La verdad de los nombres

Posted in Magic Story on 28 de Enero de 2015

By James Wyatt

James Wyatt joined Magic’s creative team in 2014 after more than 14 years working on Dungeons & Dragons. He has written five novels and dozens of D&D sourcebooks.

Relato escrito con la colaboración de Matt Knicl y Allison Medwin.


La joven kan de los Mardu estaba al frente de su horda, totalmente quieta y serena a pesar de que su caballo no dejaba de moverse, nervioso. La raída empuñadura de cuero del arco, el peso de la espada en la espalda, la energía inquieta y casi palpable de los guerreros que la seguían... La kan sacaba fuerzas de todo ello, pero ante todo, se nutría de su nombre bélico: Alesha, puesto que era su propio nombre.

Observó los riscos que se alzaban ante ella, pero no logró ver a los guerreros, aunque sabía que estaban allí. Miró al frente, hacia la entrada del cañón, en busca de señales del enemigo.

"Ahí están".

Vio cinco... no, seis siluetas oscuras en el cielo. Estaban demasiado lejos como para distinguir los detalles: las cuatro alas cubiertas de plumas, los cuerpos serpenteantes y las largas aletas y púas. Sin embargo, el destello de un relámpago disipó las dudas. Aquellos eran los dragones que buscaban, la asquerosa prole de la monstruosa Kólagan.

―¡Mardu! ―gritó Alesha.

―¡¡MARDU!! ―respondió la horda, con tal intensidad que el cañón tembló, lo cual hizo sonreír a la kan. Los dragones por fin sabrían dónde encontrarlos.

Las siluetas lejanas crecían a medida que los dragones se aproximaban a la horda. Los caballos bufaban y los jinetes ajustaban la posición en las sillas, preparándose para cargar. Los trasgos chillaban, dispuestos a morir, mientras que los orcos permanecían firmes como la roca, expectantes.

Asedio al destacamento | Ilustración de Daarken

En silencio, Alesha alzó el arco, indicando a los arqueros que preparasen sus flechas. Esperó y respiró larga y profundamente mientras vigilaba a los dragones, que se acercaban poco a poco. El aire silbaba con el batir de sus alas y ella percibía la sensación de los relámpagos en el ambiente.

Alesha bajó el arco, extrajo una flecha y tensó, y oyó tras ella el crujido de un centenar de arcos más. Ya podía ver el resplandor frío de los ojos de las bestias y los rayos que centelleaban en sus fauces.

"Ahora".

Su flecha alcanzó al primero en la cabeza, desviando un relámpago hacia el suelo. Cien flechas la siguieron y el dragón giró bruscamente para luego ganar altitud. Estaba justo donde lo querían.

Media docena de guerreros saltó desde el risco y cayó sobre la bestia. Uno de ellos aterrizó sobre un ala y resbaló, precipitándose hacia la muerte. Otros dos se aferraron desesperadamente a las púas del lomo cuando el dragón empezó a agitarse, sorprendido. Un cuarto guerrero logró sujetarse a la larga cola. Por último, dos Mardu, que serían homenajeados aquella noche, hundieron sus espadas en el hombro y el costado del monstruo. La bestia rugió de dolor y su relámpago provocó un desprendimiento de rocas en la pared del cañón.

Alesha alentó a su caballo y disparó otra flecha mientras cargaba de frente contra los demás dragones. Tras ella, los cascos de los caballos retumbaron, los trasgos aullaron y los orcos profirieron sus gritos de batalla. Los Mardu se lanzaron a saludar a la muerte con una espada en la mano.

Un dragón descendió en picado y abrió las fauces para bombardear a Alesha y a su vanguardia con su letal aliento de relámpagos. La flecha de la kan lo alcanzó en la boca, pero un instante después, los rayos brillaron alrededor de ella. El pánico se apoderó de Alesha cuando evocó un recuerdo terrorífico: el del engendro de Kólagan que le había dejado las cicatrices que portaba en la espalda. Su caballo se encabritó y relinchó, y Alesha saltó de la silla antes de que su montura la arrojase al suelo. La kan rodó al aterrizar y permaneció agachada.

Los envalentonados alaridos de la horda mardu se habían mezclado con aullidos de dolor y gritos de advertencia; el auténtico combate había comenzado. Alesha preparó otra flecha e inspeccionó el campo de batalla.

―¡Ese! ―gritó, señalando a un dragón con numerosas flechas ensartadas entre las escamas, que estaba virando para dar otra pasada; era el que había atacado a la vanguardia de la horda―. ¡Abatidlo!

