La Ruta Roja

Posted in Magic Story on 9 de Septiembre de 2020

By Miguel Lopez

Miguel is a writer and narrative designer whose work has most recently appeared in Lancer, by Massif Press. He is based out of the San Francisco Bay Area, CA.

Nota: Esta es la primera parte de una historia en curso...

En Tazeem, en las profundidades del cañón del río Umara, una pareja solitaria volaba empleando ganchos y cuerdas. Se trataba de una kor curtida en batalla y un tritón alto y ágil que tan solo se detenían entre balanceos. En esos instantes de ingravidez, parecía que el mundo entero se moviera en torno a ellos; en Zendikar, aquello resultaba posible.

Habían pasado viajando la mayor parte de los dos días transcurridos desde su último descanso en el campamento de Porteos Magosi, que a su vez estaba a varios días de las costas rugientes del océano de Halimar, al otro lado del cual se encontraba su hogar, Portal Marino. El dúo estaba siguiendo los rumores acerca de un edro caído, un artefacto de un mundo desaparecido mucho tiempo atrás.

Aquel estilo de vuelo, de balanceos y saltos que desafiaban las leyes naturales, alimentaba unas inquietudes y ocultaba otras: un breve descuido podía provocar una caída libre hacia las aguas revueltas, por lo que las cavilaciones se dejaban a un lado.


Senda de Aguasclaras | Ilustración de Daarken

El gancho guía de Akiri se aferró al desgastado anclaje, la cuerda se tensó con el balanceo y la kor descendió con la confianza de quien sabe que nunca se estrellará. En el punto más bajo de la trayectoria, el mundo era una ráfaga de sonidos y colores: el rugiente río blanquiesmeralda que sobrevolaba, las estratificadas paredes rojas y ocres del cañón a ambos lados, el zumbido de la cuerda kor mientras cortaba el aire... Para ella, volar solo era cuestión de sujetarse en todo momento.

Akiri y su compañero, Záreth, estaban recorriendo el cañón del río Umara, un valle largo, estable y con buen relieve que el río había esculpido durante siglos. Gracias a las paredes escarpadas que descendían decenas de metros desde el borde hasta el río, el cañón estaba repleto de puntos de anclaje naturales y artificiales. Los mejores se habían pintado con colores claros para que los lanzacuerdas que deseasen recorrer la zona en poco tiempo los encontrasen con facilidad. Un viento fuerte soplaba desde lo alto del cañón y resultaba perfecto para descender por la corriente si se buscaba una ruta rápida hacia la bahía de Halimar. Era un cañón para recorrer a toda velocidad, uno de los pocos lugares estables en todo Zendikar. Para una maestra como Akiri, viajar por él resultaba tan fácil como caminar.

Akiri completó el balanceo y aprovechó el ímpetu para impulsarse hacia delante y ganar altitud. Con un giro de muñeca, se desenganchó y ascendió. Un instante de ingravidez entre vuelo y caída, esencial para descansar y recobrar el aliento. Akiri hizo ambas cosas, divisó el siguiente anclaje y lanzó el gancho secundario.

Solo un segundo, un momento desagradable: el miedo, ese viejo amigo que siempre está ahí. En caso de errar con el gancho (imposible) o de que la tierra se desprendiese (bastante posible, aunque improbable debido a que el cañón era de roca), Akiri no volaría, sino que se precipitaría y su vida llegaría a su fin. Otra kor devorada por el Umara. Otra kor que habría olvidado lo que Zendikar pensaba de su especie ahora; incluso los seres nacidos para caminar tropiezan de vez en cuando.

El gancho de Akiri halló el anclaje, mordió y resistió. Sintió la vibración del impacto a través de la cuerda, le llegó al brazo y la notó en el corazón, y entonces cayó sin miedo. En aquel balanceo no tendría dudas: iba a volar.

Unos gritos por detrás de ella le recordaron que no todo el mundo era tan meditativo al practicar aquella forma de viaje.

Záreth, su viejo amigo y compañero, voceaba y chillaba con entusiasmo cada vez que se propulsaba al ascender, celebraba los instantes en que sus ganchos atrapaban un anclaje y la alentaba a seguir.

