San Traft y el Escuadrón de las Pesadillas

Posted in Magic Story on 13 de Julio de 2016

By James Wyatt

James Wyatt joined Magic’s creative team in 2014 after more than 14 years working on Dungeons & Dragons. He has written five novels and dozens of D&D sourcebooks.

Historia anterior: Campaña de venganza

La última vez que vimos a Thalia, Odric y Grete, habían huido del mal que corrompía al Concilio Lunarca, el órgano rector de la Iglesia de Avacyn, y se habían reunido en una recóndita capilla de Brezalcercano, en la provincia de Gavony. Thalia presentó a sus camaradas a la Orden de San Traft, fundada en nombre de (y literalmente inspirada por) un antiguo santo conocido por haber hecho frente a numerosos demonios. Thalia había aceptado convertirse en anfitriona del geist de San Traft y, armada con su poder sagrado, lideraba una variopinta banda de soldados, cátaros y clérigos rebeldes, todos ellos decididos a continuar la misión de la Iglesia al margen de la corrupción de sus dirigentes.

Pero ahora el mundo ha cambiado. ¿Cómo pueden los restos de la Iglesia de Avacyn continuar su tarea cuando Avacyn está muerta? ¿Qué poder logrará mantenerles en pie mientras el mundo se encuentra al borde de la extinción?


―He recibido pocas noticias y la mitad de ellas son contradictorias ―informó Grete.

―Ya veo... ―dijo Thalia con un suspiro―. Algunos exploradores no han regresado y otros no están en condiciones de hablar cuando vuelven. ―Se le revolvió el estómago al pensar en Halmig, que había regresado a la columna el día anterior... pero cambiado. Se había visto obligada a matarle, o más bien a exterminar a la cosa retorcida en la que se había convertido. Ignoraba con qué se había podido topar durante su misión, pero se imaginó qué había sido de las tropas que había llevado consigo.

―¿Es cierto que Hanweir está en ruinas? ―preguntó Grete.

―Es mucho peor que eso. ―Thalia pasó los dedos por el cuello de su montura y fingió no ver la ceja arqueada de Grete. La capitana no insistió.

Cabalgaron en silencio durante un rato, sumidas en sus pensamientos. El último ejército que había marchado hacia Thraben, recordó Thalia, había sido la horda de necrófagos y skaabs reunido por los hermanos Cecani. Esta vez, ella formaba parte de la horda, si es que aquellos escasos soldados podían calificarse así. Parecían tan muertos y mugrientos como zombies, agotados por las batallas constantes de las últimas semanas. Se sentían como si la locura hubiera devorado el mundo. Aun así, mientras les quedara aliento y pudieran aferrarse a una ínfima huella de esperanza, continuarían luchando.

Al menos, la mayoría seguirían haciéndolo. Odric se había quedado atrás, quebrado anímicamente desde que se había vuelto en contra del Concilio Lunarca y había ayudado a Thalia a fugarse. Sentía lástima por Odric, pero no podía gastar su propia fe para restaurar la de él.

―Tengo entendido que Seeta y sus inquisidores siguen causando problemas ―comentó Grete al cabo de un rato.

―Que se atrevan a plantarnos cara ahora ―bufó Thalia. Después de su confrontación con el Concilio Lunarca y de haber huido de Thraben con Odric y Grete, una inquisidora fanática llamada Seeta había liderado la caza contra ellos. Su grito de batalla era "¡malditos sean los réprobos!" y lideraba una columna de guillotinas rodantes. Las herramientas de ejecución tiradas por bueyes la habían ralentizado lo suficiente como para evitar que alcanzase a la Orden de San Traft. Ahora, esta había crecido tanto que Thalia ya no se preocupaba por los vestigios de la Inquisición.

―Dicen que se hacen llamar los Sin Pecado ―añadió Grete―. Afirman que la transformación se debe a que el pecado ha sido purgado de sus cuerpos.

―¿Pretenden hacer pasar... eso por una virtud? ―preguntó Thalia arrugando la boca, repugnada.

Grete asintió sin apartar la vista del camino.

―Qué bajo hemos caído ―afirmó Thalia, medio para sí misma.

―¿A qué se debe, pues? ―dudó Grete―. O sea, está claro que no se trata de una virtud, pero ¿cuál es la causa?

―Si existe una respuesta, la encontraremos en Thraben.

Thalia se preguntó qué hallarían en... la ciudad y la catedral. El pulso se le aceleró y el estómago se le revolvió más violentamente al pensar en Thraben, la que había sido su hogar durante tantos años. ¿Y si había compartido el destino de Hanweir y la ciudad y sus gentes se habían fundido en una sola entidad? ¿Y si ya no quedaba nada que salvar? ¿Y si Avacyn de verdad había...?

Entonces divisó en el camino una figura acompañada de un caballo. Thalia hizo un gesto a Grete y esta se adelantó al galope. Thalia se inclinó hacia adelante y su gryff extendió las alas y levantó el vuelo con elegancia, superando al caballo de Grete y aterrizando junto a Rem Karolus sin siquiera agitar el polvo del suelo.

Rem había sido otro siervo devoto de la Iglesia, conocido como la Espada de los Inquisidores. Sin embargo, la demencia de los ángeles había causado un cambio en él. Siempre había sido una persona huraña que llevaba a cabo su labor con una eficiencia sombría, pero Rem había sido de los primeros en renunciar a su título y volver su célebre espada contra la auténtica amenaza para Innistrad. Ahora era conocido como el Exterminador de Ángeles, aunque hacía caso omiso del apodo. Además, aunque no habían hablado del tema, Thalia tenía motivos para sospechar que la fe de Rem había muerto junto con el primer ángel que había matado.

Cuando Grete se acercó en su caballo, Rem soltó dos correas en el lateral de su silla de montar y una larga vara metálica cayó al suelo con un fuerte ruido seco. Incluso con las puntas rotas en una línea dentada, la lanza de Avacyn era inconfundible.

―De modo que es cierto ―susurró Thalia.

―¿La has matado tú? ―preguntó Grete bruscamente.

―Demasiado me sobrestimas ―respondió Rem―. Lo habría intentado si hubiera podido, pero parece que alguien llegó antes.

