El Planeswalker vampiro Sorin Markov ha llegado a Tarkir en busca del dragón espíritu Ugin. Hace mucho tiempo, Sorin ayudó a Ugin y a otra Planeswalker, la litomante Nahiri, a sellar a los monstruosos eldrazi en Zendikar. Estas abominaciones escaparon de su cautiverio recientemente y Sorin cree que Ugin es uno de los pocos que puede detenerlas.

Sorin ha viajado a Tarkir, el mundo natal de Ugin, para buscar a su antiguo aliado. En otra línea temporal , Sorin descubrió que Ugin había fallecido tiempo atrás, por lo que su misión en Tarkir fracasó... pero él jamás conocerá esa versión de los acontecimientos. La historia de Tarkir ha cambiado. Ahora, el cometido de Sorin podría tener otro desenlace. El vampiro alberga esperanzas de hallar a Ugin, pero es consciente de que podría haber llegado demasiado tarde.


Tarkir.

Sorin se dobló de dolor bajo la mirada fulgurante del sol, como si alguien lo hubiese apuñalado. Una sombra compasiva cobijó al vampiro cuando un dragón de cuatro alas sobrevoló la árida estepa, su silueta definida por la luz dorada del sol. Pero entonces, el dragón se alejó y el calor del erial volvió a sofocar a Sorin, que se cubrió la cabeza con la capucha. Aquel mundo era muy distinto de su frío Innistrad, pero tenía un propósito que cumplir. Necesitaba encontrar a alguien... Alguien que probablemente había muerto.

Llanura | Ilustración de Sam Burley

Era la primera vez que visitaba Tarkir. Aunque conocía a Ugin desde hacía una eternidad, nunca había visto su mundo natal ni le había preguntado acerca de él. Su única referencia era un puñado de mensajes confusos, proporcionados por una oráculo. Con sus vientos abrasadores y sus bandadas de dragones salvajes cubriendo los cielos, aquel lugar era un misterio para el Planeswalker.

En las alturas, un grupo de dragones escupió una descarga de rayos y descendió en picado durante unos instantes, lo que dio a Sorin un presentimiento inquietante sobre su visita. Si Ugin estaba vivo, ya habría descubierto que los devoradores de mundos habían escapado. En ese caso, ¿por qué no se había puesto el dragón en contacto con él? ¿Por qué era él quien acudía en busca de Ugin? Esta vez, los eldrazi realmente se habían liberado de su prisión, y no había forma de saber qué consecuencias tendría el hambre de los titanes... pero Sorin era el único que trataba de hacer algo al respecto. Ugin llevaba siglos sin dar señales de vida. Puede que el vampiro hubiese realizado aquel viaje solo para encontrar una tumba, en lugar de un aliado.

Se giró hacia los distantes picos nevados que surcaban el horizonte septentrional. Uno en concreto destacaba entre todos, pues tenía la forma de una cabeza de dragón retorcida. Aquella estructura resultaba inconfundible: era idéntica a la visión que había conjurado la oráculo de Sorin. El Planeswalker emprendió la marcha mientras los dragones graznaban en los cielos.


La caminata hacia la roca en espiral llevó a Sorin hasta un entorno más frío. Después de algunos días, la tierra que pisaba dio paso al hielo y la nieve. Una antigua vereda lo condujo hacia las profundidades de las salvajes tierras montañosas. Allí, los dragones de las alturas no escupían relámpagos, sino llamaradas con tonos verdosos.

Bocahumareda salvaje | Ilustración de Slawomir Maniak

Las cumbres de granito, cubiertas de nieve y hielo, se elevaban muy por encima de Sorin mientras recorría los riscos y pasos. Perdió el contacto visual con la roca en espiral durante un día entero, y el vampiro ansió sentir una mínima certeza de que no estaba desperdiciando el tiempo. La confusa amalgama de imágenes de la oráculo oscura seguía grabada a fuego en su mente y narraba una especie de historia: una gran batalla de dragones, un desfiladero de hielo, la silueta de Ugin arremolinándose... Sin embargo, las imágenes eran confusas, difusas y caóticas. Necesitaba un guía.

Afortunadamente, el mundo le proporcionó una excelente selección de ellos.

―Alto ahí, engendro de Sílumgar ―dijo un robusto guerrero humano que montaba sobre una especie de bestia de guerra con largos colmillos.

Una partida de cazadores rodeó a Sorin, empuñando lanzas y garrotes de hueso afilados. Vestían pieles de animales de la tundra y llevaban cornamentas en la cabeza, similares a las de los grandes dragones escupefuego que sobrevolaban la región. Uno de los humanos preparó un hechizo; su mano brilló con fulgor, como una garra de fuego.