―¡Akiri! ―gritó él desde atrás―. ¡Por la Roja! ¡La Ruta Roja!

La Roja era una ruta para ganchos difícil y rápida que ascendía por el cañón del Umara. Akiri la conocía muy bien: ella misma la había preparado durante la Batalla, en la que había explorado el terreno y marcado la Roja para su compañía de hábiles lanzacuerdas. En aquellos tiempos, la ruta servía para huir de las bestias hambrientas y los vástagos eldrazi que acechaban en las cimas del cañón; ahora, los lanzacuerdas usaban la Roja para hacer apuestas o presumir. Había sido un cambio para mejor.

Después de varios balanceos para tomar impulso, estaba preparada. En el punto más elevado de su siguiente balanceo, retrasó el lanzamiento y giró en el aire para volver la vista hacia su compañero mientras los cabellos blancos le ondulaban por el rostro.

Záreth volaba detrás de ella. Aún parecía aquel ladrón larguirucho que había intentado robarle los ganchos hace años, solo que ahora tenía algunos años más y su propio juego de ganchos. La juventud, aunque abandonaba a la mayoría, a él jamás lo había dejado.

―¡Sígueme! ―gritó Akiri a su viejo amigo. Comenzó a descender, se giró y lanzó ambos ganchos hacia delante: la Ruta Roja tenía anclajes en ambos lados e iba a necesitar la fuerza de los dos brazos para alcanzar el siguiente punto. Confió en que Záreth imitaría sus movimientos aunque no le siguiera el ritmo.

El miedo siempre estaba presente, sí, pero ¡qué sensación de libertad!

Los gritos alegres de Akiri y Záreth resonaron hacia lo alto del cañón del Umara. Más adelante les aguardaban peligros, lo cual era una constante en todo Zendikar, y más cuando les habían enviado desde Portal Marino para investigar unos rumores sobre un edro caído..., pero, por el momento, aquello parecía un problema muy lejano.

Juntos, Akiri y Záreth volaron.


Akiri, viajera valerosa | Ilustración de Ekaterina Burmak

Aquella noche acamparon en el borde superior del cañón. El sol neblinoso y de tono naranja quemado se esparcía por el horizonte como una yema cocinada, mientras que el sonido del Umara, decenas de metros por debajo, era un rumor suave y constante. Las planicies en lo alto del cañón se extendían hacia el horizonte, solo divididas por las montañas escarpadas y picudas del lejano norte, donde las planicies daban paso a laderas bajas y, más adelante, a la oscuridad magullada del Bastión. Las raíces de las montañas flotaban en el horizonte, como si alguien hubiera arrojado puñados de rocas y arena desde lo alto y hubiera congelado la lluvia de silicato en plena caída.

“Y quizá no se aleje mucho de la verdad”, pensó Akiri.

Estaba sentaba junto al tronco de un pequeño árbol azotado por el viento, concentrada en aplicarse bálsamo de lanzacuerdas por los brazos fatigados. Záreth se había alejado un poco para observar la puesta de sol. Con el orbe en el fondo, el tritón era una silueta oscura que proyectaba una sombra larga y definida.

Volver a emprender una misión con él había desconcertado a Akiri de formas que no se esperaba. Se alegraba de que Záreth hubiera vuelto hace poco a Portal Marino, pero aquello había traído consigo un recordatorio aciago. Un recordatorio de lo que había ocurrido no solo en Tazeem, sino en todo Zendikar. Un recordatorio de quiénes lo habían provocado: gente capaz de danzar entre mundos, tocarlos con su luz brillante por un momento y luego abandonarlos dejando catástrofes a su paso.

El sol descendía y la tarde se tornaba fresca. Akiri recordó el frío que había sentido en Portal Marino a la sombra de Ulamog, la bestia liberada de sus ataduras ancestrales.

Se estremeció al evocarlo. ¿Cuánto tiempo había estado aquella cosa encerrada bajo la tierra? ¿Qué consecuencias había tenido convertir el mundo en una prisión? ¿Y quién o quiénes habían utilizado Zendikar como prisión de los devoradores de mundos?

