Historia anterior: Festín

"Y cuando el Luxa, la savia de Naktamun, se convirtió en la sangre impía de la gran sombra, Razaketh, la Hora de la Gloria dio comienzo, y llegó el momento prometido en el que las mismísimas deidades demostrarían su valía ante el Dios Faraón".


En el principio no existía nada excepto oscuridad: un océano revuelto de incertidumbre.

Entonces despertó y ascendió el Dios Faraón, cual sol dorado, y arrojó luz sobre el mundo aún informe. La apertura de sus alas dividió cielo y tierra; su primer aliento formó agua y aire; el movimiento de su cola esculpió montañas y convirtió roca en arena. Y así, el Dios Faraón trajo orden al caos y el mundo cobró forma pura, joven y nueva.

Entonces contempló el Dios Faraón el mundo yermo y silencioso y plantó las semillas de la vida. Y así nacieron los moradores de Amonkhet, originarios de los sueños del creador dracónico. Mas a diferencia de este, eran blandos, vulnerables, frágiles... y mortales. Y las sombras del mundo, los restos de aquel océano oscuro, se apoderaban de los fallecidos y convertían a estos en muertos vivientes, azote y plaga de los vivos.

Y así, el magnánimo Dios Faraón creó a los dioses.

Empleó para ello el tejido del propio mundo, hilvanando el maná de Amonkhet en cinco seres, cada uno de ellos la encarnación de una virtud de sí mismo. Y así comenzó la existencia de los inmortales de Amonkhet. Nacidos de la voluntad del Dios Faraón y más poderosos que los hijos oníricos de este, a los dioses les fueron encomendados los propósitos de defender a los rebaños mortales ante los caprichos de la sombra y de guiarlos hacia una muerte gloriosa.

Puesto que el Dios Faraón conocía un reino allende este mundo. Un lugar solo accesible tras el paso por la muerte. Y aunque sabía que las penurias de este mundo eran numerosas y que las sombras perseguían a todos sus moradores, confiaba en que sus hijos prevalecerían, madurarían, aprenderían y se volverían dignos. Pues el más allá era un obsequio demasiado preciado como para otorgarlo sin discreción. Por tanto, sus hijos tendrían que demostrar ser merecedores de tal gloria.

Y así, el Dios Faraón obsequió a sus hijos con las pruebas. Y cada deidad fue honrada con la tarea de educar, instruir y conducir a los mortales por el camino hacia la vida eterna.

Y una vez se hubieron erigido los cimientos, el Dios Faraón abandonó Naktamun para allanar el camino hacia la eternidad, ofreciendo a sus hijos tiempo para aprender, prosperar y alcanzar su destino antes de unirse a él en el más allá. Habiendo dejado a sus hijos bajo la custodia del panteón, el Dios Faraón puso en marcha el segundo sol, cuyo ciclo simbolizaría su regreso.


Art by Richard Wright
Ilustración de Richard Wright

Rhonas sabía que era cierto.

Aquella seguridad vibraba con firmeza en todas las fibras de su ser, entrelazada como una parte de él, al igual que las líneas místicas de maná que lo unían al mundo. La certeza también recorría los cuerpos de sus congéneres: cada uno de sus hermanos era una prueba tangible de la benevolencia y la divinidad del Dios Faraón. Rhonas conocía su cometido en el proyecto del Dios Faraón. Por ello, durante años había puesto a prueba a los mortales a su cargo y ayudado a los ciudadanos de Naktamun a perfeccionar sus cuerpos y alcanzar la verdadera fuerza, tal como esperaban el propio Rhonas y su Dios Faraón.

Y así, cuando el segundo sol finalmente se acercó a su lugar de descanso entre los cuernos, como había sido profetizado, Rhonas sintió regocijo y abandonó su templo y su prueba. Acudió al Portal al más allá con el fin de dar la bienvenida a su creador, el progenitor de todas las cosas.

Lo que descubrió, sin embargo, no era lo que esperaba.

