Zendikar renaciente

Posted in Magic Story on 24 de Febrero de 2016

By The Magic Creative Team

Con contribuciones de Ari Levitch, Doug Beyer, Kelly Digges y Kimberly J. Kreines.

Historia anterior: La última posibilidad de Zendikar

Los titanes eldrazi han sido destruidos. El plano de Zendikar se ha salvado. Y ahora, los cuatro Planeswalkers que lo han hecho posible deben decidir qué harán a continuación.


Juramento de Gideon | Ilustración de Wesley Burt

Tenía la garganta como una lija cuando tragó saliva. Seguramente había roncado. En la comodidad de su catre, envuelto en una cálida manta de piel de buey, Gideon dejó que sus ojos se abrieran. Todavía estaba oscuro en la tienda de campaña, pero retiró la manta y el aire, aunque tranquilo, le mordió la piel con una frescura que presagiaba el estado del mundo en el exterior. El frío que precedía el amanecer le puso la piel de gallina hasta que encontró su camisa y se vistió. Se lavó la cara con el agua que había en un cuenco que descansaba en la silla de la entrada y terminó de vestirse. Había dejado un pellejo de agua colgado en uno de los soportes de la tienda. Lo recogió y se lo ató a la espalda antes de apartar una de las pesadas cortinas de la entrada.

Cuando Gideon se dispuso a salir, un reflejo en el interior de la tienda llamó su atención. Giró la cabeza y vio la silueta de su coraza en un rincón, detrás del catre. Allí se quedaría, junto con las grebas, las hombreras, el escudo y el sural; al menos de momento. Ahora mismo no necesitaba nada de aquello y de pronto se dio cuenta de la ligereza que sentía en la espalda y los hombros. Era una sensación agradable.

El frío también lo era. Soplaba una brisa fresca desde el este, que disipó el calor que había encontrado bajo la manta. Por encima del silbido del viento, Gideon oyó la catarata que vertía el contenido de las masas terrestres que flotaban sobre el otro extremo del campamento. El horizonte empezó a volverse púrpura y Gideon respiró hondo para saborear el aire matutino, impregnado con el aroma procedente de las primeras fogatas donde se preparaba el desayuno.

Entonces echó a correr, con el pellejo golpeteando suavemente entre los omóplatos.

Aquel era su ritual, si es que se podía llamar así después de solo tres días: tras despertar antes del amanecer, Gideon corría sin el estorbo de las armas ni la armadura, libre de la logística de mantener un ejército. Podía concentrarse en respirar. Su única preocupación era que cada paso siguiera al anterior.

La ruta de Gideon le llevaba alrededor del perímetro de lo que había sido el gran campamento zendikari. El lugar era una aglomeración de islas flotantes que rodeaban un enorme edro abandonado que se había inclinado. Las diversas masas terrestres estaban conectadas mediante cuerdas y puentes.

Isla | Ilustración de Adam Paquette

En aquel lugar, que se había bautizado como Roca Celeste, las gentes de Zendikar habían formado un ejército sin precedentes para luchar juntos contra la destrucción que auguraban los Eldrazi. Antes de que el ejército marchara hacia Portal Marino, el campamento había crecido tanto que la tierra flotante no era suficiente para amparar a todos, por lo que se había levantado un campamento secundario a la sombra de Roca Celeste. Sus números habían disminuido desde entonces. Muchos habían encontrado su fin en Portal Marino y, aunque habían destruido a los titanes, más y más zendikari malheridos fallecían a diario.

En las alturas, las nubes anaranjadas bajo la luz del amanecer surcaban el cielo tenue. Siguió su rumbo con la vista hacia el horizonte, donde el sol amenazaba con atravesar la superficie del mar. Los ojos de Gideon se detuvieron en un punto intermedio: las ruinas de Portal Marino. Incluso a la luz baja de la mañana, podía ver lo que antaño había sido un dique de piedra blanca y reluciente, coronado por un gran faro; ahora no había más que vestigios de su antigua gloria, un diente podrido en la boca de la bahía.

Portal Marino. La cuenca de Halimar. Allí había ocurrido todo. En su mente, Gideon yuxtapuso la secuencia de acontecimientos recientes sobre el paisaje, incluida la destrucción de los Eldrazi. Jace debía de ver el mundo de esa forma, como una serie de situaciones que seguían una especie de orden lógico que podía distinguir. Jace había demostrado su valía. Se había quedado cuando otros se habrían ido. Había sido la persona adecuada para resolver el enigma de las líneas místicas. Además, ahora eran hermanos de juramento.

Gideon pensó en los Guardianes, aquellos tres Planeswalkers que compartían su visión. Además de Jace, Nissa, a quien conocía desde hacía poco, se había comprometido a ayudar a otros mundos más allá del suyo.

Y luego estaba Chandra. Al final había venido. Claro que sí.

Gideon corrió por un puente colgante que unía dos colosales rocas y las tablas de madera temblaron con cada pisotón. Después de cruzar se detuvo un momento, echó mano del pellejo y se lo acercó a la boca para beber.

―¿Hoy estás perezoso? ―dijo alguien por detrás de él. Unas botas pisaban con fuerza las tablas del puente y Gideon se volvió justo para ver pasar una silueta junto a él; se sobresaltó y derramó un chorro de agua que le empapó la camisa.

―Solo quería darte la oportunidad de alcanzarme, comandante-general ―respondió a Tazri. Sonrió y fue detrás de ella; ahora le tocaba a él alcanzarla. Puso las piernas a trabajar y corrió a toda velocidad. En cualquier momento llegaría su ocasión de burlarse al adelantarla. En cualquier momento... Sin embargo, por mucho que se esforzase, Tazri se mantuvo por delante. Y a Gideon le encantó.