―Tu cabeza decorará una lanza a partir de hoy ―afirmó el líder.

Quiebrabestias de Atarka | Ilustración de Johannes Voss


Sorin y su guía hechizado emprendieron la marcha por los estrechos senderos y los gélidos riscos en relativo silencio. El siervo flotaba con dificultad, arrastrando los pies descalzos por la nieve y enganchándose ocasionalmente con las ramas y raíces que sobresalían del suelo. Sorin se había alimentado de la sangre del guía en varias ocasiones, pero esta vez, lo que pretendía extraerle era información.

―¿Desde hace cuánto tiempo conocéis el paradero del dragón espíritu? ―preguntó Sorin.

―Nuestro pueblo lo encontró hace más de mil años, poco antes de la Caída de los Kans.

―¿La Caída de los Kans? ―quiso saber―. ¿Fue un suceso histórico?

―Fue el momento en el que los dragones derrotaron a los kans, los líderes de los antiguos clanes de humanoides ―explicó el siervo―. Ahora, "kan" es una palabra maldita, un término muerto.

―De modo que servís a los dragones...

―Ahora solo os sirvo a vos, maestro, pero tenéis razón. Las estirpes de dragones gobiernan los cinco clanes; los humanos y otros seres inferiores son sus súbditos. ―El sendero los condujo a la cima de un risco. El esclavo la coronó flotando y empezó a descender hacia un valle en el que el hielo daba paso a zonas de tierra árida―. Antes existían otros clanes, liderados por humanos arrogantes. Tenían nombres distintos y los guerreros mataban incluso a los dragones de sus propias tierras. Eran traidores, traidores que se oponían al espíritu de los dragones. Se merecían lo que el destino les deparó.

―Siempre me resulta extraño que los mortales busquen su propia ruina.

―No tenían el espíritu salvaje de la gran Atarka. No sobrevivieron.

―¿Atarka es... vuestra líder dragón?

―La señora dragón de mi clan ―confirmó el siervo.

Atarka, señora dragón | Ilustración de Karl Kopinski

―Y ese espíritu salvaje de Atarka... ¿Crees que puede proceder de Ugin? ―preguntó Sorin.

―Ugin es el corazón del mundo, que mora en el Refugio. Él es el origen de las diversas virtudes de los dragones.

"De modo que podría estar vivo...", reflexionó el Planeswalker.

Un pensamiento acudió poco a poco a la mente de Sorin, cual araña furtiva trepando por un hilo. El vampiro frunció el ceño, desconcertado ante el nudo de complicaciones relacionadas con cierta kor zendikari: Nahiri, la tercera integrante de la alianza que habían formado hacía milenios. Si Sorin encontrase a Ugin con vida, la primera pregunta del dragón sería respecto a ella.


En lo más profundo del valle había una planicie de rocas antiguas y desmenuzadas, cubiertas de hielo y nieve. Sorin podía ver que habían sido deformadas y moldeadas por una inmensa efusión de energía. Divisó una espiral de piedra que parecía haber sido derretida y labrada para que siguiese unas líneas de fuerza, y luego congelada al instante. Las extrañas rocas rodeaban un profundo cañón de granito ennegrecido que mancillaba el centro de la planicie.

―Ahí yace el dragón espíritu ―afirmó el guía de Atarka, señalando el fondo del cañón.

Sorin lo observó.

Edros...

Crisol del dragón espíritu | Ilustración de Jung Park

En el fondo del desfiladero había decenas, o puede que cientos de edros de piedra amontonados. No flotaban libremente, sino que estaban unidos entre sí, formando un armazón protector.

Sorin se llevó una mano a la empuñadura de su espada. ¿Litomancia en Tarkir? ¿Acaso Nahiri había viajado hasta allí antes que él y había derrotado al dragón? Las visiones de la oráculo no le habían advertido de aquello.

―Este es el Refugio ―dijo el siervo―, el lugar donde descansa el dragón espíritu.

Incluso desde la cima del desfiladero, Sorin podía ver que la estructura de piedra era antigua. El hielo y otros restos se habían asentado en las grietas de las runas grabadas mediante magia, y los elementos habían desgastado y deteriorado la piedra. Aquella estructura llevaba allí mucho tiempo.

Sorin percibía la esencia vital del ser que reposaba en la crisálida de edros. Se preguntó si aún recordaría algo de la antigua magia de sangre que había utilizado en Zendikar.

―Necesito despertar al corazón de tu mundo ―dijo Sorin a su siervo―. ¿Cuánta sangre conservas?

