KUMENA

El moldeador Kumena recorría el sotobosque a toda prisa, con el corazón acelerado. Apenas empleaba la magia; solo algunos empujoncitos aquí y allá para que la maleza le facilitara el paso, en lugar de entorpecérselo. Usar hechizos más potentes revelaría su posición a Tishana.

Kumena ya podía sentirlo: estaba muy cerca de la ciudad dorada de Orazca, el paradero del Sol Inmortal. Sus rivales le iban a la zaga y la victoria aguardaba más adelante.

Se zambulló en un río cercano y nadó con la corriente. El poder de la ciudad dorada se volvía más próximo, mayor y, de algún modo, más brillante. Oía el estrépito de torrentes de agua en una estructura inmensa, no muy lejana. Una catarata lo sorprendió; daba la impresión de que acabaran de tirar de aquella agua en una dirección distinta.

El río se ensanchaba conforme avanzaba. Más adelante, el agua desaparecía por el borde de una inmensa catarata. Kumena siguió el cauce y se levantó junto a un saliente de oro. El estruendoso caudal le rozaba los tobillos mientras observaba los extraños chapiteles dorados que atravesaban las copas de los árboles del valle que tenía ante sí.

Una sonrisa se dibujó en su rostro. "¡Al fin!".

Sobre una plataforma de roca que abarcaba un estrecho barranco semicircular, numerosos chapiteles dorados emergían entre la jungla.

Kumena recorrió el borde del desfiladero. El agua se precipitaba cañón abajo, para luego alejarse por un río subterráneo. "¿Hasta dónde se extenderá ese canal oculto?", se preguntó. "¿Es posible que sea aún mayor que el Gran Río?". Kumena pensó en las fuerzas que yacían bajo la superficie de Ixalan.

La propia Orazca era inmensa, pero no dejaba de perderla de vista. ¡Él! ¡Un moldeador, la encarnación de su río homónimo! Kumena se asombró ante la magia innata de aquel lugar y su capacidad para haber permanecido oculto durante tanto tiempo. Se abrió camino por el perímetro hasta que por fin llegó a la entrada, una gran escalinata con una imponente arcada en la cima.

El pulso se le aceleró y le temblaron las aletas. ¿Quién más habría subido por aquella escalinata en los siglos recientes? Para empezar, ¿lo habría hecho alguien? ¿Cuál habría sido el propósito original de aquella estructura? ¿Por qué la habrían construido?

No, no dudó del porqué. Eso lo conocía: la habían construido para ese momento, para que él la recorriese. La piedra que pisaba emanaba poder, pero se trataba de un reflejo del propio poder de Kumena.

Al fin, el Heraldo ascendió a la ciudad dorada.

Cuando alcanzó la arcada que coronaba la escalinata, el sol que brillaba a través de esta lo deslumbró.

"Oro. En verdad está hecha de oro".

Sin embargo, el oro no le interesaba. Sintió miradas procedentes de las sombras, de animales que moraban en aquellas ruinas extrañamente impolutas. Aquellas criaturas tampoco le interesaban.

Se internó en la ciudad dorada y sintió que su poder ya crecía por momentos. Estaba seguro de que sus rivales no tardarían en alcanzarlo. La luz se reflejaba en todas las superficies y el sol le caldeaba la piel. Fue como llegar a su hogar.

Una repentina sensación de certeza se apoderó de Kumena. Supo dónde se hallaba el Sol Inmortal. Quería que lo encontrasen.

—Kumena —susurró una voz desde las fachadas doradas—. Kumena el moldeador, hijo del Gran Río y líder de tu pueblo. Ven y libérame.

"¿Cómo? ¿Es posible que...? ¿Que la ciudad dorada sea una prisión y no una fortaleza?".

—¿Quién anda ahí? —gritó Kumena—. ¿De qué me conoces?

Giró sobre sí mismo y le pareció ver algo moverse en las resplandecientes paredes doradas. No distinguió de qué se trataba, pero no le había parecido ni un animal ni una persona. Se preguntó, alarmado, si no habría sido más que un efecto causado por la luz.

—Te conozco muy bien —respondió la voz, ahora más alto—. Continúa. Ven a mí.

La voz le resultaba familiar.

—Dime cómo —pidió Kumena—. ¿Dónde estás?

Había reflejos en el oro. Reflejos de algo que no se encontraba allí. ¿Un rostro?

—Escucha —contestó la voz—. Observa. Sigue.

—¿Quién eres?

—Ya sabes quién soy.

Era una voz grave y autoritaria, la voz de un líder. Era su propia voz.

—¿Se trata de un engaño? —preguntó Kumena—. ¿O acaso he sucumbido a la locura?

Los rostros también eran el suyo. Un millar de diminutos reflejos dorados lo observaban con la mirada encendida.

—Ni lo uno ni lo otro —negó la voz—. Hay poder en este lugar, Kumena. El poder que fue diseñado a propósito... Pero también un poder adicional, inerte. Un estanque en calma. Un espejo en la oscuridad. No puede hacer nada..."

—Sin mi propio poder para reflejarlo —concluyó Kumena—. ¿Me equivoco?

—Sigue —insistió la voz, y los numerosos reflejos dorados de Kumena lo repitieron—. Sigue.

—Pero ¿quién eres?

—Soy el Sol, Kumena. Como tú lo serás. Sigue.

Se trataba de una orden, pronunciada con toda la fuerza de sus propias convicciones.

Tenía ante sí un sinuoso laberinto de corredores de piedra y oro que serpenteaban hacia la lejanía. Kumena se internó en él y caminó sin detenerse, sumido en un trance meditativo mientras seguía la llamada del Sol Inmortal en cada giro y bifurcación. Su poder crecía con cada paso que daba. Todas las superficies estaban bañadas en una luz brillante.

El resplandor y el calor eran excesivos. Las aletas de Kumena empezaron a encresparse y secarse; sus branquias se deshidrataban y el sol seguía sin moverse en el cielo.

