Historia anterior: Una era de innovación

Un Planeswalker de Kaladesh ha visitado Rávnica para pedir ayuda a los Guardianes. Sin embargo, estos han llegado al consenso de que solo deberían intervenir para responder a amenazas interplanares y han considerado que una posible amenaza interna en la Feria de Inventores de Kaladesh no es un asunto para ellos. No obstante, Kaladesh representa una cuestión personal para Chandra Nalaar: este es su plano natal, un mundo al que no había regresado desde que su chispa se encendió doce años atrás y la piromante hizo su primer viaje entre los planos. Sin consultarlo con los demás, Chandra ha vuelto a Kaladesh, a su hogar.


Encontrar su hogar fue como mover un músculo atrofiado. El paso del tiempo había ocultado el camino de regreso a Kaladesh, igual que una carretera cubierta de maleza; por un momento, Chandra dudó si lo recordaría. Sin embargo, en menos de un suspiro para calmarse, había regresado.

Apareció en el centro de una plaza de adoquines cálidos, sumida en una sensación de familiaridad surrealista. Olía a cardamomo e incienso, a cobre fundido y aceite para engranajes, al almizcle de los lomofrondas que pasaban cerca y a pelaje de bandar. Allí estaban las familiares estelas de éter en el aire, frescas y desplegadas como lino secando al sol, pero con un cosquilleo de acción en su interior. El olor del éter le confirmó que había regresado a casa; aquel potencial en bruto se arremolinaba entre las nubes del cielo, nutría los núcleos de las aeronaves y circulaba por la ciudad a través de gruesas tuberías de cristal.

Ilustración de Jonas De Ro

El último día que había estado en aquel mundo había quedado suspendido en el pasado, interrumpido y parcial. Aquel día se había reanudado ahora, pero todo parecía más bullicioso y... grande. ¿Visitar el lugar donde creciste no debería hacer que te sintieras mayor?

La gente pasaba junto a ella con las prisas propias de los ciudadanos de Ghirapur. Las melodías de sus voces la sobresaltaron. Oyó fragmentos de conversaciones que podrían haber tenido lugar en el hogar de su familia: expectación por ver a algún inventor ilustre en la Feria, opiniones bruscas sobre los méritos de tal o cual diseño de aeronave, preocupación por el plazo de entrega de algún encargo...

Chandra se agarró los codos. Sentía ganas de hacerse un ovillo en la hamaca de su infancia, colgada en las pasarelas de la vieja mina antes de que se produjera la explosión de éter, sobre el taller donde sus padres doblaban el espinazo mientras trabajaban en algún invento. Quería mecerse allí, escuchando sus voces mientras moldeaban el metal. Deseaba ir a su hogar, pero ya estaba en él. Sin embargo, había dejado de ser su hogar y ya no tenía once años, ni jamás volvería a correr a los brazos de su madre...

Gruñó y dio un pisotón. Se apagó las manos en la cadera y se frotó un ojo. "No".

En algún lugar entre aquella muchedumbre estaba el renegado que buscaba, el inventor que estaba en peligro... y por el que los demás Guardianes no moverían ni un dedo. La familia de Chandra se había opuesto al Consulado cuando era niña; habían sido especialistas en evitar las patrullas y suministrar éter a los inventores brillantes. No tenía claro por qué le importaba tanto aquella persona ni por qué aquel propósito la había llevado a regresar a Kaladesh. Solo sabía que necesitaba ayudar al inventor, y pronto.

Ghirapur bullía a su alrededor. Era una ciudad de miles de rostros y ni siquiera sabía qué aspecto tenía el renegado. Chandra notó una punzada de aquella sensación familiar, la de haber emprendido una misión sin un plan que seguir. Sintió un minúsculo impulso de volver a Rávnica.

Un par de agentes del Consulado la observaron, la evaluaron y pasaron de largo. Una nueva sensación de confianza ahuyentó las ganas de marcharse. Disimuló el puño que acababa de apretar por instinto, se acercó a una pared y se agarró a la bandera que colgaba de ella. Levantó un pie para posarlo en un puntal de cobre, tiró de la bandera del Consulado y trepó hasta el balcón que supervisaba la plaza.

