El bardo y la bióloga

Posted in Magic Story on 9 de Julio de 2014

By Matt Knicl

Matt Knicl walked in off the street one day, sat down at an empty cubicle, and has been telling people he is a junior creative intern for Magic R&D. No one has asked him to leave, though, as he has offered to copy edit "everything." He also enjoys losing frequently playing Commander.

En el plano de Shandalar, en la ciudad de Lesh, un hombre recorría las calles, predicando sobre horrores malignos. Aquello en sí no era un acto fuera de lo común.

Lesh no era ajena a ese tipo de comportamientos. Se trataba de un pozo de corrupción, latrocinio y asesinato; algunos decían que era un reflejo de un misterioso dios malvado que había fundado la ciudad hacía siglos. La deidad había desaparecido tiempo atrás, pero su estigma aún mancillaba y corrompía Lesh, nido de sectas que adoraban a demonios de Xathrid y de agentes de los vampiros de Vaasgoth.

Muchos evitarían la ciudad, por supuesto, si no fuese porque estaba ubicada junto a uno de los principales ríos de comercio de Shandalar. Los gremios de mercaderes gobernaban la ciudad, además de buena parte del hampa local, integrado por algunos de los criminales más notorios del plano.

El hombre que divagaba a gritos sobre criaturas insidiosas se acercaba precisamente a aquellos comerciantes y los agarraba por sus vestimentas, sacudiéndolos uno por uno. Les rogaba que escuchasen, como si los ancianos y pobres fruteros fuesen su única salvación. "¡Tenéis que hacerme caso!", les suplicaba, lo cual solo empeoraba las cosas, ya que eso daba pie a los mercaderes para que ignorasen su incesante discurso.

Los buhoneros, que siempre desconfiaban de los chiflados, habrían llamado inmediatamente a los guardias de no haber sido por las lustrosas y sin duda valiosas joyas que el sujeto llevaba en el cuello y las muñecas. Normalmente, un hombre afectado por semejante demencia no habría recibido un trato cortés ni llamado la atención en un lugar como Lesh, pero dado que lucía en el cuello el equivalente a los ingresos de un año, los comerciantes se mostraban un poco más comprensivos.

Mientras los hombres de negocios trazaban planes en sus puestos para ganarse el favor de aquel hombre y los ladrones llevaban la mano a sus puñales en callejones oscuros, una joven se dio de bruces con el lunático. Llevaba ropa de cuero, desfasada desde la perspectiva de un noble, pero lo bastante refinada a ojos de un mendigo.

Jalira, maestra de la transmutación | Art by Steve Prescott

―Oh, discúlpeme, señor ―dijo ella.

―¡Tú! ¿Tú me ayudarás? ―El hombre llevaba un uniforme de soldado que recordaba al lejano reino de Thune, pero estaba sucio y hedía como si hubiese sido desde hacía tiempo el hogar de aquel desdichado

―¿Qué sucede? ―preguntó la joven mientras le ponía una mano en el hombro.

―¡Los skep! ¡Chiquilla, debemos alertar a todos sobre los skep! ―El lunático no se percató de que uno de sus collares se había partido y deslizado hacia la mano de la joven.

―¡Parecen terroríficos! ―afirmó ella, que depositó las manos sobre las de él y empezó a sacarle los anillos―. Creo que he oído hablar de ellos.

―¿De verdad? Por favor, nadie más me cree ―suplicó mientras miraba a la mujer a los ojos.

Otro hombre se detuvo junto a los dos; lucía una melena negra y cubría su ojo derecho bajo un parche de cuero. Su indumentaria parda del mismo material estaba decorada con la quitina de un insecto albino, como los componentes insectoides que formaban la lira que llevaba a la espalda.

Yisan, el bardo errante | Art by Chase Stone

―Yo también le creo, señor ―aseguró―, pues he luchado y matado a muchos skep a lo largo de mi vida.