Apenas pudo contener el estallido de ira que la invadía. “Por eso lo haces”, pensó. “Por Portal Marino y el ascenso a Murasa. Por eso estás en esta misión, ¡recuérdalo!”.

Pasarse la vida recordando era tan agotador como recorrer la Ruta Roja del Umara. Akiri suspiró para aliviar la tensión. Era mejor respirar hondo y notar el aire agradable aunque húmedo del ocaso. El cielo estaba despejado salvo por un fragmento de edro de Emeria, situado lo bastante bajo como para distinguir el velo de la catarata que formaba, como un rocío centelleante e infinito en el cielo abierto. Bajo ella crecía una zona de vegetación densa, un oasis en la llanura. Había aves planeando en torno a la espesura y, cuando se posaban en ella, sus trinos acompañaban el rumor del Umara. Zendikar era una prisión; Zendikar era unas ruinas. Zendikar era un mundo herido que aun así podía resultar hermoso.

―Oye ―la llamó Záreth―, eso que estamos buscando...

―¿El edro?

―Sí, el edro. ¿Por qué crees que pudo caer?

―Mm... ―Akiri levantó la vista hacia el cielo, hacia Emeria―. Supongo que ocurrió sin más.

Záreth refunfuñó y siguió la mirada de Akiri.

―Esas cosas están demasiado ordenadas como para caer sin motivo.

―No te falta razón ―dijo ella.

Los eruditos de Portal Marino discutían acerca del origen de los edros y de los mecanismos que los mantenían suspendidos en el aire. Los observaban con telescopios y registraban hasta el menor de sus movimientos u oscilaciones, contrataban expediciones por rutas conocidas que podían llegar incluso a Emeria (Akiri había liderado algunas) y debatían sobre la nomenclatura de las capas y patrones aéreos que formaban los edros. A pesar de todo eso, ¿entendían por qué permanecían en su sitio o la razón por la que caían? No, al igual que ignoraban su propósito y quién los había creado.

Akiri no se afligía con aquellos temores intelectuales. Las bibliotecas y salas de estudio de Portal Marino solo le resultaban útiles porque ofrecían comida y bebida gratis a los exploradores, lanzacuerdas y aventureros de la casa expedicionaria. ¿Se hacía preguntas al respecto? Sí, por supuesto que sí. ¿Sentía temor al pensar en aquellas cuestiones? Sí y no, del mismo modo que cualquiera temería una muerte súbita.

―Con esa hipótesis podrías hacer amigos prestigiosos ―dijo Akiri. Se levantó y le lanzó a Záreth la bolsita de bálsamo, que él atrapó sin problema―. Cuando vuelvas a Portal Marino, puedo presentarte a varios estudiosos de los edros. Seguro que tienen buenos libros acerca de ellos. Podrían revenderse por una buena suma ―comentó en tono jocoso y sin ánimo de ofender.

―¡Oye! ―respondió Záreth con una risita―. Te recuerdo que solo fui presunto culpable de aquello.

Akiri le creía. Aquel Záreth había huido hace años. El que había regresado a Portal Marino y se había unido a la casa expedicionaria era una persona distinta, de una época diferente.

O eso esperaba ella.

Descansaron mientras preparaban una cena de viajeros: un guiso consistente hecho con cebollas silvestres recién recogidas, tubérculos troceados, carne ahumada y hierbas que encontraron en los alrededores.

―Te has desenvuelto bien por la Ruta Roja ―le comentó Akiri a Záreth, que removía el guiso―, pero tienes que aprender a soltar mejor el gancho secundario. Mañana iremos por la Ruta Verde para que practiques.

El tritón asintió, probó el guiso y echó una pizca más de sal en el caldo.

―Es por el hombro. Me lo rompí en una caída cuando aprendí a lanzar. ―Giró el hombro y Akiri notó que su movimiento era limitado, aunque Záreth exagerase para demostrárselo―. Si no fuese por esto, batiría el récord de ascenso por la Roja ―dijo él con una sonrisita.

Akiri no le veía capaz de lograrlo, pero no se lo comentó. En vez de eso, señaló los ganchos que Záreth tenía en el arnés.

