Todos los que precedieron

Posted in Magic Story on 1 de Junio de 2016

By Leah Potyondy

Leah works somewhere in the depths of Wizards of the Coast. Occasionally she emerges into the daylight and writes something.

Cho-Akhan es una cuidadora de los muertos que vive con su familia en una pequeña aldea Cho-Arrim de las profundidades de Rushwood. La vida en la aldea es tranquila y pacífica, y el largo brazo de la Ciudad de Mercadia parece estar increíblemente lejos...


La mañana empezó igual que muchas otras: con un fallecido.

Cho-Akhan estaba acostumbrada a los muertos. Su madre... Bueno, la madre que la había traído al mundo, no la otra. Su madre era cuidadora de los muertos y recibía y se ocupaba de los cuerpos abandonados de los Cho-Arrim para poder enviar sus almas al descanso. Su padre también había sido cuidador, hasta que se unió a las filas de sus cargos. De hecho, 'Akhan procedía de una larga estirpe de cuidadores. Por eso no le resultó nada fuera de lo ordinario que su jornada empezase al levantarse con el sol, asearse, vestirse y unirse a su madre, Cho-Fihad, para preparar el cuerpo de una mujer de la aldea.

La mujer, una exploradora llamada Cho-Hanni, había estado enferma. Algo la había devorado por dentro mientras aún estaba llena de vida. El olor de su cuerpo cuando la recibieron era inusual, supuso 'Akhan. 'Fihad pasó una mano por el rostro ceniciento de Cho-Hanni e indicó a 'Akhan que saliese a buscar más hierbas aromáticas para rellenar el cuerpo antes de enviarla. Cho-Hanni no querría descender por el río sabiendo que su cuerpo olería así, incluso aunque fuesen a incinerarla al término.

'Akhan negó con la cabeza mientras 'Fihad no miraba. 'Fihad tenía muchas ideas sobre lo que querían o no querían los muertos. Muchos adultos de la aldea también lo hacían, como si los muertos pudieran querer algo. 'Akhan se ocupaba de los muertos; sin embargo, a diferencia de lo que claramente opinaba su madre, 'Akhan no creía que ellos correspondieran el gesto.

―¿Pensarás al menos en mi idea del jardín? ―le preguntó mientras se echaba al hombro la bolsa de recolección―. Cultivar las hierbas nos facilitaría el trabajo. Tenemos espacio de sobra en la parcela. ¿Y si traigo algunas plantas más para sembrar?

―Eres insistente, hija... ―'Fihad movió la cabeza a un lado y a otro con una sonrisa indulgente―. Sabes que las hierbas crecen mejor en el bosque. Las hierbas cultivadas en un jardín echarían en falta la naturaleza; añorarían los árboles y el río.

'Akhan se obligó a sonreír y aseguró la bolsa. Tenía dieciséis años y sabía que discutir no serviría de nada.

Pero quería hacerlo. Vaya si quería hacerlo. 'Akhan imaginó el resto de la conversación mientras recorría el camino de tierra que daba a las afueras. Le parecía absurdo tener que ir tan lejos para recolectar cosas que podían cultivar en casa. Se le daban bien las plantas, al igual que a su hermano, Cho-Ran. Sabía que la ayudaría con el jardín cuando no estuviese fuera con los demás exploradores. 'Fihad ni siquiera tendría que hacer nada...

Llegó al río y lo siguió un trecho. Escuchó los sonidos que hacía al descender por su lento cauce lleno de rocas y raíces. 'Fihad creía que estaba repleto de almas que se dirigían al mismo lugar que Cho-Hanni. Cómo no iba a creerlo. 'Akhan siguió hacia el norte y se alejó del río para dirigirse a una pequeña espesura donde crecían las hierbas aromáticas. Se le ocurrió que las cultivaría tanto con permiso como sin él. ¿Qué podría hacer 'Fihad? ¿Arrancar las hierbas cuando las viese crecer detrás de casa?

