnation
Condenación | Ilustración de Zack Stella

Nicol Bolas descendió planeando hacia los héroes, deseoso de matar a alguien aquel día.

Se deleitaría con muertes, gritos y sangre, o quizá con algo mejor.

No esperaba conseguir ambas cosas. Uno no puede tenerlo todo, ni siquiera Nicol Bolas. No era avaricioso. La avaricia implica querer algo que no mereces.

Todo lo que él deseaba era completamente merecido.

Varias décadas atrás había visitado el plano de Amonkhet, un mundo atrasado, supersticioso y maldito que no interesaba a nadie importante, a nadie que prestara atención. Había hecho sus preparativos, capas y capas de ellos. Un puñado de vidas miserables, que no habrían tardado mucho en terminar de todos modos, simplemente habían tocado a su fin un poco antes y con una pizca más de violencia.

En circunstancias normales, el esfuerzo casi no habría merecido la pena. Sin embargo... Varias décadas no eran más que un pestañeo cuando aún gozaba de su pleno poder, cuando podía hacer uso de la divinidad que le correspondía. Pero tal como era ahora, apenas la sombra de la sombra de un dios, aquellas décadas habían parecido una eternidad.

Rumiar acerca de todo lo que había perdido avivó la ascua de odio que ardía en su pecho. Sentir la llama creciente le pareció bueno. El odio le pareció correcto. "Hoy dará comienzo", pensó Nicol Bolas.

Descendió al centro de una plaza en ruinas. Los escombros y cuerpos rotos aderezaban las estatuas derruidas y los obeliscos resquebrajados. En los bordes de la plaza, cinco Planeswalkers se habían desplegado contra él; sus rostros diminutos revelaban una determinación seria. Conocía muy bien a todos. Los había vigilado, estudiado, analizado y clasificado. Chandra Nalaar, piromante. Liliana Vess, nigromante. Jace Beleren, telépata e ilusionista. Nissa Revane, elementalista. Gideon Jura, soldado invulnerable.

Se hacían llamar "los Guardianes". Como si creyeran conocer la manera de vigilar el Multiverso, por alguna extravagante razón. O como si pudieran hacerlo.

"Los héroes", pensó Nicol Bolas. "Benditos sean todos y cada uno de ellos".

El batir de sus inmensas alas levantó nubes de polvo amarillento. Percibió cómo se abrían los ojos de Chandra al darse cuenta, aparentemente por primera vez, de lo enorme que era Nicol Bolas. La ingenuidad de aquella muchacha le pareció divertida. Una vez más, se preguntó si aquellos héroes serían adecuados para lo que él requería.

No importaba. Había otros, si fuera necesario.

Unas minúsculas perturbaciones le hicieron cosquillas en la mente: el tanteo cauto pero insistente de Jace. "Eso, mi querido niño, busca un punto de apoyo", imploró Nicol Bolas en silencio. Aterrizó con un suave ruido sordo y batió las alas lentamente una última vez. Hacía muchísimo tiempo que no las necesitaba para volar, pero disfrutaba con la sensación de emplearlas y desplegar toda su majestuosidad.

Levantó la cabeza hacia el cielo y soltó un rugido gutural que estremeció los edificios y encogió los corazones. Su bramido emuló a incontables depredadores a lo largo de las eras, depredadores que ya no necesitaban ser silenciosos. Nicol Bolas sabía que no le favorecía comportarse en exceso como un dragón, pero no sería divertido dejar de lado aquella faceta.

Los cinco Planeswalkers permanecieron en sus puestos, vacilantes. Extendió su mente y percibió las ondas de la comunicación telepática del grupo, orquestada por Jace. Podría interceptarla si quisiera, pero le pareció que sería más interesante aguardar y ver qué clase de estrategia se les había ocurrido. En vista de su indecisión y su demora, sospechaba que se llevaría una decepción.

Oh, probablemente tuviesen un plan, un plan tan complejo como "matar al dragón", siendo generoso. O quizá "tú lo quemas, tú mandas a tus zombies, tú usas los elementos, tú lanzas ilusiones y tú lo bloqueas". Con una buena dosis de indulgencia, aquellas ocurrencias se podrían considerar planes. Y los planes de competencia similar les habían bastado en sus correrías recientes. Nicol Bolas sabía apreciar la eficiencia. ¿Por qué molestarse en ser inteligentes cuando el Multiverso parecía conspirar para mantener viva su estupidez?

Chandra y Nissa empezaron a flanquearlo por ambos lados. "Claro, tácticas, faltaría más". Se preguntó cuánto aplastaría la moral de los cinco si aplaudiera. Metafóricamente, por supuesto: sus garras no se prestaban para dar aplausos.

No por primera vez, dudó cómo era posible que aquellos Planeswalkers hubieran sobrevivido tanto tiempo. Aquellos niños, aquellos Guardianes, eran hijos de una edad civilizada y castrada. No tenían ni la más remota idea de los peligros que aguardaban al acecho, dispuestos a matarlos... o algo peor. De algún modo, su falta de auténtico poder los había protegido de todas las muertes que habrían podido sufrir. Más bien, su falta de conocimiento sobre lo que debería ser el auténtico poder. Excepto Liliana, ninguno de ellos lo había paladeado.