Cuando se unió a su hermana Hazoret en la orilla del Luxa, un frío insólito penetró en las escamas de Rhonas. Había magia demoníaca en el ambiente húmedo y denso; el olor cobrizo de la sangre lo impregnaba todo. Rhonas observó el agua teñida de rojo y se volvió hacia los demás dioses cuando estos llegaron. La ágil Oketra acompañó a su hermana Hazoret en el río. Kefnet, siempre orgulloso, descendió lentamente y aterrizó junto a Rhonas, mientras que Bontu se aproximó con decisión, reservada y distante. Los cinco se encontraron junto a la orilla carmesí del Luxa, bañados en la luz roja y reflejada del segundo sol.

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Ilustración de Christine Choi

Habían pasado muchos años desde la última vez que los cinco se habían reunido. Cada deidad tenía un propósito en la gran visión del Dios Faraón y guiaba a los mortales en su propia prueba, además de velar por Naktamun a su propia manera. Rhonas se sentía más cercano a Hazoret, junto a quien se internaba en el desierto ocasionalmente para dar caza a cualquier peligro que se aproximara demasiado a la ciudad. Hacía tiempo que no veía a los demás, pero allí estaban los cinco, reunidos ante el Portal. A sus pies, multitud de mortales inclinaban la cabeza en señal de respeto o levantaban la mirada con asombro, bendecidos por primera vez con la presencia simultánea de las cinco deidades.

Sin embargo, el Dios Faraón no había regresado.

Rhonas sacó la lengua y examinó el aire en busca de alguna señal, ya fuese mundana o mágica. La Hora de la Revelación había llegado y terminado, pero ninguna respuesta había sido revelada. Cualquiera que fuese el hechizo que había desatado el demonio desaparecido, la magia aún impregnaba el aire y sus efectos flotaban por doquier. Rhonas aferró su bastón; el instinto le susurraba acerca de un peligro inminente.

Mirad. El Luxa... ―La voz de Hazoret reverberó en la mente de Rhonas y este dirigió la mirada hacia el río. La sangre, coagulada hasta la quietud apenas momentos atrás, había comenzado a fluir hacia el otro lado del Portal a una velocidad vertiginosa. Hasta entonces, Rhonas había presenciado cómo el Portal se entreabría como parte del paso diario de los muertos estimados como dignos. Sin embargo, aquella era la primera vez que veía las puertas abiertas de par en par. Mas no había rastro del paraíso prometido al otro lado del Portal. Allí solo estaba la enorme e imponente necrópolis que alojaba a los muertos hasta el regreso del Dios Faraón.

En cuestión de segundos, lo único que quedó del magnífico Luxa fueron algunos arroyos rojos y una capa de sangre coagulada que se aferraba a las piedras del lecho. El hedor punzante del hechizo demoníaco hizo mella en la mismísima integridad de Rhonas y este percibió cómo una magia antigua se desenredaba y desataba. Mientras la presión mágica en el aire se volvía intensa y casi insoportable, la sangre del río pareció penetrar en los cimientos de roca de la necrópolis y ascendió por los canales y grabados de las estatuas repartidas por las paredes del edificio.

Una ráfaga de aire fétido surgió de la estructura monolítica y de pronto se oyó un sonoro crujido. Rhonas observó mientras tres inmensas estatuas... No, mientras tres sarcófagos se entreabrían en un lateral de la necrópolis y sus cubiertas de piedra se venían abajo, levantando una nube de polvo. Entonces se produjo un destello de luz azul y tres seres gigantescos abandonaron su letargo, despertados por el hechizo demoníaco.

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Ilustración de Grzegorz Rutkowski

Un alboroto de gritos y chillidos se propagó entre los mortales congregados a los pies de los dioses y estos retrocedieron ante la imagen y la presencia de aquellas criaturas descomunales. Las tres eran incluso mayores que el propio panteón y sus cuerpos humanoides tenían cabezas monstruosas con forma de alimañas: un escorpión, una silueta larguirucha que semejaba una langosta y un caparazón cerúleo de escarabajo en lugar de rostro.

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Ilustración de Grzegorz Rutkowski

Rhonas no albergaba la más mínima duda: aquellos tres seres eran inmortales. Mientras que sus hermanos brillaban como una llama cálida, aquellos dioses emanaban sombras, un pesado velo de oscuridad y desesperación que se cernía sobre todos los presentes, tanto mortales como dioses.