Mientras ascendía, la ciudad se desplegó ante ella. Había cientos de vehículos y personas en las calles, todos congregados para asistir a la Feria de Inventores. En los tejados, los jardines con invernadero rotaban hacia la dirección del sol. En el centro de la ciudad, un enorme chapitel se elevaba hacia el cielo y las aeronaves propulsadas con éter orbitaban a su alrededor como polillas. Se preguntó si algún día podría explicar el nudo de sentimientos que Kaladesh despertaba en ella. Sin embargo, aunque tuviese un amigo allí, alguien que pudiera entenderla, jamás conseguiría definir...

—De modo que este es tu hogar —dijo una mujer junto a ella.

Chandra se sobresaltó y se volvió hacia la voz. Allí estaba Liliana, de pie en el balcón previamente vacío, apoyando los brazos cruzados en la baranda y observando Ghirapur.

Ilustración de Jonas De Ro

Un hombre de cabellos grises se movía disimuladamente por Ghirapur con movimientos calculados. Evitaba las calles principales y las vías del exprés. Su zigzagueo le conducía a través de desguaces, arterias de éter y patios sombríos. Llevaba la cabeza oculta bajo una capucha para no revelar su rostro a las patrullas y los tópteros. Nadie pisaba su sombra mientras se aproximaba poco a poco a la Feria de Inventores.


Chandra se agarró a la baranda y miró enfadada a Liliana—. Si has venido a intentar convencerme para que vuelva, ya puedes largarte.

—Tranquila, ni se me ocurriría. Al fin y al cabo, estás en casa.

—No pienso regresar hasta que encuentre a quienquiera que esté buscando ese tal Baan. —Apretó los dientes y la bufanda de su madre, que llevaba a la cintura—. Da igual lo que digáis los demás.

—Lo importante es lo que quieras hacer. Olvídate de los otros si no entienden lo que tu hogar significa para ti.

—No tienen mala intención —replicó Chandra—. Es solo que... no entenderían todo esto. —Un centenar de explicaciones sobre lo que significaba Kaladesh lucharon para abrirse un hueco en su mente, pero ninguna de ellas era lo bastante grande ni elaborada. ¿Qué significaba el hogar de tu infancia cuando este te la había arrebatado? ¿Cómo podía significar algo en absoluto cuando lo que te definió como persona fue marcharte de allí?

—Cuéntamelo —propuso Liliana—. Tal vez pueda ayudarte.

—Tú tampoco lo entenderías.

—Entiendo que el hogar puede ser una fuente de dolor. —El rostro de Liliana era un conjunto de facciones impenetrables—. También entiendo que Baan es una lista de reglas absurdas vestida de uniforme.

—Baan es uno de ellos. Del Consulado. Mantienen la ciudad en marcha, pero también odian a cualquiera que se atreva a pintar fuera de sus líneas. Parias. Renegados.

—La gente divertida, en otras palabras.

—Me refiero a la gente como yo. Y como mis padres. —Chandra apretó la baranda y una voluta de humo surgió de la madera.

—Entonces, creo que ya va siendo hora de celebrar tu regreso triunfal. —Liliana conjuró un brillo violeta alrededor de sus dedos y sus labios esbozaron una sonrisa.

—He venido por otro motivo —argumentó Chandra arqueando una ceja.

—Podemos buscar a tu querido renegado mientras tanto. ¡Mírate, cielo! Ni siquiera estás disfrutando del inmenso festival que celebran ahí abajo. Además, ¿tú y yo, juntas en esta ciudad? Seguro que podemos pasárnoslo en grande y darle un buen quebradero de cabeza a las autoridades.

Ilustración de Mark Winters

—Liliana, eres dos siglos mayor que yo —soltó Chandra con una sonrisa espontánea—. ¿No deberías darme ejemplo y ser la responsable?

—Te contaré un secreto. —Liliana se acercó y le susurró al oído tapándose la boca con una mano—. No tiene por qué haber una responsable.


El encapuchado se sumergió en el bullicio de la Feria de Inventores y escuchó. Procuró mantener ocultos el rostro y el brazo derecho; ahora no para evitar a los soldados del Consulado o las lentes de los tópteros, sino para caminar con libertad entre los asistentes a la Feria. Cualquier inventor le reconocería al instante y eso echaría a perder su trabajo. No podía permitirlo. Necesitaba cumplir su misión antes de que nadie tuviera la oportunidad de reparar en él.

Se escabulló entre la corriente de la multitud y escuchó, siguiendo las palabras y los rumores que le conducirían hasta su objetivo.


