Insolencia

Posted in Magic Story on 3 de Mayo de 2017

By Michael Yichao

Yichao is a writer of words for plays, television, theme parks, and—most recently—Magic: The Gathering. He loves Cube Draft and corgis.

Historia anterior: La mano que dirige

Los Guardianes han venido a Amonkhet para descubrir qué maquina el maligno Planeswalker dragón Nicol Bolas. Sin embargo, lo que han encontrado es una próspera civilización en el apogeo de su poder y supervisada por dioses benévolos. Aunque Gideon Jura tiene muchas dudas respecto al plano, la presencia de las divinidades ha acaparado su atención y su curiosidad.


Recorro el camino en silencio, tras los pasos de Oketra. La diosa se desliza por las calles más adelante; sus pies flotan en la calzada de piedra caliza y su presencia irradia calma en ondas casi palpables. El brillo incesante de los dos soles se refleja en las puntas de sus orejas y se proyecta como motas danzarinas de luz tenue que titilan allá por donde pasa, iluminando los edificios lustrosos y los monumentos magníficos que forman la ciudad de Naktamun.

A nuestro paso, la gente se vuelve cuando percibe la presencia de Oketra, incluso antes de verla. Me maravillo al notar que los ciudadanos asienten y sonríen con respeto y contengo el aliento al ver que ella corresponde el gesto inclinando la cabeza. Se oyen palabras susurradas que resuenan en voz baja, de modo que solo sus destinatarios puedan oírlas. No hay sumisión ni miedo en las masas ante esta presencia todopoderosa. Oketra habla con la gente, le dirige esa mirada penetrante y cálida que aporta consuelo y ánimo.

Un niño corre hacia ella y agarra con timidez la túnica de la diosa. Ella se detiene y se dobla como un junco para acariciarle los cabellos morenos con un dedo gigantesco. El niño masculla algo enterrando la cara en la tela; tiene la frente arrugada por alguna preocupación o temor. Oketra le muestra una sonrisa radiante y tierna y el niño levanta la cabeza. Cuando sus miradas se cruzan, las preocupaciones de él desaparecen, sustituidas por una sonrisa y un asentimiento firme. Lo veo regresar corriendo junto a sus amigos y contar su vivencia con susurros de entusiasmo a los demás, que le frotan la cabeza cariñosamente y le dan palmadas en la espalda.

"Así es como debería ser".

A pesar de todo, la desconfianza de Chandra y la curiosidad de Nissa insisten desde un rincón de mi mente para que las escuche. Tienen razón en que debemos ser cautos. Este mundo pertenece a Nicol Bolas. Aunque ahora mismo esté ausente, su presencia se percibe en todo. Echo un vistazo a los inmensos cuernos en la distancia, visibles entre los edificios cercanos. La silueta amenazadora mancilla el horizonte. Oigo fragmentos de conversaciones mientras sigo a Oketra, en las que se incluyen menciones ocasionales al Dios Faraón, siempre acompañadas de "que su regreso se produzca pronto y que nos considere dignos". Toda la ciudad muestra una estructura y una rigidez tan impresionantes como inquietantes; una confluencia de logros y gloria que contrasta con una artificialidad y un desasosiego persistentes.

Pero luego están los dioses y... Sacudo la cabeza. "Estoy pensando en círculos".

Me doy cuenta de que la reflexión ha ralentizado mi paso y levanto la mirada. Oketra me mira desde cierta distancia, me aguarda. Echo una pequeña carrera para alcanzarla. Una carga inusual rebota contra mi pecho mientras corro y levanto una mano para sostener el cartucho dorado y azulado que cuelga de mi cuello. "El primer paso en tu camino a través de las pruebas", dijo Oketra.

Doblamos una esquina y llegamos a una gran plaza llena de gente. Hombres, mujeres, aven y chacales, además de algunos naga y minotauros, todos comiendo juntos en mesas largas y bajas mientras un grupo numeroso de ungidos pulula entre ellos portando grandes bandejas cargadas de una asombrosa variedad de viandas. Me fijo en que todos estos iniciados tienen cartuchos con tres segmentos.

Una celebración antes de la siguiente prueba.

Levanto la vista hacia Oketra y su mirada se cruza con la mía.

Estas simientes se preparan para la Prueba de ambición. ―Los ojos de Oketra no parpadean, pero me tranquilizan en lugar de inquietarme―. Si realmente deseas enfrentarte a las pruebas, comenzarás aquí.

Inclino la cabeza en señal de afirmación. Oketra sonríe y devuelve el asentimiento antes de volvernos hacia los iniciados. Ya han reparado en ella y muchos se inclinan o se arrodillan con actitud reverente, luciendo la sonrisa de alguien que acaba de encontrarse con una vieja amiga. Un joven se levanta de su asiento, la mira y sonríe mientras trota hacia nosotros en respuesta a la llamada tácita de la diosa.

―¡Saludos, Kytheon! Soy Djeru, de la simiente Tah. ―El joven me da una palmada con ambas manos en los hombros, me mira a los ojos dedicándome una sonrisa y me da dos besos en las mejillas. Le devuelvo el saludo con un poco de torpeza.

―Puedes llamarme Gideon. A algunos les resulta más fácil.

Djeru deja caer un brazo y se inclina hacia mí con complicidad.

―Pero ¿qué nombre hay en tu corazón?

Hago una pausa antes de responder.

―Desde hace mucho tiempo, es Gideon.

―¿Y esta noche?

El calor de Oketra se propaga a mi lado y arrugo el entrecejo.

―No estoy tan seguro.

―Veo que eres un acertijo ―responde Djeru riéndose―. Me gustan los acertijos.

Dejaré que te sometas a esta prueba, Kytheon.

Levanto la vista, pero Oketra ya se ha marchado. Djeru mueve la cabeza a ambos lados sin dejar de sonreír.

―Jamás me acostumbraré a su forma de moverse. Es un destello dorado, un rayo de sol del mismísimo Dios Faraón, que su regreso se produzca pronto.

―Y que nos considere dignos ―respondo medio segundo más tarde de lo que haría si estuviese acostumbrado, pero Djeru no parece darse cuenta y me gira hacia el banquete.

―Debes de ser muy especial si Oketra te ha traído junto a nosotros. Además, ¡llegas en el momento oportuno! Precisamente ayer, nuestras filas se redujeron en uno. ―Una ligera crispación en la mano de Djeru hace que inspeccione su rostro, pero este no revela nada detrás de su gran sonrisa―. Si vas a embarcarte con nosotros en la prueba de Bontu, quizá puedas ayudar a nuestra simiente a recuperar el equilibrio.

Sin previo aviso, Djeru planta una pierna delante de mí y me sujeta con una mano mientras me empuja con la otra. Trastabillo, pero me giro por acto reflejo y libero el brazo de un tirón mientras le estampo la otra mano en el torso y lo empujo hacia atrás. Los dos nos recuperamos, nos ponemos en posición defensiva y nos medimos el uno al otro por unos segundos. Entonces, Djeru levanta una mano y hace un gesto para que vaya a por él.