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Ilustración de Grzegorz Rutkowski

Por primera vez en su existencia, Rhonas se sintió inseguro. En las profecías y en sus recuerdos del Dios Faraón no se hacía mención alguna de aquellos tres dioses.

Los mortales murmuraron y algunos soltaron gritos de pánico cuando el dios escorpión cruzó pesadamente el Portal, haciendo temblar la tierra con cada una de sus grandes zancadas. A la derecha de Rhonas, Hazoret avanzó un paso, lanza en mano, pero él alzó su bastón para contener el fervor de su hermana. "¿Se trata de un enemigo... o de una prueba?".

Soy Rhonas, dios de la fuerza. ¿Quiénes sois y por qué habéis despertado durante la Hora de la Gloria? ―retumbó la voz del dios.

El inmortal no respondió, pero giró su cabeza arácnida hacia Rhonas. Tras fijarse bien en él, parecía aún más grotesco de lo que Rhonas había pensado al principio. Su cuerpo era una masa de tendones y músculos cubiertos por un exoesqueleto oscuro, con manos rematadas en garras afiladas. Su cabeza parecía un enorme escorpión asentado en un cuerpo humanoide. Su caparazón tenía tonos dorados y estaba adornado con orbes azules que debían de ser sus ojos, o eso pensaba Rhonas.

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Ilustración de Lius Lasahido

La criatura parecía observarle. Sus mandíbulas no articularon palabras, pero comenzaron a emitir un ruido chirriante y cada vez más intenso. Rhonas aferró su bastón con más fuerza mientras la cola del escorpión se arqueaba sobre la cabeza del dios. El pánico cundió entre los mortales a orillas del río y su deidad sintió una avalancha de ruegos y súplicas. Rhonas señaló al inmortal con su bastón, en respuesta al gesto de agresividad.

Tanto si sois heraldos de nuestro Dios Faraón como intrusos conspirando contra las Horas, vuestro camino termina aquí.

El dios escorpión dio otro paso que hizo temblar la tierra y Rhonas deslizó los pies para asumir una postura equilibrada, bien entrenada. A su alrededor, sus hermanos se prepararon, tensos y con los ojos fijos en él. Rhonas agitó de nuevo la lengua en el aire.

No desobedecerás a un dios de Amonkhet. Somos los guardianes de esta ciudad y sus gentes. Si eres mi prueba, ¡te derrotaré y demostraré que soy digno!

Sin avisar, el dios escorpión cargó contra Rhonas y soltó un chirrido aún más fuerte. La arena se levantó por todas partes mientras el inmortal corría a una velocidad sorprendente, con la cola de escorpión en alto. Cuando tuvo a Rhonas a su alcance, descargó un potente zarpazo contra él.

Sin embargo, Rhonas estaba preparado para esquivar la embestida y responder con el bastón. El metal castigó el caparazón del inmortal con un golpe que habría reducido a polvo a cualquier ser menor. El dios escorpión parecía no haber sentido el impacto y giró sobre sí mismo chasqueando las mandíbulas y retorciendo la cola con expectación. Cargó de nuevo, esta vez lanzándose a por los ojos. Rhonas levantó su arma para bloquear el ataque y las garras del dios escorpión se estrellaron contra el metal. Las rodillas de Rhonas se tensaron y sus pies se hundieron en la tierra por la potencia del golpe.

Rhonas se inclinó hacia delante y resistió la presión del dios mayor. Luchar contra oponentes de tamaño superior era inusual, pero no inaudito. En los desiertos moraban sierpes de arena, monstruosidades y bestias mucho más terroríficas, por lo que se había enfrentado a enemigos de mayor estatura. Pero ¿cómo podía existir algo más fuerte que él? ¿Más fuerte que el dios de la fuerza?

Rhonas rugió de furia y, con los músculos gritando, empujó para hacer retroceder al dios escorpión. El suelo se estremeció con cada traspié del inmortal. Rhonas aprovechó el momento para reunir maná y canalizar un hechizo de vigor. El poder fortaleció sus extremidades y entonces lanzó un golpe con todas sus fuerzas contra el dios escorpión.