La joven se encendió y clavó la mirada en el rival que se acercaba a su presa:

―No me digas ―ironizó entre dientes.

―Pues claro, hoy incluso he abatido a siete antes de desayunar ―respondió el tuerto con una sonrisa―. Cuénteme su historia, buen hombre.

―Oh, benditos seáis ―agradeció él, desconcertado.

―Vaya, señor, parece que se le ha caído algo valioso ―lo interrumpió el recién llegado. Se inclinó, "recogió" del suelo una moneda de cobre pintada de color dorado y la depositó en la mano del señor a la par que le sacaba un brazalete de oro. Con aquel mismo movimiento felino, se situó junto al hombre y le vació los bolsillos.

―Ah, cierto, muchas gracias ―dijo el hombre desaliñado, que se quedó atónito al ver la moneda.

Por encima de su cabeza, el recién llegado mostró una amplia sonrisa a la mujer, que apretó un puño y puso la otra mano sobre el hombro del incauto. El ladrón la imitó y depositó la mano en el otro hombro de la víctima. Por su parte, el agorero estaba tan distraído con la moneda que ni se percató de que se lo disputaban.

Los mercaderes, que sospechaban que el dúo estaba despojando al hombre de sus tesoros y estaban ansiosos por que llegase su turno para rapiñar, se fueron a avisar a los guardias. Si ellos no iban a llevarse una parte, ¿por qué habrían de hacerlo otros?

―¡Jalira y Yisan, apartaos de ese hombre! ―rugió una voz por todo el mercado.

Jalira, la mujer, y Yisan, el bribón del parche, se miraron uno a otro y suspiraron. El comandante de la guardia cabalgó hacia ellos acompañado de seis soldados, dos de los cuales ya tensaban sus arcos hacia los ladrones.

―Jalira, las manos en los bolsillos. Yisan, como intentes echar mano a la lira, haré que te dejen como un alfiletero antes de que toques la primera nota.

Jalira metió las manos en los bolsillos y Yisan se cruzó de brazos:

―Hola a ti también, Dexros ―se mofó el tuerto, acompañando las palabras con gestos de las manos, consciente de que pondría nerviosos a los guardias que estaban pendientes de sus movimientos―. Parece que hay algún problema. ¿Qué sucede?

―Nos han avisado de que habéis estado robando en el mercado.

El rostro de Jalira pasó de transmitir molestia a compasión cuando la joven puso cara de sorpresa y se acercó unos pasos:

―No sea así, señor. Solo estábamos quitándole sus pertenencias a este desdichado para que no acabase con un puñal en la espalda. Tan solo cumplíamos con nuestro deber como buenos ciudadanos ―bromeó.

El lunático parecía confuso y entonces se dio cuenta de que le faltaba el oro. Parecía que no le importaba, porque dio media vuelta para dirigirse al mercader risueño más cercano y siguió pregonando la perdición inminente a manos o garras de los skep. Jalira y Yisan se encogieron de hombros por haber perdido a su presa.

―Quedáis arrestados ―declaró Dexros, el comandante de la guardia―. Venid con nosotros o expediremos una orden de ejecución contra vosotros.

―Yo ya tengo una, así que solo faltaría la de él ―le aclaró Jalira. Yisan la miró, consternado.

―¿Por qué complicas siempre las cosas?

El tuerto se volvió hacia los guardias:

―No vamos a dejarnos capturar.

Dexros estuvo a punto de dar la orden de ataque a sus arqueros, pero en cuanto abrió la boca, Yisan entonó una melodía imperceptible para el oído humano. Prefería tocar su lira, pero cualquier instrumento le servía, incluida la voz.

Cinco de los caballos se asustaron y se encabritaron, derribando a tres jinetes antes de huir al galope por el mercado. Dos de los guardias lograron mantenerse a duras penas en sus monturas. Los que habían caído se incorporaron y trataron de ir a por los ladrones, pero Jalira gesticuló con las manos y un humo azul ondulante brotó de las puntas de los dedos. Los soldados se transformaron en ranitas azules y sus indumentarias vacías cayeron alrededor de ellos. Yisan dirigió a Jalira una mirada de rechazo.