Coció el plan en su cabeza hasta que llegó al lugar de recolección, sumida por completo en sus pensamientos. Y habría seguido cociéndolo de no haber sido por el enorme troll astado que apareció con estruendo entre los árboles y se plantó en el camino.

La sorpresa la hizo trastabillar hacia atrás. Tropezó con una raíz gruesa y medio cayó, medio patinó por una pendiente que había pasado por alto. La cuesta terminaba en una especie de hoyo y 'Akhan se tumbó y se apretó en el refugio que ofrecía, esperando que la criatura no la hubiera visto.

El troll era grande y parecía muy enojado. Varios terrones rodaron por la ladera y cayeron por encima del escondite de 'Akhan, quien enterró la cabeza entre la maleza. "Vete", pensó desesperada. "Vete, vete, vete".

Tras lo que parecieron una eternidad o dos, las pisadas del troll se alejaron con estruendo entre los árboles y la espesura. "Y seguro que también ha pisoteado mis hierbas", se temió 'Akhan. Se puso en cuclillas y sacudió la mayoría de la tierra que manchaba su ropa. Cuando volvió a ajustar la bolsa al hombro, algo llamó su atención.

Había ido a recolectar hierbas muchas veces. De los lugares donde crecían, aquel era el lugar más cercano y rara vez se aventuraba más lejos en la espesura. Sin embargo, no tenía por costumbre ocultarse en aquel hoyo para huir de un troll furioso, así que tenía disculpas para no haber visto aquel sospechoso pilar de piedra tallada que parecía la mitad de una entrada. El pilar no era mucho más alto que ella y estaba cubierto de enredaderas gruesas. Y detrás de él...

Cuando se dio cuenta de lo que hacía, 'Akhan ya había apartado las enredaderas. Sus esfuerzos revelaron más piedras derruidas y encajadas defectuosamente; también presentaban tallas que, por lo que supuso, eran una especie de escritura. No cabía duda de que era una entrada. Una entrada con un terraplén justo encima.

Movida por la curiosidad, 'Akhan retiró piedra tras piedra hasta abrir un hueco lo bastante ancho como para pasar por él. El interior olía a cerrado y el ambiente apenas cambió cuando una corriente de aire entró por el acceso recién abierto. 'Akhan avanzó a tientas, tocando paredes de tierra. La escasa luz del exterior no tardó en desaparecer por completo. Deseó tener alguna fuente de luz para el camino, pero era demasiado tarde para volver atrás. Estaba decidida a continuar.

De repente, el estrecho pasadizo dio paso a una pequeña sala. Las paredes se separaron y el espacio que la rodeaba se volvió aún más oscuro. Allí, en medio de la sala, distinguió una silueta que destacaba ligeramente en medio de la oscuridad. Parecía un plinto y había algo sobre él...

Un cuerpo.

'Akhan se acercó despacio. Vio que se trataba de un cuerpo antiguo, increíblemente antiguo. Estaba envuelto en un tejido seco. Y ¿qué era aquello que le cubría el rostro? Parecía emitir una luz apenas perceptible. 'Akhan se aproximó y acercó las manos con cautela...

Una masa brillante emergió de pronto entre de sus dedos inquisitivos. Se apartó de un salto, con el corazón golpeándole las costillas. Eran polillas: una nube de polillas con un brillo tenue había surgido del objeto bajo sus manos.

Envuelta en el revoloteo silencioso de decenas de polillas, 'Akhan volvió a examinar el rostro, ahora iluminado desde el exterior.

Era una máscara. El cuerpo llevaba puesta una máscara hecha pedazos.

No... No estaba hecha pedazos: las piezas de la máscara estaban incrustadas en la carne momificada del rostro. Imaginó lo que se sentiría cuando tu piel crece sobre trozos de cerámica, integrándola y acogiéndola...

De repente notó la necesidad imperiosa de salir de la cueva. Las polillas se arremolinaron a su paso.


