Vínculos y sangre

Posted in Magic Story on 3 de Diciembre de 2014

By Ari Levitch

Ari spent a few years as the herald of Dukos, the star-eating cosmic squid, before becoming a high school history teacher. Now that he has been inducted into the cabal of Magic creative writers, his parents are finally proud of him.

La kan de las dinastías abzanas, Anafenza, consigue el trono... y completa su venganza.


Anafenza, la líder | Ilustración de James Ryman

Anafenza siempre trepaba descalza. Posó los pies en el nacimiento de una gruesa rama y se quedó agachada unos instantes para afianzarse. Las hojas del Primer Árbol emanaban un leve aroma mentolado que estimulaba su olfato. Cerró los ojos y se incorporó. Cuando asomó por encima de las hojas de la copa, el calor del sol le bañó el rostro. Era un día caluroso, pero ella disfrutaba oteando la ciudad desde el punto más elevado. El Primer Árbol crecía en la plaza del atrio superior de la fortaleza de Mer-Ek. Desde la cima, Anafenza podía ver el mercado que había al pie de las inmensas murallas, donde los comerciantes deambulaban para intercambiar rumores y mercancías.

Su mirada se perdió más allá de las murallas de la capital, hacia el desierto que se expandía en todas direcciones. Una calzada descendía desde el peñón donde se había erigido la capital hacia la extensión de dunas y polvo. Allí, el Sendero de Sal se perdía en las arenas de los Yermos Cambiantes, donde solo se aventuraban las caravanas fortificadas de las dinastías comerciantes. Anafenza conocía bien aquel mundo, pues había sido su hogar durante la mayor parte de su vida.

Llanura | Ilustración de Sam Burley

Se giró para sentir el viento en el rostro y el familiar soplo del desierto le trajo numerosos recuerdos cargados de emociones. Siguió los hilos de pensamientos que se remontaban al pasado y todos ellos la llevaban a aquel rincón oscuro de su memoria. Había perdido a su familia, excepto a un pariente.

Quería que él la recordase como había sido hace casi diez años. Por la mañana, se cortó el pelo y el viento cálido del desierto le recordó lo que suponía dejarse el cuello descubierto. Lo único que quedaba de la longitud original del cabello eran los mechones de las sienes, que se agitaban con fuerza cuando el viento los alcanzaba.

Sin embargo, ya no era la misma y él iba a descubrir cuánto había cambiado.

―¿Mi kan? ―dijo alguien desde abajo.

Kan. El pensamiento podría haberla abrumado si su boca no hubiese cedido al impulso de sonreír.

―Estoy en la copa, Kwaro ―contestó Anafenza. Kwaro era el capitán de la guardia y había asumido su nuevo cargo con un gran entusiasmo. Antes de que Anafenza se convirtiese en kan, el veterano aven había dirigido su guardia de honor en batalla, cuando ella era general del ejército abzano. Aunque ella había protestado, Kwaro insistía en mantener las formalidades con la nueva kan y, cada vez que se dirigía a ella, lo hacía comenzando o cerrando sus frases con "mi kan". Era un detalle entrañable, hasta cierto punto―. ¿Qué noticias me traes?

Altos centinelas de Arashin | Ilustración de James Ryman

―Los líderes de las dinastías se han reunido, mi kan ―informó Kwaro.

―¿Todos?

―Todos y cada uno de ellos, mi kan.

"También está el más importante", pensó ella.

La kan descendió por las ramas del Primer Árbol. Apenas habían pasado dos semanas desde la primera vez que trepó por él, cuando entró en la plaza homónima durante su nombramiento como kan. Aunque ya se estaba familiarizando con las ramas y los puntos de apoyo, el Primer Árbol daba una sensación diferente a la de los demás árboles familiares. Los anteriores kans estaban enterrados bajo él; no eran personas con un vínculo de sangre, sino de deber para con el clan. Aun así, como en todos los árboles familiares, sus nombres estaban labrados en el tronco. También como en todos los árboles familiares, los espíritus de los ancestros moraban en el interior. Y como todos los árboles familiares, reflexionó Anafenza, el Primer Árbol crecía para recordarnos que todo individuo tiene un deber sagrado para con su familia y su clan.