El corazón de Thalia se volvió de plomo. Bajó de su montura y se dejó caer de rodillas junto al arma, como si el peso de su pecho tirase de ella. Su gryff le acarició el rostro con el hocico, que estaba empapado de... ¿lágrimas? ¿El animal lamentaba la muerte de Avacyn tanto como ella?

Se inclinó hacia delante y extendió una mano hacia la lanza.

―Te recomiendo que no hagas... ―Se apresuró a advertir Rem.

Un destello de luz sagrada estalló donde Thalia posó la mano. La retiró de inmediato, con una sacudida de dolor recorriéndole el brazo.

―... eso ―concluyó Rem con monotonía―. Tuve que hacer auténticas maniobras para traerla sin torturar a mi vieja Jedda. Es imposible tocarla.

Thalia ignoró la advertencia. "¿Puedes hacerlo?", preguntó al espíritu que albergaba.

La mano de Thalia empezó a emitir un suave brillo blanco cuando el poder de San Traft le recorrió el espinazo. Se sintió más ligera. Con o sin Avacyn, el mundo aún no estaba perdido.

Volvió a extender la mano hacia la lanza y esta vez la sujetó firmemente por el asta. Se irguió y sostuvo en alto el arma, cuya punta brillaba como el sol bajo el cielo nublado. Rem la miró con el ceño fruncido y Thalia trató de no sonreír.

―Grete, ¿puedes traer el estandarte de mi silla, por favor? ―pidió Thalia.

La capitana desmontó y se acercó al gryff; parecía nerviosa, pero cuando se acercó lo suficiente para tocarlo, Thalia vio desaparecer su miedo. Los gryffs calmaban a la gente.

Gryff del alba | Ilustración de Christine Choi

Grete quitó la bandera de San Traft de la lanza que Thalia había usado hasta entonces y se la entregó para que la atara en el arma de Avacyn.

―A partir de ahora cabalgaremos bajo este estandarte ―afirmó Thalia.

―¿Cómo lo has hecho? ―preguntó Rem, aún incrédulo.

―Deberías cabalgar a mi lado más a menudo, Rem. Descubrirás muchas cosas que te sorprenderán.

―Y que te darán esperanza ―añadió Grete.

―Ya veremos ―dudó Rem. Siguió contemplando el resplandor de la lanza bajo el cielo gris y algo brilló en sus ojos, aunque no fuera esperanza.

Thalia subió a la silla de montar, dirigió al gryff hacia la columna de soldados y lo acució para que volviera a ascender. Volaron juntos sobre toda la variopinta hueste para que todo el mundo pudiera ver la lanza de Avacyn. Algunos soldados vitorearon a su líder, pero cuando se dieron cuenta de lo que contemplaban y lo que eso significaba, los vítores se convirtieron en lamentos de desesperación.

Thalia hizo aterrizar al gryff en medio de la columna. Convocando de nuevo al espíritu de su interior, enarboló el arma con ambas manos. Pesaba demasiado como para blandirla en combate, pero era un símbolo poderoso.

―¡Avacyn ha desaparecido! ―gritó. Más lamentos y protestas de incredulidad surgieron en torno a ella―. Su Iglesia se ha corrompido por completo y nuestras tierras están plagadas de horrores indescriptibles.

Guardó un momento de silencio, con pesar en el corazón. El dolor que veía en los rostros cercanos era un reflejo del suyo. Todos los allí presentes habían perdido a su familia, a sus amigos y sus hogares; ahora, su esperanza pendía de un hilo. El peso de la lanza hacía que los hombros le ardieran.

―¡Pero nosotros seguimos aquí! ―exclamó―. Nosotros, que hemos hecho frente a esos horrores, que hemos resistido contra el mal y la locura de la Iglesia, que nos hemos aferrado a la fe y desafiado a la desesperación... ¡Seguimos aquí! Y si ningún arcángel ilumina nuestro camino en estos tiempos oscuros, tendremos que ser nuestra propia luz. Si ningún amuleto nos protege de esos horrores, nuestras espadas habrán de hacerlo. Si no podemos tener fe en Avacyn, debemos tener fe en los ideales que defendía antes de caer en la locura.

Mientras daba su arenga, muchos cátaros cayeron de rodillas, con lágrimas corriendo por sus rostros curtidos y con los ojos levantados hacia el cielo o clavados en el suelo. Thalia pensó que cada uno lidiaría con su dolor a su propia manera y a su debido momento. Sintió lástima por ellos, además de la que ya sentía; aquella carga era mucho más pesada que la lanza que luchaba por sostener en alto.

Recordó lo que le había dicho a Odric meses atrás y pronunció las palabras que podrían aliviar el dolor en sus corazones―. Antes de todo esto, la luz tenue de la luna nos protegía de los terrores de la noche. Antes de todo esto, los vínculos entre nosotros ahuyentaban el miedo que nos quebrantaba. Antes de todo esto, aspirábamos a ser más que meros humanos: aspirábamos a la santidad, a la perfección que nos mostraban los ángeles.

»Y volveremos a hacerlo. ¡Amigos míos, seguimos aquí! Esos son los motivos por los que luchamos. Por el recuerdo de Avacyn, de la luz y la bondad que han abandonado el mundo, ¡seguiremos luchando! ¡Por Innistrad y todas sus gentes! ¡En marcha!

La Orden de San Traft vitoreó entre lágrimas. Todos se pusieron en pie, levantaron la cabeza hacia el cielo nublado y enarbolaron sus espadas y lanzas. Thalia tocó la cabeza del gryff y este se elevó sobre la multitud, sobrevolando una vez más a los soldados, el pequeño ejército de Thalia. Finalmente descendieron a la cabeza de la columna, junto a Grete y Rem, y reemprendieron la marcha en dirección a Thraben para presentar una última y desesperada batalla a la pesadilla que se había apoderado del mundo.


Los chapiteles y las almenas de Thraben se elevaban sobre la desembocadura del río Kirch, que descendía desde los escarpados acantilados hacia el lago. Las suaves ondulaciones del brezal que componía la mayor parte de Gavony permitían ver la Ciudad Brillante a kilómetros de distancia cuando el cielo estaba despejado. Pero Thalia no recordaba la última vez que había visto el cielo despejado. Cuando la lluvia y la neblina se disiparon y por fin revelaron la ciudad, apenas quedaba una hora de trayecto.