Desde el menor de los trasgos hasta el mayor de los orcos, todos los guerreros que la oyeron se giraron al unísono, dispuestos a cumplir su voluntad. Un aluvión de flechas cayó sobre la bestia, rebotando contra sus escamas, clavándose entre ellas, perforando las alas e incluso, en un caso de enorme habilidad o fortuna, ensartándose en un ojo. La criatura chilló, generando un ruido ensordecedor que hizo que los trasgos se pusiesen a cubierto y que incluso los veteranos se agachasen y retrocediesen algunos pasos. El dragón se estrelló y se debatió en el suelo, aplastando y despedazando todo lo que se pusiese a su alcance. Alesha disparó otra flecha, que acertó en el hombro del monstruo, y luego desenvainó la espada.

―¡A por él! ―gritó―. ¡Cargaaad! ―Vio que el dragón trataba de incorporarse para volver a levantar el vuelo. Tenían que matarlo antes de que lo lograse.

Alesha, la que sonríe a la muerte | Ilustración de Anastasia Ovchinnikova

Actuando como un solo ser, su pelotón arremetió contra la bestia y se estrelló contra ella, con Alesha en el medio del tumulto. Sus números eran ridículamente pequeños, como se dio cuenta. El choque había acabado con muchos guerreros, y otros cinco dragones mantenían ocupado al resto de la horda. Seis engendros serían suficientes para garantizar un momento de gloria a todos los combatientes que se lo mereciesen.

Su pesado acero, largo y ancho como su propio brazo, mordió profundamente el costado del dragón, y Alesha se agachó cuando este dio un aletazo en respuesta al dolor. La bestia trató de girarse y encararse con ella, pero un colosal orco descargó un golpe tremendo contra la cabeza del dragón e hizo brotar un copioso chorro de sangre hedionda.

Alesha asintió y se quedó observando al orco: era un piesflojos que aún tenía que ganarse su nombre bélico, a pesar de que había librado numerosas batallas. Aquel era su momento, y ella quería ser testigo.

Un auténtico guerrero habría saltado sobre la herida que había abierto con su golpe y hundido la espada en el cuello del dragón. Es más, un orco tan fuerte como aquel incluso podría decapitarlo con un golpe lo bastante preciso. Hubo una brevísima pausa en la que todos se quedaron expectantes, dispuestos a presenciar su momento de gloria.

Pendenciero de batalla | Ilustración de Karl Kopinski

Sin embargo, el momento no llegó. En lugar de abatir al monstruo, el orco se giró y lanzó un golpe contra una de las garras delanteras del dragón, apenas un segundo antes de que la bestia partiese en dos a otro guerrero. Se trataba de Gedruk Rompealas, que se abalanzó sobre el cuello del dragón y le asestó un tajo antes de que recuperase el equilibrio; tuvo que alcanzarlo tres veces mientras el engendro se retorcía y se agitaba, y Gedruk acabó embadurnado con la fétida sangre de la bestia. Finalmente, el dragón yació inerte y los guerreros que lo rodeaban aclamaron a su compañero.

Alesha observó el campo de batalla. Habían matado a un dragón, el que había liderado el ataque inicial, y otros dos ya estaban en tierra. Señaló a un cuarto que aún volaba y se preparaba para realizar otro picado―. ¡Ese! ―ordenó, y los Mardu se dispusieron a derribarlo. Aun así, mientras hacían los preparativos, tuvieron unos instantes para disfrutar de su triunfo.

O para criticar una decisión.

―¡Tú! ―le ladró Alesha al gran orco.

―¿Mi kan? ―preguntó él, casi silenciado por el clamor de la batalla. Avanzó hacia Alesha, que parecía minúscula en comparación con él.

―Podrías haber acabado con ese dragón tú mismo.

―Gedruk me lo robó ―respondió el orco, enojado, tras percatarse de que Alesha lo observaba detenidamente.

―¿Eso crees?

»Porque yo vi que te contenías. Lo golpeaste en una garra, en vez de lanzarte contra su cuello, ¿por qué?

―No lo sé ―gruñó el orco.

―Podrías haberte ganado tu nombre bélico ―replicó ella―. Sabes quién eres, y lo declaras.

―¿Y te atreves a darme lecciones? ―estalló él, que se acercó un paso más―. ¿Un niño humano que se cree mujer?

Alesha no se inmutó y un trasgo se alejó de ella chillando, anticipando que la kan se enfurecería. Sin embargo, antes de que pudiese amonestar al orco sin nombre, el dragón se lanzó sobre ellos.