Anafenza se descolgó de una rama hasta que tocó con los pies la superficie anaranjada y dorada del Trono de Ámbar. El lugar de honor del kan era una pieza sólida de ámbar tallada exquisitamente. El trono estaba situado en un estrado de piedra que rodeaba el inmenso tronco del Primer Árbol. Anafenza se dejó caer sobre él e hizo repiquetear la espada que pendía de uno de los brazos del trono. Junto a ella estaban sus botas de montar, hechas en cuero; echó mano de ellas y se las calzó.

Mientras esperaba a que Kwaro regresase, Anafenza se recostó en el trono. El asiento de ámbar era translúcido y las partes más profundas parecían atrapar y retener la luz del sol. La kan se sumió en sus pensamientos, recorrió con los dedos los brazos del trono y observó la plaza unos instantes. No había nadie, excepto ella y una docena de soldados de su guardia de honor. Aunque era un recinto al aire libre, la sombra del Primer Árbol lo cubría todo. Anafenza se maravillaba ante la sensación de que la plaza era tanto una estancia cerrada como un patio abierto. Además, el lugar sería oscuro si no fuese por la multitud de llamas tenues que ardían en los braseros.

Se sorprendió de lo tranquila que estaba. Se notaba calmada y serena, dispuesta a hacer lo que debía, y se sintió como una kan por primera vez.

Los grandes portones de madera de la Plaza del Primer Árbol por fin se abrieron, empujados por cuatro de sus guardias. Anafenza se puso en pie ante el Trono de Ámbar para recibir al primer delegado de las dinastías.

Las dinastías de los Abzan no proclamaban lealtad a su kan, sino que cultivaban una relación de parentesco mediante vínculos de sangre o juramentos. La madre de Anafenza le había explicado que la lealtad puede cambiar, pero el parentesco es sagrado.

Las dinastías habían elegido a Anafenza para que fuese su líder. Todos sus representantes accedieron a la plaza uno detrás de otro para profesar su parentesco por unión de fe o por vínculo de sangre.

―Anafenza, kan de los Abzan ―empezó a pronunciar una de las delegadas, una capitana de la infantería escamadragón del clan―, la dinastía Emesh te acoge como hermana ante el Primer Árbol y la mirada de nuestros ancestros.

―Marrit de la dinastía Emesh, soy tu hermana, al igual que tú eres ahora mi hermana ―correspondió Anafenza a la formalidad, y las dos se abrazaron.

La procesión siguió adelante y la ceremonia se repitió una y otra vez. Muchos delegados eran veteranos de los ejércitos que Anafenza había liderado para defender los territorios abzanos. Otros procedían de las antiguas dinastías comerciantes que ahora prosperaban gracias a la seguridad del Sendero de Sal. La mayoría eran los simpatizantes que le habían otorgado el Trono de Ámbar. Algunos eran detractores que habían acudido para evitar convertirse en parias políticos. Uno era de la familia.

El último delegado se aproximó a la kan. Vestía la coraza pulida de un guerrero abzano, con la superficie surcada de líneas que emulaban el patrón de las escamas de dragón. Una inmaculada capa blanca le colgaba de los hombros. Mientras avanzaba, la tela ondulaba a su espalda.

Anafenza esperó en el peldaño más bajo del estrado para recibirlo. Cuando el delegado llegó junto a ella, la kan le echó un vistazo. Tenía el pelo cano en las sienes y el rostro estaba recién afeitado. Cuando sus miradas se cruzaron, él sonreía. Aquella sonrisa familiar... Era él, y aquel era el momento que ella había estado esperando, el momento que ansiaba, el momento cuya conclusión ya conocía. Sostuvo en silencio la mirada del delegado y esperó a que sucediese.

La sonrisa se desvaneció y el hombre abrió los ojos de par en par.

La había reconocido. Luego llegó el miedo.

Entonces, ella sonrió.

―Tienes buen aspecto. Diría que prosperas ―comentó Anafenza―. ¿El negocio va bien?

El hombre se quedó mirando, ligeramente pasmado.