Nicol Bolas se pasó una lengua serpenteante por los labios. Lo hizo puramente para impresionar, pero eso no lo volvía menos necesario.

Las de aquellos Planeswalkers habían sido unas vidas afortunadas. No obstante, el problema de las vidas afortunadas era que la suerte se tornaba en contra de uno tarde o temprano, como Nicol Bolas tenía razones de sobra para creer. El destino se oscurece. La fortuna te abandona. En esos momentos de infortunio e injusticia, resulta provechoso contar con un plan minucioso y muy bien trazado. Con muchos de ellos, en realidad. Con más que muchos, idealmente, aunque podría bastar con muchos si no eras un brillante Planeswalker archimago y dragón anciano.

O con uno solo. Un único plan. Incluso un fragmento de ingenio táctico o estratégico habría servido para que Nicol Bolas augurase esperanza para el futuro de los cinco. Sin embargo, su plan estaba escrito en los rostros de todos, en los ojos entrecerrados, los músculos tensos y las ondas crecientes de su cháchara telepática.

Habían optado por "matar al dragón". Nicol Bolas comprendió su perspectiva hasta cierto punto. A menudo, los planes sencillos eran fáciles de subestimar, sobre todo a ojos de los genios. Demasiado a menudo, sus adversarios más inteligentes habían perdido batallas por un exceso de complejidad en sus maquinaciones, mientras que los planes sencillos podían resultar devastadores en manos de un maestro.

Pero ¿qué ocurría con los planes sencillos cuando eran el último recurso de mentes simples y desesperadas? Las consecuencias de eso estaban a punto de quedar patentes. Nicol Bolas se deleitaría con sangre o con algo mejor. En cualquier caso, estaba deseoso de comenzar.


Jace

El dragón aterrizó suavemente en la plaza y Jace sintió miedo.

El día no había transcurrido en absoluto como habían planeado. Demasiado horror, demasiada muerte y demasiadas vidas que no habían podido salvar. Habían intentado ayudar en la medida de lo posible, pero semejaban mosquitos luchando contra una tempestad. Jace nunca había presenciado tanta muerte.

Se sentía vacío por dentro, con la mente embotada por el dolor y la tristeza que la habían martilleado. Por un momento, las escenas regresaron a su cabeza: niños gritando, gente huyendo en vano y masacrada por sus perseguidores, el zumbido incesante de las... Se contuvo. Bloqueó las imágenes una vez más. Tenía una misión que cumplir.

Sin embargo, ahora se había vuelto más que una misión. Jace había insistido a Gideon en que necesitaban un plan. Le había advertido de que no podían enfrentarse a Nicol Bolas sin estar preparados, pero Gideon había estallado y su dolor había impregnado sus palabras cuando exigió plantar cara al dragón de inmediato.

―Pagará por todo lo que ha hecho. Tiene que pagar. ―La última afirmación era la que tanto había preocupado a Jace. Pero no había discutido con Gideon. Ninguno lo había hecho, ni siquiera Liliana. Todos se sentían vacíos y buscaban un significado en medio de la matanza, de los llantos de los niños. Exigían justicia.

La justicia tenía que existir en alguna parte, pues aquel día aún no la habían encontrado en Amonkhet.

¿Estás seguro? ―preguntó Jace a Gideon una última vez, con la esperanza de seguir un plan mejor.

Atacaremos con todo lo que tenemos. El dragón caerá ―respondió Gideon mentalmente. Jace nunca había sentido tanta ira en él, pero ahora notaba la cólera que envolvía su determinación habitual. Se dejó arrastrar por la corriente y se obligó a creer que podían salir victoriosos.

Comenzaron. Gideon cargó contra Nicol Bolas envolviéndose en su escudo de fuerza dorada mientras Chandra escupía ráfagas de fuego. Del suelo brotaron vástagos, cortesía de Nissa, que se convirtieron en raíces y enredaderas que atraparon las patas del dragón. Liliana empezó a reanimar a los muertos; no había escasez de ellos tras la masacre de la ciudad.

Jace intentó asaltar la mente de Nicol Bolas.

La muralla que protegía los pensamientos del dragón era lisa, uniforme y oscura como la obsidiana. Parecía no tener acceso alguno, ni siquiera un punto al que aferrarse. Jace nunca se había topado con una mente tan inexpugnable, excepto... Vislumbró un ínfimo fragmento de un recuerdo, el de una mente impenetrable y cegadora como una muralla de cristal. Sin embargo, en cuanto el pensamiento acudió a su cabeza, este se borró a sí mismo y Jace no pudo recordar dónde había presenciado tal cosa... ni de qué podía tratarse.

"¿Pero qué...?". Jace se sobrepuso a la fuga repentina que había experimentado. No parecía haber provenido de Nicol Bolas, sino del interior de sí mismo. "¿En qué acabo de pensar?", se preguntó, pero no pudo recordarlo. La mente del dragón seguía elevándose ante él, cerrada y protegida de sus intentos inútiles por encontrar un punto de apoyo.

A sus amigos no les iba mejor.