―Esos ganchos no son de los estilos habituales. ¿Dónde los conseguiste?

―Son de una aerorruina. Los usan los kor que exploran las trincheras de Ondu ―explicó Záreth mientras recogía el arnés y separaba un gancho―. Los lanzacuerdas más osados están encontrándolos en las ruinas. ―Se lo pasó a Akiri―. Es el único sitio donde los hay. Para conseguirlos hay que ser valiente o lograr que alguien que lo sea te tenga cariño.

Akiri examinó el gancho por ambos lados. Tenía un grabado elegante y uniforme, un patrón geométrico que le recordaba a un laberinto en espiral con ángulos, esquinas, rombos y cuadrados perfectos. No era natural, pero tampoco de un estilo que reconociese..., salvo de uno que no podía ser.

―¿Este lo encontraste tú? ―preguntó Akiri.

―No. Una persona valiente me tenía cariño ―respondió Záreth con una sonrisa triste―. En cualquier caso, dicen que estos ganchos nunca defraudan.

―Y aun así... ―dijo Akiri enarcando una ceja.

―Ya, el hombro... Nunca hay que creerse todo lo que te digan, ¿a que no?

Záreth mostró su sonrisa de sabelotodo. Ella conocía bien aquel gesto que asomaba a la más mínima ocasión. Su compañero probablemente se había lesionado por el motivo que insinuaba.

―Es precioso ―le dijo al devolverle el gancho―. ¿Y ese patrón que tiene?

―Es idéntico a la superficie de un edro. ―Záreth asintió―. Vi muchos en Ondu y hasta me quedé un tiempo atrapado encima de uno. ―Dio vueltas al gancho en la mano y una pequeña sonrisa se dibujó en su cara―. Toma, quédatelo. Tengo más ―dijo tendiéndole el gancho.

―Gracias ―respondió ella al aceptarlo. Se levantó para recoger su mochila, sacó la cuerda principal y amarró a ella el gancho de la aerorruina. Prefirió no preguntarle a Záreth de dónde había sacado sus pertrechos. “Es más”, pensó, “quizá me convenga no saberlo”. Guardó el gancho en la mochila y volvió a su asiento con un estuche de tela encerada, del cual extrajo un mapa. Akiri lo desenrolló en el suelo seco y sujetó las esquinas con piedras que había cerca. Záreth sirvió la cena en dos cuencos y se sentó al otro lado del mapa.

―¿Seguiremos mañana o pasado? ―preguntó él.

―Mañana. Solo faltan unos diez kilómetros hasta la catarata ―explicó mientras señalaba un punto marcado pero sin nombre en el mapa―. El edro debería estar en la fuente.

―¿Tendremos que preocuparnos por ellos? ―preguntó Záreth.

Akiri no le entendió por unos segundos, pero entonces...

El titán sin piel eclipsaba el sol. El agua caía de su silueta colosal como si fueran cataratas. Alzó sus brazos abarcando el horizonte entero y Portal Marino tembló y centelleó por el calor.

... lo comprendió.

―No, desaparecieron del mundo. Vencimos nosotros. ―Akiri todavía notaba la garganta seca como el polvo solo de pensar en ellos.

Záreth comía mientras miraba hacia el mapa..., pero sin realmente observarlo, advirtió Akiri. Miraba a través del pergamino. Reconocía aquella mirada perdida: era la de alguien que había contemplado cosas que nadie debería ver...

La noche se había mancillado con el brillo naranja del fuego, el hedor de los muertos que se descomponían al instante y los gritos de los vivos. La espada le pesaba, empapada de sangre humeante. Los Eldrazi mataban con un simple contacto; algunos, con su mera presencia. Muchos camaradas habían quedado reducidos a cenizas blancas que impregnaban el aire que ella luchaba por respirar. La primera oleada de la progenie casi los había sobrepasado, pero la habían resistido de algún modo. El aire crepitó con energía y la siguiente oleada se lanzó contra ellos.

Recordó que Záreth distaba de ser un experto durante la Batalla. Lo habían reclutado para liberar Portal Marino porque era capaz de empuñar una lanza y lo habían destinado a la unidad de Akiri, que había sufrido muchas bajas. Ya entonces era alto para su edad y los demás reclutas pensaban que era mayor y tenía más experiencia.