La kan asintió y un robusto orco se situó tras el delegado; era tan alto como el humano, pero el doble de ancho. Cuando Anafenza dio la orden, el orco posó las manos en los hombros del delegado e hizo presión para obligarlo a arrodillarse. La plaza estaba en silencio, solo se oía el susurro del viento a través de las hojas del Primer Árbol.

Anafenza subió por el estrado hasta su trono y desenvainó lentamente su arma, la Espada del Kan.

―¡Por favor! ―chilló el hombre. Anafenza extendió el brazo hasta que la Espada del Kan presionó la garganta del delegado.


El polvo lo cubría todo en el Sendero de Sal. Anafenza volvió a despertar con el traqueteo de la colosal fortaleza móvil en cuanto se puso en marcha, tirada por un behemot. Cuando abrió los ojos, vio que la luz del sol hacía brillar las motas de polvo que flotaban en la habitación. Tenía trece años y había pasado casi toda su vida viajando de ciudad en ciudad por los territorios abzanos, puesto que pertenecía a una de las dinastías comerciantes más prósperas del clan. Los pilares de su vida eran la rutina y la familia. Se había entrenado para manejar la espada y el arco, había aprendido a leer las cartas y mapas que permitían sobrevivir en los Yermos Cambiantes y, en las ciudades, había practicado el arte de la negociación y el comercio, aunque le faltaba la maestría diplomática que caracterizaba al resto de su familia. Era una vida bañada por el polvo.

Arte del asedio | Ilustración de Viktor Titov

Cuando se vive en una fortaleza móvil, cualquiera puede exasperarse en un momento dado. La proximidad de la familia, el viento de los Yermos, las lentas pisadas de la enorme bestia de tiro y el incesante crujido de la arena bajo las ruedas ponen de los nervios poco a poco a todo el mundo. Anafenza había aprendido pronto que aquello era normal y que cada uno tenía su forma de liberar tensión. Su madre se marchaba con su íbice y cabalgaba en solitario por delante de la fortaleza cuando las condiciones lo permitían. Su padre recogía huesos de dragón y tallaba diseños intrincados en su superficie.

A Anafenza le bastó con cortarse el pelo. El polvo se adhería en él y odiaba despertarse con los cabellos pegados al cuello durante las mañanas calurosas. Una de esas mañanas, echó mano a las tijeras y creó su ritual. Cuando terminó, el pelo ya no le cubría el rostro ni el cuello. Solo había perdonado los mechones que nacían en las sienes y le llegaban a la barbilla; podía juguetear con ellos y sabía que molestaban a su madre.

―Aquí la tenemos ―dijo su primo, que la saludó con una sonrisa cuando entró en el estrecho estudio de la fortaleza. Aquella sala siempre estaba llena de gente que consultaba mapas y libros de contabilidad para intentar establecer cuál sería la ruta comercial más conveniente y rentable. Su primo, Oret, era el cartógrafo de la dinastía; desde que había regresado de sus viajes, su presencia se había vuelto constante allí. Era casi diez años mayor que ella y tenía un sinfín de anécdotas sobre las regiones allende los territorios abzanos. Además, era agradable charlar con él―. Así que te has cortado el pelo, ¿eh?

―Ya iba siendo hora ―dijo Anafenza. Oret le sonrió desde detrás de su poblada barba morena.

Como siempre, su primo había desplegado un mapa en el escritorio. Cada vez que lo visitaba, él insistía en que ella hallase su ubicación actual en el mapa. Aquello se le daba bien, aunque erraba a veces.

―Estamos a dos días de Arashin yendo por el Sendero de Sal desde... ¿En qué ciudad hemos estado? ―Anafenza giró la cabeza y cerró los ojos para concentrarse. Cuando hacían viajes comerciales largos, empezaba a confundir unas ciudades con otras.

―Kavah ―respondió una voz baja y grave que no era la de su primo―. A dos días de Arashin yendo por el Sendero de Sal desde Kavah.