Una sonrisa se dibuja lentamente en mi cara.

Luchamos durante unos minutos e intercambiamos golpes y presas. Djeru pelea con una fuerza y una concentración contradictorias con su actitud hasta ahora jovial. Sin darme cuenta, su estilo de llaves me tumba boca arriba en el suelo. La amplia sonrisa regresa al semblante de Djeru y suelto una carcajada. "Demasiado tiempo aporreando y acuchillando mecatitanes y sierpes; estoy oxidado en el mano a mano". Djeru me ayuda a levantarme.

―Eres bueno, pero puedes mejorar. Ven.

El joven me acompaña alrededor de la mesa y me muestra la gran variedad de carnes y otros alimentos. También me enseña los diversos juegos de mesa con los que se entretienen los comensales: mancala, senet y un juego que lleva el nombre del dios Rhonas. Los iniciados charlan, ríen, apuestan unos contra otros y ocasionalmente hacen prácticas de combate amistosas. Me recuerda a Theros, a mi hogar y mi juventud.

―Hacía tiempo que no veía una celebración como esta ―le digo a Djeru.

―Sí, es un obsequio inusual. Aunque los otros dioses requerían que nos entrenáramos casi constantemente para sus pruebas, Bontu solo pide que "nos preparemos a nosotros mismos". ―Me mira a los ojos con seriedad―. Pero, por supuesto, la meta final en la vida es entrenar y prepararnos para las pruebas y el regreso del Dios Faraón.

―Que su regreso se produzca pronto ―murmuro.

―Y que nos considere dignos. ―La solemnidad abandona el rostro de Djeru―. Acompáñame, amigo. Si vas a unirte a nuestra simiente, debes conocer a los demás.

Y así, Djeru me conduce hasta un pequeño grupo sentado alrededor de una mesa baja, repleta de bandejas con fruta. A continuación escucho un recital de nombres, demasiado rápido como para recordarlos todos: Neit, Dedi... ¿Cómo ha pronunciado el suyo esa minotauro? Djeru no tarda en convertir las presentaciones en un relato sobre la Prueba de solidaridad y las contribuciones de cada persona en el triunfo de la simiente.

―La velocidad de Setha y Basetha fue crucial, ya que cruzaron el patio a toda prisa y recuperaron la flecha de Oketra mientras el resto de la simiente defendía el obelisco ―explica Djeru señalando a dos chacales mellizos que se sientan juntos. Unas sonrisas caninas asoman bajo su pelaje negro.

Trueheart Twins
Mellizos almafirme | Ilustración de Matt Stewart

―¿Cómo superó la prueba tu simiente? ―me pregunta una mujer naga, Kamat, haciendo vibrar la lengua.

―La verdad... ―Algo me dice que no sería buena idea responder "no hice la prueba". Me fijo en los iniciados sentados a la mesa. Todos llevan cartuchos de tres segmentos con diseños propios, pero de longitud y complejidad similares.

―No tienes por qué decirlo ―me socorre Djeru―. Disculpa la brusquedad de Kamat. A veces, los éxitos de nuestra simiente nos hacen olvidar que no todo el mundo supera las pruebas sin pérdidas. Las palabras de nuestra hermana muerden como sus hojas en batalla.

―Salvo que seas una hidra... ―susurra alguien con picardía, y el comentario hace que todos estallen en carcajadas. Kamat finge enfadarse y buscar al insolente mientras sus compañeros se dan codazos y empujones con camaradería.

―Pérdidas... ―digo para Djeru.

Él asiente sin perder la sonrisa.

―Sé que muchas simientes merman considerablemente de una prueba a otra y se rehacen uniéndose a otras. No estás solo, amigo mío. En la simiente Tah hemos sido lo bastante fuertes como para continuar siendo la misma unidad desde el principio. Salvo por la persona a la que sustituyes. ―Djeru apenas hace una pausa, pero noto que el resto de la simiente evita mirarse a los ojos por un momento.

―Por supuesto, esperamos saludar a nuestros hermanos caídos cuando sean restaurados tras el regreso del Dios Faraón ―interviene una mujer.

―¡Que su regreso se produzca pronto y que nos considere dignos! ―ruge el resto de la simiente.

―Kesi tiene razón. Bueno, ven conmigo. Por suerte, nuestra simiente no cuenta solo con estos zampabollos. ―Djeru me guía a otro lugar de la plaza mientras sus compañeros le devuelven pullas sin malicia.

Mientras caminamos, mi mente trabaja deprisa para dar sentido a toda esta información. He visto con mis propios ojos cómo regresan los muertos en este plano, pero el mensaje de Kesi parecía distinto. Ha dicho que serían "restaurados". ¿Acaso es cierto... o incluso posible?

Djeru no deja que mis pensamientos reposen. Nos acercamos a otro grupo de iniciados que conversan un poco apartados de la multitud.

―Estos son Meris, Imi y Hepthys ―me presenta Djeru a los tres―. Hermanos, él es... Gideon. Va a unirse a nuestra simiente durante la Prueba de ambición.

Los tres me saludan y vuelvo a fijarme en lo jóvenes que son todos los miembros de la simiente. Meris no puede tener más de unos dieciséis años, pero sus ojos albergan algún secreto que le hace sonreír y le da un aire más maduro y sabio de lo que denota su apariencia agridulce y ligeramente triste. A su lado, Imi luce una actitud radiante; es un poco más alta que Meris y sus cabellos morenos están cortados a la altura de los hombros con un estilo que he visto en muchas otras jóvenes, pero que parece resaltar su belleza de forma única. Los dos se encuentran muy juntos y sus manos entrelazadas confirman los indicios de las miradas y pequeñas sonrisas que comparten. La expresión de Hepthys es más difícil de interpretar, principalmente porque no tengo mucha experiencia leyendo rostros aven. Sin embargo, tiene un porte elegante, con las alas plegadas perfectamente a la espalda.

―Meris fue la razón principal por la que salimos airosos de la Prueba de conocimiento ―explica Djeru con una gran reverencia, pero Meris niega inmediatamente con la cabeza.

―Para nada: solo lo conseguimos porque vosotros me proporcionasteis seguridad y tiempo para pensar.

Djeru sonríe y le atiza un suave puñetazo en el hombro.

―Meris, nuestra siguiente prueba es la de la ambición, no la de la humildad. Ninguno de los demás habríamos podido resolver la última ilusión con tanta presteza y confianza como tú.

Meris se dispone a responder, pero entonces oímos un alboroto en la plaza.

Me giro y veo a una mujer levantar a un minotauro por encima de la cabeza con un rugido, para luego estrellarlo contra el suelo. Los iniciados que los rodean aplauden la hazaña; de mala gana, algunos entregan puñados de alhajas y joyas a otros.