El ataque lo alcanzó en el torso y el inmortal salió volando río abajo, hasta estrellarse con fuerza justo al otro lado del Portal. Rhonas escuchó los vítores y ánimos de los mortales a sus espaldas mientras el dios escorpión se levantaba lentamente. La expresión estoica de Rhonas ocultaba a los fieles el temor que crecía en su corazón. "Ese hechizo siempre había sentenciado mis batallas".

El dios escorpión cruzó el Portal de nuevo. Esta vez no cargó, sino que avanzó trazando un arco, guarando las distancias sin dejar de acercarse a Rhonas poco a poco. Sus chirridos nunca cesaban; eran un zumbido con un volumen y una frecuencia que embotaban la mente. Rhonas intentó ignorarlo respondiendo con un sortilegio en voz baja.

Estaba claro que aquel dios escorpión era una prueba de la Hora de la Gloria. Tenía que serlo. Ningún otro ser había sido un desafío para la fuerza de Rhonas hasta entonces. Nada había sobrevivido tras encajar un golpe como aquel. Los ojos de Rhonas vagaron hacia las dos siluetas amenazantes al otro lado del Portal. "Esos dioses tal vez sometan a mis hermanos a otras pruebas". Al fin y al cabo, los dioses no podrían demostrar su valía si no se enfrentaban a pruebas más duras de lo que jamás habían vivido, al igual que los mortales. Una sonrisa asomó en el rostro de Rhonas mientras continuaba su sortilegio. "Benditas sean la fuerza y la sabiduría del Dios Faraón. Es un honor demostrar mi valía contra un adversario tan formidable".

Rhonas pasó una mano por su bastón mientras pronunciaba las últimas palabras del hechizo. El metal emitió un macabro brillo verde que parecía proceder de su interior. El resplandor se propagó por toda el arma y se fundió con el extremo afilado, atenuándose como una tenue luz viridiana.

Rhonas comenzó a avanzar describiendo un arco opuesto al del dios escorpión.

En verdad eres fuerte ―le dijo―, pero hoy no saldrás victorioso.

Esta vez, Rhonas cargó contra su adversario a una velocidad serpentina. Desvió un aguijonazo de la cola de escorpión, avanzó girando sobre sí mismo y descargó un codazo contra las costillas del inmortal. Su bastón trazó estelas de luz verde con cada golpe y atacó con más velocidad que fuerza para poner a prueba la resistencia del caparazón de su rival mientras esquivaba y desviaba los zarpazos del dios escorpión. El asalto consiguió dejar cortes y arañazos en aquella cubierta imposiblemente dura.

A medida que luchaban, los movimientos del dios escorpión parecían perder velocidad. Los golpes de sus garras y su cola se volvían torpes. La deidad se fijó en el bastón de Rhonas: al fin lo comprendía, pero era demasiado tarde. Rhonas sonrió y mostró los colmillos antes de clavar el extremo afilado del bastón en el hombro del inmortal, agrietándolo lo justo para atravesarlo. El dios escorpión se había vuelto demasiado lento como para evitarlo. El brillo hiriente del veneno mágico se intensificó al penetrar en la herida y devorar por dentro al inmortal. Aquella ponzoña era lo bastante potente como para acabar con la mayoría de seres vivos.

Rhonas extrajo su bastón y el otro dios cayó de rodillas, aún chirriando débilmente. El clamor de los mortales vibró en los oídos de Rhonas y este percibió una sensación de alivio y calidez procedentes del resto del panteón. Contempló a la monstruosidad que había abatido y le dio la espalda para regresar junto a sus hermanos y la congregación. Abrió la boca para hablar.

Pero las palabras no llegaron a salir de su garganta.

Un movimiento vertiginoso a su espalda pilló a Rhonas por sorpresa. Unas garras afiladas se clavaron en sus hombros y, en cuanto comprendió que el dios escorpión lo había apresado por detrás, un dolor indescriptible invadió su mente.

El tiempo se detuvo.