Los dos soldados corrieron juntos sin hablar durante un rato. Recorrieron los alrededores del campamento al son constante de sus pisadas y su respiración.

El campamento despertó poco después. Se encendieron más fogatas y los sonidos típicos de un ejército al romper el día llenaron el ambiente―. Voy a hablar con los voluntarios ―comentó Tazri sin aflojar el paso. Gideon giró la cabeza hacia ella y siguió su mirada hacia el lugar donde un nuevo grupo, una compañía mixta de kor y elfos, se preparaba para partir hacia algún rincón remoto del plano.

―¿Cuántos crees que se quedarán? ―preguntó Gideon. Ulamog y Kozilek habían muerto, pero seguían recibiendo informes con avistamientos de engendros.

―No lo sé. ―Tazri soltó un sonido a medio camino entre un bufido y una risita―. Pero tengo la sensación de que dentro de pocos días acabaremos corriendo alrededor de un campamento vacío.

―Entonces deberías preparar tu discurso. ―Gideon le mostró una sonrisa, pero Tazri estaba en otra parte. Estaba en la tienda de mando, consultando mapas y debatiendo con sus oficiales. Estaba en el almacén, discutiendo sobre los suministros. Estaba en el campo de batalla, liderando desde la vanguardia. Y estaba en su mente, preparando discursos. La carga del liderazgo. Ahora era suya, de la comandante-general Tazri. Gideon creía que era la más capacitada.

―¿Y qué hay de ti, Gideon? ―preguntó ella―. ¿Puedo contar con que nos ayudarás a acabar con los últimos Eldrazi?

Cuando volvieron a encontrarse tras huir de la cueva del demonio, Gideon había notado un cambio en Tazri. En aquel momento no tenía manera de describirlo, pero ahora le parecía que era una sensación de calma. Acabaría envuelta en la vorágine que acompañaba al liderazgo, pero no se doblegaría ante ella. Tazri estaba decidida a resistir todo el tiempo que hiciera falta―. Estoy a tus órdenes, comandante ―dijo Gideon.

―¿Hasta...? ―dejó ella en el aire.

―Hasta ―confirmó él. Gideon no era nativo de Zendikar. Había viajado al plano para hacer lo que pudiese contra los Eldrazi, pero otras amenazas se cernían sobre más mundos y había prometido a los Guardianes que intervendría donde otros no podían hacerlo.

Volvieron a correr en silencio.

―Pues hasta entonces, me alegro de que estés con nosotros ―dijo Tazri unos momentos después. Esta vez fue ella la que sonrió y aceleró el ritmo de repente, y Gideon no fue capaz de seguirla.


Dos manos ásperas y callosas tocaron el hierro. En la piel apenas quedaban restos de la sangre reseca del campo de batalla, pero aún había algunas líneas rojas bajo las uñas. El hierro que tocaron no eran ni el pomo de una espada ni la superficie curva de un escudo, sino el fondo metálico y frío de un grueso caldero. Palparon la base rugosa y las patas robustas y bajas, subieron rozando el borde ancho y el cucharón de tamaño exagerado que colgaba en un lateral y se posaron a ambos lados del caldero. Allí, descansando contra el metal, las manos transfirieron su temperatura. Un calor constante fluyó desde los dedos y las palmas hasta el hierro negro, y desde él hasta el caldo frío del interior.

El caldo se templó lentamente hasta hervir y la tapa se agitó, desprendiendo un aroma reconfortante. Olía a hierbas, tubérculos y cebolla dulce; era una receta nacida de la necesidad, hecha con los ingredientes que habían traído algunos soldados de Tazri el día anterior. La prepararon allí mismo, en el lugar donde los titanes habían surgido y caído; el campo de batalla volvía a ser solo un campo.

Chandra separó las manos del caldero y se apoyó en los brazos para cambiar de posición en su asiento improvisado y no precisamente cómodo. Sujetó el desmedido cucharón con una mano y levantó la tapa con la otra. Tuvo que inclinarse un poco sobre la olla y sus lentes se empañaron al asomar. Hundió el cucharón generosamente para recoger la enjundia que se había depositado en el fondo y llenó un cuenco hasta el borde.

Sirvió el desayuno desde su asiento hasta que nadie más hizo cola. Cuando los exploradores regresaron con más raíces y hierbas y rellenaron el caldero, volvió a calentar el caldo y sirvió una segunda ración para todos, e incluso hubo quienes tomaron una tercera.

Chandra tenía los músculos doloridos de tanto estar sentada; además, el objeto que había decidido usar como asiento no hacía bien su servicio. Pero no le quedaba más remedio.

Cuando los soldados se llevaron el caldero, Nissa se acercó con un montón de mantas entre los brazos. Chandra le dedicó una sonrisa torcida y Nissa depositó en su regazo las mantas, capas y capas de lana áspera y fragante. Los ojos de Nissa eran tranquilos y reflexivos, de color verde sobre verde. A Chandra le gustaban sus movimientos armoniosos y sus manos amables.

Bajó la vista hacia la pila de mantas. Cerró los ojos, se centró... Y entonces se abrazó a las mantas con una sonrisa y hundió la cabeza en la lana. Mientras su cuerpo las envolvió y sus palmas (casi limpias de sangre) apretaron el tejido, las mantas se calentaron.

Le pareció extraño usar la piromancia de forma tan mundana, pero le gustó. Un hechizo sencillito para dar calor, conjurado con un simple hilo de maná... después de haberse convertido por unos instantes en el conducto humano para el maná de todo un mundo. Chandra se sentía fatigada, dolorida en una especie de músculo abstracto que no podía estirar. En cambio, esto le parecía...