―Y esa es Tausret, una de nuestras mejores guerreras. ―Djeru sonríe con orgullo mientras la mujer camina por el interior del corro y grita en busca de nuevos contrincantes.

―Solo tú eres más fuerte que ella ―comenta Meris. Djeru intenta protestar, pero su camarada no le da tiempo a hacerlo―. Ambición, no humildad.

Djeru le muestra una gran sonrisa y Meris asiente.

―Sí, solo tú... y tal vez Samut.

Un desaliento se apodera instantáneamente del grupo. Djeru baja la cabeza. Hepthys e Imi apartan la mirada y sus cuerpos se tensan en silencio.

―No mencionamos los nombres de los perdidos. ―Djeru lanza una mirada furiosa a Meris, quien, para sorpresa mía, no se amedrenta.

―Yo diré su nombre si tú no estás dispuesto. Si este iniciado va a sustituir a nuestra hermana, debe conocer el papel que cumplía Samut. ―Meris clava los ojos en mí―. ¿Podrá sustituir a nuestra corredora más veloz, incluso más que Setha y Basetha? ¿Es un guerrero tan hábil y fuerte como tú, capaz de acabar con una mantícora prácticamente sin ayuda, como hizo Samut en la Prueba de fuerza?

―No. Hablamos. De los perdidos. ―En un abrir y cerrar de ojos, Djeru sujeta a Meris por el cartucho y lo atrae hacia él con el ceño fruncido. Imi, Hepthys y yo intentamos intervenir, pero Meris levanta una mano y nos detenemos. Elijo mis palabras con cuidado.

―No pretendo sustituir a nadie, Meris. No podría hacerlo. Solo puedo ofrecer lo que soy. Djeru, siento vuestra pérdida. Parece que Meris lamenta la muerte de vuestra camarada de otra manera y necesita...

―Oketra quizá te haya enviado a nuestra simiente, Gideon, pero veo que no te ha explicado nuestra situación. ―Djeru me mira fijamente, con desconfianza en los ojos. Finalmente, deja escapar un suspiro y suelta a Meris―. Lo siento, me he dejado llevar por la ira. Tienes razón, como casi siempre. Deberíamos ofrecer algo de contexto a Gideon.

Meris asiente y vuelve a mirarme. Sus ojos marrones oscuros indagan en los míos.

―Samut no ha muerto: se ha perdido. Pero lo ha elegido ella misma.

Mi confusión debe de haberse reflejado en mi rostro.

―Es una disidente ―explica Djeru. Los demás tuercen el gesto al escuchar la palabra.

—Entiendo ―digo para disimular el hecho de que no lo comprendo en absoluto.

―Aún me repugna decirlo tan claramente. ―Djeru escupe, hosco y amargado, y se aleja algunos pasos de nosotros.

―No sabemos por qué cometió tal sacrilegio ―dice Meris en voz baja―, pero ella sí. Por tanto, fue expulsada de la simiente. Su pérdida no solo nos ha debilitado notablemente. Djeru y ella eran amigos muy cercanos desde antes de la Ceremonia de medición, cuando aún eran niños.

Miro uno a uno a Meris, Imi y Hepthys. "Vosotros aún sois niños".

―Djeru es el más afectado por la pérdida de Samut ―añade Imi; su voz es dulce y tranquilizadora, miel derritiéndose con el calor―. La muerte habría sido mejor, incluso una muerte deshonrosa, porque los disidentes no tienen cabida en el más allá. ―La joven mira al segundo sol, que flota junto a los grandes cuernos en la lejanía―. Y falta muy poco para ese momento glorioso. Las Horas se avecinan.

Un recuerdo acude a mi mente. Una joven se abre paso por una calle abarrotada y grita mientras unos soldados la persiguen. "¡Los dioses mienten! ¡Las Horas son una mentira!".

―Entonces... esto ha ocurrido hace poco. ―Miro a Imi y luego a Meris, que asiente secamente―. Creo... Creo que la he visto.

Djeru se vuelve hacia nosotros.

―Ya basta. Ahora lo sabes. No hablemos más sobre esto.

Antes de que pueda replicar, un silencio súbito se propaga entre todos los iniciados. Una sombra se cierne sobre la plaza a medida que una silueta enorme avanza hacia nosotros, flanqueada por figuras vestidas de negro. El mayor de los soles ya está bajo y entrecierro los ojos para ver la silueta envuelta en la luz roja del atardecer. Lo que descubro solo puede ser otra diosa. Su altura es descomunal, con cuerpo humano pero una temible cabeza de cocodrilo, cuyo largo hocico muestra una sonrisa afilada. Desde lo alto, la deidad contempla todo lo que hay ante ella. Su figura imponente está ataviada con una túnica negra y en una mano porta un gran bastón. Mientras se aproxima, un aura de divinidad me impregna. Sin embargo, las sensaciones que despierta en mí no son el calor y la calma de Oketra, sino un arrebato de orgullo y poder.

Bontu, the Glorified
Bontu, la Venerada | Ilustración de Chase Stone

Me doy cuenta de que los iniciados no inclinan la cabeza como hacían ante Oketra: esta vez se yerguen y echan los hombros hacia atrás con orgullo, ansiosos por atraer la mirada de la diosa. A mi lado, Hepthys eriza las plumas.

―Esto es... insólito ―murmura―. ¿Alguien recuerda cuándo fue la última vez que Bontu recorrió las calles de Naktamun?

Imi niega con la cabeza.

―Debe de ser porque las Horas están cerca.

Un siseo retumbante silencia todo lo demás y su volumen aumenta. Entonces comprendo que es la voz de Bontu, que reverbera en toda la plaza.

El tiempo se agota ―dice con tono áspero. Todas las miradas de la multitud están puestas en ella―. No todos tendréis la oportunidad de ganaros mi favor. ¿Quiénes merecéis competir en mi prueba?

Los iniciados estallan en una explosión de clamores y reivindicaciones de su valía. La sonrisa de Bontu se ensancha.

Solo los fuertes triunfarán. Pero la fuerza se consigue. ―Sus ojos entrecerrados inspeccionan a los iniciados enardecidos―. Nadie nace siendo fuerte.

Siento un arranque de audacia en mi corazón. Envalentonado, doy un paso al frente y grito por encima del estruendo.

―¿Ni siquiera los dioses?

Las voces de los alrededores callan y se oye una serie de ruidos de asombro y murmullos. Noto que muchas miradas se vuelven hacia mí, pero no aparto la mía de los ojos pequeños y redondos de Bontu. Su gran cabeza se inclina hacia un lado y sus párpados se cierran y abren, primero uno y luego el otro. Unos dientes de marfil largos como bateles aparecen entre sus fauces y la deidad suelta una risa horrible y siseante que me araña el estómago.

Qué insolente.

Sus siguientes palabras están dirigidas a todos los presentes.