Rhonas miró hacia abajo y se sorprendió al verse a sí mismo en la orilla del Luxa. El dios escorpión se cernía sobre él como una silueta oscura que de algún modo rezumaba y radiaba oscuridad. Sus garras aferraban el cuerpo de Rhonas.

Entonces fue cuando reparó en que la cola de escorpión estaba arqueada por encima de ambos, clavada en su propia cabeza.

"Me ha... matado".

Lo asimiló mientras sentía el icor del aguijón esparciéndose por su columna, calando en su mente y su cuerpo, escindiendo los lazos físicos con su divinidad y corroyendo la magia que unía cuerpo e inmortalidad. Embargado por el horror y la fascinación, Rhonas observó mientras la muerte lo consumía. Sintió que el veneno le carcomía el corazón y deshilachaba el nudo de líneas místicas y fuerza mágica y física que residía en su interior.

No obstante, a medida que el veneno destruía los vínculos que le ataban al mundo, también deshizo los hilos mágicos que había entretejido otra fuerza.

Y de pronto, Rhonas recordó la verdad.

Los recuerdos comenzaron como un goteo, pero lo inundaron cuando el dique de magia se derrumbó. El mismísimo espíritu de Rhonas retrocedió cuando los auténticos acontecimientos y la naturaleza del Dios Faraón le fueron revelados y barrieron todo aquello en lo que había creído durante los últimos sesenta años.

La gran mentira del Dios Faraón. El dragón no era un creador, sino un destructor despiadado. El gran intruso, asesino de mortales y corruptor de dioses. La cruel tergiversación del rito más sagrado del mundo, la manipulación de un honor glorioso para convertirlo en un mecanismo de producción y homicidio de campeones mortales. El recuerdo de que los dioses no habían sido creados a imagen y semejanza del dragón: habían nacido de Amonkhet y habían sido los ocho pilares del plano, los guardianes de los vivos. Y el gran impostor lo había corrompido todo.

Rhonas rompió a llorar.

Y mientras lloraba, sus lágrimas de amargura se convirtieron en furia y Rhonas escupió el nombre infame, con el corazón lleno de ira y dolor.

Nicol Bolas.

Mientras las tinieblas oscurecían los confines de su visión y sentía cómo se desintegraban los últimos lazos de su espíritu con su forma física, Rhonas bajó la vista hacia el grotesco dios que lo había asesinado. Aunque los ojos del inmortal estaban cubiertos por un velo lechoso, vio su auténtica naturaleza: la diminuta llama de su corazón, rodeada por una oscuridad absoluta, la luz y el alma originales de su hermano, sepultadas bajo la vil corrupción. El dios había sido uno de los ocho originales, manipulado para convertirlo en asesino de aquellos por quienes antaño sentía el mayor de los aprecios.

Hermano... ―susurró Rhonas.

Sintió cómo el aguijón se retraía, cómo sus músculos sufrían convulsiones y la muerte se aproximaba rápidamente. Y el corazón de Rhonas se rompió: por sus tres hermanos perdidos, por los mortales fallecidos, por los suplicantes a quienes había guiado hacia una vil falacia.

La Fuerza del Mundo se desvaneció y su luz inmortal se apagó entre las sombras consumidoras.


Cuando dioses y mortales fueron testigos de cómo el aguijón perforaba la cabeza de Rhonas, sus voces se unieron en un grito de pánico. Ese fragmento de tiempo, apenas un parpadeo, pareció prolongarse por toda la eternidad. La imagen de la cola punzante clavada en el cráneo de Rhonas quedó grabada en las almas de todos los presentes. Entonces, la deidad abominable retrajo el aguijón y un icor negro se vertió mientras Rhonas se derrumbaba en el suelo entre convulsiones, para luego yacer inerte.

El dios escorpión, sin detenerse ni dedicarle una mirada, se volvió hacia los otros dioses y avanzó con la cola en alto.

Entonces estalló el caos. Los mortales gritaron mientras daban la vuelta y huían. El resto del panteón preparó sus armas al ver que el dios escorpión marchaba hacia ellos, implacable e imparable.

