El origen de Liliana: El cuarto pacto

Posted in Magic Story on 17 de Junio de 2015

By James Wyatt

James Wyatt joined Magic’s creative team in 2014 after more than 14 years working on Dungeons & Dragons. He has written five novels and dozens of D&D sourcebooks.

Ilustración de Chase Stone

El obsequio del Hombre Cuervo

Un hombre acababa de morir cerca, demasiado cerca; su último aliento fue un grito sordo e inarticulado que solo su asesino y Liliana Vess podían haber oído. Liliana se alejó a paso rápido del origen del sonido e interpuso entre el asesino y ella todos los árboles retorcidos que pudo.

Había crecido recorriendo los senderos y veredas del bosque Caligo y los conocía tan bien como cualquiera. Desde luego, estaba más familiarizada con ellos que cualquiera de los soldados que estaban luchando y muriendo bajo las ramas de los árboles. Incluso de noche, el bosque le parecía un hogar donde los búhos ululaban y los ruiseñores cantaban entre las oscuras ramas. Sin embargo, aquella noche, el bosque se había convertido en un campo de batalla y lo único que se oía eran los gritos de los moribundos y los graznidos de los cuervos que se disputaban la carne de los fallecidos.

Ilustración de Karla Ortiz

Liliana se detuvo y aguzó el oído en busca de indicios de que la estuviesen siguiendo o hubiesen notado su presencia. Estaba segura de que no había ningún soldado humano tras su rastro, solo un cuervo que saltaba y planeaba de rama en rama, a la espera de que la muerte la hallase.

―Esta noche no, pajarito ―susurró ella―. Josu depende de mí.

Al recordar a su hermano, que deliraba de fiebre y estaba a las puertas de la muerte en casa de su padre, Liliana aceleró el paso y pronto dejó atrás el fragor de la batalla. Si nadie más se atrevía a aventurarse en el bosque para encontrar la raíz de esis que podría curar a su hermano, lo haría ella misma.

―Estoy lista ―le dijo al cuervo―. Lo salvaré y juntos aplastaremos a estos invasores.

El cuervo graznó.

―No te rías de mí. ―Se agachó para recoger una piedra y tirársela al pájaro, pero cuando levantó la vista, el cuervo había desaparecido.

En su lugar había un hombre que ocultaba el rostro bajo las sombras de la capucha de su abrigo. Le tiró la piedra de todos modos, que lo alcanzó en el hombro y cayó al suelo. El hombre se retiró la capucha y Liliana llevó una mano al cuchillo que guardaba en el cinturón.

El desconocido era alto y tenía un aspecto noble. Vestía un traje negro y dorado que no mostraba signos de haber pasado entre árboles y zarzas. Tenía la cabeza coronada de cabellos blancos, alborotados por la capucha, pero sus cejas eran negras y alargadas; le surcaban las sienes, casi hasta las orejas. Los ojos eran de un extraño color dorado, como los bordados de su ropa, y Liliana no pudo apartar la vista de ellos.

―No he venido a hacerte daño, Liliana Vess.

―Sabes quién soy... ―respondió ella asiendo el cuchillo―. Eso no me inspira confianza.

―Tu padre es nuestro señor y general ―explicó levantando las manos para demostrar que no ocultaba nada―. Claro que sé quién eres.

―¿Has estado siguiéndome?

―Al igual que tú, prefiero ocultarme en el bosque a que los enemigos de tu padre arrastren mi cadáver decapitado detrás de sus caballos, estiren mi piel sobre sus escudos y hagan que mi esqueleto baile entre los árboles.

Ilustración de Chris Rahn

Mientras hablaba, a Liliana le pareció oír a lo lejos el ruido de cascos de caballos―. Tengo que irme.

―¿Y a dónde irás?

―Al claro...

―... donde antes crecían las raíces de esis, ¿verdad?

―¿Cómo sabes que...? ―iba a preguntar―. Un momento. ¿Has dicho que "antes crecían"?

―¿Aún no lo sabías? Las han quemado.

―¿Han sido los invasores?

―Sus brujas desolladoras. Ahora es un campo de cenizas donde practican sus rituales y alzan a más soldados para luchar contra tu padre.

―No... ―se sorprendió Liliana.

Dio la espalda al desconocido y echó a correr, sin preocuparse por el ruido que hacía al atravesar arbustos y pisar ramas y raíces. Olió el humo mucho antes de llegar al claro y se detuvo cuando vio la luz de las brasas encendidas.

Unas alas de cuervo batieron el aire tras ella y se giró. Allí estaba el hombre de los ojos dorados, con la mirada fija en el suelo.

―Cuánta muerte ―dijo.

Liliana bajó la vista y se sobresaltó cuando sus ojos se cruzaron con los de un hombre muerto a sus pies. El suelo estaba lleno de cadáveres; eran soldados de su padre, vestidos de negro y dorado. Algunos presentaban heridas horribles, otros tenían graves quemaduras y también había cuerpos decapitados y desollados que tenían expuesta la brillante grasa subcutánea y los músculos, por obra de la magia oscura de las brujas. No había ni una sola ave carroñera alimentándose de aquellos cadáveres.

―Y sin la raíz de esis, tu hermano será el siguiente ―dijo el hombre.

―¡Ni hablar! ―chilló Liliana―. No voy a dejar que suceda.

―No, claro que no. ―Su tono tranquilo y seguro no hacía más que exacerbar el miedo que sentía Liliana.

―Tiene que haber otra solución ―dijo ella―. Más raíces, otro claro donde crezcan...

―Sabes que la hay, pero no quedan más claros.

―¿Qué insinúas? ―Contuvo las ganas de abofetear a aquel hombre tan exasperante―. ¿Conoces otra forma de salvar a Josu? ¿Cuál es?

