Ofrendas al fuego

Posted in Magic Story on 5 de Agosto de 2015

By Doug Beyer

Senior creative designer on Magic's creative team and lover of writing and worldbuilding. Doug blogs about Magic flavor and story at http://dougbeyermtg.tumblr.com/

Historia anterior: Liliana Vess – La crueldad de los cuervos


―Por favor, participa en nuestro cántico, Chandra ―pidió el abad Serenok levantando hacia ella los brazos envueltos en las pesadas mangas de su túnica, que se mecieron con el gesto.

Chandra y los monjes de fuego del monasterio permanecían en equilibrio sobre témpanos de roca sólida que flotaban en un campo de lava, a kilómetros de la Fortaleza Keral de Regatha. El ambiente era abrasador y el paisaje ondulaba por el efecto de la calina. Un imponente volcán destacaba en la lejanía, escupiendo humo. Chandra no tenía claro si le correspondía estar en aquel sitio. Era el lugar en el que se había formado como piromante, pero allí la obligaban a realizar ejercicios de canto.

―No soy una gran cantora... ―dijo llevándose una mano a la nuca.

―Entonces, esto será un reto perfecto para ti ―afirmó Serenok, y su leve sonrisa formó arrugas bajo los ojos. Como abad y gran maestro de la Fortaleza Keral, Serenok era responsable de guiar a los acólitos por la senda de la magia de fuego. Al igual que la madre Luti, la matriarca del monasterio, Serenok había ayudado a Chandra a desarrollar su talento como piromante, animándola a seguir progresando en sus estudios y a entenderse mejor a sí misma.

Montaña | Ilustración de Sam Burley

»Posees una habilidad que me recuerda a la mujer por la que erigimos la Fortaleza ―dijo el abad.

―Yo no soy ella, Serenok.

―Puedes aspirar a serlo ―respondió él―. Algún día.

Se refería a Jaya. Jaya Ballard, la célebre piromante. Para Chandra, era una especie de mito, una presencia que perduraba en el ambiente de la Fortaleza. Las enseñanzas pirománticas de Jaya eran conocidas por todos los monjes y se habían grabado en las paredes de las salas. Sus lentes ignífugas descansaban en un pedestal del interior del monasterio. Algunos de los hechizos de Jaya se habían convertido en ejercicios rituales que los acólitos de fuego seguían practicando, como aquel día en el centro del campo de lava. Chandra admitía que las lecciones habían sido útiles, pero las comparaciones estaban de más.

―Todos podemos aspirar a ser más como Jaya ―dijo Serenok al resto de acólitos―. Comencemos el ejercicio.

El abad dirigió el cántico. Su voz era clara, pero sus pulmones sonaban delicados como el papel. Chandra notó en sus movimientos los achaques de la edad: tenía que esforzarse para enderezar su espalda encorvada y levantar la cabeza para cantar.

Los aprendices de piromante unieron sus voces y el coro llenó el ambiente. Las consonantes fricativas enfatizaban las vocales graves y alargadas. Los aprendices también se movían en armonía, con los pies deslizándose sobre los témpanos de roca y los brazos meciéndose como el aire ondulante. Mientras danzaban, una multitud de lenguas de fuego surgieron de la lava y crecieron hasta formar un círculo ígneo alrededor de ellos.

La danza de los piromantes era hermosa y Chandra se unió a ella. Se abrazó a sí misma, inclinó la cabeza hacia atrás y comenzó a girar estirando los brazos súbitamente y expulsando fuego por los dedos. Mientras bailaba, levantó la mirada para ver cómo el humo del campo de lava se elevaba hacia el cielo de Regatha junto al cántico de los monjes. Chandra se preguntó si Jaya también se habría sentido así. ¿Habría llevado aquel cántico a Regatha? La madre Luti conocía la existencia de los Planeswalkers y le había dicho que Jaya era una. ¿Qué palabras de mundos distantes habría entonado para invocar el fuego? Chandra inspiró y emitió un sonido acorde con las sensaciones que le producía la danza: un cántico fuerte y trinante que cobraba intensidad a medida que ella giraba.

