Han pasado muchos años desde que Sarkhan Vol alteró el destino de Tarkir salvando a Ugin tras su combate contra el malvado Nicol Bolas y envolviendo al moribundo dragón espíritu en una crisálida de piedra. Desde entonces, las tempestades de dragones no solo han continuado: se han intensificado y cada vez engendran más bestias en Tarkir, como si el daño sufrido por Ugin las hubiese enfurecido.

En Tarkir, muy pocos conocen el motivo por el que las tempestades han empeorado, pero todos ven las consecuencias. Lo que antes era un delicado equilibrio entre clanes y dragones se está convirtiendo en una derrota aplastante para los clanes. Cada mes nacen nuevos engendros y acarrea nuevas pérdidas.

En los Yermos Cambiantes, las dinastías abzanas se enfrentan a un enemigo tan preparado como ellas para sobrevivir en el desierto: la gran dragona Drómoka y su estirpe. Sin lugar alguno en el que esconderse, los Abzan han sufrido más pérdidas que ningún otro clan ante el asalto renovado de los dragones.

Dagatar, kan de los Abzan, debe tomar las decisiones correctas para que su pueblo sobreviva.


Los vientos aullaban sobre la ciudadela de piedra de Mer-Ek, lugar de residencia del kan abzano. Las tormentas se habían vuelto más frecuentes durante el último año y rara vez había intervalos de calma entre ellas. Los vientos eran constantes y, en el desierto, resultaban mortíferos; cuando soplaban en toda su intensidad, las ráfagas de arena podían desollar la carne de un íbice o de un humano sin armadura. Las fortalezas viajaban con menos frecuencia. Las reservas de comida y agua nunca habían escaseado tanto en toda la historia del clan. Sin embargo, las tormentas nunca habrían representado una crisis suficiente para que los ancianos líderes de todos los rincones del imperio abzano se reuniesen en la ciudadela gubernamental, como era el caso.

Dagatar, el kan de los Abzan, estaba sentado a la cabeza de una larga mesa de mármol. El mueble presentaba numerosos rasguños, muescas, manchas y otras señales del desgaste sufrido en las reuniones organizadas allí mismo durante generaciones. Todos los asientos estaban cubiertos: veinte de los mejores y más sabios líderes habían acudido y, siguiendo la tradición del kan Burak que había restablecido, Dagatar guardaba silencio y escuchaba hasta que todos sus consejeros terminasen de intervenir. Él tendría la última palabra y su criterio sería la decisión final en el asunto que debatían.

Dagatar, el Inflexible | Ilustración de Zack Stella

Conscientes de ello, los consejeros llevaban dos horas hablando y discutiendo. Estaban ante una crisis existencial para el clan y nadie quería que se tomase una decisión sin asegurarse de que su opinión estuviese bien clara. Dagatar apoyaba la cabeza en un puño; estaba agotado, pero permanecía atento a la contienda que se libraba ante él.

―¡Esa sugerencia es absurda! Hablas de la estirpe de Drómoka como si fuese una fuerza de la naturaleza. Solo en los seis últimos meses, mis guerreros acabaron con tres dragones. ¡Además, nuestro kan abatió a otros dos él mismo con su maza! Y no me refiero a crías, precisamente: ¡el engendro al que llamaban Korolar tenía una envergadura de veinte metros! Efectivamente, hemos sufrido bajas, ¡pero podemos vencer esta batalla! ―La que hablaba era Reyhan, comandante de las fuerzas unidas de tres dinastías y única líder militar que había logrado victorias con cierta constancia durante los dos últimos años―. Eso, suponiendo que ninguno de vosotros nos dejéis en la estacada, cobardes. ―Miró con furia a toda la mesa. Cada vez menos líderes podían sostenerle la mirada.

―En verdad, bien hecho ―empezó a aplaudir el hombre que se sentaba a la derecha de Dagatar―. ¡Bien hecho! ¿Y colgaste los trofeos a tus puertas como una salvaje mardu? ¡Veinte metros! Qué gran victoria. ¡Cinco dragones en seis meses! Toda una proeza. ¿Y cuántos dragones engendraron las tempestades durante ese período? ―dijo Merel, el tío de Dagatar, que había rechazado el cargo de kan en sus años mozos―. Mis exploradores han identificado a dieciséis. Y eso lo han hecho solo mis exploradores. Drómoka mora a unos treinta kilómetros de aquí y no deja de convocar más y más tempestades. No solo es capaz de doblegar la voluntad de otros dragones: controla un ejército. Y creo que no necesito recordarle a nadie qué sucedió cuando nos enfrentamos directamente a ella. Reyhan, eres una maestra en la guerra de desgaste. Mis dotes matemáticas quizá estén un poco oxidadas, pero ¿podrías explicarme cómo lograríamos salir victoriosos de esto, por favor?