Las estelas de éter en el cielo se disiparon, pasando de suaves remolinos celestes y blancos a tonos salmones y violetas y, finalmente, a turquesas luminosos contrastados con negros centelleantes. Las guirnaldas de luces alimentadas con éter cobraron vida con un parpadeo y la música nació en todos los portales de la ciudad. La búsqueda de Chandra y Liliana se había convertido en una serie de conversaciones con simpatizantes de los renegados, que dieron paso a horas de codearse con inventores en salones de sociedades y salas de baile, donde, de algún modo, acabaron uniéndose a los festejos. Chandra se sorprendió haciendo giros y saltos acrobáticos, danzas ceremoniales para celebrar los logros de grandes artífices y pilotos, a las que añadió algunos movimientos aprendidos durante su formación en el monasterio de Regatha.

Tenía las mejillas acaloradas. Echó un vistazo a Liliana, que se había integrado perfectamente a pesar de no llevar ni un día en aquel mundo, para molestia de Chandra. La nigromante estaba apoyada en una pared y tenía una copa en la mano. Estaba lanzando un disimulado asalto con todo su carisma a un vedalken que lucía un uniforme del Consulado; parecía una leona jugando con un antílope herido.

Cuando el rostro azul del soldado vedalken adoptó repentinamente un tono púrpura y su sonrisa se invirtió, Chandra sintió el instinto de plantar cara o huir. Se acercó deprisa, justo a tiempo para ver al hombre del Consulado entrando en modo acusatorio.

—Y aunque supiese de alguna amenaza para la Feria —decía con los ojos entrecerrados—, ¿por qué habría de importaros, señorita? Si habéis visto algo sospechoso, vuestro deber es informar de ello.

—¿Ah, sí? —Liliana se volvió hacia él con un elaborado contoneo—. Pues yo creo que tu deber es... —Y entonces le espetó una grosería tan basta que habría sido como tirarle la bebida en toda la cara, cosa que también hizo. El líquido chorreó por el rostro perplejo del vedalken y goteó sobre las líneas rectas de su uniforme.

La boca de Chandra dibujó una O. No sabía si ahogar un grito de alerta o estallar en una carcajada.

—Se lo merecía —le dijo Liliana con un guiño antes de volverse hacia el soldado—. Te presento a mi colega Chandra, una orgullosa simpatizante de los renegados.

Las alarmas se dispararon en la cabeza de Chandra.

—¿Sois renegadas? —dijo el vedalken como si acabara de encontrar una plaga de alimañas bajo la tarima de su casa. Se limpió la cara con una bufanda y metió la mano en un bolsillo para buscar algo—. Vais a venir conmigo. Las dos.

Cuando Chandra vio al soldado extraer unas esposas adornadas con una elegante filigrana, la ira se encendió en su interior. Sus cabellos se convirtieron en fuego. Sus manos se apretaron en puños. Volvió a tener once años y a dejarse llevar por un arrebato creciente de furia.

El soldado se horrorizó al verla y eso habría sido suficiente para provocarla, pero cuando le dijo con desprecio que pusiera las manos en la espalda, el puño de Chandra salió disparado hacia la mandíbula del vedalken. La cabeza del soldado se torció y se estampó de frente contra la pared; un diente repiqueteó en el suelo y el vedalken se desplomó inmediatamente después.

La risa de Liliana sonó como un aplauso, como si acabara de ver una construcción de dominó desmoronándose. Alzó su copa e inclinó la cabeza ligeramente.

—Larguémonos de aquí —urgió Chandra, sintiéndose como si todo el salón se hubiera girado hacia ella.

—¿No quieres demostrar al resto del público lo que puedes hacer? ¿No vas a darle a este matón el escarmiento que se merece?

¡Vámonos!

Chandra saltó por encima de una barandilla y salió por la parte trasera del club. Cruzó la puerta y Liliana la siguió hacia el callejón. Se escabulleron y dejaron atrás a dos inventores enfrascados en una competición de autómatas; uno de ellos desplegaba sus intrincadas plumas de cobre, mientras que el otro hacía rotar una rueda giroscópica.


Ya había oscurecido cuando el encapuchado encontró a los contactos que buscaba. Un grupo de jóvenes salió corriendo entre las gradas ensombrecidas del circuito ovalado. Las patas y asas de cobre de sus autómatas no precisamente legales asomaban por las mochilas que llevaban a la espalda. Eran inventores renegados.

Los interceptó procurando parecer un asiduo. Mantuvo sus largos mechones plateados ocultos bajo la capucha y tendió una mano (no aquella; la otra) para mostrar el símbolo del chapitel desbordante que ocultaba en la palma de su guante.