Ella apenas tenía unos años más que Záreth cuando los Eldrazi irrumpieron en el mundo. Se creía invencible porque había aprendido a volar como sus ancestros, empleando ganchos y cuerdas y convirtiendo Zendikar en un inmenso patio de recreo. También era rápida con la espada, una guerrera experta en una banda de campeones. Incluso entonces, su habilidad y su elegancia le habían granjeado fama por todo Zendikar y le habían dado la sensación de ser algo más que ella misma. En compañía de sus semejantes y seres queridos, no había sentido miedo al oír las primeras noticias acerca de los titanes que habían surgido de la tierra. ¿Acaso no era otra oportunidad para cubrirse de gloria? Su banda y ella se unirían a las fuerzas de los Vivos, volarían victoriosos delante de las narices de aquellas cosas que otros llamaban “dioses” y salvarían el mundo.

Eso había pensado.

―Escucha... ―dijo Záreth, que la sacó de su ensimismamiento―. Siento haberos abandonado como lo hice. ―Hablaba en voz baja, en un susurro que ella le creía incapaz de articular―. No soportaba el silencio. Creí que podría liberarme de todo aquello si me iba muy lejos. Si abandonaba Portal Marino, a Kaza, a Orah. Si los abandonaba a todos... ―La mandíbula le tembló al hablar de los remordimientos del pasado―. Y a ti.

El ruido del océano que nunca estaba en calma. Los duros y míseros combates de humanos, kor y tritones contra los zánganos y engendros menores que dejaban polvo a su paso. Por encima de ellos, los estampidos y destellos de la magia de los planeswalkers que se enfrentaban a las bestias más aterradoras.

Akiri tenía derecho a estar enfadada con él. Hubiera podido reprocharle la forma en que se había marchado y el robo de todo lo que se había llevado. Lo mucho que Kaza había llorado por él. Orah había echado pestes de Záreth por huir y había amenazado con matar al muchacho si algún día regresaba, pero aquel era su carácter y Akiri sabía que solo estaba exagerando su rabia, con la que ocultaba su amor y sus temores. Ella también tenía motivos para enfadarse con Záreth; en su juventud, Akiri había aprendido por las malas cuál era el precio de marcharse sin decir adiós, pero desde entonces también había descubierto lo valiosa que es la capacidad de perdonar. En Zendikar, su pequeño mundo herido, curar las heridas no se hacía de forma pasiva: requería práctica. Tanto si se trataba de reconstruir el mundo como de enmendarse a uno mismo, curar las heridas exigía esfuerzo. Y lo mismo ocurría con el acto de perdonar.

―Záreth, me alegro de que hayas regresado.

Su compañero levantó la vista. Por primera vez en días, desde que había vuelto pavoneándose a Portal Marino, Akiri vio al Záreth que conocía.

―Nunca he tenido un sitio al que volver ―dijo él―. Es agradable. Siento que las cosas podrían mejorar. Estar de vuelta en Portal Marino me ha enseñado que hicimos algo más que sobrevivir.

―No solo sobrevivimos ―dijo Akiri―. Salvamos el mundo. Ahora damos fuerzas a sus habitantes y luego viviremos.

Záreth mostró una pequeña sonrisa y guardaron silencio unos segundos antes de reanudar la cena. Se sentaron juntos bajo el árbol al pie del cañón del Umara y, mientras la luz del sol se desvanecía en el lejano horizonte, hablaron sobre asuntos sin importancia alguna.


Al día siguiente llegaron al lugar donde se rumoreaba que había caído un edro. La catarata, que supuestamente se había secado, vertía agua a un ritmo constante.

―Pues aquí... no hay nada ―dijo Záreth entre resuellos y encorvado hasta las rodillas. Se irguió y echó un vistazo a la pequeña cima de la formación que acababan de escalar. Tenía forma de cuenco y el anfiteatro de la cumbre albergaba un estanque sin un origen visible, del que salía un arroyo que vertía agua al cañón que había debajo. La cima estaba envuelta en neblina y la luz del sol era intensa a tanta altitud. Allí apenas crecía vegetación, excepto algunas zonas de hierbajos. Más que un oasis, parecía una incongruencia, un trozo de tierra que no encajaba en absoluto con el resto de la región.