Incluso yo soy superior a lo que antaño era, porque así lo deseaba. ―El mensaje es recibido con susurros de admiración y aceptación.

Bontu alza una mano y todos vuelven a callar cuando un dedo me señala.

Kytheon Iora.

Un escalofrío me recorre la espalda cuando pronuncia mi nombre. La mano apunta en mi dirección durante unos segundos y luego, lentamente, el dedo pasa por todos los miembros de la simiente de Djeru, cuyos nombres también resultan anunciados. Tras pronunciar veinte, Bontu baja la mano muy despacio, muy llena de propósito.

Iniciados de la simiente Tah, vosotros seréis los siguientes en someteros a mi prueba.

Y así, Bontu nos da la espalda y se marcha. Sus visires se desplazan junto a ella en completo silencio.

Libero un suspiro y me doy cuenta de que estaba conteniendo el aliento. Otros miembros de la simiente de Djeru se acercan entre vítores, alabando mi gesto y expresando su gratitud. Djeru se abre paso hasta mí con una sonrisa precavida.

―Parece que Oketra ha hecho bien al enviarte con nosotros, después de todo. ―Entonces me agarra un brazo y lo alza bien alto. En los alrededores, el rugido de júbilo de sus... mis camaradas de simiente retumba en toda la plaza. Cuando tiran de mí para invitarme a comer y beber con ellos, no puedo evitar ver las caras y miradas de envidia del resto de iniciados.

"Supongo que la Prueba de ambición ya había empezado". La idea perdura en mis pensamientos mientras el resto de la velada pasa entre una mezcolanza de risas, historias y celebraciones, todo ello bajo la extraña e imposible luz rojiza del segundo sol.


Bontu's Monument
Monumento a Bontu | Ilustración de Jonas De Ro

Apenas hemos dormido. Esta mañana, en cuanto el mayor de los soles ha asomado por el horizonte, los visires de Bontu nos han acompañado hasta el interior de su monumento, una pirámide descomunal con su efigie en el exterior. Sin embargo, tengo poco tiempo para admirar la arquitectura, porque nada más entrar, los visires nos proporcionan armas sencillas y nos guían hasta el corazón del edificio. Tras recorrer una serie de pasillos complicados y confusos, llegamos a una gran cámara iluminada por un extraño brillo dorado que parece proceder del propio suelo.

Los visires nos explican que, para pasar la prueba, debemos avanzar por el monumento y ascender hacia la cima, donde la mismísima Bontu nos aguardará... pero no por mucho tiempo.

―Bontu no tolera a los solicitantes que se demoran ―dice un visir con voz fría e impasible. Y así, todos ellos se marchan por el pasillo que nos ha conducido aquí, donde una pared de piedra surge del suelo para cerrarnos la salida. Si no acabase de ver cómo la pared se coloca en su sitio, jamás me habría dado cuenta de que ahí había una abertura.

Nos damos la vuelta y examinamos la estancia. El primer obstáculo parece bastante sencillo: un gran estanque de inmundicia nos separa de la salida de la cámara. Los iniciados se sitúan en formación defensiva mientras Djeru y Meris echan un vistazo en busca de alguna forma de sortear el foso. En poco tiempo, Meris avista una palanca que apenas asoma por la superficie, cerca del centro del estanque.

―Dedi, ve a investigarla ―dice Djeru. Sin dudarlo, Dedi se quita las sandalias y se interna en el fango. Mientras lo observo, Djeru se fija en mi mirada inquisitiva―. Dedi es uno de los más altos entre nosotros y también es uno de los más débiles de la simiente ―explica en voz baja―. Es una oportunidad fácil para que demuestre su valía.

Todos miramos a Dedi mientras se abre paso hasta la palanca, con la suciedad cubriéndolo hasta el cuello por momentos. Algunos iniciados refunfuñan por la tardanza, pero entonces Dedi llega hasta el mecanismo, lo acciona y un puente enrejado emerge de la inmundicia. Algunos iniciados animan a Dedi mientras emprende el camino de regreso y Djeru nos guía hacia el puente.

Justo cuando empezamos a cruzarlo, los gritos de Dedi llenan la sala.

El líquido oscuro burbujea y bulle. "¡Algo le está atacando!". Corremos por el puente hacia él y dos iniciados se agachan y le tienden la mano para sacarlo de allí... pero entonces, varios paneles repartidos por las paredes se abren de golpe y vierten más líquido en la cámara. El nivel del estanque sube a una velocidad anormal y los dos iniciados agachados se levantan gritando: tienen las manos y los antebrazos cubiertos de quemaduras grave allí donde les ha tocado el cieno. Veo con horror que Dedi levanta una mano desesperadamente hacia nosotros... y que la piel y la carne del antebrazo se desprenden hasta revelar el hueso. Sus gritos son una mezcla de terror y dolor, pero los demás tiran de mí para que siga cruzando cuando ven que el lodo continúa subiendo y corroyendo las rejas del puente. Saltamos la distancia restante hasta la salida justo antes de que el puente se parta por un extremo y se hunda en la mugre. Atravieso rodando el umbral de la salida y los gritos y súplicas de Dedi son silenciados sin contemplaciones por una gruesa puerta de piedra que desciende tras nosotros.

Me levanto y me vuelvo hacia la pared, conmocionado.

Diecinueve.

Alzo una mano hacia la puerta, pero Djeru me detiene.

―Continuemos. ―El resto de la simiente ya avanza por el estrecho pasillo.

―Dedi aún estaba vivo... ―digo mirándole a los ojos.

―Los ambiciosos no se retiran ―gruñe Tausret desde la vanguardia―. Tu demora le deshonra.

―Dedi ha tenido una muerte gloriosa. Agradeceremos su sacrificio en el más allá. ―Djeru me aparta de un empujón y, en pocos segundos, soy el último que queda frente a la puerta.

"¿Una muerte gloriosa?". Mis dientes rechinan. La muerte de Dedi no ha tenido nada de glorioso.

Seguimos caminando en silencio. Rostros sombríos, actitudes hoscas. No habían perdido a nadie en una prueba hasta ahora. Pero aquí estamos, apenas minutos después del primer obstáculo...

¿Qué están evaluando los dioses? ¿Por qué me ha traído Oketra a esta prueba?


Llegamos a una cámara espaciosa y de techo bajo. La sala parece vacía y sin nada destacable, excepto por una extraña criatura oscura tendida en el suelo, cerca del centro.

—Una ammit —sisea Imi. Todos los demás preparan sus armas de inmediato.

—¿Qué es una ammit? —pregunto. Djeru me mira con incredulidad.

—Una devoradora de almas. Un ser demoníaco. Casi imposible de matar. Nuestra mejor opción es que no se fije en nosotros y...