―Chandra ―la llamó Serenok―. El hechizo no saldrá bien si no participas en él.

Chandra se detuvo y miró alrededor. Los demás monjes habían dejado de danzar y estaban observándola. El cántico había cesado y el círculo ígneo había desaparecido con él.

―Creía que lo estaba haciendo ―se disculpó Chandra. Su cabello resplandecía con pequeñas llamas, pero las apagó enseguida con una mano.

―Tienes que aprender a canalizar esa pasión y aplicarla en las lecciones ―dijo Serenok―. Si no colaboramos, el hechizo no estará completo y el fuego no alcanzará su máxima intensidad. Debes poner tu empeño en eso.

Abad de la Fortaleza Keral | Ilustración de Deruchenko Alexander

―Ya lo intento ―protestó Chandra.

―Entonces, esfuérzate más ―pidió Serenok con voz quebrada―. El fin de mis días está próximo. Muestra a este anciano monje lo que le gustaría ver.

―No digas esas cosas.

―Volvamos a empezar ―dijo Serenok dando una palmada―. Chandra, recuerda lo que has aprendido. Las lecciones no pretenden ponerte límites, sino ayudarte a madurar.

El abad extendió los brazos hacia los lados y echó la cabeza hacia atrás. Chandra vio una gota de sudor corriéndole por la mejilla; ¿estaba lanzando un hechizo?

Un sonido crepitante y quebradizo surgió bajo del campo de lava. Los alrededores se estremecieron y Chandra y los monjes tropezaron y cayeron al suelo, aferrándose a los bloques de roca.

―¿Qué ha sido eso? ―dijo uno de los acólitos mirando alarmado a los alrededores.

―¿Un terremoto? ―se preguntó otro monje.

Un montículo de roca fundida surgió de la superficie de lava y cortó el camino de regreso al monasterio. Algo vivo estaba emergiendo de la lava... Algo vivo y grande.

―Rápido, volved a entonar el cántico ―apremió Serenok.

―¿Seguro que es un buen momento para ponernos a cantar? ―preguntó Chandra.

―Levantad las defensas como os he enseñado. ¡Vamos! ―Serenok dirigió el cántico y los monjes se unieron a él, reanudando la danza. El anillo de fuego volvió a rodearlos y empezó a alzarse.

Un ser gigantesco surgió con estruendo del lecho de lava. Una cabeza dentada y escamada con tentáculos pétreos se elevó sobre el terreno, seguida de un largo cuello con hileras de púas a los lados. Aquella cosa tenía el tamaño de una sierpe, pero se había adaptado al hábitat volcánico.

Infernal brasafauces | Ilustración de James Paick

―¡Un infernal! ―chilló uno de los monjes.

―¡No interrumpáis el cántico! ―gritó Serenok.

El infernal rugió hacia el cielo escupiendo fuego y una nube de gas sulfúrico. Luego giró el cuerpo hacia los monjes y comenzó a agitar los tentáculos. Sus fauces eran lo bastante grandes como para tragar de un bocado a cualquiera de los acólitos, pero a Chandra le daba la sensación de que probablemente preferiría masticarlos.

Los monjes cantaron y danzaron y el muro de fuego se elevó a su alrededor, bloqueando al infernal.

Mientras las llamas se elevaban, Chandra miró a los monjes de fuego y trató de imitar el sonido y la cadencia. "Vamos, Nalaar", pensó. "Es el mismo cántico que está esculpido por toda la Fortaleza. Tú puedes". Observó a Serenok e intentó emular sus movimientos.

El muro de llamas creció ligeramente, pero empezó a chisporrotear y no ganó la altura suficiente. Chandra sabía que era culpa suya: estaba entonando las palabras apresuradamente, confundiendo los tonos y dando traspiés al danzar. El infernal podría asomar por encima del muro y abalanzarse sobre cualquiera de los monjes...

Entonces vio a la bestia asomar por encima de las llamas. Los músculos de las fauces se tensaron y el monstruo rugió.