»¡Eh, Akiri! ―gritó Záreth―. ¿Dónde está la roca esa?

Akiri se había alejado hasta el borde del estanque que alimentaba la cascada, la cual habían tardado la mayor parte del día en escalar. De no ser por la tiza blanca que le cubría las manos y los antebrazos, nadie hubiera dicho que acababa de dirigir y terminar el ascenso. Tenía el ceño fruncido y, con las manos en las caderas, echó otro vistazo alrededor para asegurarse. ¿Tal vez se tratase de un hechizo? ¿O quizá algún efecto persistente de la Turbulencia ocultase el edro?

El estanque era una preciosidad cromática, pero era lo único destacable en aquella cima por lo demás vacía. El agua cristalina, con minerales de tonos rojos, azules, verdes y amarillos, estaba totalmente en calma. No hizo falta seguir investigando para saber que Záreth estaba en lo cierto.

―No es una roca, es un artefacto ―le dijo Akiri sin girarse. Tres duros días de viaje lanzando cuerdas y rematados con un ascenso difícil... para no encontrar nada en absoluto. Ni siquiera una roca que se pareciese a un edro.

―En fin, al menos la charca es bonita ―comentó Záreth.

Akiri soltó un gruñido. Sí, era una charca bonita.

―No bebas de ella ―advirtió a su compañero.

―¿Es venenosa?

―Tal vez. ―Akiri tomó una piedrecita del borde y la tiró al estanque. Cuando se hundió en el agua, de pronto desapareció―. Aunque más bien parece magia.

―¿A lo mejor le pasó lo mismo al edro?

―Es perfectamente posible.

Se quedaron allí de pie y dejaron que el viento llenara el silencio. Su silbido parecía solitario.

―¿Y ahora qué hacemos? ―preguntó Záreth.

Akiri se giró hacia él y luego miró el paisaje que había detrás. Todo Tazeem se extendía ante ellos, brumoso por la neblina dorada de la catarata sacudida por el viento. La respuesta se encontraba más allá de aquellas vistas.

―Volver a Portal Marino ―respondió Akiri.

El Faro no se veía desde tan lejos, pero podía imaginarlo junto con la ciudad que se extendía debajo: brillante, lejana y muy prometedora. Una ciudad reluciente en la desembocadura de la bahía de Halimar.

―Aún tenemos trabajo pendiente ―continuó ella―. Allí abajo... y allí arriba.

Záreth contempló el horizonte oriental con ella.

―Bueno, las vistas son agradables. No está mal, aunque no hayamos cumplido el encargo.

―Venga, en marcha ―dijo Akiri con una pequeña sonrisa―. Volvamos a casa.


Aerocascadas de Umara | Ilustración de Jesper Ejsing

Aunque estaba lejos de Portal Marino y no consistía en más que un salón rectangular y algunos cobertizos anexos, el refugio de Porteos Magosi era un faro de civilización en el interior del continente. Situado en lo alto de la gran catarata de Magosi, el albergue era el principal lugar de descanso de viajeros y mercaderes que tomaban la ruta segura para subir o bajar el Umara. Además, solía servir de campamento base o estación de paso para los exploradores.

En todo el lugar se oía el retumbo grave de la catarata de Magosi, la más alta del acantilado, donde el río Umara tenía una caída abrupta de más de noventa metros. Algún tipo de fenómeno geológico había desgarrado el mundo en aquel lugar, elevando una sección y hundiendo la otra. La catarata había sido intransitable durante siglos, pero los exploradores de Portal Marino habían labrado una serie de desfiladeros en zigzag en la pared del acantilado tras la liberación de la ciudad. Aunque eran vertiginosos, ofrecían una ruta relativamente segura desde el fondo hasta la cima. Las cataratas de Magosi reflejaban la historia de Zendikar: un suceso antiguo le había hecho algo horrible al mundo, había muerto gente aunque la mayoría hubiera sobrevivido, nada había cambiado y Zendikar seguía estremeciéndose y agitándose, afectado por una fiebre planar. Y entonces, el mundo y sus habitantes se adaptaban.

