Ilustración de Chase Stone

Por la noche, la prisión se sumió en la oscuridad. Las tinieblas cubrieron las paredes de piedra y calaron en los harapos de los prisioneros, como una mancha que no se disiparía bajo la pálida luz diurna que entraba por las estrechas ventanas. Cuando el viento cesó en el exterior, la quietud adquirió una tensión que quebró a muchos prisioneros.

Sin embargo, aquello no era lo que carcomía a Kytheon, un ladrón de trece años que estaba pasando su primera noche en aquella oscuridad. Él seguía pensando en un detalle específico que le había llamado la atención entre todo lo que le habían dicho sobre la rutina, las normas y el orden de las cosas en la cárcel. Era algo que había mencionado Drasus, un amigo suyo del barrio de los extranjeros que también estaba en prisión―: Hixus es el carcelero, pero Ristos es quien manda aquí.

Kytheon debía de haber puesto cara de osadía al oír aquel detalle―. Sé sensato ―le había advertido Drasus―. Ristos no es como los matones que los Milicianos expulsan del barrio. Se considera un rey. Es un monstruo. Por eso está aquí.

Nosotros también estamos aquí ―había argumentado Kytheon.

―Tú estás aquí porque eres un ladrón de pacotilla y te han pillado robando verdura podrida y un puñado de monedas. Yo estoy aquí por alborotador. No somos asesinos, así que hazme caso y ándate con ojo. ―Drasus había suspirado después de decir aquello, como si no pudiese hacerse nada al respecto.

Ilustración de Zack Stella

Drasus era tres años mayor que Kytheon y tenía mal temperamento. Llevaba más de una estación en la cárcel y Kytheon agradecía verle de nuevo, aunque no le había gustado lo que transmitía con aquel suspiro. Luego había intentado razonar de otra forma.

―Eres uno de mis Milicianos, Drasus. Ese tal Ristos es el que debería andarse con ojo delante de nosotros.

―Eso dices ahora, pero es más grande que los matones del barrio. Te digo que es el rey de este sitio. ―Después de afirmar aquello, Drasus se había marchado antes de que Kytheon pudiese replicar.

Siempre había habido gente tratando de establecerse por la fuerza en el barrio de los extranjeros para organizar sus redes de robo, contrabando e intimidación; brutos como Antedes del Hacha Sangrienta o chantajistas como Krevarios el Venenoso. Kytheon sabía reconocer a los matones, ya que había pasado gran parte de su vida plantándoles cara. Estaba ansioso por conocer a Ristos.

Cuando amaneció, ataron de pies y manos a los nuevos presos con unas cadenas relativamente largas y los hicieron recorrer laberínticos pasillos de piedra sin labrar. Kytheon contó a otros cinco reclusos y dos de ellos tenían aspecto de haber pasado antes por aquello. Un guarda abrió una gran puerta de madera y condujo a los cautivos a una estancia cavernosa donde decenas de hombres realizaban trabajos pesados.

El aire del lugar estaba viciado como en la celda de Kytheon, pero a diferencia de la celda, en aquel sitio también olía a moho. En el centro de la sala había una abertura redonda en el suelo, de unos seis metros de diámetro. El techo presentaba una idéntica y entre ellas había una docena de cables que transportaban enormes barriles en ambos sentidos.

―Bienvenidos a la catarata de Akros ―anunció un guarda encorvado―, donde el agua corre hacia arriba. ―Se rio de su propio chiste. Kytheon no lo comprendió, pero tenía la sensación de que no tardaría en hacerlo.

Los guardas llevaron a Kytheon y los nuevos prisioneros hasta una enorme manivela con seis radios que giraban alrededor de un gran eje de roble, cada uno empujado por seis reclusos.

―¡Primer grupo, descanso! ―gritó un guarda. Los presos de uno de los radios se separaron de él y empezaron a masajearse los músculos doloridos y a enjugarse el sudor que les producía escozor en los ojos.

Una mano empujó a Kytheon y el joven ocupó su posición en el radio, junto a los otros prisioneros recién capturados. El travesaño de madera era liso al tacto. Incontables manos lo habían empujado, haciendo fuerza contra la resistencia constante del sinfín de toneles que recogían agua del río del valle y la llevaban a la polis de Akros, en la cima del acantilado. Aquello significaba estar en prisión: cautiverio y trabajos forzados. Iba a vivir como una bestia de carga. "Se parece al entrenamiento de los hoplitas akronienses", pensó Kytheon, y sonrió para sí. Lo llamaban "convertir el cuerpo en mármol" y consistía en un régimen diario de correr y arrastrar objetos pesados. Sin embargo, aquello era lo que hacía cuando quería ser soldado. Cuando era un niño. Antes de que le expulsasen del ejército y de convertirse en un Miliciano, luego en un ladrón y, finalmente, en un preso.

Ilustración de Willian Murai

Los hombros y las pantorrillas le ardían de empujar la manivela. Intentó olvidarse del dolor centrándose en los barriles uno a uno, siguiendo su trayectoria desde que aparecían por el suelo hasta que desaparecían por el techo. No los contaba: solo los observaba y se obligaba a seguir uno más... y otro... y otro. Siempre había más.

En el lapso entre dos recipientes, Kytheon se fijó en un grupo de presos que reparaban toneles dañados. Tenían trabajo que hacer y no paraban de encajar aros de hierro golpeándolos con mazos de madera. Aquellos reclusos parecían más sanos y corpulentos: estaban mejor alimentados.

―¡Primer grupo, descanso y agua! ―anunciaron por fin.

Kytheon no se fijó en si habían relevado a los otros grupos, pero no iba a protestar. Las piernas le temblaban y ya no podía apoyarse en el travesaño. Llegó tambaleándose hasta un rincón donde había unos escombros que hacían las veces de asiento.

Unos presos ancianos y demacrados llenaron copas de arcilla con agua de un barril y se las ofrecieron a los seis miembros del primer grupo junto con una rebanada de pan duro. Kytheon ya estaba acostumbrado a comer así. El barrio de los extranjeros de Akros no era famoso por la opulencia ni la abundancia. Drasus, Olexo el Pequeño, Épikos, Zenon y él habían tenido que pasar muchos días alimentándose así.