Nicol Bolas asestó a Gideon un coletazo rápido como un relámpago y lo golpeó con la fuerza de un báloth a la carga. Gideon se estrelló contra una gruesa pared en el borde de la plaza. Su escudo lo mantuvo ileso, pero no pudo hacer nada más que estamparse contra la roca una y otra vez. La cola del dragón parecía un palo golpeando una pelota y los escombros de la pared volaban y se partían con cada impacto.

La pared se vendría abajo antes que Gideon, pero ninguno de los dos podría hacer otra cosa por el momento.

Nicol Bolas ignoraba el fuego de Chandra, aplastaba a los muertos de Liliana y partía las enredaderas de Nissa. No se movía para atacar, tan solo seguía estrellando a Gideon contra la pared. Entonces lanzó una mirada a Jace, consciente de lo que el telépata intentaba hacer sin éxito. Su voz retumbó en la mente de Jace con la sutileza de una avalancha y quebró sin esfuerzo gran parte de sus defensas.

No has vivido más que un pestañeo, pero ¿crees que podrás tocar mi mente solo porque posees un ápice de talento natural? Y pensar que algunos me llamaban arrogante a mí... ―El dragón soltó una risa ácida que marcó la mente de Jace.

Se esforzó en levantar unos escudos psíquicos más robustos, perplejo por la facilidad con la que Nicol Bolas había atravesado sus defensas exteriores. Sin embargo, movido por la arrogancia, el dragón tal vez hubiera cometido un error: había dejado un rastro, un hilo metafísico que unía su mente a la de Jace. Quizá pudiera ser el asidero que necesitaba.

Siguió el rastro, desesperado por abrirse camino y salvar a sus amigos.

¡Lo consiguió! Encontró una minúscula grieta en los impenetrables escudos de obsidiana. Se concentró para ensancharla. Solo necesitaba...

Si quieres entrar, niño, solo tienes que pedirlo. ―Las palabras de Nicol Bolas eran como peñascos derrumbándose montaña abajo.

El escudo de obsidiana desapareció y Jace se precipitó inesperadamente hacia la mente de Nicol Bolas, donde este aguardaba con una sonrisa malévola.

El dragón aferró la mente de Jace, quien trató de repelerlo. Se encogió de dolor, furioso consigo mismo por lo fácilmente que había mordido el anzuelo. "Tengo que hacerlo mejor". Aún podía huir de la trampa, solo necesitaba un poco de tiempo. Segundos, solo necesitaba unos segundos y...

Unos segundos de los que no dispones ―susurró Nicol Bolas en su mente―. El Multiverso solo perdona a los necios por poco tiempo. Una lección útil, en caso de que sobrevivas. ―El dragón envolvió la mente de Jace bruscamente y la estrujó.

Las sinapsis se quebraron. El dolor floreció. La demencia amenazó. Una inmensa ola de oscuridad se elevó a lo lejos. Jace supo que ser barrido por ella significaba la disolución. La muerte mental. Sin pensar conscientemente, se dispuso a huir viajando a ciegas entre los planos, sin conocer su destino ni darle importancia. Tenía que evitar aquella oscuridad.

Sintió el tirón de la Eternidad Invisible justo en el momento en que la ola de oscuridad rompió sobre él, y entonces no supo absolutamente nada.

Jace's Defeat
Derrota de Jace | Ilustración de Kieran Yanner

Liliana

Liliana miró con perplejidad el espacio vacío que Jace había ocupado apenas un momento antes. El combate contra Nicol Bolas estaba abocado al desastre, como temía que sucedería. Había albergado la esperanza de que a Jace se le ocurriese algún plan, hasta que oyó su grito de agonía. Era un grito que conocía bien: el de los moribundos, el grito primitivo de la vida que no quería extinguirse.

Sintió un escalofrío. "No puede haber muerto. Ha viajado entre los planos antes del fin. Lo he visto. Está vivo".

―Ese era vuestro especialista en magia mental, ¿correcto? ¿Tenéis alguno de refuerzo? No me importa esperar, aunque siempre podéis coordinaros a gritos; prometo ignoraros. ―Nicol Bolas arrastró las palabras y su voz retumbó en toda la plaza, solo interrumpida por las constantes colisiones de Gideon contra la pared.

Liliana estaba furiosa por dentro. Sabía que enfrentarse al dragón era una idea nefasta. Todas las infructuosas intervenciones y distracciones para intentar ayudar a los habitantes condenados del plano solo habían acentuado lo evidente. El grupo estaba agotado, desalentado y mal preparado para luchar contra un Planeswalker tan poderoso como Nicol Bolas. Liliana ya se habría marchado si no hubiera llevado al límite las tensiones con los demás debido a sus maquinaciones para acabar con Razaketh. Había sopesado muchas veces si le convenía permanecer con ellos o abandonarlos, pero creía que su inversión en el grupo justificaba quedarse.

Tal vez hubiera tomado la decisión equivocada.

Sin embargo, esa no era la única razón para sentirse furiosa. Tiempo atrás, en Innistrad, había comparado sus sentimientos por Jace con los que sentiría por un perro, por una mascota. El comentario había herido al muchacho, como ella pretendía.

Pero a Liliana le importaban sus mascotas. Normalmente, hacer daño a quienes le pertenecían era un error fatal. Ardía en deseos de demostrar al dragón las consecuencias de su afrenta.