Sin embargo, el camino estaba atestado de horrores que dificultaban la marcha. Tuvieron que lidiar con amasijos de carne desgarrada y tentáculos bulbosos y otros seres con facciones retorcidas y cuerpos deformes; seres que antaño habían sido animales de granja, bestias salvajes o monstruos más habituales. Algunos ni siquiera parecían haber sido criaturas naturales. Y muchos de ellos, demasiados, habían sido humanos que difícilmente conservaban rastros de algo parecido a un rostro entre sus rasgos monstruosos.

En comparación con aquello, los horrendos skaabs que Geralf Cecani había enviado a Thraben parecían cuerdos y normales, aunque en realidad fuesen amalgamas de partes de humanos y animales reestructuradas según la retorcida imaginación del suturador. Los skaabs al menos eran fruto de un ser con inteligencia; una mente podrida y carente de moral, pero una mente al fin y al cabo. Los otros seres solo podían haber sido imaginados por una consciencia antinatural, una especie de dios demente que soñaba durante su reposo inquieto y eterno.

También se dirigían hacia Thraben, reptando sobre patas sin huesos y tentáculos retorcidos o arrastrándose por el suelo con lo que quedaba de sus extremidades. Algunos planeaban torpemente con alas membranosas y otros simplemente flotaban en el viento, como si la gravedad tan solo fuese otra ley natural que ignorar como si nada.

Los horrores parecían más interesados en llegar a Thraben que en detener a Thalia y sus cátaros, así que ordenó a sus tropas que no malgastaran fuerzas y solo lucharan en caso de ataque. Por muy repugnante que fuera dejar vivos a aquellos monstruos, tuvo la certeza de que los soldados necesitarían conservar todas las fuerzas que pudiesen para cuando llegaran a la ciudad.

Sumida en sus pensamientos, Thalia no se dio cuenta de que se había acercado demasiado a una cosa del tamaño de un caballo y había atraído su atención. Supuso que había sido un caballo... Pero no: había sido un caballo y su jinete, que ahora estaban fundidos en un nauseabundo amasijo de carne. El monstruo se apoyaba sobre seis patas y estaba cubierto de tendones de carne magenta que unían lo que antes habían sido el jinete y su montura. Unos dientes deformes sobresalían de varias estructuras semejantes a mandíbulas bajo una crin andrajosa y un brillo naranja bajo un tricornio debía de haber sido la cabeza del jinete. La cabeza de una alabarda asomaba entre una maraña de tentáculos.

Trabazón galopante | Ilustración de Daarken

Antes de que Thalia pudiera girar a su montura para enfrentarse al ser, como si se dispusiera a participar en una justa demencial, el monstruo se encabritó sobre tres patas, le estampó una pezuña en el hombro y la derribó de la silla. El gryff levantó el vuelo agitando las alas y Thalia aprovechó la distracción momentánea de la criatura para levantarse y ponerse en posición de combate.

Cuando el ente se aproximó, la espada de Thalia relampagueó e hizo dos largos cortes en lo que debía de haber sido el cuello del caballo. Una cosa marrón brotó de las heridas... pero no era sangre, sino algo que se retorció como gusanos bajo una roca levantada del suelo. La criatura no pareció afectada por el ataque.

Una pezuña en el extremo de algo que no era una pata trató de asestar un latigazo a Thalia, que lo desvió y cortó la carne justo por encima de la pezuña; esta vez, el resultado fue un derrame de pus amarillento. De súbito, mientras repelía el golpe hacia un lado, un tentáculo que quizá hubiera sido un brazo del jinete la abofeteó por el otro flanco. Sintió una punzada de dolor en la mejilla... y de pronto desapareció. Su piel se había vuelto insensible y fría donde el amasijo de carne la había golpeado.

Thalia retrocedió dos pasos y cambió el arma de mano mientras el entumecimiento descendía por el cuello y el hombro. La criatura la siguió y se encabritó para golpearla de nuevo, pero el gryff de Thalia descendió en picado y atravesó con el pico el corazón del amasijo de carne. Un ulular aullante surgió de las numerosas bocas que se abrieron en el cuerpo del monstruo.

Thalia hundió la espada justo por encima de un pie apoyado en un estribo, como descubrió con repugnancia, y el grito cobró intensidad. Muchos otros cátaros acudieron a socorrerla y cosieron al horror a espadazos hasta que sus convulsiones cesaron.

De repente, Dennias, que apenas un año antes había sido un aprendiz en el Distrito Elgaud, cayó de rodillas y se aferró la cabeza como si tratase de impedir que algo emergiera de ella. Abrió la boca en un grito silencioso y sus ojos desorbitados miraron hacia la nada. Su amigo Mathan se agachó junto a él, lo zarandeó y dijo algunas palabras vacías que pretendían calmarle. Thalia apartó la vista.

Y entonces, Mathan chilló.

Thalia levantó la cabeza y vio a Mathan apartarse a rastras, con la cara pálida como las plumas de un gryff. Dennias no se había movido, pero unos zarcillos largos como lazos magentas habían brotado de sus manos... y de sus orejas.

El muchacho se puso pálido y parecía a punto de vomitar. Thalia movió la cabeza tristemente a un lado y a otro y se acercó algunos pasos. Sabía lo que iba a ocurrir.

Dennias se dobló hacia adelante como para vaciar el estómago, pero lo que salieron de su boca fueron más zarcillos. Otra protuberancia se retorcía bajo su armadura, en el costado.

Estaba perdido.

La espada de Thalia acabó con su vida rápidamente, mucho más rápidamente que en el caso del caballo y el jinete, y también más rápidamente de lo que la corrupción habría tardado en consumirle. Thalia cargó con la muerte de Dennias para que nadie más tuviera que hacerlo; otra persona cargaría con la más noble tarea de consolar a su amigo.

Los gryffs calmaban a la gente. Cuando subió a la silla de montar, el pulso se le tranquilizó y logró respirar hondo, aunque entrecortadamente. Sin embargo, Thalia no pudo ni mirar hacia la lanza.