Dagatar frunció más el ceño. Tenía la esperanza de que los líderes abzanos llegasen a un consenso y que su sabiduría colectiva le proporcionase una solución que aún no había contemplado. Sin embargo, parecía que solo confirmaban sus peores temores.

―De tu boca salen muchas críticas, viejo, pero ninguna solución ―dijo Reyhan fulminándolo con la mirada―. Ninguno de vosotros ha propuesto un plan mejor que resistir. Mi solución es simple: reunir a nuestras fuerzas restantes e ir directamente a por el origen del problema. Llamaremos a todos nuestros hombres y mujeres en condiciones de luchar, invocaremos a todos los ancestros dispuestos a escucharnos y atacaremos el corazón de la estirpe. Acabaremos con Drómoka y su prole se dispersará. El resto de Tarkir podrá arreglárselas por su cuenta hasta que las tempestades se calmen y los vientos cambien. Como hemos hecho siempre.

―Tú no estabas allí, Reyhan ―la réplica de Merel fue apenas un susurro y sus ojos denotaban su pesar―. No viste lo que Drómoka nos hizo. Perdimos a más de mil soldados y ni siquiera llegamos a arañarla. Tu propuesta acarrearía el fin de los Abzan.

Asedio a la ciudadela | Ilustración de Steven Belledin

Toda la sala estaba en silencio. Reyhan suavizó el rostro y bajó la cabeza―. Hoy no he oído ninguna estrategia que no nos conduzca a un destino así, viejo amigo. Solo intento darnos un atisbo de esperanza o, en caso de que fracasemos, un final del que podamos sentirnos orgullosos.

Nadie más intervino. Se había dicho todo lo que había que decir, y la verdad quedó al descubierto en aquella mesa. Dagatar se puso en pie y todos se enderezaron en sus asientos.

―He escuchado vuestros sabios consejos y os doy las gracias a todos. Por un lado, tenemos una guerra que probablemente no ganaríamos. Por otro, un asedio al que probablemente no sobreviviríamos. No me andaré con rodeos: quizá nos enfrentemos al fin de los Abzan. Por tanto, no actuaré precipitadamente. Debo consultar a los ancestros. Sea cual sea mi decisión, estaré con vosotros hasta el final. Podéis marcharos.


Los aposentos del kan eran austeros. Dagatar era un hombre rico y nacido en una familia influyente, pero aquello no quedaba patente en el único lugar que no debía compartir con todos los demás. No tenía sirvientes que limpiasen la habitación y ningún visitante la había visto jamás por dentro. Era un caso extraño en un pueblo que se enorgullecía tanto de su sentido comunitario, pero Dagatar era el kan y se le permitían excentricidades ocasionales. Además, no estaba realmente solo en sus aposentos; no cuando allí estaba la Remembranza.

Lo observó entrar y Dagatar sintió la mirada inquisitiva. Era la carga que debían soportar todos los kans desde hacía decenas de generaciones. Estaba colocada en un lugar de honor y servía de inspiración para la gente que la contemplaba, pero no para los líderes que la habían empuñado. Para ellos, era una carga espantosa, pero en tiempos difíciles, era un arma y un recurso sin igual.

La Remembranza.

Se decía que procedía de uno de los primeros árboles familiares y que tenía un vínculo con los espíritus de los primerísimos Abzan, los que sobrevivían, los que aprendían, los que perseveraban cuando la vida misma parecía imposible. Aquellos grandes espíritus habían alimentado un retoño hasta que se convirtió en un árbol robusto y colosal. Sus ramas alcanzaron alturas superiores a las de la fortaleza de Mer-Ek e incluso, se decía, a las de las lejanas torres de los Jeskai. Se trataba de una auténtica montaña de madera, corteza y hojas que crecía y medraba a pesar de las duras condiciones del desierto. Dagatar pensaba a menudo que debía de haber sido una afrenta contra los cielos, y que por eso los cielos acabaron por derribarla. En medio de una gran tormenta, un relámpago alcanzó el árbol y lo partió hasta las raíces. Allí, lo encontraron: el anciano corazón de ámbar del árbol, que latía con el poder de los fallecidos tiempo atrás, fusionados para formar una única conciencia. El corazón de ámbar se moldeó para elaborar la cabeza de una maza, que desde entonces fue heredada por los kans abzanos.