'Akhan regresó a casa con la bolsa llena de hierbas y, aunque madre Cho-Shadi enarcó las cejas al verla llegar mientras afilaba su lanza, madre 'Fihad no dijo nada por el retraso. Simplemente sonrió y pidió a 'Akhan que la ayudase a preparar las hierbas.

―He visto un troll ―comentó 'Akhan sin alterarse mientras metía las hierbas en saquitos de lino. 'Fihad ya había extirpado los órganos de Cho-Hanni, ennegrecidos; los saquitos de 'Akhan ocuparían su lugar dentro de poco.

Madre 'Shadi, quien no tenía miedo a nada, se movió casi imperceptiblemente. Madre 'Fihad suspiró y recogió uno de los saquitos de 'Akhan―. Están inquietos. Mucho más de lo habitual... ―dijo frunciendo el ceño―. Se avecina algo malo. Rushwood tiene miedo. ―Ensanchó las fosas nasales―. Esto huele a la Ciudad de Mercadia.

―Mamá, no se avecina nada malo ―contestó 'Akhan apretando la mandíbula. La preocupación por la Ciudad de Mercadia era un asunto antiguo―. Los mercadianos nunca han venido aquí. Prefieren quedarse en su opulenta ciudad y nunca envían soldados al exterior. ―Entregó a 'Fihad otro saquito de hierbas.

―Escucha a la adulta de tu hija, 'Fihad ―se burló madre 'Shadi―. Qué bien conoce los asuntos del imperio. Qué segura está de que esa enorme jaula no se mueve.

―La gente de ciudad prefiere sus ciudades, y las ciudades no se mueven ―replicó 'Akhan apretando aún más la mandíbula―. Ni Mercadia ni otras ciudades van a venir. Si queréis preocuparos por algo, preocupaos por hacerme ir tan lejos a recolectar hierbas, cuando tenemos una parcela estupenda aquí mismo. 'Ran me ayudaría a cultivarla. ¡Además, así no correría peligro de que me devoren los trolls!

'Fihad mostró la sonrisa triste que delataba que había recordado al padre de 'Akhan, seguramente por algún rasgo en el rostro, la voz o los gestos de su hija. Tal vez por eso había escogido a 'Shadi seis años después de que su marido se hubiera adentrado en el río. La dura 'Shadi, veloz con su lanza y parca en palabras, era tan diferente del padre de 'Akhan como un jaguar de un cordero. 'Akhan sintió la misma incomodidad que la invadía cada vez que veía aquella sonrisa y habló sin pensar:

―También he encontrado una muerta.

'Fihad, preocupada, apartó la vista de Cho-Hanni―. ¿Era alguien de la aldea? ¿La enfermedad se está propagando?

―No, no era de la aldea ―negó 'Akhan de inmediato―. Llevaba tiempo muerta, oculta en una cueva. ―Se llevó las manos al rostro para dar énfasis―. Tenía una máscara incrustada en la cara.

―Parece que has encontrado a una de nuestros antiguos chamanes ―dijo 'Fihad entornando los ojos―. No quedan muchos; Rushwood tiende a devorarlos.

―¿Una chamán? ―'Akhan arqueó una ceja―. Los chamanes solo vaticinan cómo serán las cosechas y bendicen las cacerías. Recitan palabras de alivio cuando alguien muere. Ese tipo de cosas. ―"No se incrustan piezas de cerámica en la piel".

―Puede que no sea una chamán actual. Mi madre me contaba historias. Me dijo que, hace mucho tiempo, nuestros antepasados honraban a su pueblo con máscaras. No solo a sus propios ancestros, sino también a los vivos, a los padres, hermanos e hijos con los que compartían su mesa. ―Bajó la vista hacia Cho-Hanni, quien aguardaba a que la cosieran y la envolvieran en telas―. Honraban a los vivos y a los muertos por igual.

―Mm... ―'Akhan tendió a su madre las finas agujas de hueso, lo bastante agudas como para atravesarte un dedo sin que lo notases―. A los vivos y a los muertos. Ya veo. ―No quería mostrar interés. 'Fihad siempre interpretaba eso como una invitación para divagar sobre misticismo antiguo y ríos antiguos que cobijaban almas antiguas. Sin embargo, sentía interés, y eso casi la molestó más que cualquiera de las creencias de su madre.