Como si esa fuera la señal para despertar, la criatura levanta la cabeza y se vuelve hacia nosotros. Desde lejos parece un león enorme... pero su cabeza remata en el hocico y las fauces de un caimán. Además, seguramente sea tres veces mayor que los grandes leones de Bant. Unos ojos pequeños y rojos brillan en su grueso cráneo mientras se levanta pesadamente.

Baleful Ammit
Ammit siniestra | Ilustración de Seb McKinnon

Djeru maldice y empieza a dar órdenes de inmediato para improvisar un plan. El motivo de su urgencia se vuelve horriblemente obvio en cuanto la ammit carga contra nosotros a una velocidad pasmosa para una criatura de su tamaño. Nos dispersamos y varios arqueros hacen volar sus flechas mientras los demás nos repartimos por la cámara.

En lugar de enfrentarnos directamente al monstruo, corremos al otro lado de la sala en grupos de dos o tres personas y los equipos se alternan para distraer y confundir a la ammit mientras los demás la rodean. Meris e Imi sortean a la criatura mientras esta persigue a Neit y Tausret. Entonces, dos arqueros atraen la atención de la ammit el tiempo suficiente para que sus compañeros corran a toda prisa hasta el pasillo del otro extremo, la única salida. El ser corre de un grupo a otro, incapaz de decidir a quién perseguir en medio del caos.

Con un asentimiento, Djeru y yo emprendemos la carrera hacia la salida, pero poco antes de alcanzarla, un grito espeluznante hace que me gire. Dos iniciadas están arrinconadas. Con un poderoso mordisco, la ammit atrapa a una de ellas en sus fauces. Los aullidos llenan la sala, seguidos del sonido húmedo de la sangre al salpicar la piedra. La otra iniciada se escabulle y abandona a su amiga.

Echo a correr hacia ellas ignorando las protestas de Djeru. El siguiente grito es breve, silenciado por las mandíbulas del monstruo. El hedor nauseabundo a sangre y vísceras impregna la cámara.

Dieciocho.

Los demás corren en dirección contraria mientras la ammit parece completamente absorta en devorar a su víctima, dispuesta a dejar que el resto escape. Con un grito, cargo contra ella y mi sural acuchilla al demonio. Para mi sorpresa, las hojas no logran cortar la gruesa piel y apenas dejan pequeñas ronchas rojas en ella. El monstruo se vuelve hacia mí y brama; un rocío de sangre y babas surge de sus fauces. Me ataca con una de sus inmensas zarpas y me alcanza en el torso. Salgo volando hacia un lado y me estrello contra la pared. Me levanto pesadamente y pestañeo para ahuyentar las estrellas que brillan ante mis ojos mientras el gruñido grave de la ammit palpita en mi cráneo.

Las ondas de luz dorada danzan por todo mi cuerpo cuando concentro mi magia... Justo a tiempo. La criatura se me echa encima a la velocidad del rayo, sus colmillos cuales centellas. Levanto los brazos y los dientes chocan contra ellos. Una lluvia de chispas doradas cae sobre mí cuando mis escudos me protegen del ataque. Planto los pies y tiro hacia un lado con intención de estampar a la bestia contra la pared.

Pero no se mueve.

Lucho con todas mis fuerzas, pero la ammit resiste... y empieza a arrastrarme. Mis pies se deslizan sobre la piedra, incapaces de encontrar apoyo mientras el demonio tira apresándome un brazo con sus fauces implacables. Mi piel brilla con luz dorada y esta evita que los dientes me atraviesen, pero no puedo liberarme de este monstruoso agarre.

El pánico empieza a filtrarse en mis pensamientos y busco un plan desesperadamente. No puedo vencer solo con mi fuerza. Sí, la ammit es incapaz de atravesar mi barrera, pero ya la he visto engullir de dos bocados a una persona. El sural tampoco puede cortar su piel. Se me agotan las opciones. Mis pies vuelven a deslizarse y la ammit retuerce la cabeza, arrojándome a mí contra la pared. El crujido de la piedra vibra en mis vértebras, y entonces lo sufro de nuevo cuando el demonio me zarandea y me estampa una vez más contra la roca, haciendo que expulse el aire de los pulmones. Mi cabeza da vueltas y tengo un ataque de vértigo. Aprieto los dientes. Si no puedo liberarme de ninguna otra manera...

Un fuerte chillido corta el aire desde el extremo de la cámara y una ráfaga de viento golpea a la bestia. Su mandíbula me suelta más por sorpresa que por dolor y retrocedo con un salto. Cuando aterrizo, otra racha de aire empuja al monstruo. Hepthys, el último en cruzar, camina hacia nosotros con las manos en alto mientras prepara otro hechizo.

―¡Huye! ¡Rápido! ―El aven me lanza una mirada penetrante mientras desata otra potente ráfaga. La criatura ruge, desafiante.

―¡Tú solo no podrás...! ―Mi grito se ve interrumpido cuando la mole oscura del monstruo pasa junto a mí a toda velocidad, directa contra Hepthys. El aven extiende las alas y se eleva de un salto justo antes de que la ammit lo arrolle.

―¡Vete, insensato! ―Hepthys bate las alas con fuerza para ganar altura y corro hacia la salida evitando al demonio, que se gira para embestir de nuevo.

Una serie de planes acuden a mi mente. "Si el pasillo es demasiado estrecho para la ammit, Hepthys podrá huir y alcanzarnos. Si no, puedo volver atrás y...".

Un graznido y el sonido de dientes desgarrando carne silencian mis pensamientos.

Me giro y veo al monstruo caer desde una altura imposible. Un salto formidable le ha permitido arrancar una de las alas de Hepthys de un mordisco. Los dientes de la ammit han cercenado hueso y tendones y la bestia aterriza con estruendo antes de devorar su premio con dos rápidos bocados. Un torrente de sangre cae desde lo alto mientras Hepthys se tambalea en el aire, para luego desplomarse contra el suelo. La ammit se acerca lentamente, dispuesta a saborear a su presa.

Diecisiete.

Los pies me impulsan hacia la salida instintivamente. Mi mente está paralizada, incapaz de dar crédito. Apenas me doy cuenta de que he llegado al pasillo hasta que estoy a punto de chocar contra Djeru, que se encuentra en la penumbra con aproximadamente la mitad del grupo. Todos ellos miran al frente.

―Hay cuchillas oscilantes en el camino ―dice Djeru, y entonces reparo por primera vez en un extraño silbido casi constante. El corredor es oscuro, pero la luz tenue de la cámara que hemos dejado atrás me permite distinguir destellos de algo que oscila intermitentemente de un lado a otro. Djeru señala adelante con el mentón―. El camino se estrecha y pronto no podremos avanzar más que en fila de a uno. Los primeros ya han cruzado, pero las hojas aceleran con cada persona que pasa.

―Djeru, Hepthys ha caído. Debemos...