Sí, utilízanos. Libera todo tu poder ―susurró el Velo de Cadenas, que colgaba en su cadera.

Nunca has sido tan necia como para creer que puedes ganar esta batalla, Liliana ―dijo por otro lado el Hombre Cuervo.

Y esa tal vez fuera la mayor razón de su furia. Quería que su mente volviera a pertenecerle solo a ella.

Si pretendía enfrentarse a Nicol Bolas, sabía que estaría obligada a recurrir al Velo de Cadenas y a los espíritus de los muertos onakke. El artefacto le otorgaba un gran poder, pero siempre a cambio de un precio. Cada vez que lo utilizaba, se arriesgaba a morir o a dejarse subyugar por los espíritus que moraban en él. No toleraría ninguno de aquellos destinos.

Hubo una interrupción en el combate cuando Chandra y Nissa lidiaron con su propio asombro por haber perdido a Jace. Ninguna de las tres había conseguido afectar al dragón por el momento. Nicol Bolas se volvió hacia Liliana y sonrió mostrando los dientes y una arrogancia que la nigromante encontró repulsiva, en parte porque sabía que ella también era dada a sonreír así a los enemigos derrotados.

―Liliana Vess, me complace encontrarnos de nuevo. Tienes un aspecto asombrosamente... sano. ―El dragón ni siquiera intentó disimular su desdén.

―Voy a matarte, Bolas ―le espetó ella bajando los dedos hacia el Velo―. Veré cómo te retuerces y reanimaré tu cadáv...

―Oh, por favor... ―la interrumpió él―. Estos niños perdieron la batalla incluso antes de nacer, y lo sabes. Eres la única de ellos que entiende lo que era el auténtico poder. Solo tú conoces lo que puede ser de nuevo.

El dragón no mentía, pero Liliana pensó de nuevo en el grito final de Jace, en el muchacho que había escapado a ciegas entre los planos. Las runas grabadas en el cuerpo y el rostro de Liliana emitieron un brillo púrpura oscuro y los susurros del Velo insistieron.

No puede oponerse a tu poder. ¡Utilízanos!

El dragón inclinó la cabeza y se acercó a Liliana para hablarle en un tono suave.

―Te comprendo. Te uniste a ellos confiando en tus dotes de manipulación, pero el problema de rodearse de ineptos es... precisamente esto ―dijo él girando la cabeza hacia el resto de la escena mientras Chandra y Nissa se situaban codo con codo para discutir un nuevo plan.

Todas y cada una de las palabras del dragón eran ciertas y la verdad le resultó insoportable. Tocó el Velo de Cadenas y comenzó a extraer el poder que necesitaría.

¡Sí, sí! ―exclamaron las voces en el interior de los eslabones dorados―. ¡Lo destruiremos!

―Dime ―continuó Nicol Bolas con calma―, ¿sabes cómo emplear el Velo de Cadenas de modo que no te agriete la piel ni drene tu vida? ¿Sabes obligar a los onakke a servirte como maestra e impedir que intenten destruir tu alma y tu cuerpo? Yo sí, Liliana. Yo sí.

¡Miente! ―bramaron los onakke en su cabeza―. ¡Es un embustero! ¡Lo aplastaremos!

Sabes que dice la verdad. Puede ayudarte ―replicó el Hombre Cuervo.

¡Callaos! ―rugió Liliana a las voces en su cabeza, que por suerte guardaron silencio. Estaba confusa, exhausta. ¿De verdad sabía Nicol Bolas cómo dominar el Velo de Cadenas? El artefacto la mataría algún día. Cada vez que lo usaba, este demostraba que no era su dueña resistiéndose a su voluntad y causando estragos en su cuerpo.

―Un arma peligrosa en manos inexpertas, a decir verdad ―prosiguió el dragón―. El hecho de que sigas viva es testimonio de tu poder y tu competencia. Pero yo puedo ayudarte a desatar su poder, Liliana. Su auténtico poder.

Liliana dejó que el Velo colgara de nuevo en su cadera. El gesto llamó la atención de Gideon. Permanecía estoico durante su calvario como juguete de Nicol Bolas, aunque este continuaba estampándolo sin descanso contra la pared a medio derruir. "Necesito algo más de ti que un silencio estoico, Gideon", pensó ella. Odiaba no saber qué camino tomar.

El dragón la observó con los ojos negros como pozos de malicia.

―Te garantizo lo siguiente: tanto si utilizas el Velo como si no, morirás hoy si te opones a mí. Soy mejor telépata que vuestro mago mental, más destructivo que vuestra piromante, más poderoso que vuestra elementalista y mejor estratega que vuestro supuesto experto en táctica. Vuestras vidas dependen simplemente de lo útiles que podáis resultarme.

Nissa y Chandra avanzaron juntas un paso. Los ojos de la elfa desprendieron un fulgor verde y la tierra se estremeció a sus pies, alzándola varias pulgadas.

―Mientes, dragón ―rugió con el rostro descompuesto en una insólita demostración de ira.

Nicol Bolas se giró hacia ella, molesto.