'Fihad recogió las agujas y enhebró una para emprender la tarea de cerrar de nuevo el cuerpo de Cho-Hanni―. Suena extraño, ¿verdad? Aquellos chamanes componían sus máscaras con todo tipo de piezas distintas, como si fuese un rompecabezas o un mosaico. Cada pieza servía para representar o canalizar una característica distinta de su pueblo. Era una especie de retrato de quiénes eran y qué podían hacer. Hay un gran poder en esa clase de unión. Qué lástima que hayamos olvidado esa tradición.

―Un retrato, claro. ―'Akhan negó con la cabeza exageradamente y siguió trabajando en silencio, pero lo que sentía en su interior era una ligera emoción.


Isla | Ilustración de Martina Pilcerova

Habían pasado muchas horas desde que habían entregado al río el cuerpo de Cho-Hanni, que descansaba en unas aromáticas andas de cedro y estaba envuelta con los colores del luto. Su chamán, un chamán normal con una cara normal, había pronunciado unas palabras junto al cuerpo mientras madre 'Fihad se tapaba los ojos. Los cuidadores hacían eso para que el alma pudiese abandonar el cuerpo y adentrarse en el río sin que todo el mundo la observara, y 'Akhan había realizado el gesto sin auténtica intención. Tan solo era una costumbre que tenía desde niña. El río era pacífico y hermoso, un lugar adecuado para un funeral. Pero el río no era una especie de senda mágica para las almas. Cho-Hanni había fallecido. Fin de la historia.

Ahora había oscurecido y una fuerte lluvia de verano repiqueteaba en el tejado. Por encima de la lluvia se oían los ronquidos de 'Ran, que dormía al otro lado del panel de tela que los separaba. Su hermano mayor había vuelto a casa justo después de que incinerasen el cuerpo de Cho-Hanni y esparcieran las cenizas en el río. Como 'Akhan esperaba, 'Ran no traía noticias de soldados mercadianos ni máquinas de guerra, aunque sí contó un relato descabellado sobre el ataque de un oso, que hizo que madre 'Shadi se riera entre dientes y le diera un coscorrón. A juzgar por los ronquidos, su hermano dormía profundamente y se despertaría temprano para ponerse en marcha de nuevo. También había accedido a ayudarla con el jardín y le había hecho un guiño de complicidad cuando madre 'Fihad estaba distraída. El día siguiente parecía prometedor.

Los sonidos nocturnos tendrían que haberla ayudado a dormir, pero en realidad la mantuvieron en vela. Siguió pensando en la chamán muerta y su máscara pictórica, oculta y olvidada en aquella cueva derruida.

"Al menos tenía aquellas extrañas polillas para acompañarla y recordarla. Para ofrecerle una luz que la guiase..."

Cuando se dio cuenta de lo que hacía, 'Akhan se había vestido y se había escabullido por la puerta, confiando en que la lluvia y los sonoros ronquidos de 'Ran disimulasen sus propios pasos. La lluvia martilleó su piel y aplanó sus cabellos negros en un instante.

Partió rumbo al río.

Siguió sus pasos del día anterior y caminó junto al cauce del río. El caudal era más abundante y corría más raudo, desbordándose en las orillas y avivándose con la lluvia. 'Akhan estaba a punto de adentrarse en la espesura cuando algo la detuvo de golpe.

Ese algo era madre 'Shadi, empapada bajo la lluvia y con su gran lanza en la mano. Observaba completamente inmóvil un gran cuerpo que yacía a sus pies. El agua que caía de la punta del arma estaba teñida de rojo.

―Muerto por dentro... ―murmuró mientras 'Akhan se acercaba. Giró la punta de la lanza para señalar el cuerpo. Fascinada, 'Akhan siguió la indicación con la mirada y vio el cadáver del troll astado, muerto en el barro. 'Shadi le había rajado el vientre y unas vísceras apestosas y ennegrecidas asomaban por el corte.