Kumena se aproximó a la torre central, un templo gigantesco. Caminó alrededor de este con la sensación de que allí se encontraba el poder que buscaba. En un lado descubrió un portón inmenso e intrincado, cuya entrada lucía un gran sello y una cerradura compleja. Sin embargo, el lado opuesto, frente al que había una amplia plaza, presentaba una puerta sencilla que daba a una escalera igual de humilde. Era el camino hacia la cima.

Kumena se estremeció pese a no tener frío y optó por el camino más fácil.

Comenzó a subir los escalones.

Arriba y arriba, un pie escamoso delante del otro, hasta que llegó a lo más alto.

Entró en una cámara y contempló el Sol Inmortal. No tenía el aspecto que esperaba: se trataba de una piedra con un brillo apagado, rodeada de oro e incrustada en el suelo, ni más ni menos. Un amplio ventanal daba al exterior y mostraba el paisaje de toda la ciudad si uno se situaba sobre el Sol Inmortal. Este no parecía más que un extraño elemento decorativo en el suelo, pero daba la sensación... de que era un espejo, y no una fuente de luz. La luz era la de él.

"Ahora lo comprendo".

Kumena se aproximó al Sol Inmortal y reclamó aquel poder, su poder. El suelo se movió a sus pies y notó un cambio en su propia perspectiva.

Se sintió inmenso, universal. La magia de moldeamiento a la que había dedicado su vida le parecía ahora una simple fracción de sus capacidades; el juego de un niño cavando en la arena. Podía sentir toda Orazca y más allá. ¡Los Heraldos del Río habían sido unos necios por no haber utilizado aquel poder!

La ciudad estaba oculta, pero no fortificada, y no cabía duda de que sus rivales ya lo habrían seguido hacia la torre central. Kumena había llegado a Orazca con demasiada facilidad y no tardarían en darle alcance. Podía sentirlos corretear como hormigas, pero eran demasiado insignificantes como para distinguir cuál era cada uno.

Apretó los dedos y la ciudad se elevó con estruendo hasta separarse de la roca. La tierra tembló. Los chapiteles ocultos durante siglos se alzaron sobre el manto de la jungla y el pequeño barranco que envolvía la ciudad se ensanchó más y más, rodeándola como un foso y haciendo que los ríos se precipitaran hacia él. Las vetas subterráneas de oro se partieron y sus ingentes riquezas quedaron expuestas, pero a Kumena no le interesaban. El oro no era más que un metal inútil que no necesitaba, una mera parte del botín incalculable de la ciudad.

Las criaturas del interior de la ciudad se inquietaron. Las hormigas del exterior se detuvieron un instante y emprendieron la carrera hacia Orazca.

Todos ellos habían competido por llegar a la ciudad dorada, pero la carrera había terminado. La lucha por Orazca acababa de empezar y Kumena no estaba dispuesto a ver cómo borraban a su pueblo de la faz de Ixalan. Antes al contrario. Todo lo contrario, ahora que había reivindicado lo que era suyo.

Fuera de sí, en torno a sí, bañado en luz dorada, Kumena se echó a reír.

Un ruido a sus espaldas interrumpió la carcajada.

Kumena hizo girar su forma física, que se encontraba encima del Sol Inmortal, y su mirada se topó con la de una vampira.

La mujer sonreía, con el cuello de sus vestimentas cubierto de sangre seca.

—No tienes derecho a reclamar el Sol Inmortal, vampira —amenazó Kumena tensando las piernas y centrando su peso—. Una conquistadora no es rival para mí.

—¿Y si fuésemos dos? —respondió ella, burlona—. ¿Qué opinas, Mavren? —preguntó volviéndose hacia atrás ligeramente.

—Opino que la Asesina de Magán cuenta con el beneplácito de la Iglesia para purificar a quienes se interpongan en su camino —respondió una voz.

Kumena vio llegar por la escalinata a un segundo intruso: un hierofante ataviado con un hábito largo y holgado y armado con un báculo mayor que él mismo. Kumena empezó a sentir miedo.

Los dos vampiros cargaron contra él.

Kumena trató de lanzar un conjuro defensivo, pero lo derribaron antes de terminar. Los vampiros lanzaron zarpazos y mordiscos, y el sable de Vona le hizo un largo corte en el costado. Trató de quitárselos de encima, pero cada vez que los rechazaba, ellos respondían con una dentellada y lo sujetaban de nuevo. Mavren Fein y Vona tiraban de él y trataban de alcanzarle el cuello con sus relucientes colmillos.

"Este no puede ser mi final. ¡No les daré la satisfacción de probar mi sangre!".

Kumena se debatió, luchó para intentar zafarse de sus atacantes y miró hacia el ventanal.

—¿No quieres ayudarnos a cumplir nuestra más sagrada misión? —preguntó Vona, riéndose de él.

Kumena le escupió en la cara y la sonrisa de la vampira se ensanchó aún más.

—Entonces morirás de otro modo —siseó ella.

Vona lo agarró con una fuerza sobrenatural y, antes de que Kumena pudiese reaccionar, lo arrojó por el ventanal.

El moldeador abrió los ojos con incredulidad. Mientras se precipitaba por el exterior de la torre, vio a Vona observándolo desde arriba, sonriendo con la malicia de una maníaca.


VRASKA

Jace yacía en la orilla del río, agonizante. Tenía el pelo salpicado de su propia sangre y en sus ojos brillaba la magia fuera de control.

Vraska nadaba hacia él, escupiendo agua sucia y entrecerrando los ojos por culpa del rocío de la catarata. Las rocas del fondo eran grandes y puntiagudas; Jace había sobrevivido de puro milagro.

La gorgona sabía que una lesión grave podía causar pérdidas de memoria o afectar al raciocinio. Una camarada, también asesina de los Ochran, se había vuelto irascible tras sufrir un golpe similar en su juventud. Jace era telépata e ilusionista; el cerebro era su herramienta principal. Vraska comprendió que estaba presenciando lo que sucedía cuando esa herramienta sufría daños. El resultado no era un debilitamiento, sino el descontrol de la válvula metafórica que contenía su propia mente. Jace transmitía sus recuerdos a ráfagas e intervalos mientras luchaba por volver a controlarlos.

