El primer mundo es el más difícil

Posted in Magic Story on 6 de Noviembre de 2014

By Nik Davidson

Nik Davidson makes games, writes stories, solves problems, and plays Magic. He's almost certainly doing one of those things right now.

Cuando conocimos por primera vez a Ob Nixilis, este antiguo Planeswalker se había convertido en un demonio temible, aunque sin alas, y estaba atrapado en Zendikar. La siguiente vez que lo vimos en una carta, había recuperado una parte de su antiguo poder tras librarse del fragmento de edro que habían incrustado en su cabeza. Sin embargo, aún no es capaz de irse de Zendikar, como vimos en la historia Los sueños del condenado, también en Uncharted Realms.

No obstante, ese es el Ob Nixilis del presente. ¿Qué hay de su pasado? La nueva colección de Commander nos permite vislumbrar cómo era cuando aún vivía siendo un Planeswalker humano, antes de convertirse en demonio.

Hoy volvemos la vista a una época aún más antigua, para descubrir cómo era la vida del hombre llamado Ob Nixilis, según sus propias palabras…


Calificar el estruendo de la batalla como un fragor es infravalorarlo, un insulto contra su majestuosidad. En realidad, es una sinfonía. El sordo retumbar de la maquinaria de asedio, el martilleo de las rocas de las catapultas, silenciosas en el aire hasta que se estrellan y reducen formaciones enteras de soldados a un amasijo de chatarra y sangre... El agudo entrechocar del acero y el aullido de hombres, bestias, monstruos y seres aún peores, una oleada de muerte tras otra...

Y por encima de todo ello, los coros: los gritos de triunfo, de terror, de dolor, de ira. Miles de voces entregadas a la misma causa.

―Mi señor, el enemigo trata de replegarse. Sus flancos han caído. ¿Cuáles son sus órdenes? ―Mi teniente hizo una reverencia. Para decepción mía, me fijé en lo limpia que estaba su armadura.

―Envía dos divisiones al cañón para cortarles la huida.

―Eso hará que dos divisiones de nuestras fuerzas más exhaustas se enfrenten a sus tropas en mejor estado ―objetó―. Sufriremos numerosas bajas.

―Y aun así, con ello conseguiremos lo que necesitamos. ¿Sabes dónde estamos, teniente? Mira a tu alrededor. ¿Qué es lo que ves?

―No lo sé, mi señor ―dijo al observar el horizonte―. Un prado. Rocas. Unas ruinas.

Ruina enterrada | Ilustración de Franz Vohwinkel

―Efectivamente, unas ruinas. La gente que vivía en este lugar pertenecía a la estirpe Keocian. Su imperio perduró casi trescientos años, hasta que provocaron el Séptimo Cataclismo. Eran invocadores de demonios, los mejores que jamás se hayan visto en el mundo; auténticos artesanos de la magia y la guerra. Su idioma era el predecesor directo del nuestro, como sabrás, aunque nuestro alfabeto moderno sea adoptado del idioma liex. Ellos tenían una palabra que significaba "victoria a cualquier precio". ¿Sabes en cuál ha derivado?

Mi teniente negó con la cabeza.

―En "victoria". Solo los seres inferiores a nosotros harían distinciones entre ambos términos. ―Hice una seña a mi escudero, que me entregó mi yelmo. Partí al galope para unirme al frente y liderar la carga.


Cuando di por terminada mi obra, levanté la vista hacia el cielo cubierto de hollín. El aire estaba viciado y sucio, pero era maravilloso llenar mis pulmones con él. La victoria tenía un aroma dulce, fuesen cuales fuesen las circunstancias.

―¡Mi señor! ―Una exploradora venía de regreso, con la armadura manchada de sangre, que en parte era suya―. Se aproximan dos ejércitos desde el noroeste. Portan los estandartes de Velanti y Raximar.

―Velanti no había comunicado que fuese a mandar a sus tropas a la región ―dije frunciendo el ceño―. ¿Y Raximar también está aquí? ¿Cuántos son y cuánto tardarán en llegar?

―Una legión de caballería, no vienen preparados para sitiar. Entre sus jinetes y las tropas de Velanti, estaremos acorralados.

―Nos han traicionado, pues. Qué curioso. ―La mirada de pánico de la exploradora me hizo sonreír―. Hicimos nuestra jugada y lord Raximar optó por una mejor. Contaba con que Velanti nos vendiese, pero no esperaba que fuese a hacerlo en un momento tan preciso.

―¿Qué podemos hacer?

―Nada. Si Raximar está dispuesto a negociar, hablaremos. En caso de que no, moriremos.