Ínfimo. Modesto. Correcto. Un regreso a canalizar centellas de maná y aprender hechizos de calor. Casi como regresar a la normalidad.

Una ligero remolino de vapor brotó de la lana. Se separó de las mantas y Nissa volvió a recogerlas entre los brazos. Chandra observó a su nueva... ¿aliada? ¿Compañera? No, una persona que nos ayuda a sobrevivir es una amiga. Vio a Nissa caminar entre los convalecientes que descansaban en las tiendas de campaña y los catres improvisados, repartiendo las mantas calentadas mediante magia. Las colocó sobre los hombros magullados y los torsos temblorosos mientras los sanadores y clérigos zendikari realizaban sus curas.

Jace no se acercó a saludar. Estaba junto a un edro del tamaño de una roca, envuelto en su capa. Permanecía quieto, pero de algún modo parecía como si paseara, quizá recordando absorto los sucesos de los últimos días.

Por fin apareció Gideon, con el sural guardado en la cintura. Aquella mañana apenas llevaba armadura, pero Chandra se fijó en que seguía atento a los alrededores y comprobaba el estado del campamento y los accesos de Roca Celeste; "siempre vigilante, en la guerra o en la recuperación", pensó. Se puso al lado de Chandra, junto a su hombro―. He hecho una batida con Tazri. Aún quedan algunos engendros, pero hemos eliminado a la mayoría. Estamos a punto de acabar.

―Buen trabajo, lord-comandante-caballero-general. ―Le dio un golpecito en el bíceps.

―Vuelvo a ser solo Gideon. ―Apoyó los pulgares en las correas del peto―. ¿Esa cosa es cómoda?

―Bueno, quería sentarme en ella ―dijo Chandra encogiéndose de hombros. Se apoyó en los brazos para cambiar de posición en el asiento improvisado.

―¿Piensas volver a Regatha? ―cambió él de tema.

―Gideon, el otro día hablaba en serio. Hasta levanté la mano y todo.

―Lo sé, pero puedes regresar si tienes compromisos pendientes.

―Je, ¿acaso tienes que darme permiso?

―Lo que quiero decir es que nuestra labor ha terminado por ahora. Has cumplido tu parte. Podemos volver a reunirnos cuando nos necesiten.

―Voy a implicarme en esto, Gideon ―dijo dándole un codazo en las costillas―. Ahora formo parte de los Guardianes.

―Bueno es saberlo. ¿Qué tal las piernas? ―preguntó evitando bajar la vista.

―Meh... ―refunfuñó Chandra. Se llevó las manos inconscientemente a las rodillas. Tenía sensibilidad en las piernas, aunque muy poca, como si fuesen suyas solo en parte. Dio golpes suaves al suelo con los pies para demostrar que ya los movía―. Se recuperan. Los sanadores dicen que fue por culpa del hechizo, el grande; al parecer quemé más reservas de las que debía. Me han comentado que estaré bien dentro de unos días, pero yo creo que es cuestión de horas. Que intenten impedirme bailar.

Las cejas de Gideon se crisparon por un instante; no pudo disimular el gesto. Aquel hombretón creía que la preocupación era como la ropa interior y la ocultaba bajo capas de entereza y acero.

―Si no hubieses venido... ―Gideon dejó la frase inconclusa y negó con la cabeza.

―Pues sí, menos mal que me lo pediste ―comentó ella. Le pegó un puñetazo en el brazo.

Gideon se quedó quieto, tratando de encontrar algo que mirar en el horizonte.

―Eh ―lo llamó Chandra―, hemos ayudado a esta gente. Podemos ayudar a otros.

―Vale, pero no uses nada más que esos hechizos menores por un tiempo ―le dijo apretándole un hombro―. No hagas esfuerzos. Yo voy a... ―Miró alrededor―. Voy a hacer otra ronda. ―Y se marchó.

Chandra se ayudó de las manos para mover y cruzar las piernas. Se recostó en el "asiento", que daba la impresión de ser de hueso chamuscado, pero visto de cerca no parecía hueso. Se preguntó qué parte del cráneo de Ulamog había sido; quizá de la nuca, donde la musculatura espinal del titán había estallado en fragmentos de vacío. Chandra esperaba que fuese de la parte delantera, entre las protuberancias de la mandíbula; de la máscara que se había vuelto hacia ella mientras era pasto de las llamas. Se tumbó y apoyó la cabeza en sus manos ásperas y callosas.


Juramento de Jace | Ilustración de Wesley Burt

Jace estaba al lado de un gran edro caído, alejado de la multitud de zendikari. Desde aquel lugar elevado veía el valle donde el glifo de líneas místicas de Nissa había quedado grabado en la tierra, brillando con una luz verde e intensa. Se preguntó si desaparecería con el tiempo.

Vio que Gideon se acercaba a Chandra, quien seguía confinada a su ridículo trono; no podía caminar desde que canalizó el maná de todo un mundo en un torrente de fuego descomunal. Jace se preguntó si eso también desaparecería con el tiempo. Le habían asegurado que sí.

Chandra estaba encorvada y se concentraba en la delicada piromancia de generar calor sin crear fuego. En cuanto vio a Gideon, sonrió, sus hombros se relajaron y sus manos siempre inquietas se calmaron. Cuando terminaron de hablar, Chandra estaba un poco más erguida. La historia de Gideon con ella era casi idéntica a la que había tenido con él, por lo que Jace había averiguado. Al igual que en su caso, Gideon había ido en busca de Chandra, aunque con el propósito de recuperar un pergamino robado. Ahora Chandra saludaba a Gideon con entusiasmo, mientras que a él seguía mirándolo con desconfianza.