―¡Pero ¿a ti qué te pasa?! ―me corta él sujetándome por un brazo. La ira hierve en su rostro; la máscara de líder sereno se rompe repentinamente―. Has perdido a toda tu simiente en las pruebas anteriores, pero tratas las muertes gloriosas como si fueran tragedias. Tu fachada de heroísmo y auxilio no hace más que insultar y desdeñar el sacrificio y el coraje de nuestros camaradas.

Guardo silencio, conmocionado. Observo al resto de los iniciados, pero las sombras del pasillo me impiden ver sus expresiones.

Djeru me aparta de un empujón y ladra una serie de nombres para que den un paso al frente. Uno a uno, sus camaradas avanzan por el corredor. Cuando cruzan evitando las cuchillas oscilantes, me doy cuenta de que Djeru los ha enviado en orden de menos a más veloces. No hay dudas, preguntas ni necesidad de pensar por parte de él ni de sus camaradas: Djeru conoce perfectamente las habilidades de todos.

Respiro hondo y trato de centrarme.

"Eres un forastero en este mundo, Gideon. Las cosas son diferentes. La muerte es distinta". Sacudo la cabeza. "Deja tu criterio a un lado".

Sin embargo, la imagen de Hepthys cayendo en picado se repite una y otra vez en mi mente con la misma cadencia de las cuchillas que oscilan más adelante.

Observo a los iniciados que corren entre ellas. Al cabo de poco, los únicos que quedamos somos Djeru, los chacales mellizos Setha y Basetha y yo mismo. Guardamos silencio. El único sonido que se oye en el pasillo es el silbido de las cuchillas, que se ha convertido en un zumbido enloquecedor.

El... único sonido. De pronto, me doy cuenta de que la ammit ha parado de masticar. Me giro inmediatamente. La cámara que hemos dejado atrás parece vacía, salvo por las salpicaduras de sangre esparcidas por el suelo.

―Tenemos que irnos. Deprisa ―nos urge Djeru, que también se ha dado cuenta. Me asiente para que avance... y entonces la ammit aparece doblando a trompicones la esquina del corredor, apretujándose entre las paredes y rugiendo mientras carga contra nosotros. Es tan grande que su lomo roza los muros de piedra, pero continúa avanzando con esfuerzo y chasqueando las fauces.

A una orden de Djeru, Basetha echa a correr por el pasillo, seguida de su hermano. Los dos consiguen sortear numerosas trampas... pero entonces el hedor metálico de la sangre invade nuestras fosas nasales cuando una cuchilla inesperada reduce a Setha a una mancha de vísceras negras y rojas.

Dieciséis.

Basetha continúa corriendo, ya sea por coraje, ignorancia o pura fuerza de voluntad, y se une a los demás al final del pasillo. Sin embargo, ahora las cuchillas oscilan a velocidades imposibles. Djeru prepara su khopesh y dobla las rodillas para librar una última batalla contra la ammit. Respiro hondo y hago que la luz dorada resplandezca por todo mi cuerpo antes de adentrarme en el pasillo de cuchillas.

La primera se estrella contra mí y se rompe, pero me arroja contra la pared y el impacto hace saltar fragmentos de piedra y metal en todas direcciones. Djeru se agacha por la sorpresa y se queda mirándome por una fracción de segundo, pero entonces corre detrás de mí cuando continúo avanzando por el pasillo, con las fauces de la ammit a pocos metros de distancia. Cuando llegamos al otro lado, me siento como si todo mi cuerpo fuese un cardenal gigante y Djeru sangra por diversos cortes causados por la lluvia de fragmentos de metal. El resto de la simiente, por su parte, ha seguido adelante y ya se encuentra en la siguiente cámara.

Caigo de rodillas, pero Djeru me sostiene y me ayuda a continuar. Mientras corremos hacia el centro de la estancia, me habla entre resuellos.

―Jamás he visto a nadie hacer algo así, ni magos ni guerreros. ―Me mira detenidamente, con el ceño cargado de sospechas.

―Es un don y una maldición. ―Los malos recuerdos me carcomen. Djeru niega con la cabeza.

―Sigues siendo un acertijo. Pero creo que este acertijo ya no me gusta.

Quiero responder, pero Meris está explicando al resto de la simiente lo que ha averiguado sobre esta sala.

―... cuatro tienen que subir a esos pedestales para abrir la puerta principal ―dice mientras señala las estructuras que nos rodean. Entonces baja la cabeza―. Pero sospecho que eso también causará algo... peligroso. Además, puede que los cuatro tengan que permanecer en los pedestales para mantener abierta la puerta.

―La ammit nos sigue y probablemente atraviese el corredor. Gideon ha... desmantelado la trampa ―explica Djeru mirándome y volviéndose hacia los rugidos del monstruo y los chirridos del metal que empuja al abrirse camino.

Apenas hay un momento de duda antes de que cuatro iniciados caminen hacia los pedestales. Sin embargo, Djeru agarra a Tausret por la mano.

―Masika, necesito que sustituyas a Tausret.

Las dos iniciadas se miran la una a la otra y aceptan a regañadientes. Tausret regresa con el grupo y Masika camina hacia un pedestal.

―¿Por qué lo has hecho? ―pregunto.

―Tausret es una de las más fuertes entre los que quedamos ―responde él con severidad―. No sé lo que nos aguarda, pero dejar a Masika será menos grave que perder a Tausret.

―Deja que me quede yo ―pido mirando a los cuatro―. Podría...

―¿Dónde está tu ambición? ―escupe Djeru―. ¿Desperdiciarías tu vida para prolongar las de otros tres y abandonarías al resto de tu simiente, que te necesitará para ascender todo lo posible? ―Su mirada está cada vez más cargada de ira, con un deje de repugnancia―. Todos conocemos el precio de las pruebas, los límites y el potencial de nuestras propias habilidades, las fortalezas y debilidades de nuestros hermanos y hermanas. Ascendemos para alcanzar el escalafón más alto posible en el más allá. Y estoy seguro de que te necesitaremos en los desafíos que nos esperan.

Djeru se dirige a los cuatro camaradas dispuestos a subir a los pedestales.

―Hermanos, hermana, os veremos en el más allá.

Los cuatro se miran unos a otros y se encaraman al mismo tiempo. Inmediatamente, los pedestales empiezan a hundirse en el suelo a la par que una gran puerta se abre en un extremo de la cámara. Sin embargo, otros paneles enormes también comienzan a deslizarse lentamente, revelando las sombras y siluetas de bestias horribles que se agitan al oír el ruido de la piedra. Detrás de nosotros, las fauces de la ammit asoman desde el corredor y la piedra de las paredes empieza a ceder a la presión.

Los demás corremos hacia la salida. Cuando cruzamos a la siguiente cámara, nos volvemos a tiempo de ver a los cuatro bajar de los pedestales, armas en mano. La enorme puerta de piedra se cierra de inmediato, acabando con mi ingenua y pasajera esperanza de que tal vez lograran unirse a nosotros. Los observamos mientras desaparecen de nuestra vista, con el demonio cargando contra ellos y otras monstruosidades tenebrosas surgiendo de los bordes de la estancia.