Por primera vez en días, Akiri y Záreth pasaron una velada sentados ante una mesa con sillas robustas y comiendo una cena que les habían servido, pagada con dinero e intercambiando bienes que habían traído de su expedición. Incluso pidieron unas bebidas frías y escucharon la melodía con la que un valiente grupo de tritones intentaba superar el rugido grave y constante de la catarata. Decenas de kor, tritones y humanos paseaban por la sala principal del refugio, donde comían, conversaban, regateaban con productos menores e intercambiaban noticias y rumores que habían reunido en sus viajes. En el exterior, el viento transportaba el olor embriagador y el sonido de las pisadas y las voces de las bestias de carga amansadas, que se podían alquilar para realizar porteos al siguiente campamento a kilómetros de distancia.

―Ah, la civilización... ―suspiró Záreth antes de apurar su copa. Masticó el hielo y se masajeó la nuca con las manos―. Creo que voy a tomar otro ―dijo agitando la copa― y luego volveré a asearme. Ya me olvidaba de lo bien que les sienta a las escamas el agua caliente. ―Recogió el monedero compartido y tiró del cordel para abrirlo.

Akiri, que estaba terminando de cenar, levantó la barbilla hacia el monedero.

―Vas a tener que hacer tu magia para encontrar monedas ahí dentro. Hemos gastado lo que nos quedaba en la cena y las provisiones para el viaje de vuelta. ―Akiri levantó una ceja y miró la mochila de Záreth, que estaba junto al equipo de ella en la mesa―. Al menos, lo que yo sepa que nos quedaba.

―Oye, te recuerdo que no me dejas aligerar bolsillos en este sitio ―dijo él.

―Ahora representamos a Portal Marino, Záreth. Ya nos somos unos reclutas famélicos.

—Claro, ahora somos miembros sedientos de la Casa expedicionaria de Portal Marino ―comentó el tritón―. Los eruditos cobran impuestos de manutención; no entiendo qué diferencia hay en que recibamos nuestra parte.

―Ellos se ganan esos impuestos con su trabajo ―respondió Akiri mientras recogía su equipo de la mesa―. Igual que nosotros con el nuestro. Hablando de lo cual... ―Rebuscó en la mochila principal y extrajo una bolsita que lanzó suavemente en la mesa, delante de Záreth. Aunque era pequeña, aterrizó con un golpe seco y un tintineo.

―No me digas que... ―Záreth se rio y agarró la bolsa. La abrió, hurgó en ella sin mirar y sacó una moneda.

―Nos he conseguido trabajo. Pagan mitad ahora y la otra al terminar ―explicó Akiri―. Es una caravana rumbo a Yelmo de Coral; sale mañana.

―Al menos, nos pilla de camino ―dijo él. Sacó algunas monedas más de la bolsita, la ató y se levantó―. ¿Salimos al amanecer?

―¿Acaso lo dudabas?

Záreth rio de nuevo.

―Vale, pues me voy a por otra bebida ―dijo mientras se levantaba.

―Quieto ahí ―lo interrumpió Akiri. Abrió la bolsa, la puso boca abajo y de ella no salieron más que piedrecitas. Záreth soltó una risotada y levantó las manos a la altura de los hombros.

―Me has pillado. ¿Te invito a una ronda y estamos en paz?

―A la ronda y a unos bollos ―respondió Akiri―. De esos rellenos de salsa.

Su compañero se marchó y volvió con las bebidas y los bollos. Se sentó, deslizó la parte de Akiri por la mesa y se pusieron a comer.


Más tarde, ya de noche cerrada y cuando el salón empezó a llenarse, Akiri y Záreth salieron a la terraza que daba al acantilado, donde apuraron una última ración de carne frita sazonada y unas bebidas frías. Habían pasado un buen rato poniéndose al día de sus cosas, esta vez de verdad. Tal vez fuese por las bebidas o por el ambiente tranquilo después de tantos días viajando, pero, durante aquella conversación por lo demás alegre, Záreth le planteó a Akiri una duda que sirvió para cerrar la noche.