Tal vez hubiese un componente mágico en lo que hacía Gideon, pero Jace creía que no era el caso. Había observado al comandante-general ayudando a sus tropas tras la batalla: compartía algunas palabras de ánimo, ponía manos firmes sobre los hombros, se arrodillaba en silencio al pie de las sepulturas y escuchaba las oraciones por los muertos. Sembraba alivio y esperanza allá donde iba. "Son dotes de liderazgo". Se preguntó si funcionarían con él igual que con los demás.

Jace debería ser capaz de reproducir el efecto usando la telepatía para deducir qué palabras debía decir o qué cosas podía hacer para ofrecer consuelo y ánimo. Para conseguir que la gente confiara en él. Sin embargo, Gideon no era un telépata, como todos sabían. Él tan solo entendía lo que debía hacer. Tal vez fuera ese el motivo por el que sus dotes funcionaban. Lo mejor sería dejar el carisma para el carismático y centrarse en proporcionar a Gideon la mejor información posible para que tomase sus decisiones honradas y sinceras. Jace notó una punzada de culpabilidad, porque ya había pensado en ganarse a Gideon durante alguna discusión hipotética en el futuro, para que él convenciera a los demás. Pero claro, eso era lo que Jace hacía siempre: trazar planes.

Precisamente por eso se sentía incómodo en la situación actual. No había ningún plan. Dos titanes eldrazi habían muerto; muerto de verdad, según indicaban las comprobaciones de Jace, la intuición de Nissa y la inmensa cantidad de vísceras eldrazi esparcidas por el valle. Solo quedaba una titán suelta; puede que continuara acechando en Zendikar, pero lo más probable era que no. Tampoco había rastro de Sorin Markov y Nahiri la litomante, los aliados desaparecidos de Ugin, y el propio dragón aún no se había dejado ver tras la caída de los titanes.

Los nuevos amigos de Jace parecían conformarse con ayudar a los zendikari a reunirse con sus familias, limpiar el desastre de los alrededores y dar caza a los vampiros subyugados, los adoradores de los Eldrazi y los pocos engendros que habían sobrevivido a la conflagración. Tareas loables, sin suda, pero tareas que los lugareños podían desempeñar por sí mismos. Buscar a los aliados de Ugin, descubrir el paradero de la tercera titán, atender otros problemas como el del Velo de Cadenas... Esas eran las amenazas que solo podían solucionar los Planeswalkers. Los Guardianes. Ese era su propósito, ¿no?

La voz de alarma de un centinela lo sacó de su ensimismamiento. La alerta sonó como un gorjeo, lo que indicaba la presencia de un enemigo volador. Jace levantó la vista dominado por el pánico. En el horizonte, apenas visible en el cielo azul despejado, había una silueta luminosa con alas que batían lentamente.

Ugin.

―¡No os enfrentéis a él! ―advirtió Jace―. ¡Es un aliado!

"O eso espero". De hecho, no había forma de saber cuál sería el ánimo actual de Ugin, pero Jace no pensaba permitir que su bando iniciase las hostilidades.

Los demás le hicieron caso. Las ballestas se bajaron y las bolas de fuego se disiparon cuando Ugin empezó a descender sobre el valle... directo hacia Jace.

Gideon, Chandra y Nissa entendieron la situación. Gideon llegó corriendo, Nissa pareció surgir de entre la maleza y Chandra se puso en pie con mucha dificultad, estuvo a punto de caer y se acercó tambaleándose, usando un largo hueso chamuscado a modo de bastón. Los tres se unieron a Jace antes de que el dragón de doce metros aterrizase con estrépito delante de él y sus garras abrieran un surco en el suelo.

―¿Qué habéis hecho? ―bramó el dragón espíritu. Una ola de calor alcanzó a Jace; los fuegos internos de Ugin ardían de ira.

A pesar del aviso de Jace, los soldados zendikari rodearon a Ugin; su tono furioso los puso alerta y echaron mano a las picas y las espadas. El dragón pareció no darse cuenta, lo que probablemente indicaba cuánto le preocupaban.

―Hemos salvado Zendikar ―respondió Nissa.

―¿Y que has hecho? ―replicó Chandra―. Desde hace un tiempo, quiero decir.

Jace se acercó unos pasos a Ugin.

―El plan lo tracé yo. Los demás solo tienen culpa de haber confiado en mí. Si tienes algo que objetar, págalas conmigo y solo conmigo.

―De eso ni hablar ―protestó Gideon.

―Matamos juntos a los titanes ―dijo Nissa―. Todos somos responsables de ello.

―Bueno, a los titanes los maté yo ―añadió Chandra con complicidad―, aunque los demás me echaron una mano.

―Beleren, explícate ―se hartó Ugin.

―Actué en función de lo que sabía ―dijo Jace intentando que no le temblara la voz. Por muy sabio, anciano e inteligente que fuese Ugin, seguía siendo un dragón y tenía el tamaño y el temperamento de uno. Y sus dientes―. Hicimos un esfuerzo conjunto para atrapar a Ulamog, tal como habíamos acordado tú y yo, pero un Planeswalker que no conocíamos frustró nuestro plan por una especie de venganza. Entenderás que no lo hubiésemos previsto.

Nissa apretó con fuerza su bastón. Ob Nixilis había escapado y Jace sabía que eso le remordía la conciencia. Un propósito más que añadir a su lista de compromisos extraplanares.