"Se acabó", pensó Vraska. "Va a recordarlo todo: nuestro conflicto, mi profesión, su cargo. Me odiará, sin duda. Las gorgonas estamos abocadas al desprecio". Vraska maldijo para sí y nadó hacia su amigo con una creciente sensación de pesar en su interior.

Ya casi estaba en la orilla. Un dolor agudo le recorrió las sienes y Vraska soltó un quejido. Otro recuerdo apareció en su mente...

Vio un paisaje de un plano que nunca había visitado. Ante ella había una gigantesca muralla de roca blanca sobre un cielo turbulento. El lado derecho de la estructura estaba cubierto de una extraña mácula de bismuto, como si una brocha enorme hubiera pintado una enfermedad en la superficie. En la muralla había una brecha y el agua del mar penetraba en un puerto en ruinas, mientras que los escombros del dique destruido flotaban y se perdían en el cielo.

Vraska gritó de dolor cuando la visión sacudió su mente. Era como una jaqueca intensificada, un suplicio lacerante y auras intermitentes que amenazaban con paralizarle los músculos mientras luchaba contra la corriente.

Más que una ilusión, era una inmersión. Se sentía como si estuviese allí.

La visión se desvaneció cuando los pies de Vraska rozaron el lecho del río. Llamó a Jace a gritos para intentar distraerlo, pero no sirvió de nada.

El telépata aún se retorcía en el suelo, atormentado.

Vraska se arrastró fuera del río y gateó hasta llegar junto a Jace. Se arrodilló a su lado y, con indecisión, acercó una mano para tranquilizarlo.

La gorgona se tambaleó y tuvo que apoyarse en el suelo con las manos.

Jace—

—Vraska—

Cerró los ojos con fuerza. ¿En qué extremo se encontraba dentro de aquel intercambio mental? No estaba del todo segura. La confusión era tremenda.

—Jace, tenemos que encontrar a quienquiera que haya despertado la ciudad —le rogó arrugando la frente—. ¡Necesitamos una ilusión para que nuestra tripulación nos encuentre!

El mago mental cerró los ojos y Vraska vio los recuerdos derramados de su memoria.

Se apagó el sonido del agua, se enfrió el aire cálido de la jungla.

Vraska vio un cuarto oscuro, de paredes cubiertas de acero, y a un hombre con medio cuerpo compuesto de metal. En el ambiente había un fuerte olor metálico y la escasa iluminación solo le permitía distinguir los huecos entre las secciones del abdomen de aquel extraño hombre. Jace yacía en el suelo. Tenía un aspecto demacrado y hastiado, apenas unos años más joven que en el presente.

El desconocido se arrodilló a su lado y lo agarró por el pelo con una lustrosa garra metálica.

—Me voy a asegurar de que aprendas de este fiasco.

Vraska observó mientras el hombre le quitaba la camisa a Jace y, empleando una cuchilla de maná, le marcaba la espalda con líneas largas y rectas como flechas, más una única línea en el antebrazo derecho. Los gritos de Jace la hicieron encogerse de horror. Sintió un nudo en la garganta y su corazón le pareció un pajarito encerrado en una jaula. Sabía lo que era sufrir una tortura. Una horrible sensación de culpa se apoderó de ella. ¿Cómo había podido pasar por alto aquel dolor compartido? La empatía le atenazó el pecho y Vraska dejó escapar un suspiro tembloroso. Ver a Jace y la cuchilla trajo a su memoria recuerdos que procuró no evocar en aquel momento, cuando sus mentes estaban mezcladas.

El auténtico Jace soltó un grito ahogado y la percepción de Vraska regresó a Ixalan, a la soleada orilla del río. Su amigo se retorcía de dolor y se agarraba los cabellos ensangrentados.

Vraska no sabía qué hacer. Quería calmarlo, pero ignoraba cómo, así que probó a hablarle para ayudarlo a recuperar el control.

—Es un recuerdo, Jace. No está sucediendo ahora. Estás a salvo.

Vraska vio unas luces brillantes y volvió a sentir un dolor intenso en la cabeza. Ahora sabía que se trataba del preámbulo de otra inmersión sensorial, de modo que se preparó para encajar el influjo. Se tambaleó cuando una nueva ilusión se adueñó de sus sentidos. El mundo onduló, fluido como el agua, hasta formar la ilusión de un callejón sombrío.

Vraska suspiró con alivio. Aquello le resultaba familiar: había regresado a Rávnica.

El Jace de esta ocasión era un muchacho que le inspiró lástima.

Debía de tener unos quince años, como mucho, y estaba sentado en una silla desvencijada en medio de unos escombros. Aquel distrito estaba bajo control gruul, en vista de la gran cantidad de edificios recién destruidos y de vegetación que había en los alrededores. Una cortina de tela filtraba la luz de una hoguera cercana y un ojeroso chamán gruul trabajaba en un encantamiento aplicado a su propia mano. Sus brazos lucían tatuajes de las calles desde los hombros hasta las muñecas.

El Jace adolescente transmitía la impresión de querer desaparecer y conseguir que alguien más imponente ocupara su lugar. Su ropa era andrajosa y tenía un corte desconocido para Vraska. La gorgona percibió en la materia del recuerdo que aquella versión de Jace había llegado a Rávnica pocos días antes.

—¿Es el primero? —preguntó el chamán, cuya mano desprendía un brillo blanco.

—Sí —respondió Jace con timidez tras pensárselo durante varios segundos.

Vraska no pudo contener una sonrisa al observar el recuerdo. Jace era el joven más esmirriado que había visto jamás; normal que quisiese un tatuaje del que poder presumir. Le pareció de lo más encantador. La gorgona recordó sus propios años de juventud como granujilla callejera y sonrió al pensar en lo bien que Jace y ella se habrían llevado en la adolescencia.

"Habríamos puesto la ciudad patas arriba", pensó con ánimo travieso. "El terror de las librerías".