―Esos mosquitos me molestaban ―respondió con una sonrisa.

Broma de la transmutadora | Art by Craig J Spearling

Yisan se lamentó. Estuvo a punto de echarle una bronca por haber interrumpido su melodía, pero se oyó el ruido de más guardias en camino.

―Más vale que nos larguemos de aquí.


Tras huir de Lesh, Jalira y Yisan acamparon a la orilla de un riachuelo que corría junto al camino, a varios kilómetros de la ciudad. Jalira bebía agua de un pellejo mientras Yisan, de pie sobre una roca, leía un libro y tarareaba.

―¿Aún sigues con la cancioncita? ―protestó ella―. La última vez que viajamos juntos, la tuve en la cabeza durante semanas.

Yisan no respondió; en cambio, empezó a tararear más y más alto, hasta que acabó por cantar. Jalira se enfadó con el bardo y le tiró una piedra, pero él ni siquiera apartó la vista del libro, bajó de un salto y se acercó a su compañera:

―Al parecer, el hombre al que robamos era un explorador de Thune llamado Hastric ―comentó a la vez que movía el libro ante las narices de Jalira―. Puede que esta sea la solución a nuestros apuros económicos.

Jalira le arrebató el libro.

―¿Qué apuros económicos? ―preguntó, pero sin sonar muy convincente a oídos de Yisan, que se rio con sorna cuando la joven abrió el libro para leerlo.

―¡Fragmentos de gemas! ―se sorprendió.

―Fragmentos no: fragmentados ―la corrigió Yisan, que volvió a subir a su roca de un salto―. La codicia hace que la vista te traicione.

El bardo rasgueó con su lira, Tolumnus, la misma melodía que había estado tarareando. Jalira ignoró el comentario y siguió leyendo sobre los fragmentados. Había oído rumores acerca de unas criaturas que evolucionaban enseguida, pero sus investigaciones de fisiología se detuvieron cuando se quedó sin dinero para alimentar a sus cobayas... y a ella misma.

Hastric se había propuesto estudiar a aquellas criaturas, pero las notas que Jalira tenía en sus manos indicaban que había enloquecido poco a poco; según parecía, a causa de lo que al principio llamaba el "zumbido". En las partes más recientes, que eran más incoherentes y paranoicas, se refería a ello como el "rasgueo". La última entrada se refería a aquel fenómeno como la "llamada".

En aquel texto se mencionaban mercaderes y viajeros fallecidos en las zonas más remotas de la región de los fragmentados; mercaderes y viajeros que habían dejado tras de sí montañas de oro y otras joyas esperando a que se las llevasen.

Las mejillas de Jalira se encendieron y el pulso se le aceleraba a medida que leía. Se dio cuenta de que tendría la oportunidad de estudiar a unas criaturas únicas e increíbles que el mundo civilizado no conocía, y de paso conseguiría una pequeña fortuna.

―Bueno, vayamos entonces ―dijo Jalira antes de lanzar el diario al bardo, que seguía tocando. La ladrona aún lucía una sonrisa, aunque era tan falsa como siempre.

Yisan atrapó el libro con la mano que usaba para tocar y la canción se interrumpió.

―Deberemos adentrarnos en las tierras kalonianas, bastante más lejos que las ruinas onakke ―aclaró Yisan―, así que más vale que nos pongamos en marcha.

―El bardo se aseguró a Tolumnus en la espalda y tarareó la melodía de siempre en cuanto se pusieron en camino.


El viaje fue más duro de lo que esperaban. Al poco de emprenderlo, Yisan y Jalira se vieron rodeados por una manada de bestias corrompidas por magia oscura, unas criaturas que asolaban la zona desde hacía poco. Jalira convirtió a algunas en sapos y su compañero trató de apaciguarlas, pero su música no les afectaba, así que decidió encantar a unos ciempiés gigantes que había bajo la superficie. Durante la contienda, el dúo escapó.