El desconocido señaló en dirección al claro. Liliana se giró y miró hacia los árboles, donde las brasas ardían sin llama en la oscuridad.

―Sabes que la hay. ―La voz del hombre sonó justo detrás de ella y notó su aliento en la oreja.

Pero Liliana no lo sabía. Durante años, se había entregado a los estudios bajo la tutela de lady Ana. Había memorizado las propiedades curativas de las raíces y las hierbas, se había familiarizado con las señales y los síntomas de cientos de enfermedades y había aprendido los mejores tratamientos para decenas de tipos de herida. La raíz de esis era la única cura posible―. Has dicho que el claro ha ardido y ya no quedan raíces.

―Sabes que hay otras alternativas.

Todos sus estudios, sus lecciones y sus rutinas diarias de machacar hierbas y elaborar pócimas sugerían que no había otra cura posible.

―A menos que... ―susurró.

―Sabes que la hay.

"¡Pues claro!". Estuvo a punto de saltar para celebrar su inesperada ocurrencia. Durante años, también había ampliado sus estudios con conocimientos ajenos a los que lady Ana le enseñaba y había coqueteado con magia que tenía una relación más... directa con la vida y la muerte. Todo en aras de mejorar sus dotes como sanadora, por supuesto. Sabía que había magia capaz de convertir incluso una raíz de esis quemada y marchita en una cura para Josu. Al menos, en teoría.

Ilustración de Bastien L. Deharme

La cuestión era cómo podía saberlo aquel hombre.

―No estoy preparada ―le dijo―. Aún me queda mucho por aprender.

―Tranquila, seguro que Josu esperará a que termines tus estudios.

Liliana dijo entre dientes un horrible insulto y se alejó del hombre. Dio algunos pasos en dirección al claro incinerado.

―No puedes demorarte, Liliana Vess. ―El hombre la siguió y continuó hablándole al oído―. Ya sabes lo suficiente. Ya eres una gran maga, aunque no quieras admitirlo, y serás todavía más grande cuando aceptes tu poder.

Su pánico estaba transformándose y convirtiéndose en un entusiasmo embriagador. Sabía que era poderosa, pero siempre había ocultado sus conocimientos prohibidos por miedo a que la reprobasen. La idea de entregarse a ellos e ignorar las consecuencias... Tenía que admitir que, al igual que otras cosas prohibidas, dar rienda suelta a su poder parecía divertido.

Se giró hacia el hombre, le plantó una mano en el pecho y lo empujó―. ¿Cómo sabes tanto sobre mi magia? ―Sentía el poder creciendo dentro de ella, el hormigueo gélido de la muerte que se aproximaba.

―Supongo que los dos somos más de lo que aparentamos ―respondió él.

Liliana siempre lo había sabido: ella era más, muchísimo más de lo que la gente veía en ella. Y ahora estaba dispuesta a demostrarlo. Sintió que algo en su interior acababa de liberarse, como una flor oscura que hubiese germinado en un pantano. Los hechizos acudieron a su mente y se entretejieron para urdir un plan desesperado y terrible.

―Muy bien ―dijo el hombre―. Ahora eres capaz de verlo. La raíz de esis es una cura eficaz y segura, pero conoces otra más potente.

Era cierto y se sorprendió por ello. Aguzó los sentidos y percibió el poder que yacía en la putrefacción y el deterioro de la ciénaga cercana. Absorbió el maná con una sonrisa siniestra, apenas consciente de que el desconocido había vuelto a desaparecer.

A cada paso que daba, el poder que se había desatado en su interior parecía florecer un poco más y su determinación crecía. La impulsaba y la instaba a aceptar su fuerza. Tras una docena de pasos, abandonó el cobijo de los árboles y salió al claro.

El lugar se había convertido en un círculo desolado de cenizas, con un anillo de brasas envolviendo la linde. El terror y la furia llenaron su corazón mientras asimilaba lo que veía y recordaba el claro como el remanso de paz que había sido. Tres viejas decrépitas estaban de pie en el centro, espalda contra espalda y con los ojos cerrados. Estaban utilizando la madera como medio para transmitir sus hechizos a los campos de batalla en las tierras del padre de Liliana. Había tres centinelas espectrales flotando en los alrededores: tres calaveras macabras con trozos de carne colgando y un siniestro brillo púrpura en las cuencas de los ojos.

Eran seis enemigos y Liliana estaba sola, pero la vida de Josu dependía de ella y el poder que crecía en su interior sería más que suficiente.

―Hola, señoritas ―dijo Liliana en tono burlón.

Una de las calaveras flotantes osciló hacia ella y profirió un aullido fantasmal con su boca desencajada y descarnada. Liliana respondió con un cántico propio, una sucesión de sílabas en voz baja que resonaron en el aire muerto. Un cuchillo de oscuridad total salió disparado de su índice y atravesó a la calavera, cortando la energía nigromántica que le daba su imitación de vida, y el cráneo cayó al suelo.

Las brujas desolladoras abrieron sus ojos lechosos y se giraron hacia ella al mismo tiempo.

Liliana señaló a las dos calaveras restantes y estas levantaron pequeñas nubes de ceniza cuando cayeron al suelo.

―Creo que necesitáis mejores guardaespaldas ―dijo a las brujas. Estaba ganando confianza y una determinación fría sustituyó al miedo. Se dio cuenta de que tenía aptitud para aquello. Le resultaba muy fácil ahora que lo había aceptado. Mucho más fácil que los aburridos estudios con lady Ana. ¡Y era una sensación soberbia!

Las brujas desolladoras entonaron un cántico. Sus tres voces hablaron al unísono y el dolor la recorrió como si unas garras estuviesen rasgándole la piel.

Liliana gritó.