—Entonces, toma un trago —aconsejó el chamán del recuerdo, y señaló un frasco al joven Jace ilusorio—. Esto te va a doler más que una comedia rakdos.

Vraska soltó una risita con el símil mientras Jace hacía caso al tatuador. El brebaje le hizo poner una mueca (y Vraska lo entendió), pero pronto mostró un aire decidido.

El chamán se acercó al joven y trazó una línea con el dedo en la mejilla de Jace, dejando un brillante tatuaje blanco a su paso. Continuó con el mentón y un brazo, y Vraska contempló cómo el chamán pintaba con esmero un semblante más valiente en el rostro del muchacho.

Entonces reparó en el dibujo que el chamán utilizaba como referencia. El papel contenía una serie de símbolos esbozados a toda prisa, los mismos que Jace llevaría en su futuro atuendo. Un anillo alargado, abierto por la parte inferior y con un círculo flotando en el centro. Se preguntó qué importancia tendría.

La ilusión se quebró y se desvaneció, dando paso al estruendo de la catarata y el brillo dorado de Orazca.

La percepción de Vraska vacilaba y todo emitía un reflejo artificial, como si las ilusiones accidentales todavía se derramaran en la realidad. Ella aún tenía los puños apretados en el fango de la orilla, aferrándose físicamente a lo que era real.

—Jace, estás sano y salvo, pero tienes que crear una ilusión para que la tripulación nos encuentre.

Sin embargo, Jace seguía sin responder. La magia brillaba en sus ojos y su cuerpo aún no había recobrado las fuerzas. Vraska veía cómo se le hinchaba y deshinchaba el tórax con cada respiración temblorosa. Jace inspiró con brusquedad cuando una nueva inundación de recuerdos lo abrumó, para luego quedar completamente quieto en respuesta a lo que veía, boquiabierto de la conmoción.

La luz se atenuó cuando una ilusión de aquel recuerdo se fundió con la realidad, trayendo consigo el velo del crepúsculo y un aroma a manzanas demasiado maduras.

Vraska se encontraba en un pequeño dormitorio con las paredes desnudas y dos sillas junto a una chimenea. No reconoció el plano en cuestión, pero eso carecía de importancia. La habitación era un mundo en sí mismo, como si nada importase fuera de aquel espacio; los muebles eran los continentes y la alfombra, el océano. Una capa de polvo cubría el alféizar de la ventana y junto a la puerta había una cesta medio vacía, en la que se ofrecía una colección de manzanas magulladas. Allí estaba Jace, por supuesto, con el rostro iluminado junto al cálido fuego. El recuerdo tenía una textura aterciopelada y acogedora, pero Vraska no percibía alegría en la situación.

Delante de Jace, también cerca del fuego, había una mujer con un vestido violeta.

El lenguaje corporal de la desconocida no transmitía más que hastío, pero Jace estaba inclinado hacia ella, totalmente cautivado. Vraska se sintió muy incómoda: aquel momento era íntimo, ella no debería verlo.

—No quiero jugar al ajedrez nunca más —comentó Jace masajeándose las sienes. La mujer lo miró con gran desinterés.

—Es un juego tedioso —opinó ella, aburrida.

La capa de Jace colgaba de un perchero y sus zapatos estaban secándose junto al fuego. Vraska sabía que no debería mirar, pero tampoco podía marcharse.

—Lo que dijiste en Innistrad acerca de mi muerte... —La voz de Jace sonaba insegura, vacilante. De manera inconsciente y continua, se golpeteaba un muslo con el índice izquierdo.

La mujer tenía medio rostro cubierto tras la melena. Su pintalabios ya estaba descolorido y los ojos revelaban una indiferencia que, rogó Vraska, aquella versión de Jace sabría advertir.

—¿Recuerdas aquella conversación? —preguntó la mujer.

—Lo difícil sería olvidarla —contestó Jace—. Tú no hablas de emociones a menos que sea importante. Bueno... ¿Lo dijiste en serio?

―¿El qué?

—¿Te sentirás triste cuando muera? —preguntó él, cauto.

Jace observaba con atención a la mujer de violeta. Se le notaba expectante. Aquella extraña pregunta hizo que a Vraska se le revolviera el estómago. Jace la había formulado como si estuviera inseguro, pese a que la situación insinuaba que aquella mujer y él eran algo más que simples conocidos.

—Eso espero —respondió ella mirando a Jace a los ojos, con los párpados entrecerrados y las rodillas descansando hacia un lado. Una verdad a medias. Un hueso para el perro—. Lo que teníamos, llámalo como quieras..., se merece al menos eso.

Vraska se quedó boquiabierta. "¿Eso es todo?". Ese cruel rechazo a una petición sincera de afecto le dijo todo lo que necesitaba saber acerca de aquella mujer. El cabello de Vraska se hizo un nudo por culpa de la incomodidad, pero no podía apartar la mirada de aquel desdichado Jace, de la mujer ni del desagradable cuartucho.

—Creo que es lo más bonito que me has dicho nunca —contestó Jace.

La mujer de violeta se rio. Como si se tratara de un chiste. Como si él no le hubiera planteado la pregunta con un desesperado ruego de aprobación escrito en la cara.

Vraska se sintió como una intrusa. No tendría que haber presenciado aquella escena doméstica de profundo desequilibrio.

—Deberías irte. Los otros se darán cuenta si no vuelves a casa —dijo la mujer.

—Acaba de anochecer —respondió Jace encogiéndose de hombros—. Aún tengo tiempo.

―Ajá... ―La mujer echó un vistazo a Jace; era obvio que sopesaba una decisión.

Entonces se levantó y se dirigió hacia un tocador. Vraska se apartó y la vio abrir un cajón, sacar una botella y dos copas y regresar junto a la chimenea, donde retiró el corcho con un movimiento hábil.

―¿Por quién deberíamos brindar? ―preguntó.

"Si quieres que alguien se marche, no le sirves una copa", pensó Vraska con un nudo en el estómago.

―Por Emrakul ―sugirió Jace con una sonrisita―. Por hacernos el trabajo.