Una enana se fijó y le estrechó la mano, uniendo su propio símbolo al de él—. Me temo que no nos queda nada para esta noche, amigo.

—No busco éter —dijo él. Utilizó un hechizo imperceptible para examinar el contenido de la mochila de la enana. Su autómata tenía un módulo de escucha en el interior. Perfecto. Ahora solo necesitaba distraerla—. Busco a una socia. Tal vez sepas dónde ha planeado hacer su protesta de mañana.

—Hay muchas protestas preparadas. ¿Puedes darme un nombre? —La mujer trataba de mirarle a los ojos, de verle la cara. Tomaba las precauciones adecuadas.

—Dijo que no utilizáramos nombres. —La información que tenía estaba incompleta, lo que resultaba útil para interpretar el papel de renegado cauteloso—. Solo tengo que encontrarme con ella. ¿No estás al corriente de esto? —Entretanto, su siguiente hechizo cumplió su propósito. El módulo de escucha obedeció sus órdenes y el metal se desprendió del autómata. El pequeño dispositivo salió de la mochila flotando en silencio y se introdujo en un bolsillo de la chaqueta del encapuchado.

—Lo siento —dijo la enana encogiéndose de hombros—, no sé ni de quién ni de qué me hablas.

Sin embargo, él estaba seguro de que conocía a su objetivo. Le mostró una amplia sonrisa para pedir disculpas—. En ese caso, perdón. Dejaré de molestarte.

—No pasa nada —respondió la enana—. ¿Cómo podemos contactar contigo si oímos algo sobre tu amiga? ¿Cómo te llam...?

—Buenas noches —se despidió él con una mano y dándole la espalda.

Volvió a ajustar la capucha y siguió caminando. Bajó la vista y echó un vistazo a su mano (aquella mano), en la que sostenía un diminuto módulo de cobre. Mientras paseaba, le ordenó que se activara. El dispositivo se puso en marcha y le reveló todo lo que había grabado: conversaciones, fechas, horas... y un lugar.


Chandra y Liliana doblaban una esquina cada vez que divisaban una patrulla, y cada giro las llevaba a nuevos lugares de la ciudad. Pasaron agachadas junto a una tienda del mercado y subieron corriendo unas escaleras ornamentadas. Echaron un vistazo hacia abajo a través de una ventana y vieron que daba a un callejón silencioso, alejado de las rutas de los guardias.

—Por ahí —indicó Chandra. La desaprobación de Liliana era evidente, pero bajaron por una escalerilla que descendía hasta el callejón.

Se detuvieron a recuperar el aliento, apoyadas en paredes opuestas. Los rayos del amanecer arañaban los tejados de los edificios. Las multitudes empezaban a salir a las calles.

—Me estoy hartando de tanto correr por la ciudad —protestó Liliana dándose unos golpecitos en la sien—. Prefiero pasear pavoneándome.

Sin embargo, Chandra no le hacía caso. Se había quedado absorta mirando un mosaico en una pared cercana.

Ilustración de Greg Opalinksi

El mosaico estaba desconchado y desgastado. El inventor retratado en el marco redondo llevaba unas lentes en la frente y miraba hacia un lado. Tenía el aspecto amable de siempre; disimuladamente feliz, como cuando la miraba a ella. Chandra vio una plaqueta de color entre el polvo del suelo, la recogió y trató de colocarla en su sitio, pero no se quedaba adherida.

Liliana se situó junto a ella y contempló el mosaico.

—Este era mi padre —le explicó—, Kiran.

—Tienes la misma nariz. Y sus lentes.

—Mi madre y él eran grandes inventores. Los mataron cuando era una niña.

―Lo siento. ¿Quién lo hizo? ¿El Consulado?

—Un psicópata uniformado. Baral. —Chandra apretó los ojos con fuerza por un momento—. Mis padres murieron por culpa de él. Porque me odiaba. Porque intentaron protegerme.

Liliana la observó con curiosidad. Chandra deseó que no lo hiciera.

—No tienes la culpa —dijo Liliana—. La tiene él.

—No debería haber vuelto. ¿Por qué lo he hecho?

—Porque sientes que estás en deuda con ellos. Todos tenemos que enfrentarnos a las decisiones que tomamos cuando éramos jóvenes. —Liliana se volvió hacia el mosaico y barrió con la mano una mancha de polvo—. Tal vez deberíamos hacerle una visita a ese tal Baral.