Si Dagatar hubiese sabido lo que era realmente, quizá no hubiera aceptado el cargo de kan.

El ámbar se arremolinaba y latía con una luz fluida, y su movimiento se aceleró cuando sintió que Dagatar se acercaba. El kan estiró la mano hacia ella y dudó un momento antes de sujetarla por el mango cubierto de piel. La voz retumbó en su mente como una bestia en estampida.

―Cobarde. Debilucho. Has estado evitándonos. ¿Tanto temes tu deber?

―Al contrario. ―Dagatar levantó la maza con respeto y sostuvo la cabeza de ámbar en la mano izquierda. Los ancianos líderes no le habían proporcionado la orientación que necesitaba, pero los ancestros nunca le habían fallado. Se sentó, respiró hondo y trató de disimular el cansancio y el rencor―. Lo que temo es que mi deber quizá quede sin concluir. Pero sí, he estado contentándome con escuchar los sabios consejos de los vivos.

―Los vivos... Claro... Sientes tanto miedo por lo que podrías perder que has ignorado tus responsabilidades. Tu deber importa más que una vida, o que diez mil vidas. Tu deber es para con todos los Abzan que vivirán en el futuro.

Supremacía abzana | Ilustración de Mark Winters

―Con nuestra situación actual, quizá no sean muchos ―dijo Dagatar cerrando los ojos.

―Solo si fracasas ―dijo el corazón de ámbar con una oleada de desprecio―. ¿Ya empiezas a contemplar la posibilidad de una derrota? Cuando mueras, cuando te resignes a que has condenado a tu pueblo a la aniquilación, ¿te reconfortará pensar que tu cometido era difícil?

―Estoy dispuesto a aceptar vuestros insultos a cambio de vuestros consejos. Tenemos dos opciones y ninguna parece especialmente alentadora. Drómoka y su estirpe no son como los demás dragones. Son poderosos, pero también se protegen unos a otros. Luchan en sintonía y están habituados a las condiciones hostiles del desierto. Estamos en guerra con un enemigo que nos supera en nuestros propios puntos fuertes. Podemos hacer lo que hemos hecho siempre, blindar nuestras defensas, pero los dragones son cada vez más numerosos y fuertes, y nuestras provisiones no durarán para siempre. La alternativa es atacar a la líder de la estirpe, con la esperanza de que el resto se disperse a otras regiones.

»Pero me pregunto si eso sería suficiente. He tenido noticias de algunos de los demás kans y no hay ningún sitio en Tarkir que esté a salvo de las tempestades de dragones. Tal vez logremos repeler a una estirpe, pero es casi seguro que otra ocuparía su lugar más adelante. Si existe una tercera opción, aún no la he encontrado. ¿Qué me recomendaríais vosotros?

La Remembranza guardó silencio unos instantes.

―Recordamos la primera crisis por la que nos consultaste. Era un asunto insignificante. Los Sultai habían capturado una patrulla y querías organizar una partida de rescate. Lloraste cuando te revelamos la verdad: lo más duro para un kan es encajar una derrota y sobrevivir para vencer la próxima batalla. Si hubieses intentado salvar a la patrulla, habrías perdido el quíntuple de tropas. En cambio, castigaste a los Sultai durante la siguiente estación y los espíritus de los caídos regresaron a su hogar. Esto es lo que significa ser Abzan: saber sufrir una derrota sin perder nuestra fuerza. Y volverás a hacerlo. El poder de los Abzan basta para derrotar a esa bestia; da igual a cuántos pierdas, porque asegurarás que habrá un futuro para quienes sobrevivan. Kan Dagatar, ¿estás preparado para hacer lo que debe hacerse?

El kan reflexionó largo y tendido sobre las palabras de la Remembranza.

―Sí, creo que lo estoy.