Dio un mordisco al pan duro y la textura de las migas desmenuzadas le resultó familiar. Luego se dejó caer al suelo y apoyó la espalda en un bloque de piedra. La fría superficie le proporcionó alivio y decidió acompañarlo de un trago. Se llevó la vasija a los labios y vertió un poco de agua sin llegar a beberla, para refrescarse la boca.

―¡Tributo! ―clamó una voz ronca que interrumpió la tranquilidad de Kytheon. El que había hablado era un hombre robusto y apenas más alto que el joven; se acercó a los presos del primer grupo.

Sin protesta alguna, los demás presos partieron su pan en dos y depositaron una mitad en el saco que les tendía el otro hombre. Kytheon tragó el agua que aún tenía en la boca. "¿Este es Ristos?", pensó.

El matón se acercó a él. Estaba desnudo de cintura para arriba y tenía el torso cubierto de pelo, salvo alrededor de algunas feas cicatrices.

―¡Tributo! ―repitió plantándose ante Kytheon.

―Vale, gracias. ¿Qué me vas a dar?

―Un rodillazo en toda la cara como no obedezcas, listillo ―amenazó el otro con un gruñido―. El rey quiere su tributo.

―¿El rey? ¿Eres Ristos?

El bruto no respondió. Kytheon le ignoró y miró al grupo que reparaba los barriles. Un hombre corpulento cruzó la mirada con la del joven prisionero. Tenía el rostro rodeado de una melena gris oscura.

―Bah, tú no eres Ristos ―dijo Kytheon volviendo a fijarse en el hombre que tenía delante―. Me han dicho que a él le tendría miedo.

―Igual que me lo tendrás a mí... ―masculló el matón. Dejó caer a un lado el saco con pan, pero antes de que tocase el suelo, Kytheon se apoyó contra la piedra en la que descansaba y le propinó una patada en la espinilla.

El hombre gruñó de dolor y perdió el equilibrio. Kytheon se levantó de un salto y le lanzó varios puñetazos a la cara. Se mantuvo fuera del alcance del otro, obligándolo a perseguirle y haciendo que quedase expuesto a otra serie de golpes.

Kytheon sonrió. Se sintió repleto de energía y se olvidó del dolor de los músculos y de los rugidos del estómago. Estaba en su elemento: el combate.

Ilustración de Eric Deschamps

El esbirro de Ristos estaba acostumbrado a pelear; Kytheon se dio cuenta gracias a su experiencia entrenando con Drasus. Aquel hombre era duro y podía encajar los golpes, pero también era predecible y, como muchos matones de las calles de Akros, malgastaba el aliento.

―¡Voy a beber de tu cráneo! ―bramó.

Otro gancho amplio y fácil de ver venir, seguido de otra maniobra de Kytheon y una nueva sucesión de puñetazos al costado y la mandíbula.

"Tú sigue hablando", pensó Kytheon mientras giraba alrededor de su adversario. Para el joven, luchar era algo natural, intuitivo, instintivo. Ya de niño, había descubierto que aquella era la fuente de su magia.

Los demás prisioneros observaban la pelea, pero parecía que no iban a intervenir. Kytheon desvió su atención por un instante para buscar con la mirada a Ristos, que se había acercado y de momento se limitaba a mirar.

De pronto, Kytheon sintió un fogonazo en la sien.

Había subestimado la velocidad del matón. Estaba en el suelo y su contrincante se le echó encima, descargando una lluvia de puñetazos. Los primeros le alcanzaron y uno le golpeó en la nariz, acompañado de un crujido horrible y otro fogonazo en la vista.

Tenía que recuperarse. Tenía que centrarse.

El esbirro volvió a levantar el puño, pero antes de que descendiese, la piel de Kytheon se iluminó con numerosas ondas de luz que desprendían energía.

El puño cayó sobre él, pero cuando alcanzó al joven en la mejilla, no sintió dolor. Lo que notó fue un estallido de fuerza, que transformó en un puñetazo. Kytheon dio de pleno en la mandíbula del matón y esta se rompió con el impacto. La potencia del golpe quedó patente por los aullidos del matón, que cayó a un lado y se encogió de dolor.

El muchacho se puso en pie, todavía con las ondas de luz surcando su cuerpo.

El silencio se adueñó de la sala, excepto por los gemidos del hombre que estaba hecho un ovillo y con las manos en la mandíbula desencajada.

Kytheon sangraba por la nariz y el fluido rojo le corría por la barbilla y el cuello, hasta manchar su ropa de prisionero. Escupió una flema sanguinolenta al suelo, se agachó para recoger el saco con pan y extrajo una rebanada. Todo el mundo le observaba, pero Kytheon tenía la mirada clavada en Ristos; arrancó un bocado de pan con los dientes.

Ristos levantó una mano hacia él y media docena de presos se acercaron a Kytheon para rodearlo.

El joven frotó la sangre de la boca con el dorso de la mano y se embadurnó la mejilla. Miró a los ojos a los seis secuaces de Ristos, se giró hacia su jefe y mostró una sonrisa burlona.

Los guardas no tardaron en abrirse paso entre la multitud de prisioneros, pero Kytheon no necesitó tanto tiempo. Cuando llegaron al lugar del altercado, le encontraron con el rostro y los puños manchados de sangre, aporreando en la cara al último de los hombres de Ristos.

El muchacho de trece años vio a los guardas que se cernían sobre él y se dejó caer al suelo. Estaba dolorido, exhausto y totalmente satisfecho.


Kytheon se encontraba ante el carcelero; tenía las manos esposadas y sonreía con orgullo. Hixus hizo un gesto con la mano y los dos guardas que habían escoltado al joven prisionero se marcharon para dejarlos solos.

Ilustración de Chris Rallis

Hixus estaba cómodamente apoyado sobre una mesa sembrada de pilas de documentos. El carcelero era ancho de espaldas y vestía su coraza con la facilidad de un soldado veterano. Se quedó mirando a Kytheon, como si estuviese analizando su rostro. Unos segundos después, se acarició la poblada barba canosa y por fin habló―. Llevas aquí menos de dos días. ―Respiró hondo y espiró―. Dos días de una condena de diez años y ya has provocado una pelea en el pozo, has mandado a siete presos a la enfermería y has causado una revuelta.

Para Kytheon, aquello sonaba como una lista de méritos.