Chandra se rindió y dejó de cantar. Se giró hacia el infernal y sus manos estallaron en llamas. Arrojó dos proyectiles de fuego contra el cuello del ser, pero sus escamas apenas se ennegrecieron.

El infernal atacó arqueando la cabeza sobre el muro de llamas y descendiendo sobre un acólito. Su presa logró esquivarlo saltando a otro témpano de roca y el infernal se estampó contra la superficie que había ocupado. Las llamas de la barrera de fuego chamuscaron al infernal, pero de nuevo, aquel calor no bastó para detenerlo.

Chandra apretó los dientes y flexionó las rodillas, levantando los talones. Antes de que el infernal volviese a levantarse, saltó hacia él, se agarró a las púas del cuello y trepó a su lomo.

La bestia corcoveó y chilló y sus tentáculos se agitaron para tratar de quitarse de encima a aquella molestia. Chandra agarró dos de los apéndices, aseguró los pies entre las placas escamadas del monstruo y se afirmó en su lomo.

―¡Lo tengo! ―gritó.

El infernal giró y retorció el cuerpo... Y de pronto, invirtió su posición. Chandra se quedó colgando, sin apoyo en los pies.

―¡Apuntad a la cabeza! ―gritó un acólito preparando un hechizo de fuego.

―¡No apuntéis a la cabeza! ―chilló Chandra, que pendía de ella.

Chandra resistió, balanceándose de un lado a otro. Cuando se presentó la ocasión durante el zarandeo, dobló el cuerpo para apoyar los pies en el cuello del monstruo y lo pateó para impulsarse hacia el extremo de la cabeza. El infernal se agitó, pero Chandra calentó las manos hasta volverlas incandescentes, clavó los dedos en la resistente piel de la bestia y se aferró lo más fuerte que pudo.

En ese momento, se dio cuenta de que acababa de meterse en un nuevo aprieto, como tantas otras veces. Los apéndices del monstruo eran más gruesos en aquella parte y comenzaron a golpearla. Algunos alcanzaron piezas de su armadura, pero otros impactaron directamente en la piel. Hizo un gesto de dolor y miró sus propias manos candentes, medio hundidas en la coraza del monstruo. Sabía que no podría mantener aquella intensidad por mucho tiempo. Necesitaba más calor, más del que ella sola podía crear.

―¡Tengo otra mala idea! ―gritó a los demás―. Cambio de planes. ¡Cuando os lo diga, apuntad hacia mí!

Chandra se preparó y esperó a la siguiente sacudida del infernal. Cuando se debatió, dejó de agarrarse a él y medio corrió, medio se deslizó por el cuerpo de la bestia, repeliendo los latigazos de los tentáculos con un torrente de fuego. Cuando llegó al vientre, cerca de donde emergía de la lava, se agarró a una escama con ambas manos y se giró para no perder de vista la cabeza del infernal. Con un gruñido de esfuerzo, descargó un puñetazo con una de sus manos incandescentes contra la piel acorazada.

La cabeza del infernal se abalanzó sobre ella en un acto reflejo y Chandra saltó en cuanto la vio venir.

Mientras caía, las fauces del monstruo pasaron casi rozándola y se hundieron en las placas escamadas de su propio cuerpo. Por el momento, la cabeza seguiría clavada allí.

Chandra aterrizó en un témpano de roca, se giró hacia los monjes y llamó su atención―. ¡Ahora! ¡Usad vuestro fuego! ¡Hacia mí!

Los demás monjes se quedaron perplejos y miraron a Serenok. Aquello no formaba parte de sus enseñanzas.

El abad miró a Chandra a los ojos por un angustioso segundo y sopesó las posibilidades.

El infernal chilló y se sacudió, con los dientes clavados en su propio caparazón de roca.

―¡Vamos! ―rogó Chandra―. ¡Hacedlo!

Serenok miró al resto de acólitos y asintió.

Los monjes gritaron, estiraron los brazos y dirigieron un aluvión de hechizos ígneos hacia Chandra.