Todos sabían lo que debían hacer. Otra salva de flechas buscó los puntos débiles de la bestia, esta vez acompañada por la explosión ígnea de un cañón de chispas. Aquel dragón también se estrelló, pero esta vez, la mayoría de los guerreros se quedaron fuera del alcance de sus garras. Alesha gritó y los Mardu cargaron contra él, incluido el orco que la había desafiado.


Alesha se había ganado el derecho a obtener su nombre en un día como aquel, en una batalla muy similar. Con la espalda ensangrentada tras sufrir el zarpazo de un dragón, Alesha le arrebató una lanza al cadáver de un guerrero y la hundió en la boca del engendro, hasta alcanzar el cerebro. El asta del arma se partió, pero el dragón cayó fulminado. Alesha no recordaba si había sentido miedo cuando la cabeza del monstruo se lanzó a por ella.

Lo que recordaba era el pánico que sintió después. Conseguir su nombre bélico era su única meta. Cuando la batalla terminó, se quedó en silencio entre los otros jóvenes que presumían de sus hazañas y de los nombres intrépidos y siniestros que escogerían. Partecabezas. Hendecráneos. Rompealas; Gedruk también estaba entre ellos. Algunos alardeaban de los méritos de sus ancestros, sobre todo los orcos, y se enorgullecían de adoptar los nombres de sus antepasados. Pero Alesha era tan diferente… solo tenía dieciséis años, un niño a los ojos de todos a pesar de que ella no se sentía así, e iba a escoger y declarar su nombre ante el kan y todos los Mardu.

El kan estaba caminando entre los guerreros, escuchando las historias de sus gloriosas hazañas. Uno a uno, todos proclamaron sus nuevos nombres bélicos y el kan los gritó para que todos los oyesen. Uno a uno, la horda gritó al unísono los diversos nombres, haciendo temblar la tierra.

Entonces, el kan llegó junto a Alesha. La joven se quedó quieta ante él; sentía un nido de serpientes en el hueco de su estómago y relató cómo había acabado con su primer dragón. El kan asintió y le preguntó su nombre.

―Alesha ―dijo todo lo alto que pudo. Solo Alesha, el nombre de su abuela.

―¡Alesha! ―gritó el kan sin dudarlo.

―¡¡Alesha!! ―respondió toda la horda. Los guerreros de los Mardu gritaban su propio nombre.

En aquel momento, si alguien le hubiese dicho que se convertiría en kan solo tres años después, apenas se habría atrevido a creerlo.


Medio absorta en sus recuerdos, la kan de los Mardu sonreía mientras otro dragón aterrizaba detrás de ella, siguió sonriendo mientras se giró hacia él y no dejó de sonreír mientras le hundía la espada en el cuello, justo antes de que la bestia se abalanzase sobre el orco sin nombre. El engendro rugió y se revolvió mientras luchaba contra la muerte, pero un nuevo tajo de la espada de Alesha lo decapitó.

Marca rúnica mardu | Ilustración de Viktor Titov

El orco sin nombre se quedó patidifuso y no había ningún rastro de rabia en su rostro.

―Yo sé quién soy ―le dijo Alesha, que aún sonreía―. Ahora, demuéstrame quién eres tú ―lo desafió mientras miraba a los dos últimos dragones, que seguían rugiendo y lanzando dentelladas contra los Mardu que los rodeaban. El orco seguía boquiabierto y dudó, pero luego recuperó la compostura y corrió de vuelta al combate.

Alesha lo siguió y lo vio lanzándose en medio de la caótica refriega que había provocado el mayor de los dragones. Se veía que el orco era fuerte, pero también rápido para alguien de su tamaño. No le faltaba habilidad, pero sus técnicas eran poco ortodoxas. Utilizó su envergadura para embestir contra la cabeza y las extremidades de la bestia, con el objetivo de desequilibrarla y desplazarla. Se aseguró de que sus letales dientes y garras nunca llegasen a rozar a los demás guerreros y creó oportunidades para que sus aliados atacasen. No pretendía asestar el golpe de gracia, sino facilitarlo.

Alesha asentía y sonreía.

La batalla concluyó poco después. Seis dragones yacían muertos en el fondo del cañón, rodeados de numerosos guerreros fallecidos. Sufrieron muchas bajas, ¡pero habían logrado acabar con seis dragones! Era media docena de engendros de Kólagan que jamás volverían a cazar a los Mardu. La horda tenía motivos para celebrarlo.