Thraben los atraía a todos.

Thalia tenía la mente despejada y los ojos fijos en los chapiteles de la Ciudad Alta, pero seguía sintiendo la atracción. Los soldados que marchaban junto a ella mantenían los ojos clavados en la lanza de Avacyn, orientada hacia el cielo en la silla de montar, pero Thalia sabía que ellos también percibían la atracción. Muchos campesinos armados con piquetas y bieldos se unieron a la columna en las afueras de Thraben, como si supieran que aquella era su última oportunidad de luchar por el destino del mundo.

Los seres retorcidos, tambaleantes y nauseabundos que había por todas partes no percibían nada más que la atracción. Algunos seguían siendo bastante humanos, ataviados con vestimentas de las sectas costeras, pero tenían pinzas de crustáceo en lugar de manos, tentáculos con ventosas en vez de brazos o bocas anchas como las de una rana. Otros seres habían sido humanos o animales en el pasado, pero ya no. Otros eran tan deformes que resultaba imposible describirlos. Pero Thraben atraía a todos por igual.

No, no a todos. Una tropa de jinetes montados en caballos blindados no se dirigía hacia la ciudad, sino hacia Thalia y sus fuerzas. Una hueste de soldados marchaba detrás de ellos.

―Grete, Rem ―los llamó Thalia, sacándolos de su ensimismamiento. Señaló en dirección a los jinetes. Rem asintió en silencio y Grete frunció el ceño.

―¿Más enemigos? ―preguntó ella.

―Los Sin Pecado, tal vez ―supuso Rem.

―No los llames así ―le espetó Thalia―. Pero no, no creo que sea el grupo de Seeta.

―Entonces, ¿quiénes son? ―dudó Grete.

―Iré a averiguarlo. ―Thalia ni siquiera tuvo que acuciar a su montura para que se elevara, como si esta conociera sus intenciones.

Mientras volaba hacia los caballeros que se aproximaban, una silueta en la vanguardia de la formación ascendió hacia ella... Pero era solo una persona, sin una montura voladora.

Cuando el gryff se acercó, Thalia pudo distinguir una melena roja como el fuego, una armadura negra... y una falda larga que parecía completamente inadecuada para la batalla. La mujer tenía la piel pálida, casi blanca, y empuñaba una espada absurdamente ancha, pero hueca por el centro para aligerarla.

De modo que no eran humanos: eran vampiros.

La pelirroja levantó ambas manos para indicar que deseaba parlamentar, aunque seguía sosteniendo el arma. Thalia no se extrañó, ya que no podía imaginar cómo tendría que ser la vaina de semejante armatoste. Le devolvió el gesto sin desenvainar su espada ropera y las dos se aproximaron lentamente hasta que estuvieron lo bastante cerca para hablar.

La situación parecía absurda, en cierto modo, pero totalmente seria. Thalia montaba a horcajadas sobre un gryff que apenas necesitaba batir las alas para mantener el vuelo; enfrente, una vampira que se suspendía en el aire gracias a su propia magia. Y las dos iban a dialogar.

―Intuyo que compartimos la misma causa, humana ―aventuró la vampira―. Soy Olivia Voldaren, señora de Lurenbraum y progenitora de la dinastía que lleva mi apellido.

Thalia se quedó sin habla por un momento. Se encontraba a escasos metros de una de los vampiros más poderosos de Innistrad. Los rumores decían que era una solitaria conocida por celebrar festejos extravagantes en los que rara vez hacía un breve acto de presencia. Pero allí estaba, completamente ataviada para el combate: la "viva" imagen de una elegante aristócrata movilizada para la guerra. Thalia respiró hondo y recuperó la voz.

―Saludos, Lady Voldaren. Soy Thalia, Sucesora de San Traft.

¿Ah, sí? Llegué a conocerle, ¿sabes? Debo decir que pareces digna de él, cabalgando en ese gryff y con la lanza de Avacyn a tu lado.

Olivia pretendía recordarle sutilmente que era mucho más antigua de lo que Thalia podía comprender. El mensaje también era una advertencia cortés, mezclada con una nota de lo que casi parecía respeto.

―¿Qué pretendes, vampira? No pienso quedarme quieta y permitir que mis soldados se conviertan en otro de los legendarios banquetes Voldaren.

―¡Tranquila, querida! ―Olivia soltó una risita, un sonido melodioso que solo hacía más absurda la situación―. Como he dicho, creo que compartimos la misma causa. Todos hemos venido con el mismo propósito: salvar el mundo. Porque está claro que vuestro querido ángel no se encuentra en condiciones de hacerlo.

Thalia reprimió una respuesta severa. Si los vampiros pretendían colaborar, no podía rechazar su ayuda. En efecto, si sus soldados sobrevivían a la batalla de Thraben, los vampiros seguramente se volverían en su contra, hambrientos tras la contienda. No obstante, aquello era un problema puramente teórico comparado con la funesta perspectiva de enfrentarse a los monstruos que seguían arrastrándose hacia la Ciudad Alta.

―Estás en lo cierto ―aceptó Thalia―. Salvaremos el mundo juntas, tú con tu ejército y yo con el mío. No puedo pedir a mis tropas que luchen junto a tus vampiros, pero combatiremos al mismo enemigo.

Olivia se había acercado poco a poco mientras conversaban, pero de pronto avanzó a toda velocidad y tendió la mano a Thalia sobre el lomo del gryff y la lanza de Avacyn.

―Los colmillos y el acero de los vampiros no derramarán sangre humana hasta que concluya esta batalla, Sucesora de San Traft. ¿Estamos de acuerdo?

Sin terminar de creer lo que estaba a punto de hacer, Thalia estrechó la mano de la vampira.

―El acero de los humanos tampoco hará mal a ninguno de los tuyos. Estamos de acuerdo.

Olivia asintió ligeramente y bajó la vista hacia las manos estrechadas. Entonces respiró hondo por la nariz para olfatear, miró a Thalia a los ojos y sonrió mostrando claramente los colmillos.

―Qué delicia ―afirmó. Fue su última advertencia antes de dar media vuelta y descender nuevamente junto al ejército de vampiros.