―Me temo que mis venas están vacías, maestro, carentes de vida ―respondió el guía―. Ha sido... un viaje largo para mí. Pero todo lo que aún tengo es vuestro.

Sorin hizo un gesto para liberarlo. El cuerpo disecado, marchito y consumido de su siervo se desplomó sobre la nieve.

"Tendré que hacer esto con lo que tengo yo", pensó el vampiro. "Ha llegado el momento de que despiertes, dragón".

Sorin desenvainó la espada y señaló con ella hacia el lugar donde descansaba Ugin. Ordenó a la sangre de su cuerpo que fluyese por él, calentándolo y ayudándolo a concentrarse y a acumular maná. Pronunció sílabas antiguas, palabras perdidas en el tiempo que versaban sobre constricción y liberación. Su magia se extendió por la superficie y el interior de la crisálida, recorriendo sus recovecos, buscando los puntos clave de la atadura mística que mantenía unidos los edros. Sintiendo la presión de la sangre en las sienes, Sorin halló la piedra angular de la crisálida. En lo más profundo de la estructura de piedra había un diminuto fragmento roto de edro: una reminiscencia de la magia que el propio Ugin había utilizado en otro mundo. Aquel fragmento era el origen de la magia constrictora.

Sorin levantó la espada hacia el cielo y gritó una antigua palabra disipante. El fragmento de edro se redujo a polvo y la crisálida comenzó a resquebrajarse. Las superficies de piedra se desunieron y se deslizaron hacia el suelo, y la estructura se vino abajo.

Refugio del dragón espíritu | Ilustración de Raymond Swanland

Ugin surgió de la crisálida de edros como una exhalación, levantando el vuelo. Un vendaval sacudió hacia atrás los cabellos de Sorin, mientras Ugin ascendía batiendo sus inmensas alas. Poco después, solo se veía una mota brillante en el cielo que dejaba espirales de niebla reluciente a su paso, describiendo una trayectoria exultante. El aire restallaba a su alrededor. Sorin observó que las nubes parecían arremolinarse acordes con el vuelo de Ugin, como si el dragón se rigiese por las normas de la nubes... o viceversa.

El vampiro envainó la espada y vio que el dragón viraba de vuelta, hinchando las alas al girar. Parecía que Ugin por fin se había dado cuenta de que alguien lo había liberado y se fijó en Sorin, que seguía al borde del desfiladero.

Ugin regresó y se sostuvo en el aire, sobre las ruinas de la crisálida de edros. La voz del dragón retumbaba―. ¿Sorin?

―El mismo ―confirmó―. ¿Qué te sucedió? ¿Te encerraron?

El dragón levantó la cabeza y se quedó absorto, con la mirada perdida. Tras un momento de reflexión, Ugin expulsó una ráfaga de neblina por las fosas nasales y respondió―. Al contrario: creo que me salvaron.

Volvió a bajar la cabeza hacia Sorin. Su cuello tenía una forma extraña: estaba doblado, casi retorcido―. Dime... ¿Nicol Bolas sigue aquí?

Aquella pregunta sorprendió a Sorin. Las visiones de la oráculo hablaban de una batalla entre dragones; puede que Ugin se hubiese enfrentado al antiguo Planeswalker Nicol Bolas. De modo que no había sido Nahiri―. ¿Él te hizo esto?

Ugin, el dragón espíritu | Ilustración de Chris Rahn

―Así es. Me consideraba un rival en su pugna por el poder, y por eso me atacó. Manipuló a mis dragones en mi contra, pero alguien acudió en mi auxilio. ―El dragón examinó las ruinas de edros que yacían bajo él y volvió a inspeccionar el paisaje. Los dragones volaban en círculos en el cielo, escupiendo brillantes llamaradas―. Parece que he tardado en recuperarme. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido?

―Más de un milenio, por lo que me han dicho los lugareños. ―Sorin sintió un ligero placer al revelar la verdad al vetusto dragón―. Yo mismo casi me había olvidado de tu aspecto.

―Cuántas cosas han debido de cambiar... ―Ugin inspiró profundamente y luego espiró un vapor reluciente por encima de Sorin―. ¿Por qué razón has venido? ¿Qué te ha llevado a revivirme?

―Los eldrazi. No eres el único que ha despertado de su letargo en los edros.

―No pueden haberse... liberado. La prisión de edros se había construido para durar eternamente.

―Están libres ―insistió Sorin para incomodar a Ugin y hacer que otro cargase con la culpa―. Despertaron y tú no acudiste. Supongo que estabas aquí, en tu hogar, encerrado en tu crisálida.

―¿Cómo pudo ocurrir?