Sin embargo, convirtió su aullido en otro hechizo y utilizó el dolor para centrar su mente. El conjuro salió de su boca como el tañido de una campana y un frío mortal calmó el ardor de la piel cuando su magia cobró forma. Tres manos espectrales surgieron del suelo a los pies de las viejas, describiendo volutas de sombra que parecían brazos fantasmales.

Ilustración de David Palumbo

Esta vez fueron las brujas quienes aullaron de dolor cuando las manos les atravesaron el pecho y salieron por la espalda aferrando motas brillantes de luz dorada. Sus gritos se convirtieron en gemidos lastimeros y las viejas cayeron al suelo, aferrándose el pecho con la poca fuerza que les había dejado el hechizo de Liliana. Una de las brujas estiró una mano hacia ella y murmuró algo que podía ser un hechizo, pero Liliana no sintió nada.

Las tres manos espectrales convergieron a los pies de ella y volvieron a hundirse en la tierra con sus premios. Liliana sonrió con aires de superioridad y empezó a inclinarse, pero oyó a sus espaldas el graznido estridente de un cuervo; aquello la sobresaltó y se giró. Uno de los cadáveres que había visto fuera del claro estaba caminando pesadamente hacia ella.

―Así que habías lanzado un hechizo ―le dijo a la bruja que agonizaba tras ella―. Un esfuerzo admirable, pero creo que ha sido el último.

Respiró hondo, se concentró y extinguió la imitación de vida que animaba la carne del zombie. Detrás de ella, la bruja dio un grito ahogado.

Liliana observó el cadáver del soldado, su armadura destrozada y su uniforme ensangrentado―. Cuánta muerte ―dijo. Levantó la vista y su mirada se cruzó con la del cuervo, posado en un árbol―. Y esto es solo el principio.

A los pies de ella, una luz dorada emergió de las cenizas donde se habían hundido las manos espectrales. Liliana se arrodilló, hundió una mano en la tierra y extrajo su premio. Cuando sacó la mano, sujetaba un trozo reseco y ennegrecido de raíz de esis que emitía un tenue brillo dorado. Le serviría para elaborar una pócima mucho más potente que la que había pensado, ya que le infundiría las vidas que había arrebatado a las brujas desolladoras. El hombre tenía razón: Liliana sabía qué hacer. Claro que lo sabía.

Apretó la raíz contra el pecho y emprendió el regreso a casa de su padre.

Sonrió al pájaro cuando pasó junto a él―. Gracias, Hombre Cuervo.


La promesa del Vacío

La raíz de esis ennegrecida proporcionó un brebaje con un resplandor dorado como el del amanecer sobre la bruma matinal. Liliana estaba segura de que era una señal de su poder restaurador. La llevó con sumo cuidado mientras cruzaba el caos de la casa y contemplaba la luz que había producido su magia oscura. Los sirvientes se inclinaban ante ella y se apartaban para dejarle pasar, pero enseguida reanudaban sus gritos y su trabajo frenético.

―¡Agua fría!

―¡Trapos limpios!

―¿Dónde está ese caldo?

―¡Agua!

Ignoró el griterío, convencida de que el elixir que portaba no tardaría en terminar con las preocupaciones y la conmoción.

―¡Lady Liliana ha vuelto! ―anunció un criado por delante de ella, y levantó la vista.

Estaba en el pasillo, ante la habitación de Josu. En respuesta al grito del sirviente, lady Ana salió del cuarto, puso los brazos en jarra y frunció el ceño al ver el frasco que sostenía Liliana.

―Eso no es raíz de esis ―aseveró.

Liliana se detuvo y su confianza flaqueó ante su autoritaria maestra, pero entonces oyó los gritos de Josu en el interior de la habitación―. ¡Calaveras! ¡Calaveras flotando en el bosque! ―Recordó las cosas por las que había pasado para elaborar la pócima y lo que estaba en juego. Se irguió y sostuvo la mirada de lady Ana.

―Es mejor ―declaró.

―Eso lo decidiré yo. ¿Cómo la has preparado? ¿Cuáles son los componentes?

―No es el momento de examinarla. ¡Josu se muere!

―Administrar remedios debe hacerse con sensatez ―dijo lady Ana cruzándose de brazos―. Algunas pociones pueden hacer más mal que bien. ―Bajó la vista hacia el frasco y torció los labios.

―¡Las brujas! ―gritó Josu desde la cama―. ¡No, no, las llamas!

―La he preparado con raíz de esis ―aseguró Liliana―, pero la he mejorado.

―¿La has mejorado? ¿Cómo?

―¡El fuego! ―Josu estaba gritando y Liliana oía el bullicio de los sirvientes que trataban de calmarlo y bajar la fiebre, de proporcionar algún alivio a su tormento.

―Apártate, Ana ―dijo―. Josu tiene que beber esto. ¡Ahora mismo!

―Una aprendiz no puede dirigirse así a su maestra ―protestó lady Ana con el rostro enrojecido.

Liliana respiró hondo y reunió valor. Su poder no era lo único que estaba floreciendo: ella también estaba madurando, su mente se expandía y su auténtico ser estaba empezando a mostrarse. Aquel era su momento. La vida de su hermano pendía de un hilo. Sabía qué tenía que hacer.

―Entonces ha llegado la hora de que mi formación termine ―dijo―. Además, tu poder no está a la altura del mío.

―¿Qué poder? Las artes sanadoras no tienen nada que ver con el poder.

―¿Eso crees? ―Liliana rio―. Apártate y observa.

Empujó a la maestra para entrar en la habitación de su hermano y se arrodilló junto a la cama.

―¡Aléjate de mi paciente! ―estalló lady Ana.