Anafenza no necesitaba abrir los ojos para saber quién había hablado, pero lo hizo solo por lanzar una mirada molesta. Era Gavar Barzil. Aquel nombre la irritaba, siempre lo había hecho. Gavar era un krumar, de modo que no había nacido entre los Abzan: lo habían acogido en el clan tras una batalla contra los Mardu en la que estos salieron perdiendo. La tradición dictaba que los Abzan debían cuidar a los hijos de los enemigos muertos en combate. Gavar había llegado con uno de los tíos de Anafenza después de una batalla en la que había perdido a su hijo, que era el primo favorito de la joven.

―En Kavah compré esto ―explicó Gavar; ofreció un bol con uvas a Anafenza, que fingió no darse cuenta. Gavar y Anafenza tenían casi la misma edad y la familia contaba con que se llevasen bien.

―Bravo, Gavar ―lo elogió Oret antes de situar una maqueta de madera de la fortaleza en el mapa.

Para alivio de Anafenza, no tuvo que volver a escuchar la voz del orco, porque los tres jóvenes del estudio oyeron venir a los padres de Anafenza y a uno de sus muchos tíos. Estaban en medio de una conversación importante.

―¿Acaso no somos mercaderes? Deberíamos ir a donde el negocio sea favorable ―dijo la madre de Anafenza con una voz cargada de irritación.

―Vale, vale, ya nos rendimos ―dijo su cuñado levantando las manos en broma.

―Conviene que antes consultemos a nuestro cartógrafo ―añadió el padre de Anafenza.

―¿Acerca de qué? ―quiso saber Oret, claramente entretenido con la discusión de los mayores.

―Una jinete nos ha visitado y nos ha dicho que acaba de llegar un cargamento de tintes a Kavah. Creo que merece la pena dar la vuelta y conseguir una parte, sobre todo porque luego iremos a la capital.

―Entiendo ―dijo Oret observando el mapa. Su sonrisa se había desvanecido―. Sabréis que Arashin está solo...

―¡A dos días de aquí! ―interrumpió Anafenza.

―A dos días de aquí ―repitió Oret―. Parece que se van a formar tormentas de polvo detrás de nosotros. Debo insistir en que prosigamos hacia la capital. ―Aquella no era la respuesta que quería la madre de Anafenza, y los ánimos se avivaron en el estudio. Anafenza y Gavar tuvieron que irse.

Anafenza recorrió el interior de la fortaleza hasta que sus pasos la llevaron a la plaza del tejado, donde crecía el árbol familiar. Gavar fue detrás de ella.

―Prima, ¿crees que volveremos a Kavah? ―preguntó.

―¡No somos primos, Gavar! ―le espetó Anafenza girándose hacia él―. ¡Ni siquiera somos parientes! ¡Mi primo murió luchando contra tu clan! Solo estás aquí porque no tenías ningún pariente que te cuidase y porque los Abzan no somos unos salvajes.

―Entonces, tenemos algo en común.

―¿Se puede saber qué dices? ―dijo Anafenza levantando los brazos por la frustración.

―Ninguno de nosotros ha escogido a los parientes que tenemos.

Anafenza lo miró a los ojos, no dijo nada y luego le dio la espalda. Se descalzó pisando las botas y trepó por el tronco del árbol familiar; su árbol familiar. Gavar vio cómo ascendía, pero a ella le dio igual: cuando llegase a la copa, él no estaría a la vista.

El retumbo de las ruedas de la fortaleza resonaba en las ramas, pero Anafenza había trepado por ellas innumerables veces y llegó a la copa con facilidad.

Las hojas susurraban por debajo de ella.

―¿Gavar? ―preguntó Anafenza.

―No, Gavar no ―respondió un susurró. Un rostro surgió entre las hojas: era Hakrez, la protectora del árbol familiar. Puesto que era la guerrera más hábil de la familia, había asumido aquel rol, siguiendo la tradición abzana. Su deber era velar por la integridad del árbol y preservar a los ancestros. Era una mujer intrépida y feroz que siempre hablaba en susurros. Para Anafenza, era aterradora y admirable a partes iguales.

Cuando Hakrez trepaba, jamás miraba las ramas, pues conocía el árbol mejor que nadie. Sus ojos solo observaban a Anafenza. Una vez que estuvo a su lado, Hakrez empezó a hablar y la joven tuvo que acercarse para escuchar, ya que el viento disipaba la voz.

―¿Dónde estamos? ―quiso saber la protectora.