Llamarada salvaje | Ilustración de Aleksi Briclot

Solo tuvo un instante mientras los cometas y las esferas de fuego volaban hacia ella. Esperó al momento adecuado y entonces giró sobre sí, danzando con los pies y guiando los hechizos con las manos. Con un movimiento fluido, unió las ráfagas de fuego en un solo rayo, agudo como una aguja y con una intensidad cegadora. Lo hizo girar alrededor de ella, sintió su calor abrasador al pasar y lo dirigió contra la cabeza del infernal.

La lanza de fuego perforó la piel blindada del monstruo y se clavó en la carne.

El infernal se estremeció y chilló, y por fin logró liberar las fauces de su propio caparazón.

Entonces levantó la cabeza, sus escamas resplandecieron acompañadas de un rugido y, finalmente, volvió a sumergirse en el mar de lava.

Unas ondas recorrieron la superficie y luego cesaron. Nadie dijo nada por unos instantes, hasta que todos estuvieron seguros de que la bestia no iba a volver para devorarlos.

Chandra se inclinó y apoyó las manos en las rodillas mientras recuperaba el aliento―. Perdón por arruinar el cántico ―dijo. Su melena de llamas se apagó poco a poco y volvió a convertirse en su cabello habitual. Un mechón de pelo había quedado de punta y daba mucho el cante.

―Lo has conseguido ―dijo Serenok con una sonrisa manchada de hollín. Tosió tapándose la boca con un puño, pero siguió sonriendo―. Has logrado lo que solo he visto hacer a otra persona. Estás preparada. Eres ella.


―Chandra, levántate.

Chandra estaba remoloneando en su cama, de vuelta en el monasterio. Tenía la horrible impresión de que, por desgracia, había llegado la mañana siguiente.

Por si fuese poco, la voz que la llamaba al otro lado de la puerta era la de la madre Luti.

―Vamos, Chandra ―insistió―. Levántate. Ya es mediodía.

―¿De verdad? ―se quejó Chandra con vagancia―. Detrás de mis párpados, aún parece de noche.

―Se trata de Serenok.

Chandra por fin se incorporó y se desperezó con un bostezo―. Escucha... Si es por los ejercicios de canto, dile que mañana sería mejor para...

―Chandra... Serenok ha fallecido.


El funeral del abad fue breve y se celebró en el claro rocoso a los pies de la Fortaleza Keral. Bajaron la misma escalinata de piedra por la que Chandra había subido poco después de convertirse en Planeswalker. Muchos de los monjes de fuego que habían acudido al funeral eran los mismos que habían dado la bienvenida a la joven y perpleja piromante.

Monte Keralia | Ilustración de Franz Vohwinkel

―Todos nosotros hemos sido acólitos de Serenok ―proclamó la madre Luti―. Todos los que le conocíamos hemos aprendido lecciones de su vida radiante y devota y de su entrega como abad de esta Fortaleza.

Chandra estaba llorando, en parte porque aún no había asumido la funesta noticia y en parte por la pena que sabía que iba a invadirla. Notaba que aún no estaba sintiendo el auténtico dolor. Sabía que la tristeza estaba por llegar, como una presencia que reptaba hacia ella en la oscuridad.

―La llama de Serenok se extinguió anoche, mientras descansaba ―continuó Luti―. Y en su fallecimiento, nos ha transmitido una última lección, pues fue maestro hasta el final. Nos ha enseñado que, en el tiempo que se nos ha concedido, debemos escoger una senda y consagrarnos a ella. Debemos hallar el fuego de nuestro interior, alimentarlo y ofrecerle nuestras vidas. Y por último, debemos avivar ese fuego en los corazones del prójimo. ―Entrelazó las manos―. Adiós, Serenok.

Los monjes inclinaron la cabeza y sus capuchas les ocultaron el rostro.

Cuando la ceremonia concluyó, Chandra no volvió al monasterio con los demás, sino que dio la espalda a la Fortaleza y se dirigió hacia las montañas. Oyó a Luti llamándola para que regresase, pero siguió alejándose.