En todos los largos años de su etapa como aprendiz, aquella voz había impuesto autoridad y Liliana casi tuvo el acto reflejo de obedecer. Sin embargo, Josu le aferró la mano, miró hacia ella... no, más allá de ella, y todo lo demás desapareció.

―¿Josu? ¿Me oyes?

―Las brujas... ―balbució. Ya no gritaba, sino que sonaba como un niño asustado―. Arrancaron la piel...

―Bebe esto, hermano. ―Liliana levantó el frasco brillante y su luz dorada se reflejó en los ojos de Josu mientras se quedó mirándolo. Se lo puso en los labios―. Te proporcionará alivio.

―¡No lo hagas! ―intentó intervenir lady Ana una última vez, pero era demasiado tarde.

Ilustración de Izzy

La pócima llenó la boca de Josu y una reluciente gota dorada le corrió por la barbilla. Por un momento, el miedo descompuso su cara y a Liliana le preocupó que pudiese escupir el preciado líquido, pero entonces tragó un poco, luego otro poco y finalmente lo terminó. Después cerró los ojos y se acostó en la almohada.

Su único movimiento era el de su pecho, que se hinchaba y deshinchaba al respirar. Liliana le apartó el pelo de la frente sudorosa y un indicio de sonrisa asomó en la comisura de los labios de Josu.

―Liliana... ―suspiró.

―¡La ha reconocido! ―exclamó con sorpresa una sirvienta.

―Mm, vale, has aliviado el dolor ―admitió lady Ana―. Ahora dime...

―¡Lili! ―gritó Josu. Abrió los párpados y reveló dos orbes de color negro azabache. Por un instante, Liliana vio su rostro reflejado en ellos, pero con aspecto de muerta: sus propios ojos se habían descompuesto y tenía la piel tirante sobre los huesos.

Josu se puso tenso y sus ojos vacíos miraron hacia el techo. Liliana se fijó en una mancha ennegrecida en el labio, donde había derramado la pócima. Su hermano pareció encoger ante ella. Los ojos se hundieron en el cráneo y la piel pálida se tornó cerosa y tirante. El rostro se marchitó, marcándole los pómulos, y los labios se contrajeron y expusieron los dientes.

―¿Qué has hecho, niña...? ―susurró lady Ana. Quitó a su discípula de en medio y se inclinó sobre el cuerpo inerte de Josu.

Liliana se dejó mover hasta el pie de la cama y su mente dio vueltas mientras observaba a su hermano. ¿Qué había hecho? La pócima... su propia pócima, que había elaborado con toda su habilidad y su magia, no lo había curado en absoluto.

Lo había matado. Tantos esfuerzos... y el resultado había sido peor que si no hubiese hecho nada.

Mucho peor.

Lady Ana permaneció junto a la cama con el rostro serio y empezó a echar de la habitación a los sirvientes. Liliana se sentó al lado de Josu y le apretó una mano fría y rígida entre las suyas, como si pudiese devolverle el calor.

De pronto, la mano se Josu se soltó de un tirón y la agarró por el cuello. Las afiladas uñas se clavaron en la piel.

―Cuánto dolor... ―dijo Josu.

Se incorporó y se aproximó al rostro de su hermana―. ¿A dónde me has enviado?

Su aliento fétido provocó náuseas a Liliana, incluso aunque le costaba respirar y forcejeaba para liberarse de los dedos que le aferraban el cuello.

―Cuánto... ¡dolor! ―gritó, para luego arrojar a Liliana contra la pared. Cayó al suelo y lady Ana empezó a chillar.

―Josu... ―susurró Liliana―. Lo siento mucho.

―¡¿Que lo sientes?! ―Se puso en pie con movimientos bruscos y se tambaleó hacia ella―. ¡Me has condenado, hermana! ―La miró con furia y se llevó los afilados dedos a su propio cuello―. ¡Me has condenado al tormento eterno! ―Se rasgó la piel y la ropa desde el cuello hasta el torso... pero del corte no brotó ni una gota de sangre―. ¡Al tormento!

Ilustración de Izzy

Liliana se apoyó en la pared y luchó por levantarse y alejarse de él, pero a pesar de la rigidez de sus extremidades, Josu era rápido y volvió a agarrarla por el cuello, apretándole la espalda contra el yeso.

―Deja que te ayude ―rogó Liliana―. Vuelve, vuelve y arreglaremos esto.

―¿Ayudarme? ―Su voz era un susurro rugiente ante el rostro de ella―. Estoy condenado al Vacío, Lili. ¡Condenado! Entonces, ¿por qué sigo aquí?

―No lo sé, hermano... No lo sé. Pero lo arreglaremos. Confía...

Josu la apretó con más fuerza y ahogó sus palabras―. ¿Que confíe en ti? ¿Que confíe en ti? ¡No!

―Suéltame ―graznó ella.

―El Vacío se te llevará, Lili. Su hambre nunca cesará. Nos tendrá a los dos.

―Suéltame ―repitió Liliana. El terror y la pena desaparecieron y dejaron solo una cólera fría. Los recuerdos de los árboles cubiertos de musgo, del aire frío y húmedo y del agua hedionda en el corazón de Caligo revolotearon por su mente mientras el maná fluía hacia ella, enfriando su sangre y causándole un hormigueo en la piel.

―Jamás me separaré de ti, hermanita. Nunca más. Tú y yo estaremos juntos... ¡en esta agonía eterna!

―¡Suéltame! ―La furia de Liliana estalló con una ráfaga de oscuridad que agrietó el yeso a espaldas de ella y derribó a Josu contra la cama. Las sombras danzaron alrededor de él y luego desaparecieron, penetrando en su piel pálida. Volvió a levantarse, esta vez con más agilidad, y lanzó una mirada asesina a Liliana.