―¿Mentir? ¿Yo? Mira a tu alrededor y contempla mi obra, elfa. ¿Qué necesidad tengo de disimular lo obvio? ―El temblor bajo los pies de Nissa creció en intensidad.

El dragón se irguió y su silueta gigantesca volvió a cernerse sobre todos.

―Liliana, márchate. Vete si quieres vivir. El lugar más seguro del Multiverso es aquel donde tengas utilidad para mí.

Ese día no saldrían victoriosos. Nicol Bolas lo había dejado claro. Como él mismo había dicho, aquellos niños habían perdido la batalla incluso antes de nacer. Y era verdad. ¿Para qué iban a seguir luchando? ¿Para morir? Era ridículo incluso para ellos. Liliana volvió a mirar el espacio que había ocupado Jace y los gritos agónicos del muchacho se repitieron en su mente. Sintió una ligera humedad en los ojos, pero la contuvo. Se negaba a mostrar debilidad ante nadie.

No comprendió la razón que la llevó a dirigirse a los demás, pero lo hizo de todos modos y las palabras surgieron antes de que pudiera detenerlas.

―Venid conmigo. Hemos perdido. Lo entendéis, ¿verdad? Hoy no vamos a ganar. Podemos reagruparnos, encontrar a Jace y buscar alternativas. ―No le importó que el dragón la escuchase. Él sabía que no tenían ninguna posibilidad de hacerle frente ahora mismo y seguramente creyese que no la tendrían en el futuro.

Está en lo cierto ―susurró el Hombre Cuervo. El Velo de Cadenas guardó silencio.

Chandra no quiso mirarla a los ojos. Nissa negó con la cabeza. La rabia en la expresión de Gideon era evidente, pero no discutió con ella ni le rogó que cambiase de parecer. Liliana no estaba acostumbrada al remolino de emociones que sentía en ese momento. Habría sido mejor marcharse sin más, sin preocuparse por el destino del resto.

―Por favor... Si os quedáis, moriréis. No tiene sentido. ―Odiaba el tono suplicante de su voz, pero no se retractó.

Los demás no respondieron. Finalmente, Liliana levantó la cabeza en dirección al dragón.

―¿Adónde...? ¿Adónde quieres que vaya? ―Tragó saliva con esfuerzo. Aquellas palabras resultaron tan difíciles de articular como las anteriores.

―¡No! ―gritó Chandra―. ¡Ni hablar! ¡Confiábamos en ti! ¡Confié en ti! ¡No! ―La cabeza y las manos de la piromante volvieron a estallar en llamas. "Sabías quién soy, niña. Lo sabías". Pero aquellas palabras no pudo articularlas.

―Lejos ―respondió Nicol Bolas―. Da igual adónde. Te encontraré y entonces hablaremos. Hay muchos asuntos útiles que tratar. Y ahora, vete, Liliana Vess.

Sus decisiones siempre la conducían a lo mismo: otra traición, otra decepción, otra trampa. En eso consistía la comodidad que ofrecían los muertos. No podían sentirse traicionados. No podían llevarse decepciones. No podían mirarla con dolor e ira en los ojos.

Bajó la vista hacia Chandra y se preguntó si tendría que acabar con ella para sobrevivir. El aire que rodeaba a la piromante se estaba volviendo abrasador. "No quiero matarte, Chandra".

En ese caso, márchate ―susurró el Hombre Cuervo.

Fue una de las pocas veces en las que dio la razón a aquella maldita voz. Se rodeó de una nube brillante de energía oscura y se desvaneció en el vacío. Finalmente, sus lágrimas tuvieron libertad para derramarse en el espacio vacuo entre los mundos.


Chandra

Quería que terminase aquel día tan espantoso y horrendo. Nada había salido como estaba previsto.

El plan de Gideon le había parecido brillante, sin los detalles inútiles que siempre terminaban cambiando de todos modos. Era un plan sencillo y breve que se centraba en los puntos fuertes de todos. Perfecto.

Incluso si resultaba no serlo, le daba vía libre para quemar cosas. Necesitaba quemar algo para afrontar todo el horror y el derramamiento de sangre que había visto aquel día. No podía quemar el dolor. No podía quemar el terror. No podía quemar el sufrimiento.

En vez de eso, había decidido quemar a Nicol Bolas.

Sin embargo, tampoco podía hacer eso. Sí, entendía que era un dragón, pero creía tener bastantes posibilidades de causarle daño. Al fin y al cabo, no estaba hecho de fuego. Tenía que esforzarse más.

Nicol Bolas los miró desde arriba y sonrió.

―Y ahora quedáis tres. He preferido no comentarlo delante de vuestra querida nigromante, pero, entre nosotros, también poseo ciertos conocimientos de nigromancia. ¿Tenéis alguna vacante en los Guardianes? ¿Hay algún proceso de solicitud?

―¡Cierra el pico! ―gritó Chandra. Odiaba a la gente que hablaba y hablaba solo para demostrar lo ingeniosa que era. También odiaba a las nigromantes traidoras que fingían ser tus amigas. Y, sobre todo, odiaba perder; lo detestaba.

Su fuego se tornó de un blanco cegador, ríos centelleantes de llamas que azotaron al dragón. Los ojos de Nicol Bolas se entrecerraron y se vio obligado a retroceder por primera vez, lo que permitió a Gideon caer al suelo mientras el dragón se defendía.