El día sofocante en Regatha dio paso a una noche asfixiante, con tormentas de humo que se arremolinaban en los cielos como el torbellino de sentimientos que Chandra sentía en su interior. La noche era tan oscura que ya no podía ver el contorno del gran volcán contrastando con el cielo. Sin embargo, sí distinguía los riachuelos de lava que descendían por la ladera. A aquella distancia, ni siquiera parecía que el magma fluyese; podía imaginar que goteaba poco a poco o, si cambiaba de perspectiva, que en realidad subía por la pendiente y regresaba al corazón de la montaña. Chandra se sentó bajo un saliente de roca que hacía de nido para unas polillas de las cenizas. Vio una pequeña nube de ellas ascendiendo en espiral hacia el cielo nocturno, brillando con sus diminutas alas de fuego.

Siempre se había sentido molesta por las expectativas que Serenok depositaba en ella. Aun así, ¿qué le habría costado aprender los cánticos y realizar los ejercicios con los demás? ¿Tan malo habría sido tratar de estar a la altura de lo que él veía en ella? Se echó a llorar y no pensó en las lecciones del abad, sino en su amabilidad y en los ánimos que siempre le había dado. Sintió un vacío en su interior, un profundo pozo rebosante de dolor. Pensaba que la muerte de su maestro vendría acompañada de un torrente de emociones, de algo más tangible en lo que pudiese apoyarse o a lo que pudiese hacer frente. Sin embargo, era imposible enfrentarse al vacío. No podía luchar. Solo podía seguir viviendo con él en su interior.

Tras un tiempo, añoró más su cama que la soledad. Emprendió el camino de regreso al monasterio cruzando los profundos pasos de montaña y ahuyentando la oscuridad con ráfagas de fuego. Las polillas de las cenizas revoloteaban tras sus pasos.


Cuando entró en el recinto del monasterio, ya había empezado a amanecer.

La madre Luti estaba sentada en la escalinata de piedra de la Fortaleza Keral, con un atuendo doblado en el regazo. Era la túnica de Serenok, el hábito del abad, bordado con filamentos ígneos.

―¿Por qué estás esperándome con eso? ―preguntó Chandra. Le dolían los músculos y su corazón parecía un huracán, una tormenta que se arremolinaba alrededor de un vacío. Nunca había visto el hábito cuando no descansaba sobre los hombros de Serenok. Sus ojos refulgieron―. ¿Quieres hacerme daño?

―Chandra, escúchame ―pidió Luti.

―No, ya lo entiendo... ―contestó ella acercándose al rostro de Luti―. ¡Serenok ha muerto, pero las lecciones deben continuar! Tenemos que ir todos al gran salón antes de que sus ropas se enfríen, ¿no es así? Porque tenemos que cubrir este hueco. Y has venido a reprocharme que no estuviese aquí anoche, ¿verdad? Apenas han pasado horas, pero vamos a seguir adelante y hay que elegir al nuevo abad, ¿no?

―Te equivocas, Chandra ―dijo Luti bajando la vista hacia el hábito de Serenok―. Te he esperado para decirte que ya hemos elegido a la nueva abadesa.


―No puedo ―se negó Chandra por lo que parecía ser la centésima vez―. No estoy hecha para esto. Y mucho menos para ser la abadesa.

Estaba sentada junto a una larga mesa de granito en el corazón del monasterio, rodeada de monjes ancianos ataviados con túnicas del color de las llamas. El hábito de Serenok estaba doblado ante ella.

―Como siempre dijo Serenok, eres una de las piromantes con más talento que jamás hayan honrado la Fortaleza Keral ―dijo Luti con las manos entrelazadas y el rostro lleno de amabilidad―. Consideraba que eres ingeniosa, creativa y sincera. Tus palabras y tu magia siempre nacen en tu corazón, al igual que...

Chandra bajó la mirada.

—... Jaya. Los demás deberíamos seguir tu ejemplo.

Era un gesto muy amable, pero los monjes no la estaban escuchando. Sentía que la vista se le empañaba―. ¡Jamás podría ser como Serenok! No soy una buena maestra. Apenas soy una discípula. Lo siento, pero tengo que negarme.

Algunos de los monjes se miraron mutuamente.