"A dos días de Arashin desde Kavah", habría respondido sin pensar si se lo hubiese preguntado otra persona, pero no dijo nada en aquella ocasión.

―No es una pregunta trampa. ¿Dónde estamos? ―repitió Hakrez.

―En un árbol.

―En nuestro árbol familiar.

―Lo siento. En nuestro árbol familiar ―se corrigió Anafenza.

―¿Que es qué?

―El árbol de nuestra familia. ―De pronto, Anafenza tuvo la sensación de que había hecho algo mal.

―El árbol de nuestros parientes, Anafenza. Tanto por vínculo de sangre como por unión por la fe. Este árbol pertenece a todos nuestros parientes.

Anafenza sabía que los protectores de los árboles familiares tenían un lazo especial con los espíritus de los ancestros. Aquello parecía otorgar un aura de sabiduría a sus palabras, como si fuesen un mensaje transmitido durante generaciones.

Hakrez se marchó y dejó que Anafenza reflexionase sobre lo que le había dicho. La joven permaneció allí varias horas, observando a la multitud de soldados abzanos que marchaban junto a la fortaleza.

Entonces, se dio cuenta de que la fortaleza no había cambiado de rumbo. Seguían encaminándose hacia Arashin y sonrió ante la promesa de estirar las piernas en los mercados de la ciudad.

Echó un vistazo a las dunas entre las que avanzaba la fortaleza. El desierto se extendía en todas direcciones y Anafenza se sorprendió de que, incluso estando cerca de una ciudad, no se veía rastro de la civilización. Para enfatizar aquello, se aproximaban a dos gigantescas costillas de dragón, que sobresalían entre las dunas a la derecha de la fortaleza. No era un panorama infrecuente en los Yermos Cambiantes, donde las arenas devoraban aldeas enteras o revelaban reliquias de los dragones abatidos por los ancestros abzanos hacía muchos siglos.

Anafenza observó las costillas mientras la fortaleza pasaba junto a ellas. De pronto, empezaron a moverse y la arena cedió. Al principio, parecía que la duna estuviese desplomándose sobre sí, hasta que Anafenza vio que algo surgía entre la arena. Un pelaje negro y mate emergió del suelo y Anafenza se quedó boquiabierta, con la mirada fija en la silueta que estaba alzándose. Entonces, el miedo la paralizó.

No eran costillas de dragón.

Eran colmillos.

Luego apareció la enorme cabeza, que tenía el cráneo medio cubierto de jirones de carne podrida. Después surgió el tronco. Anafenza no fue la única que se dio cuenta y se oyeron gritos de alarma por toda la fortaleza. En el suelo, la infantería de escolta asumió una posición defensiva.

Mastodonte putrefacto | Ilustración de Nils Hamm

Cuando el cadáver animado del mastodonte emergió por completo, otros tres empezaron a surgir entre las arenas. El hedor a muerte debió de atemorizar al behemot que tiraba de la fortaleza, porque había comenzado a bramar y a dar pisotones.

Luego se desató el caos.

Las dunas entre los mastodontes parecieron estallar en llamas en decenas de lugares a la vez. Unas esferas de luz con estelas anaranjadas de energía volaron a ras de la arena, dirigiéndose hacia la fortaleza. Las esferas se desvanecieron y revelaron a un sinfín de guerreros que cargaron contra el aterrorizado behemot.

Desgarradora despiadada | Ilustración de Clint Cearley

―¡¡Emboscada!! ―gritó alguien desde la plaza del árbol familiar―. ¡Una partida de guerra sultai! ―Anafenza vio a decenas de arqueros situándose en sus posiciones en el parapeto. Las flechas salieron silbando de los arcos y los guerreros sultai se dividieron para esquivar la salva.

Los mastodontes avanzaron lentamente contra la fortaleza y los soldados del suelo tuvieron que romper filas. En el árbol familiar, Anafenza notó una repentina racha de viento. El polvo se arremolinó en los alrededores y luego adoptó la forma de tres humanos ataviados con la armadura pesada de los Abzan. Eran ancestros. Los tres asintieron hacia Anafenza y salieron disparados contra uno de los inmensos monstruos reanimados, destrozándolo con sus armas espirituales.