"¡Le he hecho daño! ¡Lo he conseguido!". Fue la primera satisfacción que sintió en todo el día.

―¡Gideon, Nissa, podemos vencer! ―Gideon ya se había levantado y regresaba junto a ella. Nissa estaba inusualmente callada. Chandra no sabía qué tramaba la elfa, pero confiaba en que se le ocurriese alguna idea.

―Ya basta, niña ingenua. ―El dragón se elevó en el aire, fuera del alcance de sus llamaradas más intensas, pero eso no le impidió seguir arrojándolas. Se sentía bien al esforzarse.

»Chandra Nalaar, tenías muchas características útiles. Eres poderosa, emocionalmente inestable, fácil de manipular y predeciblemente impredecible. En verdad me parecías prometedora. ―La voz de Nicol Bolas retumbaba en el aire. "No soy fácil de manipular", pensó ella encolerizándose cada vez más. Sus llamas iluminaron el cielo nocturno.

»Pero ¿fuego? ¿Contra un dragón? Un dragón. Tengo determinados estándares. ―Nicol Bolas se elevó todavía más y extendió las alas.

Cuando terminó su ascenso, descendió en picado hacia Chandra aplastando las alas contra su inmenso cuerpo. "Vamos, ven aquí", pensó ella. Aquello era lo que esperaba, la oportunidad de librarse de sus restricciones y quemarlo todo. El fuego surgió de ella, libre y sin reservas.

Si iba a morir de ese modo, se llevaría por delante a aquel malnacido.

La tierra se elevó por todas partes.

Una gran aguja de roca, tierra y raíces emergió del suelo con intención de empalar al dragón. Este viró en el último momento, pero nuevas agujas brotaron como lanzas dispuestas a matar. También consiguió evitarlas, aunque a costa de interrumpir el picado para volar en círculos.

―¡Sí! ¡Vamos, Nissa! ―Lanzó una mirada al otro extremo de la plaza en ruinas y vio a su amiga completamente envuelta en un aura verde mientras blandía la tierra contra el dragón. Sabía que Nissa tendría una idea grandiosa. Chandra estaba ahora defendida, situada entre muchas columnas de roca gruesa y preparada para abrir fuego a discreción―. Podemos conseg...

Con un potente coletazo, el dragón partió las columnas rocosas como si fueran de cristal. El golpe de Nicol Bolas provocó una avalancha de rocas y tierra que volaron en dirección a Chandra. Instintivamente, desató una explosión de fuego para repeler el alud, pero parte de este cayó sobre ella y la estrelló contra la roca a sus espaldas.

El dolor recorría su cuerpo. Tenía varias costillas rotas. Aturdida, luchó para mantenerse en pie y vio a Nicol Bolas serpenteando entre las agujas quebradas. Su agilidad era pasmosa para alguien tan enorme. El dragón se abalanzó sobre ella y la atrapó en una de sus grandes garras.

Chandra intentó convocar más fuego, pero el dolor era insoportable. Nicol Bolas la estrujó entre sus dedos y el crujido de otra costilla la hizo gritar de agonía.

―Presta atención, Chandra ―dijo él con una sonrisa siniestra―. Te demostraré lo que puede hacer un dragón.

Un inmenso elemental de tierra emergió detrás de Nicol Bolas y descargó un puñetazo contra la mandíbula del dragón. Bolas gruñó y se giró para enfrentarse al elemental, dejando caer a Chandra en el suelo.

"Agh, demasiado dolor...". Necesitó hacer un esfuerzo para levantarse. Tenía que ayudar a Nissa. La cabeza le daba vueltas y tropezó una vez más. El suelo temblaba mientras el dragón se enfrentaba al elemental. Detrás de ellos, Chandra vio surgir otros titanes de tierra dispuestos a unirse a la batalla.

Chandra sonrió a pesar del dolor. Tal vez pudieran conseguirlo de verd...

―De acuerdo. He sido modesto en demasía. No soy solamente un dragón. ―Nicol Bolas pronunció una única palabra que abandonó los oídos de Chandra en cuanto la oyó. Unos zarcillos negros surgieron del suelo y se enroscaron alrededor del torso y la garganta de Nissa, estrangulándola mientras se revolvía con violencia.

"No, no, no, tengo que...". Chandra dio un paso hacia ella y aulló de dolor. Apenas podía moverse.

Nissa vio en qué estado se encontraba y le gritó.

―¡Vete! ¡Escapa! ―Los zarcillos atacaban sin cesar y, aunque Nissa consiguió partir algunos con su magia, otros surgieron para reemplazarlos.

"No...". Chandra tosió y vio sangre en el suelo, motas rojas que rociaron los escombros quebrados. Intentó erguirse y resistir el impulso de vomitar. "¿Dónde está Gideon?". Miró alrededor en busca de él y comprendió que iba a desmayarse en cuestión de segundos.

―¡Huye! ―insistió Nissa―. ¡No te preocupes por mí! ¡Te va a matar! ¡Márchate!

Chandra no veía a Gideon. Tampoco podía salvar a Nissa. No tenía manera de vencer al dragón. Ni siquiera conseguiría mantenerse consciente.