―Lo entiendo ―aceptó Ugin―. Prosigue.

―El otro imprevisto fue que Kozilek seguía en Zendikar ―continuó Jace―, un dato que no conocías o del que no me informaste. Con todo respeto, ninguna de las dos posibilidades me reconforta.

―La red de edros se encontraba en un estado lamentable y mi capacidad para buscar a los titanes era limitada ―argumentó Ugin.

―Entonces, ¿Emrakul podría estar en cualquier parte? ―preguntó Gideon.

―Puedo ocuparme de esto, Gideon ―dijo Jace.

―Vuestras correrías sacudieron este mundo como si fuera una campana ―respondió Ugin―. Pude llevar a cabo una inspección minuciosa utilizando los... ecos. Emrakul abandonó el plano hace tiempo.

Jace no sabía si sentir alivio o preocupación.

―En cualquier caso, Kozilek nos pilló desprevenidos ―dijo―. Tuvimos que ocuparnos de dos titanes, ya no podíamos demorarnos haciendo preparativos y tampoco sabíamos cuánto tiempo más permanecerían en Zendikar. Tú mismo dijiste que no debíamos permitir que se marchasen.

―Pero tampoco teníais motivo para creer que lo harían de inmediato ―objetó Ugin―. Deberíais haber tratado de contenerlos de nuevo.

―Al contrario ―replicó Jace―. Tenía motivos para creer que los defensores de Zendikar podrían actuar precipitadamente y ahuyentarlos, a pesar de mis esfuerzos por convencerlos de que no lo hicieran. Es más, una de nuestras aliadas lo intentó. No teníamos tiempo para construir una nueva trampa de edros, pero entre nosotros hay una animista capaz de alterar directamente las líneas místicas de Zendikar, sin la ayuda de los edros. Por eso pensé...

―Ya veo ―interrumpió Ugin―. Todo cobra sentido: podíais contenerlos mediante el glifo, pero sin los edros para absorber su energía y mantener en posición las líneas místicas, vuestras únicas alternativas eran permitir que los titanes se marcharan o traerlos completamente al espacio físico y destruirlos.

Jace pestañeó con perplejidad.

―Dijiste que no era posible.

―Afirmé que no podrías hacerlo ―corrigió Ugin―. Y tú me hiciste creer que no lo intentarías, así que ahórrate las santurronerías.

―Un momento ―intervino Nissa―. ¿Sabías que se puede matar a los titanes? ¿Lo sabías cuando los encerraste en el plano?

Ugin se irguió sobre las patas traseras y adoptó aires de maestro que se disponía a sermonear a sus alumnos.

―Habéis acabado con dos seres vivos que eran más antiguos que muchos mundos. No conocíais su propósito, su rol ni el impacto de sus vidas o sus muertes. Habéis puesto en riesgo este plano y preferido enfrentaros a consecuencias que ignoráis, todo con tal de matarlos. Y lo habéis hecho porque podíais.

Se hizo el silencio y la única que se atrevió a hablar fue Chandra―. Vaya que si lo hemos hecho.

Ugin volvió a apoyarse sobre las cuatro patas y soltó un suspiro.

―No hay fuerza más peligrosa y caprichosa en todo el Multiverso que los Planeswalkers ―dijo negando con la cabeza.

―¿Qué ocurrirá ahora? ―preguntó Jace.

―Lo desconozco ―respondió Ugin―. Por lo que sé, nadie había matado jamás a un titán eldrazi. Tengo teorías acerca de su naturaleza y lo que podría suceder ahora que dos de ellos han perecido. Las consecuencias tal vez no se manifiesten hasta mucho después de que vosotros fallezcáis, así que podéis considerar esto como una victoria si así lo deseáis. Por lo que a mí respecta, analizaré sus restos y haré preparativos de cara al futuro.

Los amigos de Jace pusieron cara de asco.

―Permíteme colaborar ―se ofreció él―. Comparte conmigo tus teorías sobre los Eldrazi y entre los dos...

―Jace Beleren ―lo amonestó Ugin―, has demostrado ser un socio en extremo arrogante y poco de fiar. Si insistes en ayudarme, lo mejor que puedes hacer es irte de aquí. De inmediato.

―¿Y qué pasa con tus antiguos aliados? ―preguntó Jace, incrédulo―. ¿Y con Nicol Bolas?

―No impediré que investigues su paradero ―respondió el dragón―. No obstante, he de advertirte que Sorin Markov y Nicol Bolas serán mucho menos indulgentes si interfieres en sus asuntos.

Ugin levantó una garra y señaló a los zendikari de los alrededores y el valle repleto con los restos de los titanes.

―Haz saber a todos que no deben interrumpir mi labor. Si solicito una parte de los cadáveres, mía ha de ser. Si digo que algo debe permanecer donde esté, allí se quedará.

Chandra se interpuso entre Ugin y el trozo del cráneo de Ulamog que usaba como asiento.

―Tendrás que acordarlo con los zendikari ―comentó Gideon.

―Dudo que prefiráis dejar el asunto en mis manos. ―Ugin soltó un bufido abrasador―. Adiós, asesinos de titanes. Espero que volvamos a vernos en circunstancias más cordiales... o que nunca lo hagamos. Ambas posibilidades me parecen aceptables.

Y así, el enorme dragón levantó el vuelo y se alejó sobrevolando la recién vaciada cuenca de Halimar.

―Ha ido bien la cosa ―dijo Chandra.

Jace hundió la cara entre las manos.

Gideon hizo un gesto a Chandra, Nissa y el resto de los zendikari para que se marcharan y volvieran a sus quehaceres. Luego se sentó en una roca al lado de su amigo.