Permanecemos quietos y recuperamos el aliento por unos segundos.

Entonces nos damos la vuelta y seguimos adelante.

Doce.


Horas después, al fin llegamos al nivel superior de la pirámide. Esta cámara es la más grande y majestuosa de todas: las superficies son doradas y resplandecen a la luz de incontables braseros de bronce. La propia Bontu nos observa desde su trono, acompañada de sus visires en lo alto de una escalinata. Detrás de ella, tres grandes puertas selladas con metal y las escrituras crípticas de Amonkhet resplandecen a la luz de los braseros. Un estanque de agua limpia nos separa del trono de Bontu; un recordatorio escalofriante del primer desafío de la prueba.

Ahora somos nueve. Demasiadas cámaras, todas ellas diseñadas para dejar a alguien atrás. En algunas nos hemos impuesto y las hemos superado indemnes. Sin embargo, la mayoría se ha impuesto a nosotros y nos ha arrebatado vidas a pesar de nuestros esfuerzos y habilidades. Ahora que nos encontramos ante Bontu, nos sentimos de todo menos victoriosos. Meris sufre arcadas y tiene los ojos enrojecidos, además de sangrar por numerosas heridas en un brazo. Pienso en la muerte de Imi, devorada por escarabajos carnívoros en la última sala tras resbalar escalando la pared que conducía a la salida. La imagen de su brazo desprendiéndose del torso cuando Meris intentó rescatarla regresa a mi mente.

Djeru tuvo que llevarse a Meris a rastras.

Me habéis hecho esperar ―sisea Bontu con desaprobación.

Cualquier suspiro de alivio por haber llegado aquí se desvanece en cuanto echamos un vistazo a la estancia vacía. Panoplias de armas y un estanque de agua clara. Al fijarme bien, veo formas oscuras y sinuosas que se mueven bajo la superficie.

―Serpientes acuáticas ―sisea Kamat al darse cuenta de lo que miro―. Venenosas.

Sumergido en el estanque también hay un puente que conduce a la plataforma ocupada por Bontu. Sin embargo, donde debería comenzar la pasarela solo hay un conjunto de balanzas. Tras una pausa dolorosa y significativa, Djeru toma la palabra.

―¿Todavía no hemos superado vuestra prueba, gran Bontu? ¿Qué más debemos hacer para ganarnos vuestro favor?

La gran caimán pestañea con sus párpados dobles y señala las balanzas.

Solo quienes paguen mi peaje podrán cruzar.

―¿Cuál es el peaje? ―pregunto.

Largos dientes de marfil...

Un corazón.

―¿Por todos nosotros? ―pregunta Djeru―. Podemos...

Por cada uno.

Trago saliva con esfuerzo. Los miembros de la simiente se miran unos a otros. Veo manos acercándose a las armas.

―Bontu, seguro que hemos perdido a suficientes como para demostrar nuestra valía ―aventuro.

Las Horas se aproximan. ―Sus grandes ojos se tornan rendijas―. Sois demasiado numerosos. Pagad el peaje o desapareced.

Me quedo mirando a Bontu, conmocionado. "¿Somos demasiados?".

Un grito ahogado resuena en la estancia. Me giro, horrorizado, y veo caer a un iniciado con el puñal de Neit en la espalda.

Tras varios tajos violentos, Neit extirpa el peaje y corre hacia las balanzas ahuecando las manos teñidas de rojo contra su pecho. Kamat se desliza hacia ella y asesta un golpe con la cola para derribar a Neit. Mientras forcejean, Basetha sale corriendo hacia ellas, recoge el pago y lo estampa en una balanza. La pasarela resplandeciente se eleva por unos segundos y le permite cruzar sobre las aguas infestadas de serpientes. La chacal se arrodilla a los pies de Bontu y, con un asentimiento de la diosa, los visires le entregan un cartucho.

La cámara huele a tierra húmeda, espesa y repugnante.

Una flecha vuela hacia mí y se parte contra mi piel, que vuelve a brillar con luz dorada. Me giro y veo rodar por los suelos el arco de Tarik, que se desploma cuando Nassor le aplasta la cabeza; el garrote del minotauro le ha destrozado el cráneo. Mientras Nassor saca un cuchillo para reclamar su trofeo, Neit se levanta con un resbaladizo corazón de naga en las manos.

Todo ocurre en silencio, sin gritos ni órdenes. Solamente se oyen ocasionales entrechocares de metal contra metal o crujidos de huesos. Los combates terminan en un abrir y cerrar de ojos, con uno o dos intercambios de golpes: los combatientes conocen las técnicas de todos los demás.

Me quedo paralizado en plena locura mientras las ondas de luz dorada recorren mi cuerpo por momentos.

Unas palabras rompen el silencio. Djeru y Meris están cara a cara, armas en mano; la calma en medio de la tormenta.

―No quiero matarte ―afirma Meris―. Eres mi hermano. ―Se ríe―. Tampoco sería capaz...

Djeru mira alrededor.

―No puedo protegerte de los demás.

Meris sonríe con tristeza.

―Otra solución obvia.

Djeru aparta la mano de su arma, se acerca al muchacho y lo abraza.

―Haré que sea indoloro, hermano.

Meris le devuelve el abrazo.

―Búscame en el paraíso.

Los demás combates se callan a medida que los vencedores emergen. Pronto, todos los ojos están puestos en el dúo. Djeru deshace el abrazo, mira a Meris a los ojos y sonríe.

Entonces lo tira al agua de un empujón.

Inmediatamente, las siluetas oscuras de las serpientes se lanzan a por Meris. Cuanto este lucha por salir a la superficie, Djeru corre a arrodillarse y le impide asomar la cabeza.

―¡No! ―grito mientras corro hacia ellos. Dos iniciados con las manos ensangrentadas me sujetan por los brazos e intentan detenerme. Los arrastro conmigo y lucho por llegar hasta Djeru... hasta que siento que la energía abandona mis extremidades. Levanto la vista y mis ojos se clavan en la mirada infinita de Bontu, cuyas pupilas rasgadas están fijas en mí.

Observa, Kytheon Iora. Acalla tu criterio y aprende.

Cruel Reality
Cruda realidad | Ilustración de Kieran Yanner

Caigo sin fuerzas en la presa de los dos iniciados y contemplo con impotencia cómo Djeru ahoga a su hermano. Oigo las palabras que murmura mientras Meris se revuelve.

―Descansa, hermano, en el frescor del agua, en la calma eterna de la muerte. Has llegado lejos y hago esto ahora para preservar tu cuerpo entero, intacto e inmaculado, solo temporalmente afectado por el veneno y el peso del agua en tus pulmones. Que las Horas lleguen pronto y que el Dios Faraón regrese para conducirnos a todos al más allá.