—Este lugar... es donde aprendí a contar con la posibilidad de que ocurran tragedias. Donde aprendí a desconfiar de la gente.

—También es donde aprendiste a destacar. Donde aprendiste a ser peligrosa.

—Lo dices como si fuese bueno.

—La mayoría de la gente se conforma con aceptar la vida como se la presentan. El mundo les dice que son débiles y ellos se lo creen. Se tragan la desilusión, dejan que se pudra dentro de ellos y luego se tumban y mueren. Pero ¿y el resto de nosotros? Aprendemos a rechazarlo, a escupir y arrojar cosas. Aprendemos a sobrevivir. Tú también eres una superviviente, Chandra.

Miró a los ojos retratados de su padre. Apretó el dobladillo de la bufanda que llevaba a la cintura, la bufanda de su madre.

—Si Baral odiaba tanto a tu familia, deberíamos averiguar si sigue vivo, solo para estar seguras —sugirió Liliana con una sonrisa de superioridad—. Si nos lo encontrásemos, podrías mirarle a los ojos, en vez de mirar este retrato, y decirle lo que piensas de él. Te lo mereces.

Ilustración de Cynthia Sheppard

—No sé qué hacer —admitió Chandra—. Baral probablemente crea que morí cuando desaparecí.

—Entonces, imagina la cara que pondrá cuando descubra que no lo hiciste. Cuando se dé cuenta de que sobreviviste.

Chandra se animó un poco al pensarlo. Liliana se percató y la miró a los ojos con seriedad.

—Cuando lo reduzcas a cenizas.

Chandra apartó la cabeza, asustada. Sin embargo, un siniestro entusiasmo la invadió por dentro al mismo tiempo. Baral había matado a su padre delante de ella. Sabía que también había dado la orden de prender fuego a la aldea donde vivían; el fuego que había matado a su madre. Había perdido a toda su familia por culpa de un solo hombre. Imaginó la satisfacción que sentiría al verle arder.

—Si sigue con vida, juro que pagará por lo que hizo —aseguró Chandra.

—Es justo que le devuelvas el dolor que te causó —dijo Liliana con un susurro.

—Es lo justo —murmuró Chandra, y sus cabellos estallaron en llamas.

Ilustración de Magali Villeneuve

—¡Ahí están! —Dos hombres uniformados gritaron desde una entrada del callejón y corrieron hacia las dos Planeswalkers. Las habían encontrado. Chandra intentó emprender la huida, pero Liliana la sujetó por una mano.

—No tenemos por qué correr —dijo la nigromante mirando a los soldados—. Hay otra manera de poner fin a esta persecución.

—No, no vamos a hacer eso.

—Haremos lo que haga falta. —El silbido de un tren que pasaba algunas calles más allá recalcó las palabras de Liliana.

Chandra sacudió la mano para liberarse. Miró a los guardias que se acercaban y desató un remolino de fuego. Sin embargo, en vez de alcanzar a los hombres del Consulado, el hechizo se propagó por la pared y formó un muro de fuego que abarcó todo el callejón. Los guardias se detuvieron en seco.

—No me digas lo que debo hacer —espetó Chandra a Liliana—. Vamos, tengo una idea.

Salieron a una de las arterias principales de Ghirapur. El tren matinal de Aradara era inmenso, pero se sostenía con elegancia sobre un único surco abierto en el pavimento; la luz solar se reflejaba en sus flancos de madera pulida. Los pasajeros se apresuraron a entrar por las puertas laterales. Chandra corrió y subió de un salto para sujetar una puerta antes de que se cerrara.

Liliana subió justo cuando el tren se puso en marcha con un silbido. Se asomaron a una ventanilla y vieron que los guardias del Consulado abandonaban la persecución y desaparecían en la lejanía.

Un complejo mecanismo en la entrada del vagón comenzó a repiquetear para que presentaran sus billetes. Chandra le estampó un puñetazo y abrió un boquete en el aparato, que dejó de repiquetear.

Se sentaron juntas y Chandra apoyó la cabeza en la ventanilla mientras veía pasar los edificios de su infancia. Las dos Planeswalkers permanecieron en silencio.


El tren sufrió una sacudida y los frenos rechinaron con fuerza. Chandra se agarró al asiento y se puso de pie, pero se estampó contra los asientos de delante. El silbato del tren sonó repetidamente, las ruedas se bloquearon y las luces rojas de emergencia parpadearon en el techo del vagón.