"Si me quedo, moriré". No quería morir. Huyó entre los planos envuelta en una llamarada. El único rastro de su presencia era la sangre que manchaba los escombros, hasta que esta también se evaporó bajo el calor abrasador.


Nissa

Nissa sintió alivio cuando Chandra abandonó el mundo. Le resultaría imposible salvar a Gideon y a sí misma si tenía que proteger a la malherida Chandra al mismo tiempo. Incluso ahora, no estaba segura de si podría salvar a Gideon y a sí misma.

La batalla no marchaba bien. Nissa apenas era capaz de resistir el hechizo de Nicol Bolas y sus elementales se habían quedado inmóviles, pues no podía dirigirlos mientras luchaba por sobrevivir.

Al principio de la contienda, cuando resultó obvio que cualquier invocación superficial no surtiría efecto contra el dragón, había tratado de establecer una comunión más profunda con la tierra. Había sido como sumergirse en un fango espeso. De algún modo, la presencia del dragón había intensificado la oposición de la tierra al tacto de Nissa.

Sin embargo, al final lo había conseguido y se había hecho con el control suficiente para mover la tierra a voluntad, hasta que Nicol Bolas frustró sus esfuerzos con una sola palabra. Nissa había llegado a creer que su destino sería diferente en aquel mundo. Había pensado que su paso por el templo de Kefnet ofrecería posibilidades hasta entonces inimaginables... Pero no. Kefnet y el resto de los dioses yacían en las calles y sus hilos habían sido cortados sin llegar a explorar las posibilidades.

En cuanto a la batalla, aquella confrontación con el mal que encarnaba Nicol Bolas... Los Guardianes habían resultado expuestos.

Nissa nunca había cuestionado el propósito de los Guardianes. Siempre se habían enfrentado a necesidades inmediatas, injusticias que enmendar, maldad que derrotar. Y lo habían conseguido. Lo habían hecho bien. Hasta entonces. Hasta que un dragón de inmenso poder e intelecto les había demostrado las consecuencias de actuar sin preparación ni el poder suficiente.

Tal vez hubiera un camino mejor.

Meditó sobre aquellas cosas mientras luchaba por recuperar el control de la tierra. Si quería tener alguna posibilidad de presentar batalla, sería mediante la tierra.

Los pensamientos de Nicol Bolas, fétidos y empalagosos, penetraron en su cerebro.

Esta tierra no es tuya, elfa. Me pertenece, y tú no tienes permiso para tocarla. ―Una tenebrosa energía necrótica recorrió las líneas místicas mientras intentaba controlarlas. La corrupción la invadió, marchitando carne y tejidos. Nissa gritó de dolor.

Entonces comprendió la verdad: nunca había tenido ninguna posibilidad. La tierra se había entregado a Nicol Bolas mucho tiempo atrás, lo había aceptado como maestro. Tenía que escapar, huir, pero los zarcillos de corrupción la retenían.

El dragón se acercó lentamente, mostrando una amplia sonrisa.

―Me he hartado de fingir. Considérate afortunada por ser testigo del origen del comienzo, Nissa Revane. Es un privilegio que pocos mortales pueden atribuirse.

Algo se estrelló contra el costado del dragón con fuerza y a baja altura, haciéndole perder el equilibrio. Era Gideon, pero Nissa no tuvo tiempo de pensar cómo ayudarle, puesto que los zarcillos asfixiantes acababan de dejarla sin aire. Aprovechó la intervención de Gideon para huir de aquel mundo, de aquella cáscara muerta.


Gideon

La ira lo consumía. En toda su vida, Gideon solo se había sentido así de impotente en una ocasión. Había decidido que jamás volvería a ver morir a sus amigos, como cuando Erebos había aniquilado a quienes más le importaban. Sin embargo, aquella contienda había sido una pesadilla desde el principio, ya que el dragón le había mantenido fuera del combate. Gideon solo había podido observar con impotencia mientras Nicol Bolas despachaba a Jace y luego persuadía a Liliana para abandonarlos sin luchar.

Había visto a Chandra y a Nissa escapar de una muerte casi certera y sentido alivio al saber que habían huido. No podía imaginar lo que significaría enfrentarse de nuevo a la pérdida de sus amigos, sobre todo siendo consciente de que él habría tenido la culpa.

Trepó por las patas del dragón, buscando desesperadamente una oportunidad de clavarle el sural en el cuello. Nicol Bolas lo atrapó en una de sus enormes garras y lo estampó contra el suelo para apresarlo. La invulnerabilidad de Gideon había servido de muy poco contra un oponente del tamaño, la fuerza y la masa de un dragón. Se resistió y se revolvió bajo la garra de Bolas, pero no pudo liberarse.

―No vencerás. Conseguiremos derrotarte. ―Escupió aquellas palabras desafiantes, pero sonaron vacías incluso para él. Tenía que seguir luchando.