Después de pasar una noche con una peculiar compañía minera de pensamiento matemático, se alejaron de la costa y se tomaron su tiempo para atravesar el bosque kaloniano, con el fin de evitar las patrullas aéreas de Talrand. Ninguno de los dos contaba con la amistad del invocador de dracos por una serie de razones: entre ambos, Talrand había perdido 20 lingotes de oro, la escritura de un faro y un matrimonio.

Yisan había pasado un tiempo en la espesura de Eloren, que era ciertamente densa y peligrosa, pero no estaba tan poblada de bestias salvajes como Kalonia. Aunque a él lo agotaba y a Jalira la molestaba, el bardo interpretó una pieza con su lira mientras atravesaban las partes más profundas del bosque kaloniano para alejar a las hidras y los colmilludos. Sin embargo, los dedos acabaron sangrándole, ya que tuvo que tocar durante horas.

Finalmente, con un esfuerzo considerable, los dos compañeros llegaron a las inmediaciones del área señalada en el diario. No era la ubicación exacta, pero el sonido peculiar de gorjeos y zumbidos que se describía en el diario de Hastric confirmaba que los fragmentados estaban cerca.

El zumbido se oía constantemente. Yisan y Jalira se abrieron paso por los matorrales y llegaron hasta un acantilado en el que se adentraba una cueva. Por encima de ellos, a lo largo de barranco y hacia el interior de la caverna, estaban colgados los fragmentados, de forma parecida a lo que mostraban los bocetos del enloquecido Hastric. Él los denominaba "progenie menor", pero eran casi del tamaño de Jalira y Yisan. Se deslizaban y colgaban de las rocas que había por encima gracias a sus colas y sus brazos con garras, que salían de lo que Jalira consideraba que era su pecho.

Colmena de fragmentados | Art by Igor Kieryluk

―Sospecho que mi música no funcionará aquí ―susurró Yisan en dirección a Jalira, sin desviar la atención de la colmena.

Su compañera estaba molesta porque él no se callaba, pero sabía que tenía razón. Había al menos una docena de fragmentados y sus extraños chasquidos ahogarían las canciones de Yisan.

El dúo avanzó despacio y solo contaba con el consuelo de que Hastric había sobrevivido allí durante meses. Cuando entraron en la cueva, muchos fragmentados bajaron deslizándose por las rocas para cortarles el paso; no se movían rápido ni de forma agresiva, ni siquiera parecía que sus cabezas estuviesen pendientes de los intrusos. Aun así, todos los fragmentados que se encontraban levantaban su afilado brazo hacia ellos.

―Tengo un plan ―susurró Jalira, intentando ocultar una sonrisa mientras estudiaba a las criaturas.

―No me gusta ―respondió Yisan.

Un humo azul empezó a salir de los dedos de Jalira.


Lo único que conocen es la colmena. El zumbido del nido. La voluntad del señor de la colmena.

Jalira y Yisan luchan contra ella; sus mentes se esfuerzan por controlar sus nuevos cuerpos de fragmentados. Son los de categoría menor. Pueden oír los pensamientos de todo en la colmena... un zumbido constante. Mientras avanzan por ella, se pierden y sucumben a la voluntad del señor de la colmena. Se pierden el uno a la otra, olvidan quiénes son. Por un instante, vuelven en sí y se apresuran a reunirse, resistiendo las ansias constantes de volver a ser zánganos.

La colmena es todo y todo es la colmena.


Después de unos minutos (¿u horas?, ¿o días?), Yisan y Jalira empezaron a recuperar sus identidades. Su capacidad para el libre albedrío regresó lentamente. Dejaron atrás a los "primarios" humanoides y bípedos que Hastric había descrito, los cuales se parecían a las razas conscientes de Shandalar, pero se movían como insectos y gorjeaban con gran intensidad.