―Ah, cierto, y también me han dicho que ayer intentaste escapar mientras te traían aquí.

―Tenía que intentarlo.

―¿"Tenías" que intentarlo?

Kytheon no respondió.

―Por curiosidad ―continuó el carcelero―, si hubieses logrado huir, ¿no temías lo que podría pasar si volviesen a capturarte?

―Lo soportaría. Aparte, no sueles visitar el barrio de los extranjeros, ¿no? Si llegase allí, los Milicianos me protegerían y no volveríais a atraparme.

―Los Milicianos, claro. ―Esta vez fue el carcelero quien sonrió―. Los defensores del barrio. Los Milicianos de Kytheon.

Ilustración de Mark Winters

―Exacto.

―Un grupo muy leal, sí. Muchos acaban pasando una temporada aquí. Tu amigo Drasus es uno de los representantes actuales de los Milicianos en prisión, ¿cierto? Y ahora, tú también lo eres. Por si no lo sabías, aquí dentro hay unos cuantos reclusos a los que les gustaría intercambiar algunas palabras y otras cosas con tus Milicianos y contigo, pero parece que insistes en hacer nuevos enemigos.

―¿Ristos? ―Kytheon no pudo contener la risa―. Mi madre decía que la gente como él es débil porque depende de cómo la vean los demás. "La fuerza se demuestra con actos", me explicaba siempre. Ristos es débil, lo noté enseguida. Ahora lo saben todos.

―Ya veo. ―El carcelero se rio por lo bajo―. No te sorprenderá saber que él también está en la enfermería, junto con sus hombres.

―Yo ni le he tocado.

―Pero eres el causante. Su dominio se desvaneció en cuanto un crío venció a sus secuaces delante de los otros presos mientras él huía. Cuando te encerraron aislado anoche, se produjo una revuela; instigada por Drasus, por cierto. Los presos estaban hartos de Ristos y se lo dejaron bien claro. Se ve que él no tiene tu capacidad para resistir los golpes.

―Se lo merecía.

―Tal vez. No negaré que es una mala bestia. Aun así, hay personas que aportan más de lo que aparentan. Ristos, por muy ruin que fuese, ayudaba a mantener el orden. ―El carcelero levantó las manos fingiendo preocupación―. ¿Qué voy a hacer sin él?

―No puedo decirte cómo hacer tu trabajo, carcelero.

―No, claro que no, pero quizá puedas ayudarme. ¿Estarías dispuesto a ser mi nuevo Ristos?

―Soy mejor que Ristos.

―¿De verdad? Demuéstralo.

―¿Qué más necesitas? Él está en la enfermería y yo apenas tengo unos rasguños.

―¿Y qué vas a hacer? ¿Ocupar su puesto? Sustituirle no te convertiría en alguien mejor: te pondría a su altura.

―Tampoco sabremos qué pasará, porque no pienso quedarme.

Con un movimiento tan rápido que Kytheon se sobresaltó, Hixus cogió el pesado manojo de llaves que portaba en su cinturón y lo dejó caer sobre la mesa. El hierro repiqueteó contra la madera y, antes de que el sonido cesase, una daga apareció en la mano de Hixus. Kytheon retrocedió un paso, levantó las manos a la defensiva y unas ondas de luz recorrieron su cuerpo a toda prisa.

―No te alarmes ―dijo Hixus―. Por lo que tengo entendido, dañarte físicamente sería imposible. ―Volteó la daga con un movimiento ágil, la sostuvo por la hoja y se la tendió a Kytheon―. Ten.

Kytheon dudó solo un instante. Estiró los brazos y tomó el arma por la empuñadura.

―Te ofrezco la libertad ―dijo el carcelero―. Solo tienes que coger las llaves; si lo consigues, podrás irte.

―¿Dejarás que me marche?

―No. Tendrás que matarme para conseguirlas. Y si los rumores sobre tu habilidad son ciertos, me temo que estoy acabado.

Kytheon se hinchió de orgullo. Siempre le había gustado luchar. Era algo que se le daba bien.

Sostuvo la daga en dirección al carcelero durante un largo rato. Ninguno apartó la mirada del otro.

―No voy a matarte ―dijo Kytheon finalmente. Bajó los brazos y soltó la daga.

―Porque no eres un asesino. No eres un Ristos.

―Siento decepcionarte.

―Al contrario, me alegro de que sea así. Es lo que esperaba ver. Es la verdad que me transmitías. Eres un ladrón y te apresaron por hurto, pero lo que robaste fue comida, porque querías alimentar a tus amigos y sus familias. Hiciste lo que considerabas correcto.

Kytheon bajó la vista hacia la cadena que le apresaba los tobillos―. ¿Qué quieres de mí?

―De la mayoría de mis prisioneros, quiero serenidad y obediencia. De ti, lo que quiero es que aceptes mi propuesta. Me gustaría entrenarte, Kytheon.


Aunque el muchacho no había aceptado la oferta, Hixus ignoró sus protestas. Al día siguiente, le despertaron antes del amanecer y le arrastraron hasta el modesto gimnasio de la prisión. Era una zona circular de tierra compacta, rodeada de paredes elevadas. Hixus le esperaba en el centro de aquella especie de palestra. Tiró al suelo las llaves de la prisión.

―Aún me niego a matarte ―dijo Kytheon.

―Eso espero ―respondió el carcelero―. Tranquilo, solo tienes que acercarte a recogerlas. ―Entonces mostró una sonrisa de superioridad―. Si lo consigues, son tuyas.

Kytheon se abalanzó sobre las llaves.

Horas después, se dio cuenta de que no había avanzado ni un palmo, muy a su pesar. Cada vez que echaba a correr, unas cadenas de energía blanca surgían del suelo y sujetaban sus extremidades, o unos restallidos de magia luminiscente interrumpían su avance y lo derribaban. No había forma de progresar. Las llaves estaban totalmente fuera de su alcance y, con cada esfuerzo infructífero, parecían alejarse un poco más.

Ilustración de Chris Rallis

Sin decir nada, Hixus recogió las llaves y se marchó del gimnasio. Kytheon cayó de rodillas sobre la tierra, frustrado y lleno de furia.