Los cielos estaban despejados, pero el viento soplaba con fuerza. El yelmo de Dagatar reverberaba con el golpeteo constante de la arena que chocaba con el acero. La máscara que llevaba debajo lo protegía de la mayoría de la arena, pero el kan tenía que entrecerrar los ojos mientras su compañía y él se acercaban al punto de encuentro. Ya distinguían el gran afloramiento de rocas. Merel estaba más alicaído, pero se mantenía junto a su sobrino; se encontraban en el lugar donde habían luchado contra Drómoka por primera vez. Un millar de Abzan había perecido en aquellas dunas, pero el tiempo y el desierto habían eliminado cualquier vestigio de los muertos. Aun así, se trataba de un lugar sagrado y trascendental; Dagatar podía sentirlo.

Llanura | Ilustración de Noah Bradley

Mientras se acercaban, distinguió a un puñado de personas que los esperaban entre la piedra. La mayoría iba vestida al estilo abzano, pero nadie llevaba ya la insignia de ninguna dinastía. El kan sentía un odio instintivo hacia aquella gente, aunque sabía por qué. Aferró la Remembranza y siguió avanzando hacia el vendaval que se aproximaba.

Las rocas proporcionaban cierto cobijo contra el viento y los hombres de Dagatar se retiraron los yelmos y máscaras lo suficiente para beber un trago de agua. El kan observó los rostros de los emisarios y se mantuvo impasible. Le hicieron una profunda reverencia y Dagatar correspondió el gesto.

―Dagatar, kan de los Abzan, os damos la bienvenida en nombre de la Eterna. Me llamo Sohemus.

―Estáis dándome la bienvenida a mis propias tierras, Sohemus, aunque la acepto, dadas las circunstancias. Pero no estoy aquí para hablar con vosotros. ¿Dónde está vuestra maestra?

―Se unirá a nosotros cuando le convenga ―dijo Sohemus inclinando su afeitada cabeza; tenía el aspecto de un peregrino jeskai―. Entretanto, os informaré sobre los protocolos que deben respetarse. Cuando intervengáis, miradla a ella. Mi señora hablará en dracónico y yo ejerceré de intérprete. No me miréis ni os dirijáis a mí en ningún momento.

―De acuerdo ―asintió Dagatar―. ¿Algo más?

―Solo deseo recordaros que mi señora no ha accedido a respetar ninguna tregua durante este encuentro. Considerando de qué acusa a vuestro pueblo, no os garantizamos vuestra seguridad.

―¿Cómo? ―El pulso de Dagatar se aceleró de furia―. ¿Ella nos acusa a nosotros de algo?

―Yo no soy quién para debatirlo ―argumentó Sohemus haciendo una profunda reverencia y extendiendo las manos. Luego se estremeció y una extraña sonrisa se dibujó en su cara―. Ah, ya no tendréis que esperar más. Aquí viene.

Drómoka, la Eterna | Ilustración de Eric Deschamps

Dagatar miró hacia arriba y no vio nada excepto la luz cegadora del sol. Entonces, el cielo se oscureció. Un ser gigantesco descendió desde las alturas; sus alas eran tan grandes que eclipsaron el vendaval. Los humanos en tierra firme sintieron continuas ráfagas de aire soplando sobre ellos mientras la dragona aterrizaba allí mismo. Drómoka era enorme; su tamaño triplicaba fácilmente el del mayor eburno que Dagatar había visto jamás. Sus escamas eran gruesas y de colores que abarcaban desde el broncíneo hasta el perlado, y ni una sola parecía tener un arañazo. Miles de flechas, lanzas y espadas se habían partido contra aquella coraza. "Obsérvala", pensó Dagatar, "está totalmente intacta a pesar de nuestros esfuerzos".

El kan se acercó a ella e hizo una reverencia. La dragona respondió bajando levemente la cabeza. Parecía que estaba estudiándolo, como una persona que examinaba un insecto que no conocía. La dragona habló; su voz era un sonido retumbante y chirriante, distinto a todos los que Dagatar había oído en su vida. Resistió el impulso de girarse hacia Sohemus mientras este traducía.

―Mi señora os concede esta audiencia, Dagatar de los Abzan, aunque no comprende qué pretendéis lograr.

―Grande y poderosa Drómoka ―comenzó Dagatar mirándola directamente; se sintió como si hablase con una fortaleza―, he venido con el propósito de terminar con las hostilidades entre los Abzan y vuestra estirpe.

La dragona emitió un sonido, un retumbo que sacudió el pecho de Dagatar como un terremoto. El kan tardó unos instantes en reconocer que la dragona se estaba riendo. Drómoka siguió hablando y Sohemus tradujo el mensaje―: Eso será imposible. Vuestro clan de nigromantes es una afrenta en su territorio que no puede tolerar.