La mujer alzó su copa medio llena y brindaron.

Ambos apuraron sus respectivas copas.

La desconocida volvió a llenarlas hasta arriba.

Bebieron en silencio.

El fuego crepitaba en el hogar.

Vraska no podía quitarle los ojos de encima a ella. Para odiar el ajedrez, observaba a Jace con la mirada escudriñadora de una maestra. Finalmente, la mujer de violeta decidió cuál sería su jugada y disimuló su análisis con un apático sorbo a su copa.

―¿Has visto a alguien desde entonces? ―Vraska sintió la carga implícita en aquel "entonces". El significado, el conocimiento compartido―. Te llevabas bien con la pueblo-lunar ―añadió adrede. Peón a E4.

El juego oculto tras la afirmación hizo que Vraska deseara salir de allí a toda costa.

Jace dio vueltas al caldo de la copa y su conducta cambió de pronto. Levantó la vista hacia su interlocutora.

―Está casada.

―No me digas ―replicó ella, superficialmente satisfecha con el descubrimiento. Entendía a la perfección lo agresiva que había sido su apertura. Caballo a F3.

―Es una erudita ―confirmó Jace―. De moral ambigua. Casada, y aunque no lo estuviera, no es lo que busco.

La mujer de violeta lo vigilaba con atención.

―¿Y qué es lo que buscas? ―preguntó.

"Te manipula para que te quedes", quiso gritar Vraska. "Eres listo. Sabes que no comparte lo que sientes. No caigas en la trampa".

Jace se reclinó en la silla y miró a la mujer por encima de la copa. Su respuesta revoloteó con una turbación y una carencia de lógica impropias en él.

―Esto no está tan mal.

Vraska sintió una profunda tristeza. Aquello estaba muy mal, pero Jace semejaba demasiado perdido como para retirar el velo de afecto y ver la crueldad aburrida de lo que pretendía la mujer.

Esto no son más que dos viejos conocidos relajándose tras una victoria ―respondió ella―. Recordando los buenos tiempos.

―No todos fueron buenos ―apuntó Jace tirando distraídamente de su guante derecho.

―Nosotros tampoco lo fuimos ―susurró ella en tono peligroso.

El juego se transformó al instante: ajedrez al suelo, dados metafóricos a la mesa. La mujer era una apostadora y proponía jugar una ronda más, solo por las risas. Venga, muchachos, ¿qué es lo peor que puede pasar?

―No estamos juntos ―añadió ella―, pero no tienes por qué irte aún.

Jace apartó los ojos de la bebida y le devolvió una mirada optimista.

La mujer rellenó las copas y levantó la suya. ―Por los nuevos buenos tiempos ―propuso.

Para alivio de Vraska, la ilusión se desvaneció y ella regresó a la orilla del río.

Island
Island | Art by Dimitar

Aquella visión la había repugnado. ¿Había alguien en la vida de Jace que nunca hubiera intentado aprovecharse de él o de sus habilidades?

Empezaba a preocuparse. La tormenta de recuerdos no amainaba.

―Jace, lo siento mucho. No debería haber visto ese último recuerdo, pero lamento que esa mujer...

La interrumpió un rugido en la lejanía. Vraska se quedó atónita, alarmada por el estruendo. Se puso en pie y miró en dirección al origen del ruido. Había sido un dinosaurio, sin duda, pero de unas dimensiones que le parecían inalcanzables para ellos.

―Jace... Tenemos que irnos.

Jace ahogó un grito de sorpresa, con los ojos todavía desorbitados y azules por el torrente de su propia magia. Masculló una única palabra:

―Vryn...

Y una inmensa estructura circular se manifestó ante los ojos de Vraska.

Aquel lugar tenía un encanto que la agradaba: una frontera inclemente en el confín de la civilización. Entendió al instante que se trataba del plano natal de Jace.

"Aún veo lo mismo que tú. ¡No sé cómo ayudarte!", pensó Vraska, con la esperanza de que Jace pudiera oírla y responder telepáticamente.

Pero lo único que le llegó de él fue la proyección de una desesperación absoluta.

Jace había perdido el control por completo. Su mente vertía los recuerdos más antiguos y profundos como un torrente difícil de seguir.

El rostro de una mujer. Era de piel brillante y pecosa, con el cabello castaño recogido para alejarlo de unos ojos cansados. Leía notas de un cuaderno a su bebé mientras caminaba por una humilde cocina, explicando con entusiasmo una nueva técnica de sanación a la vez que pelaba verduras para la cena. Una tira de piel cayó sobre el cuaderno como si fuera un marcapáginas.

La escena desprendía un olor a violetas y la madre era encantadora. A Vraska no le molestó ver aquella parte del pasado de Jace; de hecho, le resultó agradable.

La misma mujer apareció de nuevo, esta vez intentando calzar a su hijo. El niño protestaba y pataleaba, pero de pronto se agachó para atarse los cordones con cierta torpeza. La madre se sorprendió, como si aún no le hubiera enseñado a calzarse él solo.

Las visiones se sucedían a mayor velocidad y siempre mostraban a la misma mujer.

Poniéndose un abrigo.

Cepillándose el pelo.

Reparando una pared.

Marcando una página de un tratado sobre anatomía.

Asegurándole a su hijo que no había nada debajo de la cama.

Enjugándole una lágrima.

Dándole un beso en un moratón.

El desorden de imágenes se volvió más caótico: un hombre espetando que los eruditos eran gente para las ciudades, no para este sitio. No me seas vago, niño

el escupitajo pegajoso de un matón

un aluvión de términos recibidos por telepatía: la Falacia de Holmberg, la Ley de Sissoko, Técnicas Memorísticas Menores y Mayores

descubrir que le habían hecho olvidar su primer viaje entre los planos

y el segundo

y el tercero

años de entrenamiento, manipulación e intromisión en su mente cada vez que recordaba lo que era...