Los siguientes días se desarrollaron prácticamente como el primero: Hixus soltaba las llaves, Kytheon trataba de arrebatárselas y fracasaba, el carcelero las recogía y el joven se enfurecía por culpa de aquel juego tan cruel.

Una mañana gris, tras una noche de tormenta, Kytheon tuvo que esforzarse para levantarse del lodazal en el que se había convertido el gimnasio. Al cabo de un rato, se sintió como si hubiese fracasado un centenar de veces. Cuando le flaquearon las piernas, volvió a caer de rodillas sobre el fango.

―¡No puedo hacerlo! ―le gritó al carcelero, con los ojos enrojecidos.

―¿Por qué motivo? ¿Acaso no eres lo bastante valiente?

Kytheon bajó la cabeza.

―¿No eres lo bastante fuerte? ―continuó Hixus―. ¿O lo bastante rápido?

El carcelero se acercó a Kytheon y lo observó desde arriba. El muchacho volvió a mirarle con los ojos llenos de lágrimas y rabia.

―¡No es culpa mía! ¡Es tuya! ¡No dejas que avance ni un paso! ―le espetó Kytheon.

―Por fin lo entiendes ―dijo Hixus arrodillándose en el barro junto al joven.

Era habitual referirse a la hieromancia como la "magia de la ley", pero Hixus le explicó que aquello era una perspectiva demasiado simple―. Las leyes las crea la gente y pueden cambiar, pero siempre se crean como reacción a comportamientos específicos. Cuando una persona roba a otra, se instauran nuevas leyes para prevenir futuros robos. Así nació la práctica de la hieromancia.

»Toda acción tiene una respuesta que puede anularla ―continuó Hixus―. Un maestro de la hieromancia puede adaptarse a cualquier situación y convertirla en una posición ventajosa. La victoria en cualquier contienda será para el que logre controlar la situación.

Media docena de intentos de huida después, Kytheon empezó a centrarse en su entrenamiento. La hieromancia complementaba su talento natural para leer a los demás en combate, interpretando sus movimientos y su lenguaje corporal para anticiparse a sus acciones. Aquella magia proporcionó a Kytheon una herramienta para entorpecer a sus oponentes y aprovechar su ventaja.

Todas las mañanas, Kytheon el discípulo despertaba antes del amanecer y entrenaba en el gimnasio con Hixus, y todas las tardes, volvían a apresarle las muñecas y Kytheon el prisionero se unía a los demás en la catarata de Akros. Sacó partido de ambas actividades. La hieromancia fortalecía su mente, mientras que empujar la gran manivela fortalecía su cuerpo.

Ilustración de Chris Rallis

Aquello se convirtió en su rutina y eso le ayudó a soportar el paso de los días durante cuatro años. Hasta la mañana en que la rutina se vio interrumpida.

Kytheon despertó de golpe al oír un chillido estridente. Se levantó en tensión y alerta. Era más tarde de lo habitual. "¿Dónde están los guardas?", se preguntó.

Oyó más chillidos, que fueron en aumento y formaron un coro estremecedor.

"Arpías". No estaba seguro de por qué lo sabía, pero así era. Aunque nunca había visto una, Kytheon había oído historias sobre ellas: eran unos horripilantes seres alados que se alimentaban de los muertos y raptaban niños.

Se puso en pie de un salto y se estiró para mirar por la ventana de la celda. Las arpías se acercaban desde el río. Sus chillidos incesantes obtuvieron como respuesta el grave repique de unas campanas, que convocaban a los soldados a sus puestos en las murallas del Kolofon, el gran bastión akroniense. La agitación en las murallas significaba que ningún estratiano ni jinete oromai sabía de antemano qué estaba ocurriendo.

Kytheon vio desde su diminuta ventana el descenso de la horda hacia la fortaleza, como si fuesen moscas abalanzándose sobre un cadáver fresco. Había un sinfín de arpías y no pudo apartar la vista de la oscura nube de plumas, garras y hambre.

En medio del estruendo, Kytheon oyó que estaban golpeando en su puerta. Se giró y vio el rostro de Hixus al otro lado de la ventanilla con barrotes.

―Están atacando la polis ―dijo el carcelero.

―Son arpías.

―Nunca nos habíamos enfrentado a tantas.

El cerrojo chasqueó y la puerta se abrió, revelando al carcelero. Llevaba puesta toda su armadura: la coraza de placas de bronce, las grebas y el yelmo metálico. Portaba su espada en una mano y con la otra sostenía un saco que cargaba a la espalda.

―¿Quieres ganarte la libertad? ―dijo Hixus lanzando el saco a los pies de Kytheon.

El joven frunció el ceño. Se arrodilló para meter una mano en el saco y, cuando la retiró, vio que había aferrado la empuñadura de una espada akroniense aún envainada. El resto del contenido era el equipo completo de un hoplita: la coraza, las grebas y el escudo redondo. Kytheon sonrió.

Poco después, ya armado y blindado, siguió a Hixus hasta el pozo de la prisión, donde se encontraba poco menos de la mitad de los prisioneros. El carcelero se encaramó a unas rocas y reclamó la atención de la multitud de criminales.

―Como sabéis, una horda de arpías está atacando la polis y no hemos tenido aviso previo de nuestros exploradores. No sabemos el motivo, pero no importa. Me han dado órdenes de abrir las celdas y ofrecer la libertad a todos aquellos que luchen por defender la polis. Los que estáis aquí os habéis presentado voluntarios. A pesar de vuestros antecedentes, Akros es vuestro hogar. Lo que hagáis hoy por él determinará su futuro y vuestro lugar en él. Si morís en combate, será como héroes. ¡Ganáoslo!


Kytheon y Hixus atravesaron corriendo el Arco de los Campeones y dirigieron la milicia de prisioneros a las arenas del coliseo. Cuando llegaron, las arpías echaron a volar y revelaron los cadáveres de los guardas akronienses que estaban devorando, para después virar en el aire y dirigirse contra lo que ellas percibían como carne fresca.

"Son muchas", pensó Kytheon.

Los seres alados sobrevolaron la polis como un remolino voraz... y luego se abalanzaron sobre los presos.