Fue entonces cuando las cuatro deidades restantes sintieron una sacudida en el mundo, una tensión en el tejido de su ser. Detrás del dios escorpión, Rhonas aferró su bastón y se apoyó en él para incorporarse, hincando las rodillas en el suelo y sangrando por la herida en el cráneo. Una energía verde onduló por todo su cuerpo y fluyó hacia su bastón. Con las fuerzas que le quedaban, Rhonas tensó las pocas líneas místicas que conservaba en su interior y alteró el mismísimo aire que le rodeaba. Un grito atormentado desgarró su garganta.

¡Muerte al Dios Faraón, vil intruso y destructor!

Con un grito gutural y un último esfuerzo, Rhonas arrojó su bastón por los aires, canalizando en el arma los últimos fragmentos de su poder.

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Ilustración de Winona Nelson

Cuando Rhonas se desplomó, habiéndose apagado su vida, las hebras invisibles de las líneas místicas y el maná vinculados a él se partieron, desatando ondas de fuerza que sacudieron toda la vida en Naktamun. Los mortales, conmocionados, se doblaron de dolor al sentir la muerte del dios, e incluso las demás deidades se tambalearon y trastabillaron. Vieron el vuelo del bastón de Rhonas, portando los últimos vestigios del poder de su hermano. Su hechizo final transformó el arma en una serpiente monstruosa que mostró sus colmillos de muerte y se abalanzó sobre el dios escorpión.

El inmortal cayó al suelo, inmovilizado por su nueva oponente. La cola de escorpión se retorció violentamente y trató de aguijonear a la serpiente mientras luchaban por el control.

Los cuatro dioses se quedaron mirando, atónitos y paralizados. A su alrededor, los gritos de miedo y pánico fueron en aumento y los mortales continuaron huyendo del Portal.

El terror de sus hijos devolvió a Oketra a la realidad. Se giró hacia sus hermanos con lágrimas en los ojos y su voz sonó áspera e insegura, carente de su elegancia habitual.

Las Horas se han descarriado. Tenemos que proteger a los mortales.

Sus palabras pusieron en marcha a sus hermanos. Hazoret se volvió hacia ella con la frente arrugada de confusión.

Rhonas ha dicho... Ha blasfemado contra el Dios Faraón.

Oketra asintió. Ella también había escuchado las últimas palabras de Rhonas y, aunque era imposible que fuesen ciertas, las dudas carcomían los confines de su corazón mientras vagos fragmentos de recuerdos flotaban justo en la periferia de su memoria.

Un zumbido creciente más allá del Portal atrajo su atención.

El segundo de los dioses desconocidos había extendido los brazos y un enjambre de langostas levantaba el vuelo desde sus manos. Oketra observó horrorizada mientras la nube oscura se esparcía por el cielo hacia la Hekma... y los insectos empezaban a devorar la barrera mágica.

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Ilustración de Daniel Ljunggren

¡¿Cómo es posible?! ―gritó Kefnet.

Un escalofrío recorrió la espalda de Oketra al recordar las palabras de la profecía: "Cuando llegue la Hora de la Promesa, el Dios Faraón desgarrará la Hekma".

Oketra habló con un hilo de voz.

La Hora de la Promesa ha comenzado.

Entonces oyeron un sonido desgarrador cerca de ellos. El dios escorpión se puso en pie con una mitad de la serpiente gigante en cada mano.

Lentamente, abrió las garras y dejó que los restos cayeran al suelo. Sus ojos cerúleos lanzaron a los dioses una mirada fría y penetrante... y la criatura reanudó su avance inexorable.

Oketra preparó una flecha en su arco, con los labios en tensión y el corazón roto, pero endurecido con determinación.

El dios escorpión siguió aproximándose mientras las otras dos deidades cruzaban el Portal que conducía a la ciudad de Naktamun.

Por encima de todos ellos, entre los grandes cuernos en el horizonte, el segundo sol proyectaba su brillo rojizo sobre la tierra como un ojo que observaba incesantemente el desarrollo de las Horas.


Archivo de relatos de La hora de la devastación
Perfil de plano: Amonkhet