―Así que mi querida hermanita ha jugado con la nigromancia... ¡y me ha convertido en esto! ―Estiró bruscamente una mano hacia ella y un torrente de sombras salió volando de sus dedos.

Liliana se cubrió con las manos y las sombras la atravesaron, le rasgaron el alma y la estrellaron contra la pared. El hechizo de Josu la dejó aterida de frío, pero no le hizo tanto daño a ella como a la pared. El yeso se desmoronó con el impacto y Liliana cayó sobre los escombros.

Era vagamente consciente del caos que se había desatado alrededor de ella; el personal de la casa gritaba, corría de un lado a otro y gimoteaba o gritaba de dolor. "¿Cómo ha podido ocurrir este desastre?", se preguntó Liliana. Había disfrutado del florecimiento de su poder interior, pero ahora su mundo estaba viniéndose abajo y dejando solo un vacío desolado.

"No", pensó. "Tengo que corregir esto".

Mientras retrocedía a trompicones ante el avance de su hermano, intentó pensar en un hechizo que deshiciese lo que había provocado, un conjuro que de algún modo convirtiese aquella imitación de vida en una vida de verdad. Sin embargo, tenía que mantener a raya a Josu mientras pensaba. Usó un hechizo tras otro contra él: explosiones de oscuridad y garras sombrías que lo aferraban. Su hermano aulló de dolor una y otra vez y le lanzó una sucesión interminable de improperios. Sin embargo, los hechizos no parecían detener su avance, sino volverlo más fuerte.

Aquello tenía sentido, se percató Liliana. La magnitud de las mentiras que se había contado a sí misma se volvió clara. Durante todo aquel tiempo, se había dicho que estudiaba la nigromancia en sus libros secretos y que investigaba la magia oscura para mejorar sus artes sanadoras. Se había dicho que podría poner el poder de la muerte al servicio de la vida y la salud, que una sanadora debería utilizar todos los recursos que tuviese a su alcance. No obstante, el resultado había sido Josu, una horrible fusión de vida y muerte, y todos los hechizos que servían para manipular la fuerza vital de los vivos no podían hacer nada contra los muertos.

Josu respondía a todos los hechizos con su propia magia, que derrumbaba las paredes y hacía estallar las ventanas. Las ráfagas oscuras que salían desviadas alcanzaban a los sirvientes y les atrofiaban la carne, derretían sus huesos o devoraban sus almas.

"Cuánta muerte", pensó Liliana. "Y si no hago algo pronto, seré la siguiente".

El asalto incesante de Josu estaba afectándola. El maná que la recorría y alimentaba su magia parecía mitigar los conjuros que le lanzaba su hermano, pero no era un escudo perfecto. Tenía las manos frías, notaba las extremidades rígidas y sus pensamientos iban aletargándose a medida que la magia de muerte debilitaba sus fuerzas, su cuerpo y su alma.

Josu, o la cosa que había sido Josu, extendió ambos brazos y las sombras envolvieron a Liliana. Unas garras de oscuridad la sujetaron, la levantaron del suelo y trataron de arrancarle las motas de vida y fuerza que le quedaban a su cuerpo. Liliana se asfixió cuando las sombras entraron por la boca y le arrebataron el aire de los pulmones. Se sentía tan fría como la propia muerte, asfixiada como si la hubiesen enterrado viva, atrapada en la férrea presa de la magia de su hermano.

Josu estaba justo frente a ella y levantaba la cabeza para mirarla a los ojos; tenía las manos alzadas, como si él mismo estuviese sujetándola en el aire y quitándole la vida, y no su hechizo.

―Ven conmigo, Lili ―dijo―. Compartiremos para siempre el tormento del Vacío.

La mirada de Liliana suplicaba piedad, pero en los orbes negros y exánimes de él no brillaba ni rastro de compasión. Liliana cerró los ojos, incapaz de contemplar el horror que había creado. La muerte estaba muy próxima y la cabeza le daba vueltas.

Entonces, en aquel momento de suma desesperación, algo se encendió en el interior de Liliana. Era una chispa de oscuridad infinita, más fría que el abrazo de la muerte pero también más cálida que el sol, oscura e interminable como el Vacío pero también eternamente viva. Era una infinidad de posibilidades, el mismísimo poder de la creación... y de la aniquilación. Se adueñó de ese nuevo poder y se aferró a aquel atisbo de esperanza.

Su alma ardió con una agonía exquisita y la magia de Josu se disipó. Ya no era capaz de contenerla. Abrió los ojos y vio que su hermano retrocedía, con el rostro marchito descompuesto por el asombro.

Liliana estiró los brazos a ambos lados y los cadáveres dispersos entre los escombros se levantaron de nuevo: los sirvientes volvían a estar a sus órdenes. La horda de zombies se tambaleó hacia Josu, se le echó encima y lo abrumó.

Ilustración de Izzy

Mientras Josu luchaba contra la marabunta de carne no muerta, algo tiró de Liliana hacia atrás. El mundo giró como en un remolino y vio que las ruinas de la casa de su padre empezaron a cambiar de forma. Las paredes se retorcieron y se dividieron, formando troncos de árboles oscuros bajo un manto de hojas negras. Las nubes de polvo se convirtieron en una niebla densa y el suelo repleto de escombros se transformó en un terreno pantanoso, cubierto de hojas muertas y raíces retorcidas. Sus pies no se movían, pero notaba que estaba surcando una eternidad indescriptible, como si la estuviesen arrancando de su mundo y arrojándola a otro.

Entonces, su hogar desapareció, Josu desapareció, los zombies y todo lo que conocía desapareció y ella se hundió hasta las rodillas en un terreno pantanoso.


=Antaño éramos dioses=

Más de un siglo después, una mujer vetusta se encontraba dando un paso de un plano a otro. Los años eran una carga tan pesada sobre sus hombros como el dolor.