Las tropas se dispersaron y rechazaron a los monstruos que pudieron. Una de ellas cayó en picado sobre Kytheon, que levantó el escudo justo a tiempo para bloquearla. La arpía aferró el borde con sus garras, pero Kytheon tiró del escudo hacia abajo y logró aplastar a la bestia contra el suelo. Sus ojos oscuros la hacían parecer casi humana, hasta que abrió las fauces para intentar morderle con sus dientes afilados, capaces de desgarrar la carne. El monstruo chilló y se revolvió para tratar de liberarse, pero Kytheon lo silenció clavándole la espada en el cuello.

Otra arpía cayó sobre la espalda de Kytheon mientras extraía su espada y le clavó las garras en el brazo izquierdo. Kytheon apretó los dientes y rodó hacia la derecha para apartarse de la nueva atacante, trazando un arco con el escudo para golpear a la arpía en el torso y obligarla a apartarse.

Se preparó para contraatacar.

La bestia giró alrededor de Kytheon y se agachó, utilizando las extremidades superiores como apoyo. Kytheon también caminó en círculo. La arpía se enderezó, levantó las alas negras y chilló.

Kytheon cargó contra ella.

El monstruo levantó el vuelo para esquivar el ataque mientras otra arpía descendía sobre él. La bestia y el akroniense rodaron por la arena del coliseo.

Otras arpías cayeron sobre Kytheon como buitres dispuestos a dejar sus huesos limpios.

Unos afilados dientes le atravesaron un hombro.

Kytheon aulló de dolor, pero convirtió el grito en un rugido. Rodeó con los brazos a la arpía que estaba royéndole el hombro y la utilizó a modo de escudo contra las demás, para luego rodar y liberarse. Arrojó a un lado a la arpía y se puso de pie. Había ganado unos segundos.

Antes de que la bestia saliese volando, Kytheon convocó unas cadenas brillantes que emergieron del suelo y sujetaron al monstruo.

Ilustración de Igor Kieryluk

Llegaron más enemigos de todas direcciones. Los alrededores eran un remolino de plumas negras y los agudos chillidos de las arpías ahogaban cualquier otro sonido.

Una repentina explosión de energía blanca cubrió el cielo del coliseo y emitió oleadas de anillos concéntricos. La luz atravesó a la horda de arpías, que empezaron a volar a ciegas y a chocar unas con otras.

"Hixus". Kytheon vio a su mentor en los escalones del pilar de Iroas, en el centro del coliseo. Sus ojos emitían un intenso brillo blanco mientras canalizaba energía hacia el cielo.

Dondequiera que cayesen las arpías desorientadas, Kytheon convocó más cadenas blancas para sujetarlas.

―¡Eso no las retendrá! ―resonó la voz de Hixus, imbuida con magia para hacerse oír por encima de los chillidos de los monstruos―. ¡Todos al pilar, en círculo! ¡De espaldas a él, escudo con escudo!

Kytheon recogió su espada y corrió hacia Hixus. Los demás supervivientes ya estaban formando un anillo alrededor del pilar. Cerraron escudos y asomaron espadas y lanzas entre ellos. Se convirtieron en una misma entidad, en una falange en el Templo del triunfo que se alzaba ante una horda de enemigos.

Numerosas arpías cayeron y más aún huyeron.

Kytheon levantó la espada en señal de triunfo―. ¡Somos los Hoplitas de las Cadenas Rotas! ―declaró, y la respuesta fue un rugido colectivo.

―¡Un cíclope! ―se oyó gritar desde la muralla del Kolofon. El júbilo desapareció tan pronto como había llegado.

―¡Otro aquí! ―anunció una segunda voz.

―¡Y aquí!

―¡Hay que ir a las murallas! ―gritó Kytheon a Hixus.

Las arpías estaban reagrupándose por encima del coliseo. Había bandadas de ellas volando hacia las murallas en busca de presas más fáciles.

―No podremos defendernos si las arpías nos atacan allí ―dijo Hixus―. Y quizá sea inútil si hubiese demasiados cíclopes.

―Déjame ir en busca de los Milicianos. Si conseguís mantener a las arpías alejadas de nosotros, rechazaremos a los cíclopes de las murallas.

Kytheon notó la mirada penetrante de Hixus. Le miró a los ojos esperando una lección incluso en medio del caos, pero su mentor solo asintió.

Unos instantes después, Kytheon y Drasus echaron a correr por la muralla que rodeaba la polis. Las arpías les ignoraron y se dirigieron hacia el Templo del triunfo. Kytheon giró la cabeza para comprobar adónde iban y vio una brillante hélice blanca que ascendía hacia el cielo. Emitía pulsos luminosos paralelos a la propia hélice y Kytheon comprendió qué sucedía.

Las arpías se sentían atraídas por el origen de aquella hélice y por eso se dirigían al Templo del triunfo. No sabía por cuánto resistirían el carcelero y los demás, pero si no les conseguían el tiempo suficiente para encargarse de los cíclopes, la polis estaría perdida.

Corrieron a toda prisa y se encontraron con algunos grupos de soldados que trataban de ahuyentar a los cíclopes. Cada golpe contra las murallas reverberaba en toda la polis, haciendo temblar tanto el mármol como la piedra.

Finalmente, llegaron al barrio de los extranjeros, donde la antigua muralla se adentraba en la ciudad, señalando la vieja linde de la polis. La muralla se había expandido más tarde para abarcar el barrio de los extranjeros, pero allí no era tan alta ni gruesa. Desde donde estaban, Kytheon podía ver a tres cíclopes que caminaban pesadamente hacia la muralla. Si no se encargasen de ellos, no tardarían en derruirla.

Una vez en la antigua muralla, se descolgaron y bajaron a una pasarela que permitía moverse rápidamente por la zona. Mientras corrían, Kytheon notó los olores acres del barrio. Por debajo de ellos estaban las calles que tan bien conocía y tanto adorada, calles que no había pisado desde que los guardas akronienses lo habían capturado. Llevaba fuera cuatro años. No estaba allí cuando comenzó el ataque, pero al fin había vuelto. Estaba en su hogar.

Siguieron la pasarela hasta la entrada fortificada del barrio, el lugar de acceso a la polis. Cuando se acercaron, vieron a un hombre dando instrucciones a un grupo de gente que transportaba grandes trancas para reforzar la puerta. Kytheon rio al darse cuenta de quién era. Conocía a aquel hombre: era un Miliciano setessano llamado Zenon que siempre insistía en apostar por cualquier minucia. Tenía el pelo más desgreñado, pero vestía la misma capa verde que había traído de la polis del bosque hacía años, cuando llegó a Akros. Kytheon llamó a su amigo.