El dúo, aún moviéndose como fragmentados, entró en una gran sala con nichos que delimitaban el camino, donde los zánganos manipulaban unas extrañas biomasas. Un fragmentado surcó el viento gracias a sus alas, descendiendo en espiral desde el techo hasta el suelo. Cuando pasaba junto a otros, a esos también les crecían alas y flotaban por unos instantes. Jalira y Yisan notaron cómo a ellos también les brotaban aquellos apéndices, y sabían volar como si lo hubiesen hecho desde siempre. Sin embargo, cuando avanzaron hacia el centro de la colmena, perdieron las alas. En ocasiones, les crecían más cuchillas o empezaban a segregar veneno, pero aquellos efectos desaparecían cuando seguían su camino.

Tras un tiempo que no pudieron calcular, llegaron a la sala central, el núcleo de actividad. El señor de la colmena dominaba la estancia; era una criatura colosal veinte veces más grande que ellos. Hastric había mencionado que era el origen de los fragmentados, su soberano. Los huesos de los muertos (y lo que era más importante: sus oro y sus pertenencias) yacían a los bordes de la sala, como restos de los banquetes del señor de la colmena.

Señor de la colmena fragmentado | Art by Aleksi Briclot

Jalira y Yisan entraron en la estancia, pero sus formas de fragmentados empezaron a disiparse. De algún modo, era el señor de la colmena quien deseaba que terminasen con aquella farsa. Parecía que los observaba y que sus cuchillas se movían de forma casi independiente de su cuerpo serpenteante, oscilante. Desnudos, Jalira y Yisan mantuvieron la vista fija en el señor de la colmena, aterrorizados, pero se dirigieron breves miradas el uno a la otra para saber qué deberían hacer a continuación.

Sin respuesta alguna, los dos se inclinaron ante el soberano. El colosal fragmentado no reaccionó. Ambos retrocedieron en silencio hasta las paredes de la sala y recogieron con cuidado las prendas que había allí. Se vistieron y, sin olvidar el cometido de su aventura, poco a poco se hicieron con todas las monedas y tesoros que podían llevar con ellos y en los harapos que habían rescatado, siempre manteniendo la vista clavada en el señor de la colmena.

Los fragmentados no hicieron nada para abrirles paso, pero tampoco trataron de impedir que se marchasen. Jalira y Yisan ya no contaban con sus disfraces y evitaban mirar a los primarios, que giraban sus cabezas humanoides para observarlos mientras pasaban. Al final, esperando pacientemente a que los fragmentados se apartasen de su camino, el dúo salió de la guarida y llegó al bosque, donde habían dejado su propia ropa.

―Tenemos que ir a Martyne ―dijo Jalira para romper el silencio―. Grendub podrá vender la mayoría de esto.

―Creo que yo me quedaré un rato ―contestó Yisan, que seguía mirando hacia la cueva. Recogió a Tolumnus―. Quiero estudiarlos un poco más. Su música es fascinante. Llévate todos los tesoros.

Jalira no lo miró a los ojos:

―Vale, como quieras ―dijo―. Si confías en mí... Me quedaré el oro que consigamos, pero solo estaré en Martyne unos días.

Parecía que Yisan ni siquiera la oía; tan solo miraba hacia la cueva, rasgando su lira para imitar los sonidos de los fragmentados.

―Me parece bien. Iré detrás de ti más tarde. ―Se sentó para observar a los fragmentados que colgaban de las rocas y rasgó su instrumento con caparazones.

Jalira quería añadir algo más, pero el orgullo la obligó a irse sin mediar palabra. No iba a perder el tiempo con tonterías. Ya sabía lo que quería conocer sobre los fragmentados. Se marchó en dirección a Martyne y esperó que fuese capaz de recordar la dichosa canción que Yisan siempre le metía en la cabeza.

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