―Llegas tarde, anciana.

La voz retumbante la recibió antes de que hubiese dejado totalmente atrás el mundo anterior. El contacto con el suelo de mármol de la gran sala hizo que sintiese cómo vibraba con el poder que transmitía la voz.

―No lo seré por mucho tiempo ―dijo Liliana con una sonrisa engreída―. Jamás volveré a serlo, si puedes ayudarme tal como prometías. ―Ante la perspectiva de la muerte, de una muerte mundana que llegaría con la edad, había decidido recurrir al único ser en todos los planos lo bastante poderoso como para mantenerla a raya.

El suelo tembló otra vez cuando el dragón se rio por lo bajo. Liliana se giró para contemplarlo... y levantó la cabeza, y retrocedió para verlo mejor, y su vista seguía sin abarcar toda su inmensidad. A pesar de lo vasta que era la sala, los grandes cuernos curvos de su cabeza tocaban el techo y las alas desplegadas alcanzaban las paredes de ambos lados. Liliana contuvo el impulso de fruncir el ceño: Nicol Bolas trataba de intimidarla para recordarle quién tenía el control en aquella negociación. Lo peor era que estaba funcionando.

―Puedo ayudarte, Liliana Vess. Pero la inmortalidad ya no está al alcance de ninguno de nosotros.

Ilustración de D. Alexander Gregory

―Eso dice el dragón de treinta mil años. ―Liliana volvió a darle la espalda y se miró las manos. Tenía la piel arrugada, con manchas de la edad, flácida y colgándole de los huesos. Estaba todo lo erguida que podía; se negaba a mostrar la fragilidad de su cuerpo ante el poderoso dragón. Pero su cuerpo no era lo único que se deterioraba: su mente era una flor marchita y carente de esperanza.

―Cómo hemos caído ―afirmó él―. Antaño éramos dioses. Causábamos nuestros estragos privados a través de planos conocidos y desconocidos.

Las palabras eran hirientes. Eran Planeswalkers, no dioses, pero en los primeros años de Liliana como tal no hubo mucha diferencia. La chispa que se había encendido en su corazón había desatado un poder mayor que el que jamás hubiera podido imaginar. La había hecho inmortal, prácticamente omnipotente, y había puesto bajo sus órdenes a las filas interminables de los muertos. Liliana había caminado entre incontables planos del Multiverso durante décadas y había cumplido su voluntad y sus caprichos en mundos que no podían hacer nada para oponerse a ella. En aquella época, parecía que solo había una cosa fuera del alcance de su magia: deshacer el destino de Josu.

Sin embargo, el Multiverso se había reformado a sí mismo y había arrebatado a todos los Planeswalkers los poderes casi divinos que poseían. Algunos se referían a aquel fenómeno como la Reparación, como si el Multiverso hubiese estado quebrado, pero Liliana lo veía al contrario: a ella la quebró y le arrebató cualquier esperanza de repararse. Pasó décadas tratando de recuperar una fracción del poder mágico que había perdido, pero no fue suficiente. No bastó para mantener alejada a la muerte. Josu le había prometido que estarían juntos en la muerte y que compartiría su dolor eterno, pero Liliana jamás permitiría que las gélidas garras de la muerte cumpliesen aquella promesa.

―Tú no has caído tanto ―dijo sin ser capaz de contener la amargura en su voz.

―No me conocías en mi máximo esplendor. He perdido más poder del que tú podrías conseguir en una decena de vidas.

―¡Pues concédeme un centenar! ―espetó Liliana girándose hacia él―. ¡Mírame bien! Puedo sentir el aliento de la muerte en el cuello.

―Tal vez sea porque ha sido tu compañera durante todos estos años.

―No es una compañera: es una herramienta, un instrumento que utilizar contra los demás, no que yo deba aceptar.

―Estoy seguro de que algunos de tus antiguos mentores no estarían de acuerdo. ―El suelo volvió a temblar con la risa baja del dragón―. Supongo que aprendiste de los vampiros cuando estuviste en Innistrad y que también estudiaste con los liches, los maestros de la nigromancia. Ellos te ayudarían a aceptar la muerte y a ignorarla, no a temer su proximidad.

Mientras hablaba, Nicol Bolas bajaba la cabeza y la acercaba a Liliana, girándola para que ella viese su rostro reflejado en un enorme ojo negro: estaba demacrada y llena de arrugas, su belleza había desaparecido y el espectro de la muerte acechaba en los ojos, que no se diferenciaban mucho de los orbes negros de Josu que había visto hacía tantos años.

Liliana se giró y apartó la vista. "Soy más de lo que aparento", se recordó.

―Una reina no gobierna a su pueblo formando parte de él ―respondió―. Si quisiese optar por esa solución, ahora mismo estaría en Innistrad, no aquí. ¿Puedes ayudarme o no?

―Como te dije, puedo ponerte en contacto con los seres capaces de ayudarte.

―Mencionaste a cuatro demonios. El precio es mi alma, ¿cierto? ¿Y la entregaré al morir?

―No es así de simple.

―Claro que no ―suspiró Liliana―. Las cosas nunca son simples contigo, ¿verdad?

―Al contrario: muchas cosas que tu mente ni siquiera es capaz de concebir son muy simples para mí.

―Eres realmente modesto ―bufó ella.

―Tan solo estoy enunciando los hechos, Liliana Vess. Después de todo, no eres más que una humana.

―"Antaño éramos dioses"... Necesito recuperar ese poder. El poder, la juventud y la fuerza. Aunque me cueste el alma.