―Como Cho-Hanni... ―masculló 'Akhan. El olor a enfermedad era perceptible incluso en medio de la lluvia.

Se le revolvió el estómago.


Más aldeanos enfermaron al poco tiempo. Cho-Annu, el fabricante de lanzas. Cho-Biaal, que se pasaba el día haciendo la colada para enterarse de los cotilleos que se contaban en el río. Cho-Tunni, que cuidaba de tres perros y ningún marido. Personas que 'Akhan conocía de toda su breve vida. Habían enfermado una a una. Los sanadores probaban todas las soluciones que conocían, artes tanto antiguas como nuevas, pero los enfermos ardían de fiebre. Uno a uno, siguieron el mismo camino que Cho-Hanni. Cho-Annu, Cho-Biaal y Cho-Tunni llegaron al hogar de 'Akhan y sus madres y se convirtieron en ceniza para el gran río.

'Ran, con su cabello azabache, primogénito devoto, adorado hermano de 'Akhan, sintió sus pulmones encoger y ennegrecer dentro de él. Murió en su hogar; solo hubo que desplazarlo un metro para prepararlo para su viaje.

"Su viaje". Aquellas palabras no pronunciadas dejaron un sabor amargo en la lengua de 'Akhan. Ya no plantarían juntos un jardín. Madre 'Fihad acarició el pelo de su hijo, todavía húmedo de sudor―. El río le mostrará el camino. Le llevará a su lugar de reposo.

Una polilla marrón, atrapada dentro de la casa, golpeaba contra el techo en busca de una salida. 'Akhan vio cómo luchaba y se sintió inútil y enfadada―. Ese río no tiene nada de especial ―espetó―. 'Ran está muerto. ―Y entonces añadió en voz baja―. No va a volver.

'Fihad no respondió y 'Akhan fingió no darse cuenta de que su madre lloraba mientras preparaba el cuerpo de su hijo. Apretó la mandíbula hasta rechinar los dientes y contó los saquitos de hierbas. Había preparado muchos últimamente. Por primera vez, envidió las creencias de su madre. 'Fihad encontraría paz en algún aspecto de aquella situación, incluso con su hijo muerto entre los brazos. En cambio, 'Akhan estaba segura de que no encontraría la paz para sí misma.

La polilla seguía luchando, golpeando su pequeño cuerpo contra el techo una y otra vez. 'Akhan quería gritar. "¡Hay una ventana!", pensó. "Está ahí mismo. Solo tienes que cruzarla para ser libre".

Solo tienes que cruzarla.

La máscara acudió de pronto a sus pensamientos. La máscara de la chamán muerta, al otro lado de la entrada, bajo tierra, iluminada con conocimientos antiguos y un susurro de alas polvorientas. "Ella habría visto esto", pensó 'Akhan. "Si de verdad tenía poder y mi madre tiene razón, ella había previsto esto. ¿Verdad?".

'Akhan se pasó una mano por los ojos y descubrió un velo de lágrimas.


'Ran llevaba nueve días en el río cuando 'Shadi trajo noticias. Varios exploradores Cho-Arrim, galvanizados tras la muerte de 'Ran, se habían embadurnado los ojos con sus cenizas y se habían internado en la espesura de Rushwood, 'Shadi entre ellos. Habían regresado poco antes del alba informando sobre la presencia de pequeños grupos de mercadianos que lucían la insignia de su brillante ciudad. Los soldados llevaban equipamiento ligero, pocas armas. Sin embargo, los árboles se estremecían y gemían a su paso. Las raíces se retorcían bajo tierra y los tamarindos caían de sus hogares y se pudrían en lechos de hojas muertas.

Laguna lúgubre | Ilustración de Sam Burley

Ellos habían traído la enfermedad a Rushwood.

―No son más que unos carroñeros ―masculló 'Shadi mientras se limpiaba la tierra de sus brazos nervudos―. Pretenden acabar con nosotros sin tener que enfrentarse a un solo Cho-Arrim, para luego despojar nuestros cadáveres.