Chandra miró por la ventanilla mientras el tren frenaba entre sacudidas. En el exterior había una escena de caos contenido. Un equipo de inspectores especiales del Consulado hacía señas a los ciudadanos para que se dirigieran a las zonas de seguridad designadas. A lo lejos, unas tuberías de éter habían reventado y expulsaban gases titilantes. Las tripulaciones de las aeronaves cercanas soltaron redes de arrastre para recoger los tópteros fuera de control. Varios edificios habían quedado a oscuras al perder su suministro de éter. Los asistentes a la Feria murmuraban y señalaban al cielo con expectación, pero lo que quiera que hubiese ocurrido parecía haber terminado.

Se había producido un altercado, el desenlace de una especie de manifestación aérea. Tenía que ser obra del renegado, de la persona que inquietaba a Dovin Baan.

—El tren va a efectuar una parada no programada —anunció una voz chillona por los conductos de comunicación—. Por favor, permanezcan en sus asientos...

—Vámonos —dijo Chandra a Liliana antes de pasar junto a los demás pasajeros y dirigirse a la puerta.

—... hasta recibir instrucciones del personal de Aradara o un agente del Consulado. Muchas gracias por su colaboración.

Chandra pegó un puñetazo ígneo a la manilla de la puerta. El mecanismo reventó con un estampido atenuado y de él no quedó más que un agujero fundido. Le pegó una patada y la puerta se abrió de golpe. El tren aún avanzaba.

—Tiene pinta de que esto lo haya hecho el renegado —dijo Chandra—. Debe de estar cerca.

Liliana asintió y saltaron del vagón antes de que el tren se detuviera por completo. En las calles, los guardias del Consulado trataban de alejar a la gente de la zona del altercado. Chandra se zambulló en la multitud y se abrió paso a codazos entre una marea de cuerpos que trataban de alejarse de la zona mientras ellas dos pretendían hacer lo contrario.

—Chandra —la llamó Liliana, que se había fijado en algo.

—¿Qué pasa?

—Mira. El de la capucha.

Ilustración de Daarken

Chandra siguió con la mirada hacia donde señalaba Liliana. Una silueta se movía entre la multitud con la pericia de un experto; su rostro estaba oculto bajo una capucha oscura. No las había visto. El sospechoso rodeó la zona restringida, manteniendo a la vista el lugar del altercado.

—Es llamativamente discreto, ¿no crees?

Chandra asintió con firmeza. Era el renegado. Tenían que avisarle—. ¡Eh! —lo llamó—. ¡Eh, tú!

O bien no la había oído, o bien "¡eh, tú!" no era la clase de aviso que quería oír un inventor renegado en medio de una multitud repleta de agentes. Sea como fuere, el encapuchado se alejó de ellas, pasó junto a un grupo de espectadores y evitó un punto de control del Consulado.

Chandra y Liliana fueron detrás de él y no le dieron alcance hasta que se detuvo para acercarse a una mujer.

Ilustración de Raymond Swanland

El hombre se había retirado la capucha, revelando unas largas trenzas grises. Entonces levantó el brazo derecho hacia la mujer y la mano asomó bajo la manga: era una garra metálica.

Chandra y Liliana dejaron atrás a la multitud y alcanzaron al desconocido. Sin embargo, quien captó la atención de Chandra fue la mujer. Tenía cabellos cobrizos como los suyos, pero más oscuros y ahora mezclados con mechones canosos. Llevaba lentes para soldar y sostenía un soldador de mano. La mujer lanzó una mirada fulminante al hombre de la mano metálica.

El corazón de Chandra se detuvo por un instante y unas lágrimas cálidas brotaron en sus ojos. No supo qué decir.

—Al fin he dado contigo, líder de los renegados —amenazó el de los cabellos grises mientras apuntaba a la mujer con el brazo como si fuese un arma—. ¿Creías que tu ridículo espectáculo supondría un problema para mi Feria?

—Te detendremos, juez principal —le espetó ella—. Si no lo conseguimos hoy, pronto lo lograremos.

Liliana agarró al hombre por el brazo izquierdo y lo giró hacia sí. Entonces pronunció un nombre que Chandra no conocía, con una repulsión que la piromante no comprendía:

Tezzeret.

Finalmente, mientras miraba boquiabierta a la mujer de cabellos cobrizos, Chandra encontró la palabra que quería decir. La extrajo a la superficie de su mente arrancándola de un mar de perplejidad, hasta que por fin consiguió exhalarla:

—... ¿Mamá?


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