―Muy bien... ―Notó el aliento del dragón escaldándole la nuca―. Pero un alma no es una baratija que se pueda entregar a un demonio ni un fuego que puedan arrebatarte cuando mueras. Renunciarás a tu alma, en efecto... Porque solo un desalmado podría aceptar las tareas que deberás realizar para pagar tu deuda.

Liliana intentó contener un escalofrío.

―¿Por qué habría de molestarte eso después de todo lo que ya has hecho? ―se burló el dragón―. Has estudiado con los mayores nigromantes de los planos. Has aniquilado ángeles. Has derrotado al que te condujo por esta senda. ¿Cómo lo llamabas? ¿El Hombre Cuervo?

Liliana asintió, con la mente distraída. Recordó el momento en el que conoció al Hombre Cuervo, hacía tantos años, y los terribles sucesos que ocurrieron después. Lo había derrotado, como acababa de afirmar el dragón, mas no lo había matado... Aún no.

―Puede que ya hayas renunciado a tu alma ―añadió Nicol Bolas.

Liliana se sorprendió al descubrir que aquella perspectiva la preocupaba. Nicol Bolas tenía razón. Desde su primer encuentro con el Hombre Cuervo en el bosque Caligo, en el que había aceptado su poder y permitido que la guiase, su vida se había convertido en una sucesión de transgresiones morales, en un descenso inexorable hacia la oscuridad. ¿Qué era lo último que la diferenciaba de los villanos más malvados del Multiverso?

"Solo este momento", pensó Liliana, "este instante de duda".

―Adelante, terminemos de una vez ―dijo dándose la vuelta y mirando al ojo imperturbable del dragón.


Escrito en la piel

Por cuarta vez, Nicol Bolas llevó a Liliana desde su gran sala de mármol hasta un plano desconocido para ella. Después de haber hecho tres pactos con tres demonios diferentes, el poder recorría su cuerpo... pero seguía siendo una muñeca de trapo en las garras del dragón.

Y seguía siendo vieja.

El dragón la depositó en otra estancia. Unas llamas vivas llenaban un pasaje abovedado frente a ella, pero cuando Nicol Bolas se retiró, el fuego se apagó y el cuarto demonio serpenteó hacia ella: en lugar de piernas, tenía cola bulbosa que arrastraba tras él, hacia las llamas. Su cabeza bestial sobresalía entre los descomunales hombros, dominada por una sonrisa maliciosa que mostraba sus afilados dientes. Dos cuernos coronados con un elaborado accesorio se extendían hacia los lados de una melena de color rubio oscuro. Unas andrajosas alas de piel curtida crecían en los hombros y los largos brazos terminaban en garras afiladas que casi llegaban al suelo.

Ilustración de Tianhua X

―Liliana Vess ―dijo encorvándose para que ella notase su aliento en la cara. Su voz era un susurro estridente y una lengua bífida asomó entre los dientes cuando alargó el apellido de Liliana―. Soy Kothophed.

―Veo que sabes mi nombre, así que dejémonos de presentaciones.

El demonio soltó una risita―. En efecto, y también sé que soy el cuarto de tus benefactores. ¿Los otros acuerdos han cumplido tus expectativas?

―Estoy satisfecha. ―Nicol Bolas la había prevenido de que no debía hablar a ningún demonio acerca de los demás. Liliana intentaba no pensar siquiera en ellos.

―No me digas. ¿Quieres renunciar a nuestro acuerdo, entonces? ¿Ya tienes todo lo que deseabas?

―Estoy satisfecha con las ventajas que he cosechado en mis acuerdos previos ―contestó Liliana con una sonrisa de superioridad―. Y estoy segura de que también lo estaré cuando cerremos este trato.

―Oh, pero si yo seré tu amo más exigente, Liliana. Tengo grandes propósitos en mente para ti. Si albergas la más mínima duda, quizá prefieras replanteártelo. Al fin y al cabo, ya has obtenido un gran poder.

―No es suficiente ―afirmó. Nicol Bolas también le había advertido que, si rechazase un pacto, los demonios tendrían libertad para matarla. Incluso con el poder que había conseguido, dudaba que fuese rival para Kothophed, ya que el demonio semejaba una hoguera de maná negro.

―Veo que ansías la inmortalidad ―dijo deslizándose alrededor de ella―. Ya has conseguido poder suficiente para prolongar tu vida muchas décadas, puede que incluso un siglo. Y también podrías hacer lo que quisieras con el Multiverso en ese tiempo. ¿Acaso no te basta?

―¿Mantener alejada a la muerte durante los años que me queden de vida? No, eso no me basta. Quiero librarme de su sombra.

"Quiero sentirme como antes de lo que ocurrió a Josu", pensó. "Joven, viva y alegremente despreocupada por el paso de los días".

―Pero si ya has aceptado la muerte ―insistió el demonio desde detrás de ella―. La has acogido en tu alma, la has cosido a tu chispa de Planeswalker, la has fundido con todo el poder mágico que albergas. Proyecta una sombra muy larga detrás de ti, querida.

―Acepto la muerte de todos menos la mía ―declaró, más bien para sí misma que para el demonio.

Cuando dijo aquello, la habitación se derritió alrededor de Liliana y se encontró en una llanura árida. Había cadáveres dispersos hasta donde le alcanzaba la vista y los cuervos saltaban de un cuerpo a otro para picotear las partes más sabrosas.

―Yo soy tu muerte ―le susurró Kothophed al oído―. Mátame y nunca morirás.

Liliana se giró y empezó a murmurar un hechizo, pero el demonio había desaparecido. Volvió a oír su risa estridente detrás de ella, pero ahora estaba a unos diez metros.

Liliana levantó las manos hacia él y los cuervos echaron a volar como una tormenta de alas cuando los cadáveres se alzaron y se tambalearon hacia el demonio. Kothophed observó los alrededores como si estuviese contando a los zombies y su sonrisa de chacal no se inmutó.