"Rushwood tiene miedo".

"Mercadia no se aproxima".

'Akhan nunca se había sentido tan culpable en toda su vida. La sensación caló en sus huesos, pesada y oscura. Antes se habría jugado la vida a que los temores de 'Fihad eran las supersticiones de una adulta que no entendía que el mundo había cambiado. Sin embargo, 'Fihad tenía razón y 'Ran había pagado con su vida por el error de 'Akhan.

Había muerto por culpa de ella. Porque no había creído a su madre. Porque solo sabía preparar los cuerpos, no salvarlos. Porque, porque, porque...

Aquella noche, cuando la luna se alzaba sobre la enramada, 'Akhan abandonó su casa y su procesión de congéneres muertos. Las polillas marrones revoloteaban en el aire a su alrededor y sus alas atrapaban la luz de la luna. Vieron cómo se marchaba.

Caminó despacio entre el frío húmedo, se dejó guiar por la corriente del río y descendió hacia la antigua tumba y la máscara de chamán. Su cuerpo parecía hueco. Su corazón parecía repleto de polillas revoloteantes. Polillas bajo la luz de la luna. Polillas bajo la máscara. Sentía que, si abría la boca, saldrían revoloteando de su garganta.

Miró fijamente a la chamán, inescrutable y fallecida tiempo atrás. La observó y entonces abrió la boca. Las polillas que llenaban su interior salieron en desbandada. Las polillas que llenaban la máscara levantaron el vuelo y se dispersaron.

Gritó y gritó.

Al principio no tuvo palabras. Toda una vida de confianza se había quebrado. Un hermano mayor que había vivido en los bosques salvajes, muerto en el suelo de su hogar. Un padre que no había despertado y una madre que había llorado todas las noches mientras sus jóvenes hijos trataban de no escucharla. Una gruesa capa de cenizas que cubría el lecho del río. Mercadia.

Mercadia.

Mercadia.

―¿Por qué? ―susurró con los labios secos. Se dejó caer contra una pared de tierra, exhausta. "¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué nos morimos? ¿Por qué te quedas aquí, con tu máscara y tus secretos, observando mientras mi mundo se desmorona?".

Cerró los ojos.

Los Cho-Arrim no recuerdan ―dijo una voz en su cabeza―. Antaño lo sabían. Cómo ser muchos.

―Pero... ¿cómo? ―murmuró ella. Sabía que iba a quedarse dormida, hablando con una habitación vacía. No le importó. Ya se había equivocado en muchas cosas.

―La máscara tiene poder ―intervino otra vez la voz―. Hazla con piezas de tu mundo. Conviértete en reflejo de tu pueblo. ―Un momento de duda―. Pero tú te perderás. Te convertirás en una imagen de todos los demás, pero la imagen te cubrirá.

Las lágrimas brotaron de los ojos cerrados de 'Akhan.

―Mm... Me cubrirá. Ya veo. ―Contuvo una exhalación temblorosa. Sintió el peso aplastante de la razón de madre 'Fihad, de la lanza ensangrentada de madre 'Shadi, de la capital que había hecho un gesto y había matado a 'Ran a miles de kilómetros de distancia. Todas aquellas muertes llenaban el aire con cenizas.

―No me importa que me cubra ―afirmó―. Si eso salva a mi pueblo, no me importa. No he ayudado a mi familia. No he podido salvar a mi hermano. Perderme a mí no es una pérdida tan grande.

Siempre es una gran pérdida que una familia pierda a un joven. ―La voz sonó triste en esta ocasión.

―Entonces ―dijo 'Akhan con una sonrisa―, me aseguraré de que ninguna otra familia sufra por ello.

La decisión estaba tomada. Las polillas aletearon a su alrededor y levantaron una tormenta de alas y luz. 'Akhan sabía que no tendría tiempo de elaborar una máscara antes de que la marea del imperio se estrellase contra ellos... Pero quizá no necesitaría hacerlo.