Un destello de la realidad: el auténtico Jace tirado en el suelo, con las manos en la cabeza y la frente apretada contra la tierra. Rememorar todo aquello lo consumía, y Vraska comprendió con horror cuántas veces habían alterado la mente de Jace. Vio su dominio de la magia psíquica a los trece años ("¡¿cómo diablos podía hacer eso a los trece?!", se estremeció ella), su furia al descubrir lo que le habían arrebatado, su sufrimiento al comprender cuántas veces lo habían manipulado.

Y abarcando, oprimiendo y dominando todo aquello... había una esfinge.

El mundo se elevó con violencia y se convirtió en una plataforma exterior durante el anochecer.

La percepción de Vraska cambió con una sacudida y presenció el recuerdo desde los ojos de Jace.

Los mismos anillos inmensos de antes se encontraban por todo el horizonte. El cielo se había tornado de un gris furioso, las gotas de lluvia caían como piedras y la esfinge Alhammarret se había agachado para atacar. Vraska sintió las magulladuras de Jace bajo la ropa, el sudor que le abrasaba la nuca a pesar del frío cortante.

Notó la antigua ira que bullía en el pecho de Jace. Vio cómo aquel mentor lo había traicionado, manipulado y convertido en una herramienta, en lugar de instruirlo como a un discípulo. Vraska se perdió en el recuerdo. Su boca articuló las palabras de un adolescente con una voz masculina, joven y que había sobrepasado su punto de ruptura.

―Ayúdame a encontrar mis límites. Arráncame la información.

La esfinge se incorporó sobre los cuartos traseros y Vraska se sintió como si se hubieran zambullido el uno en la mente del otro.

Alhammarret pareció quedar paralizado y su mente se tornó accesible como una biblioteca. En las profundidades de su cerebro había una construcción etérea de estructura compleja: un pozo casi infinito, recubierto de mármol. Vraska se sintió fascinada por lo extraño que resultaba emplear una magia tan distinta de la suya. El Jace del pasado y ella percibieron que el extraño mármol de la mente de Alhammarret se disponía a atacar. En una fracción de segundo, un momento de instinto, Jace proyectó su propia mente a la defensiva. Su poder salió disparado como un puño, como un martillo, y luego se multiplicó formando un ariete que dirigió toda su potencia contra la frágil mente de la esfinge y la quebró.

Aquel asalto contra la mente de Alhammarret fue más devastador que una explosión, más destructivo que un terremoto y más funesto que el impacto de un meteorito. El pozo de mármol antiguo se desplomó con una implosión catastrófica que aturdía los sentidos.

Sin embargo, Jace había golpeado con demasiada ansia, demasiada potencia, y sus propios recuerdos se habían fragmentado al llevar a cabo la demolición psíquica.

Un largo gemido monótono arrojó a Jace y Vraska fuera de la mente de la esfinge y los devolvió a la plataforma bajo la lluvia torrencial. El enorme cuerpo de la esfinge yacía en el suelo, con los ojos desorbitados por la confusión. Alhammarret intentaba atraer y expulsar aire con las zarpas, y entonces comenzó a gritar. Sonaba como el llanto aterrado de un bebé; un aullido de miedo a un mundo demasiado vasto, ruidoso y desconocido.

Parecía incapaz de mover las extremidades a voluntad y su grito se volvía más y más intenso, todo ello mientras sus pesadas alas martilleaban el suelo de la plataforma. Con cada chillido intentaba inspirar más aire, y con cada exhalación vocalizaba su terror y su desconcierto.

El Jace del pasado cayó de rodillas mientras sus propios recuerdos se encerraban a sí mismos. Sostuvo entre las manos la cabeza de la esfinge sollozante y tanteó el destrozo de la mente de Alhammarret para tratar de reconstruirlo.

"He causado esto", sintió pensar a Jace. "Yo lo he causado".

Alhammarret no paraba de gritar. Tenía los ojos desorbitados, incapaces de parpadear, y aullaba constantemente, horrorizado por su propia existencia.

Vraska percibió el pánico de Jace. La esfinge le había arruinado la vida, lo había maltratado, había despedazado su mente una y otra vez, pero lo que sufría en aquel momento era un destino peor que la muerte. Alhammarret merecía perecer, pero nadie merecía aquello.

En ese momento, Vraska sintió cómo Jace, por instinto, comenzaba a escapar caminando entre los planos. Sin embargo, su mente herida continuaba encerrándose a sí misma. Era como atravesar a toda prisa un pasadizo de rocas dentadas, y cuanto más rápido intentaba huir Jace, más recuerdos le eran arrebatados, rasgados de su psique y arrancados de sí mismo.

El rostro de su madre, su familia, su hogar y su pasado habían desaparecido.

Lo único que quedaba era la imagen del cuello de la esfinge: un anillo alargado, abierto por la parte inferior y con un círculo flotando en el centro. En el tejido de ese recuerdo, el único recuerdo que Jace conservaría, Vraska comprendió que dicho símbolo sería lo único que podría ayudarle a conservar su nombre, pero nada más.

Vraska sintió un ímpetu repentino y fue expulsada violentamente del recuerdo. Las ilusiones del mundo pasaron a toda velocidad y se disiparon. Igual de rápido que la habían absorbido, regresó a las rocas y el fango próximos a la catarata. Se encontraba de pie, a la luz del sol y bajo los chapiteles de Orazca. El Jace actual, el Jace que conocía, ilusionista, pirata y compañero, sollozaba en la orilla, perdido en el dolor.

Vraska corrió a arrodillarse junto a él y lo estrechó entre los brazos.

El joven se deshizo en lágrimas por toda una vida.

Vraska lo abrazó con fuerza y acomodó entre su cuello la cabeza de Jace. Era la primera vez en años que tocaba a alguien por voluntad propia. La sensación le resultó extraña e inquietante, pero el gesto era absolutamente necesario. Jace lloró y lloró entre sus brazos y ella lo sostuvo en todo momento. Su compañero había pasado más de media vida sin recuerdo alguno de su infancia. Había olvidado muchas cosas. Había olvidado en muchas ocasiones. Lo estrechó por todas las veces en que ella misma había deseado que alguien hiciera lo mismo cuando estaba encarcelada. Lo abrazó por todas las veces en que ella había pedido ayuda y le habían respondido con golpes. Vraska había pasado gran parte de su vida sola y encerrada. Le resultaba imposible negar consuelo a alguien que había sufrido un dolor tan inmenso, al igual que ella.