―¿Cómo? ¿Nigromantes? No lo entiendo. Drómoka, os referís a los Sultai. Nosotros nunca hemos practicado sus repugnantes artes.

La dragona bajó la inmensa cabeza y miró a Dagatar casi a los ojos. Su expresión transmitía curiosidad. Cuando habló, el calor que emanó de su boca eclipsó al del sol.

―Obligáis a vuestros muertos a serviros. Eso es nigromancia. Incluso habéis traído un espíritu oscuro ante ella, ¿y os atrevéis a mirarla a la cara y negarlo? No obstante, parecéis sincero. Explicad esta contradicción.

Agrupar a los ancestros | Ilustración de Nils Hamm

―Lo habéis malinterpretado ―explicó Dagatar mirando a la Remembranza―. Se trata de nuestros venerables ancestros. Su sabiduría nos muestra el camino. Es nuestra tradición, nuestra forma de vida. No podemos...

Drómoka lo interrumpió y su habla dracónica se convirtió en un gran rugido. Sohemus se encogió ante el arrebato de la dragona y se tomó unos segundos antes de traducir el mensaje.

―A los vivos los sirven los vivos; los muertos deben descansar. La naturaleza es así y mi señora... se opone firmemente a quienes la ultrajan. ―Drómoka prosiguió con un tono más suave―. Mi señora desea haceros saber que ha estudiado a vuestro pueblo y que ha descubierto muchos motivos para respetaros. Os ayudáis unos a otros con coraje y sois más fuertes unidos que separados. Valoráis el sacrificio y la fuerza. Incluso vuestra tradición de los krumar es similar a la práctica que ella ha establecido para los humanos que nos hemos puesto a su servicio. Sin embargo, mientras vuestro pueblo siga corrompido por la nigromancia, nuestra estirpe continuará enemistada con vos hasta erradicaros del desierto.

Dagatar sostuvo la mirada de la dragona durante un tiempo considerable.

―¡Necio! ―estalló la voz de la Remembranza en la mente de Dagatar―. No puedes dejar escapar esta oportunidad. No has venido aquí en son de paz y esta bestia ha prometido que acabaría con todos nosotros. Nunca volverás a tenerla tan cerca. ¡Álzame! ¡Acaba con tu enemigo ahora mismo!

Dagatar llevó la mano a la empuñadura de la Remembranza. Luego se preparó y avanzó.

―Drómoka, nuestros ancestros nos han guiado durante siglos. Compartiré con vos el mejor consejo que me han dado jamás. Me han recordado que el deber de un kan importa más que una vida, o que diez mil vidas. Soy responsable de velar por todos y cada uno de nuestros descendientes, hasta el fin de los días. Ser Abzan implica saber cómo sufrir una derrota sin perder nuestra fuerza. Para ello, debemos hacer lo que resulte necesario, aunque sea difícil. Aunque sea impensable.

Dagatar avanzó con paso firme hacia la dragona, sin temor. Drómoka no se inmutó, ni siquiera cuando el humano la tuvo a su alcance. El kan podía sentir que la Remembranza latía con poder y expectación. Dagatar susurró muy bajo cuando alzó la maza.

―Perdonadme.

Y entonces, estampó la cabeza del arma contra la piedra que pisaba. El ámbar se partió y la voz de la Remembranza prorrumpió en un millar de gritos de agonía e ira. Luego descargó un golpe, y otro, y otro, hasta que el ámbar se partió en miles de fragmentos relucientes. La voz calló. Los ancestros se habían desvanecido.

Romper | Ilustración de Tim Hildebrandt

―Merel ―dijo Dagatar recobrando el aliento y apoyándose en una rodilla―, transmite mi mensaje a todas las dinastías. Arrancad todos los árboles familiares. Por la presente, la práctica de la nigromancia queda prohibida. ―Levantó la vista hacia Drómoka―. ¿Será esto suficiente?

La dragona asintió.

―Hijo, habrá dinastías enteras que se rebelen ―objetó Merel, quien de pronto parecía mucho más viejo―. Estás pidiendo que demos la espalda a todas nuestras tradiciones. ¡Esto supondrá la destrucción de nuestros ancestros! ¡Provocará una guerra civil!

―Así es, pero habrá un futuro para quienes sobrevivan.

Observó en silencio los restos de la Remembranza. El viento dispersó los fragmentos como motas brillantes perdidas en la arena. Pocos minutos después, no había ni rastro de ellos.