―Impresionante ―admitió. Entonces dio dos coletazos que mandaron por los aires los cuerpos otra vez inertes.

―Solo ha sido el calentamiento ―contestó Liliana tratando de ocultar el miedo. Nicol Bolas le dijo que los demonios habían acordado no intentar matarla si ella respetaba las condiciones del trato. Sin embargo, Kothophed parecía decidido a romper el pacto desde el principio y aquella batalla no daba la sensación de ser una prueba.

Media docena de sombras que irradiaban un frío glacial se deslizaron hacia el demonio y atravesaron su cuerpo, pero salieron con las manos vacías por detrás de él. Una de aquellas sombras podía acabar con cualquier hombre y dejar solo un cadáver en el suelo, pero ni siquiera seis de ellas tuvieron efecto alguno sobre el demonio.

Cuando Liliana empezó a enlazar sus hechizos uno tras otro, levitó sobre el suelo lentamente, rodeada de un aura de sombras. Aferró la energía vital del demonio y trató de extraer poder de él para alimentar su propia magia. Kothophed se acercó en respuesta al tirón y de él surgió una onda de poder que derribó a Liliana.

Una oleada tras otra de sombras captoras, zombies tambaleantes y espectros que cabalgaban sobre seres alados respondieron a la frenética llamada de Liliana y arremetieron contra el demonio, pero todos cayeron ante la cola, las afiladas garras o la poderosa mandíbula de Kothophed. Aun así, le permitieron ganar tiempo para formar un horror con los huesos y la carne de los caídos, un monstruo que rezumaba veneno y tenía las garras devoraalmas de un espectro y la fuerza de un titán.

Por un momento, creyó que Kothophed realmente estaba esforzándose para luchar contra aquella criatura. El demonio y el ser se aferraban el uno al otro y se acercaron a Liliana enzarzados en un caos de extremidades, garras y colmillos. Sin embargo, cuando el demonio estuvo cerca, quedó claro quién tenía el control sobre el combate. Kothophed sujetó al horror, le arrancó las extremidades y las lanzó a los pies de Liliana.

Luego la apresó a ella.

El aliento frío del demonio le entumeció la piel. Kothophed clavó las garras en la carne y la sostuvo con una enorme mano. Con la otra, hundió una garra hasta el hueso en la coronilla de Liliana y rasgó su cuerpo de arriba abajo, hasta un pie. Liliana aulló de dolor.

Una vez hecha la incisión, el demonio agarró la capa de piel demacrada y la arrancó de un fuerte tirón, como si fuese el pellejo de una liebre. Sin embargo, lo que Liliana encontró debajo fue un cuerpo joven, cubierto de sangre, pero ágil y con la piel tersa. Kothophed la volvió a dejar en el suelo y ella sintió el contacto sólido del mármol. El campo de cadáveres se derritió y volvieron a encontrarse en la guarida del demonio.

Liliana bajó la vista. Seguía llevando su vestido negro, pero la piel, la silueta y la postura eran de nuevo las de su juventud: había vuelto a ser hermosa.

―¿Qué ha pasado? ―escupió.

El demonio se rio a carcajadas durante un tiempo considerable.

―Si me has puesto a prueba, está claro que he fracasado ―dijo Liliana―. ¿Por qué sigo aquí? ¿Por qué tengo este aspecto?

El demonio contuvo la risa y bajó la cabeza hasta dejar sus ojos amarillos justo delante de los de ella―. No te he puesto a prueba. Te he dado una lección que espero que nunca olvides.

Volvió a extender una garra hacia su cara y Liliana hizo un gesto de dolor antes de que la tocara, lo cual provocó otra risa de Kothophed―. Quédate quieta ―le dijo―. Aún no he terminado con mi parte del trato.

El contacto fue más suave, pero siguió siendo agonizante. Esta vez, el demonio trazó espirales por su cara―. Eres una Planeswalker ―dijo mientras trabajaba―; eso te hace especial. Además, eres una de las magas más poderosas de todos los planos y eso te hace extraordinaria.

Ilustración de Aleksi Briclot

"Sí", pensó Liliana, "es lo mismo que dijo el Hombre Cuervo".

Cuando terminó con el rostro, Kothophed continuó con el cuello y los hombros―. Pero comparada conmigo, no eres nada. Tus hechizos más poderosos apenas pueden tocarme. Tu mente humana jamás será rival para la mía.

"Adelante, tú créetelo", pensó ella mientras resistía el dolor. El demonio pretendía minar su determinación, pero el poder volvía a florecer dentro de ella, más intenso y poderoso que nunca. Merecía la pena soportar aquella agonía.

―Si se te ocurre poner a prueba tu poder conmigo ―le aseguró el demonio―, volveré a despellejarte, pero entonces no habrá una Liliana joven y hermosa bajo tu piel.

Las líneas trazadas por la garra de Kothophed no sangraban, sino que brillaban con una pálida luz violeta, como si el poder que le otorgaban estuviese esparciéndose. A pesar del dolor y de las amenazas del demonio, sentía que la sombra de la muerte estaba alejándose de ella. Volvía a ser joven y hermosa y seguiría siendo así durante eras.

O hasta que los demonios reclamasen lo que les debía.

Aun así, una parte de Liliana sabía que Kothophed era quien debía sentir miedo. Ella era más de lo que aparentaba y la estaba subestimando, como ya habían hecho muchos otros. Su destino sería imponerse a los demonios que ejercían poder sobre ella. Estaba segura, como si aquella idea formase parte de su cuerpo. Como si Kothophed hubiese labrado inconscientemente aquel destino en su ser.

Lo llevaba escrito en la piel.

Ilustración de Karla Ortiz

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