Invocación del árbol familiar | Ilustración de Ryan Alexander Lee

El mastodonte se desplomó, pero los demás ya estaban cerca de la fortaleza. El primero embistió contra el muro con tanta fuerza que se abrió el cráneo. Anafenza estuvo a punto de caer del árbol familiar, pero pudo aferrarse a las ramas y recuperar el equilibrio justo antes de que otro mastodonte embistiese. El mundo tembló: otro impacto. Anafenza no pudo centrarse. Todo cayó de lado y el Sendero de Sal surgió de golpe contra ella.

Un instante después, Anafenza despertó en la arena. Yacía boca abajo, aturdida. Hacía unos segundos, observaba las arenas desde lo alto; ahora, tenía el rostro hundido en ellas. El ruido de la contienda resonaba en su cráneo. Ordenó a los músculos del cuello que girasen la cabeza, pero un dolor punzante le recorrió la mejilla cuando la deslizó por la áspera arena. Se llevó la mano a la cara para aliviarse el dolor, pero cuando la retiró, sus dedos estaban rojos y pegajosos.

Se giró para ponerse boca arriba y bajó la vista hacia las puntas de sus pies descalzos, que presentaban tantos cortes como los que imaginaba que tendría en el rostro. Más allá, la fortaleza yacía de lado y junto a ella estaban los restos partidos del árbol familiar. El impacto de la caída había arrancado el árbol de la tierra y lo había hecho añicos. Había ramas rotas y soldados destrozados por todas partes. Bajo una gran rama, Anafenza reconoció el cuerpo sin vida de Hakrez, la protectora del árbol familiar, con la armadura abollada hacia dentro. La mente de Anafenza se apresuró a asimilar qué había sucedido y recordó a los mastodontes.

El estruendo de un cuerno devolvió a Anafenza a la realidad. Sus músculos recobraron las fuerzas y se puso en pie. Vio que los Sultai se retiraban tras las dunas. Sin embargo, el trompetazo no vino acompañado de gritos de triunfo y el aire siguió cargado con los sonidos de la matanza.

Anafenza rodeó la fortaleza caída para dar con el tumulto; esperaba ver a los soldados de su dinastía rematando al último mastodonte. Sin embargo, oía gritos. Eran voces humanas, así que se aproximó con cautela.

Cuando echó un vistazo, su mundo se vino abajo. La escena que presenció era una afrenta contra la naturaleza. Había algo repulsivo en aquel acto que la hirió en cuerpo y alma: vio a soldados abzanos asesinando a sus congéneres.

La gente intentaba salir a rastras de la fortaleza por las estrechas ventanas, pero antes de que pudiesen cruzarlas, los soldados acababan con sus parientes a espada, hacha y alabarda.

―¡Mamá! ¡Papá! ―gritó Anafenza―. ¡Oret! ¡Por favor! ―Anafenza tenía los ojos desorbitados e inundados de lágrimas. Se agachó para recoger la espada de un soldado muerto. Cuando volvió a incorporarse, la sombra de una silueta se cernió sobre ella.

―Tus padres han muerto, al igual que mi padrastro. ―Aunque tenía la visión borrosa, Anafenza reconoció a Gavar, que sangraba por un corte junto al ojo.

La joven ignoró al orco y lo apartó de su camino.

―¡Anafenza, nos han traicionado! ―Gavar volvió a cortarle el paso―. Tenemos que irnos de...

El orco no pudo terminar la frase, ya que de pronto tambaleó hacia delante y no derribó a Anafenza por muy poco. Gavar se sostuvo sobre una rodilla y la joven vio el asta emplumada de una flecha, que sobresalía por el hombro del orco.

Cayeron más flechas en torno a ellos.

―¡Que los ancestros te maldigan, Gavar! ―Anafenza gruñó cuando ayudó a Gavar a incorporarse―. ¡Vámonos!

Los jóvenes se adentraron en los Yermos Cambiantes en busca de refugio y no se detuvieron.