La tienda de campaña bélica de lord Raximar era una muestra de todo lo que odiaba sobre aquel hombre. Era enorme, opulenta, una especie de palacio móvil. En las paredes colgaban tapices que representaban escenas de sus conquistas militares. Resultaban bastante fieles a la realidad, ya que Raximar no era dado a exagerar, pero el acabado era de calidad mediocre. ¿Por qué molestarse en conmemorar un acontecimiento si no se estaba dispuesto a dedicar el tiempo y el esfuerzo necesarios para hacerlo como es debido? Lord Raximar se sentaba en un auténtico trono y vestía su armadura de gala, como hacían muchos líderes. La armadura ofrecía cierta protección, ya que nadie en su sano juicio recibiría a otro guerrero sin tomar precauciones. No obstante, lo que pretendía era demostrar que se sentía seguro en su hogar. Las actitudes como aquella casi siempre resultaban arrogantes.

―Vaya, lord Nixilis, es un placer verte de nuevo. ―Raximar era un hombre enorme, barbudo y risueño―. Lamento que deba ser en estas circunstancias.

Me habían escoltado hasta la estancia y me habían desarmado, pero no me privaron de mi armadura; no habrían sido pocas las muertes que lamentarían, si lo hubiesen intentado. Respondí inclinando la cabeza.

―He de alabar la disciplina de tus tropas ―continuó―. Se han rendido de forma impecable; las has entrenado bien.

―Y yo he de alabar que seleccionases a Velanti como conspirador: lo bastante débil como para coaccionarlo, lo bastante próximo a mi alto mando como para disponer de información correcta y lo bastante leal durante años como para que no sospechase que me traicionaría.

―Como supondrás, el conde Velanti aún considera que eres el responsable de que su hijo falleciese. Esa ha sido la causa de todo esto.

―¡Ja, ja! ¡Hace bien en seguir pensando así! Me imaginaba que aquel crío moriría, y así fue. Era un espadachín nefasto.

―Algunos de nosotros queremos algo mejor que esto, lord Nixilis ―dijo Raximar frunciendo el ceño―. Pretendemos unir a nuestras gentes y poner fin a los conflictos para volver a prosperar.

―Hablas como alguien que nunca hubiese estudiado nuestra historia. Efectivamente, ha habido épocas de paz, incluso décadas. Sin embargo, al final siempre vuelve a surgir nuestra auténtica naturaleza. Cuanto mayor es la alianza, más brutal es el hundimiento. Cuando se produce un Cataclismo, lo cual siempre sucede, viene acompañado del caos y la ruina. Prefiero mi plan.

―¡¿Para gobernar los cementerios y los campos anegados en sangre?!

Sonreí hacia Raximar y no respondí.

―Tanto da, porque tus días de conquista han tocado a su fin ―siguió diciendo―. Permitiré que escojas entre capitular o ser ejecutado mañana al alba.

Murmuré siete palabras y Raximar me miró de soslayo cuando percibió un sonido seco.

―¿Cómo has dicho? Habla más alto.

Chasqueé los dedos y uno de los guardias de Raximar se estremeció. El soldado se acercó a trompicones, desenvainó su espadón y me lo entregó. Volví a chasquear los dedos y los seis guardias de la estancia se desplomaron muertos. La oleada de magia consumida sabía a brea caliente en mi garganta.

―¡¿Qué es esta brujería?! ―Raximar se puso en pie y desenvainó su espada, tratando de recuperar la compostura―. ¡Guardias!

―Ningún sonido saldrá de aquí durante unos cuantos minutos ―le expliqué sonriendo―. ¿También te preguntas qué le ha pasado a tu guardia personal? Verás, los maldije hace muchos años. Hasta este momento, no tenía claro si el encantamiento duraría tanto tiempo. Qué suerte he tenido.

Raximar miró alrededor, desesperado, pero no dijo nada.

―Te diré qué haremos. Tú y yo vamos a enfrentarnos en una ceremonia de desafío y luego me quedaré con tus tropas.

―¡Tú nunca has respetado el antiguo código! ―se mofó―. ¿Quieres luchar en una ceremonia de desafío? ¡No seas ridículo!

―No negaré que tienes razón: creo que es una tontería. Sin embargo, tienes reputación de ser un hombre honorable, así que es el tipo de estupidez que tú sí harías. De todos modos, voy a matarte y a decirles a tus hombres que eso es lo que ha sucedido, así que podemos resolver esto a tu manera, ya que estamos.

―Eres un cobarde, Nixilis ―Raximar bajó la visera del yelmo para protegerse el rostro enrojecido de ira―. Si deseas que tu vida termine de este modo, que así sea.