Acólito del infierno | Ilustración de Joseph Meehan

―Chandra, es un gran honor que te propongan asumir este cargo ―dijo uno de ellos, cuya barba casi rozaba la mesa―. Cuando se nos ofrece el hábito, debemos hacernos responsables. Tienes que aceptarlo.

―¡No! ―Chandra se levantó de golpe y estampó los puños en la mesa, a ambos lados del hábito de Serenok. Sus cabellos crepitaron por unos instantes―. Te lo advierto: decirme lo que tengo que hacer no es una buena forma de intentar convencerme.

―Serenok sabía que pronto fallecería, Chandra ―intervino la madre Luti―. Te puso a prueba porque veía algo en ti.

―Serenok creía que soy alguien que no soy ―protestó Chandra―. Por favor, confiad en mí. Es mejor que no dirija el monasterio. No conozco los cánticos. Las danzas se me dan fatal. No soy la mejor en nada de lo que se hace aquí.

―Entonces, como acostumbraba a decir Serenok, esto será un reto perfecto para ti ―respondió Luti.

Aquellas palabras la golpearon en el pecho. Volvió a sentarse y se quedó alicaída. Se frotó los ojos con los puños, aunque no sabía si lo hizo para enjugar las lágrimas o para ocultar lo que veía a su alrededor.

Abrió los ojos y observó los rostros de los monjes de fuego. Aquel lugar y aquella gente que tanto le habían enseñado... ahora querían que ella les enseñase. Si se quedase, podría demostrarles lo mucho que significaba para ella el momento en el que la habían acogido hacía años, cuando llegó siendo una huérfana asustada procedente de otro mundo.

―¿De verdad creéis que podría hacerlo? ―preguntó.

Todos los presentes asintieron.

La madre Luti se puso en pie y alzó las manos―. Chandra Nalaar, ¿estás dispuesta a aceptar el hábito de Serenok y ser nuestra Jaya? ¿Estás dispuesta a guiarnos por los principios de la piromancia de Keralia? ¿Estás dispuesta a mostrarnos la senda del fuego?

Chandra se levantó, rodeada de sus iguales. Había algo en aquella sala que le ofrecía seguridad, como las sábanas revueltas de su cama. Tal vez debería ofrecerse a aquella senda. Jaya solo había estado en Regatha por un tiempo; ella quizá pudiese ser la Jaya que no solo estuvo de paso, sino la que permaneció allí. A lo mejor, convertirse en una abadesa que escupiese fuego resultaría divertido... y la ayudaría a empezar a llenar el vacío doloroso de su corazón.

Mientras permanecía de pie ante la mesa, tratando de encontrar las palabras adecuadas, dos hombres con vestimentas que claramente no procedían de Regatha irrumpieron en la sala.


Uno de ellos era corpulento, moreno, con barba poblada en las mejillas y equipado con una robusta armadura. El otro era más menudo y pálido, tenía el rostro lampiño y vestía una capa con capucha azul cubierta de runas.

Jace, telépata desenfrenado | Ilustración de Jaime Jones

Todos los monjes se giraron alarmados hacia ellos. Los recién llegados buscaron a Chandra con la mirada. Ella los reconoció al instante.

―¿Pero qué...? ¿Qué hacéis vosotros aquí? ―les espetó.

―Me alegro de verte, Chandra ―respondió Gideon Jura―. Necesitamos tu ayuda.

―"Se trata de Zendikar" ―dijo en su mente la voz de Jace Beleren.

Chandra sacó afuera a los dos Planeswalkers, bajaron la escalinata de la Fortaleza y salieron al camino que llevaba al monte Keralia. Gideon y Jace eran dos conocidos de distintas épocas de su pasado. Le hicieron recordar otros planos, otros momentos de su vida... Y habían llegado juntos a Regatha, justo cuando ella se sentía más unida a la Fortaleza Keral. Intentó hacer sitio en su mente para aquella larga sucesión de hechos.

―¿Y bien? ¿Qué hacéis aquí? ―preguntó―. Gideon, ¿has venido a imponer unas cuantas leyes? ¿Cuál es tu objetivo esta vez?