Jace bajó la vista hacia él y tomó asiento a su lado.

―Parece que los problemas no han terminado ―comentó Gideon. Sentados, apenas era un poco más alto que Jace.

―No lo han hecho, no ―dijo Jace.

Le había hablado a Gideon acerca del Planeswalker dragón Nicol Bolas, quien al parecer había maquinado la liberación de los Eldrazi. También acerca de Sorin Markov y la litomante Nahiri, que habían ayudado a encerrar a los Eldrazi tiempo atrás y a quienes Ugin le había pedido buscar.

―Sé que quedan cosas por hacer en Zendikar ―aventuró Jace―, pero...

―Esos juramentos que hicimos... ―razonó Gideon―. No eran idénticos, porque no todos pensamos de la misma forma.

Jace se había dado cuenta de ese detalle. El juramento era una manera de unir a cuatro personas muy diferentes... pero "la justicia y la paz" y "el bien del Multiverso" representaban cosas distintas. Aun así, hablarían de ello cuando llegase el momento de hacerlo.

―Tengo que quedarme hasta estar seguro de que esta gente seguirá a salvo ―continuó Gideon―. Imagino que Nissa hará lo mismo hasta que sepa que la vida perdurará. En cuanto a Chandra... Bueno, supongo que no puedo hablar por ella ―dijo con una risa entre dientes.

»En cualquier caso, necesitamos saber cuál será la amenaza más inmediata ―prosiguió―. No basta con reaccionar al problema más reciente.

―¡Exacto! ―dijo Jace―. Entiendes lo importante que es recabar información.

―Por supuesto ―confirmó Gideon―. ¿Cuál crees que debería ser nuestra mayor prioridad?

―Nicol Bolas es terrorífico ―afirmó Jace con la cabeza baja―. Preferiría no enfrentarnos a él hasta conocer mucho mejor sus intenciones. Por otro lado, no podemos seguir a la tercera titán ni descubrir adónde podría dirigirse. Nos queda el asunto de Sorin y Nahiri, los aliados de Ugin. Iré a Innistrad y encontraré a Sorin. No sé si nos ofrecerá más ayuda que Ugin, pero tampoco puede colaborar mucho menos que él.

Gideon asintió despacio.

―Confío en tu juicio ―dijo mirando a Jace a los ojos―. ¿Cuándo estarías listo para partir?

―Hoy ―respondió Jace―. Solo necesito preparar mis provisiones y hacer algunas preguntas sobre Sorin.

―De acuerdo. Nosotros estaremos aquí.

Gideon se levantó y se marchó sin darle la palmada en el hombro que administraba cuando daba órdenes a los demás.

"Cuando da órdenes", pensó Jace. No se sentía como si le hubiera ordenado nada. ¿Acababa de...?

"Maldita sea", se percató Jace. También funcionaban con él.


Juramento de Nissa | Ilustración de Wesley Burt

La oscuridad hacía difícil que Nissa encontrara una distracción que mereciese la pena. Había logrado ignorar la carga que llevaba en el bolsillo mientras el sol brillaba en el cielo. Entre repartir mantas calientes a los zendikari, unirse a Gideon en sus numerosas rondas por el perímetro y lavar los primitivos platos en la catarata cercana... Y luego estuvo la providencial aunque inquietante aparición del dragón espíritu. No había tenido ocasión de estar quieta desde que despertó. Ahora que la noche había reclamado la consciencia de la mayoría de los moradores de Roca Celeste, el flujo natural de actividad había cesado y el murmullo constante y tranquilizador de las conversaciones había dado paso al silencio. No era el silencio que Nissa recordaba de las noches de su juventud. En aquella época, una noche solo era silenciosa en comparación con el día. Aunque la mayoría de los sonidos que hacían los elfos cesaban de noche, parecía que solo lo hacían con el propósito de dar paso a los sonidos de las criaturas que empezaban a despertar. En cambio, en este mundo, en el Zendikar posterior a los titanes, no había criaturas que empezaran a despertar. En vez de ello había montículos de corrupción blanquecina. No había árboles con ramas entre las que silbaba el viento; había espacios negativos, agujeros dispuestos en patrones antinaturales, repetitivos y cubiertos de un brillo aceitoso. En este Zendikar, el silencio de la noche era mucho más completo. Y ese silencio era lo que destacaba en los oídos de Nissa cuando cesaba toda actividad.

Era la primera vez que veía el glifo desde que había quedado grabado en el suelo. Los otros lo habían visitado. Había visto a Jace analizándolo, había visto a Gideon paseando por él y recorriendo ensimismado la curvatura de las líneas. Muchos zendikari se habían acercado a dejar pequeños amuletos en la linde y se descalzaban antes de pisar la hierba que brillaba suavemente. El alma de Zendikar también estaba allí. Nissa podía sentirla. La había esperado todo el día. Solo tenía que entrar en contacto con ella, pero no lo hizo. Aún no.

En vez de eso, caminó hasta el centro del glifo procurando no pisar las líneas. Una vez que llegó al triángulo de tierra despejada, se arremangó. La tensión de sus hombros desapareció cuando se arrodilló en el suelo, rodeada por todos lados de un cálido resplandor verde. Había llegado el momento. Nissa empezó a cavar.