Me coloqué en una posición defensiva y dirigí la punta de mi espadón contra él.

―Adelante.

Resulta fácil malinterpretar cómo se debe utilizar un espadón. Cuando un novato siente su peso y su contundencia, llega a la conclusión de que este arma premia la fuerza bruta. Sin embargo, es totalmente al contrario: se trata de una herramienta increíblemente compleja, una especie de palanca y de cuña con la que empujar; no es un gran palo de metal que deba blandirse lo más fuerte que se pueda, sobre todo contra un adversario enorme como Raximar.

Espadón | Ilustración de Nic Klein

Raximar era más grande, más rápido y más joven. Era prácticamente capaz de blandir su espada con una mano y la fuerza que imprimía a sus golpes podía destrozar hueso y piedra. Dejé que él atacase primero. Comenzó con una serie de amplios tajos en diagonal con mucho alcance, así que guardé las distancias. Me mantuve agachado para no tener que bloquear uno de sus golpes; detener un impacto así sería tan problemático como recibirlo de pleno. Luego se preparó para lanzar un tajo lateral amplísimo y respondí cargando contra él. Cuando su espada se aproximó, la desvié inclinando mi mandoble y levantándolo, para que el filo pasase por encima de mi cabeza. Aquello me permitió lanzar un golpe tremendo contra la cadera de Raximar; aunque llevaba armadura, sabía que había dañado el hueso. Se encogió de dolor, pero he de reconocerle el mérito de que se mantuviese en pie.

En cualquier caso, era irrelevante. Una herida como aquella limitaba la movilidad y, si tu oponente estaba dispuesto a luchar con paciencia, eso significaba que el combate ya había concluido. Pasé dos minutos haciendo que se cansase, lanzándole un tajo de refilón a un hombro y luego un corte veloz contra la rodilla izquierda. Al final, trastabilló para lanzar un golpe a la desesperada y yo levanté el espadón con todas mis fuerzas para golpearlo en las muñecas, partiendo ambas y enviando su espada por los aires.

Raximar cayó de rodillas, apenas tenía fuerzas para no desplomarse en el suelo. Estaba resollando, tratando desesperadamente de tomar aire y dar con una forma de huir. Le incrusté el mandoble por el cogote y puse fin a su vida.


Después de aquello, todo se fue al traste enseguida.

Por algún motivo, las tropas de Raximar no creyeron mi versión de los hechos. Luché para regresar junto a mis hombres, pero todos ellos habían depuesto las armas, esperando el desenlace de las negociaciones. Algunos de los que aún eran leales a mí me ayudaron a huir del campamento de Raximar, pero estaba claro que volverían a perseguirnos, esta vez con menos ceremonias que antes.

Huí hacia las colinas y las ruinas.

Durante nuestra retirada, luchamos en una serie de escaramuzas. La mayoría de mis tropas escogieron rendirse para no morir. En retrospectiva, me asombra que algunos fuesen lo bastante ingenuos como para dar sus vidas por mí. Huimos y huimos, cada vez menos y menos de nosotros, hasta que solo quedábamos tres, atrapados en una cueva. Era muy profunda y oíamos una corriente de agua. Decidimos sellar la entrada. Aquel sería nuestro fin, pero podríamos decidir cómo y cuándo ocurriría.

―Deberíamos morir luchando ―propuso una capitana que había permanecido junto a mí hasta el fin. No recordaba su nombre, pero me parecía un mal momento para sacar el tema―. Tendrán que pagar por mi vida con las suyas.

―Qué más da ―se lamentó el otro, un soldado raso que se había acurrucado y lloriqueaba―. La muerte es la muerte. Ya estamos muertos, muertos...

―Aún no ―afirmé mientras observaba las paredes de la cueva―. ¿No os da la impresión de que esta piedra está labrada?

Mis compañeros parecían no escucharme, pero yo estaba en lo cierto. Habían alisado el suelo, sin lugar a duda, y las paredes parecían demasiado simétricas como para ser naturales. Conjuré una luz tenue y me adentré en la oscuridad.

Tardé un tiempo en despejar un túnel que se había venido abajo, pero al otro lado encontré una pequeña sala. Reconocí al instante para qué servía, pues lo había aprendido durante mis investigaciones: se trataba de una cámara de invocación keociana, y seguía casi intacta.


Sin mis documentos de referencia, me llevó un tiempo descifrar las inscripciones, pero lo más crucial era obvio: había dos pedestales, cada uno con un gran recipiente de obsidiana. Había que llenar ambos con sangre e introducir una mano en cada uno; después, la cámara de invocación haría el resto. Casualmente, tenía conmigo a dos personas con las que podría llenar los recipientes.