―Planeswalkers ―respondió Sorin mirando hacia el horizonte―, y una serie de errores inmaduros en el Ojo.

Sorin había viajado a Zendikar, donde conoció a la joven elfa Nissa, una Planeswalker nativa de aquel mundo. Ambos discutieron sobre si liberar o no a los eldrazi. Nissa escogió hacerlo, creyendo que eso salvaría su mundo... pero no fue así.

―¿Qué motivos podrían tener unos Planeswalkers para liberarlos? ―Ugin parecía estar preguntándoselo a sí mismo, más que a Sorin.

El vampiro fue testigo del momento en el que los eldrazi despertaron de su letargo y comenzaron a devastar Zendikar. Trató de intervenir, pero algo había deteriorado el Ojo de Ugin. No comprendía por qué se pudo haber debilitado la prisión de edros; lo único que sabía era que Ugin resultaría imprescindible para volver a detener a los eldrazi.

―Solo puedo decirte lo que sé.

―Aciagas noticias son estas... ―Ugin exhaló de nuevo, pero de forma distinta: un suspiro.

Sorin vio que el dragón bajaba la vista mientras ordenaba sus pensamientos. El vampiro percibió cómo se formaba la próxima pregunta, el siguiente paso lógico en la mente de Ugin. Sabía que aquella cuestión sería más hiriente. Sorin contó inconscientemente los segundos que pasaron.

―¿Dónde está la maga de edros? ―inquirió Ugin volviendo a mirar directamente a Sorin―. ¿Qué ha sido de Nahiri?

Nahiri, la litomante | Ilustración de Eric Deschamps

Hacía mucho que Sorin había dejado de experimentar la sensación de la vergüenza. A lo largo de los milenios, sus debilidades y neurosis humanas habían crecido, florecido y desaparecido; se había vuelto tan inmune a los remordimientos como a los achaques de la edad. Y aun así, por primera vez en incontables años, una sensación incómoda se apoderó de él. Era un sentimiento desagradable, la certeza de que él era el único responsable de que algo importante hubiese tenido un final nefasto. No era exactamente arrepentimiento, sino un leve eco disonante que ocupaba el vacío dejado por el arrepentimiento.

―No está... aquí ―respondió Sorin desviando la mirada hacia el cielo.

―Ya me he percatado ―aseveró Ugin―. Te he preguntado si conoces su paradero. ¿Sigue en Zendikar? Deberíamos reunirnos con ella en cuanto pueda volver a desplazarme.

―No creo que esté allí ―dijo Sorin cuidando sus palabras.

―Déjate de evasivas y enuncia los hechos. ―Los pliegues del cuello de Ugin se tornaron incandescentes por el enfado―. ¿Ha fallecido?

―No, está viva. ―Ugin no tenía por qué descubrir toda la verdad en aquel momento, juzgó el vampiro―. Creo intuir dónde podría estar.

―Entonces, llévala a Zendikar. Si los titanes siguen allí, la necesitaremos para que reconstruya la red de edros.

―¿Es imprescindible que venga?

―Por supuesto que lo es ―afirmó Ugin―. Posees un gran dominio de la magia de sangre, al igual que yo poseo vastos conocimientos sobre los moradores del vacío. No obstante, ninguno de nuestros esfuerzos será permanente sin la ayuda de la litomante. ―El dragón se inclinó y bajó la cabeza para mirar de cerca a Sorin, como un pájaro observaría a un gusano con sus grandes ojos―. Seré conciso: debemos ir los tres. Resuelve cualquier riña insignificante que hayas tenido con ella... o cualquier asunto que me estés ocultando. No quiero volver a verte hasta que Nahiri te acompañe.

Invocaciones de alma | Ilustración de Johann Bodin

Sorin giró la cabeza bruscamente y apretó los dientes. Sentía la necesidad imperiosa de destruir algo. Se cruzó de brazos y se aferró con fuerza un antebrazo y el costado, conteniendo su propio cuerpo. Asintió aparentando despreocupación.

―Nos reuniremos pronto en el Ojo ―afirmó Ugin, y luego asintió―. Gracias por haberme ayudado.

Sorin se pasó la lengua por los colmillos, bajó la cabeza y abrió un agujero con la mirada en el suelo nevado. Cuando empezó a abandonar Tarkir, levantó la vista hacia las siluetas del horizonte; no lo hizo para observar las bandadas de dragones, sino los cúmulos de nubes ondulantes. Vagaban por el cielo como las parsimoniosas islas flotantes del salvaje Zendikar. Las cosas eran mucho más sencillas cuando solo tenía que velar por su propio mundo.