Cuando terminó había cuatro hoyos en la tierra, uno para cada una de las semillas que el vampiro le había entregado tiempo atrás; se sentía como si hubieran transcurrido años. Nissa había separado los hoyos con cuidado, teniendo en cuenta el tamaño de cada planta. El jaddi era el árbol que más espacio necesitaba para crecer. Su enramada abarcaría algún día el diámetro del glifo y llegaría más allá. Proporcionaría desde su juventud una agradable sombra para los viajeros agotados y, con el tiempo, su espesura quizá se convertiría en el hogar de una tribu de elfos. O más bien de una tribu de zendikari, corrigió Nissa: una comunidad de elfos, kor, trasgos y humanos. Podrían vivir en el jaddi y alimentarse de los frutos de la arboleda de kolya, puesto que seguramente habría una arboleda. La semilla de kolya se nutriría del maná del glifo y sería la primera en brotar. El esbelto tronco del árbol crecería hacia el sol y sus flores no tardarían en convertirse en frutos tiernos y sabrosos que servirían de sustento para los habitantes de Zendikar. Por su parte, la peligrosa hermosura del mangle rojo mantendría a raya el ecosistema y a la gente. Y luego estaba el espino sangriento. Nissa contuvo el aliento al notar una sensación en su interior. El espino sangriento de Bala Ged. Una planta procedente de su hogar. Puede que la última de su especie. ¿Cuántas veces la había ignorado en su juventud? Ahora no quedaba más que una semilla. Ella estaría a cargo de defender con sus enredaderas espinosas el resto de la vida que subsistiría allí, al igual que sus congéneres habían ofrecido protección a los Joraga durante eras.

Nissa podía ver cómo crecería el nuevo bosque solo con sostener en la mano la bolsita con semillas. Algún día se convertirían en todas las cosas que soñaba. Algún día serían vastas y altas. Algún día serían frondosas y fuertes. Algún día se protegerían con espinas firmes. Pero ¿quién las protegería hasta ese día? ¿Quién guiaría Zendikar desde su situación actual hasta la que llegaría algún día?

―Por si sirve de consuelo, sé lo difícil que va a ser marcharte. ―La voz de Chandra sobresaltó a Nissa; estaba tan ensimismada que no la había oído acercarse. Le resultó extraño. Casi nunca la pillaban desprevenida. Más extraño todavía era que las palabras de Chandra habían alcanzado la capa más profunda de su conciencia; había palpado aquella sensación presente pero reticente a manifestarse por completo. Chandra era piromante, no telépata.

Nissa levantó la cabeza y se encontró con los ojos de Chandra. Eran grandes estanques ámbar de sinceridad y Nissa sintió que podían ver directamente en su alma. No estaba acostumbrada a que los demás entendieran su perspectiva de las cosas, y menos aún cómo se sentía. Chandra había hecho ambas cosas en cuestión de segundos. Tal vez por eso le respondió tan sinceramente―. No sé si puedo marcharme. ―Cuando las palabras surgieron de sus labios, Nissa contuvo el aliento.

Sin embargo, Chandra no dijo nada de inmediato. En vez de eso, se sentó en el suelo junto a Nissa. Estaban entre los hoyos que Nissa había cavado, pero no llenado, rodeadas de las líneas brillantes del glifo, que solo estaban allí gracias a Chandra. De no haber sido por la poderosa piromante, el glifo no solo no existiría, sino que la tierra en la que se había grabado habría quedado completamente devastada. Chandra había intervenido en el momento en que Nissa había sentido que el mundo se venía abajo. Chandra había formado con ella un vínculo que Nissa nunca había formado con ningún otro ser, ni siquiera con el alma de Zendikar. Juntas, habían combinado sus poderes para formar algo que fue capaz de destruir a los titanes eldrazi. Aunque lo habían logrado a duras penas. Las dos habían acabado terriblemente débiles tras el desenlace: Chandra no podía caminar y, por un tiempo, Nissa estuvo ciega y fue incapaz de impedir que sus extremidades temblaran. Pero allí estaban ahora, recuperándose. Al igual que Zendikar, salvo que el mundo necesitaría mucho más tiempo que ellas. Chandra quizá lo entendería. Nissa miró a la piromante, que seguía sin mediar palabra―. Ahora mismo es muy frágil ―intentó explicar―. Ha estado a punto de fracturarse. Todavía pueden surgir muchos problemas, muchos peligros. Lo que ocurra a continuación le dará forma, le ayudará a ser aquello en lo que se convierta.

―Me juego algo a que será impresionante. ―Chandra sonrió y se recostó en el colchón de hierba, con las manos detrás de la cabeza.

―No quiero perdérmelo ―dijo Nissa, sorprendida de admitirlo en voz alta―. Quiero estar aquí cuando suceda.

―Lo entiendo ―comentó Chandra.

―Además... ―añadió Nissa, porque creyó que debía hacerlo―. No quiero conformarme con observar. Quiero velar por él. Alguien debería estar aquí. Para protegerlo. Para ayudarlo a crecer. Yo puedo hacerlo. Debería hacerlo.

Se quedaron en silencio y Nissa acarició los pliegues de la bolsita con semillas. Pensó en el día en que se las entregaron, en el peso que había sentido, mucho mayor que el de cuatro semillas diminutas. En la responsabilidad. Y en el miedo a fracasar. Sin embargo, no había fracasado. Al menos por el momento. Todavía quedaban cosas por hacer, ¿o acaso no? Nissa rompió el silencio que se había formado entre Chandra y ella―. Si me quedo en Zendikar...

―Haz lo que tengas que hacer ―terminó Chandra―. No voy a reprochártelo.

―¿Y qué hay...? ―Nissa se aclaró la garganta―. ¿Qué hay de los demás? ¿Crees que lo comprenderán?

―¿Gideon y Jace? Claro que sí. Ni se les ocurriría obligarte a marchar.

Nissa suspiró con alivio. Aquello la preocupaba. Al fin y al cabo, habían hecho un juramento.