Pacto de sangre | Ilustración de Seb McKinnon

Mis compañeros vieron cumplidos sus deseos: una murió luchando y el otro tuvo una muerte insignificante. Me las ingenié para llenar los dos recipientes de obsidiana con su savia vital y, cuando terminé, no había forma de distinguir cuál había sido cada uno.

El resto del ritual era tan sencillo que incluso me resultaba gracioso. Unos seres poderosos deseaban que los convocasen; querían cumplir su propósito. Estoy convencido de que cometí un par de errores de pronunciación, pero no tenían la menor importancia. Las puertas que retenían a los seres que estaba invocando eran ligeras y, cuando empecé a tirar, ellos empujaron desde el otro lado. Hasta un niño podría haberlo hecho. Los seres querían venir.

Noté su presencia en mi mente. La inspeccionaron de forma brusca para descubrir qué deseaba yo. Intenté explicárselo, centrarme en el problema más inmediato, que era deshacerme de quienes me habían acorralado. Sin embargo, ellos sabían qué me convenía más; sabían qué era lo que realmente ansiaba. Hicieron lo que les pedí.

Provocaron el fin del mundo.

Fue un suceso totalmente mundano. Nada de vientos aullantes, ni erupciones de fuego y sangre, ni seres alados y voraces devastando la tierra. Simplemente, todos murieron. Todo ser vivo se desplomó y falleció, desde quienes estaban despejando la entrada de la cueva para dar conmigo, hasta los campesinos de los continentes lejanos. Tan solo murieron, sin más. Todos ellos.

Excepto yo.

Recorrí durante días el paisaje devastado para asegurarme. Los asentamientos estaban repletos de carne en descomposición. En las fortalezas no había más que cadáveres. El décimo día, me di cuenta de que una criatura me seguía y, por la noche, me hizo compañía junto a la hoguera.

Adoptó mi forma hasta el último detalle, pero su voz era como un vacío.

―Enhorabuena, lord Nixilis. Lo has logrado: has traído la paz a este mundo.

―La paz... Sí, supongo que sí.

―El Octavo y último Cataclismo. Has desempeñado bien tu labor.

―Siglos de conflicto, puede que milenios... ¿para concluir así?

―Los mundos se crean y se rompen como si fuesen juguetes para seres que nos superan. A nosotros nos crearon para solicitar un precio y entregar una recompensa.

―"Ob Nixilis, único superviviente de un mundo que solo conocía la guerra", ¿no es así? ―dije sonriendo―. De acuerdo, es un destino mejor que el que aguardaba a los demás. ―Extraje un odre de agua de mis provisiones―. Brindo por mí, pues.

Eché un largo trago y miré alrededor. Estaba completamente solo.

Ob Nixilis del juramento sombrío | Ilustración de Daarken

De pronto, me percaté de lo absurdo que había sido todo. Había pasado mi vida luchando por hacerme con el poder y el control, pero siempre había sido un simple actor en el escenario de otro ser. Todas mis ambiciones, todos mis deseos, todos mis años de estudio, mi esfuerzo y mi dolor... Todo había sido en vano. Había llegado el fin del mundo. Era lo que siempre había anhelado, pero no se trataba más que de una trampa que me habían tendido miles de años antes de que naciese.

Me eché a reír hasta que me asfixié. Caí al suelo, de manos y rodillas, llorando y tratando de respirar. Había llegado el fin del mundo.

De pronto, todo se sumió en la oscuridad.

Cuando volví a abrir los ojos, contemplé un mundo nuevo.

Aquel sucumbió mucho más fácilmente que el primero.


Descubre más relatos oficiales de Magic en la página de Uncharted Realms.

Latest Magic Story Articles

MAGIC STORY

29 de Noviembre de 2021

Episodio 5: Hasta que la muerte nos separe by, K. Arsenault Rivera

La ley es la imposición del orden sobre el caos. No puede existir el uno sin el otro. Todas las jornadas de entrenamiento de Adeline le dejaron clara esa lección: los cátaros siempre debe...

Learn More

MAGIC STORY

17 de Noviembre de 2021

Episodio 4: Los arruinabodas by, K. Arsenault Rivera

Una lanza de luz hace añicos las ventanas de la mansión Voldaren. Las salvaguardas de las invitaciones se desintegran y se esparcen como ceniza al viento. El cielo de Stensia es brillante...

Learn More

Artículos

Artículos

Magic Story Archive

¿Quieres más? Explora los archivos y sumérgete en miles de artículos sobre Magic escritos por tus autores favoritos.

See All