Levantó la mirada y vio una ilusión de sí misma.

El fango de la orilla dio paso a la brisa fresca del Mar de las Tormentas. La gorgona se había convertido en toda una capitana y aquella Vraska entonaba una canción golgari a pleno pulmón mientras la tripulación ponía en orden el navío. En aquel recuerdo, todo era alegre y de colores pastel, y Vraska sintió cómo el Jace del pasado intentaba cantar a coro.

Vraska sonrió, pues también recordaba aquel momento. Se acordaba de la sorpresa que se llevó al descubrir que Jace podía seguir tan bien la melodía.

La Vraska ilusoria se transformó y las esperanzas de la auténtica se esfumaron.

El recuerdo de Vraska se volvió más cruel, desagradable, peligroso y furioso. Sus cabellos fustigaban el aire y sus ropajes parecían hechos de sombras. La suciedad de Rávnica los rodeaba y Vraska se vio a sí misma a través de los ojos de Jace. Aquel había sido su primer encuentro. La Vraska del pasado señalaba a Jace, pero a Vraska le pareció que su antiguo yo apuntaba hacia ella exigiendo una alianza, o de lo contrario respondería con violencia. Vraska percibió el miedo, la turbación y la furia de Jace. No entendía qué le había pedido ella ni el porqué de sus actos. Al ignorar todo eso, en el momento de conocerla no vio más que a una asesina, una bestia.

Vraska se sintió repugnada. Odiaba verse a sí misma de aquella forma, como el monstruo que veía el resto del mundo. La gorgona que tenía ante sí estaba dispuesta a matar y Vraska se avergonzó al verse retratada con semejante malevolencia. No había nada que hacer. Jace estaba recordándolo todo y, una vez que lo asimilase, solamente la vería como un monstruo, por muy maravillosos que hubieran sido los últimos meses.

El recuerdo se esfumó y regresaron a la orilla del río.

Vraska soltó a Jace y se apartó. Las lágrimas incontenibles de él fueron a menos y la fatiga se asentó. Se desvanecieron las ilusiones y se atenuó el brillo de la magia. Jace separó las manos de la cabeza y observó la mezcla de sangre y fango que las cubría.

Vraska quería estrecharlo hasta que volviera completamente en sí. También quería marcharse al rincón más lejano del Multiverso. Quería abrazarlo y desaparecer a partes iguales, pero se quedó paralizada intentando decidir cuál era la mejor opción.

Jace levantó la mirada hacia ella, con los ojos completamente rojos de dolor.

—Lo has visto todo —comentó Jace con un tono carente de emociones.

—He visto lo que no has podido contener. —Vraska se sentía fatal.

—Eres una asesina —afirmó él cuando los recuerdos se afianzaron. Apartó la mirada, avergonzado.

—Y una amiga —respondió ella con sencillez, triste.

Jace parecía desorientado. Tal vez hubiera encontrado la manera de impedir que sus recuerdos continuaran derramándose, pero se notaba que tenía un conflicto interno. Su voz aún sonaba hueca.

—Emmara. Nissa. Tengo tan pocos amigos...

Vraska sintió cómo se le encogía el corazón. No supo qué decir.

Jace cerró los ojos e hizo un gesto de dolor. Había recuperado el control. Había devuelto la válvula a su sitio y parecía decidido a no mostrar más emociones, o simplemente estaba agotado de llorar. Vraska intuía que se trataba de esto último: Jace tenía aspecto de haber corrido una maratón. Decidió que lo mejor era esperarlo. Se quitó la gabardina y la escurrió. Comprobó si tenía magulladuras o esguinces y luego se volvió hacia la escalinata que conducía a la ciudad en las alturas. Entretanto, Jace intentó tranquilizarse. Suspiró en varias ocasiones con el peso de los recuerdos, pero parecía que lo peor ya había pasado.

—No lo he recuperado todo —dijo moviendo la cabeza con cuidado—. Hay algunos huecos. No recuerdo cómo perdí la memoria ni cómo vine a parar aquí.

—Es mejor que no te rasques las costras —recomendó Vraska en voz baja, y se dio cuenta demasiado tarde de lo estúpido e inútil que había sonado el consejo.

¿Qué podía decirle a alguien que acababa de recobrar tantos recuerdos duros?

Se sentó a bastantes pasos de Jace. El sol era cálido y notó que ya empezaba a secar la humedad de la ropa empapada en el río. Miró los tatuajes de Jace y reconoció lo que eran en realidad: el collar de Alhammarret, el símbolo al que Jace había unido su nombre. Incluso de adolescente, había sido lo bastante astuto como para grabárselo en la piel, de modo que nunca lo olvidara.

—Siento haber intentado matarte en Rávnica —confesó Vraska.

—Te habría escuchado si me hubieras explicado tus razones. —Jace soltó un quejido y cerró los ojos. Tembló por culpa de otra punzada de dolor y se estremeció, inquieto—. Mataste a gente para llamar mi atención...

—Eran una asesina, un profanador y un traficante de inocentes, todos con nombres parecidos a varios planos. —Se encogió de hombros y negó con la cabeza—. No lamento haberlos matado, pero sí haber pensado que era la única forma de conseguir que me escuchases.

—Te perdono que intentaras matarme —dijo Jace con calma y sinceridad—. Hiciste lo que considerabas correcto para tu gente.

Ninguno de los dos supo qué más añadir.

Vraska se levantó y comenzó a caminar junto a la orilla. Por primera vez, se fijó atentamente en la ciudad de Orazca, visible desde hacía poco.

Los muros y chapiteles dorados, resplandecientes a la luz del sol, se elevaban incluso por encima de los árboles más altos de la jungla. Vraska distinguió grabados de grandes hombres y mujeres en las fachadas. En el centro de la ciudad había una torre que empequeñecía todo lo demás.