―A mí tampoco me obligaron a irme de Regatha ―continuó Chandra―, aunque al final decidí venir de todos modos.

―Me alegro de que lo hicieras ―dijo Nissa mirándola. No podía imaginar lo que habría ocurrido si Chandra no hubiera estado en Zendikar; tampoco quería imaginarlo―. Gracias.

―Pues estuve a puntito de quedarme. Tenía un montón de discípulos a mi cargo. Era la directora de un monasterio, la abadesa.

Nissa levantó las cejas, impresionada.

―Sí, ya sé que es una locura ponerme al cargo de nada.

―No es ninguna locura ―valoró Nissa―. Desde que te conocí, sé que estás vinculada a una gran cantidad de poder.

―Y justo por eso me marché ―respondió Chandra con una sonrisa. Se incorporó apoyándose en los codos―. Podría haberme quedado para ayudar a mis discípulos a convertirse en piromantes de primera. Se me habría dado muy bien, de hecho. Al menos habrían aprendido a convertirse en unos vórtices de fuego bien hermosos.

Nissa se rio, y entonces se dio cuenta de que hacía mucho tiempo desde la última vez. Le gustaba la facilidad de Chandra para hacerla sonreír.

―Pero bueno, la madre Luti y los demás también serán buenos maestros ―continuó Chandra―. Todos llegarán a ser piromantes; a lo mejor no se les dará tan bien canalizar el maná de todo un mundo, pero se las arreglarán. El caso es que tenía que hacer otra cosa, algo que la madre Luti y los demás no podían. Algo que nadie más podía hacer: venir aquí. Creo que eso era adonde Gideon quería ir a parar con todo el tema de nuestras chispas, nuestro poder y lo que representan. ¿No crees?

Nissa entendía exactamente a lo que se refería Chandra: al discurso que había dado Gideon tras salir de la caverna de Ob Nixilis y ver el mundo al borde de la extinción. Recordó sus palabras: "Tenemos que comprometernos a esta causa, a luchar juntos contra todas las fuerzas que amenacen el Multiverso. Nadie más puede hacerlo. Esta tarea recae sobre nosotros debido al poder que poseemos. A nuestras chispas".

―Nadie más puede hacerlo ―dijo Chandra, quien parecía haber vuelto a leer la mente de Nissa―. Pero tú puedes. Nosotros podemos. Juntos. Además ―añadió con tono travieso―, ¿no quieres ver cuánto tarda Jace en estallar con las palmaditas de Gideon?

Nissa volvió a reírse. La verdad era que quería ver a Gideon y a Jace; no hacía falta que Jace se enfadara, pero sería... ¿divertido? Sí, divertido. La compañía de Chandra, Jace y Gideon sería interesante, seguro que emocionante y, en ocasiones, divertida. Se dio cuenta que separarse de los tres Planeswalkers le resultaría tan doloroso como marcharse de Zendikar. Esa revelación la sorprendió. Hacía mucho tiempo que Nissa no sentía un vínculo tan fuerte con nadie, excepto con el alma del mundo. Aun así, no podía negar que había estrechado tres lazos más, recientes pero fuertes. Había tres almas más que contaban con ella y millones de otras que contaban con los cuatro.

―Me marcho, voy a empezar a calentar el desayuno ―dijo Chandra mientras se levantaba. Nissa no se había dado cuenta de que el sol había empezado a asomar mientras charlaban a la luz del glifo―. ¿Quieres que te traiga algo?

―No. ―Inspiró el aire matutino de Zendikar. Quería estar allí en persona―. Iré dentro de un momento.

―Como quieras. ―Chandra empezó a alejarse―. Nos vemos allí.

―¡Ah, Chandra! ―la llamó. La piromante se giró―. Muchas gracias.

―No hay de qué ―dijo Chandra sonriendo y encogiéndose de hombros―, pero no tardes mucho en venir a por la pitanza o Gideon se la zampará toda.

Nissa no tardaría. No esperaría a que el mundo se recuperase; lo haría y crecería tanto si ella estuviera como si no. Además, otros estarían allí con él. Pensó en Tazri, en Munda, en Seble y en Kiora.

Desplegó la capa superior del paño de seda y reveló las cuatro pequeñas semillas. Las plantó una a una en los hoyos que había cavado. Mientras lo hacía, les susurró los sueños que tenía para el bosque en el que se convertirían algún día. Les habló del mundo del que procedían, de cómo había sido Zendikar y la tragedia por la que había pasado. Y por último les habló de la piromante, el telépata y el líder intrépido que habían acudido en su ayuda, que habían convertido el mundo en un lugar seguro donde podrían crecer.

Finalmente, Nissa apoyó una palma en el suelo y entró en comunión con la tierra; había una última cosa que hacer. Rozó el alma de Zendikar. Le pidió que cuidara de las semillas. Pero antes de que pudiese responder, de que tirase de ella y la abrazase, retiró la mano y, con ella, su alma―. Nos volveremos a ver. Te lo prometo. ―Se levantó y se separó del mundo que conocía, dispuesta a ir al que la necesitase.


A medio camino hacia las fogatas, Nissa fue asaltada por una corriente de pensamientos preocupados e impacientes―. Nissa, tengo que hablar contigo. ―Jace entró en su campo de visión, en pos de sus pensamientos―. Necesito que me digas todo lo que sepas de Sorin Markov.

Nissa se sintió tranquila. Aquello era lo que tenía que hacer ahora, lo que era correcto. Miró a Jace a los ojos con una sonrisa―. Creo que sería más fácil mostrártelo. Sin un momento de duda, Jace se zambulló en su mente.


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