Sus ojos se entreabrieron. Miró en dirección al cuerpo.


Dolor.

'Akhan podía sentir la sangre en su rostro, brotando de los puntos donde la piel estaba abierta. A la luz de lo que parecían cientos de pequeñas alas, había arrancado las piezas de máscara de la chamán muerta. Su portadora no había opuesto mucha resistencia. Después, sin darse tiempo a dudar, 'Akhan había empezado a incrustar los fragmentos polvorientos de cerámica en su propio rostro.

"Por 'Ran. Por mis madres. Por los Cho-Arrim".

El dolor la partía como a un fruto maduro. Varias flores rojas y ensangrentadas crecían en las grietas de su piel.

También sentía el poder. Oleadas de poder que crecían tras sus dientes y en el interior de sus muñecas, propagándose en grandes sacudidas por los delgados músculos de su espalda. Por breves momentos, mientras regresaba dificultosamente a la aldea, habría jurado que sus pies dejaban el suelo atrás. Por una fracción de segundo, incluso flotó, pero luego tropezó al dar el siguiente paso y estuvo a punto de caer de rodillas. Una gran fuerza fluyó por sus extremidades y luego se agotó, dejándola en dificultades para poner un pie delante del otro. Pestañeó y Rushwood dio paso a filas y filas de soldados mercadianos, cuyos yelmos brillaban al sol. Y delante de ellos, madre 'Shadi les hacía frente a la cabeza de un batallón de guerreros Cho-Arrim. Estaban preparados.

Pestañeó otra vez y volvió a encontrarse en el bosque. Los ejércitos habían desaparecido.

"Mercadia se aproxima", pensó entre la confusión y las sacudidas de poder. "Mercadia se aproxima y madre 'Shadi va a intentar rechazarla".

Tenía que llegar junto a ellos. Tenía que llegar a la aldea y encontrar a 'Shadi. Encontrar a sus guerreros. Necesitarían el arma que traía consigo, el arma...

Con un dolor terrible en el vientre, se dio cuenta de que no llegaría a tiempo. Quería llevarles una gran arma, algo que arrojar contra los invasores para demostrarles la fuerza de los Cho-Arrim, pero su cuerpo y su mente se estaban haciendo pedazos bajo la tensión de la máscara de la chamán muerta. Aquel poder era prestado y no podía encontrar la manera de arraigar en 'Akhan.

Sintió humedad en la piel.

El río. Estaba en el río.

Justo antes de sumergirse, creyó ver que la superficie del agua brillaba ligeramente. "El río está lleno de almas", pensó. "Madre 'Fihad querría que me tapara los ojos".

Se hundió en la superficie brillante y sintió el agua llenando los espacios entre su carne y los fragmentos de máscara. Alivio. Alivio del dolor, alivio de los vestigios pasajeros del poder enterrado tiempo ha. Abrió los ojos.

Los muertos la observaban.

Estaban en todas partes. Los Cho-Arrim, como ella, y otras personas más antiguas que los Cho-Arrim se arremolinaban en la corriente. Supuso que debía sentirse atemorizada. O, quizá, trascendente.

"Ahí estáis", pensó al final. Deseó que 'Fihad pudiera ver aquello. Todas las cenizas esparcidas en el río, todos los rituales... No estaba vacío en absoluto.

Se le hizo un nudo en la garganta. "Creía que habíais desaparecido. Que todos os habíais ido".

"Lo siento".

Una de las almas se acercó y tocó la piel agrietada de 'Akhan. Un frescor que no era el del agua la envolvió. Una pieza de cerámica se separó de su rostro y cayó lentamente al lecho del río.

"No, necesito eso...", pensó. Otras almas la acariciaron, suturando su carne y extrayendo la máscara. "Parad, no lo hagáis...".

Las esperanzas de los Cho-Arrim se desprendieron de ella en forma de fragmentos de cerámica. Se preguntó débilmente si sería posible llorar bajo el agua.

La última pieza se desprendió.