Thalia sintió un escalofrío y regresó con sus soldados mientras pensaba qué explicación les daría.


Cabalgó durante un tiempo con los ojos cerrados, confiando en que el gryff la guiara y la alertara del peligro. Se retiró a sus pensamientos, entró en comunión con el geist que compartía su cuerpo e hizo memoria.

Había sido después de la reunión con Odric en la catedral cuando conoció al geist, al santo. Sin ningún sitio al que ir, había cabalgado por los caminos hasta internarse en una senda cubierta de hierbas. Algo la había atraído a aquella vereda sinuosa, donde halló una capilla antigua al pie de las montañas que conducían a la cima Geier, en Stensia.

En el interior, un cuadro había captado su atención. La pintura mostraba a Traft, o más bien a su geist, velando por una mujer pelirroja que empuñaba una espada en la mano izquierda, a la que le faltaba el dedo anular. A su vez, el santo apoyaba una mano en el hombro de la mujer.

Aquella joven era la primera Sucesora de San Traft, una muchacha que había sido capturada y torturada por adoradores de demonios para atraer al santo a su perdición. Los sectarios habían cortado un dedo a la mujer y se lo habían enviado a Traft para garantizar que participaría en sus malvados planes. Tras la muerte del santo, este había velado por la joven mientras se convertía en una gran guerrera y una cazadora de demonios consumada. Y al igual que los ángeles habían tratado a Traft con favoritismo, también habían sonreído a aquella mujer y luchado a su lado.

Mientras Thalia contemplaba el cuadro en la capilla solitaria, la silueta neblinosa del geist había parecido moverse en el cuadro. Su rostro sereno se había vuelto hacia ella, encontrándose con los ojos de Thalia. Entonces, el santo había extendido la mano hacia ella, que la estrechó sin dudar y tuvo la sensación de que era de carne y hueso... pero fría, muy fría. El miedo se había apoderado de ella y le hizo caer de rodillas. Al principio había evitado la mirada de aquellos ojos vacíos, pero Traft siguió sosteniéndole la mano y se aproximó, como si estuviera saliendo del cuadro. Se había arrodillado en el suelo delante de ella y le había levantado la mejilla amablemente con la otra mano.

―¿Estás dispuesta a albergarme? ―había susurrado Traft.

Thalia había asentido con una sonrisa; sus miedos habían desaparecido. Entonces había respirado hondo y permitido que el geist llenara sus fosas nasales, su boca y sus pulmones. Un fuego frío la había abrasado por dentro, haciendo que echara la cabeza hacia atrás mientras Traft recorría sus venas y hasta el último centímetro de su interior ardía.

Aquella llama fría no la había abandonado en los meses siguientes. La mayoría del tiempo era una especie de nudo en la parte trasera del cráneo. Ocasionalmente, el geist le provocaba escalofríos en la espalda y la nuca para recordarle su presencia a modo de advertencia o, a menudo, para alertarla de un peligro. A veces, como cuando había empuñado la lanza de Avacyn, el fuego del santo volvía a extenderse por Thalia y sus movimientos quedaban en manos del geist.

Ella era consciente de que había llegado tan lejos gracias a San Traft. Él la había apoyado cuando se enfrentó a Jerren y el Concilio Lunarca. Él la había ayudado a reunir a los demás cátaros, a quienes otros consideraban herejes, para luchar contra los males que atacaban la Iglesia por fuera y por dentro. San Traft no la abandonaría en Thraben. De algún modo le aseguró que seguiría junto a ella. Aun así, Thalia podía sentir indicios de duda incluso en él.

¿Su ayuda sería suficiente? Él no podía prometérselo, pero era toda la esperanza que albergaba.

El gryff se agitó bajo ella y Thalia abrió los ojos para ver qué lo había inquietado. Las murallas de Thraben estaban cerca. El ejército de vampiros se había aproximado a ellos de camino a la Ciudad Alta y ahora se situaba en el flanco izquierdo. Ya no podían seguir evitando a los horrores tambaleantes; los ejércitos estaban convergiendo en la ciudad y las luchas se extendían por la vanguardia de la columna.

Los soldados sentían el peso de la contienda. Thalia vio el salvajismo en sus ojos, la desesperación nacida de comprender que el fin del mundo se acercaba y que todos ellos marchaban hacia la apocalíptica batalla final.

Cazamonstruos | Ilustración de David Gaillet

Elevó al gryff para sobrevolar el frente y gritar palabras de ánimo a los desesperados y los flaqueantes. Sin embargo, se dio cuenta de que cundía algo más que la desesperación. Por horrible que fuese luchar contra monstruos deformes que antaño habían sido normales, algunos incluso humanos, eso no era lo único que conducía a sus tropas al abismo de la desesperanza. Había algo más, algo que ella percibió como una especie de presión en la mente. Algo que la obligó a formar pensamientos extraños, impulsos perturbadores y percepciones alteradas. En los bordes de su campo de visión, los monstruos parecían humanos y los soldados semejaban monstruos. El cielo pareció retorcerse, con tentáculos azules y malvas agitando las nubes. El suelo se colapsó bajo ella, su gryff implosionó y la lanza de Avacyn se dobló hacia su propio pecho...

No es real.

Las palabras de poder del santo resonaron en su mente como el tañido de una campana. Sus pensamientos se despejaron y su percepción volvió a la normalidad. Lo que sentía ahora era lucidez.

Lamentablemente, los soldados carecían de la protección de San Traft y Thalia vio la locura arraigar en ellos mientras miraban de un lado a otro sin parar, aterrorizados.

No están preparados ―susurró Traft en la mente de Thalia.

―Da igual ―respondió ella―. Tenemos que hacerlo ya.

Les haremos daño.

―Si no actuamos, esta demencia acabará con ellos, o se matarán entre sí. Ha llegado el momento.

Adelante, pues.

El fuego de Traft volvió a recorrerla por dentro y Thalia empuñó el arma de Avacyn mientras volvía a sobrevolar el frente.

―¡Cátaros de San Traft! ―exclamó―. La locura que corrompe nuestro mundo nos rodea. Sé que la estáis sufriendo. Cuestionáis vuestros pensamientos y dudáis de vuestros ojos y oídos. ¡Escuchadme!