La voz de Djeru se quiebra cuando concluye el mensaje y las sacudidas de Meris decaen poco a poco. Mis rodillas golpean el suelo y los iniciados me liberan para recuperar los corazones que se han ganado.

Entre resuellos, Djeru saca del agua el cuerpo de Meris.

―"Los dignos se esfuerzan por alcanzar la grandeza" ―susurra―. "La supremacía será recompensada en el más allá". ―Clava su cuchillo en el torso se Meris, apretando los dientes.

Mientras corta, los demás vencedores caminan hacia las balanzas y depositan su pago uno a uno en el plato dorado. Djeru es el último en ir, con el corazón goteante de Meris en las manos. Cruza el puente con la cabeza alta, tratando de ocultar el ligero temblor de sus manos. El puente se hunde silenciosamente en el agua cuando Djeru llega hasta Bontu y se arrodilla para recibir su cartucho.

La ira bulle en mi interior. No la dirijo hacia Djeru y los demás, sino hacia Bontu... y Oketra. Me levanto con los puños apretados.

―¿Qué debo aprender de esto? ―bramo desde la entrada de la cámara. Mi voz resuena en la fría escalinata de piedra. Las sombras se mecen con la agitación de las llamas en los braseros. Todas las miradas se depositan en mí.

»¿Qué querías que viese? ¿Que exiges la matanza de inocentes? ¿Cuál es el propósito de estas muertes? ¿Qué farsa de la fe y la divinidad es esta locura?

Ignoro los gritos y acusaciones de los visires de Bontu y me zambullo en el agua. Mientras nado hacia la plataforma, las serpientes vienen a por mí, pero mi piel resplandece y las repele, con los colmillos partidos. Me encaramo a la plataforma y me planto delante de la diosa, lanzando una mirada fulminante hacia arriba.

Los visires de Bontu se acercan con las armas en alto y hechizos danzando en sus dedos, pero Bontu alza una mano. Me mira desde el final de su hocico y se inclina sobre mí. No presto atención a las miradas de horror e indignación de los últimos miembros de la simiente.

No has pagado tu peaje ―dice Bontu en tono áspero.

―Aquí lo tengo. ―Me golpeo el pecho con un puño―. Ven a por él.

Se produce un largo silencio.

Bontu prorrumpe en una carcajada siseante, un sonido sibilante que alcanza un gran crescendo.

Qué insolente sigues siendo.

Se yergue.

Y qué ignorante sobre nuestro mundo.

La afirmación me hace titubear. ¿Bontu sabe que no soy de Amonkhet...? Por supuesto: es una diosa. Entonces, quizá sepa que Nicol Bolas también es...

―Tus palabras son las de un hereje ―afirma Djeru. Su voz tiembla con una mezcla de rabia y angustia―. Cuestionas nuestra fe y nuestras costumbres... No eres mejor que Samut.

No es un hereje ―sisea Bontu―, porque ni siquiera ha hallado su fe.

Me estremezco.

Te has sometido a mi prueba para encontrar respuestas, Kytheon Iora. Pero has olvidado hacer las preguntas adecuadas.

Bontu se levanta de su trono y se eleva sobre los demás.

Has visto más de nosotros, de lo que exigimos. ―Una nueva risa sibilante escapa entre sus colmillos―. Solo excelencia. Auténtica ambición. Sin embargo, en lugar de comprensión, en tu corazón solo veo criterio.

Sus ojos pestañean lentamente, como los de un reptil. Siento que ella también ha visto a través de mí. Busco una respuesta, pero finalmente me dirijo a los iniciados.

―¿Cómo es posible que no dudéis? ¿Que no pongáis en duda la necesidad de este sinfín de muertes? ¿Que no dudéis de la promesa del Dios Faraón? ¿Y si no fuese lo que ha prometido? ¿Y si...?

―¡Basta de sacrilegios! ―me interrumpe Djeru desenvainando su khopesh. Los demás iniciados se aproximan, pero la voz de Bontu vuelve a detenernos a todos.

Qué ingenuo.

Me señala con un dedo y siento que el aire abandona mis pulmones. Lucho por respirar mientras las palabras de Bontu me atraviesan.

Solo buscas lo que satisfaga tu sentido de la justicia. Resarcir tu antigua arrogancia es el culmen de tus ambiciones.

Me mira con desprecio.

Triviales y egoístas.

Me vuelvo hacia los iniciados y encuentro miradas endurecidas y ojos acusadores. Permanezco de pie, congelado e incapaz de respirar, y la voz de Bontu suena en mi cabeza para que solamente yo la oiga.

Una larga búsqueda de la fe, Kytheon Iora, pero todavía no sabes nada al respecto. Por supuesto que ellos dudan. La duda es la sombra necesaria para la luz de la fe, Kytheon. Cuanto mayor es la fe, mayores son las sombras de la inseguridad. Sin embargo, las ambiciones de ellos les empujan a brillar con más intensidad, a llegar a lo más alto, insatisfechos con las divinidades complacientes. ¿Cuándo serás capaz de afirmar lo mismo sobre ti?

Bontu retuerce la boca para componer una sonrisa.

Ellos me pertenecen y yo pertenezco al Dios Faraón.

―¡Que su regreso se produzca pronto y que nos considere dignos! ―gritan al unísono los iniciados y los visires.

Bontu me da la espalda y caigo de rodillas, tosiendo y resollando para introducir aire en los pulmones.

Abandona mi templo.

El poder del mandato vibra en mi mismísima esencia y echo a andar sin impedimentos. Los demás se hacen a un lado para dejarme pasar. Salgo a través de la puerta inferior tras el trono de Bontu y todo se sume en una neblina hasta que regreso al exterior, al brillo rojo del segundo sol. Levanto la vista. Parece estar más cerca que nunca de su posición final entre los cuernos.

"Y yo estoy aún más lejos de comprender. Este mundo. A mí mismo".

"Todo".

Un rumor de pasos llama mi atención. Un grupo de ungidos también sale del templo de Bontu en procesión, portando a los fallecidos envueltos en gasas blancas. Lo entiendo poco a poco.

Los ungidos son los restos de los iniciados caídos en combate. Las extremidades amputadas. La servidumbre silenciosa. Los cartuchos incompletos.

¿Su no vida es un obsequio o es esclavitud?

¿Los dioses son buenos o son agentes corruptos de Nicol Bolas? ¿La crueldad de las pruebas es una perversión oscura del mundo? ¿O puede que la muerte sea realmente el mejor destino en un plano donde todo termina en la no muerte?

En lo alto, el sol rojo recorre la inevitable trayectoria hacia la llegada y el regreso de Nicol Bolas. El regreso del Dios Faraón. El dicho resuena en mi mente.

"Que su regreso se produzca pronto y que me considere digno".

Mis manos forman puños. Me arranco el cartucho del cuello y lo dejo caer al suelo delante de mí.

"Digno de acabar con él".


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