Extrajo el astrolabio y, por supuesto, la luz del artefacto trazó una línea recta hacia la torre.

Desde su posición se veía una gran escalinata que ascendía desde el otro extremo del nuevo río hasta una arcada que conduciría al corazón de la ciudad.

Volvió a fijarse en Jace. Estaba muy quieto, con los ojos perdidos en la distancia. Parecía que lo hubieran atornillado a la orilla del río, como si fuese tan pesado que ni el más intenso de los vendavales podría separarlo de su aflicción. Vraska no pudo hacer otra cosa que observarlo. Había pasado de niño prodigio a espía y a víctima, para luego haberlo perdido todo, por la fuerza, tanto en su mente como en su corazón. Extraviado y asustado, había recurrido a gente que abusaba de los extraviados y los asustados. Lo habían torturado, ignorado y manipulado, pero a pesar de todo, estaba intacto. Había sobrevivido.

Era extraordinario.

—Nunca he conocido a una versión de mí que tenga los recuerdos en perfecto estado —afirmó Jace, rompiendo el silencio con sinceridad cansada—. Muchos me han manipulado para causar daño a una gran cantidad de gente. A veces lo he hecho por voluntad propia. Resultaba muy fácil.

Vraska sabía de primera mano lo fácil que era.

Se sentó al lado de Jace.

—Te han hecho daño, manipulado y maltratado. Tendrías que haber muerto muchas veces, pero a pesar de todo, has hecho lo que debías y has sobrevivido. Es un milagro digno de homenaje. —El semblante de Vraska se tornó serio—. ¿Recuerdas los tres últimos meses?

—Han sido los mejores de mi vida —confirmó Jace con una pequeña sonrisa. Vraska no se atrevió a pestañear por temor a romper el hechizo de sinceridad que compartían.

Ese Jace es una de las mejores personas que jamás he conocido.

La mirada de Jace cobró firmeza y en sus ojos se dibujó una expresión de incredulidad. Era listo, agudo como un puñal y brillante como una fogata, pero parecía incapaz de entender que Vraska le hubiera hecho un cumplido, como si ya se considerase indigno de sus elogios.

—El Jace que conozco me escucha como nadie había hecho nunca. —Vraska confirió toda la verdad posible a sus palabras—. ¿Entiendes lo especial que es eso? Nadie había escuchado mi historia; de hecho, a nadie le importaba que tuviese una historia. —Vraska percibió un reflejo de tristeza en los ojos de Jace cuando movió levemente la cabeza a un lado y a otro, comprensivo con ella—. Ese Jace considera que todo el mundo posee la capacidad de reinventar quién es. Ese Jace sigue dentro de ti y creo que ese es el auténtico Jace.

—Ese es quien me gustaría ser —afirmó él.

—¿Y no puedes influir en el resultado?

—Quiero creer que sí, pero ¿cómo puedo elegir ser quien crees que soy, cuando ahora recuerdo la cantidad de veces que he dejado que otros se aprovechen de mí? ¿La cantidad de gente a la que he hecho daño?

—Nadie elige ser una víctima —intervino Vraska—. No eres débil porque se hayan aprovechado de ti. Además, la crueldad de lo que te obligaron a hacer recae sobre ellos, no sobre ti.

—No puedo evitar sentirme como un ingenuo.

—Lo sé, pero no lo eres.

Jace calló por un momento y recordó algo que, por fortuna, no salpicó la mente de Vraska.

—Mi madre... —balbució Jace, que hizo una pausa para tomar aliento—. Mi madre quería que me mudase a la ciudad y fuese un erudito.

Vraska sonrió. Sus palabras surgieron lenta y deliberadamente:

—Te mudaste a una ciudad inigualable. Y te has convertido en un erudito inigualable. —Vraska fingió no darse cuenta de que Jace luchaba por contener la emoción que habían causado aquellas sencillas afirmaciones.

—A menudo imaginaba que mis padres me odiaban —relató Jace con los ojos cerrados—. Fingir que eran crueles me ayudaba a sentirme mejor por haberlos olvidado. Así, hiciera lo que hiciese, nunca sentía que mis decisiones decepcionaban a alguien.

Aquella confesión sorprendió a Vraska.

—¿Crees que la has decepcionado?

—Creo... —Jace pensó bien su respuesta. Entonces miró a Vraska—. Creo... que quiero hacer que se sienta orgullosa.

Jace lo dijo con tono esperanzado, casi feliz. Allí estaba el hombre sincero que podía desmontar y volver a montar un telescopio, que era capaz de camuflar un navío entero con la mente y luchar codo con codo durante un abordaje, que disfrutaba con los acertijos y la piratería. Allí estaba, después de todo.

—Entonces, creo que sabes exactamente quién deberías ser —aseguró ella con una sonrisa.

La escalinata dorada se elevaba ante ellos.

Vraska tendió una mano a Jace para ayudarlo a levantarse. Asintió en dirección a la escalinata que ascendía en dirección a Orazca.

Jace le estrechó la mano con agradecimiento y se puso en pie, aún afectado por el dolor de cabeza. Levantó la vista hacia la escalinata.

—Hace un año habría sido incapaz de subir tantos escalones —comentó Jace con cierto orgullo—. Si lo hubiese intentado, seguro que me habría desmayado a medio camino.

—No estabas en tan mala forma la última vez que te vi —se burló ella.

—Eso crees, pero solía utilizar ilusiones para aparentar que estaba en forma.

—¿En serio? —preguntó Vraska enarcando las cejas.

—Pues sí —admitió Jace. Tenía el rostro descuidado, los ojos, rojos por la emoción y los labios, alegremente inclinados. Una expresión de lo más humana. Entonces sonrió—. Antes era un cobarde.

Dejó un "pero ya no" implícito entre ellos, y Vraska se fijó en su sonrisa cuando Jace se volvió para ascender por la escalinata dorada hacia Orazca, dando un paso decidido tras otro.


 

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