―¡No me puedo creer que de verdad hayan soltado a los presos! ―lo saludó Zenon.

―¿Cuánto apostaste por que seguiríamos vivos?

―¿Quién te ha dicho que no aposté por lo contrario? Pero bueno, aún no es el momento de cobrar. ―Le mostró una sonrisa que podría parecer cruel, pero Kytheon conocía a Zenon y sabía que él no era así―. Por si no os habéis enterado, tenemos a un puñado de cíclopes acercándose a la polis. ¿Nos echáis una mano?

Kytheon bajó a la calle para ayudar con una de las trancas. La muralla tembló y se resquebrajó cuando un cíclope embistió contra ella.

―¡La va a echar abajo! ―gritó Zenon.

―¡Entonces es mejor abrir las puertas! ―aseguró Kytheon.

―¡¿Qué?! ―Zenon se quedó perplejo.

―¡Confía en mí! ―le dijo Kytheon corriendo hacia la puerta. Entendía la preocupación de su amigo; hacía apenas unos años, él también habría reaccionado así o probablemente habría corrido a intentar reforzar la muralla sin pensárselo dos veces. Sin embargo, no era el mismo de hacía unos años. "Adaptarme, convertir la situación en una posición ventajosa, garantizar la victoria".

Lleno de determinación, Kytheon cargó con todo su peso contra uno de los travesaños que mantenían las puertas cerradas.


Las bisagras rechinaron y cedieron ante el impacto y el sonido no pasó desapercibido. Como esperaba, los cíclopes desviaron su atención a la abertura en la muralla y corrieron hacia allí. Kytheon y un pequeño grupo de Milicianos cruzaron las puertas y salieron a la calzada exterior.

―¡Atrancadlas otra vez! ―ordenó Drasus a los soldados de la entrada.

El primer cíclope se aproximó mientras los akronienses volvían a cerrar las puertas. Era un ser dominado por la furia y el hambre; tenía su único ojo puesto en las puertas que había tras los Milicianos. Su boca desproporcionadamente grande echaba espuma mientras corría y derramaba saliva a su paso. Aquellas fauces podían devorar entero a un humano.

Ilustración de Raymond Swanland

Los Milicianos se pusieron en formación para contener la carga y afianzaron las lanzas. Kytheon estaba a la cabeza del grupo, unos pasos por delante. El cíclope levantó uno de sus enormes brazos para apartar aquella molestia de un manotazo, pero Kytheon convocó unas cadenas mágicas que apresaron al monstruo por las muñecas.

―¡Preparaos, Milicianos! ―advirtió Kytheon.

El cíclope tiró de sus ataduras, pero surgieron más cadenas. La bestia trató de seguir avanzando para liberarse por la fuerza. Kytheon disipó el hechizo y el ímpetu del monstruo hizo que trastabillase en dirección a los defensores. Los Milicianos arremetieron contra él y utilizaron el impulso para atravesarlo con media docena de lanzas. El cíclope bramó y el sonido se convirtió en un borboteo cuando la sangre le inundó la garganta. Finalmente, la bestia cayó en la calzada ante Kytheon y los Milicianos.

Los soldados volvieron a la formación, pero Kytheon no tuvo tiempo, ya que el segundo cíclope estaba a punto de darle alcance. Zenon el setessano tiró una lanza hacia Kytheon, que la recogió a tiempo de saltar a un lado para esquivar el golpe del cíclope. Luego giró sobre sí, plantó los pies en el suelo y asestó una lanzada a la pierna del monstruo. El arma perforó los músculos y salió por el otro lado.

El cíclope se giró para tratar de aplastar a Kytheon, pero tropezó con el asta de la lanza y cayó de rodillas.

El joven cargó contra él y lo acuchilló en el cuello con la espada.


Ilustración de Adam Paquette

Kytheon se quedó mirando el sol, que despuntaba por las montañas que rodeaban Akros. Se detuvo unos instantes y dejó que la luz le bañase el rostro.

―¿Qué haces? ―preguntó Drasus, que venía por detrás de él.

―¿Te habías dado cuenta de que la prisión es el último lugar de Akros donde se ve el amanecer? ―dijo Kytheon volviendo la vista hacia la polis, que habían dejado al pie de la montaña.

―No me sorprende.

―Pues hoy somos los primeros en verlo ―afirmó Kytheon.

―Y bien que nos lo hemos ganado. Mira allí. ―Drasus señaló hacia la entrada principal de la polis, donde más de veinte akronienses arrastraban con cuerdas el cuerpo inerte de un cíclope para retirarlo de la calzada. Aún tendrían que apartar otros dos cadáveres.

―Nos lo hemos ganado ―confirmó Kytheon.

Los dos Milicianos siguieron subiendo la montaña. Estaban inspeccionando los alrededores en busca de más monstruos y de cualquier indicio de que el ataque aún no hubiese terminado.

Más arriba, Kytheon y Drasus tomaron caminos distintos. Drasus tenía que explorar el norte, mientras que Kytheon se ocuparía del sur.

Durante más de una hora, Kytheon siguió subiendo por un sendero lleno de piedras inestables que lo condujo ladera arriba. No era un montañero experto, así que confió en sus reflejos para no perder el equilibrio. El camino continuaba por un desfiladero paralelo a un río que bajaba por las montañas, hacia Akros. Kytheon encontró un puente de roca que parecía natural y artificial al mismo tiempo y llegaba hasta el otro lado del barranco. Se fijó en el otro extremo. Aquella zona estaba bañada en luz, a pesar de que los alrededores estaban a la sombra del desfiladero.

Kytheon cruzó el puente.

Para su sorpresa, al otro lado se encontró con un hombre. Era de complexión robusta y vestía una amplia toga dorada. Una poblada cabellera morena le caía por debajo de los hombros y sobre su cabeza flotaba una corona de laurel dorada. Portaba una lanza con una punta de filigrana dorada y brillante que rodeaba un orbe luminoso. Detrás del desconocido había una gran estatua de mármol tan iluminada que Kytheon no lograba distinguir los detalles.