Los supervivientes se pusieron manos a la obra. Los siegamiserias entonaron sus antiguos rituales a los difuntos para que pudiesen descansar eternamente. Los trasgos corretearon por el campo de batalla para recuperar flechas reutilizables y armas rotas que pudiesen volver a forjarse. Los demás Mardu despiezaron los cadáveres de los dragones para almacenar la carne y labrar trofeos.

Cuevas maculasangrientas | Ilustración de Adam Paquette

Alesha caminaba entre ellos, como cuando luchaba junto a los suyos. Cada vez que se reunía con un grupo de combatientes, preguntaba quiénes no habían declarado aún su nombre bélico. Aquel día, muchos se habían ganado el derecho a hacerlo. La kan escuchó una hazaña tras otra, y con cada nombre que se elegía, ella lo gritaba para que toda la horda lo oyese, sin dudar en ningún momento. Rompecolmillos. Saltarriscos. Barzil. Aferracolas. Turuk. Valash.

Por último, Alesha llegó junto al orco que había luchado junto a ella, el orco que se había atrevido a cuestionarla.

―Tú ―llamó su atención―, ¿cuántas batallas has librado?

―Nueve ―respondió. Estaba rígido y mantenía la vista al frente, por encima de Alesha, en lugar de cruzar la mirada con su kan.

―¿Y qué actos gloriosos afirmas haber realizado hoy?

―Ninguno, mi kan.

―¿Ninguno? ¿No has logrado gloria alguna tras nueve batallas? ¿No tienes un nombre bélico que declarar?

―No.

―Entonces, eres un ignorante. Yo sé quién eres, pero tú no te conoces a ti mismo.

El orco volvió a enojarse, pero esta vez no se atrevió a hablar.

―Kuru Vashar ―llamó Alesha a una guerrera que los observaba―, hoy has luchado junto a este piesflojos. ¿Qué fue lo que presenciaste?

―Quedé atrapada bajo uno de los dragones ―relató Vashar mirando al gran orco―. Su peso me había aplastado contra el suelo, pero tú acudiste en mi ayuda: embestiste al engendro para que perdiese el equilibrio y yo pudiese arrastrarme, y luego me ayudaste a ponerme en pie.

―Magran Rompespaldas, ¿qué fue lo que presenciaste? ―continuó Alesha.

―Mi kan, nuestro hermano se interpuso entre una garra mortífera y yo. Su fuerza le permitió rechazar el golpe y luego yo pude cargar y clavar mi lanza en el costado del dragón.

―Jalasha la Empaladora, ¿qué fue lo que presenciaste? ―"Una vez más", pensó Alesha.

―Mi amigo me salvó la vida ―afirmó Jalasha, que se acercó al orco y le dio una palmada en el hombro―. Se arrojó contra la cabeza de un dragón justo cuando iba a apresarme con sus fauces.

Dragona fauceléctrica | Ilustración de Alejandro Mirabal

Alesha asintió y se acercó al orco sin nombre. A continuación, lo agarró por el cuello de su armadura y tiró de él hacia abajo, obligándolo a cruzar la mirada.

―Yo sé quién soy, y no soy un niño. Soy Alesha, como también lo fue mi abuela antes que yo.

Muchos de los guerreros cercanos murmuraron con aprobación.

―Y sé quién eres ―continuó―. Los Mardu te conocen, pero tú... Tú crees que todos los Mardu deben ser un Rompespaldas o un Aplastacráneos. Consideras que tus hazañas no son tan gloriosas como las suyas. Pero te equivocas.

Alesha soltó su armadura y lo empujó, haciéndolo retroceder varios pasos.

―Cuando sepas cuál es tu lugar entre los Mardu, podrás elegir un nombre.

La kan le dio la espalda y se dispuso a visitar al siguiente grupo de combatientes.

―Un momento ―la llamó el orco.

―Habla ―dijo Alesha, que se paró sin darse la vuelta.

―Debo narrar un relato sobre la batalla.

―Ya hemos oído bastante sobre tus hazañas ―dijo Alesha girándose y mirándolo con enfado.

―No es un relato sobre mi gloria. ―El orco tomó aire y alzó la voz para que todos lo oyesen―. Hoy he presenciado a una guerrera que abatió a un dragón de un solo golpe, y en su rostro se veía el deleite por la batalla.

Alesha sonrió.

―Tal como habéis dicho, mi kan, no me conozco a mí mismo ―dijo el orco con calma, acercándose―. Sin embargo, os conozco a vos, os sigo...

Esta vez, su voz retumbó por encima del estrépito del campamento―. ¡¡... y os llamo Alesha, la que sonríe a la muerte!!

Y de nuevo, los guerreros de los Mardu vitorearon su nombre.


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