Thalia vio que era demasiado tarde para algunos cátaros, que se revolvían en el suelo sujetándose la cabeza o acurrucándose en posición fetal. "Maldita sea, he tardado demasiado". Sin embargo, aún había cátaros que salvar.

―Sabéis que el geist de San Traft vive en mi interior ―declaró mientras el espíritu hacía brillar un haz de luz blanca y azul alrededor de ella―. Antaño era el Amado de los Ángeles, quienes le escudaban como la Iglesia de Avacyn nos escudaba a nosotros. Pero Avacyn ya no está entre nosotros y sus ángeles han sucumbido a la locura. Solo los difuntos velan por nosotros ahora.

Y entonces, Traft convocó a los muertos y estos respondieron a la llamada. Desde las profundidades de la tierra y desde la tormenta que se cernía sobre la Ciudad Alta llegaron cientos de siluetas resplandecientes. Desde los mausoleos y las Tumbas Benditas, libres de los amuletos sagrados cuya magia había desaparecido con el fallecimiento de Avacyn, los espíritus de los muertos acudieron en auxilio de los vivos. Algunos cabalgaban en corceles espectrales, otros portaban lanzas y espadas fantasmales, muchos eran viejos y curtidos en batalla, demasiados apenas eran niños.

―¡Contemplad a los espíritus de los fieles que vienen a socorrernos! ―gritó Thalia, o quizá Traft con la voz de ella―. Acogedlos. Honrad los sacrificios que han hecho para que nosotros podamos luchar hoy. ¡Aceptadlos y permitid que os escuden!

Y así, el fuego ardió dentro de los desesperados, mugrientos y benditos cátaros de la Orden de San Traft. Algunos comprendieron las palabras de Thalia al instante, extendieron los brazos y dieron la bienvenida a los geists que descendieron hacia su interior. El éxtasis sagrado hizo que se estremecieran y los indecisos imitaron a sus camaradas. Había geists suficientes para todo el ejército y los espíritus restantes se unieron a las filas de los vivos.

Con el fuego crepitando en su interior, los soldados volvieron a lanzarse a la batalla. Sus gritos lastimosos se alzaron en el frente mientras se abrían paso a cuchilladas y puñaladas entre los monstruos.

Algunos no pueden albergar a los espíritus ―indicó Traft dirigiendo los ojos de Thalia hacia los soldados que seguían incapacitados en el suelo.

Ella podría salvarlos. Podría dirigir a los espíritus para que poseyeran a los soldados en contra de su voluntad y disipasen la locura. Sintió un nudo de compasión y lástima en el estómago.

―No, no puedo tomar esa decisión por ellos ―objetó Thalia―. Los demás les ayudarán, pues son capaces.

Dirigió al gryff hacia el suelo y aterrizó ente Grete y Rem. Vio el fulgor del fuego blanco en los ojos de Grete, pero Rem tenía su habitual expresión pétrea y severa.

―Rem, ¿no vas a acoger a un espíritu?

―Sería como ponerme una sanguijuela en el gaznate para ahuyentar a los vampiros. Ni hablar ―se opuso el veterano.

Thalia estuvo a punto de protestar, preocupada por lo que podría ocurrir si perdiese la cordura en pleno combate... y por lo que podría suceder a los soldados que estuvieran cerca. Aun así, no podía obligarle, al igual que al resto. Además, si había alguien capaz de mantenerse en sus cabales por pura obstinación y fuerza de voluntad, ese era Rem Karolus, la Espada de los Inquisidores, el Exterminador de Ángeles.


La marcha se convirtió en una batalla interminable; a cada paso que avanzaban, un nuevo horror se interponía en el camino. Aquellos monstruos de pesadilla, incluso los que parecían relativamente humanos, luchaban como fieras de Somberwald y no paraban de rugir y lanzar golpes a pesar de las decenas de heridas que sufrían antes de caer y dejar de retorcerse. Sin embargo, los geists sagrados hacían que las tropas de Thalia fueran casi igual de feroces. Incluso los soldados heridos de gravedad volvían a levantarse mientras los geists de su interior cerraban sus heridas y les daban fuerzas.

Thalia apenas se percató de que habían cruzado el muro exterior y penetrado en Thraben. Un pensamiento pasajero, el final está cerca, acudió a su mente antes de apuñalar a una criatura que había sido un licántropo y girar sobre sí para cercenar un tentáculo que trataba de derribarla.

Ahora luchaban codo con codo junto a los vampiros y se abrían paso por las calles de la ciudad. Los chupasangres eran aliados terroríficos y mostraban tanto deleite matando humanos corruptos y retorcidos como cuando mataban humanos puros e íntegros. Cada sombra de un rostro que Thalia veía en los monstruos que abatía era una nueva carga sobre sus hombros, mientras que los vampiros solo veían nuevas presas. Algunos incluso se detenían a alimentarse antes de seguir adelante. Thalia contuvo las náuseas y se forzó a mirar a otro lado.

Al fin llegaron a la plaza de la Catedral de Thraben, un lugar donde en tiempos mejores se congregaban multitudes de personas para escuchar los sermones del Lunarca en los días santos. Ahora había una multitud, pero de cosas retorcidas que proferían sonidos inhumanos y se cernían sobre los restos de la soldadesca de la Ciudad Alta y la guardia de la catedral. Thalia ascendió en el gryff y sobrevoló la plaza para evaluar la situación.

Vio a ciudadanos desesperados, armados con palas y guadañas para tratar de contener a las bandas de sectarios. Vio a cátaros valientes cargar en cuña y atravesar las filas de monstruos sin rostro, solo para acabar rodeados por todas partes. Vio cómo una pequeña manada de licántropos, dirigida por dos bestias de pelaje blanco, despedazaba a sus congéneres corruptos. Vio a un inmenso skaab que protegía el cadáver de un científico mezquino, defendiendo a su creador con las últimas fuerzas que le quedaban. Vio muerte... demasiada muerte.