Caminaron en silencio la mayor parte del día. Cada paso por la arena requería un esfuerzo, pero siguieron alejándose de la matanza que habían dejado atrás. La arena caliente abrasaba las suelas de los pies descalzos de Anafenza y la espada que llevaba al hombro parecía volverse más y más pesada a medida que caminaban.

―¿Quieres una?

―¿Cómo dices? ―preguntó Anafenza con voz áspera y la boca reseca.

―Deberías comer ―dijo Gavar tendiéndole su gran mano, en la que sostenía un escaso puñado de uvas rojas.

―Lo sé, lo sé ―dijo el orco cuando Anafenza miró la fruta con recelo. Gavar se encogió de hombros e hizo una leve mueca de dolor por culpa de la herida―. No te preocupes, cógelas.

―Gracias... ―masculló ella entre bocado y bocado.

Gavar sonrió y se metió la última en la boca; luego, los dos reanudaron la marcha. Cada vez que remontaban una duna, esperaban encontrar indicios de la civilización. Si fuesen por el Sendero de Sal, tardarían dos días en llegar a la capital, pero atravesando los Yermos Cambiantes, no tenían forma de saber cuánto tiempo les llevaría.

―¿Todavía admiras a los Abzan? ―la voz de Anafenza estaba cargada de amargura―. ¿Los salvajes son los Mardu? ―Miró a Gavar, que no respondió. El orco seguía mirando al frente, cubriéndose los ojos con la mano.

―¿Gavar? insistió Anafenza.

―Verás... ―respondió él por fin―. Soy un Abzan porque un guerrero abzano, tu tío, mató a mis padres biológicos durante una batalla cuando yo era un niño, con lo cual me dejó huérfano. Entonces, tu tío me acogió en su dinastía y me crio. Si hubiese sido al contrario, es decir, si yo hubiese nacido entre los Abzan y los Mardu hubiesen matado a mis padres, yo habría muerto con ellos. ―Gavar se volvió hacia Anafenza―. Han traicionado a nuestra familia, pero nuestro clan exigirá justicia.

Los dos caminaron hasta que el sol estuvo bajo en el cielo despejado. Se levantó el viento y la arena castigó sin piedad la piel desprotegida.

Otra duna.

En la cima, Anafenza observó la calina, que empezó a oscurecerse enseguida. Entrecerró los ojos y logró distinguir una línea recta inconfundible que cruzaba el horizonte, paralela al terreno: finalmente, habían encontrado una muralla. Anafenza llamó a Gavar.

―Tus ancestros deben de quererte mucho ―afirmó el orco cuando empezó a descender a zancadas por la duna, con Anafenza justo detrás.

Resistir las arenas | Ilustración de Dave Kendall

La muralla rodeaba una aldea abandonada. Cuando cruzaron el portón derrumbado, la línea del horizonte se había teñido de un naranja brillante. El pueblo no era más que un puñado de viviendas de arenisca deterioradas, dispuestas en círculo.

―Pasaremos la noche en una de estas ―propuso Anafenza.

―A ser posible, en una que no se nos vaya a venir encima ―añadió Gavar―. Tiene que haber algo útil por aquí. Busca en los alrededores y yo daré con el pozo.

Anafenza pasó entre dos de las viviendas y les echó un vistazo sin detenerse. Al llegar al otro lado, se encontró en la diminuta plaza de la aldea. En el centro crecía un árbol retorcido, alrededor del cual se habían construido las exiguas estructuras. El árbol era pálido y el desgaste de la arena lo había dejado sin corteza. Con cada ráfaga de viento, las ramas desnudas crujían.

La estampa del árbol abandonado y el cielo oscuro fueron demasiado para Anafenza. La joven corrió hacia él y dejó caer la espada antes de desplomarse sobre la arena que había cubierto las raíces del árbol. Lo único que lograba ver Anafenza era su árbol familiar, hecho astillas y muerto. Había perdido a su familia. Posó la frente en el tronco del árbol y ahogó un grito contra su brazo. Las lágrimas empezaron a brotar y le causaron pinchazos de dolor cuando se deslizaron por las mejillas.

Anafenza se quedó allí hasta que desapareció el sol, hasta que oyó gritar a Gavar.

―¡Nos han seguido! ―la advirtió―. ¡Corre!