El agua empezó a vibrar a su alrededor.

El alma más cercana a ella se aproximó y le acarició el rostro. Sintió el tacto de su hermano. "Eres 'Ran". Se sintió como si recordase a alguien a quien había perdido hacía mucho tiempo, o como si lo observara desde una gran distancia. Sus dedos rozaron la tracería de cicatrices recientes y 'Akhan sintió que su cuerpo rebosaba luz. Si antes había notado estallidos incontrolables y flujos de poder impredecibles, ahora sentía un pulso constante que la unía a todas las almas del río. Estaban vinculadas, ligadas unas a otras; eran viajeros de la larga senda final.

Una imagen única y perfecta.

De pronto, 'Akhan sintió que tiraban de ella hacia arriba. Las almas de los alrededores se dispersaron como una nube de polillas cuando emergió en la superficie del río. Alguien la agarraba por un brazo y gritaba su nombre. Un rostro que le resultaba familiar. Madre 'Shadi, con los ojos desorbitados de preocupación, la arrastraba hacia la orilla.

―Te conozco... ―dijo 'Akhan. Sus pensamientos eran torpes―. Eres una de mis madres.

―¡Vaya con mi hija! ―dijo 'Shadi con una risa seca―. Mira que olvidar mi cara por caer al río... ―Tenía lágrimas en los ojos y se las enjugó con el dorso de la mano. Entonces los abrió de nuevo y por fin se fijó en el rostro de 'Akhan.

»'Akhan, ¿qué ha ocurrido? ¿Quién te ha hecho esto?

'Akhan levantó una mano y se tocó la piel. Las yemas de los dedos notaron un relieve con un patrón de círculos y espirales de tejido cicatrizal. Se incorporó con cuidado y 'Shadi la soltó para que se viera en el río. Las aguas ya no brillaban, pero las cicatrices, sí. Las vio reflejadas en la superficie: eran idénticas a una máscara.

Sonrió ligeramente y se levantó. Algunas polillas que rozaban la superficie del agua revolotearon y danzaron alrededor de su cabeza.

―¿'Shadi? ¿La has encontrado?

'Fihad apareció tras un árbol y, en cuanto las vio, corrió hacia ellas. Cuando se fijó en el rostro de 'Akhan, se detuvo en seco, con lágrimas en los ojos―. 'Akhan... ―dijo mientras acariciaba las cicatrices de su hija con los dedos. Compuso la misma sonrisa triste que mostraba al hablar del padre de 'Akhan, y ahora de 'Ran―. Esperaba que no te hubiéramos perdido a ti también.

―Soy Cho-Akhan ―dijo dando un tierno abrazo a 'Fihad y susurrándole al oído―. Soy Cho-Ran. Soy Cho-Hanni, Cho-Annu y Cho-Biaal. Soy Sia-am-Erh, enterrada bajo la arboleda. Soy tú, Cho-Fihad. Y soy Cho-Shadi. Soy nuestra familia. Soy la familia de nuestra familia.

'Fihad se separó y miró atentamente el rostro de su hija. Sus ojos se llenaron de un inmenso orgullo y de una tristeza sin fondo.

'Akhan asintió e irguió la cabeza. La fuerza recorría sus extremidades. Sintió el río en su sangre y el bosque que se expandía por todo su cuerpo. Un coro de voces cantaba en su corazón, tanto de los Cho-Arrim como del pueblo que había dado vida a los Cho-Arrim. Un ejército caería ante ella; lo sabía. Mercadia la contemplaría y sabría que ella era numerosas voces. Un mosaico de todo lo que era su pueblo y de todo lo que podría ser.

―Muéstrame nuestro ejército ―dijo a 'Shadi, la mujer que había sido su madre.

Los mercadianos esperaban encontrar una única aldea debilitada, arruinada por la enfermedad y lista para la conquista. No esperaban encontrarse con todos los Cho-Arrim que en algún momento habían considerado Rushwood como su hogar. No esperaban una batalla.

Qué sorpresa se llevarán, ¿verdad?

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