―Kytheon Iora de Akros ―dijo el hombre con una voz que parecía proceder de todas direcciones―, tu tarea aún no ha concluido.

―Y no podré terminarla si te pones en mi camino. ―Las ondas de energía blanca ya recorrían la piel de Kytheon―. ¿Quién eres?

El desconocido posó la punta de la lanza en el suelo y la alteración en la luz permitió apreciar los rasgos de la estatua: Kytheon vio que era una efigie de aquel "hombre".

Ilustración de Raymond Swanland

―Heliod... ―articuló Kytheon.

―Dios del sol ―retumbó la voz de Heliod.

Kytheon inclinó la cabeza de inmediato.

―Se te ha encomendado la tarea de defender tu polis. Has de saber que los seres que la atacaron no lo hicieron por malicia: estaban huyendo de algo mucho peor. Mi hermano Erebos, dios del Inframundo, tiene a sus órdenes a un cruel titán que está asolando las tierras allende estas montañas. Su cometido le llevará a atravesar y devastar Akros.

―¿Qué cometido? ¿Qué piensa hacer?

―Su misión es reclamar a quienes han huido del Inframundo. Todos aquellos que fallezcan solo por hallarse en su camino no significan nada para Erebos, quien considera inevitable que todo mortal acabe en sus dominios.

El dios del sol avanzó hacia Kytheon y posó una mano en su hombro―. Has demostrado tu valía como guerrero defendiendo la polis de Akros. Ahora has de demostrar si eres digno de ser Mi campeón. ―Heliod alzó una mano hacia el cielo diurno y la luz se concentró en su puño, adoptando la forma de una lanza semejante a la del propio dios.

»Toma esta lanza y abate al titán. Esta es la tarea que Yo te encomiendo. Esta es tu ordalía.

El joven se quedó sin palabras tanto al aceptar la lanza como al asimilar la tarea que el dios le había confiado.


Kytheon estaba corriendo. Sus pies atravesaban a toda velocidad la tierra estéril y agrietada. Jadeaba y los pulmones le ardían, pero las piernas continuaban moviéndose a toda prisa. Su plan era llegar a la pequeña colina que tenía delante, donde había una zona rocosa. Allí no estaría solo.

Por cada cinco o seis pasos que él daba, una gran pisada hacía retumbar el suelo detrás de él, levantando nubes de polvo. Matar a un titán no resultaría sencillo, pero estaba claro que Kytheon había hecho mella en el siervo de Erebos. Echó un vistazo a la espesa sangre oscura que empapaba la punta de la lanza solar y se arriesgó a mirar hacia atrás. La silueta del titán abarcó todo su campo de visión.

Ilustración de Peter Mohrbacher

El titán llevaba una armadura de escamas hecha con incontables máscaras doradas de aquellos que escapaban del Inframundo. En aquel momento, los ojos vacíos de las máscaras parecían estar mirando directamente a Kytheon.

Una sombra se cernió sobre él. Kytheon vio descender la cabeza del gigantesco mayal del titán. Saltó hacia un lado para esquivarlo y la mole de metal se estampó en el suelo junto a él.

Cuando llegó a las rocas, siguió corriendo. Pasó entre dos pilares derruidos y el mayal pulverizó el que tenía a la izquierda, provocando una lluvia de piedras y gravilla.

Kytheon cayó rodando al suelo. Sintió que la nuca le ardía y, cuando la tocó, su mano se manchó de sangre. "Un descuido", pensó. "Tendría que haberlo anticipado". El tintineo de la cadena informó a Kytheon de que el titán estaba recogiendo el mayal para blandirlo de nuevo. Tenía que levantarse y seguir corriendo.

El titán profirió un rugido grave y retumbante y un hedor a moho y podredumbre surgió de su boca. Kytheon estaba jadeando y respiró el aire fétido; la peste penetró en su garganta y aquello hizo que se alejase a toda prisa. El aspirante a campeón de Heliod se salvó de un pisotón que le habría hecho papilla.

El titán intentó alcanzarlo con un revés, pero Kytheon lo anticipó. Interceptó el golpe sin inmutarse ni moverse del sitio: su magia protectora había absorbido el impacto. Sujetó al titán por uno de sus descomunales dedos, plantó los pies y se negó a soltarlo. Solo necesitaba un momento.

―¡Ahora! ―gritó Kytheon.

Casi al instante, Drasus salió corriendo desde detrás de un pilar de roca―. ¡Milicianos, a por él!

Otros tres Milicianos corrieron detrás de Drasus y se unieron a él. Llevaban cuerdas rematadas en garfios. "Es como los matones del barrio", pensó Kytheon, que sonreía en medio del caos.

Olexo, el más joven de ellos, lanzó su cuerda por encima del grueso antebrazo del titán y el garfio se clavó en la carne pálida. Los demás hicieron lo mismo y, cuando el titán se liberó de la presa de Kytheon, los Milicianos tiraron de las cuerdas. El titán se tambaleó y estuvo a punto de perder el equilibrio. Empezó a hacer girar el mayal sobre la cabeza, claramente enfurecido y decidido a aplastar a aquellas molestias.

Ilustración de Karl Kopinski

"Toda acción tiene una respuesta". El pensamiento acudió a la mente de Kytheon. "Toda acción tiene un momento crítico que, si se sabe reconocer, puede convertirse en magia para hacerse con el control de un combate". Y entonces vio el momento de actuar.

Mientras el mayal de hierro negro orbitaba sobre la cabeza del titán, Kytheon recurrió a su magia hieromántica y conjuró una cuña de energía etérea que golpeó al titán en el interior del codo, haciendo que doblase el brazo. El impulso del mayal hizo que cayese sobre el hombro del titán e impactase contra la espalda. El monstruo cayó de rodillas y levantó la cabeza para liberar un grito de dolor y furia.

Aquello era todo lo que Kytheon necesitaba. Subió corriendo por uno de los pilares de roca derruidos y, cuando llegó a la altura necesaria, se arrojó lanza en mano sobre el titán. La luz del sol se reflejó en la punta del arma y cegó al titán hasta que Kytheon hundió la lanza en el pecho del monstruo, atravesando las máscaras de los Resurgidos. El arma se empapó de sangre oscura y el titán emitió un último estertor antes de desplomarse.