Cuando dio media vuelta para regresar junto a sus tropas, divisó un grupo de soldados con armadura pesada que usaban las máscaras de la Inquisición lunarca; sus deformidades asomaban bajo las capuchas y las armaduras. Habían rodeado a un grupo de ciudadanos aterrados, algunos de los cuales se arrodillaron para suplicar piedad a la Iglesia que teóricamente debía protegerles. Entonces reconoció a Seeta, la líder de los supuestos Sin Pecado. Con la espada en una mano y la furia ardiendo en su interior, Thalia descendió en picado contra la cátara blasfema.

Pero entonces una espada dentada atravesó el pecho de Seeta y la jefa de los Sin Pecado se desplomó. Detrás de ella apareció la cara pálida de Olivia Voldaren, que dirigió una sonrisa a Thalia.

―Maldición... ―masculló esta antes de remontar el vuelo e inspeccionar el caos en busca de Rem o Grete.

¿Por qué te sientes molesta? ―susurró la voz de Traft―. Tu enemiga ha muerto, pero ¿querías matarla tú misma?

―No soy una santa ―argumentó ella.

Cientos de rostros se volvieron de pronto hacia arriba y Thalia vio el terror en los ojos de sus soldados. Al fin divisó a Rem, que estaba pálido y con los ojos abiertos de par en par. Su espada repiqueteó en el suelo empedrado y el veterano señaló hacia el cielo.

Thalia hizo girar al gryff y vio el origen del terror. Frente a la catedral, una enorme abominación de carne desgarrada y tentáculos retorcidos se desplazaba por el aire... con alas cubiertas de plumas.

Las dos cabezas del ángel monstruoso prorrumpieron en un llanto discordante que perforó los tímpanos de Thalia y le hizo perder el equilibrio. Tuvo que aferrarse al pomo de la silla de montar para no caer. En tierra, los engendros avanzaron sin oposición mientras los humanos incorruptos se tapaban los oídos o retrocedían ante el nuevo asalto. El ente angelical asestó un latigazo a la multitud de la plaza con uno de sus gruesos tentáculos inferiores y aplastó o envió por los aires a humanos y monstruos por igual.

Thalia entendió que, si alguien tenía que enfrentarse a la pesadilla, era ella. Su gryff le permitía intentarlo, que era mucho más de lo que podían decir los soldados en tierra. Se enderezó en la silla, aferró bien la espada y ascendió a la altura del ángel, sobre el tejado roto de la catedral.

A pesar del tamaño inmenso de la criatura, sus cabezas no eran mayores que la de Thalia y conservaban rastros de sus facciones angelicales, incluida una maraña de pelo entre rojizo y rosado.

―¡Abominación! ―gritó Thalia en un intento de ahuyentar el miedo. Quiso pronunciar algún tipo de desafío formal, pero no encontró palabras para hacerlo y simplemente se lanzó a la carga.

El ente dio un manotazo con uno de sus brazos imposiblemente largos para abatirla como si fuera una mosca, pero el gryff lo evitó descendiendo ligeramente y Thalia rajó la carne al pasar. Las dos cabezas abrieron las bocas para aullar de nuevo, pero el sonido se interrumpió cuando Thalia clavó la espada en lo que parecía un hombro, donde al menos tres brazos convergían en el lado izquierdo de la criatura. Al mismo tiempo, el gryff perforó con el pico la carne nudosa de una de las cabezas deformes.

En respuesta, el ángel levantó sus demás brazos y acuchilló a Thalia y su montura en el costado con media docena de dedos afilados como garras, haciendo que se desplomaran hacia la escalinata de la catedral. El gryff trató desesperadamente de enderezarse mientras caían en picado, pero tenía un ala rota y solo consiguió interponerse entre Thalia y los escalones de piedra.

Thalia tenía todo el cuerpo dolorido y una pierna había quedado atrapada bajo el gryff en una mala posición, produciendo calambres de agonía al más mínimo movimiento. La cabeza le daba vueltas. Yacía boca arriba en la piedra, con la vista clavada en su perdición.

Por algún motivo, le pareció adecuado encontrar su final en las garras de un ángel, la encarnación de todo aquello a lo que había entregado su vida. La corrupción del ángel parecía un reflejo de todos los giros a peor que había dado su vida en los últimos meses. Los ángeles fusionados descendieron hacia ella para terminar el trabajo.

Pero antes de que Thalia pudiera levantar los brazos para defenderse, algo brillante se interpuso entre el ente y ella.

―HOLA, HERMANA ―dijo el monstruo con una horripilante voz doble que hacía eco con la resonancia de eternidades inescrutables.

―Ya no sois mis hermanas ―replicó una voz pura y clara. Thalia vio una silueta en medio de la luz: un ángel armado con una guadaña cuya cabeza imitaba a una garza.

―Sigarda... ―El arcángel de la Legión de las Garzas jamás se había puesto en contra de la humanidad, ni siquiera en el culmen de la locura de Avacyn. Incluso ahora, había preferido enfrentarse a sus... ¿hermanas? Eso significaba que aquella fusión angelical eran Bruna y Gisela, los arcángeles de las otras dos huestes. La desesperación cayó en el vientre de Thalia como una roca.

―DEBERÍAS HABER ACUDIDO A NUESTRA LLAMADA.

―¿Y participar en esta "gran labor"? ―objetó Sigarda.

Thalia se dio cuenta de que el ángel intentaba ganar tiempo para que ella se recuperara. Con todas las fuerzas que le quedaban, se quitó de encima al gryff muerto, resistiendo las oleadas de dolor.

―SÍ. LA GRAN LABOR ESTÁ CASI COMPLETA.

La cosa angelical extendió sus enormes garras hacia Sigarda y cuatro manos más pequeñas se estiraron también desde su torso. A Thalia le recordó extrañamente a un bebé levantando los brazos hacia su madre.

―Vuestra labor aquí ha terminado, hermanas ―dijo Sigarda―. Os habéis convertido en lo que debíamos destruir.

Thalia pudo sentir a Traft esforzándose en su interior para aliviar el dolor, sanar sus heridas y reparar el hueso. Si Sigarda mantenía a raya a sus hermanas un poco más, ponto podría unirse a ella. Miró alrededor en busca de su espada.

Había desaparecido. El golpe que la había derribado debía de haber enviado el arma al otro lado de la plaza. ¿Cómo podía luchar contra aquella cosa sin una maldita espada?