―¡Gavar! ―Anafenza se puso en pie y recogió la espada.

―¡Corre, iré detrás de ti! ―Estaba luchando contra alguien, Anafenza lo notó en su voz. Luego oyó pasos de alguien que corría. En la oscuridad, vio surgir la ancha silueta de Gavar desde la esquina de una vivienda. Respiraba con dificultad y corría hacia ella a toda prisa; no estaba solo. Dos hombres lo seguían de cerca y Anafenza vio el destello del acero. No dijo nada, sino que trepó al árbol en silencio.

Desde lo alto, vio que Gavar pasaba como una centella por debajo. Los perseguidores iban detrás. Eran dos humanos vestidos con la tradicional armadura abzana. Anafenza entrecerró los ojos, aferró bien la empuñadura de la espada y se dejó caer detrás de los traidores. Uno de los hombres se giró a tiempo para que la punta de la espada de Anafenza lo atravesase por debajo de la coraza. El acero mordió la carne y se hundió en el vientre del soldado. El hombre gorgoteó algo incomprensible y se desplomó.

Gavar y el otro perseguidor se giraron y vieron a Anafenza extrayendo la espada. El soldado levantó su arma, pero Gavar le saltó encima y lo agarró del cuello por la espalda antes de que pudiese lanzar el tajo. Los dos cayeron al suelo y Gavar rodó para tumbarse boca arriba, de modo que pudo sujetar al humano por detrás y dejarlo expuesto.

―Si te resistes, morirás ―dijo Anafenza poniéndole el arma ensangrentada en la garganta a su enemigo inmovilizado.

El hombre dejó de retorcerse entre los brazos de Gavar.

―Vas a decirnos quién ha planeado esto. Vas a contárnoslo todo ―afirmó Anafenza con calma y firmeza.

El soldado no dijo nada.

―Si no nos das un nombre, vamos a creer que has sido tú ―Anafenza presionó la garganta―, y tenemos pensado hacerle daño al responsable; mucho daño ―se inclinó hacia el hombre y lo miró a los ojos―. Vamos, desembucha.

―Ha sido un miembro de tu dinastía ―logró decir el hombre―. Fue él quien pactó con los Sultai.

―Puedes hacerlo mejor ―insistió ella―. ¿Quién ha sido?

―Oret. Ha sido Oret.


Ciudadela esteparenosa | Ilustración de Sam Burley

―Parece que tus mapas contenían secretos que solo tú conocías ―dijo Anafenza con calma y decisión. Sus ojos eran los de una veterana de innumerables batallas y miraba con desprecio a su primo. Parecía muy pequeño a los pies de Gavar―. Aun así, incluso tú debes venir a profesar tu parentesco con la nueva kan, Oret.

―Habías muerto ―logró decir él, aunque su voz apenas era audible.

―Soy la kan.

―Por favor ―volvió a rogar Oret.

Anafenza levantó una mano para hacerlo callar.

―¡Por favor! ―repitió él―. Hemos vuelto a encontrarnos. ¡Soy el único pariente que te queda!

―¡¿Cómo te atreves?! ―estalló Gavar.

Anafenza dejó de mirar a Oret y observó al orco; su rostro se transformó en una sonrisa de satisfacción.

―Oret, no formas parte de mi familia.

La kan giró rápidamente la muñeca y la espada lanzó un destello. Una línea roja surcó el rostro de Oret desde la oreja hasta el mentón, y el humano gritó. Su sangre se pegó a la punta de la Espada del Kan y Anafenza la situó sobre uno de los braseros encendidos del estrado. La sangre borbotó y crepitó con las llamas. Anafenza alzó la espada y pasó una mano por el filo. Sin apartar la vista de Oret, situó el puño sobre las llamas y lo cerró. La sangre manó y silbó cuando cayó sobre las brasas.

―Ante el Primer Árbol y la mirada de nuestros ancestros, reniego de ti, Oret. La sangre ya no nos une y te declaro como mi enemigo. Si volvemos a encontrarnos en el campo de batalla, no saldrás de él con vida. Tu espíritu no tendrá raíces y vagará solo y en pena por toda la eternidad. Gavar, hermano mío, acompáñalo afuera.


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