―Cuando volvamos a Portal Marino, piensas presentarnos como voluntarios para una misión secreta o algo así. Una expedición a una de las aerorruinas. ―Záreth se reclinó en la silla―. Por eso fuimos en busca del edro, ¿verdad?

Akiri no lo negó y respondió:

―A la de Murasa. En Portal Marino creían que tal vez sacaríamos algo útil de un edro recién caído, pero para eso había que encontrar el supuesto edro.

―¿Y qué planean buscar en Murasa? ―preguntó Záreth―. Las aerorruinas esas están abandonadas y muertas.

―No lo sé ―contestó Akiri―, pero a quien patrocina la expedición no le importa apostar una gran suma a que allí arriba encontraremos algo. Algo poderoso.

―No reconozco a la Akiri que tengo delante, dispuesta a arriesgar su sueño de un mundo mejor por una corazonada.

Akiri asintió.

―La paga es buena. Nadie gastaría tanto por una corazonada. No, esto es una apuesta: una apuesta a que en Murasa encontraremos algo que nos ayudará a reparar el mundo.

―Sé que es mi costumbre, pero... ―Záreth se inclinó hacia ella y bajó la voz―. Podríamos dejar la expedición en plena noche e irnos a otra región. ¿Tú y yo juntos, con tu habilidad y mi encanto? No nos faltaría de nada.

Akiri negó con la cabeza.

―Este es nuestro mundo, con todas sus agonías y enfermedades. Arreglar lo que le hicieron es nuestra lucha, nuestra carga, nuestra labor. No podemos abandonar.

―Tal vez no regresemos para contarlo ―argumentó Záreth.

―Cierto. Nuestra lucha es como la de una... flor tras un invierno largo: puede que un centenar de nosotros mueran por el frío persistente o que nos corte un jardinero celoso, pero somos demasiados como para que la primavera no llegue. Tenemos que intentarlo cueste lo que cueste.

―¿Y si no encontramos nada?

Akiri dio un sorbo a la bebida y no respondió.

―Esperanza, al menos ―sugirió Záreth―. Supongo que puedes volver con eso y ofrecer a la gente algo con lo que soñar.

―¿Esperanza? No ―dijo Akiri sin ser descortés, pero sí firme―. La gente no puede forjar una espada ferviente con la esperanza ni convertirla en un cuchillo delicado. ―Negó con la cabeza―. No quiero dar esperanza a la gente, sino crear un poder que esté a su servicio. Quiero encontrar una forma de darle a nuestra gente, a toda la gente de Zendikar, los medios para que puedan crear un arma con su dolor y usarla para sanar este mundo de una vez por todas.

Záreth dejó de inclinarse en actitud conspiratoria. Akiri estaba firme, seria.

―En fin, creo que va siendo hora de parar ―dijo ella señalando las copas y platos vacíos para romper la severidad que la había invadido―. Me voy a dormir. ¿Nos vemos por la mañana?

―Nos vemos, Akiri ―respondió Záreth en voz baja.

―¿De verdad?

―Me lo has pedido, así que voy a cumplir.

Akiri se quedó mirando a su compañero unos segundos, unos largos segundos. Záreth no la veía como Akiri, la viajera valerosa, la veterana condecorada y célebre lanzacuerdas, sino como simplemente Akiri, la joven oficial kor con la que había sobrevivido a la oscuridad de Portal Marino. La joven cuya piel gris se había cubierto con las escamas de ceniza de sus amigos muertos y el paisaje en ruinas. La joven de ojos iluminados por el fuego y llenos de terror..., pero que le había empujado a seguir adelante. La Akiri que le había puesto la lanza de un muerto en las manos y le había dicho que debía luchar contra las cosas que aniquilaban el mundo con solo tocarlo, porque de lo contrario no quedaría nadie vivo cuando terminase la Batalla.

―Nos vemos por la mañana, Aki ―dijo Záreth de nuevo.

―Bien ―respondió ella―. Bien ―repitió en voz baja al irse.

La noche fue larga y Záreth no pasó ni un instante durmiendo.

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