―NO PUEDES HACERNOS DAÑO, HERMANA ―aseguró el ente.

Sigarda levantó su guadaña, que reflejó un rayo de luz lunar y pareció resplandecer.

―Pero debo hacerlo ―respondió antes de descargar un amplio y mortífero tajo contra los brazos y el torso de sus hermanas.

Pero entonces, uno de aquellos largos brazos bifurcados atrapó a Sigarda. Thalia contempló con horror cómo la mano arrastraba al ángel a las extrañas fauces brillantes del pecho del ente, donde los cuatro brazos menores apresaron a Sigarda. Unos zarcillos de carne se retorcieron y se enroscaron alrededor de los brazos de Sigarda, inmovilizándola por completo.

―No, no, no... ―farfulló Thalia. No podía quedarse quieta viendo cómo aquella monstruosidad absorbía al último ángel cuerdo. Miró desesperadamente alrededor, en busca de cualquier cosa que pudiera servir como arma.

―VOLVEREMOS A ESTAR UNIDAS ―dijeron los ángeles fusionados.

Traft dirigió los ojos de Thalia hacia la lanza de Avacyn.

―Pesa demasiado ―protestó ella.

No para los dos juntos ―respondió el geist del santo.

―Está bien. Hagámoslo. ―Rodeó corriendo a su montura muerta y recogió la lanza del suelo. Un escalofrío le recorrió el espinazo cuando el poder de Traft la inundó de nuevo, protegiéndola de la magia del arma. Thalia se estremeció en un instante de éxtasis y, de pronto, unas alas translúcidas se extendieron en su espalda. Parecía la bendición de un ángel invisible.

Antaño fui el Amado de los Ángeles ―le recordó Traft.

La lanza rota casi pareció brillar a la luz de las antorchas y los pequeños fuegos en los alrededores de la plaza. La aferró con ambas manos y la levantó hacia el cielo.

Tan ligeras como el gryff, sus alas angelicales la elevaron en el aire. Traft tenía razón: con la fuerza combinada de los dos, el arma parecía tan ligera como la espada de Thalia. Al cielo se elevó, hacia el ser que retenía a Sigarda, que ya apenas era visible bajo una capa de carne fibrosa.

Cuando vio la lanza de Avacyn reluciendo en sus manos, Bruna-Gisela prorrumpió en otro llanto ensordecedor y le lanzó un zarpazo con sus garras monstruosas. Thalia la bloqueó con el asta del arma y luego asestó una lanzada con la punta rota a aquella repugnante carne azul. El tono del grito cambió de lamento a dolor físico y Thalia descargó otro golpe contra el mismo hombro que había perforado con su espada.

Otra garra descendió hacia ella y Thalia retiró la lanza para clavarla en lo que debería haber sido una palma. Giró el asta e hizo palanca para desgarrar la red de carne y hueso que formaba aquella extremidad imposible.

Sigarda parecía recuperar fuerzas a medida que sus hermanas fusionadas se debilitaban y ahora luchaba contra los zarcillos que la retenían. Thalia acuchilló el torso de la criatura, aflojando las ataduras de Sigarda, y entonces hundió la hoja en la maraña de costillas y tendones, hasta llegar al brillo rojo del abdomen. Sintió el golpe en su propio estómago mientras apuñalaba al ángel blasfemo.

Al retorcerse de dolor, el ente angelical golpeó a Thalia con su mano menos herida e hizo que se precipitara hacia el suelo, pero esta vez las alas angelicales le permitieron remontar el vuelo trazando un amplio arco y situándose detrás del ente. Con el impulso, Thalia clavó la lanza de Avacyn entre las alas del ser y le atravesó la columna y los órganos que pudiera haber en su aberrante abdomen. De nuevo, sintió agonía en su propio pecho.

El horrible llanto del ángel cesó.

El ente se estremeció y se retorció de dolor. Sus monstruosas garras se agitaron violentamente, tratando de alcanzar la espalda. Las alas batieron sin cesar y el amasijo de tentáculos que habían sido las piernas de los ángeles no patearon más que el aire.

Sigarda emergió del torso de sus hermanas cubierta de sangre e icor, como en un parto abominable, y se desplomó sobre el suelo de la plaza.

Mientras el ente angelical se retorcía en sus últimos estertores, Thalia se aferró a la lanza como si tratara de domar un corcel.

―Hermana... ―graznó el monstruo.

Y finalmente siguió a Sigarda hasta el duro suelo de la plaza, donde se encogió como una araña al morir. Thalia bajó rodando de su espalda y cayó boca arriba junto a él, con la vista en el cielo oscuro.


Sigarda le tendió la mano para ayudarla a levantarse; cuando la tomó, el dolor desapareció y su vista se despejó. El ángel bendito, el último arcángel, le sonrió.

"Victoria". La palabra acudió a la mente de Thalia y esta devolvió la sonrisa al ángel.

Entonces, la expresión de Sigarda se volvió solemne una vez más y negó con la cabeza, como si hubiera percibido el pensamiento pasajero de Thalia.

Se volvió para comprobar la situación. La batalla continuaba, pero un vistazo le sugirió que las tornas se habían vuelto: los humanos, los espíritus, los vampiros y los licántropos habían formado una alianza inconcebible y ahora hacían retroceder a la horda de la locura.

Pero entonces levantó la vista hacia el cielo.

La cosa que se acercaba por el aire era imposiblemente colosal. Recordaba vagamente a los ángeles fusionados, Bruna-Gisela. Su cuerpo con forma de bóveda se apoyaba sobre una masa de tentáculos extraños y una luz rojiza brillaba en su núcleo.

Sin embargo, aquella criatura no tenía parecido alguno con un ser natural y mucho menos con la belleza y la majestuosidad de un ángel. Su existencia desafiaba el orden natural de las cosas, violaba las leyes de la física y blasfemaba contra la naturaleza sagrada de la vida. Su presencia era una invitación a la locura y presionaba la mente de Thalia como un cuchillo romo a pesar de la protección del santo.

Por delante de ella, una oleada de monstruosidades corruptas se cernió sobre la plaza y volvió las tornas de nuevo hacia la aniquilación.


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