―¿No venceré? ¿Que no venceré? ―La carcajada de Nicol Bolas hizo temblar la plaza entera―. Gideon Jura, eres pésimo analizando la realidad. Me he enfrentado a miles de generales, miles de tácticos, estrategas y maestros del combate. Puede que seas el peor de todos. Permíteme ayudarte. Ignorar la realidad evidente es un error fatal en nuestra línea de trabajo. Por supuesto, comprendo la importancia de las... aspiraciones, pero saber evaluar con exactitud los hechos que tienes ante ti es una habilidad imprescindible en este oficio.

Gideon era consciente de que el dragón pretendía avivar su ira y hacerle perder la calma, pero ya había logrado ese objetivo. Hacía un buen rato que había dejado de pensar de forma lógica. "Y por eso he perdido".

―Te has aliado con un ilusionista, pero quien realmente se hace ilusiones eres tú. Te consideras invulnerable, ¿verdad? Es un simple truco de conjurador, Gideon. Te demostraré lo vulnerable que eres.

Una de las garras de Nicol Bolas comenzó a brillar e hizo presión contra el escudo invulnerable de Gideon. La garra empujó y empujó hasta que el escudo se deshizo como mantequilla derretida. La aguda punta de la garra perforó sin distinción el escudo, la armadura y la carne. La conmoción y el dolor se reflejaron en el rostro de Gideon, pero no gritó.

―Puedo matarte en cuanto se me antoje, pero intuyo que no te importaría morir, por la forma en que juegas tan descuidadamente con tu vida. Y con las vidas de los demás. ―Gideon se retorció y sacudió la cabeza adelante y atrás, desesperado por huir.

»Hoy será mucho mejor dejarte vivir. Hacerte ver lo lastimoso e inútil que eres. Mejor aún, te demostraré lo poco que me importa. Te ofrezco la posibilidad de elegir: quédate y muere o márchate y vive. Ambas opciones me satisfarán. ―La sonrisa del dragón se abrió como una herida fresca.

Gideon se sorprendió al entender que una parte de él ansiaba quedarse. Quería dejar de sentir la culpa de haber perdido a Drasus, Olexo y el resto de sus Milicianos. A toda la gente que había visto morir en Zendikar. No quería cargar con más muertes en sus manos. Solo tenía que... rendirse.

Un torrente de imágenes angustiosas pasaron por su mente. Drasus mirándolo fijamente y escupiendo una palabra: "¡Cobarde!". Erebos cerniéndose sobre él mientras en su cabeza reverberaba la risa del dios de los muertos: "¡Adelante, cobarde! ¡Ven a mí!". Chandra gritándole a la cara: "¡Traidor!".

Podía quedarse y morir... o marcharse y vivir. Y aprender, y luchar. Nicol Bolas pensaba que su decisión no importaría. Al final, la indiferencia del dragón fue el factor decisivo. Le demostraría que se equivocaba.

Gideon arrojó su cuerpo a través de la Eternidad Invisible. El agujero que Nicol Bolas le había dejado en el hombro solo era la más visible de sus heridas.


El silencio reinaba en la plaza, apenas iluminada por los fuegos aún encendidos tras el arrebato de Chandra. Algunos minutos más tarde de lo deseado, Tezzeret apareció viajando entre los planos.

―Te has retrasado ―lo amonestó Nicol Bolas―. ¿Acaso tenías dudas?

El mago del metal le había servido el tiempo suficiente como para saber cuál era la respuesta adecuada.

―No, amo, en absoluto. Tan solo... me he retrasado. Los habéis derrotado tan pronto como preveíais. ―Su esbirro echó un vistazo alrededor en busca de varios cadáveres que no encontró―. Puedo averiguar adónde han...

―No, no importa. Esto ha sido mejor que la sangre.

Tezzeret lo miró sin comprender, pero sabía que no obtendría más explicaciones.

―Amo, debería poneros al corriente sobre...

―Más tarde. Márchate y dile a Ral Zarek que venga a verme. Está progresando demasiado despacio. ―Tezzeret odiaba que lo utilizaran como recadero y eso era parte del motivo por el que Nicol Bolas disfrutaba tanto haciéndolo. Un Tezzeret desequilibrado era un Tezzeret eficiente. Cada vez que se sentía satisfecho, no tardaba en volverse inútil―. Vete. De inmediato.

Tezzeret inclinó la cabeza y desapareció. En la calma de la noche, la primera noche de verdad que Amonkhet había visto en años, el dragón pasó revista a los cadáveres, la destrucción y el silencio. Había forjado bien su creación sesenta años atrás. Había obrado bien aquel día. El puente entre planos se hallaba en su poder. El ejército estaba preparado. Los Guardianes se habían dispersado por el Multiverso.

Rugió hacia el cielo nocturno, liberando una llamarada surgida de las profundidades de su pecho. Gran parte de los actos de Nicol Bolas eran una interpretación para un público, un factor crucial de sus tácticas en cualquier enfrentamiento. Sin embargo, aquel rugido estaba dedicado a sí mismo. No más sombras. No más acechar. No más ocultarse.

Nicol Bolas, dragón anciano, genio, archimago y Planeswalker, al fin daría sus primeros pasos visible y abiertamente.

"Que todos tiemblen ahora. Más adelante se inclinarán ante mí". Se elevó en el cielo nocturno para contemplar toda la devastación que había causado. Durante ese momento, se sintió satisfecho.


Archivo de relatos de La hora de la devastación
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