Kytheon bajó rodando por el cadáver del titán. "He completado la ordalía", pensó. "He cumplido la tarea de Heliod. Akros está a salvo".

Recuperó la lanza y regresó junto a los Milicianos. Allí los tenía, apenas un puñado de críos del barrio de los extranjeros. Juntos, habían puesto fin al dominio de los señores del crimen en su barrio, habían defendido Akros contra una horda de monstruos salvajes y habían abatido al titán de un dios en nombre de otra deidad. Aquellos eran sus camaradas, su familia y su condición para aceptar la ordalía del dios del sol. En solitario, Kytheon era fuerte y hábil. Junto a sus Milicianos, ¿qué eran para ellos las disputas de los dioses?

Por el rabillo del ojo, Kytheon percibió una distorsión en el horizonte. Cuando se giró, vio dos volutas de humo que ascendían hacia el cielo, procedentes de dos ojos oscuros. Erebos, el dios de los muertos, se alzaba amenazador sobre el paisaje; había sido testigo de la derrota de su siervo. Un denso vapor negro surgía de los ojos impasibles del dios.

Kytheon armó el brazo con el que sostenía la lanza. Él era el campeón de Heliod, el dios del sol. Si Erebos había sido el causante de todo aquel conflicto, tendría que responder por ello. Kytheon arrojó el arma. Sintió su poder cuando salió volando de su mano y surcó el cielo, directa hacia el dios de los muertos.

Sin inmutarse, Erebos giró ligeramente su esquelética muñeca derecha. Su látigo se desenroscó desde el horizonte como si acabase de cobrar vida propia. Cuando interceptó la lanza del campeón en pleno vuelo, Erebos giró la muñeca una segunda vez. El látigo restalló y devolvió la lanza hacia Kytheon a una velocidad vertiginosa.

El joven se quedó quieto, en actitud desafiante, y se preparó para encajar el contraataque mientras los Milicianos corrían hacia él. Unas estrías de luz destellaron en su piel y Kytheon hizo acopio de toda la magia y la fuerza que pudo reunir mientras veía aproximarse la punta del arma.

Cuando la lanza se estrelló contra él, provocó una explosión de luz tan intensa que cegó a Kytheon y lo bañó todo de blanco.

La luz tardó en disiparse y, cuando lo hizo, los ojos de Kytheon necesitaron unos segundos para adaptarse. Le pitaban los oídos y le costaba volver a centrarse.

El color regresó poco a poco a los alrededores. Bajó la vista e inspeccionó el punto de impacto. No había sufrido daño, pero notó que tenía manchas de sangre. Movió una mano para limpiarla y vio que el dorso estaba salpicado de rojo, y lo mismo sucedía con la otra mano. Pero si la sangre no era suya...

Ilustración de Winona Nelson

―No...

Se dio la vuelta.

Entonces vio los cuatro cuerpos sin vida.

―¡No...!

El suelo pareció estremecerse y Kytheon tuvo que esforzarse para no venirse abajo. Caminó tambaleándose entre los Milicianos caídos, mudo de horror. Pensó en la lanza, arrojada por su propia mano.

Kytheon apretó los puños y empezó a temblar. Su magia cobró vida de nuevo y las ondas de luz recorrieron su cuerpo cada vez más rápido. Su piel desprendió arcos luminosos que brillaban más intensamente a cada segundo que pasaba. El cielo empezó a dar vueltas por encima de él.

Kytheon continuó emitiendo aquella luz blanca mientras el paisaje comenzaba a cambiar, a distorsionarse y transformarse.

De pronto, vio que estaba en una llanura ondulante.

El cielo crepuscular había dado paso a un azul vibrante.

Ya nada tenía sentido; parecía como si el mundo entero estuviese desapareciendo.

Con los ojos enrojecidos y el gesto descompuesto de amargura, Kytheon levantó la vista hacia el cielo, donde el sol brillaba con claridad. Cerró los ojos y se dejó caer de rodillas allí mismo, incapaz de obligarse a caminar.


Dejó correr el tiempo, aunque no sabría decir cuánto. Un dolor constante lo carcomía por dentro.

El vello de la nuca se le erizó. "Alguien me observa", pensó Kytheon. "¿Erebos? ¿Heliod? Está bien. Que lo hagan".

Entonces sintió una ráfaga de aire cálido en el rostro y oyó un gruñido bajo y retumbante. Abrió los ojos de golpe y vio una silueta grande y oscura que tapaba el sol.

Un rostro.

Sus pupilas se adaptaron a la luz.

El rostro de un león.

Kytheon cayó de espaldas ante la sorpresa y levantó los brazos para defenderse. Sin embargo, el león no se movió y, tras unos instantes, Kytheon bajó los brazos. Se fijó en que la bestia iba equipada como un caballo de guerra, y sobre ella cabalgaba una amazona con una armadura que Kytheon nunca había visto: su portadora estaba protegida de pies a cabeza y las placas reflejaban el brillo del sol.

Ilustración de Anastasia Ovchinnikova

―¿Dónde estoy? ―consiguió decir con la garganta seca―. ¿Quién eres?

―Soy Moukir, capitana de los Caballeros del Sendero del Peregrino. Te has extraviado en la nación bantiana de Valeron. Y veo que no te encuentras bien. ―Cuando la caballero habló, Kytheon se dio cuenta de que no estaba sola. Un pelotón de caballeros aguardaba en formación detrás de su capitana―. ¿Cómo te llamas, viajero?

―Kytheon ―dijo atragantándose.

―¿Gideon? ―intentó confirmar Moukir.

Antes de llegar a corregirla, Kytheon notó una repentina sensación de serenidad en su interior. Algo atrajo su vista hacia el cielo.

Por detrás de los caballeros vio a una mujer descendiendo del cielo, planeando con sus dos alas de plumas blancas. Desprendía una nobleza que transmitía tanto calma como inspiración. La mujer se mantuvo en el aire ante él: era un ángel ataviado con la misma armadura de placas que los caballeros.

En ese momento, Kytheon se percató de que había abandonado Theros, su hogar. Sus Milicianos habían desaparecido... pero no el dolor que él sentía por la pérdida. Su ordalía no había hecho más que empezar.

Ilustración de Willian Murai