―Los Eldrazi ―afirmó él.

―Y encontrarte a ti ―añadió Jace―. Tenemos una misión y nos vendría bien la ayuda de un piromante.

―Pues habéis llegado en un momento pésimo.

―Lo siento si las circunstancias no son adecuadas ―se disculpó Gideon―. Y si debes permanecer aquí, permanece aquí. Pero te necesitamos, Chandra. Zendikar te necesita.

―¿Lo ha dicho Zendikar? ¿Literalmente? ―Un vapor sofocante se arremolinó en su interior. Empezó a caminar de un lado a otro, sin saber qué hacer con aquel arrebato de mal genio―. Ah, y gracias por haberos acordado de mí. Para empezar, ¿cómo diablos os habéis...?

Gideon señaló a Jace con el mentón―. Fui a buscarle hace poco, a Rávnica.

―¿Y ahora estáis yendo de plano en plano y reclutando gente? ¿En serio?

Gideon entreabrió la boca para responder, pero no dijo nada. En aquel silencio, a Chandra le pareció distinguir un indicio de todas las torturas que había soportado.

Gideon, campeón de la justicia | Ilustración de David Rapoza

Lamentó haber sido tan dura con él―. Gideon, sabes cuál es mi relación con este lugar. Precisamente tú conoces los sacrificios que he hecho por este mundo.

―Lo sé, pero no es el único mundo que necesita un sacrificio. ―El resplandor del lejano volcán se reflejaba en la armadura de Gideon.

Chandra se frotó las sienes por debajo de las lentes. El único pensamiento que acudía a su cabeza era "Jaya iría con ellos". Ella no habría dudado en lanzarse a una nueva aventura, en intervenir en alguna crisis donde pudiese desatar su magia de fuego y abrasar todo lo que se le pusiese por delante. La tentación hizo que a Chandra se le acelerase el pulso, aunque no lo pretendiese. Y cuando pensó en la gente que estaba sufriendo y en que podría ser de ayuda...

―Chandra ―intervino Jace―, recuerda que tú también provocaste la situación actual de Zendikar. Tú y yo estamos en deuda con ese mundo. Nos guste o no, tenemos una responsabilidad.

Los ojos de Chandra empezaron a arder, literalmente. Se esforzó para hablar lentamente y con toda la calma que pudo reunir―. Haced... el favor... de no hablarme... de responsabilidades.

―Chandra... ―Gideon juntó las manos y se las llevó al pecho. Para alguien como él, ese pequeño gesto era como una súplica directa, una forma de expresar una gran necesidad.

"Jaya iría con ellos. Jaya iría con ellos".

―Marchaos ―les dijo.

Gideon miró a Jace y luego otra vez a Chandra. Se acercó y empezó a levantar un brazo hacia ella, pero Chandra le lanzó una mirada severa y un aura de fuego surgió a su alrededor, envolviéndola en un muro personal de llamas.

Chandra, llamarada rugiente | Ilustración de Eric Deschamps

Aquí es donde más me necesitan ―dijo Chandra cruzándose de brazos―. Este es el lugar al que correspondo. Y he hecho una promesa. ―Para ella, era la verdad.

―Gideon ―respondió Jace―, creo que aquí no vamos a conseguir nada.

Gideon se quedó mirando a Chandra durante un largo rato. Finalmente, asintió―. Si cambias de opinión, estaremos en Portal Marino. ―Luego le habló a Jace sin apenas mirar para él―. Vámonos.

Cuando abandonaron el plano, el aire se distorsionó por unos instantes y obstruyó la vista de Chandra. Cuando desaparecieron, tenía ante sí la escalinata de piedra de la Fortaleza Keral... y la madre Luti observaba desde la entrada del monasterio, con el hábito de Serenok en las manos.

Chandra asintió y comenzó a ascender los peldaños.


El origen de Chandra: La lógica del fuego

Perfil de Planeswalker: Chandra Nalaar

Perfil de Planeswalker: Jace Beleren

Perfil de Planeswalker: Gideon Jura

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